En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 20 de enero de 2014

Opera Magna – Vicente Marco



                Opera Magna, de Vicente Marco, es, sin duda, una de las mejores novelas de intriga y suspense que he leído.

         El protagonista, Mando, es un escritor valenciano que se gana la vida con sus triunfos en concursos literarios aquí y allá. Es también un personaje cuya máxima aspiración es que lo dejen en paz para poder hacer lo que le gusta y como le gusta: escribir tranquilamente, en su casa, a su ritmo, dependiendo únicamente de sí mismo. La historia comienza en el pueblo de Segovia al que, acompañado por su esposa Aina, Mando ha acudido a recoger el último premio. Allí tiene la difícil papeleta de conocer al segundo clasificado, respecto al que siempre existe la duda de si no será también el primer enemigo. Diego Leonarte se llama el caballero, un tipo alto y calvo que vive en Salamanca.

                Los tres acaban charlando. Y a partir de aquí, el desastre entra en la hasta entonces apacible vida de Mando. ¿Por qué? Porque Diego, visto a través de los ojos de la mujer, es un hombre solitario que si prodiga atenciones, si es generoso en demasía, se debe precisamente a la necesidad de escapar de la soledad; pero visto desde la óptica de Mando, Diego Leonarte está tan grillado que no advierte ser más pesado que el plomo, amén de que alguno de sus “méritos” en el análisis de concursos literarios explicarían, a ojos de muchos,  que Diego fuera paciente habitual de cualquier psiquiatra. Es más: de no ser porque tiene una incuestionable coartada, Mando estaría convencido de que Diego no es precisamente una palomita blanca.

                Pero Diego es también el típico escritor aficionado que a pesar de ir de fracaso en fracaso se permite el lujo de juzgar a todos los demás. Incluido a Mando, si bien con él hay una diferencia: Mando sale bien parado del juicio. Diego dice admirarlo, querer aprender de él, e incluso ayudarle a corregir sus defectos literarios. El problema de Mando, aparte de que ni quiere ni necesita ayuda de nadie, es que Diego no está preparado para una negativa, no entra en su cabeza que su ayuda pueda ser rechazada, aunque tampoco exija a cambio agradecimiento; simplemente, a través del chantaje emocional impone su generosidad incluso a quien la detesta. Y para ello cuenta con el apoyo indirecto de Aina, la esposa de Mando, que no ve nada malo en la actitud de Diego habida cuenta, como digo, de lo solitario de su existencia.

                Además de que nada hay más odioso para un escritor que un colega dándole la vara para “compartir experiencias”, aparte de que todos esos pesados siempre lo son con quien tiene más fama que ellos para incrustarse así en ese nivel superior, la actitud de Aina y Diego puede resultar equívoca, y si unas veces Mando no sabe si estar celoso y otras lo está, en todas tiene un problema para poner punto final a la situación: que su imposición puede ser entendida como un acto de egoísmo ante un tipo tan solo e indefenso ante la vida como Diego, e incluso como un acto de soberbia y desdén del buen escritor de éxito relativo sobre el mediocre escritorzuelo de fracaso absoluto. Así que Mando, cuya paciencia en algunos momentos saca de quicio al lector (el cual, además, inevitablemente odia a Diego desde la primera página),  acaba cediendo una y otra vez para no complicar su matrimonio.

                Y es así, entre una vida ocupada al asalto y las sospechas sobre las tropelías que Diego puede haber ido cometiendo por el mundo, como se va complicando la cosa. Porque Diego es raro y pesado, muy raro y muy pesado, pero también inteligente y perspicaz, y sabe cómo manipular. Son magistrales las frases con que zanja las tímidas reivindicaciones de Mando, situándolo ante dilemas morales de los que no puede salir airoso si no es cediendo. No es lo único: Mando es un personaje muy bueno y acabado, sobre el que llueven las desdichas y con el que resulta tan fácil identificarse como solidarizarse, pero Diego es antológico de tan inquietante como resulta. Quien lea Opera Magna, no lo olvidará jamás.

                Así, conforme pasan las páginas Diego va pasando de ser un grano en la vida del protagonista a ser un cáncer. Pasa de “estar con” a “estar mezclado”, del “tú y yo” al “nosotros” e incluso, casi, a la confusión del tú y del yo. Hasta tal punto llega a interferir en la vida de Mando que no puedo contar más sin desentrañar demasiado. Solo diré que si por una parte la evolución psicológica es en algunos puntos previsible, no lo es ni la acción ni el desenlace, con lo que el libro se lee a medio camino entre la expectación y el entusiasmo, porque si por una parte la lógica te lleva como por raíles, por otra la sorpresa no deja de arrastrarte. Y cuando hablo de sorpresa me refiero a recursos que destacan por su inteligencia, y que en ningún momento –a diferencia de tantas novelas- son forzados. Por último, la lógica psicológica tampoco es inocente: Mando, empujado por Diego, se pasa casi toda la obra al borde del precipicio moral. Leer Opera Magna es como ir siguiendo los pasos de un tipo que camina sobre la cuerda floja. Unamos a eso que la acción no deja de tomar giros inesperados, y el resultado es, como digo, excelente.

               Termino esta larga referencia al argumento con la idea de que son dos las cuestiones que corren en paralelo: qué es lo que pretende Diego y cómo evoluciona el matrimonio de Mando y Aina. Lo digo porque la novela está tan bien escrita que cuando se lee es imposible diferenciar; es preciso pararse a pensar para darse cuenta de que cuando no es una cosa, es otra la que anima al lector a seguir leyendo.

               Escrita con frases breves y claras, con diálogos cortos y siempre significativos, Opera Magna va siempre al grano, no se pierde en florituras, no hay paja. 

                Y una última cosa: hace más o menos un año leí otra novela de Vicente Marco, Ya no somos niñas. También muy buena, pero en un registro completamente diferente. Desenvolverse con tanta solvencia en fórmulas tan dispares es mérito al alcance de pocos.

                  Un autor al que hay que leer.



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