En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



miércoles, 7 de marzo de 2012

Los hombres que no amaban a las mujeres – Stieg Larsson


Cuando leí este libro lo disfruté como un enano, lo cual no significa que todo me pareciera de perlas, aunque lo entretenido del asunto superó los muchos defectos de la novela.

Lo mejor es la primera mitad y su mezcla de géneros. El interés que despierta en ese momento es enorme, y el ritmo tan bueno que la acción no parece lo lenta que en realidad es. Me refiero a lo que podría llamarse “el planteamiento”; la sucesión de datos que se amontonan sin que el protagonista sea capaz de extraer ninguna conclusión ni de realizar ninguna hipótesis.

Luego, cuando las cosas empiezan a avanzar, la historia vira a “novela negra tradicional”, al tiempo que la acción, aunque más rápida, produce cierta sensación de estancamiento porque se van descubriendo piezas nuevas pero su encaje es postergado. Y lo peor: es demasiado evidente. Cuando claramente hay cosas resueltas para el protagonista pero no para el lector, la calidad de la trama –otra cosa es la curiosidad por el desenlace- cae en picado: que el autor oculte algo sin más es una forma demasiado simple de mantener viva la curiosidad, un recurso demasiado burdo.

Un hecho clave a la hora de juzgar la novela es que, pese a lo que parece durante mucho tiempo, hay dos tramas: la de Harriet y las propias vicisitudes jurídico-periodísticas del protagonista (pero esta última siempre parece un “marco”, más que una trama paralela). O, mejor dicho, hay una trama (la de Harriet) y una tramichuela. Decepciona que la más importante termine cuando todavía faltan casi un centenar y medio de páginas. Eso, me temo, mata el interés de la historia en ese punto, aunque para entonces el lector sigua hasta el final.

La trama en sentido estricto (Harriet), está bien planteada, pero en el fondo es muy sencilla y tiene varios puntos débiles, alguno de los cuales se ve muy fácilmente al inicio (por ejemplo, el rastreo de domicilios es tan lógico que su falta permite suponer por dónde van a ir los tiros). Otro ejemplo: quizá para intentar sorprender al lector no existe ninguna referencia, siquiera sea como elucubración, a cualquier tesis distinta al asesinato; sin embargo el hecho de vincular la violencia a citas bíblicas puede hacer pensar que, por ejemplo, la buena mujer se largara y se metiera en una secta, lo cual eliminaría el asesinato y justificaría su ausencia de rastros; en el momento en que llegas a plantearte algo así, aciertes o no el desenlace deja de sorprenderte. En cuanto a lo que exactamente pasó con Harriet (que no digo para no reventar la historia), es algo que a partir de cierto momento también se ve venir; y en las páginas anteriores al desenlace es tan evidente que cuando se produce hay curiosidad satisfecha, pero no sorpresa. Pese a todo la historia resulta atractiva, aunque sin alardes de lenguaje.

El desenlace de la “trama Harriet” es, además, bastante más rápido de lo podía esperarse, y la escena en el chalet (clave, puesto que sin ella nada podría confirmarse sino sólo elucubrarse) es, me da pena decirlo, de una vulgaridad superlativa (debe de haber miles de escenas idénticas narradas en la literatura, por no hablar del cine).

Volviendo al precoz final de la “trama de Harriet”, con ese final comienza a hablarse en serio de la otra “trama” (a partir de la página 500 y pico). Además de la sensación de decepción ya aludida, tuve la misma que ante esas películas americanas en las que no puede ponerse “the end” sin que el héroe, después de haber salido victorioso en el asunto principal, dé una satisfacción a sus forofos y a la justicia universal propinando un mamporro en la jeta del imbécil de la película. ¿Me explico? Quiero decir que las vicisitudes personales del protagonista han influido en la historia, pero no son la historia: culminar el libro con ciento y pico páginas destinadas a ellas es algo que no me convence. Si aporta algo no es, desde luego, a esta novela; sí, me temo, a la siguiente. Quizá hubiera sido bueno buscar un mayor paralelismo cronológico entre ambas tramas para evitar que la importante termine dejando luego tantas páginas en el limbo.

Respecto a esta “subtrama”, si antes la he llamado “tramichuela” es porque no hay tal trama, sino ciento y pico páginas destinadas a jalear al héroe de la novela. Porque, ¿trama? ¿Qué trama? Nada se desentraña: ni ilegalidades ni chanchullos. Sólo se nos informa de que ciertos “asuntillos” de enjundia económica han sido descubiertos de forma simplicísima (birlando un disco duro). No hay misterio ni nada que se le parezca sino, simplemente, se da ocasión al héroe birlón de cubrirse de gloria. Insisto, el único logro de esta “subtrama” es encumbrar al protagonista sin aportar nada a la historia. Bueno, una cosa sí: algunas reflexiones en torno al periodismo en las que los periodistas no salen muy bien parados (desde mi perspectiva).

Lisbeth. Como es más rara que un perro verde es muy difícil de caracterizar; sobre todo si se pretende hacerla evolucionar. Y mucho más si se pretende que su evolución sea tan grande y rápida como acaba siendo. Es mucho más complicado reflejar los cambios en la personalidad de un chiflado que su personalidad en un momento dado; por eso el esfuerzo por hacer de ella una persona normal dentro de su rareza no cuaja. El que está zumbado, está zumbado, y no se socializa como por ensalmo compartiendo techo y trabajo unos cuantos días. Demasiado simple, demasiado sencillo. Demasiado “película” de buenos y malos. Precisamente el final de la novela marca su punto culminante de “normalización”. El resultado final es un personaje todavía más raro que al comienzo, porque la Lisbeth del final no es la del principio, y el proceso de cambio es brusco y no fundamentado. El personaje cae bien, aunque desde el punto de vista de la estructura de la novela es una solución demasiado fácil para todos los problemas: lo mismo hackea sin dejar rastro que pincha teléfonos, allana, vapulea, se camufla o realiza transacciones económicas internacionales a través de cuentas secretas hablando (sin acento) inglés y alemán y supongo que, de ser preciso, también guanche. Y todo sin haber pisado un aula ni haber hecho jamás nada distinto de estar encerrada entre cuatro paredes enfrentada a sí misma. En resumen: no hay problema en una novela que un personaje así no pueda resolver. Superwoman anoréxica con incapacidad emocional, pero Superwoman. Demasiado fácil para mi gusto, y demasiado peliculero. El personaje de Lisbeth es tan fantasioso que resta a la novela todo realismo. Una pena, y más teniendo en cuenta lo bien que cae.

Volviendo a la trama principal, es extremadamente sencilla: una vez decidido lo que le había sucedido a Harriet, la “construcción al revés” obliga al autor a preguntarse cómo el protagonista determinará “quién ha sido”, lo cual hace depender de un dato casi anecdótico; todo lo demás no hace sino despistar magistralmente: podía ser lo que es, o ser otra cosa; el resultado sería el mismo; todo es muy interesante aunque nada es relevante, y hasta la relación entre las citas bíblicas y el desenlace está sobrevalorado en boca del protagonista a fin, creo yo, de excusar tanto despiste; la diferencia fundamental con otras novelas negras no es, pues, la trama, sino el entorno en el que se desenvuelve, lo que la rodea, los ornamentos, la familia Vanger, la isla, las historias colaterales de los protagonistas...

Dicho todo lo anterior, puede parece que esta novela “me gusta, pero...”. Nada de eso. Es entretenida. Dudo que llegue a ser un novelón inmortal, si no es porque lo importante de una época, literariamente hablando no solo es lo que se escribe, sino también lo que se lee, pero está infinitamente más trabajada que la mayoría de los best seller que circulan por ahí, y tiene su punto de originalidad.

Y para terminar, si no lo digo reviento: si los personajes de esta novela no tomaran café, habría 50 páginas menos.



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