En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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jueves, 8 de marzo de 2012

La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina – Stieg Larsson



Segunda parte de la trilogía Millennium, con muchos cambios respecto a la primera.

Para empezar, el protagonismo corresponde a Lisbeth. Mikael se transforma en el principal de los personajes secundarios. Aunque si el misterio lo constituye la suerte de Lisbeth, resulta que ésta, como queda pronto de manifiesto, es la que sabe todo de pe a pa desde el principio. Es la única para la que el misterio no existe. Como en la primera entrega, un truquillo burdo que no me gusta: que sea evidente que quien hurta las cosas al lector no es la historia, sino el autor.

El personaje de Lisbeth, además, sufre una transformación considerable. Se normaliza en el plano psicológico. Deja de ser una inadaptada para convertirse, simplemente, en una insociable. Se nos quiere hacer ver que sigue siendo un bicho raro, pero los hechos lo desmienten. Otra cosa es la irrealidad como “heroína”. Súperlisbeth. Es el recurso facilón que permite solventar todo lo solventable, como en el primer libro. Pero como es una superheroína canija, aislada, y en cierta medida una “perdedora” (y más con el negro pasado que se le pinta) despierta simpatías.

Mikael B. me cae gordo: es uno de estos tipos que confunde los principios de su profesión con los personales, lo que hace que confunda valores corporativos con valores morales. No trago a este tipo de sujetos. Pero ya digo que en esta novela el personaje está en segundo plano.

La trama está mejor diseñada que en la primera entrega, donde la estructura estaba descompensada. La secuencia de situaciones es más racional, y está mejor administrada para mantener la tensión y la atención del lector. Como nota curiosa y meritoria, en qué consiste “el misterio” de esta novela no es fácil de averiguar pronto (a diferencia de muchas de las recetas de “éxito” que ponen “el muerto” en la primera línea”). Los hechos se van enlazando y sucediendo sin rumbo hasta que de pronto uno se ve inmerso en la historia.

Aparte de cómo pueda haber influido el fallecimiento de Stieg Larsson en el éxito de su obra (el morbo se autoalimenta, y comprobar qué éxito se perdió el autor contribuye al éxito), hay algunas “recetas” típicas de muchos best sellers: Suecia no es lo que se dice un país demasiado conocido; los parajes “exóticos” atraen;  el tema informático se lleva muy lejos, lo que da un toque novedoso, pues las pifias informáticas –realistas o no- todavía han sido poco tratadas en literatura, son desconocidas para muchos, y la forma en que aquí se hace (como si Lisbeth fuera una especie de “gran hermano” que todo lo puede ver) resulta atractivamente peliculera: la idea de alguien “que casi todo lo sabe y casi todo lo puede” tiene su aquel; además es una novela urbana, con modos de vida asociados a las personas de supuesto “éxito” social (en el concepto más peregrino y banal de “éxito”); personajes con una sexualidad muy abierta conviven por pervertidos más o menos tópicos, hay por medio profesiones llamativas y hasta a menudo mitificadas, como la de periodista, mafias, intereses económicos y personales entremezclados... En resumen, un  revoltijo de cosas con tirón.

En esta segunda entrega también hay, y lo digo en sentido peyorativo, mucho “cine”. Cine facilón del que pone al “bueno de la película” al borde de todos los peligros, que transforma al “bueno” en víctima para levantar simpatías y que el lector lea como una forma de solidaridad, a la espera de ver cómo todo se solventa favorablemente y experimentar a continuación el alivio consiguiente. La búsqueda de alivio es un gran motor tanto para el cine como para la literatura. Y abundas las escenas de corte cinematográfico. Incluso el “corte” en sentido estricto, al pasr pasa a otro tema, debe mucho al cine.

Me llama la atención el detalle con se cuentan las cosas, lo cual hace más cercano a los personajes. El autor casi no se salta un desayuno, ni una cena ni una comida. Hasta manda a los personajes a hacer la compra y nos dice dónde compraron, si se llevaron cuarto y mitad de queso, cebollas o cebolletas.

También llama la atención, por diferencia con la primera entrega, que en este libro se nos “descubre” a los protagonistas, sobre todo a Lisbeth. Se cuenta toda su vida y deja de ser una desconocida. Un tremendo gancho, cuando la primera novela ha tenido éxito.

Dicho lo cual, termino: es una novela entretenida, y todo un ejemplo de cómo fraccionar los acontecimientos en plan “palo y zanahoria”. Los intentos por humanizar a los personajes (¿con detalles como que han comprado queso?) permiten que la cosa no quede como una novela de fantasía, pues Lisbetita, como ya he dicho, sigue siendo Superlisbeth.



miércoles, 7 de marzo de 2012

Los hombres que no amaban a las mujeres – Stieg Larsson


Cuando leí este libro lo disfruté como un enano, lo cual no significa que todo me pareciera de perlas, aunque lo entretenido del asunto superó los muchos defectos de la novela.

Lo mejor es la primera mitad y su mezcla de géneros. El interés que despierta en ese momento es enorme, y el ritmo tan bueno que la acción no parece lo lenta que en realidad es. Me refiero a lo que podría llamarse “el planteamiento”; la sucesión de datos que se amontonan sin que el protagonista sea capaz de extraer ninguna conclusión ni de realizar ninguna hipótesis.

Luego, cuando las cosas empiezan a avanzar, la historia vira a “novela negra tradicional”, al tiempo que la acción, aunque más rápida, produce cierta sensación de estancamiento porque se van descubriendo piezas nuevas pero su encaje es postergado. Y lo peor: es demasiado evidente. Cuando claramente hay cosas resueltas para el protagonista pero no para el lector, la calidad de la trama –otra cosa es la curiosidad por el desenlace- cae en picado: que el autor oculte algo sin más es una forma demasiado simple de mantener viva la curiosidad, un recurso demasiado burdo.

Un hecho clave a la hora de juzgar la novela es que, pese a lo que parece durante mucho tiempo, hay dos tramas: la de Harriet y las propias vicisitudes jurídico-periodísticas del protagonista (pero esta última siempre parece un “marco”, más que una trama paralela). O, mejor dicho, hay una trama (la de Harriet) y una tramichuela. Decepciona que la más importante termine cuando todavía faltan casi un centenar y medio de páginas. Eso, me temo, mata el interés de la historia en ese punto, aunque para entonces el lector sigua hasta el final.

La trama en sentido estricto (Harriet), está bien planteada, pero en el fondo es muy sencilla y tiene varios puntos débiles, alguno de los cuales se ve muy fácilmente al inicio (por ejemplo, el rastreo de domicilios es tan lógico que su falta permite suponer por dónde van a ir los tiros). Otro ejemplo: quizá para intentar sorprender al lector no existe ninguna referencia, siquiera sea como elucubración, a cualquier tesis distinta al asesinato; sin embargo el hecho de vincular la violencia a citas bíblicas puede hacer pensar que, por ejemplo, la buena mujer se largara y se metiera en una secta, lo cual eliminaría el asesinato y justificaría su ausencia de rastros; en el momento en que llegas a plantearte algo así, aciertes o no el desenlace deja de sorprenderte. En cuanto a lo que exactamente pasó con Harriet (que no digo para no reventar la historia), es algo que a partir de cierto momento también se ve venir; y en las páginas anteriores al desenlace es tan evidente que cuando se produce hay curiosidad satisfecha, pero no sorpresa. Pese a todo la historia resulta atractiva, aunque sin alardes de lenguaje.

El desenlace de la “trama Harriet” es, además, bastante más rápido de lo podía esperarse, y la escena en el chalet (clave, puesto que sin ella nada podría confirmarse sino sólo elucubrarse) es, me da pena decirlo, de una vulgaridad superlativa (debe de haber miles de escenas idénticas narradas en la literatura, por no hablar del cine).

Volviendo al precoz final de la “trama de Harriet”, con ese final comienza a hablarse en serio de la otra “trama” (a partir de la página 500 y pico). Además de la sensación de decepción ya aludida, tuve la misma que ante esas películas americanas en las que no puede ponerse “the end” sin que el héroe, después de haber salido victorioso en el asunto principal, dé una satisfacción a sus forofos y a la justicia universal propinando un mamporro en la jeta del imbécil de la película. ¿Me explico? Quiero decir que las vicisitudes personales del protagonista han influido en la historia, pero no son la historia: culminar el libro con ciento y pico páginas destinadas a ellas es algo que no me convence. Si aporta algo no es, desde luego, a esta novela; sí, me temo, a la siguiente. Quizá hubiera sido bueno buscar un mayor paralelismo cronológico entre ambas tramas para evitar que la importante termine dejando luego tantas páginas en el limbo.

Respecto a esta “subtrama”, si antes la he llamado “tramichuela” es porque no hay tal trama, sino ciento y pico páginas destinadas a jalear al héroe de la novela. Porque, ¿trama? ¿Qué trama? Nada se desentraña: ni ilegalidades ni chanchullos. Sólo se nos informa de que ciertos “asuntillos” de enjundia económica han sido descubiertos de forma simplicísima (birlando un disco duro). No hay misterio ni nada que se le parezca sino, simplemente, se da ocasión al héroe birlón de cubrirse de gloria. Insisto, el único logro de esta “subtrama” es encumbrar al protagonista sin aportar nada a la historia. Bueno, una cosa sí: algunas reflexiones en torno al periodismo en las que los periodistas no salen muy bien parados (desde mi perspectiva).

Lisbeth. Como es más rara que un perro verde es muy difícil de caracterizar; sobre todo si se pretende hacerla evolucionar. Y mucho más si se pretende que su evolución sea tan grande y rápida como acaba siendo. Es mucho más complicado reflejar los cambios en la personalidad de un chiflado que su personalidad en un momento dado; por eso el esfuerzo por hacer de ella una persona normal dentro de su rareza no cuaja. El que está zumbado, está zumbado, y no se socializa como por ensalmo compartiendo techo y trabajo unos cuantos días. Demasiado simple, demasiado sencillo. Demasiado “película” de buenos y malos. Precisamente el final de la novela marca su punto culminante de “normalización”. El resultado final es un personaje todavía más raro que al comienzo, porque la Lisbeth del final no es la del principio, y el proceso de cambio es brusco y no fundamentado. El personaje cae bien, aunque desde el punto de vista de la estructura de la novela es una solución demasiado fácil para todos los problemas: lo mismo hackea sin dejar rastro que pincha teléfonos, allana, vapulea, se camufla o realiza transacciones económicas internacionales a través de cuentas secretas hablando (sin acento) inglés y alemán y supongo que, de ser preciso, también guanche. Y todo sin haber pisado un aula ni haber hecho jamás nada distinto de estar encerrada entre cuatro paredes enfrentada a sí misma. En resumen: no hay problema en una novela que un personaje así no pueda resolver. Superwoman anoréxica con incapacidad emocional, pero Superwoman. Demasiado fácil para mi gusto, y demasiado peliculero. El personaje de Lisbeth es tan fantasioso que resta a la novela todo realismo. Una pena, y más teniendo en cuenta lo bien que cae.

Volviendo a la trama principal, es extremadamente sencilla: una vez decidido lo que le había sucedido a Harriet, la “construcción al revés” obliga al autor a preguntarse cómo el protagonista determinará “quién ha sido”, lo cual hace depender de un dato casi anecdótico; todo lo demás no hace sino despistar magistralmente: podía ser lo que es, o ser otra cosa; el resultado sería el mismo; todo es muy interesante aunque nada es relevante, y hasta la relación entre las citas bíblicas y el desenlace está sobrevalorado en boca del protagonista a fin, creo yo, de excusar tanto despiste; la diferencia fundamental con otras novelas negras no es, pues, la trama, sino el entorno en el que se desenvuelve, lo que la rodea, los ornamentos, la familia Vanger, la isla, las historias colaterales de los protagonistas...

Dicho todo lo anterior, puede parece que esta novela “me gusta, pero...”. Nada de eso. Es entretenida. Dudo que llegue a ser un novelón inmortal, si no es porque lo importante de una época, literariamente hablando no solo es lo que se escribe, sino también lo que se lee, pero está infinitamente más trabajada que la mayoría de los best seller que circulan por ahí, y tiene su punto de originalidad.

Y para terminar, si no lo digo reviento: si los personajes de esta novela no tomaran café, habría 50 páginas menos.



jueves, 28 de julio de 2011

La reina en el palacio de las corrientes de aire - Stieg Larsson


Me leí la primera un verano, la segunda al verano siguiente, y al tercer verano no me leí la tercera parte. Ha sido al cuarto. Y es que semejantes tochos conviene leerlos cuando se tiene tiempo por delante.

Lo cierto es que el extinto sr. Larsson consigue enganchar, aunque las tramas solo sean ligeramente más inverosímiles que las soluciones que les da. Me lo he pasado bien leyendo esta novela. Si he de poner “peros” comienzo por uno que se repite respecto a las entregas anteriores: esos finales en los que los malos se llevan su merecido de forma tan ejemplarizante, al modo de las antiguas películas del oeste, me repatean las tripas. No me gustan esas escenas donde las sufridas víctimas que calladamente, cual hormiguitas, han ido cimentando su triunfo, se quitan el disfraz de hormigas y le dicen al malo bravucón “ven aquí, chiquitín, que te voy a cantar las cuarenta”, para, ante el delirio del respetable, cantarle las cuarenta, tres veces las veinte y llevarse las diez en últimas dejando al pobre malo tan desolado y humillado por haber sido tan malo, que no tiene consuelo posible. En esta ocasión, para colmo, esa escena adopta la tradicional fórmula cinematográfica del juicio donde el malo, tras lucir sus maldades, es sometido a feroz escarnio ante sus pasmadas y desesperadas barbas.

Otro “pero” son los perfiles de los personajes. Una vez definidos, los caracteres son demasiado cuadriculados, los personajes apenas cambian pese a ser una novela de 850 páginas. En la vida real, la gente cambia a veces hasta por minutos, se deja llevar por las emociones, las tentaciones, la comodidad, la ambición, el miedo... Unamos a eso que algunos son demasiado exagerados, demasiado buenos buenísimos, demasiado malos malísimos o, incluso en el caso del hermanito de Lisbeth, un genuino brutote escapado de algunos dibujos animados japoneses: demasiado “bicharraco” para tomárselo en serio. De Lisbeth Salander ya no digo nada: es la heroína, pero es el personaje más inverosímil de todos. Si en esta ocasión parece más normal, es porque se pasa 600 páginas tumbada en la cama.

Otro recurso “facilón” que casi parece un “efecto especial”, es la actividad de los hackers. Para Larsson el hackeo es la panacea que todo lo soluciona: cuando todo está intrincadísimo, siempre hay un alma hackera caritativa que se mete donde haga falta y en santiamén encuentra lo que sea menester o amarga la vida a quien sea preciso.

Otro “pero” que se repite es que desde el desenlace de la trama principal hasta el final del libro la cosa se alarga mucho: Larsson sacia generosamente la curiosidad del lector por cómo los héroes digieren el triunfo, aunque en esta ocasión el largo “aterrizaje” se utiliza para zanjar un cabo suelto que, en realidad, apenas ha interferido en la trama principal si no es para despistar un poco al principio (ya se sabe que la novela negra debe jugar el despiste)

Mikael Blomkvist me sigue cayendo igual de gordo, precisamente por esa poca flexibilidad en los perfiles: para lo suyo (como cada uno de los restantes personajes para sus cosas) es un purista que a menudo resulta repelente. Si tuviera un escudo heráldico, su divisa sería “estas son mis lentejas, y no quiero saber nada de otras; si quieres las tomas y si no las dejas”.

Y el último “pero” es que quien no haya leído la entrega previa, puede andar un poco perdido. De hecho, para evitarlo el autor hacer infinitas alusiones a ella, porque si no muchos lectores se perderían, aunque para otros resulte un poco pesado tanto recordatorio.

Olvidando ya los “peros”, que apenas restan entretenimiento, la intriga va surgiendo poco a poco, casi sin advertirlo, y no tiene un solo objetivo sino múltiples: saber cuál será la suerte de Lisbeth y de cada uno de los muchos “malos” que pululan por allí. El destino de cada personaje es un objetivo en sí mismo. Los elementos de enganche son diseminados de forma muy hábil; algunos nada tienen que ver con la historia (como las peripecias de Erika), otros parece que forman parte del hilo conductor y acaban siendo abandonados (como Zalachenko, E. Gurll o el cabo suelto atado al final); también ayuda a trasladar la imagen de un ritmo frenético el hecho de que todos los personajes anden estresados y actuando a deshoras: todos trabajan sin cesar, a horas intempestivas, mal comiendo y mal durmiendo: ¿cómo deja de leer el lector si el pobre personaje anda pasándolas canutas para llegar hasta ahí?

La novela se alarga por muchas cosas, no necesariamente negativas; una de ellas es que no hay personaje que no nos sea presentado a través de una mínima biografía, sea principal o secundario, aunque a los más importantes se les trate de distinguir con algo que los haga fácilmente reconocibles (una costumbre, una ambición, una enfermedad...). La otra cuestión es que el autor consigue explicar con claridad y de forma relativamente breve, algunas cuestiones políticas y jurídicas que ayudan a entender los acontecimientos a quien no esté familiarizado con esas cosas. Lo hace bien, con habilidad, y en eso aventaja a la mayoría de las novelas negras que he leído.

Termino: en esta tercera entrega, como con la primera, tan contento estaba Larsson con sus criaturas que acaba dando a Millenium y a sus empleados el tratamiento triunfalista reservado a los superhéroes: que nadie dude de que están al servicio del bien, que los malos se echen a temblar al escuchar su nombre. Y el resto, que se aparten admirados para dejar paso.