En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



jueves, 9 de febrero de 2012

El hombre que mira – Alberto Moravia


          El hombre que mira, ve. Y el hombre que ve, piensa. Pero el hombre que piensa no siempre actúa, y entonces queda prisionero de sus propios pensamientos. Es decir, queda preso de lo que ve, de lo que mira. El hombre que mira, que solo mira, tiene una visión completa y compleja de su propia vida, pero es incapaz de orientarla y queda a merced de los acontecimientos. Esto es lo que le sucede al protagonista de esta novela: un joven profesor universitario perfectamente normal que, como tanta gente, se siente presa de sus miedos y su pasado.

          Dice Ana María Moix en el prólogo que la regla confesa de Moravia, a la hora de escribir, era la de “máxima complejidad, máxima claridad”, y en esta novela lo aplica al pie de la letra y de tal manera que el resultado es brillante. Una joya literaria.

          El protagonista, un profesor universitario en mitad de la treintena, arrastrado por los aires del 68 renunció a la herencia materna: un piso. Fue un acto de rebeldía frente a su padre, también profesor universitario, que encarnaba, a juicio del protagonista, los valores a los que se enfrentó el 68. Entre ellos, el tema nuclear, que de alguna manera le obsesiona. Además, a lo largo del tiempo ha ido considerando a su padre como una especie de “rival”. Las relaciones entre ellos, formalmente cordiales, en realidad más que frías son heladas.

          Como resultado de la renuncia, el protagonista vive en dos habitaciones, al final de un largo pasillo... en casa de su padre. Allí se quedó cuando se casó.

          En el momento en que la historia transcurre, dos hechos han alterado la rutina: Silvia, la esposa, se ha marchado de casa porque necesita reflexionar, y el padre permanece inmovilizado en su habitación tras haberse roto el fémur.

          El hombre que mira a su padre, a su esposa, a la enfermera del padre, a la mujer a la que conoce durante un paseo... comienza a ver cosas, cosas que le hacen pensar y llegar a conclusiones que en realidad no desea conocer, por lo que el hombre que piensa llega a pensar, movido por el miedo, que mejor mirar sin ver. ¿Pero se puede dejar de mirar? ¿Se puede dejar de ver? ¿Se puede ver sin pensar?

     Una interesantísima novela donde la “máxima complejidad” (la maraña de los sentimientos humanos y sus causas) se expone con la “máxima claridad”, e incluso con la “máxima intensidad”, permitiendo que la lectura, aunque necesariamente deba ser atenta, discurra con fluidez. Uno de esos libros que uno cierra con la certeza de no haber perdido el tiempo, un libro que es de todo menos intrascendente.

Alberto Moravia,
pseudónimo de
Alberto Pincherle
(1907-1990)
          Termino con cuatro ideas. La primera, el relevante papel de la sensualidad en esta novela. La segunda: existe una relación entre el mirar y el pensar, y entre el pensar y el actuar, pero la segunda no tiene al automatismo de la primera, y a veces se actúa sin pensar; o se piensa que actuando uno puede engañarse a sí mismo hasta el punto de forzar un pensamiento distinto por medio de la acción (en esto último se apoya el tramo final de la novela). La tercera: mucho de lo que de aceptable o inaceptable tiene la vida depende de nosotros mismos (lo cual digo por el final en sentido estricto). La cuarta,  todo el mundo es voyeur (no en el sentido erótico sino en el intelectual). El voyeur, porque lo es. Y el exhibicionista, porque lo que desea es ver la reacción que su exhibicionismo provoca. Y en esta vida quien no se dedica a ver, se dedica a ser visto.








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