Leí no hace mucho «Un bien relativo», de Teresa Cardona, segunda novela de la saga de la teniente Karen Blecker y el brigada Cano. No conocía entonces ni a la autora ni a sus personajes, y me gustó tanto que corrí a comprar el resto de libros. El que ahora reseño, «Los dos lados», inauguró la saga. Estas dos primeras novelas pueden leerse en cualquier orden, porque, a diferencia de lo que suele ser habitual, las relaciones entre los dos protagonistas y la de cada con su entorno personal no las ha utilizado la autora (al menos en estas dos primeras novelas) para tejer una subtrama a largo plazo sobre la que de desarrolla en paralelo el caso concreto de cada novela. Algo extraño en estos tiempos, ciertamente. Agradezco que no haya recurrido a un recurso tan facilón y burdo para fidelizar al personal.
También me resulta atípica la soledad de los dos guardias civiles con destino en San Lorenzo de El Escorial, donde vuelve a transcurrir la historia. Me refiero a que no hay policía o guardia sin unos subordinados de los que echar mano para todo tipo de tareas; sin unos jefes entre comprensivos y tocapelotas que les hacen rendir cuentas más pendientes de su propio culo que de otra cosa; y sin un entorno familiar y social que dé algo de juego al poner límites o implicar exigencias. Nada de todo esto le sucede a los dos protagonistas: viven como si no existieran más guardias civiles en el mundo, ni superiores ni subordinados, y las relaciones familiares son más bien teóricas, porque viven en el recuerdo, en el caso de ella, y de la pareja del cabo, homosexual, nada sabemos.
Así que la historia, como a la vieja usanza, se concentra en el caso concreto. Bueno, más o menos, porque la estructura de esta novela (que volvió a usar en «Un bien relativo») va a saltos desde el presente de la investigación (2016) hasta sucesos de 1989.
Esto es a la vez un acierto, porque agiliza la lectura, y una limitación, porque como ambas historias están llamadas a converger el lector ya sabe que en el momento presente debe fijarse especialmente en todos los personajes que pudieron estar haciendo cosillas 27 años atrás, pero descartando a todos los que ya sean demasiado viejos.
Una parte relevante del interés de la novela es el entorno en que se desarrolla. San Lorenzo de El Escorial es un lugar peculiar y atractivo. El imponente monasterio es omnipresente; y junto a él están, de un lado, los lugareños que viven todo el año en una localidad que oscila entre las irregulares muchedumbres del turismo de segunda residencia, una especie de sucursal intermitente de madrileños acomodados, y la soledad del resto de los días, en especial entre semana y los invernales, todo a algo más de 1000 metros de altura, en la sierra. Un marco peculiar, entre familiar y aislado, y populoso y bien comunicado. Eso sí, los algo más de 18000 habitantes censados no dan de sí lo suficiente como para que los dos investigadores no deban dejarse caer por Madrid con cierta frecuencia, lo que, por otra parte, hace que la sensación de recogimiento tenga algo de irreal: San Lorenzo de El Escorial no es un refugio recóndito, sino un rincón confortable en medio de la vorágine, mezcla de pueblo y decorado.
La novela está escrita con solvencia. Tiene buen ritmo y una estructura correcta. Comienza con el hallazgo de un caballero un tanto desmejorado. Tanto que se ha muerto. Es lo que tiene que te dejen atado y aislado hasta que mueras de sed. Para saber quién ha sido el desaprensivo capaz de dispensar tan poco educado trato hay que averiguar quién es el finado, a qué se dedicaba, quién puede quererlo tanto y por qué… Esas cosillas.
Ese es el presente. 2016. Lo que se cuenta de 1989 es un verano en San Lorenzo de El Escorial, en casitas veraniegas de familias acomodadas, todas con su piscina y su jardín vallado más que amplio, tanto que hasta necesitan jardinero. Hay bastante gente por ahí, entre la que se cuenta un niño que ha suspendido alguna asignatura y un garboso joven universitario de 19 años que se emplea como profesor particular. Y la hermana del niño, y los abuelos, y la madre, y… El papá de la criatura es un periodista que cuenta con pocos adeptos en un sector de la sociedad y, en particular, en esa sociedad acomodada de gente bien que va a la sierra a rascarse la tripa en vacaciones y fiestas de guardar. ¿Por qué es visto así el periodista? Porque ha escrito varios artículos denunciando que las torturas a detenidos del entorno etarra son inaceptables en un estado de derecho. Como los años ochenta fueron los más sanguinarios de la banda había mucha gente que no compartía este planteamiento.
Este es uno de los dos lados a lo que alude el título. Como todos somos gente de orden todos estamos de acuerdo en que torturar al personal no puede hacerse en un estado de derecho. No cabe delinquir para combatir el delito. Es evidente.
Lo que sucede, claro, es que una cosa es torturar por venganza o sadismo y otra a la búsqueda de información crucial para salvar la vida de otra persona. Es entonces cuando llega el segundo lado a que alude el título, la otra forma de ver las cosas. Si encontrar viva o muerta a una persona muy querida depende de torturar o no alguien, ¿lo harías? Seguro que entonces ya no seríamos tan civilizados. Si la vida de tu hijo, por ejemplo, depende de torturar o no a un delincuente, la mayoría, obcecados, no dudaríamos. Si fuera preciso le sacaríamos las tripas a puñados. Sin embargo, la cosa no es tan sencilla como esta hipótesis (ser bestia con la imaginación es facilísimo), porque en la realidad casi nadie se ve en una tesitura tan extrema y, si llegara el caso, quizá entonces no seríamos capaces. Es todo teoría, pero es la teoría que funda nuestra opinión. En cambio, quienes sí pueden verse alguna vez en estas tesituras son los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad. ¿Qué pasa con un secuestrado si, tras el arresto de quienes lo custodian, estos se niegan a decir dónde está? Morirá de inanición. Y como para los secuestradores hablar puede ser la prueba definitiva que los condene, se callan. ¿Qué deben hacer las fuerzas policiales en un caso así? ¿Emplear un tiempo precioso en intentar convencerles de que es mejor colaborar, que algún atenuante les caerá? ¿O torturarlos para que hablen cuanto antes? Si uno fuera el padre del secuestrado podría tener la respuesta tan clara como destrozados los nervios, porque los nervios hechos añicos pueden provocar cualquier tropelía. En cambio, quienes no tienen un vínculo de afectividad tan intenso, ¿qué excusa tienen para cometerla? La rabia, la indignación que produce la injusticia. El ansia de salvar al inocente. Pero, ¿es suficiente?
Para el Estado, no. El juez los condenará.
Pero para esos condenados, el único juez que de verdad lo es, es su propia conciencia.
Y eso nos lleva al concepto de justicia y a si es justa la justicia
¿Por qué cuento todas estas reflexiones? Porque también en esta novela Teresa Cardona demuestra que es posible entretener al lector con una trama al uso y, a la vez, situarlo frente a dilemas morales que le hagan conocerse mejor.
Seguramente todos los que leéis esta reseña sois incapaces de torturar por placer (espero).
Seguramente todos (también espero) seríais incapaces de torturar por venganza aunque debido a lo sufrido no os faltaran ganas.
En cambio, casi todos seríais capaces de torturar si de ello dependiera la vida de vuestro hijo, de vuestra madre, de vuestro padre… Quizá penséis que no, pero seguramente ni siquiera podríais meditarlo. La desesperación y la impotencia os obcecarían.
Pero… ¿Y si la vida en juego fuera la de un desconocido? Haría falta tener una mente fuerte y las ideas muy claras para que cualquier elección (torturar -y pasar a ser un torturador- o no -y que muera un inocente) no te reconcomiera la conciencia el resto de tu vida.
Este es el punto en el que difieren derecho y moral, porque el primero da una norma universal, no le queda otra, pero la segunda es propia de cada persona. A veces, es decir, según la persona, derecho y moral coinciden y entonces todo es sencillo. A veces, no.

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