En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

martes, 14 de julio de 2026

Los Estados Unidos del Linchamiento - Mark Twain

 


Mark Twain escribió esta brevísima obra (se lee en veinte minutos) con rabia e indignación. No pretendió hacer un análisis, sino un alegato contra el racismo apelando al más mínimo rastro de inteligencia en quien quiera que pudiera pudiera leerle.

Twain (nacido el 30 de noviembre de 1835 y muerto el 21 de abril de 1910) sabía de lo que hablaba: había presenciado horrores. Posiblemente por eso no se atrevió a publicar en vida estas líneas, escritas en 1901. Temía represalias hacia él o hacia los suyos.

Paradójicamente, al no publicarlo cayó en el gran pecado que denuncia: en la falta de valentía. En la cobardía.

Me explico.

Twain comienza dando cuenta de la arbitrariedad de los linchamientos, de lo injustificado de todos ellos incluso en los casos en los que, siendo la víctima un verdadero delincuente, hubiera sido condenado a muerte en caso de ser juzgado de acuerdo a la ley. Habla de cómo la naturaleza humana puede acabar incentivando, con sus reacciones salvajes, aquello con lo que en teoría pretende acabar. Y habla, sobre todo, de que una enorme cantidad de personas que sostienen los linchamientos acudiendo a verlos, en realidad no serían capaces de cometerlos por su mano y hasta los repudian, pero están ahí, apoyándolos con su presencia, porque se ven arrastrados por la opinión de los demás. Nadie quiere significarse en una situación de extrema violencia. Los linchamientos, como muchas revueltas, nacen de la voluntad de cuatro salvajes de crueldad desquiciada que arrastra a multitudes miedosas que acaban así convertidas en colaboradoras, en el apoyo efectivo, en la justificación social de la barbarie.  Aunque en realidad lo que sucede, dice Twain, es que el crimen repugna a casi todos pero nadie se atreve a desmarcarse de los incitadores. Bastaría un solo hombre valiente que les plantara cara, dice Twain, para anular a esos pocos bárbaros, porque el común de los mortales está deseando tener una excusa para no secundarles, para irse a su casa sin sentirse responsable de ningún horror.

El problema, concluye, es que esos valientes apenas existen. Cita un par de casos de personas que se enfrentaron con éxito a los linchadores y ya no encuentra más. Por eso, en lo que parece un recurso grotesco pero que precisamente por desesperado llama la atención, clama por la vuelta de los misioneros norteamericanos en China. Quien allí se ha ido ha demostrado ser valiente, y la valentía tiene más recorrido entre toda la turba que se deja arrastrar por miedo a ser señalada por los bárbaros que evangelizando a un número tan ridículo de chinos que en nada va a cambiar la religión dominante.

Lo de China, por supuesto, es anecdótico. Lo importante de esta obra es que Twain nos recuerda que la barbarie nace en la actitud permisiva de cada uno de nosotros. De mí y de ti.

No es una idea antigua. Desgraciadamente hoy sigue sucediendo. No hay más que ver lo que ocurre en Gaza. Al principio el genocidio, bajo la excusa de la represalia por un monstruoso atentado, avanzó sin que nadie lo impidiera. Nadie se atrevió a hacerlo por miedo a ser señalado como partidario de los terroristas. Pero luego, en cuanto salieron unos pocos valientes en la escena internacional plantando cara al gobierno de Israel, la posición de los genocidas comenzó a empeorar hasta que, al final, claudicaron a regañadientes, decretando un parón en la salvajada que… que se ha quedado en nada en cuanto los valientes se han tenido que ocupar de otras cosas. Cada ser humano que calla acerca de lo que está sucediendo en Gaza, en El Líbano o en cualquiera otro lugar desde donde le lleguen noticias similares, está haciendo posible todos y cada uno de esos genocidios, todas y cada una de esas muertes de inocentes, porque está haciendo lo mismo que quienes con sombrero, corbata y rociados de colonia asistían a los linchamientos de los que habla Twain y que ilustran el libro. Solo callar ante la barbarie permite cometerla.

Hacen falta valientes, como decía Twain.

El libro es tan breve que ha sido completado con un prólogo de Javier Fernández Rubio, editor y traductor, así como por una escalofriante colección de fotografías que hacen este libro no apto para cobardes que se nieguen a ver el drama para no tener que actuar.

    Espero que esta reseña sirva para alzar la voz una vez más.


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