En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

jueves, 16 de julio de 2026

Cuéntame el olvido - Mavi Doñate

 


El verano, cuando tantas personas vuelven a los pueblos de los que procede su familia, es un excelente momento para leer «Cuéntame el olvido» y, al calor de sus páginas, preguntar a quienes aún puedan responder.

Mavi Doñate ha escrito este libro a la búsqueda de respuestas a los silencios familiares, tras leer -lamenta que demasiado tarde- lo que su abuelo escribió en los años 80 para contar su calvario en la Guerra Civil y la posguerra, del que nadie hablaba hasta el punto de que muchos en la familia ni siquiera estaban al tanto. 

    Suerte ha tenido Mavi Doñate de contar con ese lúcido testimonio. En la mayoría de las familias los silencios no han sido rotos más que a través de miradas elocuentes que respondían sin palabras a preguntas comprometidas o que acompañan recomendaciones de prudencia. Miradas fijas e intensas que aún recuerdo y que entonces no comprendía. 

    A los represaliados los calló el miedo. La mayoría de quienes sufrieron persecución y represión simplemente por haber expresado una ideología, y no digamos los familiares de los que fueron exterminados por el mismo motivo, jamás volvieron a confiar en la fortaleza de la libertad. Hoy te crees libre y hablas o participas en una manifestación, y mañana… Bien entrada la democracia aún eran muchos, ya ancianos, los que no se atrevían a hablar ni mucho menos a señalar a los causantes de sus desdichas. 

    Por supuesto, estos últimos aún hablaban menos, porque desde el primer momento también enmudecieron los delatores y todos sus familiares. Los que con su acción o testimonio facilitaron ejecuciones, encarcelamientos, torturas, confiscaciones… Y no hablemos ya del estrepitoso silencio del que se rodearon quienes asesinaron o torturaron y quienes desde el poder judicial y político legitimaron la salvajada.

    Al final, quien no calló por miedo lo hizo por vergüenza (y quizá por temor a la justicia justiciera), provocando una falta de comunicación entre generaciones que ha propiciado, para unos, una enorme ignorancia sobre lo que sufrieron las personas más cercanas (padres o abuelos) y, para otros, sobre las barbaridades que esos seres más queridos cometieron.

    Cuando el lector conoce, de boca del abuelo de la autora, lo que este hombre vivió, comprende que su ruptura del silencio fue para él una exigencia ética, algo que respondía a la necesidad de advertir sobre lo venidero cuando se tiene la certeza de que todo es inexplicablemente frágil y que hay que ser consciente de la facilidad con la que germina la barbarie. De su testimonio sorprende y emociona la objetividad y ecuanimidad: no juzga a nadie, no pretende ajustar cuentas, no lo mueve el rencor, se limita a contar hechos como quien todavía está tan abrumado por lo que le sucedió que lo cuenta con toda la objetividad posible para ver si alguien es capaz de encontrar la explicación que él aún no ha encontrado. Posiblemente por eso su relato es aún más estremecedor.

    Tras cada capítulo de la peripecia narrada por su abuelo, Mavi Doñate introduce inteligentes reflexiones personales que ayudan al lector a contextualizar, comprender y digerir los hechos. La mezcla de testimonios, el de quien calló  y el de quien dos generaciones más tarde no preguntó, da agilidad y enriquece el conjunto. En estas reflexiones se infiltra su propia biografía, la de una mujer nacida en los postrimerías del franquismo, criada en Zaragoza y que, para cuando tuvo uso de razón, la democracia había eclosionado envolviéndola en una dinámica social tan lanzada hacia el futuro (donde de por sí está lanzada toda persona joven) que no mira hacia el pasado… ni aunque lo tenga palpitando en las personas más cercanas, que pese a todos los cambios hacia la libertad seguían callando. Así vemos cómo el silencio de una generación se propagó a las siguientes sin que lo advirtiéramos. Todos, de un modo u otro, tenemos una responsabilidad, porque el breve escrito del abuelo de la autora nos recuerda que silencio no equivale a olvido. Para evitar el olvido y por tanto la injusticia y la ignorancia antes o después es necesario hablar. Y escuchar. Es lo que hace este magnífico libro.

    Me unen muchas cosas a Mavi Doñate: compartimos generación y, por tanto, vivencias; mi familia procede de un pueblo de Teruel cercano y en todo similar al de Guadalajara que ella describe sin dar el nombre; a esos pueblos volvíamos ambos de visita siendo niños, inconscientes de lo que pudiera latir en sus calles desde cuarenta años atrás; y los dos vivimos la vida universitaria en Zaragoza (y ella también la escolar). Seguro que en algún momento coincidiríamos de parranda en los bares del casco viejo o en alguna de las otras zonas habituales en aquellos años. También los dos estábamos rodeados de silencios y no lo advertíamos. También ambos, tan pendientes del propio futuro, no intentamos conocer más del pasado del que proveníamos todos. Aunque no nos conozcamos, tenemos muchos recuerdos compartidos.

    Quiero destacar su evidente y meritorio esfuerzo por no tomar partido pese al enorme peso emocional de la historia, y el respetuoso trato que da a todos, al tiempo que se pregunta cómo tiene que ser bucear en los silencios no causados por el miedo, sino por la vergüenza, para saber qué se siente ante la conciencia de que tu padre o tu abuelo fueron los responsables de la muerte o la desdicha de otros seres humanos, muchos de los cuáles no habían hecho nada a nadie.

    La magnitud de la Guerra Civil fue tal que, en medio de todas las ignorancias causadas por los silencios que llevan al olvido, quien no se siente heredero de un represaliado teme serlo de un verdugo. Por eso es tan importante indagar en el pasado con una mirada limpia. Para comprender. Para que todos podamos ponernos en el pellejo del otro y mirarnos a los ojos.

    Lo que cuenta Mavi Doñate va más allá de la historia de unas familias, y termina reflejando la vida del pequeño pueblo de Guadalajara, cercano a la provincia de Teruel, que como todos tras la Guerra Civil pasó a vivir una paz formal en la que agresores y agredidos tenían que convivir forzosamente. Aunque, como es lógico y pese a las apariencias, no lo hacían en pie de igualdad. Había convivencia, sí, pero los señalados no debían significarse, y sí vivir sin molestar, como si pidieran perdón, en una suerte de prolongación de la humillación. Los otros, en cambio, sintiéndose en una posición de superioridad se aprovechaban de ella, pero con precaución porque conscientes de los abusos tampoco podrían eludir el miedo a la venganza ni a lo por venir cuando cayera el régimen. Un acuerdo tácito, puesto por quienes tenían la sartén por el mango, de yo no te complico la vida si tú no pides justicia, y date por contento. Todo esto pasaba inadvertido para las nuevas generaciones, que como en ocasiones hasta veían compadrear a agresores y agredidos poco sospechaban, hasta que, a medida que maduraban, comprendían el significado de comentarios, hechos y situaciones.

    Los «hechos probados» que condenaron a 30 años de cárcel (que pudo haber sido pena de muerte) al abuelo de la autora se basan en los testimonios de unas pocas personas del pueblo, que se concertaron para decir lo mismo ante el alcalde: que no se le conocían actuaciones en contra del régimen, que había tenido un buen comportamiento pero que, vaya por Dios, era de izquierdas. Los 30 años se quedaron en cuatro porque la cantidad de presos era tal que el estado no podía mantenerlos. Las espantosas condiciones de vida fueron más bien condiciones de muerte. No exagero si digo que aquella reclusión tuvo también mucho de tortura.

    Tras la cárcel, el regreso al hogar de quienes salían de presidio hacía de ellos acusaciones andantes contra quienes los habían denunciado injustamente. Víctimas que temían volver a serlo y verdugos que temían rendir cuentas de su pasado empezaron a convivir en cada calle de cada pueblo. Cuesta imaginar la tensión de aquellos años. Se soportó, supongo, gracias a ese silencio al que ahora, una vez esas personas han quedado en el camino de los tiempos, hay que dar voz para comprender lo que sucedió y para entender lo que somos. Sin comprensión ni entendimiento no es posible la justicia ni la reconciliación precisa para la convivencia armoniosa y en paz.

    ¿Qué voy a añadir? Tardé años solo en saber que había algo que comprender sobre mi propia familia, y solo por casualidad terminé averiguando hechos que me dejaron pasmado y me hicieron comprender, como en una revelación, la razón del eterno perfil bajo y de la infinita discreción de algunos familiares. Luego, en los archivos históricos accesibles por internet (¡qué tristeza, qué desolación encontrar el sufrimiento ignorado!) he localizado datos sobre mi abuelo y algunos tíos, datos que ni mis padres, tan niños entonces, conocían. Nadie se lo contó. Nadie nos lo contó. El silencio y el olvido.

    Un libro necesario, inteligente, útil y sano porque busca comprender, que es la única manera de mirar alrededor y a uno mismo para que lo emocional no excluya lo racional.


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