En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

jueves, 9 de julio de 2026

Magnífica humanitas - León XIV



Durante décadas quién iba a decirnos a tantos no creyentes que acabaríamos leyendo con enorme interés una encíclica. Así que esta es la primera reflexión: ¿por qué? ¿A qué se ha debido el apasionado interés que «Magnífica humanitas» ha despertado en todo el planeta.

La respuesta es, creo, doble. 

    Por una parte los vertiginosos cambios que está experimentando el mundo han dejado obsoletas las referencias morales sin que se hayan desarrollado otras nuevas por dos motivos. Uno, porque asimilar una norma ética es cuestión de al menos una generación, o probablemente  más, y el cambio va mucho más rápido, dejándonos a todos atrás. Dos, como apunta León XIV y todos los ensayos sobre la actualidad que he leído, al estar estos cambios de colosal intensidad impulsados por manos privadas su guía es el interés del megamillorario tecnológico de turno. Mientras, toda la sociedad está in albis, perdida, desorientada, sin saber qué hacer con el futuro o, por miedo al cambio, involucionando hacia pasados de corte nacionalista, excluyentes del migrante y del distinto, un extremismo incompatible con la dinámica impuesta por la misma evolución económica que lo explica, por lo que de su auge solo pueden esperarse desastres. Por eso tanta gente que sabe que esto último es un peligroso paso atrás pero que no sabe cómo seguir hacia delante ansia una guía, una referencia moral ante este mundo en el que, por primera vez en la historia, unos pocos particulares son ya más poderosos e influyentes que la mayoría de los estados.

Por otra parte, el papa Francisco se atrevió a enfrentarse abiertamente con las consecuencias más feroces del capitalismo, apoyado en la doctrina social de la Iglesia, y León XIV no le va a la zaga. Han abierto una esperanza. La de tener una guía ética.

De ahí la expectación generada por «Magnífica humanitas»: en este complicado contexto por fin alguien con ascendiente sobre cientos de millones de personas se atreve a plantear un posicionamiento ético frente a quienes controlan ya, de facto y en su propio interés, aspectos que van desde la defensa hasta la comunicación.

Por último, es notable la empanada en la sociedad española. El papel que la Iglesia jugó en la instauración y consolidación del franquismo ha hecho que todavía haya millones de personas, de derechas e izquierdas, que identifican derecha e Iglesia. Y ahora, claro, les explota la cabeza, porque la Iglesia defiende cosas, sobre todo en lo económico y social, que casan a la perfección con la izquierda y otras, en cambio, con el liberalismo. El resto, no demasiadas pero significativas, con el conservadurismo.

Desde la «Rerum novarum» («De las cosas nuevas») de León XIII en 1891, la doctrina social de la Iglesia se apoya en los siguientes principios (que, tengo la sensación, han dormido o estado amodorradillos más de un siglo):

-La defensa a ultranza de la dignidad de todas las personas independientemente de cualquier circunstancia personal. Es decir, un principio básico de igualdad material y jurídica. Sobre este giran todos los demás.

-El bien común: la actividad humana, especialmente la económica, debe estar orientada al bien común, no al interés particular capaz de generar desigualdades que atenten contra la dignidad de las personas.

-Destino universal de los bienes: los bienes de la tierra son el resultado de la Creación, por eso, teniendo todos los seres humanos igual dignidad, esos bienes y cuanto se obtiene de ellos están destinados a todos por igual. El sistema de propiedad privada es racional para organizar la vida social, pero debe ser limitado cuando como resultado de su aplicación hay personas excluidas de lo necesario para preservar su dignidad.

-Subsidiaridad: las instancias políticas deben dar libertad de actuación; solo deben intervenir cuando se producen desigualdades que menoscaban la dignidad humana.

-Solidaridad: toda persona debe apoyar a sus semejantes promoviendo y utilizando todos los mecanismos precisos al objeto de garantizar la igual dignidad, que a su vez implica la igualdad material y jurídica antes mencionada. Dónde quedan el amor al prójimo, el amor fraterno, si el que tiene más no ayuda al que tiene menos, y no digamos ya cuando intenta aprovecharse del otro quedándose con lo que no es suyo.

    -Participación: todas las personas deben participar en la vida económica, social, política y cultural en igualdad de condiciones. 

    Nada ha cambiado en esta doctrina desde 1891, pero sí en el énfasis que los diferentes pontífices han puesto en ella, un abanico que va desde los que se colocaron de perfil hasta los dos papas que han dado a esta cuestión la máxima importancia: Francisco y León XIV. Lo que sí ha cambiado en este tiempo es el marco socioeconómico. Desde la revolución industrial que justificó la «Rerum novarum» alumbrando a la burguesía industrial y al proletariado a la situación actual la evolución ha sido monstruosa: nada fue previsible y nada es reconocible. Fruto de las desigualdades acumuladas se están produciendo flujos migratorios enormes que ponen a prueba la inteligencia y la ética de la población de los países receptores de migrantes. La acumulación de poder que propicia el capitalismo (a través de la herencia y, sobre todo, por encima de todo, a través de la obsolescencia provocada por cada nueva tecnología) hace que haya unos pocos individuos, particulares que buscan su interés privado, cuyo poder supera con mucho el de la mayoría de los estados. Por ejemplo, a la vez que leía esta encíclica leía otro libro que señalaba que la realización o no ciertas acciones militares en la guerra entre Ucrania (en realidad Europa) y Rusia no ha venido determinada por la decisión de los actores políticos, sino por Elon Musk, que decidió dejar usar o no en un momento concreto su red de microsatélites Starlink. Un particular dando el placet o no a estados soberanos, un particular decidiendo la marcha de una guerra y, por tanto, quizá su desenlace. ¿Qué peajes habrá exigido? Hasta hace nada una situación así hubiera resultado increíble. Y el desarrollo de la inteligencia artificial augura concentraciones de poder inimaginables que harán más frecuentes y graves estos desequilibrios.

    Esto es lo que justifica esta encíclica. Sus páginas hacen evidente que León XIV tiene conciencia de estar ante un cambio en las relaciones humanas y, en especial, en las relaciones de poder, capaz de aniquilar las sociedades que hemos conocido las generaciones vivas. Las mayúsculas concentraciones de poder auguran un crecimiento desmedido de las desigualdades y también amenazan a las democracias. ¿Por qué van a querer compartir el poder con nadie los oligarcas? ¿Por qué van aceptar que otros les pongan limitaciones si pueden evitarlo? La IA está íntimamente unida a la captación y análisis de datos en un mundo en el que cualquiera que tenga un teléfono o un ordenador está enviando cada día a operadores concretos millares de datos sin siquiera advertirlo. En todo lo que hacemos nos retratamos a la perfección: dónde estamos, dónde vamos, con quién hablamos, a qué horas, qué miramos o compartimos, qué nos parece bien o mal… Somos lo que hacemos y hacemos lo que somos. Hasta nuestros pensamientos, aspiraciones e inquietudes se muestran en lo que consultamos. Y todo estos datos, de todas y cada una de las personas, son recopilados por unos pocos poderosos, las Big Tech, con capacidad para procesarlos y explotarlos. Así es como las posibilidades de manipulación de las personas han alcanzado cotas terroríficas que ya se están utilizando para propiciar cambios políticos que, cuando tienen éxito, rinden pleitesía al facilitador. Hay líderes políticos que se han convertido en testaferros. Es la forma en que los dueños de las Big Tech se están apropiando del poder político para ponerlo a su propio servicio a expensas de la población, que es quien paga.

    En resumen, dos son los peligros de los más recientes avances tecnológicos en torno a los que gira esta encíclica: el crecimiento de la desigualdad y el abuso de poder derivado de la manipulación, ambas cosas a escalas colosales. Ambas, también, tienen derivadas como el cambio climático antropogénico, que importa poco a ese reducido número de megamillonarios a quienes no les importa promoverlo (influyendo en políticos y a través de ellos en la opinión pública) porque siempre van a poder protegerse de él, pero que para el resto trae consigo muerte y penuria a raudales. También de esto habla el Papa.

    El remedio a todos estos peligros consumados que propone León XIV parece ingenuo si uno compara los consejos de esta encíclica con los descarnados hechos que cuentan los ensayos al uso sobre la situación mundial, pero es que se trata de cosas distintas: esta encíclica es una guía ética. Y la guía está orientada por, como he dicho, la doctrina social de la Iglesia, de la que León XIV no se separa un ápice. Es un llamamiento a ser conscientes de la que se nos viene encima y a reaccionar, aunque cuando uno disfruta una vida normal en la clase media occidental esta encíclica parece solo un llamamiento a la solidaridad, pero en realidad es algo más. Es un llamamiento a defendernos. A defendernos ya.

    Por supuesto, existen referencias religiosas, faltaría más. Dios es el inspirador de toda esa doctrina social y de cualesquiera otras pautas que da León XIV. Pues muy bien. Estupendo. Para el creyente verdadero, no el meramente formal, la fuente de inspiración es la máxima fuente de autoridad, y por eso hará suyas las pautas de León XIV, porque las dicta el dios en el que cree, y para este creyente verdadero nada nuevo va a suponer esta encíclica aparte del aviso sobre los peligros que nos afectan ya a todos. En cuanto al no creyente, no va a juzgar estas pautas según su fuente de inspiración, que le da igual, sino según su adecuación a sus propios valores éticos, provengan de donde provengan. Esto es lo que explica que en todo el mundo haya tantas personas no creyentes que se sienten representadas por muchas de las palabras de este pontífice y de su antecesor. Esto es lo que explica, también, cierta división entre los creyentes: los verdaderos, los fieles a los postulados básicos del cristianismo, que proclaman la solidaridad con quienes menos para seguir el ejemplo de un dios todopoderosos que se rebaja a ser un desarrapado que atiende a otros aún más desarrapados que él, hacen suyo el mensaje; en cambio los creyentes meramente formales recelan, porque León XIV hace un llamamiento a la solidaridad y a pensar en el bien común y en el destino universal de los bienes, además de exigir un principio de subsidiariedad que impide delegar la solidaridad, todo lo cual es incompatible con el dolce far niente de la vida confortable de las clases medias occidentales (nacidas al calor de la sociedad de consumo), que, además, son las primeras destinatarias de los mensajes de la extrema derecha que intenta medrar metiendo miedo a perder ese confort y señalando culpables siempre tan débiles que no puedan defenderse: el migrante, el de otra raza, el que tiene otra religión, otra cultura.... Minorías. Y, por supuesto, antes o después, sobre todo en el momento en que queda en minoría, el que opina distinto. Llegados a este último punto, la democracia se evapora y la catástrofe social es inevitable. Ya empieza a haber ejemplos en el mundo.

    Creo que de esta encíclica León XIV va a sacar dos enemigos: los grandes poderosos alumbrados por la acumulación capitalista propiciada por los efectos de las nuevas tecnologías y la extrema derecha. A ambos se enfrenta el papa con decisión. Y ambos intentarán convencer al personal de que este papa no es de fiar. Se esforzarán en contárnoslo y los primeros tienen toda capacidad para llegar a cada uno de nosotros cuando y como quieren, pero recordemos que las patadas que le den a León XIV las estará recibiendo nuestro culo.

    Por lo demás, se trata de una lectura para hacer en pequeñas dosis. Todo es grano. No hay paja. Los alrededor de trescientos mensajes son muy claros, muy directos y algunos muy contundentes, aunque el lenguaje está diplomáticamente edulcorado para evitar los ejemplos reconocibles. Además, lo monocorde del tono y el vocabulario utilizado producen la sensación de estar en una larguísima homilía hecha con más tesón que pasión, más cerca del que recita pendiente de no olvidar nada que del que arenga pensando solo en convencer, todo lo cual hace buena la crítica de Javier Cercas en «El loco de Dios en el fin del mundo»: el lenguaje de la Iglesia sigue estando bastante lejos del lenguaje del pueblo. Sin embargo yo diría, aunque no tengo elementos para afirmarlo, que León XIV ha hecho esfuerzos en este sentido que aparecen como fogonazos mediante afirmaciones claras, rotundas, diáfanas y que sorprenden al señalar sin dudar, caiga quien caiga.


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