Vaya obra breve, bonita y rotunda.
Lo primero salta a la vista: pocas páginas, letra grande y capítulos cortos que permiten una lectura sumamente ágil apoyada en un lenguaje claro, directo y eficaz que trata al lector como interlocutor. Bonita, porque gira en torno al agradecimiento, lo que presupone buenas acciones previas, lo cual es un alivio en un mundo tan áspero, violento y enfrentado como el que vivimos. Y rotunda, porque los problemas, dudas y dilemas son resueltos por los personajes con una voluntad sana y admirable.
Importante es el punto de humor, de reírse de sí misma, de la protagonista y, por contagio, del resto, ya que permite dar a la historia un tono más tranquilo, cuya importancia en la obra es tanta como la del argumento.
Michèle Seld, Michka, es una anciana judía de origen polaco que vive en Francia. La conocemos cuando la afasia comienza a corroer su vida. Pronto no podrá vivir sola. La afasia es una enfermedad dura. No deteriora la inteligencia, pero arrasa la comunicación porque el enfermo pierde poco a poco la capacidad de hablar, de escribir, de leer… Las palabras se confunden y acaban conduciendo al silencio, a la imposibilidad de expresarse y hasta de comprender.
Pese a esto, Michka tiene dos buenos motivos para estar agradecida, que acaban siendo tres y hasta cuatro. El primero, que siendo niña, huyendo durante la Segunda Guerra Mundial, fue acogida temporalmente por un matrimonio de labradores franceses. Aquel gesto, del que apenas recuerda nada porque era muy pequeña, le salvó la vida. No volvió a saber de ellos ni de su propia familia, que fue víctima del Holocausto. De aquel joven matrimonio solo posee datos vagos que hasta ahora han resultado inútiles para dar con ellos. Conseguirlo a estas alturas es imposible, porque sin duda habrán fallecido, pero Michka no quiere morir sin dar las gracias a aquellos dos desconocidos o a quien pueda honrar su memoria.
Segundo, aunque la vida de Michka parece haber sido pobre y solitaria en un país que no es el suyo, sin familia, trabajando como correctora de revistas, se siente agradecida hacia alguien que a su vez también le profesa una profunda gratitud. Marie es una de las narradoras de la historia. Desde el presente y a sus alrededor de treinta años se dirige al lector para explicarle lo que está ocurriendo. A través de sus ojos comenzamos a conocer a Michka. Marie es la persona que vela por la anciana. Gracias a Marie, Michka no está sola en el mundo. No son madre e hija, pero lo parecen. Años antes la anciana, entonces una adulta, veló por la niña desamparada que fue Marie, una pequeña vecinita a la que dio compañía, lecturas y, sobre todo, la seguridad que no encontraba en su triste familia. ¿Cabe mayor gratitud que la que se da entre madre e hija por el mero hecho de existir? Sí, cuando esa relación no nace de la biología sino de la entrega desinteresada.
El otro narrador es Jérôme, un joven logopeda que trabaja en el centro donde Michka acaba siendo internada. El tercer motivo de Michka para sentir gratitud es la humanidad de Jérôme, y aún le dará otro más. Las conversaciones entre ambos permiten hacer luz sobre el pasado de la anciana, y descubren a Jérôme el valor de la gratitud.
«Las gratitudes» ilumina la grandeza de quienes sacrifican su vida (que no su tiempo libre) por los demás, y no es extraño que estas personas, siendo tan conscientes del desamparo de tantos otros, estén más preocupadas por ser agradecidos con quienes a su vez les ayudaron que por recibir agradecimiento alguno. Esto es muy visible en el caso Michka ante la cercanía de la muerte. Al hacer balance de su vida para que «cuando llegue el día del último viaje/y esté al partir la nave que nunca ha de tornar» la encontremos, como dijo Antonio Machado, «a bordo ligera de equipaje/casi desnuda, como los hijos de la mar». Así se quiere ir Michka. El único lastre que siente, lo único que aún la retiene en este mundo, es no haber podido dar las gracias a quienes de niña la cuidaron los días que para tantos desgraciados marcaron la diferencia entre vivir y ser exterminados.
Termino hablando de algo que invita a la reflexión y que hace más admirable aún a Michka, a Marie y al matrimonio francés.
Michka, ya lo he contado, fue una niña desamparada ayudada por unos desconocidos y a su vez ella, ya de adulta, fue la desconocida que ayudó a salir adelante a otra niña desamparada. Parece que la historia había puesto a Michka en situación de dar lo mismo que recibió y ser así agradecida a la vida, ¿verdad? Pero hay más. Los campesinos franceses que socorrieron a la niña Michka hicieron un esfuerzo pequeño y corto en lo material y temporal, pero inmenso en lo personal porque se jugaron la vida. Si los hubieran descubierto protegiendo a una judía, hubieran sido asesinados. Se lo jugaron todo haciendo un poco. En un instante asumieron una gran posibilidad de morir a cambio de que una niña desconocida tuviera alguna posibilidad de vivir.
Michka, ya de adulta, no se ha enfrentado a circunstancias similares. Nunca ha podido jugarse el todo por el todo por nadie en un segundo. Pero de algún modo sabe, o más bien siente, que dar todos los segundos es otro modo de darlo todo. No lo hace de modo consciente porque lo tiene tan interiorizado que cuanto pueda hacer por los demás es para ella un modo de agradecer la vida, de reconciliarse con su suerte, con el azar que para ella supuso la vida y para su familia y tantos otros la muerte. Y esa actitud se manifiesta al conocer a Marie, su pequeña y desamparada vecinita. Cada tarde juntas, cada lectura, cada apoyo que hipoteca la vida de Michka aúpa la de Marie.
Y Marie, cuando Michka ya es anciana, le corresponde.
¿Qué quiere decir Delphine de Vigan con esto? Que es la entrega a los demás lo que da sentido a la vida, y que no hace falta heroísmos ni una guerra mundial para no ser egocéntrico y sí solidario todos los minutos del día. Que hay una diferencia insalvable entre el formalismo de dar las gracias y el ser agradecido, que lo primero es cortesía y lo segundo es plenitud. Que el cortés tiene educación y el agradecido grandeza, porque es capaz de reconocer lo que ha recibido de bueno y devolverlo al mundo multiplicado.
El final reservado a los dos narradores, Marie y Jérôme, cierra la historia de un modo hermoso, que viene a decir que la buena gente, al final, por más que se sacrifiquen nunca están solos porque se reconocen entre sí.
Qué distinto sería el mundo si fuéramos conscientes de todo lo que tenemos que agradecer. Y no digo ya si, además, lo hiciéramos con esfuerzo, como Michka, cada segundo de nuestra existencia. Acabaríamos cansados, pero por completo satisfechos. Ligeros de equipaje.

No hay comentarios:
Publicar un comentario