En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 10 de febrero de 2014

Sin noticias de Gurb - Eduardo Mendoza



                En la breve introducción, fechada en 1999, de la edición que tengo, Eduardo Mendoza explica el proceso de creación de Sin noticias de Gurb (1991): fue una colaboración inesperada, por entregas, en El País, en el momento de la Barcelona preolímpica. Dada su lenta y concienzuda forma de escribir Mendoza normalmente hubiera rechazado el ofrecimiento, pero accedió en un momento de debilidad y/o por no tener otra cosa entre manos. Así nació el relato, que se publicó sin apenas revisar ni corregir, un trabajillo hecho por su autor para no durar más que los periódicos en los que veía la luz. Reconoce en él aspectos comunes con El misterio de la cripta embrujada y El laberinto de las aceitunas, aunque sin sombra amargura y sí pleno de la frescura y alegría que suele adornar lo que se hace para no perdurar.  Más tarde, publicar Sin noticias de Gurbs como libro, dice Mendoza, parecía algo abocado al fracaso: era una historia simple, poco original (las aventuras de alguien fuera de su mundo), muy local, muy ceñida a su tiempo, y para colmo ya publicada en el periódico de máxima difusión. Sin embargo, Sin noticias de Gurb ha llegado a ser su libro más vendido y traducido. Alguna vez he visto a Eduardo Mendoza citar la paradoja que para él ha supuesto siempre que sus libros más vendidos hayan sido los menos trabajados. Aunque en esas ocasiones la cara de no entender nada con que lo dice es más expresiva que sus palabras.

                Algo me voy a permitir añadir, que puede explicar parte de ese éxito: amparado en la ingenuidad del protagonista, Sin noticias de Gurb es la obra más gamberra de Mendoza. Eso sí: es un gamberrismo que no pretende molestar ni ofender, sino solo divertir, festejar la vida. ¿Cómo va a ser malo el resultado cuando un escritor de su talento y tan dotado para el humor se deja llevar por la osadía?

                Es la segunda vez que leo esta novela. La primera fue por curiosidad, por lo mucho que había oído hablar de ella. Ahora lo he hecho por placer y para hacer esta reseña sin necesidad de recurrir a mi escasa memoria.

Un aspecto  parecido al de Marta Sánchez a finales
de los 80 adoptó el marciano Gurb
antes lanzarse a "investigar" por Barcelona
            El argumento es de sobras conocido: una pareja de extraterrestres llega a la tierra. Uno de ellos, Gurb (ignoro si el nombre está inspirado en la barcelonesa población de Gurb, de algo más de 2.000 habitantes), para tomar contacto con los terrícolas adopta la forma de la cantante Marta Sánchez, entonces muy en boga por razones... no solo musicales; el primer contacto de Gurb se establece con lo que le parece un ser de mente simplicísima: un catedrático universitario. Por seguir la corriente a los terrícolas, Gurb se sube al coche con él y, acto seguido, se largan. Su compañero y jefe queda sin noticias suyas, y al día siguiente emprende la búsqueda del marcianito desaparecido. Ignorante de las costumbres terrícolas, el héroe de la novela incurre en un disparate tras otro tanto en el proceso de búsqueda en sí como en el de su paulatina integración entre los humanos. Y en eso consiste la obra: en una sucesión de gags y situaciones absurdas en las que a menudo la aplicación de la lógica implica una censura de aquellas cosas que han devenido irracionales para el conjunto por culpa de los intereses particulares.

                La forma en que está contado, como un preciso diario-informe entre el “día 9” y el “día 24”, donde se indica la hora y minuto de cada suceso, permite una lectura muy ágil. Casi cada párrafo es un chiste, y es imposible saber lo que nos vamos a encontrar en el siguiente. Si mil veces he dicho que el humor surge de encontrar una cosa donde esperamos otra, en Sin noticias de Gurb no hay manera de encontrar nada en su sitio, por lo que la sonrisa se lleva de principio a fin. Por eso es una obra magistral, por más que su organización y coherencia sea deudora del precipitado modo en que fue escrita; pero estos fallos bien se le pueden perdonar habida cuenta de que su finalidad, más que contar una historia, es divertirse con ella. Solo en una cosa hay que ir con cuidado: como el ritmo de la acción está marcado, literalmente, por el reloj, el lector hará bien en no perder de vista cada una de las horas que indica el protagonista, porque son numerosas las situaciones que hacen mucha más gracia cuando se sigue el detalle del minuto en que suceden.


                Dentro de los flecos sueltos, dos son los más llamativos: por una parte la rápida integración del protagonista, que pasa quizá demasiado bruscamente de ser tan ajeno a las costumbres humanas como para ingerir propinas, a ser plenamente consciente de la mayoría de los usos sociales; es decir, que pasa de la “aventura en la selva” a vivir en la “civilización” sin necesidad casi ni de recurrir a sus especiales poderes (que tanto juego dan, por cierto). El segundo es la apariencia del personaje: como asume identidades de lo más variopintas, a veces da la sensación de que Mendoza lo suelta por el mundo sin recordar qué fisonomía calzó el día anterior, lo cual produce alguna situación un poco confusa.

                De Gurb no sabemos nada, excepto que desaparece. La información sobre él nos llega con cuentagotas, a medida que el protagonista va rememorando y citando cosas. Así sabemos que el narrador es el jefe de una expedición marciana, y Gurb su ayudante y chico para todo; es decir, el pringadillo. Supongo intencionado que cause más problemas la desaparición del ayudante que del jefe. Tampoco creo inocente que la integración del marciano comience por algo tan español como el bar de barrio.

                De quien sí sabemos es del narrador. Es un marciano tan ingenuo y bien intencionado que dan ganas de tenerlo como mascota; si causa estropicios, lo hace en su afán de ayudar, de resultar útil o de no molestar; y solo se concede un egoísmo: el de caer rendido ante la belleza femenina, pero lo hace de forma tan idealista e ingenua que el pobre ni siquiera llega a “pillín”. Su debilidad por los churros, además, contribuye a humanizarlo.

                Los recursos humorísticos a que echa mano Mendoza son muchos. Desde la reiteración forzada como si de una exigencia científica se tratara (por ejemplo, las alusiones a la situación climatológica en los momentos más inesperados) a cierto humor negro (en la visita al hospital) o las palabras en cursiva, palabras que siendo normales para el lector suponen un descubrimiento para el marciano narrador, quien obliga al lector a ser más consciente del significado de las palabras, lo cual no deja de tener su gracia; aunque a veces, pocas, el marcianete confunde el uso de los términos, como cuando dice que “la madre de un cordero era...”. También utiliza las aclaraciones entre paréntesis que tanto juego le han dado con su detective innominado (como en el interrogatorio a la portera), la hipérbole (con el saldo de la cuenta, la compra compulsiva, la ingesta de churros o muchas cosas más), y, por supuesto, el absurdo, que tiene un papel importante incluso cuando quien actúa no es el marciano; alguno de esos recursos tiene inspiración clara, por ejemplo la muy jardelieana tarjeta de visita del tipo con el que comparte calabozo, que indica “JETULIO PENCAS. Agente mendicante, se echa el tarot, se toca el violín, se da pena. Servicio callejero y a domicilio.” Incluso, si se me apura, Sin noticias de Gurb tiene cierta influencia “mortadelofilemoniana”, porque las trazas con las que sale el protagonista a la calle no son ajenas al modo de actuar de Mortadelo. A título de ejemplo, entre otras muchas adopta la forma del Conde Duque de Olivares, de Gary Cooper, de Gandhi o de Pío XII.

Eduardo Mendoza
                Sí es cierto que, como Mendoza dice en su introducción, la novela está muy apegada al terreno y a su tiempo. Será imposible, con el paso de los años, que los nuevos lectores se hagan una idea de la magnitud de las obras de todo tipo en que se vio envuelta Barcelona para afrontar las Olimpiadas del 92 y de los trastornos que supusieron; y también esos lectores quizá lleguen a no entender la somera alusión a Alfonso Guerra, Maragall o Paquirrín. También hay ciertas críticas a comportamientos y aspectos que en su momento estuvieron muy en de moda, como la imagen del “yuppi”, del ejecutivo “superocupado” que parodia ya hacia el final de la obra. Y hay también críticas siempre vigentes, como las reflexiones sobre la riqueza y la pobreza, sobre la actuación de los políticos, o la referencia al mercado inmobiliario, siempre conflictivo.

                Como ya he dicho, Mendoza apunta a que escribió a salto de mata, sin apenas poder revisar, y eso se nota al final. Si durante toda la obra nos encontramos con una secuencia de hechos, hacia su término hay varias disertaciones totalmente fantasiosas (que constituyen los textos más prolongados), cuya gracia más está vinculada al absurdo absoluto que a ningún tipo de equívoco, como la historia de las ciudades subterráneas y la de la dominación de las razas.

                Y sí, Sin noticias de Gurb es deudora de El misterio de la cripta embrujada y de El laberinto de las aceitunas: escritas las tres en primera persona por un narrador sin nombre, que no deja de ser un inadaptado (por causas diferentes) y que fruto de su inadaptación no para de incurrir en comportamientos estrafalarios. Ambos personajes profesan, además, una admiración por las mujeres guapas que linda con la idolatría. Las acotaciones entre paréntesis son muy similares, como también lo son ciertas obsesiones. Pero, siendo deudora, es también distinta por su gamberrismo inocente, y porque no hay marciano que no permita el lujo de poder prescindir de la realidad, y Mendoza supo usar esa libertad. En cambio, en las dos primeras es el constante enfrentamiento con la realidad lo que hace grotesco al personaje.

              Una última cosa, anecdótica: Sin noticias de Gurb se lee de un tirón, de tan corta como es, pero hay algo que me llama mucho la atención: fragmentos que solo hace sonreír cuando se leen normalmente (por ejemplo, cuando el protagonista, para ligar, baja a pedirle cosas a la vecina), hacen carcajear hasta las lágrimas cuando se lee en voz alta (hora incluida). ¿Por qué? Es un misterio tan grande como el paradero de Gurb, pero quien haga la prueba no se arrepentirá.



   


3 comentarios:

  1. Que grande esta novela, aunque la leí muy joven, y es de las pocas que he vuelto a releer, y sobre todo regalé en varias ocasiones.
    Un humor genial para los que vivimos aquella época.
    Muy bueno el recuerdo de Marta Sánchez, jejeje.
    Saludos

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  2. Me reí un montón con este libro, besotes!

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  3. Gracias a los dos. ¿Por casualidad habéis probado eso de leer unos fragmentos en voz alta, diciendo hora y minuto?

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