En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



jueves, 20 de febrero de 2014

Prisioneros en el paraíso – Arto Paasilinna



                Por algún motivo se me había metido en la cabeza que Prisioneros en el paraíso (publicada originalmente en 1974, pero no editada en español hasta 2012) era una novela de humor.  Y no lo es, aunque a lo largo de sus páginas hay varios momentos que hacen sonreír (y alguno hasta reír) como consecuencia del contraste entre los miedos y aspiraciones de los protagonistas y la prosaica realidad.

                Prisioneros en el paraíso es la historia de un grupo de enfermeras, médicos y leñadores finlandeses y suecos, así como de un periodista finlandés –el narrador- y la tripulación británica de un avión, que comparten un vuelo. En su mayor parte se dirigen a realizar una actuación de cooperación en la India en el marco de la ONU. El avión, a consecuencia de una tremenda tormenta, pierde el rumbo y pronto pierde algo más: primero un motor, y luego la capacidad de volar. A consecuencia del accidente, el pasaje casi al completo se encuentra de pronto en una playa lindante con la selva, en una isla indonesia que no saben situar en el mapa, una isla lo bastante grande como para no poder abarcarla.

                No son robinsones, aunque pueda parecer lo contrario, porque para empezar viven en comunidad. Y este es el elemento más importante de la novela: la creación de una comunidad con sus reglas de convivencia y, sobre todo, con el reparto de trabajo. Como al final se dice, es una sociedad casi puramente socialista, en la medida en la que todo es de todos y cada uno solo dispone de una cosa: su capacidad de trabajo. De alguna manera aplican el de cada uno según su capacidad y a cada uno según su necesidad, aunque obviamente a este resultado no llegan ni de forma natural ni pacifica, sino por una mezcla de raciocinio y autoridad que desemboca en esta modalidad de contrato social. Y eso es así porque el interés particular, que pronto asoma, enseguida amenaza con ser la perdición de todos. La adaptación al medio y la adaptación los unos a los otros es de lo más interesante, aunque la historia está dulcificada como consecuencia de una serie de afortunadas casualidades, la menor de las cuales no es la presencia de tanto personal con formación sanitaria de una parte y de leñadores por otra. Ciertamente, si los llegados a la isla hubieran sido empleados de banca, taxistas o dependientes, la historia no hubiera sido la misma.

                La segunda cuestión que llama la atención es el ingenio no solo para resolver las cuestiones cruciales de la supervivencia, sino el hedonismo al que, una vez resueltas estas, no renuncia el ser humano. Y de ahí la alusión al paraíso del título, porque llega un momento en que el grupo, a fuerza de inteligencia y trabajo, consigue estar tan bien que varios de sus miembros comienzan a considerar una locura volver a Europa, porque todo en el modo de vida occidental se ha transformado, a sus ojos, en una pérdida de tiempo; y digo pérdida de tiempo en sentido literal: en occidente utilizamos nuestro trabajo (es decir, el tiempo de nuestra vida) para conseguir toda una serie de cosas que en realidad no necesitamos; o lo que es lo mismo: malgastamos una gran parte de la vida.

                Aunque hay situaciones difíciles, sí es cierto que la novela, sin ser humorística, está escrita en un tono ligero. Que el narrador sea uno de los accidentados ya augura que al final todo vuelve a su sitio, pues de otra manera no hubiera podido escribir la novela; esto permite sortear la angustia (poco presente para lo que podría esperarse) y centrarse en las cuestiones prácticas, por supuesto sin renunciar a relatar las situaciones cómicas.

                Dicho de otro modo, y volviendo al principio: no siendo una novela de humor, no cabe duda de que Prisioneros en el paraíso deja un regusto simpático, de que el lector se divierte. Y hasta se le apunta más de una excusa para ponerse a pensar, aunque no le ofrezca ninguna conclusión.


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