Pese a que es calificada de novela “negra” a mi modo de ver se queda en gris (que no es lo mismo que mediocre) con topos a colores. Gris porque la intriga no es que sea precisamente intrincada y la forma de solucionarla es más bien simple. Tampoco los personajes resultan demasiado realistas, porque tienden a la caricatura. Además, algo raro hay en la estructura, porque de la “trama” el protagonista parece acordarse tras unas cuantas páginas que transcurren sin tener demasiada relación con la historia, o al menos sin que el lector sepa muy bien qué pintan.
Todo eso sería malo si estuviéramos ante una novela negra, pero los topos a colores indican que estamos más ante una novela de humor (porque creo que el objetivo del autor más es divertirse y divertir que entretener con un misterio). Desde ese punto de vista, la cosa cambia bastante.
La novela no arranca carcajadas, aunque sí alguna sonrisa, porque no está hecha para provocar desde lo inesperado, sino desde una ironía intencionadamente exagerada. El tono de caricaturesco tipo duro fracasado hasta en lo de ser duro, no deja de tener su gracia cuando se le coge el tranquillo al personaje. Y es que lo más divertido no son las situaciones, ni siquiera la mayoría de los personajes, sino el protagonista: Humphrey, un detective privado de poca monta que se mueve por el Raval. De alguna manera la forma en que se expresa recuerda a Seymour Skinner, el director del colegio de los Simpson. Y de hecho a veces las situaciones también son un poco “simpsonianas”.
Una novela para entretenerse y pasar un buen rato.
