Considerar a Ignacio Martínez de Pisón un magnífico escritor y ser devoto lector suyo no me impide decir que una cosa es que dominar el lenguaje te permita expresar y transmitir con estilo y eficacia las ideas profundas que todo buen escritor tiene, y otra que toda obra de un buen escritor sea interesante. Es el caso de este prescindible librín. Honra a Martínez de Pisón que él mismo lo reconozca: la suerte de refrito sobre Galdós de estas dos tardes tiene su origen en material reciclado que usó ya no recuerdo para qué cuenta, así que estas páginas, señala, solo merecerán el reconocimiento de quienes se interesen por lo que en aquel momento concreto le interesó a él.
En definitiva, «Dos tardes con Benito Pérez Galdós» es un ejercicio de reciclaje que no se sabe muy bien qué pretende (o sí, pero de eso hablaré luego), que empieza en ningún sitio y recorre parte de los episodios nacionales para saltar luego, siguiendo un orden cronológico, a los episodios personales de Galdós desde su avanzada madurez hasta hasta su muerte. No soy capaz de decir qué sobra, pero si de saber que faltan muchas cosas. En resumen, un conjunto de ideas más o menos desordenadas y sin un objetivo claro, aunque la maestría de Martínez de Pisón permita leerlas con mayor sensación de continuidad de la que de verdad hay.
El lector ya se puede oler el mejunje tras la breve introducción de Sergio del Molino, quien parece ser el poco esforzado padrino el invento. Toda una amable y sonriente declaración de intenciones, un acariciar el lomo del cliente con tono de vendedor de enciclopedias (que no pueden faltar en tu casa para evitar que tus niños sean unos zoquetes), que viene a decir que esta colección hay que tomársela muy en serio, mucho, pero no te asustes porque como son cositas para leer en dos tardes tampoco hay que esperar prodigios ni requieren esfuerzos intelectuales fuera de tu alcance. O sea, es profunda y simple, la cuadratura del círculo, una enciclopedia al alcance de los niños (y de los tontos como tú), pero también es rigurosa porque con ella la prole sabrá un porrón (y tú podrás aparentar que no eres un ignorante). Adaptado al presente se deduce que esta colección es ideal si quieres ser un avisadillo, que en este instagramático mundo es de lo que se trata. Pero, claro, una cosa es que en dos tardes uno no vaya a hacerse un experto en nada y se conforme con un endeble barniz, y, otra, que para eso uno esté dispuesto a tragarse cualquier reciclado, como si tampoco a los autores se les hubiera exigido mucho más de las dos tardes que se le prometen al lector.
En resumen, da la sensación de que este invento está más vinculado al pasar por caja que a la concisión rigurosa. Que de los cuatro libros que he localizado en la colección al menos dos los firmen autores que parecen tener una relación más o menos amistosa con el organizador del asunto tampoco me inspira demasiada confianza.
Termino con una reflexión: me siento capaz de escribir (aunque en bastante más de dos tardes) «Dos tardes con Andrea Camilleri». Me lo pasaría en grande y estoy convencido de que el resultado sería bueno. Pero también creo que nadie que lo leyera podría decir que había estado dos tardes hablando con Camilleri, sino conmigo hablando de don Andrea. Esto es que lo pretende esta colección, supongo que por razones comerciales. Quiero decir que hay un doble gancho: el del autor celebérrimo analizado (a quien no lo examina un experto en él) y el de autor contemporáneo y conocido que tiene su propio público. Si no pica el devoto de Galdós, que pique el de Martínez de Pisón. Un autor conocido hablando de un autor célebre. Esa es la fórmula que se repite en esta colección. Una mezcla que se da cada vez más en todo el mundillo cultural porque suele preocupar más lo crematístico que lo artístico. Así que olvidad mis tardes con Camilleri: ni yo soy conocido ni sabemos aún si él pasará a la historia.

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