En la casa de color limón que da título al libro vivió en Rumania la familia de la innominada niña que nos cuenta la historia. La casa simboliza la libertad. La construyó su familia en un pasado más libre, en el que eran más felices, en el que podían decidir qué hacer con su vida. Era su casa, en ella vivían como y donde habían querido vivir… Hasta que el régimen de Ceaucescu los desalojó, la derribó y los envió a vivir en un pequeño piso en un edificio horroroso y masificado.
La madre trabaja en un hospital. El padre en una planta química. La vida de la niña, que tiene su refugio en una cueva construida con libros bajo la mesa del comedor, transcurre entre las estrecheces causadas por el régimen y el temor a decir una palabra más alta que otra porque toda crítica hecha en cualquier ámbito -la escuela, el trabajo, la calle…- puede deparar consecuencias funestas. Educar a los hijos en una dictadura es aún más complicado de lo normal, porque debes evitar que crean normal lo indigno, pero no puedes permitirte que, con su inexperiencia, se delaten y te delaten. Algo de esto saben los españoles más mayores.
La acción transcurre mayoritariamente en los años 80, aunque va y viene en el tiempo, desde la infancia de la protagonista a su juventud e incluso a los primeros años de adulta. La mayoría de lo que cuenta son hechos, pero hay también ensoñaciones significativas. Su historia es la de su familia, que va más allá de sus padres y alcanza a tíos y abuelos; y también va más allá de la innominada ciudad transilvana donde viven (¿Făgăraș?), hasta alcanzar el mundo rural.
Es una lectura agradable, porque lo duro se lleva con entereza, por el toque de nostalgia y melancolía, por el amor que se advierte al hablar de las vicisitudes de los padres, que no son pocas ni pequeñas. Es también una lectura profunda, porque revela el terror de un régimen dictatorial sin necesidad de mostrar episodios de represión, y lo es también por su alta carga simbólica. La casa limón que representa la libertad; el refugio construido a base de libros, representa a la cultura como lo último que puede salvarnos; la enfermedad del padre, que conocerá quien lea la novela, parece un corolario lógico al encarcelamiento mental a que somete toda dictadura; y el mundo del campo representa el pasado, como si el último reducto de la libertad fueran los recuerdos… Y, por último, la caída de Ceaucescu. Terrible. Magnífica. Hoy está aquí, al frente de la dictadura, creyéndose todopoderoso, y mañana, tras un juicio sumarísimo, yaces muerto en un rincón y la durísima dictadura parece haberse extinguido contigo. Tan fácil y tan difícil, lo cual hace todo más dramático. La ejecución, en entornos zarrpastrosos e inmundos, de criminales que tuvieron todo el poder y se rodearon de todo boato, de algún modo los reduce a lo que son, meros seres humanos, y con ello acentúa el horror de sus actos: ¿cómo alguien que era más que un ser humano más pudo causar tanto daño? La muerte de Ceacescu tiene algo de despertar de un sueño, de una pesadilla.
Carina Oproae tenía 16 años cuando cayó Ceaucescu.

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