En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

jueves, 6 de agosto de 2026

Momentos estelares de la humanidad - Stefan Zweig

 


¿Quién no ha pensado alguna vez que su vida ha dependido de una nimiedad? Estar o no en un sitio en un segundo concreto a veces es la diferencia entre vivir o morir, o entre conocer a alguien o no, o entre que encontremos o no la oportunidad que nos cambiará la existencia. Esos instantes trascendentales son fruto del azar la mayoría de las veces y, el resto, lo son porque tomamos una decisión consciente, que no es lo mismo que reflexionada. La decisión de hacer algo o no hacerlo, la de hablar o callar. Cada elección tiene consecuencias. Cada azar, también. Algunas, sin posibilidad de preverlo, las disfrutamos o sufrimos de por vida. 

    Por supuesto, cuando uno se ve envuelto en algún acontecimiento histórico los azares que le afectan y sus decisiones trascienden su persona, hasta el punto de que cualquier estupidez se puede proyectar en la historia durante años o incluso siglos. Lo que se perdió en una hora no se ha de recuperar en mil años, dice Zweig al hablar de que la toma de Constantinopla se decidió, según el mito, porque alguien olvidó cerrar una puertecilla secundaria en la muralla. ¿A qué se pudo deber? ¿Un despiste por andar pensando en cualquier cosa? ¿O por las prisas del asedio? ¿O porque se puso a orinar y se le fue el santo al cielo? Un tonto descuido que, de ser cierto, cambió la historia del mundo.

    Lo que hace Stefan Zweig en este libro es elegir unos cuantos momentos históricos en los que, según él, sus protagonistas se vieron en la tesitura, voluntaria o no, consciente o no, de dar al futuro colectivo un rumbo u otro, y novelarlos. El libro resulta apasionante no tanto por la fidelidad histórica, en la que no hay que confiar ni un pelo, sino por el modo en que Zweig transmite la intensidad del momento visto a través de su rica imaginación. La cosa tiene truco, claro. Él, el narrador, escribe desde el futuro posterior a sus personajes; por tanto es consciente de cuanto estaba en juego en cada instante, mientras que los novelados no siempre lo están. Esto le permite a Zweig rodearlos de un dramatismo que a menudo ellos no sienten, o inventar una psicología que no tuvieron por qué tener. El resultado histórico es una memez que ejemplifica los peligros de la novela histórica al tiempo que reivindica la historia como fuente de inspiración, porque el resultado literario es exquisito por su fuerza dramática. Esta es la razón de que todos los personajes sean, a su modo, excelsos. Algunos son grandes por la inherente grandeza de su alma, y otros, paradójicamente, por su mediocridad elevada a canon. Para Zweig son símbolos andantes.

    Bueno, ¿y qué aventurillas nos cuenta Zweig? Muchas. Alrededor de una docena más o menos ordenadas cronológicamente. Todas independientes.

    La reacción de Cicerón cuando se vio, a la vejez, fuera del juego político y forzado a descubrirse a sí mismo y a decidir qué quería hacer con sus últimos días.

    La caída de Constantinopla en 1453.

    La historia de Vasco Núñez de Balboa, un piernas que, huyendo hacia delante, quiso salvar el pellejo con un osado mecanismo: pasar a la historia. Esto lo llevó a «descubrir» el Océano Pacífico. O no.

    Cómo Händel pasó del patatús y casi la retirada del mundo a componer algo sublime: «El Mesías».

    Cómo Goethe venció a la vejez sublimando el dolor en poesía.

    El contraste entre el grandioso simbolismo de «La Marsellesa» y la mediocridad y oscuridad de su compositor, que solo tuvo un momento brillante en la vida, insuficiente para alcanzar él la celebridad de su obra.

    Cómo unos momentos de indecisión del Mariscal Grouchy pudieron decidir la batalla de Waterloo y con ella el futuro de Europa.

    De millonario a pringao por exceso de riqueza. La historia de John Sutter, dueño, muy a su pesar, de El Dorado

    Dostoievski se enfrenta al pelotón de fusilamiento. ¿Qué hubiera sido de la literatura sin él?

    Lenin, o las circunstancias que permitieron a un anónimo ruso exiliado en Suiza retornar en un tren sellado y cambiar el rumbo de la historia.

    Cyrus W. Field cambia el mundo con un cable submarino intercontinental, pasando las aventuras del patito para tenderlo. O dicho de otro modo, el hombre que hizo desaparecer las distancias.

    León Tolstói, a las puertas de la muerte, con una obra colosal y la admiración de todos, averigua qué quiere ser de mayor.

    Morir para ser un segundón. La aventura de Robert Scott en la Antártida. La escasa diferencia entre el héroe y el fracasado.

    Woodrow Wilson, o cuando el idealismo bienintencionado acaba empeorando las cosas.

    En las últimas décadas Stefan Zweig ha adquirido una fama portentosa. Los lectores que lo adoran son legión, casi una plaga, supongo que por la mezcla de pasión y sensibilidad que pone en sus escritos, por el lenguaje culto, emocionado, a menudo exaltado y florido con que contagia su fervor. Sin embargo, aunque reconozco que escribe fabulosamente y admito su capacidad para emocionarnos contando la historia de una ardilla, a veces me ha parecido empalagoso. Por suerte, no ha sido así en estos «Momentos estelares de la humanidad», que para muchos pasa por ser su mejor obra. Su momento estelar. No para mí, aunque me ha gustado mucho y la he disfrutado.

    Para terminar, una broma: de haber escrito yo este libro, lo hubiera comenzado describiendo la cara de Adán en el momento en que Eva la plantó la manzana en las narices. Luego hubiera desarrollado con todo dramatismo y pasión cuanto pasó por la cocorota del pobre hombre hasta que aceptó hincarle el diente quién sabe si para no contrariar a Eva. Es decir, quizá lo hizo porque temió más a ella que a Dios. ¿O temió a la soledad, dado que Eva era su única compañía? ¿Qué pasaría por su cabeza? Se vería a sí mismo allí, con la puñetera manzana en la mano pudiendo ponerse ciego de higos, nueces, mangos, piña o chirimoyas, quizá saciado y con dolor de tripa tras un atracón de melón, dudando de si atizar un bocado a la jodida manzana para tener la fiesta en paz con su única compañía; quizá pensando que Dios tampoco había de liarla pese a las advertencias; a fin de cuentas, a Él qué más le daba. ¡Si siendo todopoderoso podía enmendar cualquier realidad que le disgustara! Total, que atizó el bocado ¡y menuda la que lió el pollito! Momento estelar no sé, pero estrellado...


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