En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 29 de junio de 2026

El día de mañana - Ignacio Martínez de Pisón

 


Fenomenal novela construida sobre los testimonios en primera persona de un amplio elenco de personajes en cuya vida en algún momento se cruzó la del protagonista, cuya versión de la historia nunca llegamos a conocer: Justo Gil Tello. Se trata de un hombre joven y pobre que comienza teniendo puntos admirables, pero que evoluciona hasta ser un indeseable. Con el correr de su vida se rehabilita solo en la medida en que el lector llega a ser consciente de hasta qué punto Justo ha sido lo que ha sido impelido por circunstancias que escapaban por completo a su control. Una novela, por tanto, sobre hasta qué punto cada uno es dueño de su destino y que permite llegar a una conclusión que todos sabemos: a más penuria, menos dueño es uno de su vida y más está a merced de los acontecimientos. Cuántas personas buenas y hasta grandes no se habrán quedado en trapaceros y delincuentes porque la vida no les ha dado más opción; o porque no les ha dado la opción de educar la cabecica.

Justo es un joven emigrante que llega a la Barcelona de los años sesenta o finales de los cincuenta con una mano delante, otras detrás y una madre en estado vegetativo a la que debe llevar a cuestas porque no tiene ni para una silla de ruedas. Estamos en mitad del franquismo, una época en la que, con dos décadas de retraso respecto a Europa, existe un crecimiento económico que da salida parcial a la emigración rural, pero no total, como lo evidencia que hasta el 10% de la población activa hubiera emigrado al extranjero. Es decir, hay trabajo, pero sin pasarse.

Justo llega a Barcelona con ganas de trabajar y de prosperar. Como las segundas son aún más grandes que las primeras no desea convertirse en asalariado, sino en empresario. El problema, el lector lo irá viendo, es que el trabajo y la voluntad no suplen la falta experiencia ni de guías y consejeros desinteresados, y el mundo empresarial hay muchos pícaros por cada incauto.

Justo es la primera víctima de ese mundo, pero a su vez él va dejando otras que no se transforman en sus enemigos jurados, pero sí en personas afrentadas y escarmentadas. 

    La vida emocional de Justo tampoco es mucho mejor, porque también se ve afectada por esa voluntad que le lleva, buscando lo mejor, de cabeza a los problemas. En lo emocional Justo tiene sus sentimientos, pero vemos que con frecuencia se debate entre ellos y sus ambiciones.

    La necesidad no desaparece porque cada fracaso agrava la dimensión de sus problemas. Aunque ninguno de los testigos afirma que esta sea la razón, la acumulación de desastres le hace usar uno de esos atajos con que a menudo el menesteroso es tentado por quien puede aprovecharse de él. Así es como se convierte en confidente de la policía política del régimen. 

La novela avanza desde el panorama social de la clase emigrante, maravillosamente reflejado por Martínez de Pisón, al panorama político y la forma en que éste condicionó el día a día de millones de españoles de las formas más arbitrarias, violentas y absurdas. Vemos también, al final, como quien detenta una ínfima fracción de poder intenta cubrirse las espaldas cuando el cambio es previsible, e intenta hacer, y lo consigue, que cambien cosas para que nada cambie, siguiendo la máxima de Tancredi en «El Gatopardo»; solo que, como en esa novela, todo cambia para quienes nada pueden cambiar, como es el caso de Justo.

Su figura es apasionante. Justo es víctima de sí mismo porque no sabe hacerlo de otra manera, aunque lo intenta. Sus sueños son siempre de imposible materialización porque es un ignorante y un chapucero. En este sentido, mueve a la pena y a la solidaridad. Ahora bien, como sus chapuzas también se llevan por delante el sosiego y el dinero de mucha gente también es alguien que provoca rechazo, y aún más cuando se convierte en confidente de una policía represora y traidor hacia quienes, siendo lo bastante generosos como para arriesgarse por las libertades, lo creen de confianza, lo cual hace de él un personaje nauseabundo. Pero, a la vez, no es traidor por convicción sino por conveniencia, y esta deriva de su incapacidad para hacer más y para colmo es manipulada y explotada por los policías, con lo cual el traidor también es víctima. Y en cuanto a lo afectivo… Bueno, unas veces parece un caradura, pero también demuestra ser capaz de amar, de proteger, de avergonzarse, incluso de perdonar porque es comprensivo con quien ama y es capaz de sacrificar todo lo que tiene en aras a un amor tan imposible que ni se atreve a plantearlo. En resumen, una vida tan complicada y pobre que según dónde le da la luz vemos una cosa o la contraria. 

Ni que decir tiene que una existencia tan desorientada solo puede encontrar un rumbo correcto por casualidad, y que lo normal es que la maraña de idas y venidas acaben enredando los caminos hasta estrangular el paso en algún momento. Es lo que sucede.

Los numerosos testigos de la vida de Justo, que tienen edades diversas y han coincido con él en momentos y posiciones muy dispares, permiten dar una visión completísima del personaje.

Es una maravilla cómo Ignacio Martínez de Pisón construye sus historias, lo profundas que son y lo bien escritas que están con una sencillez sobria que es a la vez rica en matices y ambiciosa en lo expresivo.

«El día de mañana», publicado en 2011 en Seix Barral, fue Premio de la Crítica.


No hay comentarios:

Publicar un comentario