En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 26 de mayo de 2014

La analfabeta que era un genio de los números – Jonas Jonasson



            Cuando leí el título, tan del estilo de El abuelo que saltó por la ventana y se largó, temí lo que la lectura ha confirmado: que Jonas Jonasson, y/o su editorial, etc., han querido pasar por caja aprovechando el éxito del abuelete. Y Jonasson lo ha hecho sin romperse la cabeza: se ha limitado a imitarse a sí mismo, y lo ha hecho con resultados muy discretos (por decirlo de algún modo) si tenemos en cuenta que la anterior sí es una muy buena novela de humor. En cambio, La analfabeta que era un genio de los números es solamente un producto de consumo.

            El abuelo usaba el estilo indirecto libre de forma muy divertida, habida cuenta de la personalidad del protagonista. Me veo obligado a decirlo porque esa es la voz –la del abuelo- que habla en La analfabeta que era un genio de los números, pero como ahora ni hay abuelo saltarín ni Nombeko, la protagonista, tiene nada que ver con él, el resultado es un narrador que adopta un tono que, alejado de cualquier personalidad reconocible, poco tiene que ver con el estilo indirecto libre, y la historia se transforma así poco menos que en un chiste, porque una cosa es que el protagonista sea más o menos peculiar, y otra que lo sea un narrador ajeno historia. Es decir, tratando de repetir el éxito del abuelo se ha adoptado su visión del mundo sin que haya causa que lo justifique; el resultado también es obvio: algo falta, o alguien; lo que mengua la diversión. Si el narrador no resulta creíble ni justificada su "locura", ¿qué queda?. No es que el realismo sea exigible, sino que andar con un pie en la realidad y otro en el delirio es un equilibrio tan complicado y requiere tanta habilidad que rara vez sale bien. Y aquí no ha salido. Cosas de las prisas por cobrar, supongo.

            Además, La analfabeta toma prestados los principales ingredientes del éxito de El abuelo, pero cocinados de forma precipitada, poco trabajados y sin la gracia de la novedad: introduce una versión abreviada de acontecimientos históricos y hace participar a diversos políticos, desde presidentes sudafricanos a presidentes chinos, pasando por la realeza y los gobiernos suecos, amén del Mosad. Y, por supuesto, el narrador más que los personajes hacen suya la peculiar filosofía de la vida del abuelo.

            ¿Cuál es el argumento? Nombeko es una niña negra que nace en la Sudáfrica de los años 60, en el apogeo del Apartheid. Analfabeta, se gana la vida transportando excrementos, pero como es muy pita pronto prospera. Por accidente acaba de “chica de la limpieza” de un ingeniero blanco, perfecto borrachín, que está al frente del programa nuclear sudafricano como, habida cuenta de su talento, saber y hacer, podría regentar una churrería ruinosa. Paralelamente conocemos la vida obra y milagros de una saga de locos suecos, donde de padres a hijos se va transmitiendo la pasión por la monarquía. O mejor dicho, los sentimientos que genera la monarquía, porque si primero son de adhesión inquebrantable, la adhesión se quebranta y se transforma en furibundo republicanismo con la tonta ocasión que sabrá el lector. Esta familia sueca está como unas maracas, lo cual hace que uno de los dos gemelos llamados a tomar el testigo del padre zumbado ni siquiera exista legalmente. Los caminos de los gemelos y de Nombeko acaban convergiendo a lo largo de los años (desde los sesenta hasta la actualidad), en una “aventura” que tiene como único aliciente saber qué demonios pasará con la bomba atómica de tres megatones que circula por ahí como Pedro por su casa. Este asuntillo de la bomba tampoco es demasiado original. Las historias (sobre todo en el cine) que desarrollan las peripecias derivadas posesión más o menos forzada de algo peligroso, son infinitas.

            Lo cierto, sin embargo, es que el tema de la bomba no da para mucho y enseguida resulta repetitivo. Así que Jonasson, llegado ese punto, cambia el objetivo de la novela, que pasa a ser averiguar si la pobre Nombeko y los locos suecos serán capaces alguna vez de llevar una vida normal y de satisfacer sus loables ambiciones intelectuales. Nada hace presagiarlo a corto plazo, porque la excusa para que nada se resuelva (la conversación eternamente pendiente con el primer ministro sueco) es tan inane como forzada, y desde el comienzo apunta a que el lector deberá tener paciencia. El desenlace se hace esperar, pero cuando llega es demasiado largo y exagerado. Y el final del final, mejor no hablar: tiene tan poco sentido como relación con la novela, y toma de nuevo algo prestado de la comedia cinematográfica, con la diferencia de que no es lo mismo gastar al espectador una broma de cinco segundos a costa de un secundario para dejarlo con buen humor, que hacer leer al lector unas cuantas páginas sin ton ni son.

            Por último, o se me ha hecho de lectura pesada por que no ando muy fino, o el libro está desequilibrado: en la primera mitad –que es lo que más pesado se me ha hecho- ni hay méritos literarios que admirar ni una historia que interese, más allá de una sucesión de anécdotas que no se sabe a dónde quieren llevar.

            Conclusión: con lo bueno y divertido que es El abuelo que saltó por la ventana y se largó, es una pena que Jonasson, movido por las prisas que enseguida entran cuando hay un éxito comercial, no se haya consolidado como un gran escritor de humor, y haya firmado esta amalgama de cosas que quieren ser algo nuevo sin dejar de ser El abuelo, lo cual es imposible.  



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