En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



jueves, 31 de enero de 2013

El ardor de la sangre – Irene Némirovski


     
          Recupero la reseña de esta breve historia de infidelidades que leí hace ya tiempo.

          La acción se sitúa en un pequeño pueblecito francés donde todos andan ocupados de sí mismos, de sus patrimonios y, por supuesto, del qué dirán. Pero como siempre ocurre, bajo la superficie de educación, buenas maneras y buenas costumbres palpita el mundo oculto, más real que el visible, el mundo de lo que cada uno verdaderamente es. El mundo de las pasiones. “El ardor de la sangre”, en ese mundo, es el motor y el detonante, es aquello que nos impulsa a entregarnos aun asumiendo enormes riesgos, aquello que nos hace renunciar la tranquilidad de un término medio seguro para buscar el todo arriesgándonos a la nada.

          ¿Y de dónde sale ese impulso? Por una parte, de la constatación de que el día a día de la existencia ceñida a “las buenas costumbres” tiene una inercia, una rutina, algo de impuesto, de extraño a uno mismo, un conjunto de cosas que permiten vivir la vida con “tranquilidad” (el valor supremo para muchos). Pero además, por otra parte, hay momentos en la vida en que el corazón exige latir con más fuerza, y si no se atiende su llamada siempre queda la duda de lo que pudo ser y no fue o, peor aún, uno se pervierte a sí mismo: deja de ser quien es para convertirse en lo que cree que debe ser. ¿Qué vida lleva entonces? ¿La suya? ¿O la de quién? Por eso el narrador llega a decir, refiriéndose a la que una vez fue su amante y ahora lleva muchos años viviendo ejemplarmente, que ya no la reconoce, que es una muerta en vida, que quien no desea decir “te quiero” no lleva una vida digna de ser vivida porque, seguramente, no está viviendo su propia vida. Quienes en cambio atienden a la llamada del ardor de la sangre viven con enorme intensidad: aman con intensidad, gozan con intensidad, sus miedos son grandes, sus temores inmensos, sus alegrías desbordantes, cada uno de sus placeres irrepetible... Se juegan mucho, pero no pueden dejar de hacerlo. Para ellos nada hay rutinario, frío o gris. Todo es excepcional, cálido, colorido, feliz o trágico, espléndido y peligroso, anhelado e inolvidable...

          Por medio de algunos personajes se ve también cómo el paso de los años influye en la percepción de estos temas. Hay quien se arrepiente de no haber porfiado cuando pudo, y quien se arrepiente de haber caído en la tentación. Es contradictorio, pero la vida es contradictoria. Aunque quizá sea contradictorio sólo aparentemente, porque el arrepentimiento a menudo aparece ligado al fracaso.

        Pero, en cualquier caso, los “implicados” son culpables ante la sociedad. No ante ellos mismos ni, creo yo, ante el lector, porque a ninguno lo mueve un ánimo distinto que el de disfrutar de la vida, del amor... La autora da todos los datos, pero no juzga. Es mera notaria de algo que ha existido siempre –el ardor de la sangre- frente lo que siempre lo ha reprimido: las “buenas costumbres”. Solo el final, la frase final, introduce una enorme duda respecto a los motivos de uno de los personajes (el narrador): ¿Qué es para él el ardor de la sangre? ¿Todo lo que he dicho o el amor propio, la necesidad de sentirse por encima, de conquistar...? Esa última frase es contradictoria con los sentimientos que expresa páginas atrás, pero plenamente consistente con la historia personal del narrador: su sangre ardió por motivos distintos a los que ardió la de su amante. Por eso él, ahora, aún siente el ardor de sus propias brasas; pero ella, me temo, vive sobre sus propias cenizas.



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