En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 7 de enero de 2013

Becas flacas - Tom Sharpe



     No hay que leer Becas Flacas sin haber leído Zafarrancho en Cambridge. En esta última conocemos el colegio de Porterhouse, en Cambrigde, y lo chapado a la antigua de sus responsables. Y también nos da el punto de partida de Becas flacas: la suerte del Rector, que pretendía modernizar Portherhouse.
     Becas flacas comienza cuando la esposa del Rector decide crear una cátedra con su nombre y poner al frente a alguien que pueda esclarecer qué ocurrió (cosa de la que el lector de Zafarrancho en Cambridge está completamente informado). La selección del candidato queda en manos de unos pintorescos abogados y de su secretaria, la cual acaba eligiendo a su primo, que mantiene grotescas teorías sobre la culpabilidad del criminal y, además, está locamente enamorado de una tal Madame Ma´Ndangas, que se gana la vida dando conferencias sobre técnicas masturbatorias e informando a quien quiera escucharla sobre cómo Idi Amín se papeó a su esposo.
     La cátedra viene de perlas a Porterhouse, porque no tiene un penique; y todavía les viene mejor otra cosa: la posibilidad de sangrar a una cadena de televisión por los destrozos causados en la capilla. Al frente de la cadena está un lunático estrafalario, pero no tan loco como para haber entrado en contacto con Porterhouse casualmente.
     El Decano, por su parte, anda buscando candidato al rectorado entre los antiguos alumnos acaudalados. Acaudalados económicamente, claro está, porque intelectualmente son dignos discípulos de Porterhouse. Skullion, el antiguo portero y actual Rector, está en silla de ruedas pero ha recuperado el habla, y el pintoresco General, con su mezcla de conservadurismo y amor al vicio, es otro de los apoyos que sirven para mezclar todo y construir una historia divertidísima.
     Es más: una historia magníficamente hilvanada, porque no es nada sencillo unir tantas cosas tan alejadas y disparatadas y hacerlas avanzar de forma fluida, sin desajustes, con el ritmo justo. Cierto es que para que la historia avance alguien, desde dentro, debe tomar la batuta. En esta ocasión el personaje elegido ha sido el Praelector, lo cual no lo transforma en protagonista. Toda una muestra de buen hacer en una de las cosas más complicadas a la hora de escribir una historia como esta: guardar las proporciones, que todo vaya en la misma dirección, que todo concuerde, que todo tenga su razón de ser.
     El humor, como es habitual en Sharpe surge de los malos entendidos, de lo ridículo de muchas personas y de sus comportamientos, de la opinión y prejuicios sobre los americanos, a quienes algunos personajes consideran poco menos que seres intelectualmente inferiores debido a la modernidad de sus costumbres, en la exageración a que conduce la inamovilidad de los principios y, sobre todo, en los irónicos comentarios que completan la información que Sharpe da sobre cada personaje. Habitual en Sharpe es también presentar una caterva de individuos con extravagancias muy diferentes, incluso opuestas entre sí, y cada uno, a su manera, un poco monomaníaco. Las referencias a Madame Ma´Ndangas, por ejemplo, son muy divertidas (más que el desenvolvimiento del personaje cuando aparece); la prostituta de baja estofa que contrata el General es también un secundario impagable, y así hay unos cuantos, además del Decano, que gana peso y personalidad. Solo chirría, creo yo, la loca estética de los miembros de la cadena de televisión y la locura delirante de sus responsables: demasiado irreal para encajar, y demasiado chocante en el ambiente casi medievalesco de Portherouse, porque hubiera sido chocante incluso en un ambiente normal.
     Un par de “peros”, para que no todo sean elogios. Hay algunos “trucos” que Sharpe repite aquí de otras novelas, como por ejemplo el de la administración de fármacos cuyo efecto secundario es trastornar la personalidad. No es que me parezca mal, pero parece una solución demasiado fácil (aunque aquí es más recurso humorístico que solución literaria). Y, el mayor “pero”, se lo doy al final de la novela: es un desenlace demasiado simple e inofensivo, como si Sharpe fuera consciente de que la chicha de la novela está en su desarrollo, y, una vez hecho lo difícil, se hubiera relajado.
     Y termino con una anécdota: uno de los “golpes” del libro ha hecho reír a carcajada limpia como no recuerdo haber reído nunca con un libro.


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