En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



miércoles, 5 de octubre de 2011

Astérix y Obélix, reducidos


Entre el estupor y la tristeza leo que el dibujante de Astérix y Obélix, Uderzo, se retira (el guionista, Goscinny, ya falleció), pero que los personajes seguirán existiendo de la mano de un nuevo guionista y nuevos dibujantes. La razón, el vil metal.

Y me viene a la cabeza Cervantes. Cuando tras la primera parte del Quijote apareció el Quijote apócrifo, también llamado de Avellaneda, imitando las aventuras y desventuras de don Quijote y Sancho, ¿cómo reaccionó Cervantes? Volviendo a sacar a pasear al genuino don Quijote en la segunda parte de sus aventuras, y haciendo que en ellas el caballero abominara de su réplica, y, finalmente, muriera el bueno de Alonso Quijano para que nadie pudiera volver a apropiarse de él. (*)

No me extraña que Cervantes actuara así: admitir que un personaje propio pueda llevar su vida más allá de la mente del creador, tiene algo siniestro, es como convertir en monstruos a los propios hijos, como transplantarles el cerebro.

Cervantes, ya anciano, preservó para siempre la dignidad de don Quijote de la única forma a su alcance: matándolo. Aunque cierto es que no tuvo la tentación de un dinero que no le hubiera venido nada mal. Uderzo (pobre hombre), sus herederos y todos quienes han presionado al dibujante para que los irreductibles galos sigan adelante, tendrán más dinero del que jamás podrán gastar, pero Astérix y Obélix nunca serán los mismos. Los personajes, como las personas, también tienen su dignidad.






(*) Final del Quijote:

En fin llegó el último de don Quijote, después de recebidos todos los sacramentos y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías; hallose el escribano presente y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don Quijote, el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió.

Viendo lo cual el cura, pidió al escribano le diese por testimonio como Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente don Quijote de la Mancha, había pasado desta presente vida y muerto naturalmente. Y que el tal testimonio pedía para quitar la ocasión de que algún otro autor que Cide Hamete Benengeli le resucitase falsamente y hiciese inacabables historias de sus hazañas.

Este fin tuvo el ingenioso hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.

Déjanse de poner aquí los llantos de Sancho, sobrina y ama de don Quijote, los nuevos epitafios de su sepultura, aunque Sansón Carrasco le puso este:

Yace aquí el hidalgo fuerte
que a tanto estremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura
que acreditó su ventura
morir cuerdo, y vivir loco.

Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma: «Aquí quedarás, colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero, antes que a ti lleguen, les puedes advertir y decirles en el mejor modo que pudieres:

¡Tate tate, folloncicos!
De ninguno sea tocada;
porque esta empresa, buen rey,
para mí estaba guardada.

Para mí sola nació don Quijote y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió o se ha de atrever a escribir con pluma de avestruz grosera y mal adeliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio, a quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndole salir de la fuesa donde real y verdaderamente yace, tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva; que, para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las dos que él hizo, tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuya noticia llegaron, así en estos como en los estraños reinos. Y con esto cumplirás con tu cristiana profesión, aconsejando bien a quien mal te quiere, y yo quedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó el fruto de sus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero don Quijote van ya tropezando y han de caer del todo sin duda alguna. Vale.

2 comentarios:

  1. Preciosa entrada. Soy una fan incondicional de Astérix y Obelix, como también de Mafalda o los personajes de Ibáñez, y creo que cada uno tiene algo de su creador (creadores en este caso) personal e intransferible. No sé que éxito tendrán las próximas aventuras de estos personajes y tampoco sé si los futuros lectores sabrán que sus padres fueron Gosccyni y Uderzo, pero no creo que sean los mismos aunque les mantengan os nombres. Una pena

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  2. El punto a partir del que algo empieza a desarrollarse al margen de su autor, es el que separa el arte del comercio, ¿no?

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