En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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lunes, 16 de diciembre de 2013

La brisca de cinco – Marco Malvaldi



     Una muchacha joven, muy joven, aparece muerta en un contenedor. El primer sospechoso es el hermano de su mejor amiga, con quien la fallecida había concertado una cita a la que, según el muchacho, nunca llegó. El lugar, Pineta, un ficticio pueblo costero donde Massimo regenta un bar.
     ¿Y quién es Massimo y cómo es el bar? Lo primero está claro. Lo segundo, no tanto. Massimo, que ha estudiado matemáticas, ha aprovechado un premio en una quiniela para abrir un bar y vivir de él, con lo que es de suponer que su apego a las matemáticas no debía de ser excesivo, aunque, contradictoriamente, por el autor destaca el hecho para hacernos ver que no es un camarero corriente. Pero si no lo es, se debe a su antipático empecinamiento en decir a los clientes lo que deben tomar y lo que no. Más complicado de explicar es el BarLumen o Bar Lumen (que de las dos formas está escrito en el libro), ya que es un bar que parece valer lo mismo para un roto que para un descosido, y del que no resulta fácil hacerse una idea.  La constante presencia de unos ancianos (entre ellos el abuelo de Massimo) y el hecho de que vean en el bar la televisión, lo acercaría al concepto de “bar de barrio”, pero hay datos contradictorios con esa idea. En el bar, además, trabaja en otro turno una “camarera cañón” (es la terminología más adecuada a juzgar por cómo la describe el autor en un estilo indirecto que nos muestra unas prioridades en Massimo que luego no acaban de confirmarse) que si por una parte trata de llevar su propia vida, por otra acata dócilmente las órdenes de un jefe que, las más de las veces, se permite una bromas que no parecen del todo justificadas a la vista de que la confianza entre ambos no se extiende más allá del trabajo. Con estos datos, el retrato de Massimo es el de un hombre joven más cerca del currito pelagatos y presuntuoso que del currante esforzado y modesto.
      Si hablo de Massimo es porque él es el protagonista. Es él quien “descubre” a la muerta, después de que el borracho que en realidad lo hace acabe en el bar buscando un teléfono. El hecho se conoce, porque la localidad es pequeña, y eso provoca que a Massimo lleguen ciertas confidencias que escapan al comisario local, un hombre avasallador e impulsivo, pero también torpe y comodón. Estas informaciones, comentadas humorísticamente con el grupo de ancianos, con los que Massimo mantiene una gruñona relación de amor-odio, dan el sello a una novela de intriga con notables concesiones al humor costumbrista, entendiendo por tal las chanzas con las que el común de los mortales tratamos de hacer más llevadera la rutina. El camarero-detective obra movido unas veces por la curiosidad, y otras por el sentido del deber.
       Es una novela breve, con un argumento ligero y un final que pretende ser sorprendente sin llegar a serlo quizá porque hay pocos mimbres para sorprender a nadie, y está escrita de una forma sencilla, que pretende ser irónica, pero con un estilo algo deslavazado, que no acaba de cuajar. Como si Malvaldi fuera un aprendiz de Camilleri al que todavía le queda un largo, larguísimo trecho para acercase al maestro.



jueves, 19 de septiembre de 2013

El caso del mayordomo asesinado – Marco Malvaldi



            Quizá porque vendan más las etiquetas de “novela negra”  o de “novela policíaca”, El caso del mayordomo asesinado no figura como novela de humor, aunque está más cerca del humor que del misterio.
            Estamos en Italia, a finales del XIX. Un barón ha invitado a su castillo a un bigotudo que ha adquirido fama tras publicar un libro de cocina, y a otro caballero que hace fotografías. A la mañana siguiente el mayordomo aparece muerto “en extrañas circunstancias”. O sea, en la bodega y cerrado desde dentro; las primeras hipótesis apuntan al vulgar soponcio; las segundas, al envenenamiento. Y, para colmo, alguien dispara contra el barón. La resolución del caso cae en manos del comisario que, en la recién creada Italia, ejerce un poder que cuestiona la nobleza, aunque el cocinero bigotón tiene un protagonismo no menor.
            Ya dice mucho del espíritu de la novela que el mayordomo no sea el asesino, como mandan los cánones, sino el asesinado. Hasta el título "El caso de..." es un guiño a una determinada forma de literatura. Además, el planteamiento enlaza con los clásicos de Agatha Christie, al ofrecer desde el principio un catálogo cerrado de posibles criminales y al ir tomando las cosas giros inesperados a partir de pequeños detalles.  O giro, más bien,  porque el autor deja discurrir las sospechas por donde la lógica indica, para luego, en la “reunión” final (también un “clásico”) desentrañar el misterio. Como digo, todo "muy Christie”.
            Pero ya he dicho también que la novela es de humor mucho más que de intriga. A ello contribuyen  unos cuantos personajes, como los hijos del barón (incompetente poeta frustrado uno y experimentado cliente de burdeles el otro), las consideraciones del autor acerca de todos ellos y de las diferentes situaciones y, sobre todo, el ir y venir del propio autor, que entra y sale de la narración, se distancia o se acerca del lector según le viene en gana, y así como unas veces la distancia es máxima (como cuando leemos el diario del cocinero bigotón), en otras el propio autor se acerca tanto que se permite recordarnos que no debemos tomarnos las cosas muy en serio porque aquello solo es una novela. Deja así claro que el argumento es lo de menos, y que el objetivo es pasarlo bien, divertirse y reírse un poco
            Y divertida, la novela es divertida; y entretenida, es entretenida, pero a mi juicio le falta chispa. Hay, al comienzo, una suerte de presentación de los personajes donde aparecen demasiado difusos y, por tanto, confusos, y no aporta mucho porque hay que esperar a que el discurrir de la novela les vaya dando forma (a unos con más fortuna que a otros). Luego, el ir y venir del autor va en perjuicio de la continuidad, y tanto se acerca y se aleja de la historia que al final es el lector quien termina alejado, más como espectador de las piruetas del autor que como partícipe de un acto de comunicación. A aumentar esta sensación contribuye la constante alternancia de lo “serio” y lo jocoso. Y aquí radica el principal problema: si el autor deja claro que no hay que tomarse en serio la historia, si esta tampoco es que sea el colmo del misterio sino más bien una  inocente parodia, si sitúa al lector como mero espectador de una confesada mascarada, cabría esperar que el humor apareciera de forma contundente, porque no queda otra si uno quiera hacer algo bueno. Pero el humor aparece a saltos, con presencia progresiva, y también su tono carece de continuidad, lo cual  tiene efectos fatales: el ingenio y la ironía a menudo se ven interferidos por notas de humor grueso y demasiado facilón. Para colmo, ingenio e ironía podrían afilarse más.
            En definitiva, una novela que toma prestado, para hacer humor, una serie de “clásicos” (los más evidentes, la ambientación a lo Agatha Christie y la figura del mayordomo no como criminal sino como víctima), pero como no lo desarrolla y se limita a hacer un humor discontinuo alrededor, el resultado parece poco trabajado.