En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

jueves, 26 de febrero de 2026

Los antepresentes – Laura Borraz

 


¿Quién, en algún momento de su vida, no ha imaginado o temido toparse con un fantasma? ¿Cuántos libros no se han escrito en torno a personas que, de pronto, conviven con un antepasado el cual, por seguir ahí pero sin cuerpo presente es más ante que pasado? Un antepresente. En cambio, han sido bastantes menos quienes han escrito sobre lo contrario, sobre el soponcio de los espíritus al toparse con sus descendientes y demás patulea. El más distinguido fue Oscar Wilde con «El fantasma de Canterville», que ya he leído tantas veces que empiezo a sospechar si no tendré algo de fantasma.

Con la idea  de la invasión de la intimidad fantasmal juega Laura Borraz es este librito con ilustraciones de Carlos Aquilué que forma parte de la colección Letras del Año Nuevo del Instituto de Estudios Altoaragoneses, de la que, ejem, ejem, hace un año hablé bastante por razones que podéis ver a la derecha de este blog si accedéis a él vía ordenador y no mediante móvil.

En esta breve obra una abuela y su hijo ya madurito viven (es un decir) en el caserón de toda la vida y de toda la muerte. Su existencia para todos inexistente es metódica y rutinaria. No tienen mucho que hacer porque el mundo no está hecho para los espíritus y porque, para colmo, cuando uno se ¿muere? ¿vive? atascado en la edad en que le pilló la ¿muerte? Solo cuando los descendientes se presentan allí a pasar las vacaciones su existencia inexistente para el resto se ve perturbada y deben andar con cuidado para no acabar compartiendo habitación y si se descuidan hasta cama con los vivos, porque no es plan, por muy fantasma que uno sea, de echarse a roncar junto a al primero que se echa a dormir en porreta en su cuarto.

Madre e hijo están tan chapados a la antigua como corresponde a quienes tienen un siglo y pico o vete a saber cuánto. Por eso, cuando un buen día aparece creo recordar que la bisnieta con la sana intención de aprovechar el vacío del casoplón para retozar con el chico que la acompaña… Bueno, pues pasan cosas, porque ¿qué culpa tiene de escandalizar a los ancestros que le rodean quien no puede verlos, tocarlos, olerlos ni oírlos? 

Así, entre situaciones reales y potenciales, entre sustos, disgustos y chismorreos, las conversaciones de unos y otros construyen ante el lector la historia de la familia y dan ocasión a los antepresentes contemporizar, qué remedio, con los nuevos tiempos… Si es que para ellos corre el tiempo. 

Una lectura breve, original y divertida. Ideal para ocupar media tarde o media mañana en cualquier lugar donde nadie, presente, antepresente, postpasado o prefuturo, nos interrumpa.


lunes, 23 de febrero de 2026

Pigmalión - George Bernard Shaw

 


    Pigmalión, rey de Chipre, era un pelín exigente en materia de amores. En concreto, buscaba a la mujer perfecta. Y la naturaleza debía de andar escasa de damas con tal característica, porque a todas les encontraba algún defectillo: que si esta no es muy guapa, que si la otra es un poco tiquismiquis, que si tal, que si cual,… Así que, mecachis en la mar, no la encontró. ¡Tenga usted un reino para esto! Sin embargo, el hombre no se desanimó y, a modo de sucedáneo, intentó crear la mujer perfecta a través de la escultura. Ignoramos cuántas esculpió, pero una le salió tan de rechupete que, a pesar de ser un frío piedrolo, se enamoró de ella. La llamó Galatea. Pero claro, mucha Galatea pero un pedrusco al fin y al cabo. ¡Qué complicado debía de ser llevar con ella una conversación trivial, y no digamos ya intentar dar un heredero al trono! ¡Qué traumático puede llegar a ser el amor! Tanto que la diosa Afrodita, tan sensible a estos asuntos, se apiadó del pobre Pigmalión e ideó una de esas triquiñuelas con que los dioses se entretienen: cuando Pigmalión estaba roncando le hizo soñar con una Galatea humana. ¡Cuánto debió de disfrutar del sueño el pobrecillo! ¡Imaginadlo ahí, con la baba colgando y su manaza de escultor sobre la tripa a la vez que disfrutaba de cortejar a tan pimpante dama! Pero la gracia fue que al despertar encontró a su lado a su amado marmolín, que no marmolillo, convertido en chicha turgente y dueña de todas las virtudes imaginables. Y la perfecta Galatea y el imperfecto (pero rey) Pigmalión fueron felices y comieron perdices, aunque ella siempre se quedara en blanco cuando alguien le preguntaba sobre su infancia.

    El Pigmalión de la famosísima obra teatral de George Bernad Shaw que aquí reseño es el profesor Higgins, un apasionado estudioso del lenguaje, de aires selectos pero insociable, capaz de reconocer por el acento hasta la barriada de la que procede cada bicho viviente. Entre estos bichejos figura Eliza Doolitle, una joven florista inculta, zafia, ignorante del idioma y los modales. La asombrosa capacidad de Higgins se pone de manifiesto en público cuando ambos coinciden resguardándose de la lluvia, y de ahí surge el desafío de, con la ayuda de un admirador, militar retirado, que de inmediato deviene en amigo de Higgins, convertir a Eliza en una mujer tan decorosa y respetable que pueda presentarse en palacio pasmando a la aristocracia con su gracia y exquisitez. De Eliza Galatea.

    La obra es tan ágil que puede leerse como una novela. El camino a la culminación del reto es gracioso por el contraste que producen los avances de Eliza con sus espontáneas vueltas a su origen. También llama la atención cómo el progresivo dominio del lenguaje permite razonar mejor porque afina la argumentación y la inteligencia. Sin embargo, según se avanza la obra adquiere otras connotaciones, porque los vínculos afectivos creados en el trío no son tan fuertes como el egoísmo de Higgins, quien, finalizado el desafío, no cree tener ninguna responsabilidad sobre lo que ocurra de ahí en adelante. Sin embargo… Sin embargo, Eliza ya no es ella misma. Se avino ser cambiada no sabía muy bien en qué, pero una vez transformada ya no encaja en sus orígenes y la displicencia de Higgins la dejan en una complicada tesitura, desamparada en lo personal y en lo económico y en situación de desarraigo espiritual.

    Todo esto induce reflexiones interesantes sobre el alcance de la propia responsabilidad en nuestras relaciones con los demás, sobre el egoísmo y sobre la naturaleza y fuerza de los vínculos que crean los favores.

    Tras el final escenificable, Bernard Shaw incluyó un largo epílogo ajeno a la acción elucubrando a veces y explicando otras qué fue o pudo ser de cada uno de los personajes en función de la respuesta dada a las reflexiones anteriores y dado su carácter. Tan prolijo es que ahorra al lector el trabajo de pensar. Se trata de algo original que, desde cierto punto de vista es útil y alimenta la profundidad de la obra y, desde otros, puede parecer un pegote.

    Por último, al leer «Pigmalión» resulta imposible no recrear en la imaginación las escenas de «My fair lady», película de George Cukor interpretada por Rex Harrison (Higgins) y Audrey Hepburn (Eliza), que se inspiró en un musical a su vez inspirado en «Pigmalión». O quizá esto sea solo cosa de mi generación. Cosas de haber visto mucho cine en televisión. Quizá los lectores más jóvenes imaginen la obra de otra manera.

    Una lectura clara, sencilla, que permite asomarse a ciertas profundidades, y que se lee en un pispás. 


jueves, 19 de febrero de 2026

La próxima vez que te vea, te mato – Paulina Flores

 


Leo que la chilena Paulina Flores (1988) vive en Barcelona desde 2021, donde realizó un máster en creación literaria en la Universidad Pompeu Fabra, y eso me hace pensar que en muchos puntos de esta novela bien puede ser trasunto suyo Javiera, la joven chilena que la protagoniza, y que llega a Barcelona con una beca de posgrado en Literatura y más ganas de experimentar la vida que de bucear en libros.

El arribo a una de las ciudades más turísticas y cosmopolitas de Europa le muestra a Javiera lujos sorprendentes y que ya la sinopsis apunta, como la abundancia de papel higiénico en los supermercados. Sin embargo, pronto se acaban todos, porque donde el lujo no alcanza es en la vivienda. Vivir en Barcelona es tan caro que de inmediato acaba compartiendo un piso en el Raval con Manuel y Tortuga. En este barrio pronto «disfruta» de lo mejor del racismo, la xenofobia y los ambientes vinculados a las zonas pobres: rateros, prostitutas…  Llega a establecer una extraña relación con un tipo que parece liderar una banda de landrozuelos, lo que le hace atribuirle una escasez de principios y valores que más adelante… Bueno, mejor no lo desvelo. Manuel es un peruano guapetón que tiene una relación abierta con Tortuga y Armonía. Pronto la tiene también con Javiera, al menos en el plano sexual, y cuando Tortuga se entera…

Pasa lo que pasa. La relación era abierta, pero sin barra libre. Ahí quedan Manuel y Javiera. Y por otra parte Armonía. Y luego aparece Laura. Y Javiera tiene Tinder y ganas de sexo. O de vengarse. O de buscar otro camino. O de…

    Una tragedia se cruza en el follón de relaciones donde el sexo es más nexo de unión entre personas que entre afectos. Debería ser traumática para el resto, pero no lo es. O no tanto como debería. O quizá la falta de sensibilidad sea consecuencia de la «apertura».

La historia es la de la ubicación de Javiera en la nueva ciudad, en la que todo es bello, hermoso, lioso e impulsa a salir adelante incluso cuando es lo contrario. Y lo es también de su ubicación en esa relación extraña en la que nunca sabe si Manuel va o viene ni qué puede esperar de él, ni de las demás, ni de ella misma.

Surgen así dudas, celos, incertidumbres y, con ellas, pensamientos con un pie en la realidad y otros en la fantasía que justifican el título de la novela. Su desarrollo me ha parecido fantástico, porque se produce sin que se dé cuenta el lector, mezclado con todo lo demás en un proceso de voladura con varias causas y efectos. Javiera tiene un estallar que parece el vuelo de una mariposa.

Quien lea esta novela sabrá a qué me refiero, pero tan importante como lo contado es el tono. Es humorístico, desenfadado, pero no por lo que cuenta, sino por el modo en que la narradora se ríe de sí misma. Esto hace la lectura muy agradable durante una buena parte del libro, hasta que, en un giro imperceptible pero magistral, genera inquietud: ¿tanta ligereza al contar las tribulaciones de una joven chilena en Barcelona no tendrá que ver con neuronas grilladas? A ver si con tanto ir y venir, a ver si con tantos líos emocionales… Porque hay que ver qué cosas se le ocurren a la dama. No muy sanas. Y es que, ¿las piensa en serio o solo son ideas liberadoras por lo hiperbólicas?

    La solución, leyendo «La próxima vez que te vea, te mato».

    Una novela engañosamente sencilla por el modo en que está escrita, pero que, si uno se fija, revela un buen dominio del lenguaje, el ritmo y el tono.


lunes, 16 de febrero de 2026

La ciudad de las luces muertas – David Uclés

 


Leí y reseñé «La península de las casas vacías» cuando David Uclés era un desconocido sin voz ni cara. La novela había prosperado gracias al «boca a boca». Un éxito tan imprevisto que hasta rompió stocks en plenas navidades, el momento de mayores ventas, dejando a las librerías desabastecidas y, supongo, al autor y a Siruela jurando en arameo. Casi un año después, en otoño del 2025, tras unas declaraciones de contenido político zurrarle a Uclés se convirtió en deporte, especialmente en Twitter. Pero, como casi siempre ocurre en esas ocasiones, los críticos advenedizos hicieron de él una figura mediática más allá de la literatura (y una víctima, a ojos de quienes habíamos leído el libro con agrado como simples lectores); por eso, cuando poco después de ganar el Premio Nadal con la novela que ahora reseño David Uclés se negó a participar unas jornadas en Sevilla para no compartir cartel con dos de los participantes, los tortazos arreciaron, algunos impulsados por el capo de las jornadas, cuyo poder en el mundillo literario se debe, exclusivamente, a lo bien que siempre ha sabido situarse en posiciones de influencia. Algunos, los menos sutiles (de algún modo hay que llamarlos) le dijeron de todo a Uclés, y otros, más «sutiles», le cascaron a sus libros, incluso sin haberlos leído. ¿Resultado? Al menos durante unas semanas (luego supongo que la cosa se calmará) resulta complicado saber, cuando alguien habla de un libro de Uclés, de qué diablos está hablando.

Yo hablo de literatura.

Me costó algo coger el tranquillo a «La península de las casas vacías», pero me gustó bastante. Lo suficiente para considerarlo un magnífico debut (debut ante el gran público, pues Uclés tiene otros dos libros publicados). De ahí que, como vulgar escritorzuelo que soy, las siguientes andanzas de Uclés me despertaran mucha curiosidad. La primera novela tras un gran éxito es muy relevadora tanto de la capacidad de un autor como de su actitud ante la literatura. Si es una birria, proclama que el éxito fue una casualidad, un momentáneo lapso de inspiración, o que se ha rendido al dinero rápido; y, si es muy buena, consolida el prestigio del autor. Eduardo Mendoza sintió tal vértigo tras el éxito de «La verdad sobre el caso Savolta» que huyó a un registro y estilo completamente opuestos con «El misterio de la cripta embrujada». Le salió bien porque, aunque diferentes, cada libro en su ámbito es buenísimo. Para la mayoría intentar algo así equivale a un suicidio. Otros poquitos, como Karina Sainz Borgo, algo más prudentes o con menos miedo, se mantienen fieles a su estilo sin necesidad de imitarse a sí mismos y sin mermar la calidad. A este también selecto club pertenece Uclés. Son raras avis. Sin embargo, lo más habitual es una segunda novela por debajo de la primera porque brillar dos veces es más complicado que hacerlo solo una. Respecto a los que se imitan a sí mismos, suelen hacerlo a la baja, empezando un descenso que, más o menos suave, pocas veces remontan. En resumen, digerir un gran éxito solo está al alcance una ínfima cantidad de escritores.

«La ciudad de las luces muertas» no tiene nada que ver con «La península de las casas vacías», aunque en algunos puntos evidencie un lejano parentesco, como en el peculiar «realismo mágico» (expresión que entrecomillo porque algunos hablan de él como si García Márquez hubiera alumbrado un canon con fuerza jurídica). Esta novela implica un cambio de registro notable pero no rupturista, y, a diferencia del ejemplo de Mendoza, no cambia la literatura seria por «el divertimento» más selecto que pretencioso, sino que demuestra que hay muchas maneras de hacer literatura ambiciosa. Si la osadía ya es digna de aplauso, qué decir si encima consigues lo que te propones.

«La ciudad de las luces muertas» es una genialidad loca que admite muchos niveles de lectura y otros tantos tipos de opiniones. Como ha dicho en La Vanguardia Xavi Ayén, «Si todo libro queda reducido o ampliado a los límites mentales de cada lector, aquí ello resulta más patente que nunca. un adolescente podrá verlo como una novela juvenil, un erudito gozará de los guiños literarios menos evidentes, otros la leerán como una distopía de ciencia ficción, como una novela histórica (de varias épocas), como metaliteratura, acción, aventuras, literatura del absurdo...»

Todo eso tiene esta novela.

El argumento, original y atrevido por lo difícil que es tratarlo, es una excusa para todo lo demás: en la Barcelona en que la Carmen Laforet es una veinteañera algo ocurre (que el lector conoce) que provoca el apagón del sol y de la luz eléctrica. Barcelona queda confinada en una especie de cárcel de oscuridad en la que, además, conviven todos los tiempos. Es decir, todas las personas y hasta todos los edificios. Gente nacida en el siglo XXII se encuentra con gente del siglo XIX, y edificios del año no sé cuál se derrumban cuando «brotan» los que ocupaban ese mismo espacio en el pasado. Cómo solucionar el desaguisado, que vuelva la luz y que cada mochuelo retorne a su olivo guía la acción. Algunos lectores se quedarán aquí. Será la lectura más simple, aunque también entretenida. Pero la gracia está en disfrutar de los personajes, ficticios en el libro pero en su tiempo reales y figuras de la cultura. Una caterva de escritores (principalmente), pintores, escultores, arquitectos, músicos y hasta deportistas que algo, mucho o poco, tuvieron que ver con Barcelona en algún momento de su vida. Estos personajes reales que se interpretan a sí mismos, y más en el contexto de tan extraña catástrofe, están más cercanos al absurdo, la caricatura o la parodia que al realismo, pero siempre son tratados con cariño. Unas veces los guiños culturales son evidentes, y otras se esconden tras una sola frase. De resultas, cuanto mayores sean los conocimientos del lector, más jugo sacará a la novela. Por ejemplo, quien no sepa una palabra de la obra y, sobre todo, de la vida y carácter de Josep Pla, ni se enterará de su presencia; pero, si lo conoce, no podrá evitar sonreír ante la cariñosa mala leche del brevísimo papel que le ha otorgado Uclés.

Hacer de Barcelona, una ciudad tan literaria, el centro de una novela literaria, jugar con toda esta gente de relumbrón y salir airoso es un mérito mayúsculo. E implica asumir un riesgo enorme. Son legión los autores que han fracasado al hacer algo así: el famoso devenido personaje puede ser un gancho pero, precisamente por su fama, las costuras del disfraz son más evidentes. Uclés, en cambio, al mezclar esa suerte de realismo mágico con un mundo que anda con los dos pies en el absurdo y con los salvadores de Barcelona de disparate en disparate ha conseguido mostrar lo que quiere sin que quede a la vista lo que no ha querido y lo que ignora.

La historia tiene un algo quijotesco, porque casi todos intentan, desde sus nulas fuerzas, librar al mundo de la oscuridad; y lo hacen desde actitudes y razonamientos tan estrafalarios que resulta imposible tomárselos en serio, lo que da un barniz de humor a todo a pesar de que se detallen hechos graves. El realismo mágico de Uclés se funde y mezcla de modo magnífico con el absurdo. Combinan bien. A fin de cuentas, ¿hay algo más absurdo que la magia?

El planteamiento de la historia y, sobre todo, el modo de sacarla adelante con un repertorio de personajes tan amplio y variopinto y la brillante forma en que se hace, exige tener una imaginación muy viva. Es algo que valoro más que otros lectores; doy más valor a la creatividad (cuestión de genio) que al testimonio (cuestión de método), aunque Uclés también se ha debido documentar bastante, por lo que combina ambos aspectos.

En las primeras páginas, creo que influenciado por alguna de las críticas malignas que he mencionado en el primer párrafo, me he fijado especialmente en la forma, que me ha ganado porque pronto me he dejado llevar sin prestarle ya atención. Pero en esos primeros capítulos sí he visto algunas expresiones que si responden a la intención de hacer ver al lector con ojos de vulgar testigo asombrado están fenomenal, pero que, si no, podrían haberse trabajado algo más. Una, incluso, dudo de si es una errata o un juego fonético. En cualquier caso, da igual: en cuanto te recuperas de las sorpresas y te zambulles en ese loco mundo el texto te guía y acompaña sin que te des cuenta.

Un mayúsculo novelón. Por el tema, menos atrevido que «La península de las casas vacías», pero mucho más osado en lo puramente literario. Y como no hay osadía sin ambición, es un alivio encontrarla en un mundillo donde tantos autores de éxito no se atreven a dejar de imitarse a sí mismos. Alcanzar la brillantez cambiando de registro pero, a la vez, manteniendo un estilo propio y reconocible está al alcance de muy pocos escritores, he dicho antes. Los pocos a los que se suele considerar grandes. Veremos si, cuando se despeje el panorama, Uclés está en esa senda. Ojalá las prisas editoriales no le fuercen a estropear el rumbo.


jueves, 12 de febrero de 2026

El desierto de los tártaros – Dino Buzzati

 


Hace siglos que tenía ganas de leer este libro porque personas de cuyo criterio no dudo hablaban de él maravillas, pero cuando husmeaba la sinopsis y la temática temía que, pese a todas sus virtudes, me resultada soporífero.

Bueno, pues ya lo he leído. Lo primero era cierto y mis temores infundados: ¡menudo novelón! 

Como se trata de un libro famoso, como la sinopsis ya cuenta casi todo y como, además, no se trata de una obra de misterio sino de las de disfrutar con el viaje, cualquier reseña que lo destripe no va en contra del lector sino en su beneficio, porque lo relevante de la novela no es su desenlace, harto conocido, sino cuanto se observa a medida que pasan las páginas. Y en estas, además, hay que fijarse en muchos pequeños pero significativos detalles capaces de encandilar a quienes, como yo, disfrutan descubriendo cómo el autor orienta y da profundidad al argumento diseminando información aparentemente banal. 

La historia, como digo, es conocida: Giovanni Drogo, veintipocos años, muchacho de clase acomodada y residente en la ciudad donde nació, recibe su despacho de teniente y se marcha a su primer destino, donde acude a caballo. Una primera nota a cuenta del jamelgo: los medios materiales son la única referencia para fijar un marco temporal a la historia, y toda la «tecnología» que se menciona son caballos y cañones, lo que denota la voluntad de Buzzati de dar un marco temporal difuso; lo mismo busca con el espacial: estamos en un país ficticio, tórrido en verano y con nieve en invierno, montañoso en el norte; la referencia a los tártaros es vaga y demasiado amplia; ni siquiera se sabe si los tártaros son tártaros o si, simplemente, los militares de la fortaleza Bastiani, a donde va destinado Drogo, los llamaron así por lo remoto y desolado de la zona, porque la fortaleza linda con un vasto desierto deshabitado.

Otro dato significativo que Buzzati no dice, pero hace ver: la fortaleza no está tan lejos de la ciudad como todos, hasta el lector, tienen la sensación: Drogo pensaba que le iba a costar menos de una jornada, aunque finalmente es una y media. No mucho. Es lo pormenorizado de lo largo que se le hace el viaje al teniente, de lo vacío de la ruta, del progresivo deterioro del camino y del alejamiento constante lo que provoca una intensa sensación de distancia, de soledad, de que lo han mandado al fin del mundo, sensación que comparten con el lector y Drogo el resto de militares destinados en la fortaleza. Apunto ahora que, más adelante, Buzzati dice de pasada que hay un pueblo no muy lejano donde los militares acuden a pasear, a la taberna y al prostíbulo. Todo esto es relevante: la impresión de que la fortaleza está lejos de todas partes y completamente aislada es permanente y común entre los militares y el lector a lo largo de todas las páginas, he dicho, y es un efecto intencionadamente buscado. ¿Por qué entonces Buzzati da esos dos detalles reveladores, la accesible distancia a la ciudad y la cercanía de la fortificación a un pueblo? Para que el lector perciba que la soledad de los principales personajes es más buscada por ellos mismos que fruto de las circunstancias. Si Drogo y sus compañeros limitan su universo emocional a las paredes del cuartel no es porque no tengan otro remedio. Podrían ampliarlo en el pueblo o yendo a la ciudad de permiso. El libro trata, pues, de personas que, instaladas en una rutina confortable para la que han encontrado una buena excusa, no hacen nada por salir de ella, salvo confiar en que el destino les depare mejor suerte.

La fortaleza es un lugar peculiar: es la frontera. Esto tiene un fuerte carácter simbólico. Más allá, no hay nada. Los personajes, por tanto, están en un límite del que no se puede escapar sin volver atrás; esto es, llevado al plano emocional, sin rectificar. Encaramada en un altiplano al final del valle que le da acceso, está encorsetada entre elevados riscos infranqueables. Al otro lado, territorio extranjero. Desde las almenas solo de distinguen los cercanos riscos y, entre ellos, un pequeño triángulo de tierra plana: el desierto. Un desierto vacío, donde nada se mueve nunca y que se intuye eterno porque en el horizonte se mezcla con la niebla. Pese a la sensación de soledad, reforzada por el encuentro con un jinete solitario, cuando Drogo llega hay bastantes militares en la fortaleza. ¿Qué misión tienen? Solo vigilar. Hacer guardias y más guardias, siempre al acecho de un eventual ataque desde el norte, desde el desierto, que nunca ha llegado. Aquí destaca una voluntaria omisión del autor: todos esperan que alguna vez el ataque se produzca, pero nadie llega a decir nunca que exista una guerra. Si, como parece, no hay una guerra, la vigilancia gana un punto de absurdo. ¿Qué esperan? ¿Por qué hacen como si la guerra pudiera ser inminente cuando ninguno es capaz de dar una razón para preverla? Todos están en disposición de intuir lo absurdo de su espera, pero ninguno lo reconoce. El rigor con que exigen el santo y seña, remarcado con un incidente que no necesito desvelar, obliga al lector a preguntarse por la voluntaria ceguera de esos militares. ¿Qué pretenden? ¿Autoengañarse para no admitir la inutilidad de su trabajo y de su vida?

Todos lo saben y nadie lo admite. Pero como nadie se atreve a hablar de fracaso y frustración, lo transforman en algo más presentable: desarraigo. Como aquello está tan lejos y aislado…Por eso Drogo es recibido dando por hecho lo que él también piensa: que aquello es el culo del mundo, que allí va a enterrar su carrera militar y su vida personal, de modo que ha de salir por piernas en cuanto pueda. Esta es su primera intención. Y nada le impide ejecutarla.

Esto también es relevante. Buzzati deja claro que Drogo puede irse desde el primer instante. Y, sin embargo, se queda.

Esta idea es básica en la novela. ¿Por qué? Quienes están en la fortaleza pueden irse. El lector lo ve pronto. Basta simular una enfermedad o esperar solo unos meses. Como todos saben lo que han dejado atrás, quien decide quedarse lo hace sabiendo lo que sacrifica. Si elige quedarse es porque espera obtener en la fortaleza algo mejor que lo que deja atrás.

¿Pero qué puede esperar obtener allí, en medio de ningún sitio?

Esta es la clave. Cuando se advierten posibilidades de mejora con solo estar muerto de risa en el quinto pino, ¿cómo no hablar de esperanza? ¿Pero esperanza de qué? 

Este es el siguiente factor relevante. De todo y de nada. De algo, pero a saber de qué. Porque lo único que puede suceder allí es que por fin llegue el enemigo, aunque nada lo augura. ¿Y qué se conseguirá entonces? ¿La gloria o la muerte? Lo único seguro es que, para mantener allí la esperanza, sea cual sea, basta esperar, no hacer nada, dejar que la vida pase y que algún día traiga novedades. Es decir, sea cual sea la esperanza de Drogo y de quienes como él se acaban quedando, él no le sale al encuentro, sino que se dedica a esperarla. Mientras tanto, la vida no es intensa, pero es confortable. Confortable e insensible. 

Y allí se queda Drogo. Primero cuatro meses, que no son nada. Luego algo más. Y después… Conforme pasa el tiempo pasa también la vida. La suya y la de quienes le rodean. Por tanto, Drogo no tiene excusa: ya recién llegado puede ver en qué han quedado las esperanzas de quienes en algún momento también fueron jóvenes, por lo que puede sospechar qué va a ser de su vida si se queda, y está a tiempo de rectificar. La vacuidad de esa vida también queda clara ante la mayúscula importancia que todos dan a acontecimientos menores. La más remota lucecita en las profundidades del desierto se convierte en un presagio. La hoguera de unos invisibles gitanos que igual es solo una luciérnaga en una mata próxima, hacen la esperanza a la vez creíble y ridícula. Todo son detalles que Buzzati espolvorea y que el lector debe captar.

Tampoco por casualidad envía Buzzati a Drogo de permiso a su casa en un par de ocasiones que, como parecen rutinarias, bien pudieron ser más. La primera es la más significativa, porque Giovanni tiene la oportunidad de echar los tejos a una muchacha que puede estar esperándolo. Pero su actitud hacia ella acaba siendo la misma que ante el resto de su vida: se deja llevar por la conversación para que sea el azar quien decida por él. Buzzati utiliza esta escena para confirmar el carácter del personaje. Por supuesto, cuando uno no mueve un dedo en favor de sí mismo, difícilmente va a moverlo otra persona por él, cosa de lo que Drogo y todos los que son como él parecen no darse cuenta: si dejas tu propio destino en manos de los demás, tu destino es quedar en la cuneta. El resto de lo que Drogo observa durante los permisos ratifica la impresión sobre él; sus antiguos amigos y conocidos algo han hecho por sí mismos: tienen familia, negocios, posición… Y lo que no tienen ya es contacto con Drogo, lo que a su vez indica que la soledad que le salió al encuentro con aquel involuntario destino es ya una cosa ganada a pulso. 

En este punto Drogo ya no puede eludir la evidencia de que algo ha dejado escapar en la vida que los otros no. Pero allá vuelve, a la fortaleza. A hacer lo de siempre. Pero ahora, ¿para seguir confiando en la esperanza o, ya consciente de su deriva, para refugiarse de lo que empieza a parecer un fracaso vital?

Para colmo, por si los militares de la fortaleza no son capaces de verse a sí mismos, otros les ponen un espejo. ¿Quiénes? El mando, desde la capital. Lo que muestran sus decisiones lo vería un ciego, y esto, que tampoco Buzzati incluye inocentemente, marca un punto de inflexión definitivo en la novela: Drogo y otros como él ya no pueden simplemente confiar en la esperanza; ni tampoco confiar en que están en un refugio. El mando los deja, más bien, escapados de la vida, incapaces de hacer frente a otra cosa que no sea seguir siendo lo que han sido siempre desde hace ya demasiados años.

Y llega el final de la novela y de Drogo. Y por fin algo sucede. El enemigo se mueve. O eso dice. Ya no es un fantasma sino una posibilidad real. Que el mando lo sepa antes que la fortaleza es el último detalle con que Buzzati resalta la soledad de sus moradores. Y nuevamente la decisión del mando demuestra lo que eran los militares, varapalo último que desespera a Drogo porque, de poder hacer lo que desea, hubiera tenido la oportunidad de engañar a todos y, sobre todo, a sí mismo. O eso cree. Porque cuando reflexiona, ya en las páginas postreras, probablemente se da cuenta de que solo se hubiera engañado a él mismo. Solo a él. Una vez más. 

Dejo a la interpretación de cada cual si la sonrisa final de Giovanni Drogo se debe a haber visto por fin la luz, a haberlo hecho y no haberse tomado a sí mismo muy en serio, o a haber pensado que tampoco fue un error vivir sin pasiones ni emociones, mecido por una dulce y vaga esperanza de mejora alimentada por la molicie. En los dos primeros casos su mediocre muerte es el colofón de un ridículo que solo la sonrisa dulcifica de trágico a tragicómico. En el segundo, en cambio, lo mediocre de su muerte sería un triunfo: se puede vivir eludiendo decisiones hasta el final. ¿Quizá era eso lo que había pretendido Drogo sin saberlo?

Con un lenguaje claro, directo, diáfano, y con una increíble capacidad para generar ambientes humanos y paisajísticos, «El desierto de los tártaros» es una novela para pensar acerca de nuestra actitud ante la vida: ¿salimos a su encuentro o esperamos que sea ella quien venga? Y, además, ¿cuál de las dos cosas es la correcta? ¿Buscar o conformarse?

Quizá antes de responder a cualquiera de estas preguntas uno debe saber quién es y qué quiere, lo cual no es fácil. No hay mayor desconocido que el propio yo. A fin de cuentas, Drogos hay que buscando la gloria de la batalla solo acertaron a luchar contra sí mismos. No le fue tan mal la vida a Drogo, si, pese a todo, la terminó sonriendo.


lunes, 9 de febrero de 2026

Que todo sea como nunca fue – Joachim Meyerhoff

 


¿Veis el niño de la portada? No es un superhéroe, pero cree serlo. Y el error le hace feliz.

Vivir felices gracias a la ignorancia nos ha sucedido a todos, pero ocurre especialmente en la infancia y en la primera juventud, cuando nuestra visión del mundo es limitada y aún vivimos protegidos por unos padres que no concebimos más que como padres. Amparados en el desconocimiento de la vida e impulsados por las ilimitadas posibilidades de un futuro sin final, vivimos momentos tan dichosos que se hacen eternos. 

Por eso, cuando la edad nos hace conscientes de nuestras limitaciones, cuando el paso del tiempo acaba trayendo días de dolor y desesperanza, cuando la impotencia ante lo indeseado se manifiesta y las posibilidades de mejora se reducen a toda velocidad, es fácil mirar con cariño al pasado, a aquellos días de felicidad, pero sin atrevernos a hurgar para no quitarles la magia; es decir, el misterio. Para no conocer lo que de verdad había. Lo que nuestros padres, hermanos o amigos hicieron o sintieron y nos ocultaron para no hacernos daño o porque en nada nos beneficiaba. Para poder desear que todo aquello siga siendo como nunca fue.  

Es lo que le sucede a Joachim Meyerhoff en esta novela autobiográfica en la que relata su infancia y primera juventud para terminar en un momento posterior, cuando, cosas de la enfermedad, la vejez y la muerte, acaba conociendo aspectos de su familia que ignoró de niño y que ahora, ya adulto, vuelven amargo y algo desesperado el recuerdo de propia infancia. Ojalá poder seguir pensando que todo fue como nunca fue. ¿Pero cómo solucionarlo? ¿Ojalá haber seguido ignorando ciertas cosas? Ya no es posible. Quizá de ahí la necesidad de escribir para comprender. Para entender que no es que sus padres fueran de otra manera distinta a como él pensaba, sino que también eran de esa manera. Incluso no es difícil pensar, si se analiza bien, que los esfuerzos de los padres por ocultar lo que solo puede inquietar a los hijos son una enorme muestra de amor. A fin de cuentas uno es lo que es, y ocultar una parte de uno mismo para dar solo lo mejor no es sacrificio fácil ni pequeño. Poco más puede hacerse. 

La infancia del protagonista transcurre en los años 70 del siglo XX. En Schleswig, una pequeña localidad del norte de Alemania, cerca de la frontera con Dinamarca. El padre dirige un manicomio, y en él vive la familia entera, formada por el matrimonio y tres hijos, de los cuales el narrador es el pequeño, sometido al fraternal despotismo de los otros dos. Viven en una casa situada en medio del enorme recinto hospitalario, en el que hay un montón de pabellones, instalaciones, viajes, jardines… En realidad, no es solo un hospital psiquiátrico, ya que, como era frecuente en la época, también alberga a graves discapacitados.

Durante cuatro quintas partes la novela es una delicia que transcurre entre sonrisas y alguna carcajada. Es divertida y entrañable. Con un lenguaje fluido y un modo de narrar ágil y eficaz se suceden las travesuras, las anécdotas, los pequeños accidentes, las primeras gamberradas... todo siempre mezclado con el empuje y cordialidad del padre, un hombre casi siempre de buen humor, hogareño, leído, culto, original, totalmente entregado a su familia, a los pacientes y a la organización del hospital. Más que un recinto sanitario es un pequeño pueblo que organiza sus propios festejos, sus competiciones, en el que surgen grupos y afinidades que mezclan a pacientes y a profesionales. La visión del hospital, siempre a los ojos del narrador, entonces un niño, es casi idílica. También su familia lo es. En ella los roles están tan definidos como los caracteres, y los defectos se perdonan, porque no son maliciosos. El padre es un niño grande, siempre lleno de ideas y proyectos, aunque luego, a la hora de la verdad, pone más ideas que trabajo, porque este lo acaba asumiendo voluntariamente la madre (el personaje peor definido) en lo que parece su aportación a que los proyectos familiares no se queden en nada. El protagonismo, no obstante, recae en el narrador, que habla en primera persona, y en el padre.

Pero el tiempo pasa. El niño crece. Se hace un joven. Se va. Vuelve. Se hace adulto. Los padres envejecen y, al desaparecer la argamasa de los hijos, quedan las descubierto las grietas del matrimonio. Se descubren cosas tristes para el narrador, se replantea cómo fue el matrimonio de sus padres, los intereses de cada uno, e incluso surgen dudas sobre la existencia y origen de problemas de salud mental, de ahí que el último cuarto del libro sea amargo.

Llegados al final lector puede tomar partido: compartir amargura con el narrador, sentirse decepcionado con algún personaje o, al contrario, comprenderlo y admirarlo por cómo durante tantos años hizo equilibrios para no alterar la felicidad de sus familia. La evaluación que cada lector haga de la figura del padre será la que determine el sentido que le dé a la novela.

En cualquier caso, se trata de una novela sobre la infancia perdida. Una más. Una más que cuenta lo que ya sabemos: que cuando somos niños la falta malicia en la mirada nos hace felices y que luego, ya adultos, no acabamos de comprender a nuestros padres, nuestros antiguos héroes, hasta que la vida nos enfrenta a nuestros defectos y limitaciones. Entonces, a menudo, los héroes renacen.


jueves, 5 de febrero de 2026

Don Clorato de Potasa - Edgar Neville

 



Edgar Neville nació el día de los inocentes de 1899 y murió el día del libro de 1967, fechas bastante lógicas para un escritor de humor, aunque tocó también muchos otros palos, especialmente el cinematográfico.

    No había leído nada suyo, aunque siempre lo he visto codeándose con grandes como Enrique Jardiel Poncela o Miguel Mihura, si bien al menos un escalón por debajo.

    El escalón, si cometo la injusticia de juzgar a Neville por esta obra, es muy alto, pero leeré alguna más con la esperanza de que este primer juicio sea equivocado.

    Y es que «Don Clorato de Potasa» (ridículo nombre de guerra elegido por el achispado protagonista para sus correrías) es una obra que merece un «psé» y solo uno. Fue publicada en 1929, así que tiene la excusa de la bisoñez.

    En realidad, no es ni una historia, sino más bien una secuencia de escenas y ocurrencias inconexas que, según avanzan las páginas, va abandonando personajes en la cuneta; solo permanece el protagonista. No hay argumento ni nada que se le parezca, sino una exposición de gracias. Esto permite chispazos de diversión, algunos pocos momentos brillantes y, sobre todo, una intensa sensación de pérdida de tiempo. A la hora de ponerme a escribir esta reseña he tenido que hacer un notable esfuerzo de memoria, porque nada hay en estas páginas que merezca la pena ser recordado, lo cual no es incompatible con leerlas para escapar un ratito del valle de lágrimas. 

    La sinopsis accesible a todo el mundo por internet dice que esta obra «se inscribe en las coordenadas de confluencia del vanguardismo y la narración humorística y está dominada por el antitradicionalismo y el antirrealismo propios de la primera etapa literaria de Neville. Sus personajes son seres inconformistas e inadaptados, caracterizados por lo absurdo e inverosímil de su comportamiento». ¡Madre mía! Pues ya está: cuando para atraer a un lector hay que decir «vanguardismo», «antitradicionalismo», «antirrealismo» y «etapa literaria» es que no es posible hacer una promesa jugosa sin mentir como un bellaco. Además, lo personajes ni son inconformistas ni inadaptados. Son personajes del absurdo, que ejercen el gamberrismo con suma seriedad y educación, pero nada más por culpa de la falta de trabazón, y esto es insuficiente para crear un mundo absurdo, que es el gran mérito de los mejores escritores de humor de esta época. Por cierto, un personaje del absurdo no puede ser un inadaptado, porque la gracia está en lo bien que se adapta a un mundo ilógico. 

    Y pensar que compré este libro en un mercadillo sin dudar, entusiasmado, porque nunca me había topado antes con un libro de Neville… Como dijo el poeta, «¡Cagüen!»


lunes, 2 de febrero de 2026

Los 38 asesinatos y medio en el Castillo de Hull y otras Novísimas Aventuras de Sherlock Holmes – Enrique Jardiel Poncela

 


    En 1936 Enrique Jardiel Poncela publicó «Los 38 asesinatos y medio en el Castillo de Hull». Las «Novísimas Aventuras de Sherlock Holmes», siete relatos aún más breves, fueron publicadas en 1939.

    Ni que decir tiene que, para entonces, Sherlock Holmes, el personaje que Arthur Conan Doyle (1859-1930) había alumbrado en 1887, era ya celebérrimo. La parodia suele hacerse sobre lo conocido y, además, en este caso, lectores eran quienes conocían de primera mano a Sherlock Holmes y lectores iban a ser quienes leyeran la parodia, lo cual no dejó de ser una osadía por parte de Jardiel porque, evidentemente, los destinatarios de la obra no podían ser otros que los previamente cautivados por Sherlock Holmes. ¿Cómo se lo tomarían? Cuánto menos arriesgado es parodiar a un personaje histórico, a un actor, a un pintor, a un músico o a un político.

    Aunque la osadía de Jardiel fue relativa, claro, porque cualquier parecido entre los dos Sherlocks es caricaturesco. Si el genuino maravilla a los lectores con su prodigiosa capacidad de deducción, el de Jardiel lo hace con lo «razonablemente absurdo» de sus a veces brillantes deducciones. Este es el gran mérito de esta obra, el modo en que se hila lo en extremo racional con lo irracional provocando la sonrisa. Por supuesto, ayuda el tono grandilocuente, caricaturesco, que impide tomarse nada en serio. Todo está contado por un entusiasta narrador que no es el doctor Watson, pero que hace su papel.

    Buena y breve lectura que satisfará a los asiduos al autor, porque es mejor que algunas birrias que publicó para pasar por caja, aunque este libro está a años luz de sus mejores obras.

    La edición que he leído, de Reino de Cordelia, es fenomenal, y contiene las dos obras señaladas al principio, decisión acertada porque entre ellas hay unidad de personajes, de tono y de recursos. De hecho, la primera tiene un calco en un relato la segunda a modo de broma, aunque también porque una se inspiró en la otra. Los dibujos de la cubierta y la sobrecubierta son de 1912 y 1914, obra de Gus Mager (1878-1956), autor estadounidense de ascendencia alemana. Mager se hizo famoso por las tiras cómicas que publicó en la prensa con, entre otros, el personaje de Sherlocko the Monk, luego Hawkshaw the Detective, inspirado, en Sherlock Holmes. El evidente carácter caricaturesco de esta serie de viñetas y de la obra de Jardiel, los lugares de publicación de ambas y las fechas de unas y otra dan idea de lo rápida y ampliamente que se había extendido la fama de Sherlock Holmes en un mundo donde sus andanzas solo podían circular en papel.