En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 7 de mayo de 2018

Esa puta tan distinguida – Juan Marsé




                Qué gran escritor es Juan Marsé. Incluso novelas como esta, que posiblemente pocos cuenten entre las mejores que ha escrito, son buenísimas, enriquecedoras y entretenidas.

                Que además el protagonista sea un trasunto del propio Marsé (de hecho en alguna entrevista ha calificado esta novela como la más autobiográfica que ha escrito) le da, a estas alturas de su vida, experiencia y prestigio, un enorme valor añadido.

                El motivo de la novela es doble: reflexionar sobre la memoria (esa puta tan distinguida, la califica pronto en un juego de palabras en alusión a alguno de los personajes que luego aparecen) y, también, «desahogarse» (uso en esta expresión porque en otras entrevistas Marsé dijo que no había querido «ajustar cuentas») dando una tristísima visión del  cine español –presentado como opuesto al arte y volcado en el dinero fácil- y repartiendo contundentes collejas a personas fácilmente identificables.

                Esto último no es lo más importante del libro, pero llama la atención, por momentos le da un notable punto humorístico y legitima la pregunta de hasta qué punto Marsé ha acabado legítimamente harto del mundo del cine en un entorno «literario» en el que (por eso lo entrecomillo) son legión los escritores que venden su alma al diablo del cine por considerar el colmo del éxito que sus obras sean llevadas a la pantalla, con independencia de si en ella las destrozan o no. Que sean adaptadas al cine o a la televisión, sea como sea, sin preguntarse quién lo va a hacer ni cómo. Se acepta lo que sea venga de quien venga para que la novela llegue a esos formatos. Marsé, que a diferencia de toda esa tropa respeta su propia obra, se presenta en Esa puta tan distinguida como un escritor reconocido que, al comienzo de los años 80, recibe un encargo intelectualmente vergonzante que acepta por dinero: hacer el esbozo de un guión para una película más o menos «conceptual» que perpetrarán un director mediocre e ideologizado junto a un productor no mucho mejor, una vez que hayan metido mano al esbozo para poder atribuirse la autoría y que, de paso, no lo reconozca ni la madre que lo parió.

                La idea que ha de inspirar la película es un hecho acontecido en 1949. Entonces, en un cine de barrio en la Barcelona de posguerra, el operador de la sala de proyección mató en ella a una prostituta, estrangulándola con la cinta de la película: Gilda. Pero, como le indican al Marsé-personaje, lo de menos es reconstruir los hechos, que aparecerán o no en la película y bla, bla, bla; más bien se trata, parece decirse, de hacer un análisis de la memoria colectiva para realizar análisis crítico del franquismo y más bla, bla, bla.

                El Marsé-personaje trata con displicencia este encargo. A fin de cuentas no ha de ser su obra, sino la de otros cuyas entendederas y capacidad tendrían un amplio campo de mejora si fueran más espabilados. Es más: tan convencido está de que el resultado será un bodrio que se diría que cuanto menos se sepa de su participación, mejor. Sin embargo, honesto intelectualmente consigo mismo, desea hacer un trabajo digno, para lo cual, además de indagar en los periódicos y en el expediente policial y judicial de aquel crimen, de tarde en tarde comienza a citarse en su propia casa –un ático-, con el asesino, un hombre ya sesentón con algún indicio de demencia incipiente y que además fue sometido en el «célebre» manicomio de Ciempozuelos a experimentos para «desprogramar y reprogramar» su memoria criminal, hechos que Marsé aprovecha para lanzar una fuerte crítica, a través de un coronel psiquiatra, al doctor Antonio Vallejo-Nágera, que algunos han llamado «el Mengele español». Bajo personajes de nombres supuestos pero con cierta coincidencia fonética, es sencillo identificar las dianas a las que Marsé dispara sus dardos.

                La novela tiene una estructura particular: comienza con una entrevista al Marsé-personaje en la que no figuran las preguntas, aunque se sobreentienden, y continúa alternando las vicisitudes del encargo, los diálogos con el asesino, Fermín Sicart (que afirma recordar los hechos pero no por qué lo hizo), el esbozo de escenas que el Marsé-personaje imagina y la participación, que también aporta sus toques de humor, de la empleada del hogar del Marsé-personaje: una señora entrada en años que durante un par de ellos regentó una tienda de recuerdos cinematográficos heredada de su padre y cuya osadía, cultura e inteligencia casan mal, lo cual genera un divertido contraste, con el estereotipo.

                Lo más interesante de la novela, sin duda, son las confesiones de Sicart. Como cobra por las sesiones, su reticencia a contar el momento del crimen tiene varias lecturas: desde el trauma doloroso de recordar hasta una estrategia para aumentar el número de entrevistas y cobrar más. Pero lo cierto es que su entrevistador no tiene prisa, y en el proceso de conocer a las personas involucradas en el suceso van apareciendo las vivencias, traumas y mentiras que permiten conformar la personalidad de cada cual, tras las que afloran las posibles razones de muchas cosas que hubiera quedado en el aire de limitarse el asunto a la escena del asesinato, la cual, no obstante, precisamente por el modo en que se evita, acaba convirtiéndose en uno de los acicates para seguir leyendo.

                En paralelo, pero no casualmente, el mundillo del cine sigue haciendo de las suyas y, como última y violenta crítica, se muestra cómo el trabajo del Marsé-personaje va a ser igualmente aprovechado cuando el proyecto y las personas que se lo habían encargado cambian totalmente. Hasta ese punto se «respeta» el trabajo intelectual, que lo mismo se usa para una cosa que para la contraria. Estiércol da igual para qué cultivo en un cine emparentado con la telebasura. Memorable es el currículo del director que expone el Marsé-personaje, y lo es, entre otras cosas, porque por desgracia en la realidad la fama, el dinero y el poder en la industria cinematográfica han corrido anexos a historiales similares. Al final, incluso, cuando la reconstrucción de la memoria de Fermín Sicart ha dotado a la historia de asesino y víctima de la dignidad anexa a quien sale derrotado de la desesperada lucha por superar una infancia y una vida dura, torcida y exenta de afectos, el mundo del cine «evoluciona» hasta transformar la historia en una mamarrachada que no cuento porque más vale leer la novela y que cada uno saque sus propias conclusiones no solo sobre el cine, sino sobre el valor de la verdad.

                


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