En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



miércoles, 3 de mayo de 2017

Camino de ida - Carlos Salem



                Octavio, un funcionario de mediana edad de un ayuntamiento catalán, un tipo de existencia gris cuya personalidad ha sido anulada por su esposa, se encuentra con esta de vacaciones en Marrakech.  Allí, en el hotel, se topa con una agradable sorpresa: de pronto su esposa muere. A medias para celebrarlo y a medias para asegurarse del óbito, a Octavio le da por empinar el codo en presencia del fiambre. Pero en cuanto sale de la habitación no sabe muy bien para qué, si para pedir ayuda o probar a vivir respirando por sí mismo, cae en manos, o en la compañía, de un argentino llamado Soldati, una mezcla de estafador, embaucador, iluso empresario e inexplicable  fiel amigo que se lo lleva de juerga sin desembolsar Soldati un céntimo, y de tal manera financia el argentino la fiesta que terminan escapando de unos caballeros bolivianos con no muy buenas intenciones.

                Con una capacidad prodigiosa para provocar desastres y unas veces a tortas con el mundo y otras a besos con la casualidad, la estrambótica huida todo el país es el armazón de la novela; huida a cuyo fin es de suponer que el lector averiguará qué pasó con la muerta abandonada –y, por tanto, qué puede ocurrirle a Octavio- y por qué se empeñan tanto los bolivianos en dar con los prófugos. A medio camino se les une un tercer personaje que, a su modo, es el más normal y a la vez inverosímil, y también el que más ternura provoca, sobre el que no digo más para no anular la sorpresa.

                El conjunto, una novela magnífica con notables recursos humorísticos, desde el golpe inesperado a la obsesión por el fútbol paralizador de mentes y países, el tango, los eufemismos con que Soldati disfraza sus trapacerías y, sobre todo, la condición de perdedores de todos los personajes; perdedores, incluso, cuando están satisfechos del modo en que buscan su libertad.

                Esa es la segunda huida de Octavio: la de su vida pasada. ¿Hacia dónde va? No lo sabe, hacia delante, siempre, porque la vida, piensa a partir de una reflexión de su compañero, es un camino solo de ida. De esta forma la fuga en coche a través de carreteruchas y desiertos enmascara una huida más profunda a la búsqueda de un «yo» que ni siquiera Octavio sabe quién es, aunque actúa como si la manera de encontrarlo fuera hacer exactamente lo que le diera la gana. ¿Pero somos eso? ¿Somos lo que seríamos si pudiéramos hacer cuanto quisiéramos? Esa acaba siendo la pregunta clave.

                Una trama entretenida, que solo en algún punto, mediado el libro, se hace un pelín larga por el temor de que nada cambie hasta el final y todo sea corretear por Marruecos, con momentos de humor brillantes y con un lenguaje y forma de expresión que quizá no sean suficientemente valoradas por la triste costumbre de asociar humor a ligereza. En definitiva, un buen libro al que se agradece haber dedicado el tiempo.




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