En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 8 de mayo de 2017

Patria - Fernando Aramburu




                Patria, uno de esos raros libros que, ajeno a los clichés de los best seller, se cuelan entre ellos no por su capacidad para entretener de forma banal, sino por lo contrario: por el interés que despiertan, por intentar dar respuesta a una demanda de comprender, lo cual es uno de los fines más nobles de la literatura, el fin que hace perdurar un libro.

Fernando Aramburu. San Sebastían, 1959
                Tratar el terrorismo de ETA desde la perspectiva de las víctimas directas y de sus familiares, así como desde la del asesino, su entorno familiar y cuanto le hace renunciar a una vida normal para transformarse en un criminal, no es tarea sencilla. Fernando Aramburu la ha acometido con una claridad y distancia que le ha tenido que costar un esfuerzo enorme. Un esfuerzo que se agradece y constituye una importante aportación a la necesidad de comprender, lo cual explica el éxito de esta historia. Necesidad que existe porque la información siempre está pegada a lo visible, inmediato y sencillo de explicar, y es ajena a lo invisible, complejo y vinculado a orígenes lejanos o confusos; necesidad, también, porque la utilización política del terrorismo transformó eslóganes en «ideas» de una simpleza tal que, impulsadas por la indignación y un sentimiento de solidaridad torcido de antemano por esa misma simpleza, terminó provocando, incluso, enfrentamientos entre personas pacíficas, muchas de las cuales se sentían insultadas y por tanto agredidas cada vez que se salían de la simpleza políticamente correcta para tratar de avanzar hacia un objetivo tan elevado como evitar nuevas víctimas; es decir, proteger a inocentes. Tantos años de violencia y al final qué pocos tienen claro, siquiera, el orden de prioridades del poder público consagrado en todos los ordenamientos jurídicos modernos.

                Ciento veinticinco capítulos breves, de cuatro o cinco páginas, en las que -a veces en grupos de tres o cuatro capítulos- se va saltando de un personaje a otro y también temporalmente. Conocemos a la víctima, a su familia, cómo se experimentan los distintos tipos de violencia y el proceso que sigue ésta, cómo junto a la extorsión y a la violencia física existe una violencia social de la que nadie es responsable porque lo son todos, cada cual con su cobardía; conocemos cómo cada persona procesa el dolor (unos, a través del orgullo; otros, hundiéndose en el abatimiento de por vida; otros, en una huida irreflexiva hambrienta de felicidad –como si existiera como un estado anímico permanente- buscada en cuanto se pone por delante, sea lo que sea), y conocemos a un asesino, por qué llegó a serlo, la presión social que lo indujo a ello, la manipulación que transforma a una persona en un paria destrozador de vidas, quién es manipulable hasta ese extremo y por qué, conocemos que la existencia de un asesino en una familia condiciona o puede destrozar la vida de sus familiares, o transformarlos en otros como él, y conocemos otras tantas otras cosas que obligan a reflexionar sobre el origen de cada tipo de violencia y a comprender las consecuencias de ese origen; ninguna buena, pero sí de una lógica de la que no se debe prescindir.

                Todo para llegar a una conclusión de sentido común, que tan poco se ha utilizado en muchos ámbitos del debate público: la violencia solo genera daño,  y quien lo sufre, lo sufre para siempre, sin posibilidad de reparación y sí solo, en el mejor de los casos, de cierto consuelo. Quienes son víctimas directas de la violencia sufren el daño por razones obvias; nadie como ellos son víctimas, hasta el extremo de que no les resta ni la esperanza, porque nadie resucita; y quienes ejercen la violencia en nada se benefician de ella, porque se degradan a sí mismos transformándose en bestias y fuerzan a los suyos al amargo trago de no poder dejar de querer a quien solo ha hecho méritos para ser despreciado. Alrededor de la violencia solo hay ruina.

                Patria no es tanto una novela «histórica» sobre la violencia de ETA como una reflexión sobre cómo los afectos y emociones individuales condicionan la realidad colectiva: de la manipulación y la simplificación surge la violencia; de la violencia, el daño; y del daño, la necesidad de superarlo y retornar a una paz que no debió romperse. Un proceso explicado en perspectiva individual en millones de novelas (la amistad o el amor, el enfrentamiento y la reconciliación), pero muy difícil de explicar y abordar en perspectiva social por tratarse de procesos mucho más complejos emocionalmente por la cantidad de personas afectadas que interactúan desde infinidad de papeles y posiciones, procesos que rara vez duran menos de una generación.

                Escrito con un lenguaje engañosamente sencillo –la claridad tiene mucho mérito-, el lector no puede dejar de ponerse en el lugar de hasta quien menos imagina, y por eso la lectura de Patria resulta conmovedora: porque nos saca de las ideas simples y, sin que nos demos cuenta, nos zarandea con el mar de situaciones y sentimientos de los unos y los otros, náufragos en un pueblo guipuzcoano –intencionadamente innominado- abandonado a la deriva por unos cuantos iluminados que, sin comprometer su propio futuro, disfrutan del ejercicio de la influencia cargándose el futuro de todos merced al silencio que impone la cautela, el miedo y, en muchos casos, la cobardía.

        Pero me quedo con otra idea, expresada a través de Bittori, la esposa del asesinado: cuando te han hecho un daño insalvable, o vives para siempre inmerso en el dolor, la rabia y la humillación, o necesitas escuchar en boca de tu agresor la palabra «perdón». Solo así se puede alcanzar lo más parecido a la paz que permite la violencia consumada: un dolor permanente, pero con la rabia mitigada y sin el peso de la humillación. Como el daño no puede eliminarse, esto es lo más importante: eliminar la violencia constante que supone el sentimiento de humillación. Si quien te humilló no te pide perdón, cada instante de su silencio es una nueva humillación. Hay que pedir perdón incluso a quien no te pueda perdonar.


                                 

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