En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



jueves, 4 de mayo de 2017

Clases de literatura, fomento de la lectura y zulayas




                Se habla de suprimir la asignatura de Literatura y el mundo escritoril salta casi con una única voz en contra de esa medida, la cual, además, vinculan a la futura debacle de la lectura. Debacle iniciada, según las opiniones reflejadas a lo largo de los últimos siglos, en la época del señor Gutenberg. Los argumentos que da esa única voz son casi inexistentes, porque habla como si entre clases de literatura y fomento de la lectura hubiera, necesariamente, una relación simbiótica. ¿Pero por qué ha de haberla? ¿Aman ustedes todo lo que han estudiado? Si es así, qué suerte. Yo aborrezco la química y algunas otras cosillas.

                Ayer la prensa informó de la puesta en marcha de un plan de fomento de la lectura que no puedo valorar porque desconozco. Muchos de los que antes citaba, los de la relación simbiótica, lo han criticado por ser contradictorio con la supresión de la asignatura de Literatura. ¿Cómo, dicen, si se quiere fomentar la lectura, se suprimen estudios de literatura?

                Pero la medida de fomentar la lectura, ¿es contradictoria? ¿O compensatoria? ¿O sustitutiva?

                Quizá quienes, por creerlas buenas para todos, deseamos fomentar la lectura y, por tanto, la literatura, deberíamos formar nuestro criterio reflexionando con sinceridad sobre nuestra propia experiencia como lectores.

                Las zahúrdas de Plutón es una obra de Quevedo. Lo recuerdo no porque la haya leído, sino por lo ridículo que me sentí de adolescente cuando, en un examen de literatura, me fue imposible recordar una palabreja como «zahúrda» y acabé atribuyendo a Quevedo la autoría de las Zulayas de Plutón.  Y lo escribí así, con mayúscula, sin saber que lo único mayúsculo iba a ser la risa del profesor al corregir. Si hubiera sabido que zahúrda significa «pocilga» quizá hubiera recordado el término en lugar de inventar otro, pero «estudiaba» cosas que ni siquiera sabía lo que significaban porque costaba menos intentar memorizar que buscar significados. Por aquella época también conocí algunas cosas sobre la Celestina: no las necesarias para disfrutar de su lectura, sino las imprescindibles para aprobar, lo cual, como el de todos, era mi objetivo.

                Con semejantes recuerdos, está claro que no vinculo mi afición a la lectura a las clases de literatura. Es más: es difícil disfrutar de una novela cuando en sus páginas no buscas placer, sino una salida al miedo a catear. ¿Quién desea hacerse adicto a lo que le produce miedo e inquietud?

                Mi afición a la lectura nació, primero, de ver leer en mi casa. Si mis padres se lo pasaban bien haciéndolo, ¿por qué conmigo iba a ser distinto? Si en tanta estima tenían los libros, algo bueno habría en ellos. Y, segundo y sobre todo, mi afición a la lectura la provocó divertirme leyendo, lo cual era ajeno a la calidad y profundidad de lo que leía y a su importancia literaria y, en cambio, dependía casi en exclusiva de lo entretenido de la lectura; a esa edad mi cabeza, como la del común de los mortales, se entretenía con lo banal, con lo chocante, lo divertido, evidente y poco profundo. Soy lector porque de renacuajo me contaron y leyeron cuentos, porque apenas supe juntar dos sílabas leí cuentos con muchos dibujos y poco texto, porque después me lo pasé bien con tebeos en los que al pobre Filemón le caían en la cabeza todas las ocurrencias de Mortadelo, y leía y releía sus historietas en busca de un final que siempre era el mismo; soy lector porque también leí a los cinco veinticinco veces y porque luego hasta me dio por leer novelas del oeste y de ciencia ficción, de esas baratísimas que se escribían a destajo. En cambio, el Cantar de Mío Cid que explicaba el libro de texto me era tan ajeno como si fuera el Cantar del Suyo Cid, lo mismo que celestinas, zahúrdas plutonianas, buscones, quijotes, píos barojas, unamunos y demás tropa que puede ser mucho mejor apreciada por una cabeza algo mejor amueblada y con más experiencia que la de un chaval camino de la adolescencia o inmerso en ella.

                ¿Quieren ustedes fomentar la lectura en las aulas y crear lectores que disfruten y aprecien la literatura por encima de una porquería de programa de televisión o de una ración de gambas en un bar? Pues olviden las clases de literatura al uso. Elijan una obra breve y extraordinariamente divertida, como Sin noticias de Gurb,  y que algún alumno la lea en voz alta; dejen que todos interrumpan, opinen y digan cuantas salvajadas les inspire cada una de las meteduras de pata del desdichado compañero de Gurb. Que se rían y comenten aunque no mencionen ni un solo concepto literario. Dejen que de este modo pasen unas horas de risa y jolgorio. La novelita dará para varias clases. Que hagan lo mismo con la aventura de los batanes y que los adolescentes digan mil burradas cuando Sancho le da a don Quijote la aromática ocasión de decir que el escudero parece tener más miedo del que confiesa. Hagan lo mismo con libros o pasajes aislados de cualquier obra, trascendente o no, que sean verdaderamente divertidos y dejen que los alumnos se rían, que comenten las situaciones y se olviden de la semántica, la sintaxis, el contexto, la importancia, la influencia y la madre que parió a cuanto solo emociona a un estudioso. Que leer sea divertirse, limítense a hacerles los comentarios mínimos para situar las escenas en su contexto histórico y eso solo para poder entender y reír mejor, y ya verán ustedes como muchos de esos chavales, de adultos, no solo serán lectores, sino que sabrán más de literatura que si hubieran hincado codos en todas y cada una de las clases actuales de literatura. Porque será entonces, algún día, como hice yo por leer mis cuentos y a Mortadelo y Filemón, cuando abrirán el Quijote y lo leerán y disfrutarán. De haber sido así mis clases de literatura probablemente de adulto me hubiera leído hasta las Zulayas de Plutón. Ejem, las zahúrdas.

                Decía Eduardo Mendoza en su discurso de aceptación del Premio Cervantes que el humor no es un género menor, aunque muchos lo tienen como tal en el mundillo literario. Yo digo más: divertirse con un libro es, para muchas personas, sobre todo para las más jóvenes, la única puerta de acceso a la literatura. 


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