En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



jueves, 14 de julio de 2016

Sobre el derecho moral del autor



En los medios de comunicación la expresión «derechos de propiedad intelectual» se utiliza como equivalente a «derecho de cobro». Que el beneficio derivado del trabajo llegue a quien lo realizó es básico para el progreso cultural y científico, además de justo.

Pero la propiedad intelectual es un conjunto de derechos entre los que, además de los económicos, figuran otros como el derecho moral que corresponde a quien ha creado o participado en alguna creación; es la suma del derecho a la «paternidad» y a la «integridad». O, dicho de otra manera, la esencia del derecho moral del autor es el respeto al vínculo emocional que une al autor con el resultado de su trabajo. Vínculo atacado cuando no es reconocido o cuando otra persona modifica la obra, sea poniendo patas arriba una novela de dos mil páginas, un verso, un pequeño detalle en un cuadro, un título, una imagen... El derecho moral recae sobre aquello que -fruto de esa amalgama de inteligencia, experiencia y sensibilidad que llamamos intelecto- alguien ha alumbrado da igual si a cambio de un precio o no. Por ser un vínculo afectivo, en todas las legislaciones es un derecho irrenunciable e inalienable. La magnitud del daño que se hace al vulnerarlo depende de la intensidad del vínculo emocional del autor con su obra.

Por eso unas veces un plagio es un drama y otras solo un «hurto» indemnizable. Por eso, también, asuntos más sutiles pueden producir un daño irreparable. Una coma, cuatro palabras o un trazo pueden transformar lo sublime en ridículo o lo emotivo en comedia a ojos de quien lo ideó y, más frecuentemente, de todo el mundo. El daño suele ser intenso y casi siempre imposible de olvidar. Conozco casos. A veces hay voluntad de transgredir, como en el plagio; otras, prepotencia o simple desprecio al trabajo y a los sentimientos ajenos.

El titular del derecho moral acepta el riesgo de sufrir cambios en su obra cuando, por ejemplo, permite una adaptación, una traducción o actúa como colaborador entregando lo que, de ser aceptado, pasa a integrarse en una obra ajena; pero quien utiliza su trabajo se deslegitima si todo lo maneja como salido de sus entendederas sin dar explicaciones a quien ya no tiene otro remedio que esperar en silencio a ver si su creación vive según deseó o se desvirtúa. La misma deslegitimación se produce cuando se niega al autor el reconocimiento que merece, poco o mucho, o la posibilidad de conocer la suerte de lo que hizo. Pero en casi todas estas ocasiones el derecho moral sirve de poco: no hay manera de hacerlo valer; simplemente, la otra persona no ha estado a la altura.

He pensado en esto tras releer una entrevista a Marsé publicada hace unos meses. Los autores son las víctimas más débiles del constante asalto a los derechos propiedad intelectual de contenido económico, el célebre «pirateo», pero son los únicos que pisotean los derechos morales de otros autores, porque solo alguien que se presenta como autor puede modificar lo hecho por otro o hasta apropiárselo.

Mi objetivo al escribir está lejos de vender (aunque procuro hacerlo, lógicamente) u obtener notoriedad; por eso he llegado a sacrificar mi «tiempo escritor» en trabajos que en nada me beneficiaban en tales aspectos; por eso, también, puedo escribir una novela sabiendo de antemano que no se la voy a dar a leer a nadie; y por cosas como estas el derecho moral, el vínculo emocional con lo que hago, es para mí el más importante de cuantos conforman la propiedad intelectual. Pero creo que soy un rara avis.




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