En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 9 de diciembre de 2013

Todo lo que era sólido – Antonio Muñoz Molina


Cuando un país va mal, rara vez hay un único culpable. Más lógico es pensar que todos, quien más y quien menos, tienen su parte de culpa; unos por acción, otros por omisión, y todos por no ser capaces de advertir a tiempo –y corregir con los medios disponibles- las derivas equivocadas.
Esta es la conclusión que uno puede sacar de la lectura de Todo lo que era sólido, donde alternando datos y significativas anécdotas Antonio Muñoz Molina, con una prosa tan clara y concisa como las ideas que expone, reconoce que durante los últimos años del “boom” se sucedieron noticias que solo podían responder a una locura colectiva, pero nadie, tampoco él, fue capaz de verlas a pesar de que inundaban los periódicos. Comienza ejemplificándolo en la figura de Allan Greenspan, quien en poquísimo tiempo pasó de la condición de oráculo a la de anciano desorientado, al igual que ocurrió, cita también el ejemplo, con Leman Brothers y otras firmas similares, que pasaron, en pocos días, de ejercer un enorme poder a escala mundial a la desaparición.
Aunque Muñoz Molina se centra en España. Comienza haciendo un repaso de los usos políticos desarrollados desde la transición; usos, dice, que comparten la inmensa mayoría de los políticos independientemente de a qué partido pertenecen. Y es aquí donde en este libro encuentran cita y desarrollo muchas de las críticas que en los últimos años han proliferado, citando Muñoz Molina, entre otras, la desprofesionalización de la administración, la huida de los controles del derecho administrativo a través de todo tipo de entidades parapúblicas donde el nepotismo campa a sus anchas,  la administración del poder no al servicio del bien público sino del interés particular –a veces incluso legal, sobre la base de una legalidad desvirtuada por el uso incorrecto del poder-, el nuevo caciquismo, la falta de altura de miras, la primacía del espectáculo sobre lo importante, la demagogia, la falta de responsabilidad que provoca, por ejemplo, que no existan culpables cuando se hacen obras inútiles que a nadie prestan servicio pero hay que pagar, o cuando no se exige responsabilidad alguna cuando una obra duplica, triplica o quintuplica el importe presupuestado. Todo lo cual, indica, ha provocado una gigantesca ineficacia y ha requerido unos recursos que, en realidad, no existían; es decir, la sociedad debe hacer frente a un conjunto de problemas creado y sustentado por una clase política de bajo nivel intelectual y ético que se dedica a sí misma, a costa del contribuyente, toda pompa y boato; es decir, gente que no deja de iluminarse con hogueras que alimentan con la madera de la nave donde viajamos todos. Pero también gente que no son marcianos, sino el  reflejo de una sociedad egoísta e incapaz de aprovechar sus virtudes y de reconocer y corregir sus defectos, una sociedad que en gran parte ha asumido que ese es el proceder normal.
Esa inmensa locura, sigue el autor, se ha debido a muchos factores, y analiza uno en concreto:  durante mucho tiempo se ha pensado que muchas cosas eran sólidas. Pero la vida no lo es, y la historia demuestra que todo lo que parece sólido desaparece antes o después, que un buen día las cosas comienzan a ir mal y de pronto, cuando nadie pensaba que podía ocurrir, todo se desmorona, todo lo que era sólido desaparece, y no queda más que pobreza y dolor. O a veces, la nada. Cita ejemplos, y advierte también un dato que a menudo se olvida: el llamado “estado del bienestar” es algo que en la historia de la Humanidad apenas ha existido unas pocas décadas y solo en muy pocos sitios. Así de frágil es. Pensar que eso puede pervivir si no se cuida con esmero, pensar que no puede llegar a desaparecer, que existe un derecho inalienable a disfrutarlo, es un error y una ingenuidad.
Muchas otras cosas se critican en esta obra, como la fácil manipulación y el dejarse manipular, que ha llegado al extremo, señala Muñoz Molina, de inventarse la historia en todos y cada uno de los rincones del país, y transcribe, a título de ejemplo, las exposiciones de motivos de varios estatutos de autonomía. En ese dejarse manipular, un número determinante de electores se comporta de forma forofa e irreflexiva, rendidos de antemano a siglas a las que nunca exigen responsabilidad, cuando los errores de cada partido deberían molestar especialmente a quienes depositaron su confianza en él.  Habla de una sociedad donde se han hecho esfuerzos enormes por dividir, pero ninguno por unir. Pero no solo la política es objeto de análisis: el periodismo sale muy mal parado, debido a que la prensa, dice Muñoz Molina, tiene como primer objetivo mejorar la cuenta de resultados y su influencia, pero no usa para ello la profesionalidad, sino el amparo de su relación con el poder, a cuyos intereses se humilla constantemente. Un poder que ya ha derrumbado entidades que parecían sólidas pues eran poderosas y centenarias, como algunas cajas de ahorros. En realidad, nada sale bien parado en esta obra, porque cuando una sociedad funciona mal es porque casi todo en ella, dentro de lo principal, funciona mal. Todo el mundo tiene su parte de responsabilidad, y Antonio Muñoz Molina no elude la suya, reconociendo sus errores y respondiendo este libro, precisamente, al ejercicio de la misma.
Todo esto lo escribe Muñoz Molina como una reflexión personal y por tanto, para su mejor comprensión, abunda en detalles de su propia vida: habiendo oscilado su residencia en estos años entre España y Nueva York su visión es la de un observador con la perspectiva de quien, sin dejar de sentirse implicado, puede mirar desde fuera, y también la de quien, tras cierto periodo de aislamiento, se sorprende ante lo que encuentra al regresar.
Concluye Muñoz Molina con un llamamiento a que cada uno asuma su propia responsabilidad para cambiar cuanto ha minado todo lo que era sólido, ofreciendo, a modo de final, un breve catálogo de reformas a su juicio imprescindibles.
Escrito como una sucesión de reflexiones, al hilo siempre de datos o experiencias propias, Todo lo que era sólido consigue alarmar muy pronto al lector, al obligarlo a mirar cara a cara a la acumulación de excesos que, en la vida cotidiana, han pasado casi desapercibidos al no tener noticia de todos a la vez, o porque su reiteración provoca lo que menos preocupa y sorprende: la costumbre. Y, lo que es más importante, Todo lo que era sólido da ocasión de reflexionar en profundidad sobre muchas de las cosas que vemos. Se podrá estar de acuerdo o no con Antonio Muñoz Molina, quien no oculta sus ideas, pero no cabe duda de que hace pensar.



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