En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



jueves, 7 de noviembre de 2013

El policía descalzo de la Plaza San Martín - Ernesto Mallo



            Estupenda novela de Ernesto Mallo, la segunda del comisario Lascano, el Perro.
Más o menos recuperado en la clandestinidad del balazo con que los militares casi se lo quitan de en medio, Lascano está fuera de la policía, donde la mayoría lo da por muerto, pero entra en los planes del caballero que lo ha hecho cuidar y que se apresta a defender su propio nidito de corrupción aupándose a la dirección policial de un país donde el gobierno militar ya ha quedado atrás. El comienzo de la novela enlaza así (al margen del salto temporal) con el final de Crimen en el barrio del Once, novela que es conveniente haber leído antes, aunque no imprescindible.
            Y Lascano, tan pachucho todavía, se enfrenta a cinco problemas. El primero, que su dudoso valedor dura en el puesto lo que tarda en sentarse en la silla, lo cual provoca, al saberse sus planes para Lascano, que el Perro se convierta de nuevo en objetivo del poder corrupto. El segundo, que la fugaz relación con Eva en la primera novela, la “subversiva” que le recordaba a su fallecida esposa, ha devenido en enamoramiento, y Lascano quiere encontrarla aunque ni siquiera sabe qué pasará entonces. El tercero, que buena parte de su mundo ha desaparecido (ya no forma parte de la policía, ni tiene vivienda, ni modo de vida, ni prácticamente amigos, ni nada). El cuarto, que los mandamases de un banco le encomiendan una misión con la cual podrá ganar bastante dinero y salir del atolladero: encontrar al tipo que les ha birlado, mediante un atraco, un millón de dólares que por una de esas casualidades de la vida no figuraban donde tenían que figurar. Y el quinto, que un fiscal jovencillo anda empeñado en hacer justicia en relación a los crímenes cometidos por los militares, y Lascano es un testigo útil contra el mayor Giribaldi.
            Las historias se alternan. La de Lascano, la de Giribaldi, la del fiscal que acaba sacrificando el amor al trabajo, mal que le pese, la de Miranda, un singular atracador que es también, a su manera, un caballero... Todo se entrecruza, mezclado con la visión de la situación política argentina, los logros y las carencias, los actos, las omisiones y los cierres en falso,  de forma que el conjunto avanza acompasado hasta el final, todo directo, escueto, sin palabras vanas, con una prosa de una notable calidad y con una buena carga de crítica. La novela, pese a ceñirse a los hechos, rezuma sentimientos, muchos de los cuales nacen del miedo: el odio, la impotencia... Y casi, más que nacer del miedo, algunos nacen del terror, porque cuando la amenaza proviene de quien debería defenderte, que es lo que ocurre cuando la corrupción devora las instituciones, la vida es un sálvese quien pueda. La brutalidad, siempre latente, impregna la vida de casi todos los personajes; unos como ejecutores, otros como víctimas. El régimen militar ha caído, pero para Lascano han cambiado poco las cosas.
            En ese entorno el protagonista tiene mucho de idealista, pero también de jugador, pues se mueve por el mundo apostando a cuáles serán las reacciones de cada cual. Solo así puede anticipar, a falta de otros medios, los movimientos ajenos. Aunque para ciertos detalles “logísticos” necesarios para sacar la acción adelante, conserva contactos que en ocasiones puntuales le permiten ventajas policiales.
            Los diálogos siguen el mismo esquema que en Crimen en el barrio del Once, pero si entonces me costó un poco adaptarme, ahora los hubiera echado de menos, porque la forma en que están hechos (aunque alguna vez generen alguna confusión acerca de quién habla), con párrafos en cursiva donde cada intervención rara vez contiene más de una frase, producen sensación de inmediatez y realismo, debido a que el narrador se volatiliza dejando a los personajes a solas con el lector. La sensación -ahora hay narrador, ahora no-, merece la pena; cuando no lo hay el lector queda tan metido en la historia que enseguida agradece que vuelva el narrador a protegerlo interponiéndose entre el lector y los hechos, no vaya a ser que a alguien se le escape un tiro; aunque el deseo de volver de nuevo a primera línea no tarda en surgir.

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