En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



viernes, 6 de enero de 2017

El baile - Irène Némirovsky



                No hace mucho leí un artículo según el cual, así de tajante era, el rechazo es la peor experiencia por la que puede pasar el ser humano. El rechazo provoca heridas que jamás cicatrizan, que dejan para siempre ofendida la propia dignidad y, por supuesto, aniquila sin posibilidad de resurrección la confianza del rechazado hacia la otra parte. La división que causa el rechazo es eterna. El sentimiento es tanto más destructivo cuanta mayor es la implicación previa del rechazado en aquello de lo que es sacado a patadas o ignorado como si no existiera; y aún más si existe relación emocional -amistad, pareja, familia- con quien lo maltrata. En ocasiones, además, el maltrato es doble porque el maltratador, consciente de su actuación, para disimular, fortalecer su posición o lavar su imagen se dedica a ocultar la realidad al resto, e incluso llega hablar bien en público de aquel a quien en privado maltrata -como esos maltratadores que hablan flores de sus parejas maltradadas y afirman amarlas-, y así logra fama de generoso angelito mientras al rechazado puede caerle, sin ninguna culpa, la de desagradecido, soberbio o pobre imbécil. El maltratado acaba por no tener otra salida que marcharse.

                Cualquiera que haya pasado por algo así, sabe que no exagero.

                El baile, de Irène Némirovsky, que estos días he leído por segunda vez, es una maravillosa y durísima novela corta, muy corta, que basa su dureza en la idea del rechazo. De ahí la reflexión anterior.

Irène Némirovsky 1903-1942
                La protagonista es una mujer, esposa de un financiero judío inesperadamente millonario tras una operación especulativa. Rosine y su marido, el señor Kampf, son «nuevos ricos» en el sentido más humano de la expresión: tras una vida de estrecheces, esfuerzos y sacrificios soñando con la prosperidad, una vez alcanzada necesitan culminarla de la única manera que se les pasa por la cabeza: siendo aceptados como iguales por aquellos a quienes llevan años deseando parecerse. Para conseguirlo de modo que nadie -especialmente ellos mismos- tenga ninguna duda sobre la contundencia y legitimidad del logro, no tienen mejor ocurrencia que organizar un baile donde no falte de nada, en la mansión que han comprado, y al que invitan a cuantos consideran del estatus adecuado. También invitan a una peculiar pariente, más bien pobretona, resentida y envidiosa, con la «feliz» idea de que sus cotilleos trasladen al resto de la familia el esplendor alcanzado por los Kampf, haciendo bueno el cínico y acomplejado dicho de que las cosas buenas que nadie envidia, no son tan buenas.

                Llegado el día, la sociedad a la que los Kampf aspiran a pertenecer les da la espalda. El rechazo es absoluto. De ahí la terrible dureza del final, porque nada hay más doloroso que el rechazo y los Kampf se enfrentan a él sin nada, sin absolutamente nada que pueda consolarlos. Ahí radica la extrema dureza del rechazo: si tiene excusa, no es rechazo; y si no la hay, la única causa posible de la situación es uno mismo, convertido, sin palabras, como un indeseable a quien más vale no acercarse ni dirigir la palabra. Sin embargo, lo que el lector sabe y el matrimonio Kampf ignora es que ese rechazo no es posible saber si es real o no -seguramente no, o no tan radicalmente-, sino que su apariencia, que ellos tienen por cierta, ha sido causada por algo que ni se les pasa por la cabeza y que deviene en mayúsculo acto de crueldad precisamente por la extrema dureza psicológica que implica el rechazo.

                Esa crueldad ha sido tramada por la hija del matrimonio, una adolescente tímida y resentida que es tratada por su madre con una mezcla de desprecio y displicencia, porque Antoinette, que así se llama la hija, es vista por su madre todavía como una parvulita de ideas infantiles, mientras que Antoinette ya se ve a sí misma como una mujer adulta; unamos que el ansia de Rosine por culminar sus sueños le hace ser especialmente egoísta en esos momentos y no pensar más que en ellos, y completaremos ese retrato inicial causante de que, al principio de la novela, el lector sienta antipatía hacia Rosine, en ese momento un personaje acomplejado y odioso insensible ante la vulnerabilidad de su propia hija; sin embargo, y este es otro de los méritos del libro, la evolución de los acontecimientos transforma a la víctima en verdugo y al verdugo en víctima con una desproporción tal entre «crimen» y «pena» que no cabe hablar de justicia, sino de crueldad y de una injusticia más, y mucho peor, que se acumula a la anterior, haciendo buena la idea de que lo que se siembra se recoge multiplicado.

                Un libro corto, duro y tan simple y claro en su planteamiento que es imposible no detenerse a reflexionar sin sacar ideas claras.



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