He leído poca literatura japonesa. Un pelín de clásicos como Soseki y Mishima, algunos de Murakami y otros cuantos más desperdigados. El resultado es que estoy lejos de calar la idiosincrasia japonesa, tan lejana de la europea y aún más de la latina. Para colmo, tengo la sospecha de que entre la literatura japonesa comercial que se abre camino en occidente hay mucho personaje construido sobre estereotipos cuya confirmación gusta al lector occidental.
Lo digo porque los personajes secundarios que rodean a Keiko Furukura, la rotunda protagonista de «La dependienta», son bastante normales a nuestros ojos, a diferencia de ella. Así que, ¿cuáles son los verdaderos japoneses? ¿Ella o sus compañeros? Las rarezas de Keiko son dos. La primera, sobre la que se pivota la novela, es su incapacidad absoluta para la empatía. La segunda es la que dudo de si responde intencionadamente a los estereotipos que he citado: mientras que los compañeros de «reparto» de Keiko tienen reacciones predecibles y equivalentes a las nuestras, ella responde esa idea tan occidental de que los japoneses son personas que cuando están cómodamente te miran fijamente a los ojos; que cuando se sienten agitados parpadean una vez; que cuando son víctimas de una pasión incontrolable que los tiene a punto de estallar parpadean dos veces y que, si parpadean tres, es porque están muriendo de un infarto; gente que no se inmuta por nada, de modo que, vistos desde fuera, son máscaras.
La novela, breve, comienza dando cuenta de dos episodios infantiles de Keiko que hacen pensar en una niña bastante bruta. Error. Lo que la autora quiere decir es que Keiko no tiene capacidad para la empatía. Pero de eso el lector se da cuenta luego, así que el comienzo no es muy brillante que digamos. Que Keiko sea incapaz de ponerse en el pellejo de los demás también debe mucho a que no comparte en nada sus valores. Valores que la autora reduce a dos: trabajo y matrimonio (o relaciones afectivas y sexuales). Cualquier bicho viviente que se precie de serlo, nos cuenta, busca un trabajo digno de tal nombre y funda una familia; o, al menos, le da alguna alegría al cuerpo. Keiko, en cambio, se conforma con un trabajo de dependienta por horas que solo le permite sobrevivir en un agujero con cuatro paredes y sin espacio ni para estornudar; y para ella la afectividad, en cualquiera de sus expresiones, es algo incomprensible.
Sayata Murata no expone ni analiza causas ni consecuencias. Solo expone: a un lado Keiko, la rara, al otro el mundo. El mundo mira a Keiko como lo que es, una mujer extraña, y ella, incapaz de entender por qué el mundo opina así, se esfuerza en simular que es igual al resto. Esto no es una lucha por ser ella misma, ni mucho menos por su dignidad. Es solo una superficial estrategia de supervivencia.
La tienda, abierta 24 horas al día todos los días, está situada en un barrio de oficinas. La rotación de empleados es enorme porque es un mal trabajo. Todos son gente joven, estudiantes. Keiko pronto se convierte en el dinosaurio. Nadie, ni sus compañeros, saben por qué sigue año tras año en un trabajo como ese. Atreverse a preguntar al respecto origina una apariencia de confianza que abre una puerta a la otra pregunta: y de amores, ¿qué? Y ahí se termina todo: todos sufren o se pasman por la falta de ambición laboral y personal de Keiko mientras ella, incapaz de saber por qué piensa así la gente, tampoco se preocupa por reflexionar sobre sí misma. Su máxima preocupación es, como ya he dicho, disimular lo posible para que la dejen en paz. Es esto lo que la conduce, en el tercio final de la novela, a una absurda escapatoria donde se manifiesta lo que he dicho de los parpadeos: transforma su existencia en un berenjenal sin inmutarse. Luego, alcanza un final feliz previsible que puede interpretarse como un «que le den morcilla al mundo». Sería un final moralizante si Keiko fuera consciente de su propia dignidad, pero como lo es más de su comodidad que de sí misma deja un poso extraño: que el éxito del lunático solitario sea seguir siéndolo hace de su éxito, siempre, un pacto amable con la soledad.

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