Mariana Mazzucato, italiana de nacimiento, trasladada a los cuatro años a Estados Unidos y vuelta a Europa a los 32, es una de las economistas más reconocidas en el complejo análisis de la innovación y de su relación con el crecimiento a largo plazo. Es profesora en la London Business School y en la Universidad de Sussex.
«El Estado Emprendedor», he resumido grandilocuentemente en redes, es un libro profundo y brillante que deben leer todos los economistas dignos de tal nombre y todos los políticos de alto rango, siempre que ambos quieran seguir siendo lo que son. La razón es que comprender este libro es una forma de comprender el mundo o, al menos, el motor oculto de la economía y del estatus geopolítico. Antes de intentar explicarlo advierto que el libro, aunque escrito con evidente ánimo divulgativo, utiliza una catarata de conceptos técnicos que, con la vehemencia con que habla la autora, pueden pasar desapercibidos para el profano provocando que no entienda ni jota o, lo que es peor, que entienda mal. Es un libro relativamente fácil de leer, pero no de entender si no sabes bastante de economía.
El subtítulo de la obra es algo engañoso: «La oposición público vs. privado y sus mitos» no alude al tradicional y vacuo debate popular acerca de cuál de los dos sectores es más eficaz (la opinión pública considera que es el privado, creencia arraigada desde los orígenes del liberalismo a pesar de las concluyentes evidencias y argumentos en contrario), sino a los mitos en torno a la innovación. Dicho lo cual toca aclarar el título, porque en España es frecuente sustituir el término «empresarios», desprestigiado por frecuentes malas praxis, por «emprendedores». Pero este libro utiliza el término «emprendedor» en sentido muy estricto: emprendedor no es quien realiza una actividad económica (¿qué emprende ese?), ni tampoco quien la inicia, sino quien innova.
La innovación implica «destrucción creativa», término acuñado por el célebre economista Joseph Schumpeter (1883-1950), porque cada nueva tecnología provoca la obsolescencia de otras o de ciertos sectores. Por ese motivo cada nueva tecnología origina un efecto acumulativo: no solo se beneficia de nuevos mercados y/o nuevos clientes sino que se «apropia» de golpe de los mercados que deja obsoletos. El potencial enriquecedor de la innovación es, por tanto, enorme: permite «robar» mercados enteros a otras empresas e incluso a otros países; por ejemplo, si alguien ideara un sistema que sustituyera al automóvil y fuera capaz de comercializarlo con éxito se apropiaría, de golpe, en un breve plazo, de todo el valor del mercado automovilístico, como la telefonía móvil (para el público ciencia ficción desde el origen de los tiempos) se ha apropiado, en el plazo de muy pocos años, de casi todo el valor de la fija (ciencia ficción durante cien años menos) creado durante un siglo.
Además de acumulativo la innovación tiene también carácter colectivo. No proviene del sabio encerrado en un laboratorio, sino que son muchos grupos sociales los que intervienen: hay redes de investigación básica, de investigación aplicada, de financiación, de difusión y puesta en común del conocimiento, de producción de prototipos, de clientes especializados, de fabricantes, de producción en masa, hay redes de comercialización… Y, por supuesto, están los usuarios. El modo en que el proceso innovador afecta a cada uno de estos grupos puede crear círculos virtuosos, si los resultados son tan equilibrados en términos de esfuerzo y recompensa que retroalimentan la innovación o, por el contrario, puede crear tendencias al declive porque cuando el esfuerzo y la recompensa no están equilibrados alguien se está apropiando del esfuerzo ajeno y esto tiene un límite. Antes de él surgen las tensiones, fricciones y desigualdades que más tarde acaban estallando y acabando con el sistema. Cómo se articula la innovación compromete la innovación presente y la futura.
El primer mito que Mazzucato combate es el de la importancia del volumen del gasto en I+D medido en términos de PIB. La evidencia internacional disponible permite asegurar que no hay una relación directa entre ese dato y la innovación. ¿Motivos? A pargo plazo la I es mucho más importante que la D. La investigación pública protagoniza la I, la privada se centra en la D, como luego explicaré. Un mismo dato, por tanto, tiene implicaciones muy distintas según su composición. El otro motivo es que el «café para todos» (recursos para todas las empresas, como las deducciones fiscales por I+D o las subvenciones no discriminatorias con ese fin) es ineficaz comparado con las políticas de «elección del ganador», fundadas en la selección de medios y compromiso, las cuales, a su vez, tienen otras implicaciones, a las que también más tarde me referiré.
Tampoco sale bien parado el número de patentes como indicador del potencial de la innovación, debido a los mismos factores: hay muchas más patentes debidas a la D que a la I, pero son las últimas las verdaderamente relevantes.
Por razones políticas Estados Unidos siempre ha presumido de liberal, de ser el país de las libertades donde el talento puede hacerse a sí mismo; la política norteamericana presume de que la iniciativa privada ha sido el motor de la innovación tecnológica que ha cimentado su poderío económico y militar desde la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, señala Mazzucato, la realidad ha sido exactamente la contraria: ha sido el Estado quien ha ideado, impulsado y protagonizado los más importantes avances, quien ha realizado, estimulado y financiado la investigación básica y las primeras investigaciones aplicadas hasta que, veinte o treinta o más años después (en función de la tecnología), con el riesgo drásticamente reducido gracias a esa actuación, aparecen las empresas y el capital riesgo para desarrollar y comercializar (y financiar el desarrollo y la comercialización) los avances previamente costeados con dinero público. En la I+D empresarial casi no hay I. Las empresas se apuntan al éxito sin apenas asumir riesgos. Ha sido el Estado el responsable directo de la creación, entre los ejemplos que cita, de la informática, internet, la tecnología GPS, la biotecnología y la biofarmacia, la nanotecnología o las energías verdes. Todas ellas, en sus infinitas variantes, han sido tecnologías disruptivas.
¿Cómo ha funcionado el modelo norteamericano? ¿Con qué vicios y virtudes? ¿Hacia dónde va?
El modelo estadounidense se ha basado en entidades públicas de pequeña dimensión, dirigidas por personas eminentes en sus campos. En el cuadro que incluyo más adelante sobre Apple se mencionan algunas de ellas. Estas entidades han tenido un elevadísimo grado de autonomía para elegir y orientar investigaciones y han dispuesto de enormes presupuestos mantenidos (esto es clave) a largo plazo, en general, con la excusa de la seguridad nacional. Hay otro factor igualmente clave: la gran tolerancia al fracaso, porque cuando se buscan caminos que nadie ha siquiera imaginado el fracaso es frecuente y hay que asumir muchos antes de alcanzar un solo éxito. Estas entidades señalan esos rumbos «imposibles» y embarcan en la singladura a las universidades públicas, los laboratorios nacionales, otras entidades públicas y también a algunas empresas privadas que reciben así financiación pública por su colaboración. Muchas investigaciones fracasan, pero otras logran alcanzar el conocido «valle de la muerte»: el que va desde el conocimiento generado hasta su explotación comercial. Una vez en él también son los recursos públicos los que permiten atravesarlo: primero, porque la propia organización que he descrito tiene en cuenta la importancia de los desarrollos comerciales y de la creación de redes de producción y distribución; es decir, de la creación de un nuevo mercado antes inexistente; y, segundo, porque es el Estado quien se convierte en el primer y gran cliente de toda nueva tecnología, lo cual es otra forma de seguir financiándola.
El Reino Unido intentó replicar ese modelo. Fracasó. En otros países es inviable por su idiosincrasia, pero en todos la dirección y financiación pública de la investigación ha sido la norma de uno u otro modo. En algunos casos, como Japón, Alemania, Finlandia o China el protagonismo del Estado también ha sido evidentísimo y determinante.
Cuando Mazzucato escribió este libro (2015) el modelo norteamericano ya había comenzado a hacer aguas debido a la acumulación de desequilibrios, lo cual está conduciendo al declive de los Estados Unidos. Esta es una de las razones de ser de ser de este libro. La otra, la más importante y profunda, es determinar las dinámicas de crecimiento vinculadas a la innovación.
Cuando el mecanismo descrito es equilibrado se produce una relación simbiótica entre todos los partícipes. Todos ayudan a todos y todos salen ganando. Pero cuando no es así la relación pasa a ser parasitaria y, por tanto, el crecimiento de unos se hace a costa de otros, lo que acaba obstruyendo e incluso destruyendo el sistema.
Es lo que está ocurriendo en Estados Unidos, donde la empresa privada se ha convertido en parasitaria del sistema en perjuicio del resto de participantes, entre los que se incluye la sociedad, como usuaria de la tecnología (y financiadora vía precio) y aportante de mano de obra cualificada y no cualificada, con graves implicaciones en la distribución de la renta. Voy a explicarlo.
Como he dicho, ha sido el sector público y el dinero público quienes han iniciado y sostenido durante décadas la investigación básica y las primeras investigaciones aplicadas en cualesquiera de las tecnologías que podáis imaginar. Solo dinero público, porque las empresas no emprenden programas de inversión de éxito incierto con un horizonte de treinta, cuarenta o cincuenta años. No es que sea un fallo de mercado, señala Mazzucato, es que no hay mercado para las tecnologías aún inexistentes y es el Estado quien debe crearlo creando previamente esas tecnologías. Luego, cuando tras décadas de inversión pública la explotación comercial está próxima y por fin el capital riesgo se involucra, reclama resultados tan inmediatos que se separa de los proyectos en un plazo medio de tres años (cinco, a finales del siglo XX), lo cual no permite sostener financieramente los numerosos proyectos que siguen necesitando financiación hasta ser tecnologías maduras. Para acabar de liar las cosas el capital riesgo ha acuñado el mito de que «lo pequeño es grande» sobre la romántica idea de que Google «se creó en un garaje» y Apple o Microsoft casi también. En realidad, estas tres empresas y todas como ellas se beneficiaron de la investigación pública previa, incluido el algoritmo de búsqueda de Google. La razón por la que ese mito se ha creado y difundido es porque el capital riesgo tiene más oportunidades de negocio con nuevas entidades (startups) que con las grandes corporaciones con músculo suficiente para financiarse sin recurrir al capital riesgo, pero no porque ese modelo sea mejor ni más eficiente. Al contrario: las precipitadas salidas del capital riesgo para materializar beneficios ha supuesto, como ya he apuntado, la condena de numerosas empresas.
Y ocurre, también, que la empresa privada se cuelga la medalla de la innovación tecnológica (apoyada por un relato político interesado en la defensa del liberalismo) y, lo que es peor, y contra esto Mazzucato es enormemente beligerante, se apropia de los beneficios de décadas de investigación pública o financiada con dinero público: es la empresa privada quien gracias a la investigación pública obtiene monstruosos beneficios que no generan ningún retorno al Estado, ni siquiera por la vía fiscal debido a los complejos entramados de elusión y deslocalización.
Mazzucato pone infinidad de ejemplos de todo lo que dice sin que sea fácil encontrar argumentos y ejemplos en contra. El de Apple es clarificador: todas las tecnologías que están detrás del iPod, el iPhone y el iPad han sido desarrolladas con fondos públicos, como señala el cuadro adjunto junto a las entidades públicas que realizaron la investigación. El mérito de Apple ha sido desarrollar un software capaz de integrar todas esas tecnologías en un solo dispositivo de diseño atractivo, y su cuenta de resultados se nutre así del producto de enormes volúmenes de financiación pública mantenida durante décadas. Del valor generado por Apple apenas nada vuelve al Estado por vía fiscal, debido a los montajes que he señalado; para colmo, del valor añadido casi un 40% se va fuera de Estados Unidos para pagar la mano de obra que realiza el montaje en Asia. En Estados Unidos solo queda un valor añadido residual para las personas de la red interna de comercialización y para los programadores e ingenieros diseñadores, y un valor añadido estratosférico en forma de beneficios para poquísimas personas; por ejemplo, los 9 directivos mejor pagados de Apple en Estados Unidos ganan más que otros 17.000 empleados juntos. En la industria farmacéutica, investigaciones financiadas con dinero público se han desarrollado y comercializado por empresas privadas (¡que no han gastado un dólar en esa investigación previa imprescindible!) a un precio que multiplica por veinte su coste de producción. En el caso de cierto fármaco para enfermedades raras, la mayoría de contribuyentes que pagaron las investigaciones no pueden beneficiarse del fármaco porque se comercializa a 350.000 dólares el tratamiento anual.
El argumento tradicional para justificar los muy elevados beneficios empresariales (es justo que el empresario gane mucho porque es quien ha asumido el riesgo) cae por su propio peso: quien ha asumido el riesgo es el Estado, que no ha visto un céntimo de los beneficios; y quienes se apropian del beneficio y hasta del prestigio de la innovación son empresas privadas que gracias a que ese trabajo previo y no remunerado del Estado han eliminado o reducido drásticamente el riesgo que asumen.
Se socializan las pérdidas inherentes al riesgo y se privatizan sus beneficios.
En otras palabras: el contribuyente financia investigaciones que han generado beneficios monstruosos que quedan en manos privadas. En muy pocas manos privadas. El Estado, que de obtener algún retorno de esas cruciales investigaciones exitosas podría financiar los fracasos y/o dedicar recursos a nuevas investigaciones, sigue teniendo que recurrir al contribuyente mientras cuatro gatos adquieren un poder desmesurado. Además, esos monstruosos beneficios privados no se destinan más que marginalmente a nueva investigación privada, y en numerosas ocasiones van a programas de recompra de acciones para aumentar el valor de las acciones de los propietarios y justificar bonus y otras prebendas. Las compras de empresas que permiten estos ingentes beneficios producen una acumulación de poder social sin precedentes en manos privadas, aunque en esto Mazzucato ya no entra. En definitiva, el modelo estadounidense ha devenido en un mecanismo parasitario en el que unos pocos engordan muchísimo a costa del esfuerzo de todos. Esto desarma el sistema antes o después y origina un incremento de la desigualdad insostenible a largo plazo.
La deriva del modelo causada por estos desequilibrios se está empezando a ver ya. Están empezando a afectar a la última gran tecnología disruptiva en marcha, las tecnologías verdes (eólica y fotovoltáica), a la que Mazzucato dedica una enorme atención.
Los primeros desarrollos de la energía fotovoltáica datan de los años 50 del siglo XX, aunque el desarrollo con fuerza de la investigación básica y de las primeras aplicadas (tanto en energía fotovoltáica como eólica) comenzó en los años 70 del mismo siglo estimuladas por las dos crisis energéticas de esa década. Desde entonces la investigación y los avances se han ido desarrollando gracias a la enorme y callada inversión pública. Pero Estados Unidos, a diferencia de China, ha comenzado a pinchar debido a los desequilibrios señalados. En particular, la crisis de la deuda privada de finales de la primera década del siglo XXI produjo la socialización de enormes pérdidas privadas y con ella una rémora para todo lo demás, que hubiera sido evitable de haber tenido retornos los grandes éxitos previos de la investigación pública (la informática, internet, la nanotecnología, la biotecnología...). Por cierto, solo una vez sale España mencionada en este libro (publicado en 2015): para criticar el parón impuesto a las energías verdes.
Por cuándo está escrito, el libro no puede entrar en las consecuencias de la administración Trump, pero todo apunta a que se está desmantelando el sistema que ha fundado y sustentado la supremacía tecnológica, y por tanto económica y militar, de Estados Unidos, al tiempo que se apoyan y justifican las peores consecuencias del mismo.
Mazzucato termina el libro dando una serie de recomendaciones sobre cómo reequilibrar el sistema para que el Estado, el contribuyente, obtenga un retorno de su ingente gasto en investigación. Algunas propuestas, como las de los bancos de desarrollo que con éxito se han usado en otros lugares y tiempos y con éxito utiliza China, son razonables y ya conocidas. Otras topan con la intolerancia ideológica (o la miopía) de un país que presume, volviendo al principio, de hacer lo contrario de lo que ha hecho: que el Estado, el contribuyente, pueda explotar el resultado de sus propias investigaciones exitosas a través de royalties u otros mecanismos es una forma, a ojos de muchos exaltados, de comunismo, término que en Estados Unidos sirve para zanjar, sin argumentos, demasiadas controversias.


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