En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 11 de junio de 2018

El asesinato de mi tía – Richard Hull




                He aquí una novelita publicada en 1934 en la tradición del humor inglés de principios del siglo XX, que en parte recuerda a Wodehouse, esa clase de novelas con un tipo de humor y un entorno que décadas más tarde desembocaron en Tom Sharpe.

                ¿A qué me refiero? Al marco espacial –la campiña, en este caso en Gales- con su casa solariega, y a unos protagonistas de clase media-alta venida a menos, gruñones y protestones que están reñidos con el mundo por estar presos de sus manías y de unos valores obsoletos que les hacen creerse muy por encima del vulgo en cuestiones estéticas, de decoro y de buen nombre.

                El protagonista, Edward Powell, es un joven gordinflas con ínfulas cuyo diario forma la mayor parte de la obra. El afectado modo en que se expresa y cómo maquilla y deforma la realidad permiten al lector divertirse al no dejar de adivinar las enormes diferencias entre la realidad y lo que se le cuenta.

                Edward está harto de su tía Mildred, con la que se ve obligado a vivir y de la que depende económicamente. Ambos se aborrecen y mortifican continuamente, pero la tía está en situación dominante porque Edward no solo es un inútil incapaz de ganar un penique, sino que, además, aunque se crea listo es incomparablemente tonto.

                De ahí que el día en que la paciencia de Edward llega al límite la única solución que se le ocurre es eliminar a su tía. Debe hacerlo, claro está, de modo que no dé con sus huesos en la cárcel. En resumen, «que parezca un accidente». A partir de aquí conocemos sus estrambóticas ideas y reflexiones, las ofensas que sufre o cree sufrir, aquellas que inflige creyendo hacer justicia, las ocurrencias, reflexiones, experimentos y cautelas que adopta. Ni que decir tiene que el hombre es un desastre cuya manifiesta petulancia impide que el lector lo vea como él desea, y así antes lo ve disfrazado que elegante.

                Cierto es que, de puro concienzudo e inútil que Edward resulta, llega a crearse cierta complicidad con el lector, a lo que no ayuda poco el seco e inquisitorial carácter de la tía, lo cual no deja de producir una sensación incómoda: ¿cómo sentir alguna simpatía hacia un proyecto de asesino? Además, durante tres cuartas partes de la novela ocurre lo que en muchas de las que he aludido al principio: se trata de una historia «de situación» en la que la gracia no está en cómo avanzan las cosas –no lo hacen hacia ningún sitio- sino en observar la cabalgata de los sinsabores de Edward, lo que hace que resulte repetitiva. Sin embargo, hay que llegar al final pues es en él cuando vemos que la novela sí ha ido avanzando sin que nos diéramos cuenta hasta llegar a ese final y, sobre todo, a un último párrafo genial en el que la broma del autor hacia el lector, a cuenta de la novela en su conjunto, dota de un sentido nuevo a todo. No explico el motivo para no chafar la sorpresa a nadie, pero sí digo que es toda una maravilla del humor que, por sí sola, hace que merezca la pena leer El asesinato de mi tía


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