En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 17 de septiembre de 2018

La sonrisa de Angélica – Andrea Camilleri




La sonrisa de Angélica (Serie Montalbano, 21)


                Orlando se cabreó con Angélica por cierto asuntillo de ésta con Medoro. Del sofocón, Orlando se cargó árboles, ríos, pastores, ganado, casas... ¿Quién no ha tenido un mal día? Hasta don Quijote lo imitó.

                Son pocos los que han leído Orlando furioso. El comisario Montalbano lo hizo en su juventud, nos cuenta Camilleri, pero en forma de cómic, y en sus páginas Angélica era tan sensual y atractiva (para eso era Angélica la Bella) que se adueñó de las fantasías lúbricas del adolescente. Por aquel motivo, cuarenta años más tarde Montalbano se queda pasmado y patitieso al conocer a la víctima de un robo y encontrarla en todo igual a la Angélica del cómic.

                Y cómo sonríe la condenada. Igualita a Angélica.

                Menuda tentación.

                Una tentación, dicho sea de paso, bastante receptiva a los cada día más decrépitos encantos del comisario, cuyo parecido con Orlando no va más allá de cierta propensión al cabreo y de un afán justiciero que en el caso de Montabano más tiene de quijotesco que de caballeroandantesto.

                Angélica ha sido víctima de un robo en su casa, he dicho. De un robo ejecutado mediante una mecánica original y varias veces repetida en poco tiempo en torno a los integrantes de cierta lista de amigos y conocidos de la primera de las víctimas. Esto hace prever que las nuevas víctimas, de haberlas, van a ser también de ese grupo, aunque no está tan claro que el delincuente pertenezca a él. Tampoco está claro qué persigue.

                El asunto se enreda por varios motivos. El primero, ya mencionado, por la interferencia de la tentación, que hace bajar a Montalbano la guardia. Y el segundo, que parece relacionado (en la forma, que no en el fondo) con la novela anterior –La búsqueda del tesoro-, porque nuevamente aparece un tipo que se cree tan listísimo como para retar al comisario, por escrito y desde el anonimato, acerca de la evolución de los robos. Por supuesto, que el delincuente delinca es una cosa, pero que se chotee por anticipado de la autoridad, es otra.

                Otra buena novela de la saga, con todos los recursos tradicionales de Camilleri dosificados con moderación, incluyendo, esta vez de modo preeminente, la presencia de una mujer bella y que, pese a todos los pesares y achaques de la edad, el comisario sigue resultando inexplicablemente atractivo a cuanta fémina se cruza en su vida. Quizá sea este el aspecto más «caballeresco» de Montalbano, más que los cabreos ordanlescos: que es el héroe de la novela y, como buen héroe buenazo, al final todo el mundo se rinde a sus pies.



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