En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.


miércoles, 12 de septiembre de 2018

La búsqueda del tesoro – Andrea Camilleri




La búsqueda del tesoro (Serie Montabano, 20)

                Que cierto porcentaje del personal está como una regadera lo saben bien policías, médicos y cuantos desempeñan profesiones por las que, guste o no, antes o después debe pasar todo el paisanaje. Esta circunstancia viene muy bien para los escritores de novelas negras repletas de agentes de la autoridad, porque por disparatado que parezca algo siempre hay un chiflado dispuesto a demostrar que si los escritores utilizan la imaginación para crear ficción, otros la usan para crear realidades. No es que la realidad supere a la ficción: es que ambas viven de las mismas fuentes: la imaginación y las ocurrencias de cada hijo de vecino. De este modo es más sencillo que hasta tramas tan enrevesadas como esta tengan autenticidad (no confundir con verosimilitud), que es lo que cabe pedir a todo escritor.

                La búsqueda del tesoro comienza cuando dos hermanos, octogenarios, recluidos en su vivienda desde hace tiempo, se lían a tiros desde las ventanas. Tan poco civilizada manera de expresar su opinión sobre el mundo conduce donde debe gracias a la obra, milagros e imprudencia del cada vez más viejo comisario de Vigàta, Salvo Montalbano. Al registrar la casa encuentran un montón de rarezas, como una sala con un bosque de crucifijos y, en otra habitación, una decrépita muñeca hinchable del año en que reinó Carolo, de esas que parecían cuatro globos mustios atados a un palo de escoba.

                Pero con una pareja de ancianos con un tornillo flojo y a los que para reducir basta que se queden dormidos o algo así, la novela no hubiera ido más lejos. Por eso suceden otras cosas, aparentemente inconexas.

                La primera, que una joven y guapa chica (en las novelas de Camilleri siempre hay una mujer particularmente hermosa) desaparece.

                La segunda, que otro pirado se dedica a enviarle pintorescas cartas a Montalbano que él debe descifrar para intentar averiguar no sabe qué, porque el asunto parece un reto a ver quién es más pito de los dos.

                La tercera, que por chiripa aparece en por ahí una muñeca hinchable exactamente igual a la de los abuelos chiflados. Igual en todo. Hasta en los desperfectos.

                La cuarta, que, para incordiar a Montalbano -o para ser utilizado por él, que el comisario es un tipo práctico- el pobre hombre anda haciendo de gallina clueca de un muchacho, estudiante él, recomendado por su despampanante amiga Ingrid. El chaval desea conocer los peculaires procesos mentales por los que el comisario suele desentrañar los casos, vía intuición y en contra de las evidencias.

                Lo típico en Camilleri y en tantos otros: varias historias independientes que el lector comienza a conocer el paralelo y que, a partir de un punto, se mezclan paulatinamente hasta producir resultados sorprendentes. La técnica no es novedosa, lo meritorio es que, una vez más, Camilleri es capaz de liar las historias de un modo tremendo para resolver todo de manera brillante, y eso que en su contra juegan la edad y las docenas de historias previamente publicadas. Como siempre también, que es marca de la casa, detrás de cada crimen suele haber un motivo humano, que no una justificación, porque la maldad para Camilleri no existe si no es vinculada al dinero: fuera de él, el daño solo lo causan los locos y personas tan débiles que son capaces de causar estragos arrastrados por su propia debilidad.

                Una magnífica novela, fácil de leer, como todas las de este autor, entretenida, que capta la atención desde el principio y en la que, sin renunciar a las gracias recurrentes derivadas del carácter, manías y costumbres de los personajes habituales, se reducen al mínimo las explicaciones de cada rareza para informar a los nuevos lectores sin hartar a los antiguos. Grande, Andrea Camilleri.


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