En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 13 de mayo de 2013

El antropólogo inocente – Nigel Barley




El antropólogo inocente no es un libro de humor, pero como si lo fuera, porque la forma en que están contadas las peripecias del autor en el país Dowayo es, en algunos momentos, desternillante.

A finales de los 70 Nigel Barley era un joven antropólogo y se debatía entre la teoría y el trabajo de campo. La historia se inicia con divertidas reflexiones sobre cómo la comunidad científica utiliza una u otra tarea para darse ínfulas (cada uno apuesta por lo que le conviene, por supuesto) y cómo ese deseo condiciona la índole de los trabajos a desarrollar, dejando en segundo plano el interés y el rigor científico (que también ceden ante factores relativos a la comodidad del investigador). Estas reflexiones son las que lanzaron a Barley a hacer trabajo de campo, y el lugar elegido (que pudo haber sido cualquier otro) fue la remota zona de Camerún donde habitan los dowayos.

Y para allá se fue el hombre, un año y pico, a convivir con una cultura y una naturaleza desconocida, como casi desconocida era nuestra cultura para los dowayos.

El cúmulo de problemas administrativos en una burocracia plagada de inutilidades y sinsentidos y, luego, los abusos a los que el extranjero debe ceder, son el prólogo de una experiencia insólita, por las enormes diferencias culturales. Los contrastes que lo mismo sorprenden a Barley que lo hacen aparecer a ojos de los dowayos como un bicho rarísimo son constantes y divertidos. Los problemas con la lengua, otro tanto. La lógica dowaya, aplastante. Todo lo cual, conducido por la dificultad para hilar el sentido de ciertas tradiciones dowayas, alumbra un relato inteligente, muy humorístico y, a la vez, formativo. Y es divertido pese a que la historia de Barley es la de un extraordinario cúmulo de calamidades y penalidades; una historia que, sin humor, sería como para volver loco al más pintado.

Así, el lector se encontrará con nativos que critican el racismo de los blancos a la vez que afirman que jamás de los jamases se les ocurriría relacionarse con los de no sé qué otra etnia, con dificultades idiomáticas que producen divertidos equívocos, con la picaresca dowaya, con su generosidad, con los hechiceros capaces de afirmar que una canica moderna es una piedra preciosa con varios siglos a cuestas legada de generación en generación, con una lógica que vincula los precios no a las cosas sino a cada persona porque es más justo que pague más quien más tiene, con una sociedad donde una cerveza abre todas las puertas, y donde el occidental se encuentra desplazado incluso climatológicamente, porque el calor y la humedad son un pudridero instantáneo para la mayoría de los alimentos.

Unido a esto, la distancia que el antropólogo debe poner con el pueblo estudiado, de forma que no interfiera en sus costumbres ni las juzgue, ofrece una visión de respeto a lo distinto que se complementa con el respeto que, a su vez, los dowayos profesaron al distinto. Y el mutuo esfuerzo por conocerse produce una sensación casi de alivio, de confianza en el género humano, cuando tantos casos hay hoy de lo contrario: de gente empecinada en negar la existencia del otro, de ignorarlo o de menoscabarlo, o de afirmarse sobre la base de la negación del otro.

Narrado con un excelente sentido del humor, es una lectura que ha resistido perfectamente bien los treinta años que han pasado desde su publicación. Un libro que nadie se arrepentirá de leer.




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