En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 20 de junio de 2016

Contra Juan José Millás



     En contra, solo en apariencia. Si lo he interpretado bien, a favor.

     Juan José Millás, a quien leo y admiro, publicó el viernes una columna cuyo contenido me permito resumir así: quien se hace famoso sea por cocinero, delincuente, astronauta o bruto, acaba publicando un libro. Los escritores, en cambio, no pueden hacer el camino inverso. Visto el número de firmas en las ferias del libro de unos y otros, al escritor le dan ganas de dedicarse a otros menesteres; pero es escritor, y seguirá siéndolo incluso perdido en medio de ese circo.

     Aunque para circo, el de los escritores, pseudoescritores y aspirantes a serlo que han compartido el artículo en las redes, alborozados porque uno de los grandes haya puesto voz y altavoz a tamaño intrusismo, a esa suerte de competencia desleal, a esa conjunción planetaria, una más, que les impide ser «best sellers» y recibir su merecida gloria en la prensa nacional. Conocí el artículo gracias al impaciente que en lugar de compartirlo mediante su enlace, lo fotografió en el periódico para difundirlo de inmediato.

     Se le podría replicar a Millás que, contrariamente a los que afirma, son legión los escritores que practican todo intrusismo al calor de su mucha o poca fama literaria. Sin red, saltan de la novela (buena o mala) a pontificar sobre política internacional, económica o educativa sin saber nada sobre estos temas, y se quedan tan panchos; o se meten a tertulianos -incluso sin cobrar si no tienen nombre suficiente-, solo para adquirir otra fama, «extraliteraria», que poner al servicio de sus libros en el mejor de los casos o, en el peor, porque su verdadero objetivo es solo ser famoso, que en estos tiempos es una profesión; y son infinitos los que consideran que su cenit «literario» es ser llevado al cine o a la televisión. A ninguno se le ocurre que desplazan a guionistas, economistas, analistas, periodistas… Y, también contrariamente a lo que dice Millás, hay muchos escritores que acceden a la política en puestos notables; me vienen a la cabeza alguna escritora devenida primero articulista, luego tertuliana televisiva y, finalmente, diputada, y algunos ex ministros y directores generales nacionales y autonómicos. Se le podría replicar eso. Pero cada cual tiene derecho a intentar hacer con su vida lo que buenamente pueda, y además no es esta la cuestión.

     Tampoco lo es recordar la evidencia de que el libro, como la televisión, es solo un formato que da soporte a un batiburrillo de expresiones: poesía, soflamas, desarrollos matemáticos, historia, ficción, recetas de pollo al chilindrón, guías de restaurantes, consejos para ser feliz, trucos de cartas... Todo se vende en librerías y en ferias que suelen ser del libro, y no de literatura.

     Sí va en la línea de la literalidad de su artículo algo que, por afectarme, en ocasiones he dicho: junto a la literatura (de humor, especificaba yo) se incluyen libros completamente ajenos a ella. Un problema en muchos géneros, pero no achacable a la celebridad televisiva que recopila sus gracias o al médico que acumula anécdotas hospitalarias, sino a quienes venden libros, pues ser prolijo al clasificar aturde al lector. Resultado: a saber qué puede acabar en la misma lista que un recetario de las monjas benedictinas.

     También podría recordar a Millás que las grandes editoriales, para serlo y ofrecer sus ventajas a autores consagrados como él, necesitan grandes números, y un millar de libros de un gran escritor suponen menos ingresos que diez mil del último botarate autodegradado en un plató..

     Se podrían contestar muchas cosas a Millás, pero el problema no es el que apuntan sus letras, sino el que asoma entre sus líneas: Que se vende menos literatura.

     En las palabras de Millás no percibo la envidia que dice temer que le achaquen, sino frustración. Y no porque el pequeño Nicolás de turno se encarame a lo alto de una lista de ventas, sino porque cada vez se vende menos literatura. Y menos literatura buena. Tiradas más pequeñas y autores, grandes autores, arrinconados. No creo que Millás se queje de que vende menos que Belén Esteban. Creo que se queja de que vende menos que antes. Y como él, casi todos los buenos escritores. Si a su lado un indocumentado se hincha de firmar libros y acaba desplazándolo de los expositores de las librerías, a ver quién en su pellejo no acaba o enojado o deprimido.

     La lectura, que para casi todos los lectores es una forma de ocupar el ocio, se enfrenta desde hace años a una competencia creciente y con un poderío económico espeluznante. Se da el caso, incluso, de que los grandes grupos de comunicación se hacen la competencia a sí mismos en un intento de ocupar la mayor parte posible del mercado, y las áreas que priman, las más rentables, acaban hundiendo al resto.

     La cultura, la historia lo demuestra, puede avanzar y retroceder. Muchos de los antiguos lectores de Millás, Marsé, Vargas Llosa y tantos otros hoy «no tienen tiempo» para volver a ellos porque están en el sofá viendo Salvados o Master Chef, o porque no sé dónde han abierto un restaurante yemení, o porque les dan las tantas colgando consejos en las redes sociales. Y no olvidemos que, además, cada semana hay dos partidos del año.

     Para la literatura, que durante siglos fue uno de las principales maneras de ocupar el ocio, además de una de las más enriquecedoras, es difícil, quizá imposible, competir en grandes números con opciones que colocan ante tu nariz satisfacciones inmediatas y primarias. Y más para la literatura de calidad, que requiere lectores capaces de disfrutarla. Pero los escritores, los verdaderos, los que, como dice Millás, tras escribir un libro comienzan a pensar en el siguiente, los que no tienen por objetivo la fama y consideran las ventas un medio y no un fin, solo tienen una alternativa: seguir escribiendo lo mejor que saben.

     Porque en este océano de banalidad la literatura de calidad llega cada vez a menos personas y, precisamente por eso, su importancia es todavía mayor. La literatura, nada menos, a la que tengo por el arte capaz de expresar las ideas más complejas y profundas.

     A ver si mañana me compro el último libro de Juan José Millás, cuyo título, «Desde la sombra», bien podría aludir al modo en que los buenos escritores lo siguen siendo.




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