En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.


viernes, 11 de diciembre de 2015

Yo, que tanto te quiero - Marta Querol



Yo, que tanto te quiero es la tercera y mejor obra de Marta Querol, una novela que leída aisladamente es magnífica, y puesta en relación con las dos anteriores culmina una tarea colosal, impropia de estos tiempos. Un proyecto literario surgido de una necesidad vital, personal, que da un sentido profundo a cada línea.

Hace ya unos años Lucía Company, la protagonista de Yo, que tanto te quiero, firmó el inolvidable prólogo de El final del ave Fénix. En él Lucía comparte los últimos momentos con su madre, Elena Lamarc, echa la vista atrás y trata de hacer lo más difícil en un momento así: comprender. Con el alma ahíta de amor y amargura se pregunta por qué la vida fue como fue, por qué siempre fue tan difícil, incluso imposible, el entendimiento entre ellas.

Fruto de esa necesidad de entender, en El final del ave Fénix supimos por qué Elena era como era, y para hacerlo fue preciso remontarse a sus padres, a los abuelos de Lucía, para comprender a la niña que fue Elena, a la adolescente, a la mujer joven que tuvo que enfrentarse a una familia extraña y a la vida en una época donde ser mujer no era sencillo.

Más tarde, en Las guerras de Elena supimos cómo la madurez siguió forjando el difícil carácter de Elena Lamarc a través de experiencias dolorosas, de dificultades injustas propias de una sociedad prejuiciosa donde la mujer estaba relegada. Llegada a la madurez, las guerras a las que alude el título acabaron de endurecer su carácter, cuando una vida sosegada podría haberlo aplacado.

     Ya sabíamos por qué Elena era como era, por qué su carácter era tan duro, exigente y esquivo. La vida no le había dejado otra alternativa. Pero faltaba algo para cerrar el círculo. ¿Por qué, siendo Elena así, su hija Lucía se había llegado a distanciar de ella para luego, más tarde, volver a unirse y superar todo en los momentos finales de la vida? ¿Cómo era vivir junto a una madre como Elena? O lo que es lo mismo: ¿Por qué aquel desgarrador prólogo? ¿De dónde había surgido la necesidad de contar toda una vida, de explicarnos todo con tanto detalle? ¿Por qué alguien había sentido la necesidad de contar con tanto esfuerzo cómo era Elena Lamarc? Nos faltaba la visión de Lucía. Y esa visión llega en Yo, que tanto te quiero, porque Lucía, que tanto quiso a su madre, también sufrió lo indecible por su culpa. Y es preciso reflexionar para comprender, ponerse en el lugar del otro y luego en el propio para acabar de entender. Es así como esta novela cierra el círculo de una trilogía memorable. Porque fue Lucía, que tanto quiso a su madre, quien escribió la primera y dolorosa línea de aquel formidable prólogo, y la escribió, precisamente, porque tanto la quería, tanto la quiso y tanto la quiere; y por eso, una vez nos ha contado por qué su madre fue como fue, pasa a explicarse.

Y Lucía escribe porque se siente culpable aunque haya sido inocente. Porque Lucía fue una niña hija de un matrimonio separado en los tiempos en que nadie se podía separar, porque se vio en medio de una lucha de egos, porque se sintió responsable de disputas que ni siquiera podía llegar a entender, porque creció con una madre hambrienta de afecto y tan endurecida por la vida que devoraba la de su propia hija, porque conoció la soledad.

Yo, que tanto te quiero es una gran novela sobre el sentimiento de culpa. Pero a diferencia de Raskolnikov Lucía Company no ha hecho nada. Nada en absoluto. Solo querer. Querer a sus padres como toda niña los quiere. La culpa surge cuando al quererlos no los encuentra y no puede asimilarlo, cuando no halla en ellos ni la seguridad ni la confianza que necesita, cuando al buscarlos solo encuentra soledad, cuando ella misma, sin hacer nada y muy a su pesar, se transforma en motivo de disputa entre las personas que más ama, cuando esas personas se transforman en sus carceleros, cuando cualquier acontecimientos que para el resto de los mortales es feliz, a ella le origina una nueva herida en el alma.

Y así vemos cómo Lucía, la niña de apenas diez u once años que comienza la novela en el mismo traumático momento en el que terminó Las guerras de Elena, se va convirtiendo en una adolescente tímida e insegura que no cree merecer nada porque nunca nadie le ha dado otra cosa que exigencia o distancia, una mujer que deja atrás la adolescencia siendo capaz de dejar que otros jueguen con sus sentimientos porque nunca ha podido vivir de otra manera ni se siente con derecho a pedir más; una mujer que llega a ser una joven trabajadora y estudiosa, bien intencionada, noble y sin otro afán que ser capaz de respirar por sus propios medios, una joven que llegará a ser madre y la mujer madura que, por fin, alcanza a comprender, poco a poco, dolor a dolor, humillación a humillación, que sus padres no fueron sino personas normales, con tantas ambiciones como limitaciones, que la quisieron con toda su alma pero no supieron cómo quererla, que le hicieron daño por no saber evitarlo, que hicieron lo que hicieron porque eran tan débiles como ella. Y con la comprensión surge en Lucía la necesidad de redención que da sentido a toda la trilogía, que se transforma así en un inmenso acto de amor.

Si Yo, que tanto te quiero tiene una enorme carga de profundidad, es porque todo surge del relato de una vida normal, donde las grandes aventuras son, simplemente, las desavenencias, las carencias afectivas, el egoísmo... Todo transcurre, como indica el título de sus diferentes partes, «entre bodas y funerales», entre la vida y la muerte, que es como transcurre la vida: entre lo bueno y lo malo, entre la esperanza y la certeza de que nada es para siempre.

Amores y desamores, intereses económicos y el enfrentamiento de caracteres alocados y nobles, como el de Carlos, con caracteres también nobles pero endiablados hasta la crueldad involuntaria, como el de Elena, histéricos y malignos como el de Verónica y nobles, bondadosos y sedientos de dignidad como el de Lucía, nos llevan de forma ágil y amena por la vida de una persona, de una mujer, de Lucía Company Lamarc, a la que acompañamos al colegio cuando es niña, con la que vivimos el veintitrés de febrero de 1981, a quien acompañamos en sus primeras juergas, en sus descomunales cogorzas, en sus primeros escarceos sexuales, en sus amoríos, en sus modestos sueños, en todos los acontecimientos familiares, buenos y malos, desde el matrimonio a la maternidad o la enfermedad de unos u otros, pasando por el adiós a quienes se van para, al final, porque así lo exige la vida, afrontar la pérdida de aquellos a quienes más quiso y, en este caso, también más daño le hicieron, de aquellos de quienes pudo despedirse pensando, al mirarlos a los ojos en el último momento , «aquí estoy yo, a tu lado, no te vas en soledad porque aquí estoy yo, yo, que tanto te quiero».

Si bien las escenas emocionalmente intensas se suceden, Marta Querol las trata con exquisitez. Sin rastro de sensiblería. En una novela con abundantes situaciones que se prestan a la lágrima fácil ha huido de este recurso. Si la novela conmueve es precisamente por lo contrario, porque si algo origina es la lágrima dura, la que brota como último recurso, cuando ya nada más queda por hacer.

Siendo una novela amena, no es una novela inofensiva; siendo fácil de leer, es amarga de sentir; pero siendo amarga de sentir, no es desagradable de leer. Nada hay sórdido ni se usan golpes artificiosos aunque sean muchas las cosas que le ocurren a Lucía, y casi ninguna buena, pero es que treinta años dan para todo, y he aquí otro gran mérito de esta novela: la forma en que evoluciona el personaje. Cuando Lucía es niña, es niña; como es adolescente en la adolescencia; como es joven cuando le toca serlo y madura cuando lo es. Y todo sin sobresaltos, siguiendo una evolución irreprochable.

Los capítulos finales son, sin duda, los más emotivos tanto por lo que narran como porque son esos hechos los que dan sentido a que Lucía, tanto tiempo atrás, se sentara a contarnos la vida de su familia. Un final tan sencillo como apoteósico. Un final tan previsible como inolvidable.

Y un final del final inmejorable. Una canción alegre, Our house, que nos dice que la casa de Lucía, la casa de los padres con los que nunca convivió, existió en realidad, y en ella había vivido siempre con ellos e iba a vivir, porque su casa, la de ellos tres, our house, estaba donde había estado siempre: en su corazón.



Marta Querol, el día en que eligió el titulo de su
última novela: Yo, que tanto te quiero.




martes, 1 de diciembre de 2015

Quisiera que alguien me esperara en algún lugar – Anna Gavalda




     Otra breve reseña rescatada del fondo del ordenador. Una lectura de julio de 2008.


     Compré este libro porque me pareció lo bastante ligero para desengrasar las neuronas cuando fuera preciso. Y con ese ánimo lo leí. Pensaba que no tenía grandes pretensiones, pero la verdad es que me ha gustado bastante. Es bueno, aunque con altibajos entre una historia y otra.

     Se trata de una colección de historias cortas y temática variada. Unas son bastante simples (como la del viajante), otras algo trilladas (como la del reencuentro), y alguna simplemente pasable; pero aún esas son agradables de leer. Otras, como la primera, parecen ser anodinas hasta el final; y entonces, a la luz del desenlace, adquieren otra dimensión. Esa primera historia, que es la que me viene a la cabeza al acordarme del libro, cuenta, literalmente una tontería... y cómo a menudo echamos las grandes ocasiones a rodar por cuestiones sin importancia. Hace pensar sobre la forma en que uno se perjudica a sí mismo a cambio del pequeño placer de actuar sin pensar. 

     Por otra parte, cuanto más se lee y se recuerda, más personal parece el estilo de la autora, como si en lugar de reflejar “un estilo literario” (sea eso lo que sea, porque no lo sé definir) reflejara su propia personalidad.