En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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lunes, 13 de abril de 2026

Madre, el drama padre



La justicia exige distinguir la obra de la edición.

La edición aparentaba ser buena: «Las 25 mejores obras del teatro español. Prólogo de Miguel Nieto. Edición crítica de Javier Sahuquillo. Colección dirigida por el dramaturgo José Luis Alonso de Santos y editada por la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid…», puede leerse en la cubierta. Pero tras el bombo y platillo proliferan erratas y descuidos incluso ya antes de leer la primera palabra escrita por Jardiel; hasta se puede disfrutar de una metedura de pata de coleccionista: un párrafo de casi una página repetido, uno a continuación del otro. Así que, paciente lector, si de pronto sientes una mareante sensación de déjà vu no la achaques a problemas neuronales o a la ingesta de setas compradas de matute a un recolector desconocido; pásale el recado a la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, cuyo trabajo en esta ocasión ha tenido más de dramático que de arte. Al menos, eso sí, el precio es muy reducido. Probablemente haya alguna relación.

En fin… Enterremos el desaguisado y vamos al pobre Enrique Jardiel Poncela, que un poco más de cuidado merece. Una especialidad por la que no es muy conocido es la de escribir prólogos tan sinceros y agresivos que resultan violentos. Si en otros prólogos se quejaba de tener que escribir basura para asegurarse las lentejas contentando al populacho y así luego poder escribir por fin lo que le gustaba, en este afirma haber hecho esto último y acto seguido embiste contra la crítica (que le había sido negativa) con una virulencia a la que solo se puede objetar un detalle: ha hecho pasar a la posteridad el nombre de uno de sus críticos. 

Las pataletas de los autores con la crítica son un follón tan antiguo como la literatura, y del que a largo plazo solo hay unos vencedores: los autores que llegan a ser clásicos. Todos los demás pierden. O, mejor dicho, se pierden en el olvido. Solo si el futuro clásico menciona el nombre de un crítico le habrá regalado la dudosa gloria de la memoria de su cortedad, como en este prólogo hizo Jardiel. Sin embargo, dado que el egocentrismo es tan estúpido que son legión quienes se enorgullecen de adivinarse reconocidos, aunque sea como tontos, yo jamás mencionaría a un crítico. Soy más duro que Jardiel. No hay condena mayor ni más efectiva que la indiferencia.

«Madre (el drama padre)», a la que Jardiel atribuyó el carácter de crítica contra el pasteloso teatro romántico, se estrenó en el durísimo periodo inmediatamente posterior a la Guerra Civil. Enrique Jardiel Poncela, que había sido rechazado por la izquierda acusándolo de ser de derechas, fue rechazado por la derecha por inmoral. Ya venía el hombre de tener problemas con el título de alguna de sus anteriores obras: la estratosférica cantidad de víctimas y desaparecidos de la Guerra Civil le había obligado a titular en 1939 «Un marido de ida y vuelta» lo que en realidad se titulaba «Lo que le ocurrió a Pepe después de muerto». Abrirse paso siempre es difícil, y aún más cuando hay personas decididas a cerrártelo.

    «Madre (el drama padre)» juega ya en el título con el lenguaje, dada la importancia que el parentesco tiene en esta comedia. El argumento es sencillo y a la vez complejo: unas cuatrillizas, cada una con la rareza que la caracteriza con efecto cómico, están enamoradísimas de unos cuatrillizos del mismo modo singularizados. Se van a casar no porque en las bodas cuadruplicadas se aplique algún tipo de descuento, sino por amor. ¡Ay, el amor! Es tan irracional que se parece a la fe. El caso es que gracias al ir y venir de secundarios que no lo son tanto no dejan de florecer sospechas sobre el origen de los ocho, lo que haría de las cuatro bodas un festival del incesto. Y así, entre que se lía una cosa y se aclara al tiempo que se lía otra que a su vez se aclara liando otra… Bueno, que tras un monumental enredo se llega al desenlace que sabrá quien vea la obra o la lea. Pero no será sencillo verla en estos tiempos si no es rescatando en internet representaciones televisadas: el elevado volumen de actores precisos para poner en escena «Madre (el drama padre)» no debe de hacer de ella una obra muy rentable. 

    Volviendo al momento de su estreno, lo escandaloso para las mentes puritanas fue la idea del incesto. ¿Cómo alguien se atrevía siquiera a recordar que existe? Jardiel se defendió, como he dicho, aduciendo el carácter satírico de la obra, pero en realidad intentó nadar y guardar la ropa. No lo consiguió porque una vez que algún personaje, hasta las narices de tanto lío, se muestra decido partidario del incesto, no hay manera, a los ojos de los puritanos, de arreglar tamaño desaguisado.

    Además, a diferencia de otros problemas clásicos para casarse (las diferencias sociales o económicas, por ejemplo), el incesto hace pensar en el sexo como momento irreversible, como el instante del gran drama o de la suprema depravación. Seguro que su presencia latente a lo largo de toda la obra también escandalizó a los meapilas.

    Para colmo, huelga decir que si hay confusión sobre la filiación de cada cual es debido a que los padres de las criaturas tuvieron comportamientos demasiado disipados para los más santurrones.

    En resumen: ¡El descoco!

    ¡Oiiiiiiing!

    La obra es divertidísima, ágil e inteligente. A pesar de la abundancia de personajes se sigue muy bien incluso leyéndola, aunque, en este caso, hay que estar atento a los detalles que sugieren orígenes o parentescos, pues algún punto es un pelín confuso y los personajes podían haberse expresado con una claridad que la escena permite añadir.

    «Yo me hice asesino por agradecimiento», dice uno de los personajes. Y yo también, porque le estoy tan agradecido a Jardiel por el buen rato que me ha hecho pasar que os recomiendo esta lectura aunque os mate de risa. 


lunes, 6 de abril de 2026

Cuando el toro se llama Felipe - Rafael Azcona

 


Las corridas de toros me parecen una aberración impropia de los valores que deseo para la sociedad. Como somos muchos quienes así pensamos confío en que su fin llegará antes o después de un modo natural. Por evolución. Solo cuando sus defensores sean ya una ínfima minoría las corridas recibirán el empujoncito de la prohibición. No es un deseo, sino una previsión a largo plazo. No creo realista abogar por la prohibición inmediata urbi et orbi porque la fiesta nacional es cada vez menos representativa del sentir nacional pero aún tiene suficiente apoyo social.

Esto es lo único que he pensado de los toros desde que la memoria me alcanza (porque es un tema que no me interesa ni cuando algún diestro ha abierto el pico para demostrar las limitaciones de su cerebro con argumentos lastimosos) y, por tanto, es lo que me he limitado a decir en las infinitas ocasiones en que el asunto ha salido en las situaciones más variopintas. Por eso jamás me había parado a pensar en la casi nula trascendencia literaria del toreo. Es cierto que hay novelas sobre este mundo, pero solo vienen a mi cabeza una de Blasco Ibáñez y dos o tres de Hemingway. Muy, muy poco. No es que haya huido del tema, es que ni siquiera recuerdo haber tenido ocasión de hacerlo. Que la huella de los toros en la literatura sea tan minúscula y me atrevo a decir que tan decreciente desde hace ya décadas es indicativo del significado intelectual del asuntillo y de que la tendencia que deseo es un hecho. 

Toda esta filípica viene porque «Cuando el toro se llama Felipe» es la primera novela que recuerdo haber leído sobre el mundo de los toros. Y, además, no es precisamente una elegía, sino una parodia en la que nadie sale bien parado. Que el texto vaya dedicado al difunto toro ya es revelador.

    No he podido fechar la obra. La editorial dice que es de los primeros textos largos del autor, lo que lo situará en la segunda mitad de los años 50. Rafael Azcona nació en Logroño en 1926.

«Cuando el toro se llama Felipe» juega con diferentes tópicos y, sobre todo, con la certeza de que la afición a los toros es emocional y no racional, como ocurre con el fútbol y ya también con la política. El resultado favorece la parodia, porque lo emocional se lanza de cabeza a regocijarse con tópicos, ideas preconcebidas y prejuicios, pero la cruda realidad interfiere colocando obstáculos en los que no tropezaría la racionalidad.

España. Años 50. Don René está obsesionado por los toros y quiere que su hijo a punto de nacer sea matador. Pero, ¡ay de él! ¡Cómo va a ser torero alguien nacido en Logroño y no en el corazón de Triana! Un torero de Logroño no tiene ningún pedigree, es como ser esquimal en el Caribe. Con la esperpéntica resolución de este desaguisado comienzan los despropósitos.

La acción es por completo caricaturesca, de todo punto irreal pero con verosimilitud, que es lo que se pide a cualquier novela. La verosimilitud la alcanza porque Azcona no disimula lo hiperbólico. Desde la primera línea el lector espera cualquier ocurrencia, cualquier barbaridad por estrafalaria que sea, y todas le harán sonreír. Desde el modo en que se recluta a la afición hasta los primeros pinitos en un improvisado coso en el comedor de un piso o el alquiler de un chico-toro, todo es una divertida secuencia de disparates.

A medida que el maestro deja el biberón y comienza a crecer queda patente que una cosa son los designios de don René y otra la voluntad del niño, que, para colmo, lleva gafas (¿Cuándo se ha visto un torero con gafas?), lo que introduce en la historia otra derivada: las relaciones paternofiliales cuando los padres consideran a los hijos una prolongación suya. ¿Hay manera más eficaz de hacer desgraciado a un hijo?

El caso es que Rafael (o, mejor dicho Rafaé), que así se llama el, ejem, maestro, tiene unas dotes para el toreo tan malas como buenas son sus intenciones hacia el toro. Además, ¿qué bicho viviente va a dedicar su juventud a pensar en cuadrúpedos cornudos, pulgosos y de mal genio, mulas malolientes, banderillas afiladas, capotes y cuadrillas achaparradas cuando al alcance de la mano está el amor? ¡Ay, el amor!

Con estos ingredientes Azcona teje una historia divertida (sobre todo al final) pero un tanto irregular, porque los orígenes del asunto y la evolución del diestro hasta la juventud son algo que parece encarrilado hacia la resolución de la duda de si Rafael hará algo o no en la tauromaquia, pero en un momento dado el centro de la acción gira y el toreo se convierte en circunstancia determinante de algo que nada tiene que ver con él y que aparece ya tarde en la novela.

Ambas partes tienen además un problemilla: la acción avanza a trompicones, como secuencia de anécdotas cuya única relación entre ellas es que las primeras sirven de base a las siguientes, pero sin relación de causalidad.

La narración corre a cargo de un testigo presencial que en realidad no siempre lo es: un tal Vicente, que se da a conocer dando cuenta de algo muy atípico para la época, a lo que volverá al final. Vicente -nada que ver con el repelente niño Vicente, también de Azcona- se ve envuelto en el desarrollo de la carrera de Rafael, y tanto los une esa circunstancia que acaban siendo dos probos… Bueno, no digo más. El caso es que comparten destino, que es la mejor manera de que surjan desavenencias. El problema, el problemón, es el que permite el desenlace de la novela al hilo de un topicazo de la época del que solo voy a dar un dato: es mujer. El entorno social está ligado a los valores más rancios del momento; tanto han cambiado que verlos ahora exagerados para parodiarlos casi resulta violento. Pensad, también, que la identificación de las corridas de toros «con lo español» propició la defensa y promoción de la tauromaquia por el franquismo, a fin de cuentas un régimen nacionalista. Por eso el libro también puede ser entendido como una burla a «lo españolazo» ya que don René chapotea en el ridículo debido a su convencimiento de que nada hay más importante que los toros.

Humor blanco, por una parte, y crítico por otra. Lo que de inocentón tiene el desenlace queda compensado con la ridiculización del mundo taurino. La caricatura de ciertos valores, como el machismo rampante e inconsciente de don René que su esposa acepta sin dudar, también puede leerse como una crítica. Aunque a saber. Quizá algunos lo festejaron.

«Cuando el toro se llama Felipe» no pasará a la historia de la literatura de humor, porque le falta linealidad para ser un todo distinto a la mera acumulación de escenas mortadelofilemonianas, pero bien merece un hueco en las bibliotecas por cómo parodia una época que a estas alturas parece, por la naturalidad con que se aceptaban ciertos valores, antediluviana.

lunes, 24 de noviembre de 2025

El ángel triste – Carlos Pérez Merinero

 


El protagonista es marca de la casa: un hombre relativamente joven, chiflado, presa de obsesiones, de su falta de escrúpulos y de una vagancia superlativa. El caballero, que no sirve para trabajar, vive de la paga que le pasa su madre, a quien espera ver pronto difunta para heredar y evitar estrecheces. Aunque lo cierto es que el hombre tampoco es que se permita unos lujos tremendos, porque emplea su existencia en desparramarse en el sofá para ver películas en vídeo. Es un cinéfilo enfermizo, dicho lo cual es buen momento para recordar que el autor, antes de su estreno como novelista con personajes estrafalarios, crueles, machistas, vagos, lunáticos y a la vez divertidos por lo hiperbólico de sus planteamientos, había publicado varios libros sobre cine.

El protagonista, cuyo nombre o apenas se menciona o no recuerdo, tiene relaciones con una droguera que antes de meterlo a él en su cama debía de meter a su ahora enfurruñado dependiente. Se trata de una relación más biológica que emocional, porque lo que interesa al buen señor es lo que es.

Su plácida existencia, sin embargo, sufre contratiempos recurrentes: las broncas del matrimonio vecino. ¿Cómo se puede ser tan ruidoso? Así no hay quien vea películas. El caso es que, aunque tras las discusiones terminan bien avenidos, la esposa parece de armas tomar y el marido un calzonazos. Ella, por cierto, está de buen ver. Así que, sin duda, si uno asesina a tan apestoso vecino tendrá una doble recompensa: dejará de escuchar ruidos y la viuda estará contenta y agradecidísima. El tipo de reflexión que se hacen los personajes de Pérez Merinero.

Si lo apiola o no, cómo, y con qué consecuencias, que nunca suelen ser muy buenas para gente tan irreflexiva, lo sabrá quien lea esta novela que fue publicada a comienzos de los 80 y rescatada en 2019 por Ediciones Vernacci. La edición que yo he leído, prestada, ha sido la de Bruguera. ¡Qué catálogo tenía! Tras el planteamiento que acabo de contar, bastante teatrero en el sentido de que todo transcurre en unos mismos escenarios (al igual que en otros libros del autor), el protagonista acaba replantado, y desubicado, por esos mundos. Para no destripar nada, dejo en el limbo por qué y cómo termina este especia de road movie literaria sobrevenida. 

Una novela que disfrutarán quienes conozcan al autor. Igual de ingeniosa que el resto, aunque con un lenguaje no tan brillante en lo bestiajo como en algunas de las anteriores que he leído.


domingo, 22 de octubre de 2023

¡Ay, madre! - La detención de los Reyes Magos

 



¡Ay, madre! Nueve años después de la publicación de mi última novela vuelvo a las librerías. Esta vez con La detención de los Reyes Magos. De nuevo de la mano de Mira Editores.

Ignoraba si me había retirado o no. Y sigo igual, porque no me atrevo a decir si volveré a escribir y a publicar. Nada me ata a hacerlo.

Pero no es momento de hablar de mí, sino de lo que podéis encontrar en esta novela en todo diferente a las anteriores, con las que sí comparte la importancia del humor.

En La detención de los Reyes Magos podréis contemplar –cuales dioses desde el Olimpo- cómo se teje el azar humano. Quizá incluso lleguéis a preguntaros sin existe algo distinto a él; o si llamamos «destino» a la imposibilidad de controlar nada.

Cuando sobre una maraña de acciones, causas y efectos se hace luz por escrito, hablamos de novelas corales, porque la voz de la historia no es la de uno o dos protagonistas, sino la del coro de personajes que se condicionan entre sí sin saberlo ni pretenderlo e incluso sin conocerse; y la letra del cantar no cuenta una historia individual, sino colectiva. Cuando además se producen situaciones chocantes que encajan entre sí avanzando hacia lo insólito, hablamos de enredo. Si además la mayoría de los actos causantes de dichas y desdichas tienen su origen en las debilidades humanas y el autor es comprensivo con ellas, el lector tiende a contagiarse: siente hacia los personajes el mismo cariño; es indulgente con los torpes, solidario con sus damnificados, se emociona con las alegrías, se entristece con las penas, se desazona con la amargura, se alivia con los desenlaces, festeja la suerte de los buenos y más cerca está de propinar una colleja a los ruines que de desearles mal alguno.

Bueno… ¿Qué quiero decir? Cuando publicas un libro son legión los que valoran su éxito o fracaso en función de las ventas. No sorprende en una sociedad mercantilizada. Y cuando publicas deseas, por supuesto, vender todo lo posible; por el reconocimiento que implica para tu novela, y para corresponder al editor que ha puesto en ella trabajo, dinero y esperanza; y hasta por vanidad. De hecho, escribo estas líneas para dar a conocer esta novela y que llegue a cuantos más lectores, mejor. Pero la definición de éxito es mucho más sencilla cuando uno escribe sin otro motivo que el deseo de hacerlo: sientes el éxito cuando, parafraseando a Woody Allen, lo que has conseguido hacer es casi igual a lo que querías hacer.

Con esta definición, que es también la mía porque es la del sentido común, llevo teniendo éxito con La detención de los Reyes Magos desde que la di por concluida hace ya años. Y el lector tendrá éxito si en sus páginas encuentra lo que espera o incluso algo mejor. 

         De modo que, potencial lector que lees estas palabras, la historia de La detención de los Reyes Magos responde a lo que he dicho hace tres párrafos. De ti depende ir a buscarla.

Si así lo haces, gracias por la confianza. Ojalá esta novela escrita por el placer de escribirla satisfaga tus expectativas y estos Reyes Magos te traigan primero una grata lectura y tras ella un buen recuerdo.


viernes, 22 de julio de 2022

Los juegos de Mastropiero – Carlos Núñez Cortés

 


Les Luthiers han sido mucho más que músicos y humoristas. Las inquietudes de casi todos sus miembros les han llevado a explorar terrenos alejados de la mezcla de humor y música –con sus peculiares instrumentos- que hace ya décadas les dio una fama que perdura más allá de la muerte de dos de los luthiers más queridos por el público: Daniel Rabinovich y Marcos Mundstock (dos de los cuatro miembros iniciales del grupo en 1967, junto al fundador, prematuramente fallecido en 1973, Gerardo Masana, y el todavía en activo Jorge Maronna). Carlos Núñez Cortés es un «casi fundador», porque se incorporó al grupo en 1969, y es un ejemplo perfecto de las inquietudes que he señalado: excelente cómico, compositor y músico, y ya podéis ver que también escritor y/o analista, porque en este libro examina el humor de Les Luthiers recorriendo el uso o no por el grupo de diversos recursos humorísticos. En sus páginas deja ver una capacidad intelectual impresionante, una capacidad entregada al arte de gozar del intelecto, y que le llevó a usar un seudónimo en Internet para alentar juegos –algunos endiablados, por la mezcla de habilidad y de «erudición luthierana» que exigían- entre los más fervientes seguidores del grupo.

El libro parece largo, pero se lee pronto por su agilidad y, también, porque como la erudición de la mayoría de los lectores no da para resolver todos los acertijos y juegos que plantea, lo más cómodo es irse al largo apéndice final a mirar la solución, que suele ser divertida.

Pero, como dijo el dermatólogo, vayamos al grano: el humor de Les Luthiers, como se advierte en las primeras páginas, ha resistido el paso del tiempo porque no está vinculado a actualidad alguna, política o social, sino al uso del lenguaje, que es algo intemporal. Cualquiera que haya visto actuar al grupo (quien no lo haya hecho, puede conformarse con Youtube) sabe de su habilidad para jugar con el doble sentido de las palabras, con los equívocos, con los signos de puntuación y, cuando la herramienta humorística son las frases hechas o la deriva normal de las conversaciones, con las expectativas del público. Muchos de los mejores momentos del grupo aparecen en este libro clasificados y explicados por uno de sus más destacados miembros, al tiempo que, de pasada, deja caer algunas cosillas que reflejan el modo de trabajar de Les Luthiers y cómo eran las relaciones entre ellos.


Tuve ocasión de verlos en directo hace ya bastantes años, en un espectáculo para recordar siempre por cómo nos reímos una y otra vez las cerca de mil personas que debíamos de llenar el recinto; y los vi en directo, por última vez, en marzo de 2020, unos días antes del «cierre pandemial», cuando pude comprobar que la marca Les Luthiers ha tenido tanto éxito que nuevos integrantes han ido sustituyendo a los antiguos que han causado baja debido a la muerte o la edad. De los fundadores solo queda Jorge Maronna y el «casi fundador» Carlos López Puccio (incorporado al grupo en 1971). Este modo de sobrevivir no me acaba de gustar , porque parte de la esencia de Les Luthies estaba en la idiosincrasia de cada uno de sus miembros y en el modo en que construían los espectáculos, todo ello consolidado por décadas de trabajo y amistad; los nuevos lo hacen muy bien, son magníficos, pero, qué remedio, se limitan a interpretar los números antiguos. Son intérpretes. Pero los Luthiers originarios eran a un tiempo intérpretes y creadores de los números y de sí mismos. 

        En resumen: un libro para disfrutar despacito de Les Luthiers y, también, para que disfrute cualquiera que vea en el idioma una oportunidad para el humor.





jueves, 7 de julio de 2022

Imágenes en acción – Terry Pratchett

 



Utilizar el Mundodisco para parodiar nuestro Mundobola, eso es lo que hace Terry Pratchett, que en esta ocasión casi cambia a los magos por los alquimistas que han inventado un particular celuloide que, en ese territorio oscilante entre lo medieval y el presente que es el Mundodisco, permite rodar películas mudas.

¡Ah! ¡El cine y la televisión! ¡Qué inventos capaces de poner ante las narices de todos los más célebres museos con sus obras comentadas por los mayores expertos, las más interesantes charlas de los sabios más didácticos, la puesta en escena de las laureadas obras de teatro con los mejores actores…! ¡Lo más excelso del conocimiento humano (bueno, y del resto de seres que pueblan el Mundodisco)!

Magnífico invento que hubiera hecho de todos nosotros seres cultos y mentes preclaras de no ser por el pequeño detalle de que el vil metal tiene mucho fan dispuesto a prescindir de tan enriquecedoras posibilidades si da más dinero contar batallitas o mostrar arrumacos, y es que el público anda más preocupado de entretenerse que de aprender, de disfrutar rascándose que de gozar pensando. Qué le vamos a hacer. Pudimos ser dioses y elegimos ser sabandijas.

Hasta aquí, el componente crítico de Imágenes en acción, que no dura muchas páginas para zambullirse en una historia más próxima a la caricatura que a la parodia: dos protagonistas, jóvenes y guapos, que descubren algo tan incomprensible como la fama; un «vendedor de salchichas/productor/director» lunático obsesionado por ganar dinero con el cine y con cuanto se le arrime, y un público aborregado plegado a modas que da igual como sean porque lo importante es que sean la moda. Todo en medio de referencias a algunos de los clásicos del cine, en especial a Lo que el viento se llevó. Aunque para intentar que la caricatura no se adueñe de todo Pratchett espolvorea unos cuantos de esos «misterios» procedentes de otras dimensiones que interfieren en la acción y que el autor no llega a aclarar muy bien ni en su planteamiento, ni en su influencia en el argumento, ni en su resolución.

El resultado, una novela divertida y entretenida, a menudo brillante en lo puntual pero algo fallida como conjunto.




martes, 24 de mayo de 2022

Buenos presagios Terry Pratchett y Neil Gaiman

 


       Andaban por este valle de lágrimas, desde el origen de los tiempos, un ángel y un demonio ejerciendo de tales, pero, también, aprovechando para vivir cómodamente, cuando va y resulta que el sábado por la tarde es el Apocalipsis. No les pilla de nuevas, sobre todo al demonio, que unos años antes había pegado el cambiazo en un hospital británico para facilitar la llegada del Anticristo, cosa que hubiera sucedido según lo previsto no de haber habido, ejem, algún imprevisto. No les pilla de nuevas, digo, pero cuando uno vive opíparamente la llegada del fin de los tiempos es un fastidio. 


        Protagonista del Apocalipsis es el Anticristo, el cual resulta ser un chaval no muy dispuesto a ejercer el cargo ni a cargarse el mundo, pero que, pobrecico, no puede dejar de sentir la llamada de la selva. Tampoco al ángel ni al demonio les motiva mucho el tema del Apocalipsis, aparte de por lo dicho porque luego tendrán que cambiar de destino previa rendición de cuentas por las chapucillas realizadas y los errores cometidos. Para colmo, tras miles de años de convivencia se llevan estupendamente, siquiera sea porque cada uno sabe quién es el otro y ambos tienen claro su papel. 

        Con estos mimbres, los prolegómenos del Apocalipsis son un tanto cutres y eso que, adaptados a los tiempos, los cuatro jinetes llegan en moto. Las historias de multitud de personajes se entrecruzan, y entre ellas la de una muchacha descendiente de una bruja, Agnes la Chalada, autora, en 1655, del único libro de profecías que, más o menos, se han ido cumpliendo, y del que solo queda un ejemplar: Las Buenas y Acertadas Profecías de Agnes la Chalada. O, llegado ese temido sábado por la tarde, manual de instrucciones del Apocalipsis. 

        No puedo identificar la huella de Nel Gaiman en el libro, porque no he catado su obra, pero sí puedo decir que la mano de Terry Pratchhet se nota de tal manera que cualquier lector de sus otras novelas no dudaría en adjudicarle la paternidad de esta por el modo en que narra y por la forma en que se usa el humor, con grandes dosis de relativización que permiten arrasar la solemnidad, y la mayor parte de las cosas solemnes quedan reducidas, sin solemnidad, a la instrascendencia. Una novela a dos manos donde la colaboración se debió de dar más en el diseño del argumento y en las soluciones que en la redacción. Una novela a dos manos, también, que se gestó mucho antes de que la fama alcanzase a sus autores, lo cual, sin duda, realza su valor porque nadie podrá decir que se trató de aprovechar las circunstancias para crear un producto con más lectores potenciales. 

        En resumen, Terry Pratchett en estado puro, hasta el punto de que en Buenos presagios aparece uno de sus personajes más brillantes y celebrados: la Muerte. 





lunes, 27 de septiembre de 2021

¡Guardias! ¡Guardias! – Terry Pratchett

 


               Divertidísima e intensa novela de acción que transcurre en el imaginario Mundodisco creado por Pratchett y en la que, a diferencia de en las anteriores, la magia juega un papel tan residual que bien puede afirmarse que ¡Guardias! ¡Guardias! es una novela «normal», pues casi todo transcurre con arreglo a las leyes naturales de nuestro mundo, al menos por lo que a los protagonistas más o menos humanos respecta; aunque el entorno, lógicamente, sigue siendo maravillosamente ilógico.

              Un grandullón criado en una comunidad de enanos es devuelto a su mundo enviado como guardia nocturno voluntario a Ankh-Morpork. La plantilla no es muy grande, con él cuatro personas, y el trabajo tampoco es complicado dado que el crimen está tan bien organizado que los guardias no llegan ni a elemento decorativo. Pero hete aquí que una organización secreta de las muchas que van por ahí tropezando entre ellas, los Hermanos Esclarecidos, o su jefecillo, algo anda tramando para hacerse con el poder en la ciudad. ¿Qué? Invocar a un bicho tan poderoso y terrible como extinguido. Un dragón.

              Zanahoria, que así se llama el protagonista, es un fortachón peligrosamente entregado a cumplir la ley tan al pie de la letra que es capaz de arrestar a un rayo por fulminar a un transeúnte (y es que está muy mal fulminar a nadie, aunque uno sea un rayo). Sus voluntariosos excesos y el modo en que sus compañeros tratan de apañarlos sirven para hacer una buena crítica a las prácticas del poder: desde sus pasadas de frenada a las razones de sus miradas hacia otro lado. Las peripecias de Zanahoria corren parejas a la de sus compañeros, entre los que destaca un capitán tan desengañado de todo que se ha dado a la bebida. Hay también una dama gigantesca, de la alta sociedad, entregada al noble arte de la cría de malolientes dragones de pantano. En medio, el flemático e inteligente mandamás depuesto, el aspirante a mandamás, un dragoncillo monumental y peligroso que se erige en mandamás y, de fondo, los cuentos del príncipe que se carga al ladrón y se casa con la princesa (siempre y cuando el dragón no se la haya papeado o la haya dejado irremediablemente mordisqueada).

              Una trama típica de lucha por el poder donde unos pelanas con los que nadie cuenta son llamados por la casualidad a solventar el desaguisado. Unos perfiles en el protagonista y sus compañeros, típicos también, en la que el voluntarismo del inexperto e ingenuo mocetón convive con la prevención de los gatos mil veces escaldados. Pero claro, estando en el Mundodisco, lo típico es solo una excusa para disfrutar de la fantasía y la imaginación aplicadas al humor. Esa es la esencia de Pratchett y en esta obra de disfruta de principio a fin de un modo muy constante y con una estructura de la narración muy ordenada, sin titubeos ni disertaciones que diluyan la acción.

              En ¡Guardias! ¡Guardias! apenas encontramos personajes de las novelas anteriores: solo el patricio, que así llama, en minúscula, al mandamás del lugar, el orangután bibliotecario de la Universidad Invisible y, también, encontramos alguna aparición fugaz de alguien que, desde Mort, se ha ganado del cariño de todos los lectores por su ironía y buena fe: la Muerte.

Una historia divertida por lo insólito de las situaciones, por las corrosivas críticas a las debilidades del ser humano y, en especial, a la pasión por el poder y a las relaciones de poder; una novela muy meritoria y divertida, también, por la naturalidad con la que Pratchett mezcla lo humano y lo fantástico y, también, los elementos medievales con los modernos: el lector no sabe donde está ni por qué las cosas son como son, pero no le extraña está donde está ni que pasen las cosas que pasan. Para quienes hayan leído otras novelas de la saga, una historia deliciosa.

 

lunes, 20 de septiembre de 2021

Sin plumas – Woody Allen

 


 

                Sin plumas, se titula el invento. Si el desplumado es el lector, alguno de los personajes o el propio autor, lo sabrá quien lea esta cosa.

                Sin plumas y, en esta ocasión, sin demasiada originalidad. O con excesiva, según se mire. Uno de los méritos y deméritos de Woody Allen es que jamás ha parado de trabajar, con lo que su producción es ingente, pero con frecuencia repetitiva. Es lo que sucede en esta «recopilación» que bien puede llamarse «refrito», donde el lector encuentra dos obras de teatro de un solo acto -que a mí se me han hecho pesadas- y un montón de cosas y cosillas inclasificables. Todas tienen en común un humor que más que basarse en el absurdo lo hace en el disparate, un humor buscado a base de traer a colación ideas que nada tienen que ver con el asunto central, y ya está; ideas e imágenes intencionadamente prosaicas en medio de un tema supuestamente trascendental. Apenas intenta uno elevarse a los temas trascendentales se le carga con el lastre de alguna estupidez terrena –cuanto más extravagante, mejor- para hacerlo regresar a la tierra con cara de tonto. Bien de vez en cuando; mal cuando el recurso se utiliza constantemente, como ocurre en este librito que solo puede publicar un autor consagrado, porque a cualquier novato que se pretendiera publicar un batiburrillo de sobras no habría editorial que no lo mandara al diablo; en cambio, a los famosos se aplica el mismo dicho que a los cerdos: de ellos se aprovecha todo, con plumas o desplumado.

                Allen, que en muchos puntos es genial y cuya autobiografía es un pedazo de libro que el año pasado recomendaba yo por aquí, exhibe en Sin plumas el humor que acabo de decir y que no sé si llamar «norteamericano», porque solo lo he visto usado por estadounidenses. La «gracia», además, no está en cómo de ingenioso es el disparate sino en cómo de estrambótica es la ocurrencia. Quizá los norteamericanos se rían mucho con ese tipo de cosas; a mí, en cambio, la primera vez me sorprende y las siguientes me producen la sensación de humor fallido.


martes, 20 de julio de 2021

Humor – Terry Eagleton

 



              Igual que nadie espera que un ensayo sobre el sueño le haga roncar, nadie debería suponer que uno sobre el humor le haga reír. Es lo que pasa con Humor, de Terry Eagleton, que pese elogio de la portada (The Guardian: «Una prosa rebosante de paradojas, vituperios y chistes absolutamente desternillantes.») solo hace sonreír con algunos chistes y anécdotas citados como ejemplos.

              Normal, claro, ya que el objetivo de este libro es otro: reflexionar sobre diversos aspectos del humor de modo más o menos sesudo (hay innumerables citas a las fuentes) y ligeramente desordenado.

              Desorganizado porque comienza hablando de la risa, cuya relación con el humor no es unívoca; porque luego no llega a definir claramente el humor pese a las idas y venidas por las distintas teorías sobre su naturaleza, con lo que el lector nunca llega a saber de qué está hablando exactamente el autor; porque el recorrido a la búsqueda del humor en la historia es interesante pero limitado; y porque el último capítulo, dedicado a los aspectos políticos del humor, aparte de ser un poco tostón no deja de ser simplemente llamativo por sus connotaciones, pero insuficiente habida cuenta de la variedad de funciones que el humor tiene para el ser humano y que para Eagleton no merecen ni un párrafo. Pese a ello, queda clara una idea que me ha parecido interesante: la tradicional idea de que el humor es políticamente subversivo, de que sirve para atacar el poder, es discutible, porque del mismo modo en que el humor sustenta la crítica, la crítica hecha con humor rebaja las tensiones que el ejercicio del poder provoca sobre los dominados. Dicho de otro modo: si el dominado alivia su peso a través de la crítica humorística, quizá sobrelleve mejor su carga y no se rebele.

              En cualquier caso, tenía mucho interés en leer Humor. Tras haber publicado con Mira Editores dos novelas de humor, en presentaciones y en algún evento literario tuve ocasión de exponer mi opinión sobre él, para lo que, lo confieso, primero tuve que detenerme a reflexionar qué era para mí el humor, por qué y cómo lo usaba, qué pensaba sobre él y un montón de cosas más.

              No sé si me ha alegrado (¿tan pito fui?) o me ha entristecido (¿tan poco estudiada está la cuestión?) comprobar que las conclusiones a las que llegué yo solico no difieren mucho de las diversas teorías sobre el humor que se exponen en este ensayo. A saber:

              Es complicado definir el humor, pues está relacionado con emociones muy dispares (alegría, sorpresa, satisfacción, alivio…), pero condición necesaria para que el humor se manifieste, pero no suficiente, es el error. O, dicho de otro modo, la diferencia entre nuestras expectativas (que incluyen pronósticos, esperanzas y miedos) y lo que encontramos en la situación concreta. Es lo que Eagleton llama la teoría de la incongruencia, si bien la cuestiona por lo que a mi juicio es un excesivo afán clasificatorio. ¿Qué más da lo que provoque la incongruencia?  ¿Qué más da que haya unos factores u otros tras nuestras expectativas? ¿Qué más da si la incongruencia es fruto del azar o del ingenio? Ocurre, además, que Eagleton a menudo da una explicación más descriptiva que causal: la liberación de las tensiones causadas por las expectativas, la relajación cuando uno puede dejar de esperar lo esperable, es más una descripción de lo que sentimos en ciertos momentos que una explicación de por qué lo sentimos.

              Ahora bien, la ruptura de las expectativas puede dar lugar al humor, pero también al dolor o a otro tipo de emociones. ¿Qué es lo que hace que una ruptura de las expectativas nos ponga de buen humor? Aquí entran en juego otras teorías que por sí solas tampoco son suficientes para explicar el humor, como la de la superioridad (nos reímos porque creemos dominar la situación o porque nos sentimos por encima de otras personas), teoría que falla porque también a veces nos reímos (¿de desesperación?) cuando la situación nos aplasta. Queda claro que el autor no apuesta por esta opción, pero no por qué otra opción lo hace. Por lo que a mí respecta, diría que lo determinante es la mezcla precisa de inteligencia y racionalidad, entendida como la capacidad de verse a uno mismo desde fuera, la capacidad de tomar distancia, de comprender y asumir sin dramas lo que no está bajo nuestro control. Un ejercicio de realismo cuya complicación guarda relación directa con el daño que cada situación implica. Pero tampoco me voy a poner a desarrollarlo aquí.

              Una obra interesante y corta, pero irregular, con capítulos enriquecedores (especialmente algunos puntos dedicados al papel del humor en la historia, que es tanto como decir en las relaciones sociales), otros soporíferos, y más destinada a ofrecer un muestrario de ideas sobre el humor que una tesis sobre él.

              Sí que es sencillo, a partir de esta lectura, pronunciarse acerca de las razones del escaso prestigio de la comedia, de las novelas de humor, del humor en general y, también, de su paradójico éxito. Durante casi toda la historia el humor ha estado reservado a la plebe; el poder político y religioso se rodeaba de solemnidad (aún hoy es complicado imaginarse a la reina de Inglaterra, al rey de Suecia o los jeques árabes partidos de risa, y, de hecho, si por algo se hizo famoso Juan Carlos I fue porque su carácter bromista desentonaba con su cargo y la actitud de sus colegas hasta el punto de ganarse el apodo de «el campechano»), y la solemnidad es enemiga del humor. Además, la risa hace perder el miedo y el poder a menudo se sustenta en él. Solo a partir del siglo XIX el humor comenzó a abrirse paso de la mano de las clases sociales en ascenso, que lo usaron para «rebajarse» y abrirse así, sin molestar demasiado, un hueco entre las clases dominantes. En mi opinión, esa función «lubricante» no es exclusiva de ese periodo ni de ese objetivo, y es la que explica que ese género denostado porque la risa cuestiona las relaciones de poder se haya encaramado, pese a la solemnidad de los poderosos, a la cúspide de las artes con obras como el Quijote.



lunes, 3 de mayo de 2021

Transbordo en Moscú – Eduardo Mendoza

 


              

              Mientras leía Transbordo en Moscú (que pone fin a la trilogía Las tres leyes del movimiento, de la que también forman parte El rey recibe y El negociado del yin y el yang) constantemente me venían a la cabeza las expresiones «el placer de leer» y «el placer de escribir». De escribir, porque da la sensación de que Eduardo Mendoza se ha permitido el lujo de escribir por escribir, de contar lo que le apetecía sin pensar en nadie más, y que lo que le apetecía era navegar en aguas tranquilas, pues la historia vuelve  a ser la del recuerdo sereno de una época expuesta con la mirada de un testigo, no de un juez; además, en las entrevistas ha reconocido tener mucho en común con el protagonista, Rufo Batalla, con lo que el lector, que ya sabe a lo que se enfrenta, disfruta también de un relato que sabe aún más personal que los anteriores y que la prosa de Mendoza hace liviano y agradable, aunque tras él hay una mirada y unos conocimientos demasiado profundos de la realidad socioeconómica -desde la Barcelona olímpica y de la caída del muro de Berlín hasta el final del siglo- como para tomarlos por los recuerdos de un Rufo Batalla cualquiera. Dicho de otro modo, Transbordo en Moscú tiene algo de quijotesco por cuanto su lectura se vive como una amena conversación con el autor con un humor más fundado en la tranquilidad de quien no se juega nada en la conversación, en la que participa solo por el placer de hacerlo, que en la voluntad de hacer sonreír.

              La sensación, una vez concluida la trilogía, es distinta a la confusión que me produjo la primera novela, El rey recibe, tan distinta a lo anterior de Mendoza. Como ejercicio de memoria, es interesante, y a ello ayuda el temperamento del protagonista, siempre reflexivo y, a la vez, determinado (y de algún modo audaz), que mantiene una extraña relación con el sentimiento de culpa, o con la falta de él, porque con la misma sencillez con que reconoce sus responsabilidades admite la fatalidad de ser como es y no de otra manera, y no le da más vueltas a las cosas.

              Rufo Batalla se ha convertido, sin pensar, en el marido de una rica heredera. Cosas que pasan. Y se dedica abiertamente y con el beneplácito de todos al dolce far niente. La afortunada mezcla de tiempo libre y abundancia de recursos facilita la acción, pues Rufo va donde quiere y cuando quiere, sin escatimar medios, y lo mismo se mueve por Europa que por Estados Unidos. Total, ¿por qué no irse unos días a París para comprar un regalo de cumpleaños? ¿O a Viena o a Polonia a dar una vueltecita o donde estime conveniente? Estas idas y venidas permiten a Mendoza, aparte de mostrar en la lejanía el señuelo del príncipe Tukuulo, explayarse sobre la situación sociopolítica de buena parte de Europa. 

Lo peor de la novela (y de la trilogía) es aquello que, curiosamente, más da que hablar en sinopsis y prensa (¡ay, la promoción!): las supuestas y ¿descacharrantes? aventuras en torno al príncipe Tukuulo, aspirante al trono de un inexistente país báltico, que si en las dos primeras novelas de la trilogía no pintaban mucho hasta el punto de producir una ruptura poco  justificada y menos atractiva, en esta última, como si Mendoza se hubiera dado cuenta, se limitan a una aparición tangencial, a una escapadilla fugaz y con tan poca sustancia y sentido como todas las demás, aunque, eso sí, la ficticia ubicación de Livonia da ocasión a Mendoza para hablar con gran lucidez de la caída del muro de Berlín y del régimen soviético, aunque sin entrar en lo que vino después, que tuvo no pocos episodios chuscos y peculiares, pero trascendentales.

Me gustaría saber exactamente a qué ha respondido la decisión de Mendoza de que la trilogía se haya visto surcada por la subtrama de Tukuulo, la cual, no aportando consistencia al relato principal y solo el humor de salpicar la realidad de absurdo, no hace sino generar desconcierto. La trilogía cuenta una historia y media, sin que ni la primera –la historia de un catalán que por su edad y posición tiene unos recuerdos muy lúcidos del último cuarto del siglo XX- ni la otra media –Tukuulo- guarden entre sí relación alguna –fuera de la participación de Rufo Batalla-  hasta el punto de moverse en planos tan distintos como son la realidad y el absurdo, lo cual tanto se da con las situaciones como con los personajes, realistas unos y caricaturas otros.

Dicho lo cual, como, reitero, el asunto ya no sorprende, el lector de Transbordo en Moscú disfruta hasta de la previsibilidad de lo desconcertante. No es mérito pequeño.

Y termino volviendo al principio. Al publicar El rey recibe, Mendoza hizo declaraciones explicando la obra con un argumento inapelable: las cosas, a efectos personales, no son como fueron, sino como las recordamos. Tiene razón. Eso explica por qué los recuerdos de Rufo Batalla, tan brillantes y agudos en algunos puntos, se mezclan con notorias lagunas en temas relevantes. Probablemente, en su día, a Eduardo Mendoza esos asuntos le importaron un pito.

Una trilogía para ver el mundo como lo vieron los inteligentes ojos de su autor.



jueves, 22 de abril de 2021

Las mutaciones – Jorge Comensal

 


 

                Que puede hacerse humor con el cáncer queda demostrado con esta novela de Jorge Comensal que, de un modo respetuoso y a la vez melancólico, enfrenta al lector a la historia de un abogado que sufre un cáncer de lengua, lo que deja fuera de combate su instrumento de trabajo, con las implicaciones económicas que eso tiene para él. Aunque, desde luego, las económicas no son las más importantes aunque sí las que ocupan cierta parte de su tiempo porque planificar estos asuntos sí entra dentro de su margen de actuación y de su voluntad, a diferencia del devenir de la enfermedad..

                No solo las células mutan en Las mutaciones. También lo hace en entorno del enfermo, y no solo por la enfermedad, sino por sus consecuencias para la comunicación. La esposa debe asumir un nuevo rol, los hijos, perdidos en su adolescencia, afrontan la situación refugiándose en sí mismos y en sus obsesiones, y la asistenta aporta las creencias supersticiosas. En medio, el codicioso y maleducado hermano de Ramón, que así se llama el protagonista. De todos ellos, con quien Ramón acaba entendiéndose mejor es con el más ajeno a su enfermedad: el loro que le han regalado. Pero tampoco le va del todo mal con Teresa, la psicoanalista a la que acude y que, además de estar como un cencerro, cultiva marihuana para sus pacientes sin llegar a saber quién psicoanaliza a quién: si ella a sus pacientes o a sí misma a través de ellos. El loro, la marihuana, la adolescencia, el hermano pendiente de su peculio, la esposa que ha de seguir viva sea cual sea su suerte... Cuando el cáncer hace presa en alguien, el tiempo puede detenerse para él, o quizá transcurrir más lento, pero para el resto del mundo sigue corriendo.

                Entre el diagnóstico, la operación, y la evolución de la enfermedad hasta el desenlace que conocerá quien lea el libro, las páginas transcurren con rapidez pero con sensación de calma, de lentitud, porque el autor no se recrea en los sentimientos, sino en los hechos, y es de ellos de donde brotan todos los momentos que hacen de Las mutaciones una historia bien estructurada, tierna y con un punto de melancólico humor negro.



viernes, 1 de enero de 2021

La terrible historia de los vibradores asesinos, en promoción en Amazon

  



Muy buena noticia para los lectores de Ajonio y una ocasión para comenzar el 2021 con una sonrisa: la edición en ebook de La terrible historia de los vibradores asesinos ha sido incluida por Amazon en su «promoción mensual» (Kindle Deal). Durante todo el mes de enero tendrá un descuento del 50%. Es decir, desde hoy su precio es 1,50 eurillos de nada.

Pasen y lean.




lunes, 2 de noviembre de 2020

Las barbas del profeta - Eduardo Mendoza

 


 

                Hace ya años, publiqué en este mismo blog un artículo sobre la relación entre el humor y la solemnidad. Lo menciono porque este divertimento de Eduardo Mendoza tiene mucho que ver con ella. O con su ausencia.

                La Historia Sagrada (una selección de historias bíblicas realizada por vaya usted a saber quién) que estudió Mendoza en su niñez estaba plagada de imágenes poderosas, en especial procedentes del Antiguo Testamento. Muchas aluden a «mitos fundacionales», y todas, sin duda, influyeron de forma notable en la conformación de la fantasía y mitos de varias generaciones y, singularmente, en la imaginación de un chaval que acabó siendo escritor. En Las barbas del profeta, Mendoza hace un desenfadado recorrido por algunas de aquellas historias, ofreciéndonos una perspectiva a un tiempo culta y divertida. El efecto cómico lo consigue de un modo muy sencillo: despojando a las historias de la solemnidad de que las rodea la religión, para reducirlas a lo que de verdad impacta en la mente de un niño, y hallando, ahora, las inconsecuencias, incongruencias y excentricidades que a los mitos se les perdonan cuando se los tiene como a tales (a fin de cuentas, lo inexplicable forma parte de su ser), pero que, cuando son vistos despojados de significaciones sobrenaturales, devienen en historias chocantes, hilarantes y a veces absurdas. Mendoza, también, da respuesta (o más bien opinión) desde la lógica de un adulto descreído a muchas de las preguntas que cualquier niño se hacía al leer según qué cosas: ¿Cuarenta años deambulando por el desierto? ¡Pues qué mareo, qué paciencia con Moisés, qué poco sentido de la orientación y cuántas vueltas tuvieron que dar los pobres! ¡Razones hay para que Moisés no sea el patrón de los guías turísticos! Y el arca de Noé. ¿Qué me dicen ustedes del arca de Noé? Una pedazo de barca con una caseta encima, y a navegar, que para eso Dios le dio a Noé hasta las medidas. ¿Y también metieron parejas de insectos? ¿Y de dinosaurios? ¿Y cómo dio Noé de comer a tanto bicho durante tanto tiempo? ¿Cómo no se devoraron los unos a los otros? Y Jacob… ¡Vaya currículum! Y Dios… ¡Vaya por Dios! ¡Vaya genio! ¡Qué cosas le pide a Abraham! ¡Qué cabreos se pilla que lo mismo arrasa el planeta con un diluvio que se carga a Sodoma (y a Gomorra, por afinidad)!  Aunque también es cierto que otras veces echa pelillos a la mar. Y todo eso por no hablar de tipos, como Sansón (que, por cierto, fue un poco bruto), cuyo papel en el Biblia y su relación con la religión sigue siendo un tanto misterioso. Adán y Eva, Caín y Abel, Abraham e Isaac, Noé, la torre de Babel, Moisés, José, David y Goliath, Salomón... Muchas de sus figuras y avatares forman parte de nuestro acervo cultural, habiéndose infiltrado, incluso, en el lenguaje.

                Lógicamente, el humor que deriva de este peculiar análisis permite a Mendoza hacer toda una serie de comentarios, también muy divertidos, acerca de los motivos por los que tal o cual cosa ha destacado en el ámbito religioso o, por el contrario, ha sido ocultado o sorteado con melindrosas interpretaciones. También alude a los vacíos y rellenos que permiten pasar de la Historia Sagrada a la Biblia y viceversa, pues siendo la primera una selección de la segunda, contiene omisiones, pero también añadidos a los que Mendoza busca explicación a través de sus impresiones.

                No es un libro que vaya a contarse entre lo mejor de Eduardo Mendoza, pero sí son dos centenares de páginas muy bien escritas, claras, divertidas, que aportan conocimiento y enseñan, recuerdan y hacen reflexionar del mejor modo posible: entreteniendo. Las barbas del profeta es un mero divertimento sin ninguna finalidad ensayística, pero es el resultado de un juego, del entretenimiento intelectual de uno de los mejores escritores españoles. Solo por eso merece la pena.

                Eso sí: seguro que a alguien le ofende.





miércoles, 18 de marzo de 2020

La mujer como elemento indispensable para la respiración – Enrique Jardiel Poncela



              
              Refrito de cuentos cortos, conferencias, intervenciones radiofónicas y máximas, todo amontonado sin otro criterio que su común alusión (salvo alguna excepción) a las relaciones entre hombres y mujeres.

              Y si batiburrillo es el contenido, también su calidad es dispar. Dentro del frenético y divertido tono, casi siempre de arenga, es permanente el sentido del humor vinculado unas veces a lo absurdo (aprovechando juegos de palabras) y otras a la explotación de tópicos. Lo que son esporádicos son los grandes chispazos de ingenio, pues cabe suponer que muchas de estas «obras» fueron improvisadas para atender las obligaciones de Jardiel, de modo que, dentro del elevado tono humorístico, son escasos e irregulares los momentos verdaderamente brillantes.

              La mayoría de los escritos datan de los años 20 del siglo XX. Es conveniente advertirlo porque desde la mirada actual muchas de las chanzas sobre la mujer no harían de Jardiel más que leña para la hoguera. Sin embargo, situado en su contexto es posible advertir que si estas obras, escritos y discursos tuvieron entonces tanta gracia y éxito de público no se debió al masoquismo de la mitad de la población y a la irresponsabilidad de la otra mitad sino a que supo explotar un cambio social entonces aún tímido, pero ya visible. Y es que los cambios son territorio para un humor… que queda rápidamente desfasado tan pronto como el cambio se consuma y consolida y deja de sorprender a nadie.

              A pesar de lo cual, sí se pueden disfrutar interesantes pinceladas que se adentran en algo aún más permanente que el tópico, como es la idiosincrasia de cada sexo.


lunes, 7 de octubre de 2019

Ritos iguales – Terry Pratchett





Serie Mundodisco, 3

              Novela por completo independiente de las dos anteriores, con la única excepción de que todas transcurren, como en lógico, en el Mundodisco, ese mundo plano y circular a lomos de cuatro elefantes que a su vez reposan sobre una tortuga errante de 15.000 kilómetros que avanza por el espacio nadie sabe hacia dónde. Un mundo con un eje central que termina en cataratas que se despeñan al espacio y en el que la magia, como una especie de fuerza física, tiene un papel esencial.

              La protagonista de Ritos iguales se llama Eskarina. Es una niña que vive en un pueblecillo perdido entre las montañas donde va a parar un mago a punto de morir para ceder su cayado a alguien que ha sucederle y que, lógicamente, ha de ser el octavo hijo de un octavo hijo. Solo que, lo que son las cosas, no es un niño, sino una niña, y ya en 1987, cuando publicó Ritos iguales, Terry Pratchett se permitió hacer humor con un muy respetuoso tratamiento de algo, la igualdad entre hombre y mujer, tan en boga más de tres décadas después que a menudo en la actualidad empiezan a mezclarse demasiadas cosas, por convergencia de intereses, provocando que con frecuencia los mensajes resulten confusos unas veces, contradictorios otras y poco rigurosos en muchas más. Y es que Mundodisco y, en especial, los magos, no están preparados para que una mujer entre a formar parte de ellos, cofradía que concentra el poder de tal modo que ni si quiera se sabe si es el poder político. O sí: un poder fáctico, la magia, que en la práctica (¿os suena de algo?) los hace determinantes en el destino del Mundodisco. Nunca antes ha ocurrido que una mujer llegue a ser mago, decía, razón por la cual creen que se trata de algo prohibido. Como verá quien lea Ritos iguales, a la igualdad es más fácil llegar ejerciéndola que reclamándola.

              Pero, antes de enfrentarse a esas reticencias, Eskarina sabe que para ser llegar a ser mago debe pasar por la Universidad Invisible –lógicamente, si no admiten mujeres mago, también cerrada a las mujeres- y no por cuestión de titulitis, sino porque de otra manera a ver quién es el guapo capaz de dominar la asilvestrada fuerza de la magia.

              Ritos iguales es la historia de cómo Eskarina comienza a moverse en el mundo de la magia primero a través de la bruja de su pueblo –otra reivindicación de la autonomía femenina- y de cómo emprende un viaje iniciático a la capital para poder ingresar en la universidad. Una vez allí, veremos que le resulta imposible conseguir su objetivo porque la tradición y los prejuicios tienen un poder que ríete tú del de la magia, aunque, como es de esperar, Eskarina tiene ocasión de meterse en líos suficientes como para que los prejuicios no se estén del todo quietos, en lo que juega cierto papel Simón, otro proyecto de mago que, además, es un tipo brillantísimo.

              Junto a un argumento de novela juvenil late el humor de Terry Pratchett, del que no hay edad para disfrutar porque en él, a través del eufemismo y del disimulo para no horripilar a nadie con la burda realidad, se critica desde la forma de ser de las personas hasta la pompa del poder. Me encanta cómo, siempre, Practchett desacraliza el poder reduciéndolo a la condición «humana» -por más mágica que sea- con todas las miserias a cuestas de quienes lo detentan. Y todo, como siempre, con un derroche de imaginación que por sí solo justifica la lectura de este libro, el tercero de la saga, que muestra mejor ejecución que los dos anteriores, como si a medida que le cogía al tranquilo al Mundodisco Practchett se hubiera sentido más suelto, despierto y agudo. Y así es.