Qué agradecido estoy a Pierre Lemaitre, aunque no por el primer libro suyo que leí, «Vestido de novia», que de tan inquietante lo pasé mal, sino por su trilogía de «Los hijos del desastre» y, enlazada con ella, la tetralogía «Los años gloriosos», que termina con la novela que con estas líneas reseño: «Grandes promesas».
Las siete obras forman una saga monumental, intensa, entretenida, casi siempre divertida incluso en lo malo (por lo que de estrafalarios y chapuceros tienen los personajes más egoístas), siempre un poco loca porque nada es tan serio como aparenta, y que se apoya en cómo afectaron a una generación las dos guerras mundiales (la trilogía «Los hijos del desastre») y las dos décadas y media de desarrollo posterior (la tetralogía «Los años gloriosos»). Lemaitre escribe logrando agilidad a través de la eficacia expresiva y el ahorro de recursos, consiguiendo dar panoramas generales salpicados con digresiones tan rápidas que no interfieren en el argumento, y con una sensación de solvencia que deriva del dominio del lenguaje, la estructura y los tiempos.
El título, «Grandes promesas», alude a las extraordinarias perspectivas de crecimiento que hubo en los años sesenta y que se truncaron repentinamente en 1973. Europa occidental avanzaba a velocidad de vértigo devorando bienes de consumo novedosos y atreviéndose con las faraónicas obras públicas precisas para adaptarse a los tiempos, como la circunvalación de París, que tanto juego da en esta obra.
No aconsejo leer estas siete novelas en otro orden que no sea el de su publicación. Así, quien llega a estas «Grandes promesas» ya sabe lo qué ha sido del patriarca de la familia Pelletier, qué fue de uno de sus hijos, y cuáles han sido las andanzas de su ya anciana esposa y del resto de su descendencia. Con el paso de los años el elenco de personajes ha ido envejeciendo o madurando y, ley de vida, se ha ido reduciendo. Jean, arrastra un secreto que comparte con el lector y que, por sentido común, no puede acabar nada bien. Y más cuando ya sabemos que, en la novela anterior, su hermano menor, François, andaba con la mosca tras la oreja.
El secreto lo conocen los lectores de las tres novelas anteriores, pero por si acaso alguien lee esta reseña antes de leerlas diré, sin desvelarlo, que es morrocotudo, de los que aniquilan todo.
Por eso el papel que juega François en esta ocasión el de investigador. Lo impulsa su curiosidad, lógica en un periodista aunque no actúe ya como tal. Y acabará metido en un dilema colosal. Jean, por su parte, sigue dejándose arrastrar por su esposa, la extravagante, ambiciosa y mal bicho Geneviève. La vida de la familia se transforma así en el hilo argumental de la novela, cuando en las anteriores era una especie de subtrama o telón de fondo. Ahora no. Ahora esa subtrama pasa a ser lo principal. Por fin se resolverá un asunto que lleva tres novelas coleando. Ese es el argumento, y el resto es lo que pasa a ser colateral. Los hijos de Jean y Geneviève, Colette y Phillipe, siguen siendo comodines que conmueven al lector, que admira a la niña y se solidariza con el niño.
Jean, el torpe hijo mayor de los Pelletier, sigue siendo un empresario de éxito. Quién lo iba a decir. Su extravagante y malévola esposa, Geneviève, sigue acomplejada por su espíritu pequeñoburgués, y no ceja en el empeño de sobresalir, de ser más, y más, para lo cual viene de perlas el entorno económico y social que antes he mencionado, la época de grandes oportunidades, con la economía a toda máquina y en pleno desarrollo de bienes y servicios nunca antes imaginados. Esta es una de esas historias ahora colaterales.
Otra es la de François, que de periodista ha devenido escritor de éxito, lo cual le permite tener nuevas costumbres y otras tantas libertades.
Y, por último, está la historia de un humilde agricultor de ascendencia española, que le permite a Lemaitre dos cosas. La primera, ofrecer la otra cara de las «Grandes promesas», es decir, la de los damnificados por las economías de escala. Y, por otra, le suministra un personaje y una excusa que le viene de muerte para zanjar la tetralogía de un modo original y al mismo tiempo sencillo.
Qué bien lo he pasado.
¿Qué más queréis que os diga? Leed estas siete novelas en un plazo no muy largo, un par al año, empezando por la primera, todas en orden, para terminar con esta. Mi «gran promesa» es que no os arrepentiréis.
