En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 1 de junio de 2026

De acuerdo, Jeeves - P. G. Wodehouse

 


Leo a Wodehouse de vez en cuando, pero no principalmente por su fama de maestro del humor, sino porque sus novelas son todas tan similares y a la vez tan livianas e intrascendentes que van de rechupete cuando las entendederas no andan muy lúcidas. Son ideales para relajar la mente. Las dos anteriores las leí durante un viaje en bici de un poco más de 700 kilómetros, con alforjas y todos los sacramentos. Tras toda la mañana pedaleando y parte de la tarde de turismo, a ver quién se refugiaba luego en algo sesudo. Y la novela que ahora reseño la he leído tras un mes y pico de una intensidad tan grande en torno a casi todo que apenas he podido dormir dos o tres noches seguidas en la misma cama. Así que, cuando por fin el ritmo ha bajado, leer a Wodehouse ha tenido algo de dolce far niente, de descanso, de recuperación.

Y es que, si en la literatura uno busca otros mundos, pocos más idílicos que el de los jóvenes rentistas, fauna escasa y pintoresca. Los poquísimos que he conocido no dan un palo al agua, pero siempre afirman rotundamente lo contrario. «Estar todo el día pringado» es para ellos, cuando tienen algo que hacer, levantarse no antes de las 9 o 9:30 y haber terminado sus gestiones antes de las 13.00. Y tan solo acometen tan frenética actividad de vez en cuando. Para el lector vulgaris la vida del rentista supone trasladarse a un mundo plácido. La idea más común del paraíso que prometen todas las religiones incluye, a fin de cuentas, una existencia regalada y cómoda, pero no trabajar. Ni siquiera un ratito. El paraíso es ser rentista.

Wodehouse (1881-1975) comenzó a publicar en 1902 y no paró hasta su muerte. Más de 70 años publicando. Los años 20 y 30 fueron su mejor momento. «De acuerdo, Jeeves» vio la luz en 1922. Los protagonistas son siempre los mismos, igual que su entorno y los planteamientos y argumentos de las novelas. Incluso las soluciones. Wodehouse hace buena la idea de que cada autor siempre escribe la misma novela, pero se hace agradable no por lo repetitivo sino por la flema con que el narrador se toma todos los sinsabores, hasta los mayores desprecios, por el hieratismo del mayordomo Jeeves y por el genio patatero de algunas de las personas que los rodean.

Así que esta novela es más de lo mismo, pero es lo que buscaba y por eso no me voy a quejar.

El narrador en primera persona, Bertie Wooster, que tiene a su servicio al eficaz y hierático mayordomo Jeeves, es un joven rentista inglés que vive sin sospechar qué pueda ser el trabajo, sin otra preocupación que ir al «Club de los Zánganos» y, de vez en cuando, pirarse de vacaciones a algún sitio lujoso un mes o dos o hacer una visita de semanas a la mansión campestre de algún rico familiar. ¡Ah, las mansiones inglesas, cuánto juego han dado en las novelas de humor con sus lords gruñones, sus esposas de vuelta de todo y sus invitados de todos los pelajes, entre los que siempre hay alguno en celo y otro dado a las mayores extravagancias! ¿Y cuál es el papel de Jeeves, cuyo nombre sale en tantos títulos de Wodehouse? Es un tipo que tiene buenas ideas y que sabe sacar partido a esa habilidad. Mayordomo de uno y consejero de todos. Y sus ideas se acaban imponiendo a las de su amo, porque Bertie Wooster también tiene muchas, pero ninguna sale según lo previsto.

En esta ocasión Bertie es llamado urgentemente a la mansioncilla en Worcestershire de su tía Agatha. La razón es que Ángela, la hija de la tía y prima de Bertie ha roto su compromiso con un amigo de Bertie que, por cierto, sigue instalado en la mansión. Además confluyen un tipo timorato que solo sabe hablar de salamandras y una damisela bastante sosa que no hace mucho estuvo en Cannes de vacaciones con media familia. A Bertie, más bien a Jeeves pero es que su amo interfiere, se le encomienda reparar la relación de su prima, peor también, motu proprio, asume la tarea de anudar la segunda entre el tipo de los reptiles y la sosaina. Bertie Wooster es Cupido. Y escupido Bertie Wooster del buen fin de ambos proyectos estos se alcanzan por la intervención de Jeeves, como el lector avisado puede prever sin necesidad de abrir el libro. Lo divertido es ver la elegante forma en que Bertie hace frente al fracaso, la humillación y los problemas y las geniales comparaciones con que se describen aspectos y estados de ánimo. Solo por esto último ya merece la pena leer este libro.

Leer. Leer sin pensar. Leer para sonreír. Dolce far niente.