En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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lunes, 13 de abril de 2026

Madre, el drama padre



La justicia exige distinguir la obra de la edición.

La edición aparentaba ser buena: «Las 25 mejores obras del teatro español. Prólogo de Miguel Nieto. Edición crítica de Javier Sahuquillo. Colección dirigida por el dramaturgo José Luis Alonso de Santos y editada por la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid…», puede leerse en la cubierta. Pero tras el bombo y platillo proliferan erratas y descuidos incluso ya antes de leer la primera palabra escrita por Jardiel; hasta se puede disfrutar de una metedura de pata de coleccionista: un párrafo de casi una página repetido, uno a continuación del otro. Así que, paciente lector, si de pronto sientes una mareante sensación de déjà vu no la achaques a problemas neuronales o a la ingesta de setas compradas de matute a un recolector desconocido; pásale el recado a la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, cuyo trabajo en esta ocasión ha tenido más de dramático que de arte. Al menos, eso sí, el precio es muy reducido. Probablemente haya alguna relación.

En fin… Enterremos el desaguisado y vamos al pobre Enrique Jardiel Poncela, que un poco más de cuidado merece. Una especialidad por la que no es muy conocido es la de escribir prólogos tan sinceros y agresivos que resultan violentos. Si en otros prólogos se quejaba de tener que escribir basura para asegurarse las lentejas contentando al populacho y así luego poder escribir por fin lo que le gustaba, en este afirma haber hecho esto último y acto seguido embiste contra la crítica (que le había sido negativa) con una virulencia a la que solo se puede objetar un detalle: ha hecho pasar a la posteridad el nombre de uno de sus críticos. 

Las pataletas de los autores con la crítica son un follón tan antiguo como la literatura, y del que a largo plazo solo hay unos vencedores: los autores que llegan a ser clásicos. Todos los demás pierden. O, mejor dicho, se pierden en el olvido. Solo si el futuro clásico menciona el nombre de un crítico le habrá regalado la dudosa gloria de la memoria de su cortedad, como en este prólogo hizo Jardiel. Sin embargo, dado que el egocentrismo es tan estúpido que son legión quienes se enorgullecen de adivinarse reconocidos, aunque sea como tontos, yo jamás mencionaría a un crítico. Soy más duro que JardielNo hay condena mayor ni más efectiva que la indiferencia.

«Madre (el drama padre)», a la que Jardiel atribuyó el carácter de crítica contra el pasteloso teatro romántico, se estrenó en el durísimo periodo inmediatamente posterior a la Guerra Civil. Enrique Jardiel Poncela, que había sido rechazado por la izquierda acusándolo de ser de derechas, fue rechazado por la derecha por inmoral. Ya venía el hombre de tener problemas con el título de alguna de sus anteriores obras: la estratosférica cantidad de víctimas y desaparecidos de la Guerra Civil le había obligado a titular en 1939 «Un marido de ida y vuelta» lo que en realidad se titulaba «Lo que le ocurrió a Pepe después de muerto». Abrirse paso siempre es difícil, y aún más cuando hay personas decididas a cerrártelo.

    «Madre (el drama padre)» juega ya en el título con el lenguaje, dada la importancia que el parentesco tiene en esta comedia. El argumento es sencillo y a la vez complejo: unas cuatrillizas, cada una con la rareza que la caracteriza con efecto cómico, están enamoradísimas de unos cuatrillizos del mismo modo singularizados. Se van a casar no porque en las bodas cuadruplicadas se aplique algún tipo de descuento, sino por amor. ¡Ay, el amor! Es tan irracional que se parece a la fe. El caso es que gracias al ir y venir de secundarios que no lo son tanto no dejan de florecer sospechas sobre el origen de los ocho, lo que haría de las cuatro bodas un festival del incesto. Y así, entre que se lía una cosa y se aclara al tiempo que se lía otra que a su vez se aclara liando otra… Bueno, que tras un monumental enredo se llega al desenlace que sabrá quien vea la obra o la lea. Pero no será sencillo verla en estos tiempos si no es rescatando en internet representaciones televisadas: el elevado volumen de actores precisos para poner en escena «Madre (el drama padre)» no debe de hacer de ella una obra muy rentable. 

    Volviendo al momento de su estreno, lo escandaloso para las mentes puritanas fue la idea del incesto. ¿Cómo alguien se atrevía siquiera a recordar que existe? Jardiel se defendió, como he dicho, aduciendo el carácter satírico de la obra, pero en realidad intentó nadar y guardar la ropa. No lo consiguió porque una vez que algún personaje, hasta las narices de tanto lío, se muestra decido partidario del incesto, no hay manera, a los ojos de los puritanos, de arreglar tamaño desaguisado.

    Además, a diferencia de otros problemas clásicos para casarse (las diferencias sociales o económicas, por ejemplo), el incesto hace pensar en el sexo como momento irreversible, como el instante del gran drama o de la suprema depravación. Seguro que su presencia latente a lo largo de toda la obra también escandalizó a los meapilas.

    Para colmo, huelga decir que si hay confusión sobre la filiación de cada cual es debido a que los padres de las criaturas tuvieron comportamientos demasiado disipados para los más santurrones.

    En resumen: ¡El descoco!

    ¡Oiiiiiiing!

    La obra es divertidísima, ágil e inteligente. A pesar de la abundancia de personajes se sigue muy bien incluso leyéndola, aunque, en este caso, hay que estar atento a los detalles que sugieren orígenes o parentescos, pues algún punto es un pelín confuso y los personajes podían haberse expresado con una claridad que la escena permite añadir.

    «Yo me hice asesino por agradecimiento», dice uno de los personajes. Y yo también, porque le estoy tan agradecido a Jardiel por el buen rato que me ha hecho pasar que os recomiendo esta lectura aunque os mate de risa. 


lunes, 6 de abril de 2026

Cuando el toro se llama Felipe - Rafael Azcona

 


Las corridas de toros me parecen una aberración impropia de los valores que deseo para la sociedad. Como somos muchos quienes así pensamos confío en que su fin llegará antes o después de un modo natural. Por evolución. Solo cuando sus defensores sean ya una ínfima minoría las corridas recibirán el empujoncito de la prohibición. No es un deseo, sino una previsión a largo plazo. No creo realista abogar por la prohibición inmediata urbi et orbi porque la fiesta nacional es cada vez menos representativa del sentir nacional pero aún tiene suficiente apoyo social.

Esto es lo único que he pensado de los toros desde que la memoria me alcanza (porque es un tema que no me interesa ni cuando algún diestro ha abierto el pico para demostrar las limitaciones de su cerebro con argumentos lastimosos) y, por tanto, es lo que me he limitado a decir en las infinitas ocasiones en que el asunto ha salido en las situaciones más variopintas. Por eso jamás me había parado a pensar en la casi nula trascendencia literaria del toreo. Es cierto que hay novelas sobre este mundo, pero solo vienen a mi cabeza una de Blasco Ibáñez y dos o tres de Hemingway. Muy, muy poco. No es que haya huido del tema, es que ni siquiera recuerdo haber tenido ocasión de hacerlo. Que la huella de los toros en la literatura sea tan minúscula y me atrevo a decir que tan decreciente desde hace ya décadas es indicativo del significado intelectual del asuntillo y de que la tendencia que deseo es un hecho. 

Toda esta filípica viene porque «Cuando el toro se llama Felipe» es la primera novela que recuerdo haber leído sobre el mundo de los toros. Y, además, no es precisamente una elegía, sino una parodia en la que nadie sale bien parado. Que el texto vaya dedicado al difunto toro ya es revelador.

    No he podido fechar la obra. La editorial dice que es de los primeros textos largos del autor, lo que lo situará en la segunda mitad de los años 50. Rafael Azcona nació en Logroño en 1926.

«Cuando el toro se llama Felipe» juega con diferentes tópicos y, sobre todo, con la certeza de que la afición a los toros es emocional y no racional, como ocurre con el fútbol y ya también con la política. El resultado favorece la parodia, porque lo emocional se lanza de cabeza a regocijarse con tópicos, ideas preconcebidas y prejuicios, pero la cruda realidad interfiere colocando obstáculos en los que no tropezaría la racionalidad.

España. Años 50. Don René está obsesionado por los toros y quiere que su hijo a punto de nacer sea matador. Pero, ¡ay de él! ¡Cómo va a ser torero alguien nacido en Logroño y no en el corazón de Triana! Un torero de Logroño no tiene ningún pedigree, es como ser esquimal en el Caribe. Con la esperpéntica resolución de este desaguisado comienzan los despropósitos.

La acción es por completo caricaturesca, de todo punto irreal pero con verosimilitud, que es lo que se pide a cualquier novela. La verosimilitud la alcanza porque Azcona no disimula lo hiperbólico. Desde la primera línea el lector espera cualquier ocurrencia, cualquier barbaridad por estrafalaria que sea, y todas le harán sonreír. Desde el modo en que se recluta a la afición hasta los primeros pinitos en un improvisado coso en el comedor de un piso o el alquiler de un chico-toro, todo es una divertida secuencia de disparates.

A medida que el maestro deja el biberón y comienza a crecer queda patente que una cosa son los designios de don René y otra la voluntad del niño, que, para colmo, lleva gafas (¿Cuándo se ha visto un torero con gafas?), lo que introduce en la historia otra derivada: las relaciones paternofiliales cuando los padres consideran a los hijos una prolongación suya. ¿Hay manera más eficaz de hacer desgraciado a un hijo?

El caso es que Rafael (o, mejor dicho Rafaé), que así se llama el, ejem, maestro, tiene unas dotes para el toreo tan malas como buenas son sus intenciones hacia el toro. Además, ¿qué bicho viviente va a dedicar su juventud a pensar en cuadrúpedos cornudos, pulgosos y de mal genio, mulas malolientes, banderillas afiladas, capotes y cuadrillas achaparradas cuando al alcance de la mano está el amor? ¡Ay, el amor!

Con estos ingredientes Azcona teje una historia divertida (sobre todo al final) pero un tanto irregular, porque los orígenes del asunto y la evolución del diestro hasta la juventud son algo que parece encarrilado hacia la resolución de la duda de si Rafael hará algo o no en la tauromaquia, pero en un momento dado el centro de la acción gira y el toreo se convierte en circunstancia determinante de algo que nada tiene que ver con él y que aparece ya tarde en la novela.

Ambas partes tienen además un problemilla: la acción avanza a trompicones, como secuencia de anécdotas cuya única relación entre ellas es que las primeras sirven de base a las siguientes, pero sin relación de causalidad.

La narración corre a cargo de un testigo presencial que en realidad no siempre lo es: un tal Vicente, que se da a conocer dando cuenta de algo muy atípico para la época, a lo que volverá al final. Vicente -nada que ver con el repelente niño Vicente, también de Azcona- se ve envuelto en el desarrollo de la carrera de Rafael, y tanto los une esa circunstancia que acaban siendo dos probos… Bueno, no digo más. El caso es que comparten destino, que es la mejor manera de que surjan desavenencias. El problema, el problemón, es el que permite el desenlace de la novela al hilo de un topicazo de la época del que solo voy a dar un dato: es mujer. El entorno social está ligado a los valores más rancios del momento; tanto han cambiado que verlos ahora exagerados para parodiarlos casi resulta violento. Pensad, también, que la identificación de las corridas de toros «con lo español» propició la defensa y promoción de la tauromaquia por el franquismo, a fin de cuentas un régimen nacionalista. Por eso el libro también puede ser entendido como una burla a «lo españolazo» ya que don René chapotea en el ridículo debido a su convencimiento de que nada hay más importante que los toros.

Humor blanco, por una parte, y crítico por otra. Lo que de inocentón tiene el desenlace queda compensado con la ridiculización del mundo taurino. La caricatura de ciertos valores, como el machismo rampante e inconsciente de don René que su esposa acepta sin dudar, también puede leerse como una crítica. Aunque a saber. Quizá algunos lo festejaron.

«Cuando el toro se llama Felipe» no pasará a la historia de la literatura de humor, porque le falta linealidad para ser un todo distinto a la mera acumulación de escenas mortadelofilemonianas, pero bien merece un hueco en las bibliotecas por cómo parodia una época que a estas alturas parece, por la naturalidad con que se aceptaban ciertos valores, antediluviana.

jueves, 5 de febrero de 2026

Don Clorato de Potasa - Edgar Neville

 



Edgar Neville nació el día de los inocentes de 1899 y murió el día del libro de 1967, fechas bastante lógicas para un escritor de humor, aunque tocó también muchos otros palos, especialmente el cinematográfico.

    No había leído nada suyo, aunque siempre lo he visto codeándose con grandes como Enrique Jardiel Poncela o Miguel Mihura, si bien al menos un escalón por debajo.

    El escalón, si cometo la injusticia de juzgar a Neville por esta obra, es muy alto, pero leeré alguna más con la esperanza de que este primer juicio sea equivocado.

    Y es que «Don Clorato de Potasa» (ridículo nombre de guerra elegido por el achispado protagonista para sus correrías) es una obra que merece un «psé» y solo uno. Fue publicada en 1929, así que tiene la excusa de la bisoñez.

    En realidad, no es ni una historia, sino más bien una secuencia de escenas y ocurrencias inconexas que, según avanzan las páginas, va abandonando personajes en la cuneta; solo permanece el protagonista. No hay argumento ni nada que se le parezca, sino una exposición de gracias. Esto permite chispazos de diversión, algunos pocos momentos brillantes y, sobre todo, una intensa sensación de pérdida de tiempo. A la hora de ponerme a escribir esta reseña he tenido que hacer un notable esfuerzo de memoria, porque nada hay en estas páginas que merezca la pena ser recordado, lo cual no es incompatible con leerlas para escapar un ratito del valle de lágrimas. 

    La sinopsis accesible a todo el mundo por internet dice que esta obra «se inscribe en las coordenadas de confluencia del vanguardismo y la narración humorística y está dominada por el antitradicionalismo y el antirrealismo propios de la primera etapa literaria de Neville. Sus personajes son seres inconformistas e inadaptados, caracterizados por lo absurdo e inverosímil de su comportamiento». ¡Madre mía! Pues ya está: cuando para atraer a un lector hay que decir «vanguardismo», «antitradicionalismo», «antirrealismo» y «etapa literaria» es que no es posible hacer una promesa jugosa sin mentir como un bellaco. Además, lo personajes ni son inconformistas ni inadaptados. Son personajes del absurdo, que ejercen el gamberrismo con suma seriedad y educación, pero nada más por culpa de la falta de trabazón, y esto es insuficiente para crear un mundo absurdo, que es el gran mérito de los mejores escritores de humor de esta época. Por cierto, un personaje del absurdo no puede ser un inadaptado, porque la gracia está en lo bien que se adapta a un mundo ilógico. 

    Y pensar que compré este libro en un mercadillo sin dudar, entusiasmado, porque nunca me había topado antes con un libro de Neville… Como dijo el poeta, «¡Cagüen!»


lunes, 2 de febrero de 2026

Los 38 asesinatos y medio en el Castillo de Hull y otras Novísimas Aventuras de Sherlock Holmes – Enrique Jardiel Poncela

 


    En 1936 Enrique Jardiel Poncela publicó «Los 38 asesinatos y medio en el Castillo de Hull». Las «Novísimas Aventuras de Sherlock Holmes», siete relatos aún más breves, fueron publicadas en 1939.

    Ni que decir tiene que, para entonces, Sherlock Holmes, el personaje que Arthur Conan Doyle (1859-1930) había alumbrado en 1887, era ya celebérrimo. La parodia suele hacerse sobre lo conocido y, además, en este caso, lectores eran quienes conocían de primera mano a Sherlock Holmes y lectores iban a ser quienes leyeran la parodia, lo cual no dejó de ser una osadía por parte de Jardiel porque, evidentemente, los destinatarios de la obra no podían ser otros que los previamente cautivados por Sherlock Holmes. ¿Cómo se lo tomarían? Cuánto menos arriesgado es parodiar a un personaje histórico, a un actor, a un pintor, a un músico o a un político.

    Aunque la osadía de Jardiel fue relativa, claro, porque cualquier parecido entre los dos Sherlocks es caricaturesco. Si el genuino maravilla a los lectores con su prodigiosa capacidad de deducción, el de Jardiel lo hace con lo «razonablemente absurdo» de sus a veces brillantes deducciones. Este es el gran mérito de esta obra, el modo en que se hila lo en extremo racional con lo irracional provocando la sonrisa. Por supuesto, ayuda el tono grandilocuente, caricaturesco, que impide tomarse nada en serio. Todo está contado por un entusiasta narrador que no es el doctor Watson, pero que hace su papel.

    Buena y breve lectura que satisfará a los asiduos al autor, porque es mejor que algunas birrias que publicó para pasar por caja, aunque este libro está a años luz de sus mejores obras.

    La edición que he leído, de Reino de Cordelia, es fenomenal, y contiene las dos obras señaladas al principio, decisión acertada porque entre ellas hay unidad de personajes, de tono y de recursos. De hecho, la primera tiene un calco en un relato la segunda a modo de broma, aunque también porque una se inspiró en la otra. Los dibujos de la cubierta y la sobrecubierta son de 1912 y 1914, obra de Gus Mager (1878-1956), autor estadounidense de ascendencia alemana. Mager se hizo famoso por las tiras cómicas que publicó en la prensa con, entre otros, el personaje de Sherlocko the Monk, luego Hawkshaw the Detective, inspirado, en Sherlock Holmes. El evidente carácter caricaturesco de esta serie de viñetas y de la obra de Jardiel, los lugares de publicación de ambas y las fechas de unas y otra dan idea de lo rápida y ampliamente que se había extendido la fama de Sherlock Holmes en un mundo donde sus andanzas solo podían circular en papel.



jueves, 13 de noviembre de 2025

Pies de barro - Terry Pratchett

 



Dentro de la saga de Mundodisco hay subsagas, como la de los guardias, a la que pertenece esta novela, la decimonovena del Mundodisco. Así los protagonistas son comandante Vimes, el honesto, eficaz y raro capitán Zanahoria, la policía y mujer loba Angua, Nobby Nobbs, Colom y, también, una enana barbuda llamada Jovial Culopequeño.

Aunque Pratchett ha jugado otras veces con la estructura de la novela negra o de misterio, pocas veces, en las ya más de veinte novelas suyas que he leído, lo hace tan claramente como en esta, hasta el punto de que apenas hay parodia de ninguna realidad social (como no sea de la comprensión o incomprensión del cambio de sexo, a través de la figura Jovial Culopequeño, si bien en la novela no es tal) aunque sí puede tomarse como parodia de la novela negra. De hecho, hay que ver cómo se las ingenian en ese mundo seudomedieval para aplicar técnicas modernas de investigación.

La trama es compleja y brillante, porque reúne recursos interesantes aunque, como siempre, y debido a la rapidez, la evolución de algunas cosas se adivina más que se lee. A un misterio inicial e intrigante (el asesinato de dos ancianos que nada tienen que ver entre sí) se une uno de esos misterios que en las novelas negras tradicionales coquetean con lo sobrenatural y que aquí son naturales porque todo el mundo es raro: qué diablos está pasando con los gólems, considerados cosas y no seres, hechos de barro, gigantescos, incapaces de hablar si no es por escrito, trabajadores infatigables y que solo saben hacer aquello que llevan escrito en un papel bajo la vacía tapa de los inexistentes sesos. Pero ojo, que aún se une algo que además tiene el atractivo de codearse con las altas instancias: lord Vetinari, el patricio de Ankh-Morpork está pachucho. Se diría que está siendo envenenado. Y, para terminar, aún hay un misterio más: el inútil de Nobby Nobbs ha descubierto que es de noble linaje.

Con estas cuatro líneas Pratchett trenza una trama inteligente en la que todo está relacionado: los crímenes, los gólems, la lucha por el poder, en la que entran en juego supuestos derechos dinásticos… Y eso que el lector que viene de antiguo ya sabe que el linaje real, si alguien lo tiene, es el capitán Zanahoria. Todo eso se mezcla, además, con la evolución de las circunstancias personales de los principales protagonistas de esta subsaga: el comandante Vimes y el capitán Zanahoria, cuya relación con Angua… Bueno, quien quiera saber cómo evoluciona, que lea el libro.

Novela buena, muy entretenida, algo por encima del nivel medio de la saga. 


lunes, 11 de agosto de 2025

Ávidas pretensiones – Fernando Aramburu

 


A los escritores famosos se les invita a todas partes. Al resto, a ninguna, por lo que deben mover el culo si desean verse en saraos literarios. Yo, viendo el percal que casi sin darme cuenta he llegado a conocer, jamás he movido un dedo. Por supuesto, quienes han contado conmigo eran conscientes de que doy más juego (poco o mucho) que renombre.

El percal al que me refiero hace justo lo contrario: allá donde divisa una «i» siente la acuciante necesidad de ser el punto. A esta tropa dedica Fernando Aramburu el aviso que abre esta divertidísima obra: «A fin de preservar su vida y la integridad de sus modestos bienes, el autor ha tenido la cautela de asignar nombres ficticios a los actores de la presente crónica. Lo mismo y por la misma razón ha hecho con algunos lugares que pudieran resultar fácilmente reconocibles. El resto es todo verdad».

De ahí, también, mi decisión de ilustrar esta reseña con una foto que mezcla la portada (evocadora de una ávida pretensión de sibaritismo, excelencia o distinción) con la cruda realidad: son legión quienes se sienten a sí mismos como perpetuamente vestidos de etiqueta y dando sorbitos de Krug, con el pescuezo estirado, en una estilizada copa de cristal de Baccarat, cuando en realidad andan en gayumbos y pantuflas con los dedos pringados del vulgar choricejo que suelen mordisquear. O, dicho de otra manera, el número de escritores mediocres con ínfulas es infinito.

    La fauna que en esta novela se congrega en una especie de centro de reuniones anejo al monasterio de monjas que lo regenta, no pretende aparentar nada en lo que a su aspecto se refiere (estéticamente son un desastre) pero, en cambio, no hay entre ellos cabecica sin el ego hambriento, la vanidad hiperventilando y los complejos alborotados. Se trata de una recua de poetas, que bien pudieran llamarse poetos, que acude por tercer año consecutivo a las jornadas poéticas de Casacristo. Así las llaman porque el presupuesto solo permite organizarlas «en casa Dios», como dicen por aquí, expresión no muy delicada, pero más poética que la más realista de «en el culo del mundo».

El programa de las jornadas no lo facilita Fernando Aramburu, pero os lo cuento yo. Primer día, llegada, apáñeselas usted para integrarse en algún «grupo de trabajo» en función de sus manías, filias, fobias y tribu; y, por la tarde, sesión para exponer los resultados improvisados/inventados/reciclados/regurgitados (táchese lo que no proceda). Luego, una chuchurrida cena muy temprana, que las monjas se van a dormir muy pronto. Tras ella la sesión continuará hasta que todos los grupos hayan tenido su minuto de gloria. A quienes no deban exponer se les ruega no roncar. A la conclusión de tamaño festival de erudición, lucidez y agudeza se abrirá la veda para dormir, emborracharse o follar como conejos, en función de lo que cada uno quiera y pueda. La segunda jornada está dedicada a que todo el personal lea alguna de sus obras. Cortitas, que el minuto de gloria no puede tener más de trescientos segundos. Luego, por votación, los distinguidos congresistas elegirán la obra ganadora de entre las declamadas/recitadas/leídas/croadas. Tras el fracaso de todos menos uno se dará por inaugurado un nuevo periodo de maledicencia, odio y rencillas y llegará el momento culminante: la cena con paella hecha por poeta-cocinero-congresista. Luego, mismo programa que la noche anterior. Último día: resurrección o taxidermia de quienes más a fondo se hayan empleado por la noche, atención a la apática prensa desplazada al lugarcillo para la ocasión, y pitando cada uno a su casa.

¿Y de qué trata la novela? De lo que sucede en estas jornadas entre las dos o tres docenas de asistentes, que ya se conocen de otros años. Todos han acudido a la convocatoria con un fin común y otros espolvoreados al azar. El objetivo compartido es estar allí de cuerpo presente para poder decir que son poetas insignes que se codean con otros poetas insignes (no tan insignes como ellos, por supuesto, pero quizá con más e injusta fama). Luego, unos aspiran a jugar a las cartas, otros coger una tajada monumental, otros cuantos a llevarse a la cama a quien se ponga a tiro y alguno hay que solo aspira a dormir. En suma, egregios mendicantes que, vistos con los ojos de Aramburu, tienen más de lo segundo que de lo primero.

Entre los personajes a seguir está el organizador de las jornadas, un tipo sensato y práctico con maña para pastorear el rebaño porque conoce las debilidades de cada borrego. Como además en el grupo hay confianza tanto en la amistad como en el odio, y ninguno le debe nada a nadie porque todos niegan sin disimulo los mismos favores literarios que reclaman para sí como un acto de justicia, le es sencillo decir las cosas claras.

Hay también varias parejas homosexuales. La que más juego da es la de dos poetas lesbianas lanzadas y gamberras sin malicia. Son a un tiempo sensatas, inconscientes, tiernas y gruñonas. Hay también una diminuta tribu de poetas cuyo mayor problema es que a uno de ellos, que no tiene el cerebro en su mejor momento, le ha dado por tripear algo bastante indigesto (aquí lo dejo). También hay una poeta que se siente agraviada porque otro no la ha incluido en una antología. Está el de la antología. Y otro que sabe abrir puertas. Y un viudo timorato. Y una poeta ancianísima (¡57 años!) con fama de lunática y pesada. También acude un vejestorio (¡más de sesenta años!) ciego, soberbio, egocéntrico y celoso, asistido por una preciosidad de veintipocos que pone en celo al resto con su sola presencia y… Vanessa Rincón, que así se llama la tentación andante (iba a llamarla «pastelito», pero me he salido a tiempo de la mente de los personajes) juega un papel relevante no solo por lo que es y demuestra su relación con su anciano «protegido/protector», sino porque es primeriza en ese tipo de aquelarres, y llega a él con ojos inocentes, pero no ingenuos ni faltos de ambición.

    Hay también una mesa donde se exponen y venden los libros de los asistentes. Unos desean la gloria de vender muchos, y todos la gloria secundaria de que algún ejemplar de sus obras sea robado. Ni que decir tiene que puesto de venta es un páramo. 

Volviendo a los asistentes, ninguno ha escrito un verso digno de ser recordado, pero todos están de acuerdo con esta idea: «Los demás son una mierda de poetas». Y también con esta otra: «Merezco mejor suerte de la que tengo, y también la merezco mejor que los demás». De resultas de ambas los comportamientos ruines, tanto que a menudo devienen crueles e infantiloides, conviven con las andanzas de quienes están en celo (¡ay, Vanessa, cómo los alborota) o tienen algún desaguisado que arreglar o cuentas que ajustar, que ya se sabe que quien tiene solo un garbanzo para comer envidia al que tiene dos. Así surgen camarillas y versos sueltos, y así es como transcurren las jornadas, a un tiempo ordenadas y caóticas, a las que todos llegaron con la esperanza, más bien el anhelo, de llegar a ser un poquito más importantes y se marchan con el alivio de saber que siguen siendo la misma asendereada mierdecilla, pero con el ego y la vanidad todavía vivos porque la razón del aquelarre era, precisamente, la de envolver de regalo el truñín para hacerlo refulgir como un diamante ante quienes no estén al cabo de cómo funciona este mundillo.. 

Y es que ego y vanidad no mueren ni a palos. Con esta idea juega Aramburu, que sin duda conoce bien el percal. «Ávidas pretensiones» está fenomenalmente escrita. Clara, dentro de la complejidad derivada de la abundancia de personajes, bien estructurada, divertida y expuesta con un punto de cariño, otro de cinismo y siempre con humor. El tono es también bromista, porque acaricia la solemnidad y pompa que los personajes creen merecer, como para no ofenderles y respetar los aires que se dan, pero lo hace para contar sus ridículas vicisitudes. El contraste entre el tono y lo narrado es una de las principales fuentes de humor. Un humor trabajado e inteligente, cervantino, que surge del enfrentamiento de las aspiraciones a la realidad. 

    Una novela que es una cura de humildad para todo el que se crea algo.

    Buena lectura, sin duda, pero no original, porque ¡cuánto debe la buena literatura de humor al inabarcable mundo de los cretinos!


lunes, 2 de junio de 2025

Mascarada – Terry Pratchett

 


La solemnidad es la liturgia inventada por el ser humano para dar importancia a las cosas o, más frecuentemente, a sí mismo. Por eso, cuanto más importante pretende ser una persona de mayor solemnidad se rodea. El mejor ejemplo lo hemos tenido hace poco con la elección de León XIV: los papas, que al atribuirse el papel de representantes de Dios se situaban incluso por encima de los reyes, se rodearon de una solemnidad sin parangón para dejar constancia de su insuperable posición (¡casi divina!) e incluso organizaron el tinglado de los cónclaves dotándolos de un deliberado punto de misterio: el aislamiento de los cardenales electores y el secretismo absoluto sobre cuanto acontece en la Capilla Sixtina permite que sea la imaginación de la gente la que ponga la guinda (divina, por supuesto) al monumental pastel que desde la tierra llega al cielo y que lo mundano de las negociaciones, de ser públicas, hubiera derrumbado.

En realidad, no existe ámbito humano sin cierta jerarquía. No existe profesión o grupo en el que unos no se sientan superiores a otros e intenten traducirlo en algo visible. Y cuanto más visible desee hacerse, más precisa y útil es la solemnidad.

Entre los músicos, sean instrumentistas, cantantes o compositores, no hace falta ser muy espabilado para darse cuenta de que la música clásica y la ópera se invistieron hace tiempo del honor de ocupar la cúspide. Y, por tanto, para que nada los desmereciera, su público también debía ser el más selecto. Todo esto debían proclamarlo los gestos, la liturgia, los oropeles. Desde lo grandioso y artístico de los teatros y las puestas en escena hasta el trato a las figuras («divo» procede de «divus», que significa «divino»), las más célebres de las cuales, según el tópico creado, son incapaces de pisar un hotel de menos de ochenta estrellas, de contentarse con menos de no sé cuántos minutos de aplausos y toneladas de rosas y que para colmo desarrollan sus particulares «liturgias solemnes», totalmente exclusivas, a través de excentricidades o caprichos que los distingue del vulgo. Como ya he dicho, el público tampoco puede estar compuesto por desarrapados, sino por lo mejorcito de cada lugar y encopetado. Que este modo de encumbrarse en el mundo de la música ha sido la pauta desde hace algún siglo que otro siempre lo han reconocido tácitamente, por imitación, quienes andan por debajo en el escalafón: las estrellas de la música popular, envidiosas y no menos vanidosas, a medida que crece su fama (no antes, por si acaso) se apresuran a emular las extravagancias de los divos y, para no dejar dudas sobre su valía, siempre han estado dispuestos a «consagrarse» «viéndose reconocidos» con una filarmónica detrás, da igual si uno se llama Freddy Mercury o Raphael. Otra cosa es, claro, la pela manda, que a menudo haya que abrir el espectáculo al populacho, que al final es lo que da dinero, aunque bien es cierto que muchos acuden atraídos por lo que acabo de contar.

Digo todo esto porque la solemnidad es territorio abonado para la parodia, pues apenas el boato deja ver una costura, a través de ella se vislumbra la prosaica realidad: un ser humano con ínfulas y no pocas veces necesitado (a menudo enfermizamente) del reconocimiento ajeno; alguien, en definitiva, que pretende ser superior a aquellos a quienes necesita inexcusablemente para sentirse así.

Terry Pratchett construye en Mascarada un mundo operístico chapucero, tristemente alegre y con muchos puntos patéticos en el que, como en el mundo real, la espiritualidad de lo excelso se derrumba como víctima de un tiroteo ante la presencia de la pasta, lo cual demuestra una vez más que, fuera de los oropeles, famosos y poderosos no se diferencian de menesterosos. 

Además, Pratchett parodia una especie de ópera sobre la ópera: «El fantasma de la ópera». Repito: parodia la ópera parodiando una ópera sobre la ópera. Parodia a la enésima potencia. «El fantasma de la ópera» (1910) fue una novela de Gaston Leroux que alcanzó la celebridad tras su paso por el cine y la perpetuó gracias al musical –con más ínfulas operísticas que operístico- del mismo título compuesto con Andrew Lloyd Webber (estrenado en 1986, sigue en cartelera casi 40 años después). No es lo único que Pratchett parodia. El personaje de Christine (así se llamaba el amor del fantasma en las obras inspiradoras) corresponde en Mascarada al tópico de la rubia guapa y tonta: un personaje con menos memoria que una ameba, siempre alegre y que habla con muchas exclamaciones: una diva que, como verá el lector, no lo es tanto porque la realidad es más… A ver cómo lo digo… Gordita.

Sin embargo, como el simple ir y venir de fantoches con más o menos aires de grandeza hubiera complicado montar una parodia, Terry se agarra a Gaston y a las novelas negras y regala al lector algún fiambre que otro, de modo que la parodia es un marco para una pintoresca investigación. Tan chapucero es este mundo que los investigadores son tanto las víctimas potenciales como los señores que pasaban por allí.

Como siempre en Pratchett no hay un solo personaje normal. Todos son, de un modo u otro, caricaturas. Pero, a diferencia de otras veces, en Mascarada prescinde por completo de la magia del Mundodisco a pesar, incluso, del papel destacado que juegan dos viejas conocidas de los lectores de la saga: las brujas Yaya Ceravieja y Tata Ogg. Por supuesto, también hay un pequeño papel para uno de los más logrados personajes de Pratchett, la Muerte, aunque en esta ocasión aparece un poco desdibujada.

¿El resultado? Una novela algo más ágil que otras, entretenida y divertidísima. 

    Mascarada se titula así no solo por la célebre máscara del fantasma, sino porque la solemnidad, en el fondo, es la mayor mascarada.


lunes, 5 de mayo de 2025

Los muertos no se tocan, nene – Rafael Azcona

 




Lo más solemne que podemos hacer es morirnos. 

Otra cosa, claro, es que en tan delicado trance la solemnidad empieza en uno mismo y termina en el primer deudo o señor que pasa por allí con la mente en otra cosa.

Decía en este blog, en 2012, que lo contrario al humor no es la seriedad, sino la solemnidad. Y como la solemnidad no es otra cosa que el artificial adorno de la realidad para dar importancia a algo o alguien, cuando en la escenificación irrumpe lo cotidiano se rompe la solemnidad, y por la grieta se cuela el humor. Por eso movía a la sonrisa el gavioto que en el último cónclave se instaló durante interminables minutos junto a la chimenea de la sala aneja a la Capilla Sixtina, enfocada por una cámara fija que retransmitía a todo el mundo, a millones de televidentes cuya espiritualidad se vio sustituida por el temor a que los intestinos del avechucho interfirieran en el humeante habemus papam; por eso sonreímos hace ya más tiempo, en 2007, cuando el Presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz, visitó una mezquita en Turquía y, al descalzarse, mostró al mundo los tomates de sus calcetines, por los que asomaron dos relucientes dedos gordos; o por eso no fueron pocas las autoridades incapaces de reprimir una sonrisilla cuando, en el momento más solemne del desfile del 12 de octubre de 2019, el paracaidista que traía desde los cielos la bandera nacional (¡qué evocador la patria descienda de los cielos!) se dio un trastazo contra una farola y con él quedó, colgando cual longaniza, el símbolo de la soberanía nacional.

Con esta idea, la de ruptura del protocolo (porque el protocolo es el ritual para invocar la solemnidad), juega constantemente Rafael Azcona en esta divertidísima novela que publicó en 1956, cuando tenía solo treinta años.

La censura no permitió que fuera llevada al cine, probablemente porque las alusiones sexuales son sorprendentemente claras y abiertas para la época. Tuvo que esperar hasta 2011.

Logroño. Años cincuenta del siglo XX. Don Fabián, casi centenario, está a punto de morir en su casa, en su cama, y lo hace no sin antes pronunciar unas últimas palabras llamadas a pasar a la posteridad, aunque lo que entiende su hijo lo sabrá quien lea la novela. El caso es que el hombre casca y, habiendo sido nada menos que funcionario municipal (amén de gran aficionado a los toros) hay que dar a las pompas fúnebres el brillo necesario, sobre todo porque es probable que el alcalde en persona pase por el domicilio a dar el pésame, con lo que lo importante, al final, no es el muerto. Es que los vivos queden bien con el regidor. Es decir, el muerto pasa a ser instrumento de las aspiraciones de los vivos. ¡Pobre don Fabián! ¡Toma solemnidad!

En torno al difunto está su hijo, un septuagenario viudo, tratante de piensos, algo aturdido por el deceso; su hija y el marido (un suboficial militarote, un besugo con ínfulas) que intentan llevar la dirección de las honras; y el biznieto Fabiancito, adolescente que además de incipiente pésimo poeta está descubriendo el sexo en verso y prosa. En torno a la desconsolada, ejem, familia, está la criada, un mendigo, un señor de Bilbao y quién sabe si la segunda nieta del finado, en su día expulsada de la familia por cometer la ignominia de liarse nada menos que con un afilador gallego, que, por si acaso alguien lo ignora, era lo más bajo que cabía imaginar en la sociedad de la época.

Y así, tras un comienzo titubeante que hace que al menos el primer tercio de la novela parezca ir sin rumbo, la acción va cogiendo velocidad hacia su destino final, que no es otro que enterrar a don Fabian. Lo que sucedió en el ínterin lo sabrá quien lea una novela con la que, lo reconozco, he tenido que dejar de leer al menos dos o tres veces por culpa de la risa.

Termino: los años cincuenta, con sus tremendas carestías, también juegan un papel humorístico impagable. Intentar mantener las apariencias cuando apenas hay nada que aparentar da un juego notable. La improvisación, la chapuza y las ideas extravagantes campan a sus anchas y retratan a una sociedad que quiere y no puede incluso cuando llega la muerte. Una sociedad, también, donde el mejor parado es el caradura y donde todo hijo de vecino rinde pleitesía a quienes tienen dinero suficiente para no pasar penurias. 

Humor a raudales, especialmente negro. ¡Y qué bueno es el buen humor negro! Al trivializarla, nos hace perder el miedo a la muerte y mirarla a los ojos. Nos hace casi hasta darle una palmadita en la espalda.


lunes, 24 de marzo de 2025

Historias de Vigàta, 1 – Andrea Camilleri

 


    Altamarea prometió cuatro volúmenes de «Historias de Vigàta». Este es el primero, publicado en 2022. Los dos siguientes son de 2023 y 2024. Del cuarto no tengo noticia, aunque de seguir el ritmo debería estar al caer.

Si he tardado a leer este conjunto de ocho relatos ha sido por cierta desconfianza hacia el tratamiento que Altamarea ha dado a Camilleri en los opúsculos con que trató de exprimir su memoria antes de que comenzara a diluirse y que culminaron con la lamentable refrito de «Conversaciones sobre la escritura».

Tampoco afirmaría que la editorial se haya matado ahora. Me da la sensación de que la traducción ha sido poco revisada. Además, las extrañas conjugaciones verbales que salpican el texto jamás las había visto en las casi setenta obras de Camilleri que llevo leídas.

En cuanto al contenido en sí, se trata de ocho relatos (La conjura, Regalo de Navidad, El mirlo parlante, Gran Circo Taddei, La última misión, El tiovivo, Tesoro enterrado y La revelación) que comparten extensión (adecuada para leer cada relato de un tirón); momento histórico (primer tercio del siglo XX); y la habitual tipología de personajes de Camilleri, donde abundan fascistas y caciques a la vez terribles y ridículos, mafiosos siempre peligrosos y taimados y los verdaderos protagonistas: los sufridores y perdedores, la gente de a pie, que solo tienen como armas la bondad, el ingenio y la osadía. Por supuesto, todas comparten escenario, como anuncia el título: Vigàta, trasunto de Porto Empedocle, la localidad natal de Camilleri, situada en la costa suroeste de Sicilia, frente a Túnez.

Pero lo que más llama la atención de estas historias donde el lector habitual de Camilleri lo reconocerá desde la primera línea es que todas comparten un tema central: el sexo. Por el modo en que están escritos, los relatos más parecen una excusa para hablar de él que otra cosa. Así vemos desde auténticos atletas sexuales de ambos sexos a ciertas damas que, ante la evidencia de que el «disparo de escopeta» necesario para quedar embarazas falla cuando dispara su marido, buscan el disparo de un «segundo cañón» (todo sea por la maternidad). Además, en cualquier caso y circunstancia existe una notable predisposición a la coyunda en todo bicho viviente.

Y así, aunque hay relatos, como el primero o el penúltimo, con un final brillante, otros dejan la impresión de que hablar de sexo en esos términos entre festivos e idealizados y con algo de adolescente inexperto no acaba de cuajar cuando, en lugar de ser una anécdota, el asunto se apodera del relato.

Unos relatos que parecen escritos como entretenimiento o ejercicio literario, todos con el humor característico de Camilleri, que se encariña del débil y ridiculiza al fuerte, y que gustarán a todos sus devotos, entre los que me cuento.


lunes, 24 de febrero de 2025

Tiempos interesantes – Terry Pratchett

 


Suena bien lo de vivir «tiempos interesantes», ¿eh? Pero ocurre que en el imperio agatano, situado más o menos en el cul… del… bueno, en el quinto pino del mundo… perdón, del Mundodisco, la expresión se usa como maldición.

El imperio agatano es un trasunto de China, que si todavía hoy es una cultura desconocida en occidente aún lo era mucho más cuando se publicó este libro, en 1994. 

Tiempos interesantes comienza cuando un par de dioses se entretienen en jugar una partida de algo parecido al ajedrez, y de sus movimientos resulta lo siguiente: Lord Hong, gran visir del imperio agatano, planea dar un golpe de estado aprovechando que el emperador tiene más años que la tos y está a punto de cascar. ¿Cómo hacerlo? Sofocando una revuelta del Ejército Rojo, lo que hará de él el salvador y líder indiscutible del imperio. Lo que sucede es que el Ejército Rojo no sabe que tiene que hacer la revolución, ni mucho menos posee medios, capacidad, talento y soldados. Ni siquiera animadores. Lo único que podría impulsarlos a la revolución es el cumplimiento de una profecía, según la cual un Gran Hechicero apoyó en su día y apoyará en el futuro al citado ejercitillo. Así que Lord Hong, de modo clandestino, pide a Ankh Morpork el envío de un echicero, sin hache, falta ortográfica por torpeza o chamuscamiento que provoca que el archicanciller de la Universidad Invisible termine localizando y enviando al cul… del... ejem, al quinto pino del Mundodisco nada menos que Rincewind, el asendereado mago que dio comienzo a la saga del Mundodisco con El color de la magia, apareció también en la segunda novela, La luz fantástica, y en Rechicero y Eric

Y no solo con él se van a reencontrar los lectores, sino también con un personaje que solo salió en solo aquellas dos primeras entregas: Dosflores, el turista propietario del equipaje con piernas que ha estado junto a Rincewind en todas sus aventuras.

Sale más gente, claro: una horda de bárbaros capitaneados por Cohen que tienen la sana intención de invadir el imperio agatano para arrasarlo un poco, saquearlo y tal, aunque como son solo media docena de guerreros y todos rondan los noventa años quizá tengan un poquitín más de trabajo del habitual para acabar con los dos millones de soldados enemigos, lo cual propicia que cierto medio sabio que se les ha unido les inste a utilizar un método distinto del tradicional de cascar calaveras: utilizar la astucia y, sobre todo, el comportamiento civilizado.

Rincewind es ya un mago escarmentado. Todo su afán desde la primera página es escapar a un destino desdichado que da ya por supuesto. Pero, como el lector ya sabe de otras veces, la misma huida es la que propicia el cumplimiento de su sino. Los bárbaros, por su parte, van a colaborar con él sin pretenderlo, y el Ejército Rojo por ahí anda dando tumbos desorientado y completamente en la inopia. Frente a ellos Lord Hong y, en la distancia y chapuceros como siempre, los perezosos y glotones magos de la Universidad Invisible.

El libro es de los mejores de la saga si por la trama se le ha de juzgar, y también por la relativa claridad de la acción, y no digamos ya por el humor, especialmente acertado en lo que hace referencia a los bárbaros.

Algo menos acertado está, a mi juicio, respecto a Rincewind y su equipaje (al limitarse a «colmos»), y muy acertado, si no acertadísimo, al principio, cuando Pratchett muestra al lector los movimientos en Ankh Morpork, singularmente los del archicanciller, que terminan con Rincewind en el cul… del… ejem, en el quinto pino del Mundodisco.

La parte paródica está dedicada, como he dicho al principio, a China, que en 1994 solo era aún un gigante despertándose, nada que ver con la situación actual en que ya se ha zampado el mundo. Entonces era un país aún más cerrado, que estaba dando los primeros pasos hacia su singular «capitalismo» y casi desconocido para occidente. Las protestas de Tiananmén estaban recientes y aún lo era también, relativamente, la noticia de los guerreros de terracota de Xi´an, que también juegan un papel en esta historia, lo mismo la Gran Muralla.

Una gran, entretenida y divertida aventura para todos los seguidores de Pratchett y su Mundodisco.


lunes, 27 de enero de 2025

Mi adorado Juan – Miguel Mihura

 


    No voy a decir que llamarse Juan sea como no tener nombre, pero según el INE 365 000 personas se llaman así (o Joan) y hay 161 000 Juan Carlos, 149 000 Juan José, 128 000 Juan Antonio, 111 000 Juan Manuel… En España más de un millón de personas llevan el Juan por algún sitio del DNI.

Por eso el protagonista de esta obra teatral se llama así: porque no quiere destacar. El Juan de esta obra rechaza el triunfo, el prestigio… No quiere ser nadie distinguible. Solo aspira a ser él mismo y por eso le importa un pimiento todo lo demás. Y todos los demás.

    También rechaza cuanto suponga un esfuerzo o trabajo que disguste a sus apetencias, porque su principio vital es «haz lo que te plazca y no te compliques la vida», lo que desemboca en ese confortable anonimato. Y eso que el tío es una lumbrera. O precisamente por eso.

    Y, también, es un tipo encantador. ¿Cómo no va a serlo, si hace lo que le viene en gana y esa es su meta? ¡Como para estar amargado!

    Ocurre, eso sí, que la bella y distinguida Irene (que roba perros para los experimentos de su egregio papá) se ha enamorado de Juan y quiere casarse con él en la España de la década de 1950, donde vivir en pecado es impensable. Y no es que Juan no la quiera, pero es que es demasiado comodón para casarse y tiene la excusa perfecta: no está dispuesto a mover un dedo para cambiar nada, porque nada está dispuesto a sacrificar por el matrimonio: su perfecta vida oscura cambiaría y se convertiría en un amargado. Y de ese amargado no estaría enamorada Irene. Además, se le acabarían antes los ahorros de los que vive sin dar golpe, y entonces, ¿qué? Para colmo, obviamente (para él), no puede pedirle a Irene que se rebaje a vivir en las condiciones en las que él vive y con un marido-guadiana.

    Es un problemilla, claro. Juan vive en lugar humilde que bien puede ser la Barceloneta. Irene, la atractiva robaperros, lleva una vida regalada y opulenta. Es hija de un médico, célebre investigador, que está a punto de patentar un fármaco que hará innecesario dormir. Y el doctor tiene un ayudante tan empático como un cardo y con la autoestima muy subidita que, con el beneplácito del doctor, echa los tejos a Irene.

    Ni que decir tiene que el papá y su ayudante reciben la existencia de Juan y el enamoramiento de Irene con la misma alegría con que recibirían a treinta y tres piojos juntos, como diría creo que Boris Vian.

    Pero Juan… Mi adorado Juan… Juan es comprensivo con todo el mundo. ¡Hasta con el doctor Palacios! ¡Cómo va a querer él que su hija se case con un tiñoso! ¡Y menos aún que se vaya a vivir con él poco menos que debajo de un puente! ¡Pues claro! ¡Es lo normal! Pero ella está dispuesta y…

    Y, bueno, Juan conoce al doctor, el doctor conoce a Juan, las filosofías de vida pueden ser tan contagiosas como los virus y…

    Y, claro, si Juan se sale con la suya, no cambia de vida e Irene se amolda a él, vivirá según su gusto, pero suena un poco egoísta, ¿verdad?

    Así que, ¿qué pasará?

    Juan representa el revolucionario de salón que predica el cambio de valores y luego, por pura comodidad, no hace revolución alguna. Porque ser revolucionario es exigente. Esa es la condición que la introducción atribuye al autor, a Miguel Mihura, siempre crítico y cáustico con los convencionalismos sociales, pero siempre, al final, confortablemente pequeñoburgués. Juan es un poco Mihura. O un mucho.

    Lo cierto es que los avatares de Juan, dentro de una historia divertida por lo disparatada y por las punzadas de absurdo que derivan de algunas cosas y, siempre, del planteamiento límite del personaje, permite realizar unas cuantas reflexiones sesudas sobre el valor o no de los convencionalismos, sobre qué se gana combatiéndolos y sobre cómo se combaten, sobre el egoísmo y la generosidad, sobre la pereza y la osadía, sobre… Incluso sobre la conveniencia de cambiar de vida. 

    Termino diciendo que Juan es el protagonista, sí, pero a mí me llama más la atención el doctor Palacios, porque cuando uno no tiene ocasión de causar mal a nadie, no tiene excusa para no ser fiel a sí mismo. La cuestión, puestos a ser fieles a nosotros mismos, es si sabemos realmente quiénes somos.


martes, 7 de enero de 2025

Soul Music - Terry Pratchett

 


Dos historias convergen (más o menos) en la decimosexta novela del Mundodisco: la primera es la de la Muerte y su, ejem, familia. La muerte ha hecho dejación de funciones y el negocio queda de facto en manos de Susan, su nieta adoptiva (hija de Mort -que da título a otra de la mejores novelas de la saga- e Ysabel); y la segunda historia es la de un músico, Buddy, que acaba tocando una especie de guitarra salida de no se sabe muy bien dónde (cosas de la magia y del Mundodisco) en compañía de un troll percusionista de pedruscos y un enano que toca el cuerno; los tres, influidos por el extraño instrumento que toca Buddy, inventan el rock and roll, o algo parecido que en la novela se llama Música con Rocas Dentro.

La musiquica en cuestión es la pera, algo inaudito y desconocido hasta ese momento. Y además parece peligrosa, por antisistema, ya que arrastra multitudes enfervorecidas que son capaces de olvidar lo mismo rencillas que intereses para unirse a disfrutar delante de un escenario. Opio del pueblo en manos de unos advenedizos que hasta hace dos días eran unos pelagatos. Opio consumido con todos: desde trolls hasta los mismísimos magos de la Universidad Invisible.

Con este planteamiento huelga decir que Soul Music es una parodia de cuanto rodea a la música moderna escuchada por masas que irrumpió en la sociedad de mediados del siglo XX gracias a los avances tecnológicos, con numerosos guiños a cantantes y temas consagrados en la cultura norteamericana. Por ejemplo, los miembros del grupo tienen un éxito inexplicable hasta para ellos, se les puede subir a la cabeza, pueden acabar siendo juguetes rotos, sus seguidores lo son emocionales, no racionales, con lo que sale a relucir el fenómeno fan, singularmente encarnado en Susan, que se siente muy atraída por Buddy; también juega un papel divertidísimo y sumamente crítico un personaje recurrente: Y Va A La Ruina Escurridizo, el empresario siempre ansioso por ganar dinero fácil que se convierte en representante, promotor y todo lo que haga falta: ¡Todo sea por la pasta, incluso, o principalmente, escamoteársela a quien la genera! ¡Ah, el maravilloso mundo de los intermediarios! Por supuesto, dentro del fenómeno fan también salen los imitadores del éxito, los aspirantes, donde el grado de inutilidad es más que apreciable y solo comparable a la profundidad de sus fracasos e ilusiones rotas.

Como en la vida, las causas del éxito a menudo son también las del fracaso, igual que en la vida comer es necesario pero también podemos diñarla de un empacho. En Soul Music el éxito lo ha traído ese extraño instrumento que termina por comerse la personalidad del protagonista. Al final, parece que o uno se carga al instrumento (y al éxito) o el instrumento y el éxito se cargan a la persona. Alguien o algo tiene que cascarla, y esto sirve de enlace con Susan, que además de fan anda la mujer sacando a flote el negocio de su abuelo, aunque con sus propios criterios. Y al final…

Bueno, el final lo sabrá quien lea la novela. Baste decir que, desde el principio, y no solo por la dejación de funciones de la muerte, hay algún personaje al que no podemos llamar zombi, pero quizá si un mal muerto. O alguien incorrectamente vivo, vaya usted a saber. Cosas del Mundodisco.


lunes, 2 de diciembre de 2024

Comandante de la ciudad de Bugulmá - Jaroslav Hasek

 



    «Un tema de debate y especulación es cómo se comportó Hašek en el Ejército Rojo, sobre todo en la época en que era comisario -y comandante adjunto- de Bugulmá», dice, al biografiar a Jaroslav Hasek, ese dechado de rigor que es la Wikipedia.

    En la introducción del ejemplar de la foto, que además de la obra que le da título contiene la que ahora reseño, Monika Zgustova afirma algo menos eufemístico al decir que Hasek, que tras desertar se había incorporado al Ejército Rojo, «llegó a ser un importante jefe militar cuando en octubre de 1920, durante la ausencia del comandante del departamento político del Quinto Ejército, fue nombrado su sustituto, cosa que significaba que estaba encargado de tomar todas las decisiones políticas del ejército que controlaba la Siberia soviética entera. Las últimas investigaciones han dejado claro que en el ambiente revolucionario ordenó un elevado número de ejecuciones».

    No me cabe en la cabeza que alguien pueda cometer ninguna atrocidad, pero no seré yo quien enjuicie hasta qué punto Jaroslav Hasek era o se transformó en un monstruo o se vio arrastrado por las circunstancias que le tocó vivir. Ni tengo otra información que la que acabo de mencionar ni me interesa hacerlo, dado que soy de la opinión de que la catadura moral de un autor no invalida la calidad de su obra ni su mensaje. Las incoherencias entre obra y vida van al debe de la persona, no de la obra. Y, por si faltase algo para completar el lío, la obra de Hasek es profundamente antimilitarista y, en lo esencial, posterior a los acontecimientos de Bugulmá.

    Cuento todo esto porque Hasek anduvo por Bugulmá a finales de 1920, esto es, a los treinta y siete años. 

    Como murió a cuatro meses de cumplir los cuarenta, en enero de 1923, está claro que escribió Comandante de la ciudad de Bugulmá poco después de su paso por esta localidad, que no sé cuántos habitantes tenía entonces. Ahora, 93 000. 

    Cualquier relación que tenga este conjunto de relatos que forman una historia completa con la realidad permite vislumbrar en esta momentos convulsos, donde pensar en matar para no ser matado podía ser una duda razonable e incluso inevitable; duda que mostraría, además, un modo de vida desquiciante, alienante, que transformaba en riesgo mortal mirar más allá del instante presente. Por eso, como el lapso entre esas intensas vivencias y la escritura fue tan corto, sorprende la intensidad del humor de estas páginas. No hay otra cosa más que humor, humor sin reservas en medio de muertes, huidas, encarcelamientos y constantes amenazas de fusilamiento, un humor que jamás busca la seriedad en el texto, sino en lo que cada lector extraiga de él, un humor que, conociendo la fuente de inspiración, solo puede ser obra o de un mayúsculo cínico o de un hombre tan desesperado que no se atrevía a mirar la realidad si no era a través de la deformación humorística. Probablemente por eso es también un humor violento y cruel, pero también una obra maestra.

    Este conjunto de relatos, más bien capítulos, cuenta la absurda llegada del protagonista, un Hasek que habla en primera persona, a la ciudad de Bugulmá, donde toma posesión como comandante; y luego narra sus peripecias hasta el final de su mandato, peripecias que consisten, básicamente, en revolotear en torno al puesto, ejerciéndolo o cediéndolo con el objetivo fundamental de preservar su propio pellejo. La sinrazón de todo se mezcla con los personalismos de cada cual y la sospecha de que nadie es leal a nada que no sea seguir vivo. La fidelidad a las personas dura lo que determina la conveniencia. Ni un segundo más. Como recurso humorístico, muy emparentado con el absurdo, Hasek recurre con frecuencia a los requisitos burocráticos para frenar las vías de hecho que, precisamente, son tales por prescindir de ellos. Vamos, que no puede usted fusilarme con ese rifle porque no es el arma reglamentaria, así que váyase usted por donde ha venido, so incumplidor, ¡que debería darle vergüenza fusilar de esta manera!

    La otra fuente de humor es el contraste entre el trato voluntariosamente cortés, educado, amable, casi exquisito, como si no pasara nada, que los personajes se empeñan en usar entre ellos, y las animaladas que a través de él se cuentan, traman, excusan y proponen.

    La historia tiene algo de cuento del ratón y el gato entre el propio Hasek y un mando militar que cuando no está intentado deponerlo y fusilarlo está cantando loas a su amistad. Ambos saben de su incompatibilidad y nefastas intenciones pero, sin embargo, ambos actúan como si ese comportamiento fuera natural, aunque, eso sí, el personaje Hasek es siempre piadoso y no se dedica a ir apiolando a nadie. Antes al contrario: hurta de la muerte a un buen número de personas.

    Que cada cual saque sus conclusiones sobre lo que esto último puede significar a la luz de las acusaciones que he señalado al principio, pero, en cualquier caso, Comandante de la ciudad de Bugulmá es, como la obra maestra de Hasek, Las aventuras del valeroso soldado Schwejk, un brillante alegato antimilitarista, pues ni una sola de las decisiones, todas caprichosas y absurdas, que toman en esta breve novela quienes detentan el poder de facto se sustentan en el interés del pueblo, y todas, en cambio, hasta las más violentas y salvajes, lo hacen en beneficio de quienes las toman. 


lunes, 25 de noviembre de 2024

Historia del Partido del Progreso Moderado Dentro de los Límites de la Ley – Jaroslav Hasek

 


Historia del Partido del Progreso Moderado Dentro de los Límites de la Ley es un intemporal conjunto de relatos satíricos y paródicos, que, a modo de capítulos, fueron escritos a partir de la experiencia del autor, quien a los 28 años, en 1911, fundó, con intención caricaturesca y de denuncia, el Partido del Progreso Moderado Dentro de los Límites de la Ley, del cual fue candidato.

El presente volumen no recoge todos los relatos que formaron la obra que da cuenta del nacimiento, desarrollo y fin de tan ilustre proyecto político, ejem, sino una selección hecha por Monika Zgustova, que afirma haber eliminado los repetitivos. Me lo creo, porque todos comparten tono, finalidad y planteamiento. En ellos se relatan las correrías del fundador y de alguno de los escasísimos acólitos, sus relaciones con otros partidos y las labores de proselitismo realizadas. ¿Y dónde está la caricatura y aquello que hace esta obra intemporal? En que no hay político ni militante ni simpatizante, comenzando por el propio narrador, que no esté dispuesto a doblegar su ideología y aspiraciones en pro del «ande yo caliente».

Sí es cierto, no obstante, que las referencias al partido nacionalsocialista, que en entre 1911 y 1923, cuando falleció el autor, podían resultar divertidas (en algún momento entre esas fecha se escribió esta obra), tienen ahora un aura completamente distinta, que provoca cierta conmoción: ¿Cómo aquello, tan igual a todo porque todos estaban pendientes del «ande yo caliente», acabó como acabó?

Lo mejor del libro es la brillantez con que escribe y caricaturiza Hasek. Su dominio del lenguaje y la expresión es apabullante; su lucidez, extrema; y su concisión y elegancia, dentro de lo gamberro, enormes. Eso le permite disparar contra todo lo que se mueve y abatirlo con una eficacia escalofriante. Podrá discutirse si su humor es cínico o cruel, pero no que pese a lo descarnado, pues no ahorra realidades, tiene una pátina festiva tan intensa que no se sabe muy bien qué era lo más importante para su autor, si criticar o hacer sonreír. Yo me inclino porque intentó, y consiguió, hacer una sola cosa de esas dos. No es nada sencillo.

El volumen incluye otra obra breve, otra recopilación de relatos titulada Comandante de la ciudad Bugulmá, que comparte tono pero no temática, y que reseñaré más adelante.