En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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martes, 17 de abril de 2018

El peor de los enemigos – Veit Heinichen




     Tenía un poco olvidado a Proteo Laurenti, el comisario de Trieste, porque las sagas de éxito acaban replicándose a sí mismas y oscilando entre el empobrecimiento y el más de lo mismo, aunque esto último no es malo si la literatura es buena. Algo parecido debe de pensar Veit Heinichen, porque no ha querido abusar del personaje, no vaya a resultar que El peor de los enemigos de Laurenti acabe siendo su autor, y por eso el peor de los enemigos de esta novela no lo es del comisario y por eso, también, Laurenti cede el protagonismo a «los malos» e incluso lo tiene muy limitado en la investigación.

     La novela parte de dos hechos aparentemente independientes que implican líneas de investigación distintas encomendadas a órganos diferentes, pero que enseguida se ve que guardan algún tipo de relación, pese a cierto intento de despiste por parte del autor: la explosión de un avión privado en la que muere un potentado beodo y el robo de una enorme cantidad de oro en un espectacular atraco.

      Heinichen se centra en el relato de los hechos y en la huída de los implicados. Como siempre, la abundancia de fronteras es relevante en la trama, como también son abundantes las explicaciones acerca de hechos históricos del siglo XX que explican fronteras y situaciones; en este caso, adquiere cierta relevancia el nacionalismo en el Tirol del sur. Hay otros aspectos también recurrentes: la presencia de gente con mucho dinero y un elevadísimo nivel de vida –por supuesto sobrados de influencia, tejemanejes y pasado no muy limpio- y algún que otro personaje que ronda a su alrededor a la espera de pescar en un río que, si no baja revuelto, siempre puede revolverse.

     Del lado de «los buenos», Laurenti cede una parte considerable del protagonismo a la despampanante y más que temperamental comisaria de una población cercana, ampliando así el universo de personajes que deben dar juego a la saga, pero sin descuidar el toque doméstico y los pequeños papeles de Pina y la fiscal croata, como para que el lector no se olvide de ellas. 

     En resumen: otra buena novela de Heinichen que no sorprenderá a quienes han leído las anteriores, y en la que se agradece el leve cambio de perspectiva necesario para no aborrecer a un personaje por saturación.


martes, 25 de julio de 2017

Sobre gustos no hay nada escrito - Veit Heinichen



Abandoné a Proteo Laurenti, el personaje de Heinichen, hace ya más de tres años. Lo he retomado ahora, con Sobre gustos no hay nada escrito, la séptima entrega de la saga.

El balance: regular. Se nota la profesionalidad del autor, no sobra nada y solo falta una cosa: chispa. Es lo que tienen las sagas: el éxito las impulsa a crecer y acaban muriendo de él cuando no dan más de sí.

Parece ser, además, que Proteo Laurenti ha sido llevado a la pantalla, lo cual quizá explique lo televisivo de esta novela, en la que el protagonista aparece relativamente poco y donde hay una continua alternancia de escenas en torno a varios personajes, historias parciales que acaban confluyendo al final a modo de previsible apoteosis, cada una de las cuales tiene un interés diferente y aporta un punto de tensión en cada momento: la historia de la periodista etíope llamada a desvelar parte del follón y cuya integridad corre constante peligro va pareja a de la de uno de los delincuentes de poca monta pero todo un pimpollo de buen ver y buen vivir que, a su vez, está relacionado por algo más que por los «negocios» con un capitoste del empresariado local vinculado a la extrema derecha, el cual a su vez aporta el «peligro latente», la maldad intrínseca y cierta dosis de ese «cutre-glamour» que tanto vende por lo que atrae el dinero por sí solo y cuando se presencia demuestra que no hace menos imbécil a quien lo tiene. Unamos también el pintoresco toque de «glamour» del café más selecto del mundo y cierto misterio personal que viene de la época de las colonias y que amenaza con descubrir a uno de los personajes su pasado remoto, y tendremos todos los puntos de interés junto a varias historias menores que sirven para enlazar las principales; entre estas secundarias, las de Laurenti y la caterva de infidelidades que conocemos a lo largo de la novela.

Como es tradición en las largas series de novelas, al protagonista, familiares, compañeros y/o amigos, debe ocurrirle alguna que otra cosilla en el plano personal (amores, desamores y tentaciones, preferiblemente) y profesional (problemas, accidentes...) para mantener el lazo afectivo con el lector provocando su inquietud o su solidaridad. Sin embargo, en esta novela da la sensación de que el mismo ir a su aire que hace a Laurenti inmune a todos los peligros profesionales (operativos y administrativos) lo aleja del lector, al que le acaba importando relativamente poco la suerte del clan; en esta sensación también influye la «compensación» de culpas, pues si todo el mundo hace a todo el mundo lo mismo, no hay víctima con la que simpatizar ni ofensor a quien rechazar.

Trieste y su historia, como siempre, están en el centro del pastel, quizá esta vez con algunas referencias que merecen mejores explicaciones, pues no todo el mundo ha estado allí.

Una novela bien escrita, con solvencia y profesionalidad, lo cual se agradece a la vista de tantos bodrios como pueblan las librerías, pero nada más.


jueves, 29 de mayo de 2014

La calma del más fuerte – Veit Heinichen



Sexta novela del comisario Proteo Laurenti. Novela que ofrece síntomas de agotamiento. Pero antes de señalarlos, el argumento:

La inspectora Pina, que sigue compartiendo protagonismo con Laurenti, es mordida por un pitbull cuando practica ciclismo por la zona fronteriza del Carso. De hecho, toda la acción transcurre entre Italia y Eslovenia. La asiste un discapacitado que llega montado a caballo, y la conduce a su modesta casita: una mansión tremebunda donde vive con su papá, un amable caballero que siempre lleva guantes y que está hecho un tiburón de las finanzas internacionales; un tipo que nos es pintado como uno de esos caballeros que tras un vistazo de reojo a una pantalla llena de números dicen “compra” o “vende” y el mercado de futuros del maíz se viene abajo o pega un brinco hasta la estratosfera, lo que convenga al buen señor; en resumen: un perfil peliculero, simplificado y exagerado.

Padre e hijo tienen dinero como para inundar el planeta, aunque cada uno va a su aire; mientras el padre es un especulador, el hijo parece tener otro tipo de objetivos más elevados. Entre los cuales, por cierto, pronto se encuentra Pina.

Vista aérea del paso fronterizo
donde transcurre parte de la acción
Entretanto otros buenos señores vinculados a la mafia se dedican a organizar peleas clandestinas de perros donde se mueve un dineral en apuestas, y el lugar elegido para la ocasión es la tierra de nadie entre Italia y Eslovenia, coincidiendo con el acontecimiento que marca toda la novela: la apertura de la frontera por la ampliación del acuerdo de Schengen (lo que sitúa la acción en 2004) y la pachanga que se organiza para celebrarlo, con asistencia de la flor y nata de la política y de la economía (aunque, parece mentira, con lo detallista que es Heinichen para otras cosas aquí se le han escapado bastantes). Además, y con esto arranca la historia, el malo malísimo de la mansión, aunque ahora es un señor honorable contra el que nadie tiene nada, tuvo en el pasado unos socios poco recomendables, a quienes ahora desprecia y quienes han decidido apiolarlo. Claro que él se entera del asunto (que para eso es muy listo) y se encarga de liquidar a su asesino. Y así es como empieza la novela, con el asesinato de un pelagatos dedicado a todo tipo de chapuzas ilegales. Cómo se enlazan la manipulación de las finanzas internacionales con las peleas de perros en un descampado y el matonismo más salchichero, lo sabrá quien lea la novela. 


Vista del paso fronterizo, todavía en Italia. Eslovenia, a 100 metros.

Si he dicho al principio que La calma del más fuerte da síntomas de agotamiento es porque aunque el final tiene un ritmo muy elevado, la primera mitad es bastante lenta y porque, sobre todo, la prueba de que los personajes ya dan poco de sí es que los hechos se van enlazando unos con otros y ni Proteo Laurenti ni la inspectora Pina deben hacer grandes esfuerzos para que las cosas cuadren. Más que investigadores, son certificadores de evidencias, aparte de alguna acción aislada. Tampoco forman un dúo especialmente integrado ni coordinado literariamente hablando. De hecho el comisario anda de acá para allá preparando las navidades, que va a pasar toda la familia junta por primera vez en mucho tiempo, lo cual es el toque “costumbrista”, aunque en esta ocasión no está demasiado logrado; Pina, por su parte, lo que hace no es tanto investigación como dejarse querer con Sedem, que así se llama el pintoresco galán del corcel. Una de esas casualidades que tanto ayudan en literatura a falta de ideas más originales. Y los nuevos personajes, ya he dicho, resultan demasiado tópicos.


Línea fronteriza

Respecto a los antiguos, Galbano no solo pierde peso en esta ocasión, sino que se diría que aparece para que no nos olvidemos de él. Marietta, en su sube y baja permanente, en esta novela la vemos arisca con el mundo. Y volviendo a Laurenti y su familia, parece que la gracia vuelve a estar en que sus numerosas transgresiones de las normas de convivencia quedan siempre superadas gracias a las influencias de papá cuando no, directamente, a que el propio Laurenti tapa las vergüenzas familiares con su propia y contagiosa desvergüenza.

Entre Italia y Eslovenia hay otros muchos pasos fronterizos en los
alrededores de Trieste, algunos en sinuosas carreteras secundarias.
Lo mejor, sin duda, es la forma en que se lían las cosas para que todo esté relacionado con todo. Pero en ese armónico mejunje, insisto, los protagonistas son los delincuentes (incluso hay un perro que nos cuenta su historia), mientras que quien da excusa a la novela, el comisario Laurenti, casi podemos decir que pasaba por allí. Trieste y su entorno, que siempre es protagonista, también comienza a agotarse; aunque Heinichen es minucioso en los datos y siempre aporta nuevos, lo cierto es que en una sexta novela las peculiaridades de los territorios fronterizos aportan ya pocas sorpresas. Tampoco falta, y no lo digo en sentido elogioso, los “problemas” con los capitostes de Roma, que obviamente “no saben nada” y se desentienden de todo (otro tópico) pero para eso están los héroes de las novelas, capaces de luchar contra los elementos internos y contra el enemigo externo al mismo tiempo. Y todo sin descuidar totalmente las obligaciones familiares.

En definitiva, una novela solo relativamente entretenida y bastante pobretona desde el punto de vista de la originalidad, pues los tópicos en los que se basa apenas quedan disimulados por el ornato supuestamente especial de Schengen y el fiestorro, ni por las costumbres navideñas que cambian el día a día que hasta ahora conocíamos del comisario y su familia.




jueves, 10 de abril de 2014

La danza de la muerte - Veit Heinichen



          La danza de la muerte, de origen medieval, representa a los poderosos de la tierra bailando con la muerte, para recordar que todo poder es efímero. Una representación de esa danza ve Proteo Laurenti en compañía de su amante el día en que esta lo planta. Pero como se verá, hay otros motivos para que esta novela tenga este título.

        Antes, me permito recordar que uno de los recursos más utilizados en las sagas de novela negra es la figura del “archienemigo”, del malo malísimo que escapa una y otra vez al bueno. Se trata de personajes de una maldad casi perfecta que les permite amargar la vida constantemente al héroe de turno. Todo Sherlock Holmes tiene su Moriarty o, más recientemente aunque con mucha menos fama, detectives como Jan Fabel, creado por Craig Russell, tienen su Vitrenko. Bueno, pues quien haya leído las otras novelas de Veit Heinichen con Proteo Laurenti de protagonista sabrá que Viktor Drakic es el Moriarty del vicequestore de Trieste.

          Este tipo de criminales cumplen su función literariomercantil: dejar abierta la historia para suscitar interés por los siguientes libros, pero solo hasta un punto marcado por la paciencia del lector, que no puede estar esperando eternamente un desenlace.  Y así ocurre que pasadas cuatro o cinco novelas ese desenlace suele llegar. Ocurrió con Jan Fabel y Vitrenko, y ocurre ahora con Laurenti y Drakic (aunque aquí queda algún fleco suelto, a través de la figura de la hermana, que puede alargar la cosa). Dicho en otros términos, la danza de la muerte tiene aquí varios significados: respecto de Laurenti, porque le toca jugarse el pescuezo; y, respecto a su mayor enemigo, porque su poder no lo hace inmune.

          Puestas así las cosas, la trama discurre alrededor de una serie de crímenes que vienen a ser un “daño colateral” de las actividades de Drakic; actividades que, dada la situación del caballero, entran de lleno en el mundo de la corrupción. Ni que decir tiene que ese mundo es especialmente boyante en el entorno de una ciudad como Trieste, lugar fronterizo rodeado de países de reciente aparición dotados de un sistema político y una administración muy débiles, países  con gobiernos poco experimentados y fácilmente manipulables, que además acaban de pasar por la experiencia de una guerra.

Imagen de la danza de la muerte, en Hrastovlje, que se cita en la novela


          Supongo que también para no cansar al lector, nuevos personajes aparecen en escena. Pina, la inspectora que llegó en el momento más interesante de la novela anterior, adquiere un papel relevante. Responde a un tipo algo estereotipado de heroína: de apariencia frágil, puede con todo, además de tener una osadía más que notable. Con esta idea enlazo otra: La danza de la muerte es, seguramente, la novela más peliculera de la serie, tanto por el personaje de Pina como por el de Galbano, como por Drakic y su entorno y, sobre todo, porque el tercio final de la novela tiene mucha acción de inspiración cinematográfica.

          Y así como ese último tercio se lee rápido por resultar muy entretenido y avanzar velozmente hacia el desenlace, la primera mitad de la novela es mucho más lenta y atrapa menos que en otras ocasiones. A ello contribuye cierta desorientación, debido a algunos leves cambios en algunos personajes: Marietta ha pasado a odiar, sin motivo aparente, a Pina, convirtiéndose en una individua maleducada a la que además el comisario Laurenti  ya no prodiga (¿por qué?) las burradas de otras novelas; el hijo del comisario, protagonista habitual de subtramas que amenazaban con dar dolores de cabeza a su padre, abandona ese papel, y la subtrama pasa a corresponder a la inspectora Pina; por su parte, Galvano gana protagonismo, mucho, confirmando la progresión iniciada en las novelas anteriores, aunque es un personaje demasiado histriónico, y ha dejado de ser un cascarrabias para ser, en muchos momentos, desagradable.

          Por lo demás, como siempre Trieste y su entorno siguen siendo tan protagonistas de la novela como los propios personajes. 

          En resumen, una novela más de Proteo Laurenti. Una novela que siendo entretenida y leyéndose bien, tiene algo de leve ruptura con las anteriores, posiblemente como una estrategia para no terminar aburriendo.


jueves, 30 de enero de 2014

La larga sombra de la muerte – Veit Heinichen



Cuarta novela centrada de Proteo Laurenti. Hasta ahora quizá la mejor, aunque a costa de reducir las extravagancias de Proteo, lo cual tampoco mengua demasiado el humor, ya que en alguna otra ocasión las ocurrencias del comisario chirriaban demasiado.

Lo que no cambia es el escenario, Trieste, y la historia acumulada en esa tierra desde la Segunda Guerra Mundial. Viejos casos que llevan treinta años sin resolver se acumulan en la mesa del vicequestore Laurenti; entretanto, un misterioso motorista se ha visto envuelto en un altercado con unos caballeros poco recomendables con ocasión del intercambio de una no menos misteriosa mercancía que va a parar, por aquellas cosas de la vida, a una inmigrante sordomuda que es explotada por una organización de mendicidad organizada; el forense jubilado, Galbano, sigue haciendo de las suyas; Laurenti, que ahora madruga para nadar, se encuentra con un asunto feo del cual parecen estar ocupándose los servicios secretos; una agraciada joven, hija de emigrantes, llega desde Australia para hacerse cargo de una herencia y despierta ciertos “amores” que terminan como terminan; y por si esto fuera poco el “archienemigo” de Laurenti sigue vivito y coleando mientras la pobre sordomuda las pasa canutas. Si unimos la agitada vida familiar de Proteo, la ensalada resultante es un libro con muchos frentes abiertos, bastantes relacionados, pero de una enorme agilidad, muy entretenido, y que atrapa pronto al lector.

Cosa distinta es que en una sola novela se puedan cerrar tantas batallas, y Heinichen no lo hace, como tampoco lo hace en las precedentes, aunque por no fastidiarle a nadie el desenlace voy a callar qué es lo que queda abierto y lo que no, lo cual no impide decir que lo que menos me ha gustado ha sido el recurso al “archienemigo”, porque es algo demasiado facilón, demasiado visto, porque una eterna cuenta pendiente a lo largo de los libros –y van cuatro- es una opción más comercial que literaria, y porque mientras que otros personajes son más normales, con sus luces y sus sombras, los “archienemigos” terminan cayendo en el maniqueísmo, que quizá a muchos les guste, pero a mí me aburre.

Ciertos cambios se advierten en algunos personajes respecto a las novelas precedentes (o quizá me falla la memoria, que también puede ser). Proteo se permite con su secretaria ciertas alusiones a su aspecto y costumbres afectivas y sexuales que en condiciones normales resultarían ofensivas de no mediar una relación de estrecha confianza y responder a un peculiar sentido del humor entre ambos personajes, pero este tipo de relación donde la confianza se manifiesta provocando a modo de broma hay que imaginarla, porque el texto, tal cual está, lo mismo puede dar lugar a esa interpretación como a otra mucho menos favorable al comisario. Y en esta novela Proteo va un poco más allá que en las otras. Sgubin, su ayudante, aparece como mucho más tonto y torpe de lo que recordaba, y como se va a ir destinado a otro sitio aparece para sustituirlo una policía bajita y muy dada a la acción que habrá que ver si sigue teniendo presencia más adelante o es solo un comodín para esta novela. Galbano, quizá porque tiene más protagonismo, llega a parecer demasiado cascarrabias y caprichoso. Por último, la fiscal croata con la que Proteo mantiene un romance tiene una aparición testimonial y también más comercial que literaria, porque me temo que su presencia más se debe al deseo del autor de que todo lector conozca a fondo o no olvide el universo de Laurenti por lo que pueda pasar en sucesivas entregas, que a las necesidades de La larga sombra de la muerte.

Por lo demás, como he dicho, interés y acción en una novela bastante bien estructurada, muy entretenida, donde las diferentes cuestiones evolucionan cada una a su ritmo pero sin atropellarse ni rezagarse, de forma que el interés crece con cada página.

Y una última reflexión  a título de anécdota (creo que ya la he hecho otras veces, pero no me resisto a hacerlo de nuevo): habiendo cuidado el autor, habitualmente con disimulo, ciertas técnicas de “escritura comercial” para fidelizar al lector, resulta chocante ver la palabra “muerte” en prácticamente todos los títulos, porque la empanada que cualquier hijo de vecino se hace al tratar de recordar qué ha leído y qué no, qué ha comprado y qué no, es de órdago: A cada uno su propia muerte, Muerte en lista de espera, Los muertos del Carso y La larga sombra de la muerte son los cuatro primeros títulos. La danza de la muerte, que todavía no he leído, es el quinto y hay que irse al sexto para sacar a los muertos del título. Más que una serie de novelas parece un cementerio, y a quien no conoce al protagonista y duda si comprar alguna de las novelas, con títulos tan risueños le debe resultar complicado imaginar su temperamento más bien alegre y socarrón.



lunes, 12 de agosto de 2013

Los muertos del Carso – Veit Heinichen



Leí el primer libro del comisario Proteo Laurenti (A cada uno su propia muerte) y luego, por razones que no vienen al caso, el tercero (Muerte en lista de espera). Ahora, con Los muertos del Carso, he leído la segunda, y así he comprendido mejor algunos de los cambios en la vida personal del personaje. En concreto, su lío con la fiscal croata. Lo que no entiendo es lo de meter una referencia a la muerte en todos los títulos: genera cierta confusión.
El título alude a las simas donde a lo largo de varios años al final de la Segunda Guerra Mundial, fueron lanzados al olvido los cadáveres de las víctimas de la represión, teniendo en cuenta que estamos hablando de una zona italiana, Trieste, en el límite con Croacia y Eslovenia, donde ha habido represiones de todo tipo. Como bien dice la fiscal, sus abuelos, sin moverse de su casa, llegaron a tener tres o cuatro nacionalidades diferentes a lo largo de su vida.
En la historia, al igual que las otras, Heinichen informa al lector de sucesos que el protagonista ignora. ¿Omnipresencia del autor? Pues eso. Pero no resta interés. Así sabemos que dos pescadores setentones, enfrentados desde 1943 por la muerte de la hermana de uno de ellos, se ven regularmente en aguas internacionales para hacer intercambio de mercancías sospechosas, y que la hija del agraviado, una mujer joven y hombruna, también está metida en el ajo. Sabemos también lo que pasa en el barco, sabemos cómo vive el pescador de Trieste y su esposa, y sabemos también que un hijo del otro pescador ha sido asesinado junto a toda su familia mediante una bomba. Luego, enseguida nos enteramos de que el pescador triestino aparece muerto y torturado en una de las simas del Carso. Y, para colmo de saber, sabemos también que la esposa de Proteo Laurenti se ha largado de casa porque tiene dudas sobre su futuro matrimonial, y ciertas tentaciones respecto a un agente de seguros.
                Lo único que no sabemos es quién ha matado a quién y por qué. Proteo tampoco. Cómo acaba su matrimonio solo lo sabrá de antemano quien, como yo, haya leído la tercera entrega antes que la segunda.
                Heinichen monta la novela con todos estos datos, escarbando en el presente y en el pasado y trayendo a colación, cada dos por tres, interesantes comentarios sobre la historia de una zona siempre en disputa, hasta el punto de transformar a los habitantes de esa región en más herederos de los odios y rencillas de sus antepasados que de la tierra que pisan. Los amores se mezclan con los odios, y estos con la historia, y todo ello con el delito. Además se comprende por qué el mundo evoluciona como evoluciona: porque quienes sufren el trauma de una guerra o una persecución, nunca llegan a superarlo; vivan los años que vivan, siempre persiste algo; en unos el miedo, en otros el horror, en algunos el odio, en otros el resentimiento... El resultado, un argumento que motiva al lector a seguir leyendo.
Al igual que ocurre con otros personajes recientes de novela negra, en el caso de Proteo Laurenti siempre hay dos tramas paralelas: la intriga propiamente dicha y sus circunstancias familiares relatados con una especie de tono costumbrista. En este caso a los problemas matrimoniales del comisario cabe unir la portentosa facultad del hijo para meterse en problemas.
                El humor se cuela en la novela de la mano del genio gruñón del protagonista y, sobre todo, de algunas de sus andanzas, bastante malolientes, por cierto. En Muerte en lista de espera, en cambio, ese toque se dio con extravagancias tales como tener al perro en el despacho. En Los muertos del Carso hay algún otro recurso humorístico no muy original pero efectivo, como la constante presencia de un pobre hombre que se ve envuelto, muy a su pesar, en todos los follones, amén del humor negro negrísimo del anciano forense. Más dudas me caben sobre la intención del autor al hacer de Laurenti, un tipo despistado y bastante vulgar, alguien a quien todas las mujeres adoran (en especial las de buen ver): desde su secretaria a la redactora jefe del Piccolo; si lo que se pretende es hacer algo de humor, no se consigue sino es a costa de menguar el realismo; y si lo que se persigue es dar cierto tono picante a la vida del comisario, tampoco.
              Y termino con esa idea: siendo novelas con las que uno se lo pasa bien, queda siempre una sensación de que algo no encaja. ¿Qué? Que el autor no apuesta ni por el realismo ni por la falta de él en cuanto a las personalidades se refiere, sino que cada personaje es así o asá según el momento, o según el humor que ese día tenía Heinichen.



lunes, 10 de septiembre de 2012

Muerte en lista de espera – Veit Heinichen




Para bien o para mal, se confirma lo presagiado por la primera novela de la serie de Proteo Laurenti: el protagonismo, el encanto de la novela, es Trieste y su peculiar entorno, así como las cuestiones domésticas que rodean a un Proteo que el autor presenta como una figura a la que reír todas las gracias. Y se confirma también otro punto: a Heinichen lo de hilar tramas se le da regular.

Comienzo por lo último: ¿trama? ¿Qué trama? No la hay. Desde el principio se sabe quiénes son “los malos”, se sabe qué personajes están al corriente y cómo pretenden “vengarse” (dos vengadores para dos pecados similares, por cierto), y Proteo Laurenti está a verlas venir. Todo se reduce a esperar el momento que se sabe que ha de llegar, a disfrutar por anticipado del sofoco que se llevarán “los malos”. Proteo, además, no aporta nada al desarrollo del asunto, con lo cual, volviendo al primer punto, no es una novela “de” Proteo Laurenti sino “sobre” Proteo Laurenti, donde con la excusa del tráfico de órganos el personaje se luce con situaciones demasiado absurdas (todo un “vicequestore” que se lleva el perro al despacho a diario, por ejemplo), o el típico recurso de la “zancadilla al héroe”, de la acusación injusta, por no hablar de sus chulerías y desplantes caprichosos o de su tópica relación con “las mujeres” (así, en general).

Tampoco me gusta el intento de hilar unas novelas con otras a través de ciertos “malos” cuya única misión es fidelizar lectores. No es un recurso literario, sino comercial. Quienes no hayan leído la primera de la saga (“A cada uno su propia muerte”) deben saber que en ella hay un señor muy malvado que se pega una bofetada con una motora, pero sólo aparece el fiambre de su acompañante. Todos lo dan por muerto menos Proteo, que es muy pito y no se cree que se lo hayan zampado las sardinas.

Por último, llama la atención la contundente crítica a los modos políticos introducidos por Berlusconi. A pesar de la calaña del personaje, que oscila entre lo sumamente peligroso y lo inmensamente estrafalario, no es sencillo, desde fuera de Italia, saber hasta qué punto se exagera o no. De lo que no cabe duda, es de la opinión que Berlusconi le merece a Heinichen.

En resumen: todo el encanto de esta novela (y tenerlo, lo tiene), es el entorno y lo que hace de ella una “comedia de situación”, no lo que la define como una “novela negra”.



lunes, 11 de junio de 2012

A cada uno su propia muerte – Veit Heinichen



Voy a comenzar por lo más evidente: no me gusta el título. Y no porque recuerde a las novelas de bolsillo del oeste, sino porque resulta demasiado duro para una novela en la que el protagonista, el comisario Proteo Laurenti, sufre tribulaciones tan familiares y domésticas que la contundencia de la trama mengua notablemente. Proteo acaba persiguiendo a los malos robando tiempo a los encuentros y celebraciones familiares, y cuando uno anda dejando a su octogenaria madre comiendo a dos carrillos para interrogar ahora a uno y luego a otro, tampoco cabe esperar la épica que promete el título.

De la novela, tres cosas llaman la atención:

La primera, el protagonista: pocos “policías de novela” hay que vivan con sus hijos y su esposa, ejerzan de padres de familia y anden con la parentela por medio. En este caso, además, se produce un efecto que no me convence: hay un completo desdoblamiento de entornos y la novela discurre, en realidad, en dos mundos diferentes. Lo normal es que la vida personal del protagonista sea un apoyo, una excusa para tomar aire, pero aquí se entremezcla demasiado, sin aportar demasiado, y haciendo perder el hilo en algunas ocasiones.

La localización: Trieste. En Italia, pero a tiro de piedra de Croacia y Eslovenia, conformando un escenario multinacional. Una ciudad, además, pequeña, lo que da un toque “casero” a toda intervención policial.

Y, por último, la trama: no deja de ser original mezclar asuntos de corrupción relativamente atípicos con temas de tráfico de personas. Consecuencia, en realidad, de la convergencia de delincuentes polifacéticos.

Dicho esto, la novela me ha parecido bastante mejorable. He aquí los motivos:

-Hay un intento de enlazar un crimen actual con un crimen pasado. Se trata de una especie de “gancho” para seducir al lector muy utilizado (me estoy acordando de Craig Russell), pero está mal trabajado y no consigue lo que se propone. Primero porque el crimen antiguo no despierta demasiada curiosidad (la única duda, y floja, es si fue un crimen o no), y porque la forma en que se resuelve es un tanto traída por los pelos.

-El crimen presente con el que se abre la novela se cierra con un decepcionante episodio donde el lector tiene la sensación de que le están tomado el pelo: donde no acaban llegando los personajes, acaba llegando el autor.

-El resto de misterios se desentrañan en base a suposiciones que el autor viene a confirmar desde su posición “todopoderosa”, y, para colmo, hay una escena final de acción muy poco solvente. Hasta algo ridícula (me refiero a un “fallo” policial que ni el más tonto cometería, lo cual revela falta de imaginación para dar salida a las cosas).

-Otro recurso típico, y más en la novela italiana, es el de tener a un corrupto dentro. Pero aquí también es un recurso fallido. Y no descubro nada al decirlo, porque cuando el asunto se plantea queda resuelto de inmediato: se sabe qué y quién, y antes no se plantea el asunto. La única duda que incentiva a lector es posterior, y afecta a la posibilidad de que haya más corruptos.

-Si bien Proteo y su entorno quedan razonablemente retratados, “los malos” parecen de otro planeta. Son mucho más planos e intercambiables. Demasiado "robotizados".

En definitiva, una historia entretenida, pero que los personajes no alcanzan a solucionar sin la intervención omnipresente del autor.

Y termino con un comentario que si no lo digo reviento: pocas portadas he visto tan desafortunadas: entre el título y el predominio del gris, no anuncia lo que hay, y encima acaba dando aire de funeral a una novela cuya gracia es lo campechano del protagonista y su entorno. Una novela, eso sí, manifiestamente mejorable.