En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

miércoles, 1 de julio de 2026

Quince años - Ramiro Pinilla

 


Vaya obra breve y contundente. Magnífica, en la que los silencios son más elocuentes que las palabras, en la que el lector se pone, quiera o no, en el pellejo del protagonista y es obligado a sentir su amargura y a sufrir sus dilemas. El lenguaje es sobrio, pero capaz de crear de una sola pincelada un mundo completo y el ambiente de la Guerra Civil, aterrador para quien se sabe en el bando perdedor.

Estamos en Algorta y Getxo. En 1938.

A diferencia de sus compañeros detenidos, don Manuel, maestro cuarentón, no ha sido fusilado. De hecho, ha sido inesperadamente puesto en libertad. Debe el privilegio a la decisión del alcalde impuesto por el franquismo, un antiguo amigo, irreconocible, que ha decidido que la escuela debe tener un maestro y sus hijos también. Pero el privilegio es en realidad un tormento para don Manuel, cuyo crimen había sido estar tres días en una célula subversiva que no había tenido tiempo de hacer nada. Los demás miembros han sido asesinados y él no. Se siente culpable ante sí mismo, ante la sociedad, y no digamos ante las familias de los muertos.

Además, uno de ellos era hermano (creo que hermano) de Asier Altube, un muchacho de quince años, con graves limitaciones físicas causadas por un accidente, al que el maestro había tomado bajo su protección.

Desde el primer momento a don Manuel le resulta imposible retomar su vida. Le atormenta haber sobrevivido teniendo la misma culpa o inocencia que el resto. ¿Con qué cara enfrentarse a los familiares de los difuntos? ¿Con cuál enfrentarse a sí mismo? Y no serán pocos los que lo tomarán como un traidor. Como además es un hombre de principios no siente ninguna alegría por la decisión del alcalde ni mucho menos la tentación de aprovecharla para arrimarse al régimen y salvar el pellejo. Quiere seguir siendo quien siempre ha sido, aunque apenas sabe cómo conseguirlo más que no prestándose a ningún juego. Y esa actitud lo pone en constante y manifiesto peligro. Su anciana madre, en cambio, está encantada de tenerlo de nuevo con ella a pesar de la extrema penuria en la que viven.

Y falta la maestra. Mercedes. Treinta y tantos años. Ha sido mil veces novia de don Manuel. Otras tantas lo han dejado. Su perpetuo romance que va y viene es ahora un peligro inmenso, porque no están casados y todo lo que huele a franquismo lo ve con malos ojos. O malísimos. La prueba irrefutable de que son escoria roja. Y esa escoria es la maestra de sus hijos. ¿Es eso tolerable? Lo complica aún más que la maestra es también una mujer de principios, hasta el punto de cometer a diario un acto subversivo: despedirse en euskera de sus alumnos para que los niños no pierdan sus raíces.

Entre los principios de ambos maestros está su compromiso con la educación, lo cual provoca que no sigan las directrices del régimen, lo que a su vez, dado que la libertad de cátedra también ha sido asesinada, es causa de nuevos problemas, si es que puede llamarse así al riesgo de cárcel o ejecución. Y todo este dilema sobre ser fieles a sus ideas o sus intereses más inmediatos (seguir vivos) los viven sumidos en la miseria y bajo el peligro inminente y constante para sus vidas. Para el señalado todo es arriesgado. Hablar unas pocas palabras en euskera, rezar o no rezar, cantar o no el «Cara al sol» o hacerlo sin el debido entusiasmo, ir a clase o quedarte en casa, tener o no el retrato de Franco... Incluso pasear según por dónde o hablar o no hablar con quien te cruzas. O cómo lo miras.

«Quince años» es una historia de dignidad, no de supervivencia, porque los protagonistas arriesgan la vida por ella. En medio se entrecruza la figura de Asier, el lector verá cómo, que también piensa en términos de dignidad, aunque en otra realidad. Esa lucha por la dignidad que enfrenta a don Manuel con los representantes del régimen acaba colocando a todos frente a un espejo, lo cual no quiere decir nada acerca de cómo reaccionan. Para don Manuel defender su dignidad implica tomar partido por su propia muerte. A él no le importa, pero le pesa. A muchos otros les importa y les pesa, pero ninguno de ellos puede darle los argumentos que necesita para ver una luz que la barbarie ha fulminado. Al final, la presión de unos, de otros y la presión a la que él mismo se somete abocan a un desenlace enormemente triste pero a la vez feliz.

Y sin embargo…

Y sin embargo la última palabra de la novela demuestra que don Manuel, consciente de qué lo ha llevado hasta allí, decide seguir siendo él mismo y no hacer nada que no hubiera hecho de no mediar la guerra. ¿O ha pensado en Asier? Son varias las cosas que han podido pasar por su cabeza para provocar su decisión. No queda claro cuál es la determinante. El título hace pensar en algo distinto a lo que se deduce de la historia. Con esto, el final triste pero a la vez feliz se transforma en un final feliz pero a la vez triste.

A las víctimas de las guerras a veces hay que sumar las víctimas de las víctimas, e incluso los dudosos «ganadores» sobre algunas de estas segundas víctimas.

Una obra magistral.