Hace siglos que tenía ganas de leer este libro porque personas de cuyo criterio no dudo hablaban de él maravillas, pero cuando husmeaba la sinopsis y la temática temía que, pese a todas sus virtudes, me resultada soporífero.
Bueno, pues ya lo he leído. Lo primero era cierto y mis temores infundados: ¡menudo novelón!
Como se trata de un libro famoso, como la sinopsis ya cuenta casi todo y como, además, no se trata de una obra de misterio sino de las de disfrutar con el viaje, cualquier reseña que lo destripe no va en contra del lector sino en su beneficio, porque lo relevante de la novela no es su desenlace, harto conocido, sino cuanto se observa a medida que pasan las páginas. Y en estas, además, hay que fijarse en muchos pequeños pero significativos detalles capaces de encandilar a quienes, como yo, disfrutan descubriendo cómo el autor orienta y da profundidad al argumento diseminando información aparentemente banal.
La historia, como digo, es conocida: Giovanni Drogo, veintipocos años, muchacho de clase acomodada y residente en la ciudad donde nació, recibe su despacho de teniente y se marcha a su primer destino, donde acude a caballo. Una primera nota a cuenta del jamelgo: los medios materiales son la única referencia para fijar un marco temporal a la historia, y toda la «tecnología» que se menciona son caballos y cañones, lo que denota la voluntad de Buzzati de dar un marco temporal difuso; lo mismo busca con el espacial: estamos en un país ficticio, tórrido en verano y con nieve en invierno, montañoso en el norte; la referencia a los tártaros es vaga y demasiado amplia; ni siquiera se sabe si los tártaros son tártaros o si, simplemente, los militares de la fortaleza Bastiani, a donde va destinado Drogo, los llamaron así por lo remoto y desolado de la zona, porque la fortaleza linda con un vasto desierto deshabitado.
Otro dato significativo que Buzzati no dice, pero hace ver: la fortaleza no está tan lejos de la ciudad como todos, hasta el lector, tienen la sensación: Drogo pensaba que le iba a costar menos de una jornada, aunque finalmente es una y media. No mucho. Es lo pormenorizado de lo largo que se le hace el viaje al teniente, de lo vacío de la ruta, del progresivo deterioro del camino y del alejamiento constante lo que provoca una intensa sensación de distancia, de soledad, de que lo han mandado al fin del mundo, sensación que comparten con el lector y Drogo el resto de militares destinados en la fortaleza. Apunto ahora que, más adelante, Buzzati dice de pasada que hay un pueblo no muy lejano donde los militares acuden a pasear, a la taberna y al prostíbulo. Todo esto es relevante: la impresión de que la fortaleza está lejos de todas partes y completamente aislada es permanente y común entre los militares y el lector a lo largo de todas las páginas, he dicho, y es un efecto intencionadamente buscado. ¿Por qué entonces Buzzati da esos dos detalles reveladores, la accesible distancia a la ciudad y la cercanía de la fortificación a un pueblo? Para que el lector perciba que la soledad de los principales personajes es más buscada por ellos mismos que fruto de las circunstancias. Si Drogo y sus compañeros limitan su universo emocional a las paredes del cuartel no es porque no tengan otro remedio. Podrían ampliarlo en el pueblo o yendo a la ciudad de permiso. El libro trata, pues, de personas que, instaladas en una rutina confortable para la que han encontrado una buena excusa, no hacen nada por salir de ella, salvo confiar en que el destino les depare mejor suerte.
La fortaleza es un lugar peculiar: es la frontera. Esto tiene un fuerte carácter simbólico. Más allá, no hay nada. Los personajes, por tanto, están en un límite del que no se puede escapar sin volver atrás; esto es, llevado al plano emocional, sin rectificar. Encaramada en un altiplano al final del valle que le da acceso, está encorsetada entre elevados riscos infranqueables. Al otro lado, territorio extranjero. Desde las almenas solo de distinguen los cercanos riscos y, entre ellos, un pequeño triángulo de tierra plana: el desierto. Un desierto vacío, donde nada se mueve nunca y que se intuye eterno porque en el horizonte se mezcla con la niebla. Pese a la sensación de soledad, reforzada por el encuentro con un jinete solitario, cuando Drogo llega hay bastantes militares en la fortaleza. ¿Qué misión tienen? Solo vigilar. Hacer guardias y más guardias, siempre al acecho de un eventual ataque desde el norte, desde el desierto, que nunca ha llegado. Aquí destaca una voluntaria omisión del autor: todos esperan que alguna vez el ataque se produzca, pero nadie llega a decir nunca que exista una guerra. Si, como parece, no hay una guerra, la vigilancia gana un punto de absurdo. ¿Qué esperan? ¿Por qué hacen como si la guerra pudiera ser inminente cuando ninguno es capaz de dar una razón para preverla? Todos están en disposición de intuir lo absurdo de su espera, pero ninguno lo reconoce. El rigor con que exigen el santo y seña, remarcado con un incidente que no necesito desvelar, obliga al lector a preguntarse por la voluntaria ceguera de esos militares. ¿Qué pretenden? ¿Autoengañarse para no admitir la inutilidad de su trabajo y de su vida?
Todos lo saben y nadie lo admite. Pero como nadie se atreve a hablar de fracaso y frustración, lo transforman en algo más presentable: desarraigo. Como aquello está tan lejos y aislado…Por eso Drogo es recibido dando por hecho lo que él también piensa: que aquello es el culo del mundo, que allí va a enterrar su carrera militar y su vida personal, de modo que ha de salir por piernas en cuanto pueda. Esta es su primera intención. Y nada le impide ejecutarla.
Esto también es relevante. Buzzati deja claro que Drogo puede irse desde el primer instante. Y, sin embargo, se queda.
Esta idea es básica en la novela. ¿Por qué? Quienes están en la fortaleza pueden irse. El lector lo ve pronto. Basta simular una enfermedad o esperar solo unos meses. Como todos saben lo que han dejado atrás, quien decide quedarse lo hace sabiendo lo que sacrifica. Si elige quedarse es porque espera obtener en la fortaleza algo mejor que lo que deja atrás.
¿Pero qué puede esperar obtener allí, en medio de ningún sitio?
Esta es la clave. Cuando se advierten posibilidades de mejora con solo estar muerto de risa en el quinto pino, ¿cómo no hablar de esperanza? ¿Pero esperanza de qué?
Este es el siguiente factor relevante. De todo y de nada. De algo, pero a saber de qué. Porque lo único que puede suceder allí es que por fin llegue el enemigo, aunque nada lo augura. ¿Y qué se conseguirá entonces? ¿La gloria o la muerte? Lo único seguro es que, para mantener allí la esperanza, sea cual sea, basta esperar, no hacer nada, dejar que la vida pase y que algún día traiga novedades. Es decir, sea cual sea la esperanza de Drogo y de quienes como él se acaban quedando, él no le sale al encuentro, sino que se dedica a esperarla. Mientras tanto, la vida no es intensa, pero es confortable. Confortable e insensible.
Y allí se queda Drogo. Primero cuatro meses, que no son nada. Luego algo más. Y después… Conforme pasa el tiempo pasa también la vida. La suya y la de quienes le rodean. Por tanto, Drogo no tiene excusa: ya recién llegado puede ver en qué han quedado las esperanzas de quienes en algún momento también fueron jóvenes, por lo que puede sospechar qué va a ser de su vida si se queda, y está a tiempo de rectificar. La vacuidad de esa vida también queda clara ante la mayúscula importancia que todos dan a acontecimientos menores. La más remota lucecita en las profundidades del desierto se convierte en un presagio. La hoguera de unos invisibles gitanos que igual es solo una luciérnaga en una mata próxima, hacen la esperanza a la vez creíble y ridícula. Todo son detalles que Buzzati espolvorea y que el lector debe captar.
Tampoco por casualidad envía Buzzati a Drogo de permiso a su casa en un par de ocasiones que, como parecen rutinarias, bien pudieron ser más. La primera es la más significativa, porque Giovanni tiene la oportunidad de echar los tejos a una muchacha que puede estar esperándolo. Pero su actitud hacia ella acaba siendo la misma que ante el resto de su vida: se deja llevar por la conversación para que sea el azar quien decida por él. Buzzati utiliza esta escena para confirmar el carácter del personaje. Por supuesto, cuando uno no mueve un dedo en favor de sí mismo, difícilmente va a moverlo otra persona por él, cosa de lo que Drogo y todos los que son como él parecen no darse cuenta: si dejas tu propio destino en manos de los demás, tu destino es quedar en la cuneta. El resto de lo que Drogo observa durante los permisos ratifica la impresión sobre él; sus antiguos amigos y conocidos algo han hecho por sí mismos: tienen familia, negocios, posición… Y lo que no tienen ya es contacto con Drogo, lo que a su vez indica que la soledad que le salió al encuentro con aquel involuntario destino es ya una cosa ganada a pulso.
En este punto Drogo ya no puede eludir la evidencia de que algo ha dejado escapar en la vida que los otros no. Pero allá vuelve, a la fortaleza. A hacer lo de siempre. Pero ahora, ¿para seguir confiando en la esperanza o, ya consciente de su deriva, para refugiarse de lo que empieza a parecer un fracaso vital?
Para colmo, por si los militares de la fortaleza no son capaces de verse a sí mismos, otros les ponen un espejo. ¿Quiénes? El mando, desde la capital. Lo que muestran sus decisiones lo vería un ciego, y esto, que tampoco Buzzati incluye inocentemente, marca un punto de inflexión definitivo en la novela: Drogo y otros como él ya no pueden simplemente confiar en la esperanza; ni tampoco confiar en que están en un refugio. El mando los deja, más bien, escapados de la vida, incapaces de hacer frente a otra cosa que no sea seguir siendo lo que han sido siempre desde hace ya demasiados años.
Y llega el final de la novela y de Drogo. Y por fin algo sucede. El enemigo se mueve. O eso dice. Ya no es un fantasma sino una posibilidad real. Que el mando lo sepa antes que la fortaleza es el último detalle con que Buzzati resalta la soledad de sus moradores. Y nuevamente la decisión del mando demuestra lo que eran los militares, varapalo último que desespera a Drogo porque, de poder hacer lo que desea, hubiera tenido la oportunidad de engañar a todos y, sobre todo, a sí mismo. O eso cree. Porque cuando reflexiona, ya en las páginas postreras, probablemente se da cuenta de que solo se hubiera engañado a él mismo. Solo a él. Una vez más.
Dejo a la interpretación de cada cual si la sonrisa final de Giovanni Drogo se debe a haber visto por fin la luz, a haberlo hecho y no haberse tomado a sí mismo muy en serio, o a haber pensado que tampoco fue un error vivir sin pasiones ni emociones, mecido por una dulce y vaga esperanza de mejora alimentada por la molicie. En los dos primeros casos su mediocre muerte es el colofón de un ridículo que solo la sonrisa dulcifica de trágico a tragicómico. En el segundo, en cambio, lo mediocre de su muerte sería un triunfo: se puede vivir eludiendo decisiones hasta el final. ¿Quizá era eso lo que había pretendido Drogo sin saberlo?
Con un lenguaje claro, directo, diáfano, y con una increíble capacidad para generar ambientes humanos y paisajísticos, «El desierto de los tártaros» es una novela para pensar acerca de nuestra actitud ante la vida: ¿salimos a su encuentro o esperamos que sea ella quien venga? Y, además, ¿cuál de las dos cosas es la correcta? ¿Buscar o conformarse?
Quizá antes de responder a cualquiera de estas preguntas uno debe saber quién es y qué quiere, lo cual no es fácil. No hay mayor desconocido que el propio yo. A fin de cuentas, Drogos hay que buscando la gloria de la batalla solo acertaron a luchar contra sí mismos. No le fue tan mal la vida a Drogo, si, pese a todo, la terminó sonriendo.












