En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 14 de septiembre de 2026

El este del Edén - John Steinbeck

 


Comienzo reiterando una confidencia: casi todos los veranos aprovecho las vacaciones para leer con tranquilidad un clásico largo. La novela prevista para 2023 fue «Al este del Edén». Pero por una triste razón que no viene al caso, ni la empecé. Luego, en 2024 y 2025 no me sentí con ganas ni de tocarla. Sin embargo, ahora, en 2026, este libro ha venido a mí como caído directamente del cielo. Y me alegro, porque en los meses inmediatamente anteriores a su lectura he tenido ocasión de ser espectador de comportamientos como alguno a los que luego aludiré.

    Y ahora, la reseña.

A Adan y Eva se les regaló el Edén, pero en lugar de aprovechar tamaña donación para vivir pacífica y agradecidamente, la liaron y fueron expulsados de él. O, simplemente, su ambición hizo que el Edén dejara de serlo. Más tarde uno de sus hijos, Caín, mató a su hermano Abel. Dios no se lo tomó precisamente bien y, permitidme la broma, debió decir algo así como «a este que le den», que bien pudo traducirse piadosamente como que lo envió «Al este del Edén», pues Caín fue largado aún más lejos del paraíso de lo que ya estaba, a la tierra de Nod, al este del Edén. Y, si no, el mensaje fue «a este que le den al este del Edén».

Hasta aquí la broma para explicar un título que responde al contenido de la novela con exactitud y dura poesía al menos por dos motivos:

Primero: tan repugnante es traicionar a los hermanos que el nombre de Caín ha sido maldito desde hace siglos. Aún así, de los casi 50 millones de personas censadas en España aún hay 112 que lo llevan. Se concentran en las provincias de Sevilla, Málaga y, vaya por Dios, Zaragoza. Tierras de Caínes, parece ser, aunque seguro que todos conocemos algún Caín con otro nombre en el DNI.

Dicho esto y explicado el título, ya podéis intuir que en «Al este del Edén» pululan varios personajes capaces de traicionar, con acciones esporádicas pero determinantes, todas sus buenas intenciones y todo amor filial y fraterno.

    Segundo: en toda la novela el territorio juega también un papel relevante. Cada personaje tiene su Edén, o lo que cree serlo, o lo que quiere que lo sea, pero apenas ninguno es capaz de construirlo o, si lo alcanza, de conservarlo. Casi todos se las apañan para que su vida no sea el remanso que desean, para acabar a disgusto donde podían haber estado a gusto. Para transformar el Edén en Nod por los motivos por los que la gente acaba allí: la traición a los suyos.

Dicho esto, «Al este del Edén» es la historia de varias generaciones de las familias Hamilton y Trask. Escribe en primera persona Steinbeck (1902 - 1968), que nació en Salinas, hijo de John Ernest Steinbeck y Olive Hamilton, la cual es hija de uno de los personajes más importantes de esta historia, Samuel Hamilton. Pero esta novela es, sobre todo, la historia de la familia Trask, y transcurre entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, periodo en el que culmina la colonización, en California, del valle de Salinas, que desemboca en la bahía de Monterrey. Casi todo transcurre en las proximidades de la localidad de King City, si bien la primera parte de la novela, la más vinculada al origen de la familia Trask, transcurre en el otro extremo del país, en Connecticut, donde el patriarca de la familia, un tipo obsesionado con el ejército, pero pésimo y fugaz soldado, lleva una existencia sorprendente, capaz de transformar la obsesión en ocasión, dejando demasiado de lado a sus dos hijos, Adam (¿será casualidad el nombre, o evoca intencionadamente a Adán, dado que más tarde sus dos hijos representarán el mito de Caín y Abel?) y Charles. Ambos tienen distintas madres. También uno es más Caín y el otro es más Abel. Adam es el mayor, por poco, y el Abel de la pareja, y es más pusilánime que Charles. Nótese que las iniciales de los dos hermanos son las mismas que las de Caín y Abel, porque en esta novela, que bucea en la influencia de la herencia espiritual, hay más cainismo que el de los hijos de Adam. Las relaciones entre Adam y Charles son a un tiempo cordiales y tensas; y a medida que pasa el tiempo la ruptura es más lógica e inevitable aunque, paradójicamente, los motivos se reducen y, sobre todo, se aclaran. ¿Cuáles son? Tienen que ver con los sentimientos de cada cual, aunque quien provoca la ruptura, en esta relación, en casi todas las de la novela y en casi todas en la vida es quien se reivindica por lo que cree merecer, lo que implica que siempre está comparándose. Los «yo soy más»¸ «yo merezco más», «yo he hecho más» conducen inevitablemente a la ruptura, porque ninguna vida puede tasarse al peso y compararse con otras: hay demasiadas diferencias entre las personas: de edad, de circunstancias, de carácter, de valores, de vivencias…

Más en concreto, «Al este del Edén» es la historia de Adam Trask, más que de su familia, de por qué Adam fue como fue (ahí está su padre para que averigüemos sus primeros traumas), cómo su vida se moduló (ahí está Samuel Hamilton para ejercer de apoyo y conciencia) y qué consecuencias tuvo más allá de él a través de sus dos hijos, Cal (nombre que tanto recuerda a Caín) y Aaron (que suena a Abel). ¿Otra vez casualidad el juego de las inciales?

Los capítulos son relativamente cortos y divididos en tres, cuatro o cinco apartados. La riqueza expresiva es enorme, como también el vocabulario, y la capacidad de descripción del entorno es fantástica. El dominio del lenguaje es tal que hasta lo más duro y sórdido se lee con conciencia de que lo es, pero sin repugnancia.

La historia es famosa: tras conocer la infancia y juventud de Adam, marcadas por los traumas y una azarosa huida hacia adelante, Adam sienta cabeza, emigra a California con el riñón bien cubierto y casado con cierta dama que, vamos a decirlo así, también tiene sus traumas -o sus carencias- y la cosa, con ocasión del parto de sus dos hijos, mellizos, acaba entre mal y horrible, lo cual abre para Adam una larga etapa desastrosa en la que el apoyo de su criado chino, Lee, es crucial. Este personaje es esencial, pues lo mismo sirve de contrapunto a Adam y sus hijos como de pivote en torno al que convergen las familias Trask y Hamilton. También sirve para dar una visión social más amplia de la que permite el resto de personajes: la del inmigrante de etnia distinta a la dominante, siempre despreciado y relegado. Cal y Aaron, los hijos de Adam, crecen en la ignorancia total sobre su madre. Y más les vale. O no. 

O no. Esta intencionada duda da idea del gran valor que a lo largo de la novela se da a la verdad. Lo explico. Ni por asomo Adam concede valor alguno a la mentira, que siempre es considerada despreciable, en especial cuando consiste en omitir datos clave. La cuestión se plantea en relación a la oposición entre verdad y silencio, o entre verdad y mentira piadosa. Dado que hay situaciones límite, las reflexiones son muy interesantes. Los personajes que sirven de referencia ética siempre se pronuncian favor de la verdad, pero al final comprendemos que en realidad no es así, sino que se pronuncian a favor de una verdad éticamente expuesta y con motivos éticos para exponerla, como queda claro en contraposición a la cruel verdad que cuenta Cal, y que nadie puede defender por más que sea verdad. Es decir, la verdad no tiene un valor ético por sí misma; es cómo se usa lo que la transforma en un instrumento de paz, de reequilibrio o de crueldad, incluso de venganza. Lo que legitima a quien usa la verdad no es el hecho de usarla, sino cómo lo hace y, especialmente, sus intenciones al usarla.

Y es que no solo hay verdades molestas. También las hay peligrosas. Ahora mismo soy especialmente consciente porque, por ejemplo, servidor de ustedes entró en conocimiento de una vieja verdad con capacidad para destruir a un pequeño mediocre que está acosando injusta y abusivamente a personas honestas a las que admiro y aprecio. El individuo hizo, hace años, algo que repugnará hasta a sus hijas. Durante años le ha protegido el temeroso y pragmático silencio de su víctima. ¿Pero ahora debe salir la verdad a la luz como acción de defensa? ¿O para restaurar los equilibrios produciendo un daño que evite o castigue los que él está provocando? Cada cuál tendrá una respuesta. No hay ninguna mejor que otra porque, como he dicho, lo importante es el ánimo de justicia con que se usa la verdad. 

El descubrimiento de diversas verdades complicadas de digerir para quien las ignora es uno de los motores de la novela debido al interés emocional que suscitan. ¿Cómo reaccionará Fulano cuando se entere de que Mengana…? En estas casi setecientas páginas hay una verdad peligrosa detrás de otra.


El otro motor de la obra opera a más largo plazo: cómo acabará una familia en la que el padre y la madre han tomado rumbos distintos e incompatibles, cómo conciliar ambos en la figura de unos hijos que inevitablemente son el resultado de esas dos fuerzas dispares. Qué ha de salir de la unión de todo eso. ¿Una conciliación o una bomba?

A lo largo de las generaciones Trask se reproduce cierto patrón: quien dentro de una generación cree merecer más acaba amargando la vida al resto, al que intenta provocar un sentimiento de culpa (injusto, pero que acaba existiendo). El gran pecado de cada padre es no saber trasladar a sus hijos la convicción de que son iguales en derechos y afectos aunque no hagan lo mismo (entre otras cosas porque es imposible, ya que cada uno tiene una edad y se enfrenta a unas circunstancias vitales distintas) ni se comporten igual, aunque sean el día y la noche. No luchar por darles esa convicción produce en los hijos una errónea percepción de favoritismo o discriminación, y esto, a la larga, origina reivindicaciones del yo, del, como he apuntado antes, «yo soy más»¸ «merezco más» o «he hecho más». Y de ahí al enfrentamiento en la edad adulta. Los errores de cada generación se perpetúan así en las siguientes, que, salvo la gente brillante, no saben hacer sino aquello que han hecho con ellas.

Aunque luego, cuando se aproxima el final de vida y los caminos son ya por completo individuales, todo el mundo acaba haciendo balance. El que sintió de forma injusta un sentimiento de culpa debe aprender a vencerlo para liberarse y sentirse en paz; y, quien lo causó, a menudo acaba sufriéndolo con el agravante de que este sentimiento, este sí, está justificado. Que se joda, claro. Así es como en las postrimerías de la vida los injustamente tratados a veces se liberan y los que han provocado la opresión a menudo acaban sufriendo las consecuencias de su propia conducta, buscando, a la vejez, excusas para justificarse. Todo lo que en esta obra se muestra, para bien y para mal, también es espectacular, emocionalmente hablando. También todo esto muestra «Al este del Edén», la novela que este año, por algún motivo, me ha caído del cielo.

Por todo esto posiblemente esta sea una de las mejores novelas de la historia sobre el sentimiento de culpa, y de ahí que su final, inesperado y grandioso sin salir de algo tan pequeño como un ser humano concreto, tenga una fuerza enorme: después de todo lo que ha mostrado, John Steinbeck nos recuerda que nadie tiene por qué ser prisionero de nada ni de nadie, ni de su familia ni de su pasado, ni siquiera de su futuro previsible. Todos tenemos libertad de elección. Timshel.


jueves, 10 de septiembre de 2026

Dos amigos - Iván Turguénev

 



Borís Andréich Viazovnín es un hombre joven, culto, guapetón y refinado, tan bien dotado para el dolce far niente como negado para la gestión de su patrimonio. Por eso, tras fundirse la mayor parte de su dinero en una vida no se dice si disoluta pero sí muy lejana al sacrificio, retorna al mundo rural, a su propiedad en el campo, para vivir allí como buenamente pueda, que tampoco es del todo mal.

Lo primero que sorprende es que el caballero no lleva nada mal la situación. De hecho, la lleva tan bien que ni siquiera llega a decir «que me quiten lo bailao». A ello ayuda la amistad que pronto hace con Piotr Vasílich Krupitsyn, un vecino con unos pocos años más y también con más kilos y gustos más vulgares, aunque no zafios. Además, es una persona noble.

Ambos están solteros.

Un buen día Piotr Vasílich, convertido en celestino, le dice a Borís Andréich que un tipo tan joven y cosmopolita debería conocer alguna mujer para casarse y no aburrirse. Dicho y hecho, emprenden una serie de visitas por los contornos, siempre bajo la guía del primero, que es quien conoce al vecindario. Así es como aparecen en la novela una viuda joven y desenvuelta y el par de hijas de un terrateniente local, en lo que es el peor momento de este magnífico relato, pues por momentos amenaza con convertirse en un recorrido por una especie de museo de mujeres casaderas. Finalmente, llega la tercera, Vera Barsukova, Vérochka, que es también la que parece tener menos mundo, la más sumisa, alguien en quien no parece lógico que repare un joven con la experiencia de Borís Andréich, pero…

Pero, zas.

    Dicen que el amor es ciego porque impulsa decisiones irracionales, como las de los tontos.

Y el amor, o lo que quiera que surgiera entre ambos, desemboca en lo que verá quien lea este breve relato, tras lo cual llega la cruda realidad y cada cual la afronta como puede, y quien más puede es Borís Andréich. Luego sucede lo que sucede, y Piotr Vasílich acaba en disposición de… Bueno, leedla.

Son varios los temas para la reflexión.

El fundamental, que sugiere el título, es la amistad. Piotr Vasílich acoge al recién llegado, comparte con él sus días y, creyendo que su amigo merece otra vida mejor de la que su compañía le procura, se empeña en casarlo aun a sabiendas de que cualquier enlace irá en menoscabo de las ocasiones en que la amistad pueda manifestarse. La amistad (que tiene mucho que ver con el respeto) vuelve a mostrarse con fuerza al final de la novela, cuando vemos el comportamiento de Piotr Vasílich ante la ausencia de su amigo. Posteriormente adivinamos lo meritorio de ese punto, porque Piotr Vasílich también tenía su corazoncito.

Otros temas para la reflexión lo sugiere el carácter de los diversos personajes. Comenzamos por la aparente indolencia de Borís Andréich, causa de todos sus problemas, pues dejarse llevar es más sencillo que pensar y, aunque la verdad es que el tipo cae bien, es un vago. Seguiremos con Piotr Vasílich, un hombre mucho más realista, sensato y, por lo tanto, cercano a saber lo que de verdad quiere. Y terminamos por las diferentes mujeres, desde la resuelta viuda que con la afirmación de su independencia pone un contrapunto a las convenciones sociales que para muchos, entre ellos Borís Andréich, puede resultar desagradable o agresivo, a las cándidas hermanitas, una que no respira por no molestar y la otra, vacía pero satisfecha de sí misma, que vive de cara a la galería encantadísima de haberse conocido. Por último, la esforzada Vérochka, cuyas virtudes ocultan sus limitaciones, su falta de ambición y una vergüenza paralizante fruto de una idea acomplejada de sí misma.

En resumen, bien está tener buenos amigos. Para disfrutar, como aquí ocurre. Para que te echen una mano, como también vemos y, por encima de todo, cosa que no siempre ocurre, para que alguien te cante las cuarenta cuando lo necesitas.




domingo, 6 de septiembre de 2026

Historias de Vigàta, 4 - Andrea Camilleri

 



Buen día, el 6 de septiembre, aniversario del nacimiento de Andrea Camilleri en 1925, en Porto Empedocle, Sicilia, para publicar una reseña sobre un libro suyo

    Se ha hecho esperar este cuarto y último volumen de «Historias de Vigàta» publicado por Altamarea. Sobre la colección entera debo reconocer mi error en la valoración inicial. La edición es mejor que la impresión que me habían causado los opúsculos de Camilleri, y «las extrañas conjugaciones verbales» a que me referí en la reseña de la primera de las entregas de estas historias, más que ser un defecto de traducción puede que sean un mérito que le atiza en la cabeza a la traducción del resto de obras de Camilleri que he leído, pues se diría que, con un acierto que no tengo capacidad para precisar, tratan de llevar al español el efecto del dialecto y el modo de hablar siciliano.

Dicho lo cual, estas historias son más de lo mismo (lo cual es un elogio). Repartirlas en cuatro volúmenes supongo que tiene que ver con la comodidad para el lector y, sobre todo, con la aceptación en el mercado, que no digiere nada bien los volúmenes de mil páginas de relatos independientes. Cuatro libros, en cambio, es otra cosa.

En esta ocasión, en los ocho relatos del volumen el sexo no está tan presente como por ejemplo en el tercero, aunque lo está casi siempre y en algún relato en concreto llega a ser más escandaloso que nunca con pintoresca historia de una especie de incesto al por mayor (La rectitud hecha persona). Más liviano es en los relatos titulados La capilla familiar y Teresina. Pero Camilleri también demuestra una portentosa habilidad para tejer historias verosímiles sobre las ocurrencias más extravagantes, como la de caballero que dispone de un paladar infalible (El paladar absoluto), la no muy original historia del muerto que va y viene por todas partes (El muerto viajero), la del niño con una suerte loca (El oro en Vigáta) o la de cierta roñosa reliquia (La bota de Garibaldi), amén de la que abre el volumen (El duelo es contagioso), una mezcla de tragicomedia y aventura de los payasos de la tele. La variedad dota a este último volumen de una agilidad y un interés incluso mayor que el de los precedentes, y demuestra que para un escritor con osadía e imaginación hay argumentos a millares. 

Pasen y lean.





lunes, 24 de agosto de 2026

Gloria - Eduardo Mendoza

 



Muchas veces me he referido a la variedad de registros de Eduardo Mendoza. Esta buena incursión en el teatro refuerza la idea.

«Gloria» alude a una de las protagonistas. Ella y su marido, Ricky, tienen una editorial que está a punto de quebrar debido a la separación del otro matrimonio con el que habían levantado el negocio, el formado por Silvia y Coponius. Este último es el que ponía la pasta y ha decidido dejar de hacerlo.

Por eso los tres primeros están reunidos en casa del matrimonio supérstite, esperando a un inversor al que pretenden convencer para que se implique en el negocio. Para agasajarlo han contratado a un mayordomo italiano que, vamos a decirlo así, no siempre ha sido quien dice ser, y que está llamado a repartir el juego que el resto protagoniza. La noche prometería ser más sencilla si Silvia no pimplara tanto y con tan fulminantes efectos.

La obra, divertida, es una farsa en la que nadie es quien dice ser, lo cual entronca con toda una tradición teatral. Los editores, porque buscar inversor para una ruina no es ofrecer una bicoca, sino un pozo donde tirar el dinero; el inversor, porque lo que realmente busca poco tiene que ver con la inversión y sí con el chanchullo; el mayordomo, porque… Bueno, ya lo he dicho. Y además casi nadie está al tanto del pasado emocional del resto. Todos ocultan algo al resto.

El resultado es una mezcla donde lo afectivo presente y pasado se entrecruza con lo económico, que a su vez es el polvorín sobre el que viven todos. El resultado es que cada cual queda desnudo ante el resto, enfrentado a su propia verdad. Eduardo Mendoza ofrece por medio de estos recursos una acción ágil, interesante, divertida y que permite, a través de los conflictos y dilemas de los personajes, plantearse ideas profundas acerca del modo en que nos relacionamos con los otros y con nosotros mismos.

Me ha recordado un caso real que conocí: tres amigas habían montado un salón de belleza. La amistad duró hasta que una actuación administrativa demostró que cada una engañaba a las otras dos. ¡Qué circo! ¡Qué colección de retratos!

Una lectura breve e intensa.





jueves, 20 de agosto de 2026

Morir en la arena - Leonardo Padura



El título, «Morir en la arena», hace alusión a los emigrantes cubanos que pueden ser rechazados en Estados Unidos mientras no pongan un pie en el país. No sé si esa normativa sigue vigente, pero hace unos años todos pudimos ver imágenes de policías fronterizos tratando de impedir a balseros que pisaran la arena en las playas a las que llegaban. Pisar la arena se convertía así en sinónimo de libertad. Y morir en ella, en sinónimo de palmarla justo al alcanzar la tierra prometida. Un doble drama: el que te ha conducido hasta allí y que vencer en la lucha sin conocer el éxito la haga absurda.

    Sea como sea, esta es la cuarta novela que leo de Leonardo Padura y, la verdad, me ha producido la sensación de que siempre cuenta la misma historia. La que rodea a un argumento que sirve de excusa para contar una y otra vez las mismas cosas sobre Cuba.

    En cuanto al argumento en sí, no es repetitivo: una pareja de sesentones, él recién jubilado, viven frente a frente, separados por un patio en lo que fue una única propiedad. Fueron novios de adolescentes, pero una tontada los separó de facto más que de corazón: él tuvo una hija con otra y ella se casó con el hermano de él, con quien tuvo otra hija. Ambas muchachas emigraron porque Cuba era una ruina sin futuro. Ahora hace treinta años el hermano de él y esposo de ella cometió un ligero, ejem, desliz: mató a su propio padre. Todos lo repudiaron. 

    La novela cuenta, yendo y viniendo en el tiempo, la historia de la familia, aunque siempre con un misterio de fondo: las razones de aquel crimen. Pero hay más cosillas, porque cada cual arrastra su pasado. Así es como el texto permite reflexionar sobre la reconciliación con uno mismo o las huidas hacia delante, sobre el modo de enfocar la vida, de atreverse o no a hacer lo que uno desea, sobre hacer balance a la vejez, sobre las posibilidades de rectificar, sobre hasta qué punto somos capaces de ponernos en el pellejo de los demás o, lo que es lo mismo, lo justo e injusto de nuestras decisiones hacia el resto… Mil cosas.

    Todas ellas son interesantísimas, pero acaban eclipsadas por el permanente sonsonete de la miseria en que viven la mayoría de los cubanos. La novela es un muestrario constante de escasez y penurias y, de resultas, una crítica al régimen cubano, al que se achaca la culpa de todo con solo alguna leve mención a los setenta años de bloqueo norteamericano. Y, sin embargo, es una crítica que no acaba de serlo, porque aunque todos los personajes reconocen que el régimen es inviable y es también una fuente de injusticias porque los mejor relacionados viven bien a costa de una masa paupérrima, no hay ningún llamamiento al cambio (y no digamos ya a la rebelión). Se habla del régimen como de una fatalidad contra la que solo es posible hacer una cosa: emigrar. A nadie se le pasa por la cabeza mover un dedo para cambiar nada, con lo que aquello parece una especie de limbo, una dictadura sin oposición ni siquiera cobarde y por completo clandestina, sin nadie que la cuestione. Esta exposición de miserias embadurna hasta tal punto todas y cada una de las páginas que se impone al argumento, dejándolo en segundo plano y causando, como ya he dicho al principio, la sensación de que todas sus novelas son la misma, porque todo argumento lo sostiene en el cemento de la lamentable situación económica. Es una pena, porque Leonardo Padura escribe fenomenal.

    Las reflexiones a las que he aludido serán cosa del lector. Padura da los mimbres, muestra las situaciones y las acciones de los personajes, pero sin emitir otros juicios que los de los implicados. Algo parecido sucede con el misterio en torno al crimen: la luz que sobre él se hace se desprende de acciones, no de confesiones. Es al lector al que le toca juzgar, aunque yo diría que lo ocurrido, que nunca se cuenta, queda claro y obliga a revisar las ideas de todos, lo cual, por cierto, puede hacer que sus vidas se hayan desarrollado sobre premisas falsas. O no. ¿O acaso lo falso era la vida que tomaron?





 

lunes, 17 de agosto de 2026

La casa limón - Corina Oproae

 




En la casa de color limón que da título al libro vivió en Rumania la familia de la innominada niña que nos cuenta la historia. La casa simboliza la libertad. La construyó su familia en un pasado más libre, en el que eran más felices, en el que podían decidir qué hacer con su vida. Era su casa, en ella vivían como y donde habían querido vivir… Hasta que el régimen de Ceaucescu los desalojó, la derribó y los envió a vivir en un pequeño piso en un edificio horroroso y masificado.

    La madre trabaja en un hospital. El padre en una planta química. La vida de la niña, que tiene su refugio en una cueva construida con libros bajo la mesa del comedor, transcurre entre las estrecheces causadas por el régimen y el temor a decir una palabra más alta que otra porque toda crítica hecha en cualquier ámbito -la escuela, el trabajo, la calle…-  puede deparar consecuencias funestas. Educar a los hijos en una dictadura es aún más complicado de lo normal, porque debes evitar que crean normal lo indigno, pero no puedes permitirte que, con su inexperiencia, se delaten y te delaten. Algo de esto saben los españoles más mayores.

    La acción transcurre mayoritariamente en los años 80, aunque va y viene en el tiempo, desde la infancia de la protagonista a su juventud e incluso a los primeros años de adulta. La mayoría de lo que cuenta son hechos, pero hay también ensoñaciones significativas. Su historia es la de su familia, que va más allá de sus padres y alcanza a tíos y abuelos; y también va más allá de la innominada ciudad transilvana donde viven (¿Făgăraș?), hasta alcanzar el mundo rural.

    Es una lectura agradable, porque lo duro se lleva con entereza, por el toque de nostalgia y melancolía, por el amor que se advierte al hablar de las vicisitudes de los padres, que no son pocas ni pequeñas. Es también una lectura profunda, porque revela el terror de un régimen dictatorial sin necesidad de mostrar episodios de represión, y lo es también por su alta carga simbólica. La casa limón que representa la libertad; el refugio construido a base de libros, representa a la cultura como lo último que puede salvarnos; la enfermedad del padre, que conocerá quien lea la novela, parece un corolario lógico al encarcelamiento mental a que somete toda dictadura; y el mundo del campo representa el pasado, como si el último reducto de la libertad fueran los recuerdos… Y, por último, la caída de Ceaucescu. Terrible. Magnífica. Hoy está aquí, al frente de la dictadura, creyéndose todopoderoso, y mañana, tras un juicio sumarísimo, yaces muerto en un rincón y la durísima dictadura parece haberse extinguido contigo. Tan fácil y tan difícil, lo cual hace todo más dramático. La ejecución, en entornos zarrpastrosos e inmundos, de criminales que tuvieron todo el poder y se rodearon de todo boato, de algún modo los reduce a lo que son, meros seres humanos, y con ello acentúa el horror de sus actos: ¿cómo alguien que era más que un ser humano más pudo causar tanto daño? La muerte de Ceacescu tiene algo de despertar de un sueño, de una pesadilla.

    Carina Oproae tenía 16 años cuando cayó Ceaucescu.





jueves, 13 de agosto de 2026

Dos tardes con Benito Pérez Galdós - Ignacio Martínez de Pisón

 



    Considerar a Ignacio Martínez de Pisón un magnífico escritor y ser devoto lector suyo no me impide decir que una cosa es que dominar el lenguaje te permita expresar y transmitir con estilo y eficacia las ideas profundas que todo buen escritor tiene, y otra que toda obra de un buen escritor sea interesante. Es el caso de este prescindible librín. Honra a Martínez de Pisón que él mismo lo reconozca: la suerte de refrito sobre Galdós de estas dos tardes tiene su origen en material reciclado que usó ya no recuerdo para qué cuenta, así que estas páginas, señala, solo merecerán el reconocimiento de quienes se interesen por lo que en aquel momento concreto le interesó a él.

    En definitiva, «Dos tardes con Benito Pérez Galdós» es un ejercicio de reciclaje que no se sabe muy bien qué pretende (o sí, pero de eso hablaré luego), que empieza en ningún sitio y recorre parte de los episodios nacionales para saltar luego, siguiendo un orden cronológico, a los episodios personales de Galdós desde su avanzada madurez hasta hasta su muerte. No soy capaz de decir qué sobra, pero si de saber que faltan muchas cosas. En resumen, un conjunto de ideas más o menos desordenadas y sin un objetivo claro, aunque la maestría de Martínez de Pisón permita leerlas con mayor sensación de continuidad de la que de verdad hay.

    El lector ya se puede oler el mejunje tras la breve introducción de Sergio del Molino, quien parece ser el poco esforzado padrino el invento. Toda una amable y sonriente declaración de intenciones, un acariciar el lomo del cliente con tono de vendedor de enciclopedias (que no pueden faltar en tu casa para evitar que tus niños sean unos zoquetes), que viene a decir que esta colección hay que tomársela muy en serio, mucho, pero no te asustes porque como son cositas para leer en dos tardes tampoco hay que esperar prodigios ni requieren esfuerzos intelectuales fuera de tu alcance. O sea, es profunda y simple, la cuadratura del círculo, una enciclopedia al alcance de los niños (y de los tontos como tú), pero también es rigurosa porque con ella la prole sabrá un porrón (y tú podrás aparentar que no eres un ignorante). Adaptado al presente se deduce que esta colección es ideal si quieres ser un avisadillo, que en este instagramático mundo es de lo que se trata. Pero, claro, una cosa es que en dos tardes uno no vaya a hacerse un experto en nada y se conforme con un endeble barniz, y, otra, que para eso uno esté dispuesto a tragarse cualquier reciclado, como si tampoco a los autores se les hubiera exigido mucho más de las dos tardes que se le prometen al lector.

    En resumen, da la sensación de que este invento está más vinculado al pasar por caja que a la concisión rigurosa. Que de los cuatro libros que he localizado en la colección al menos dos los firmen autores que parecen tener una relación más o menos amistosa con el organizador del asunto tampoco me inspira demasiada confianza. 

    Termino con una reflexión: me siento capaz de escribir (aunque en bastante más de dos tardes) «Dos tardes con Andrea Camilleri». Me lo pasaría en grande y estoy convencido de que el resultado sería bueno. Pero también creo que nadie que lo leyera podría decir que había estado dos tardes hablando con Camilleri, sino conmigo hablando de don Andrea. Esto es que lo pretende esta colección, supongo que por razones comerciales. Quiero decir que hay un doble gancho: el del autor celebérrimo analizado (a quien no lo examina un experto en él) y el de autor contemporáneo y conocido que tiene su propio público. Si no pica el devoto de Galdós, que pique el de Martínez de Pisón. Un autor conocido hablando de un autor célebre. Esa es la fórmula que se repite en esta colección. Una mezcla que se da cada vez más en todo el mundillo cultural porque suele preocupar más lo crematístico que lo artístico. Así que olvidad mis tardes con Camilleri: ni yo soy conocido ni sabemos aún si él pasará a la historia.




lunes, 10 de agosto de 2026

Todos aman a Clara - David Foenkinos

 


David Foenkinos tiene una habilidad portentosa para sintetizar una cantidad ingente de asuntos en textos breves que no pierden cercanía ni detalle. Crea mundos con dos pinceladas.

Por eso, tras leer este libro te das cuenta de que la sinopsis era solo un aperitivo. Hela aquí: «Alexis Koskas tiene un trabajo respetable en un banco privado y una hija adolescente a la que adora, Clara. Cuando la joven sufre un accidente que la deja en coma, la vida de Alexis da un vuelco. Mientras retoma el contacto con su exmujer durante las visitas al hospital, se embarca en un proceso de escritura para intentar aliviar el dolor. Pero las consecuencias del accidente van más allá cuando Clara despierta y no es la misma»

Bueno, pues y un jamón.

La historia es mucho más. Es lo que cuenta la sinopsis, pero también lo de antes, que hay bastante, y lo de después, que hay mucho más. Lo que ha llevado a cada uno a ser quien es y cómo es, y cómo cambian las personas cuando cambian las circunstancias. Es la historia del padre de Clara, de la madre, de la propia Clara, del resto de amores, de la opulenta clienta de un banco, de…

Y, sobre todo, es mucho más que la digestión de un accidente de consecuencias dramáticas. Es lo que conduce a él y las horrorosas emociones que suscita, son sus consecuencias, es el cambio que produce las personas, es el futuro que sigue a todo eso, es una historia que navega en un barco con el nombre de un personaje y que, de pronto, cambia a otro barco con otro nombre y otros rumbo porque al primero ya le tocaba echar el ancla.

Esto provoca, también, que a veces los texto de Foenkinos, y en especial este, parezcan un poco desorientados, como carentes de finalidad, porque comienzan apuntando a un objetivo y al final persiguen otro, pero es una sensación engañosa. Lo que pretenden transmitir, y lo consiguen, es que la vida es sorprendente hasta para las existencias más grises.

Por eso, lo que cualquier de nosotros tendría por tremebundo drama, ¿quién quiere tener un hijo en coma durante un tiempo indefinido tras un grave accidente, sin saber si sobrevivirá o no?, acaba teniendo consecuencias completamente inesperadas. Algunas derivan del cambio que los acontecimientos provocan en las prioridades y necesidades de cada cual. Y otros, algo forzados… Bueno, quien lea esta sorprendente historia sabrá a qué me refiero.

Y sabrá entonces, también, que en esta historia hay dos historias separadas por un punto de inflexión, que la primera es real y puede sucedernos a cualquiera y la otra, en cambio, enlaza con todas esas historias que no le ocurren a nadie pero que todos conocen y, algunos, creen posible que alguna vez las puedan experimentar: la vida soñada.

No puedo decir más sin reventar lo que la sinopsis ha querido callar. Solo añadiré hay que una cosa en común entre ambas historias:  todos aman a Clara.

También tú lo harás.


jueves, 6 de agosto de 2026

Momentos estelares de la humanidad - Stefan Zweig

 


¿Quién no ha pensado alguna vez que su vida ha dependido de una nimiedad? Estar o no en un sitio en un segundo concreto a veces es la diferencia entre vivir o morir, o entre conocer a alguien o no, o entre que encontremos o no la oportunidad que nos cambiará la existencia. Esos instantes trascendentales son fruto del azar la mayoría de las veces y, el resto, lo son porque tomamos una decisión consciente, que no es lo mismo que reflexionada. La decisión de hacer algo o no hacerlo, la de hablar o callar. Cada elección tiene consecuencias. Cada azar, también. Algunas, sin posibilidad de preverlo, las disfrutamos o sufrimos de por vida. 

    Por supuesto, cuando uno se ve envuelto en algún acontecimiento histórico los azares que le afectan y sus decisiones trascienden su persona, hasta el punto de que cualquier estupidez se puede proyectar en la historia durante años o incluso siglos. Lo que se perdió en una hora no se ha de recuperar en mil años, dice Zweig al hablar de que la toma de Constantinopla se decidió, según el mito, porque alguien olvidó cerrar una puertecilla secundaria en la muralla. ¿A qué se pudo deber? ¿Un despiste por andar pensando en cualquier cosa? ¿O por las prisas del asedio? ¿O porque se puso a orinar y se le fue el santo al cielo? Un tonto descuido que, de ser cierto, cambió la historia del mundo.

    Lo que hace Stefan Zweig en este libro es elegir unos cuantos momentos históricos en los que, según él, sus protagonistas se vieron en la tesitura, voluntaria o no, consciente o no, de dar al futuro colectivo un rumbo u otro, y novelarlos. El libro resulta apasionante no tanto por la fidelidad histórica, en la que no hay que confiar ni un pelo, sino por el modo en que Zweig transmite la intensidad del momento visto a través de su rica imaginación. La cosa tiene truco, claro. Él, el narrador, escribe desde el futuro posterior a sus personajes; por tanto es consciente de cuanto estaba en juego en cada instante, mientras que los novelados no siempre lo están. Esto le permite a Zweig rodearlos de un dramatismo que a menudo ellos no sienten, o inventar una psicología que no tuvieron por qué tener. El resultado histórico es una memez que ejemplifica los peligros de la novela histórica al tiempo que reivindica la historia como fuente de inspiración, porque el resultado literario es exquisito por su fuerza dramática. Esta es la razón de que todos los personajes sean, a su modo, excelsos. Algunos son grandes por la inherente grandeza de su alma, y otros, paradójicamente, por su mediocridad elevada a canon. Para Zweig son símbolos andantes.

    Bueno, ¿y qué aventurillas nos cuenta Zweig? Muchas. Alrededor de una docena más o menos ordenadas cronológicamente. Todas independientes.

    La reacción de Cicerón cuando se vio, a la vejez, fuera del juego político y forzado a descubrirse a sí mismo y a decidir qué quería hacer con sus últimos días.

    La caída de Constantinopla en 1453.

    La historia de Vasco Núñez de Balboa, un piernas que, huyendo hacia delante, quiso salvar el pellejo con un osado mecanismo: pasar a la historia. Esto lo llevó a «descubrir» el Océano Pacífico. O no.

    Cómo Händel pasó del patatús y casi la retirada del mundo a componer algo sublime: «El Mesías».

    Cómo Goethe venció a la vejez sublimando el dolor en poesía.

    El contraste entre el grandioso simbolismo de «La Marsellesa» y la mediocridad y oscuridad de su compositor, que solo tuvo un momento brillante en la vida, insuficiente para alcanzar él la celebridad de su obra.

    Cómo unos momentos de indecisión del Mariscal Grouchy pudieron decidir la batalla de Waterloo y con ella el futuro de Europa.

    De millonario a pringao por exceso de riqueza. La historia de John Sutter, dueño, muy a su pesar, de El Dorado

    Dostoievski se enfrenta al pelotón de fusilamiento. ¿Qué hubiera sido de la literatura sin él?

    Lenin, o las circunstancias que permitieron a un anónimo ruso exiliado en Suiza retornar en un tren sellado y cambiar el rumbo de la historia.

    Cyrus W. Field cambia el mundo con un cable submarino intercontinental, pasando las aventuras del patito para tenderlo. O dicho de otro modo, el hombre que hizo desaparecer las distancias.

    León Tolstói, a las puertas de la muerte, con una obra colosal y la admiración de todos, averigua qué quiere ser de mayor.

    Morir para ser un segundón. La aventura de Robert Scott en la Antártida. La escasa diferencia entre el héroe y el fracasado.

    Woodrow Wilson, o cuando el idealismo bienintencionado acaba empeorando las cosas.

    En las últimas décadas Stefan Zweig ha adquirido una fama portentosa. Los lectores que lo adoran son legión, casi una plaga, supongo que por la mezcla de pasión y sensibilidad que pone en sus escritos, por el lenguaje culto, emocionado, a menudo exaltado y florido con que contagia su fervor. Sin embargo, aunque reconozco que escribe fabulosamente y admito su capacidad para emocionarnos contando la historia de una ardilla, a veces me ha parecido empalagoso. Por suerte, no ha sido así en estos «Momentos estelares de la humanidad», que para muchos pasa por ser su mejor obra. Su momento estelar. No para mí, aunque me ha gustado mucho y la he disfrutado.

    Para terminar, una broma: de haber escrito yo este libro, lo hubiera comenzado describiendo la cara de Adán en el momento en que Eva la plantó la manzana en las narices. Luego hubiera desarrollado con todo dramatismo y pasión cuanto pasó por la cocorota del pobre hombre hasta que aceptó hincarle el diente quién sabe si para no contrariar a Eva. Es decir, quizá lo hizo porque temió más a ella que a Dios. ¿O temió a la soledad, dado que Eva era su única compañía? ¿Qué pasaría por su cabeza? Se vería a sí mismo allí, con la puñetera manzana en la mano pudiendo ponerse ciego de higos, nueces, mangos, piña o chirimoyas, quizá saciado y con dolor de tripa tras un atracón de melón, dudando de si atizar un bocado a la jodida manzana para tener la fiesta en paz con su única compañía; quizá pensando que Dios tampoco había de liarla pese a las advertencias; a fin de cuentas, a Él qué más le daba. ¡Si siendo todopoderoso podía enmendar cualquier realidad que le disgustara! Total, que atizó el bocado ¡y menuda la que lió el pollito! Momento estelar no sé, pero estrellado...


lunes, 3 de agosto de 2026

Grandes promesas - Pierre Lemaitre

 


Qué agradecido estoy a Pierre Lemaitre, aunque no por el primer libro suyo que leí, «Vestido de novia», que de tan inquietante lo pasé mal, sino por su trilogía de «Los hijos del desastre» y, enlazada con ella, la tetralogía «Los años gloriosos», que termina con la novela que con estas líneas reseño: «Grandes promesas».

Las siete obras forman una saga monumental, intensa, entretenida, casi siempre divertida incluso en lo malo (por lo que de estrafalarios y chapuceros tienen los personajes más egoístas), siempre un poco loca porque nada es tan serio como aparenta, y que se apoya en cómo afectaron a una generación las dos guerras mundiales  (la trilogía «Los hijos del desastre») y las dos décadas y media de desarrollo posterior (la tetralogía «Los años gloriosos»). Lemaitre escribe logrando agilidad a través de la eficacia expresiva y el ahorro de recursos, consiguiendo dar panoramas generales salpicados con digresiones tan rápidas que no interfieren en el argumento, y con una sensación de solvencia que deriva del dominio del lenguaje, la estructura y los tiempos.

El título, «Grandes promesas», alude a las extraordinarias perspectivas de crecimiento que hubo en los años sesenta y que se truncaron repentinamente en 1973. Europa occidental avanzaba a velocidad de vértigo devorando bienes de consumo novedosos y atreviéndose con las faraónicas obras públicas precisas para adaptarse a los tiempos, como la circunvalación de París, que tanto juego da en esta obra.

No aconsejo leer estas siete novelas en otro orden que no sea el de su publicación. Así, quien llega a estas «Grandes promesas» ya sabe lo qué ha sido del patriarca de la familia Pelletier, qué fue de uno de sus hijos, y cuáles han sido las andanzas de su ya anciana esposa y del resto de su descendencia. Con el paso de los años el elenco de personajes ha ido envejeciendo o madurando y, ley de vida, se ha ido reduciendo. Jean, arrastra un secreto que comparte con el lector y que, por sentido común, no puede acabar nada bien. Y más cuando ya sabemos que, en la novela anterior, su hermano menor, François, andaba con la mosca tras la oreja.

El secreto lo conocen los lectores de las tres novelas anteriores, pero por si acaso alguien lee esta reseña antes de leerlas diré, sin desvelarlo, que es morrocotudo, de los que aniquilan todo.

Por eso el papel que juega François en esta ocasión el de investigador. Lo impulsa su curiosidad, lógica en un periodista aunque no actúe ya como tal. Y acabará metido en un dilema colosal. Jean, por su parte, sigue dejándose arrastrar por su esposa, la extravagante, ambiciosa y mal bicho Geneviève. La vida de la familia se transforma así en el hilo argumental de la novela, cuando en las anteriores era una especie de subtrama o telón de fondo. Ahora no. Ahora esa subtrama pasa a ser lo principal. Por fin se resolverá un asunto que lleva tres novelas coleando. Ese es el argumento, y el resto es lo que pasa a ser colateral. Los hijos de Jean y Geneviève, Colette y Phillipe, siguen siendo comodines que conmueven al lector, que admira a la niña y se solidariza con el niño.

Jean, el torpe hijo mayor de los Pelletier, sigue siendo un empresario de éxito. Quién lo iba a decir. Su extravagante y malévola esposa, Geneviève, sigue acomplejada por su espíritu pequeñoburgués, y no ceja en el empeño de sobresalir, de ser más, y más, para lo cual viene de perlas el entorno económico y social que antes he mencionado, la época de grandes oportunidades, con la economía a toda máquina y en pleno desarrollo de bienes y servicios nunca antes imaginados. Esta es una de esas historias ahora colaterales.

Otra es la de François, que de periodista ha devenido escritor de éxito, lo cual le permite tener nuevas costumbres y otras tantas libertades.

Y, por último, está la historia de un humilde agricultor de ascendencia española, que le permite a Lemaitre dos cosas. La primera, ofrecer la otra cara de las «Grandes promesas», es decir, la de los damnificados por las economías de escala. Y, por otra, le suministra un personaje y una excusa que le viene de muerte para zanjar la tetralogía de un modo original y al mismo tiempo sencillo.

    Qué bien lo he pasado.

¿Qué más queréis que os diga? Leed estas siete novelas en un plazo no muy largo, un par al año, empezando por la primera, todas en orden, para terminar con esta. Mi «gran promesa» es que no os arrepentiréis.


jueves, 30 de julio de 2026

Los dos lados - Teresa Cardona

 


    Leí no hace mucho «Un bien relativo», de Teresa Cardona,  segunda novela de la saga de la teniente Karen Blecker y el brigada Cano. No conocía entonces ni a la autora ni a sus personajes, y me gustó tanto que corrí a comprar el resto de libros. El que ahora reseño, «Los dos lados», inauguró la saga. Estas dos primeras novelas pueden leerse en cualquier orden, porque, a diferencia de lo que suele ser habitual, las relaciones entre los dos protagonistas y la de cada con su entorno personal no las ha utilizado la autora (al menos en estas dos primeras novelas) para tejer una subtrama a largo plazo sobre la que de desarrolla en paralelo el caso concreto de cada novela. Algo extraño en estos tiempos, ciertamente. Agradezco que no haya recurrido a un recurso tan facilón y burdo para fidelizar al personal.

También me resulta atípica la soledad de los dos guardias civiles con destino en San Lorenzo de El Escorial, donde vuelve a transcurrir la historia. Me refiero a que no hay policía o guardia sin unos subordinados de los que echar mano para todo tipo de tareas; sin unos jefes entre comprensivos y tocapelotas que les hacen rendir cuentas más pendientes de su propio culo que de otra cosa; y sin un entorno familiar y social que dé algo de juego al poner límites o implicar exigencias. Nada de todo esto le sucede a los dos protagonistas: viven como si no existieran más guardias civiles en el mundo, ni superiores ni subordinados, y las relaciones familiares son más bien teóricas, porque viven en el recuerdo, en el caso de ella, y de la pareja del cabo, homosexual, nada sabemos.

Así que la historia, como a la vieja usanza, se concentra en el caso concreto. Bueno, más o menos, porque la estructura de esta novela (que volvió a usar en «Un bien relativo») va a saltos desde el presente de la investigación (2016) hasta sucesos de 1989.

Esto es a la vez un acierto, porque agiliza la lectura, y una limitación, porque como ambas historias están llamadas a converger el lector ya sabe que en el momento presente debe fijarse especialmente en todos los personajes que pudieron estar haciendo cosillas 27 años atrás, pero descartando a todos los que ya sean demasiado viejos. 

Una parte relevante del interés de la novela es el entorno en que se desarrolla. San Lorenzo de El Escorial es un lugar peculiar y atractivo. El imponente monasterio es omnipresente; y junto a él están, de un lado, los lugareños que viven todo el año en una localidad que oscila entre las irregulares muchedumbres del turismo de segunda residencia, una especie de sucursal intermitente de madrileños acomodados, y la soledad del resto de los días, en especial entre semana y los invernales, todo a algo más de 1000 metros de altura, en la sierra. Un marco peculiar, entre familiar y aislado, y populoso y bien comunicado. Eso sí, los algo más de 18000 habitantes censados no dan de sí lo suficiente como para que los dos investigadores no deban dejarse caer por Madrid con cierta frecuencia, lo que, por otra parte, hace que la sensación de recogimiento tenga algo de irreal: San Lorenzo de El Escorial no es un refugio recóndito, sino un rincón confortable en medio de la vorágine, mezcla de pueblo y decorado.

La novela está escrita con solvencia. Tiene buen ritmo y una estructura correcta. Comienza con el hallazgo de un caballero un tanto desmejorado. Tanto que se ha muerto. Es lo que tiene que te dejen atado y aislado hasta que mueras de sed. Para saber quién ha sido el desaprensivo capaz de dispensar tan poco educado trato hay que averiguar quién es el finado, a qué se dedicaba, quién puede quererlo tanto y por qué… Esas cosillas.

Ese es el presente. 2016. Lo que se cuenta de 1989 es un verano en San Lorenzo de El Escorial, en casitas veraniegas de familias acomodadas, todas con su piscina y su jardín vallado más que amplio, tanto que hasta necesitan jardinero. Hay bastante gente por ahí, entre la que se cuenta un niño que ha suspendido alguna asignatura y un garboso joven universitario de 19 años que se emplea como profesor particular. Y la hermana del niño, y los abuelos, y la madre, y… El papá de la criatura es un periodista que cuenta con pocos adeptos en un sector de la sociedad y, en particular, en esa sociedad acomodada de gente bien que va a la sierra a rascarse la tripa en vacaciones y fiestas de guardar. ¿Por qué es visto así el periodista? Porque ha escrito varios artículos denunciando que las torturas a detenidos del entorno etarra son inaceptables en un estado de derecho. Como los años ochenta fueron los más sanguinarios de la banda había mucha gente que no compartía este planteamiento.

Este es uno de los dos lados a lo que alude el título. Como todos somos gente de orden todos estamos de acuerdo en que torturar al personal no puede hacerse en un estado de derecho. No cabe delinquir para combatir el delito. Es evidente.

Lo que sucede, claro, es que una cosa es torturar por venganza o sadismo y otra a la búsqueda de información crucial para salvar la vida de otra persona. Es entonces cuando llega el segundo lado a que alude el título, la otra forma de ver las cosas. Si encontrar viva o muerta a una persona muy querida depende de torturar o no alguien, ¿lo harías? Seguro que entonces ya no seríamos tan civilizados. Si la vida de tu hijo, por ejemplo, depende de torturar o no a un delincuente, la mayoría, obcecados, no dudaríamos. Si fuera preciso le sacaríamos las tripas a puñados. Sin embargo, la cosa no es tan sencilla como esta hipótesis (ser bestia con la imaginación es facilísimo), porque en la realidad casi nadie se ve en una tesitura tan extrema y, si llegara el caso, quizá entonces no seríamos capaces. Es todo teoría, pero es la teoría que funda nuestra opinión. En cambio, quienes sí pueden verse alguna vez en estas tesituras son los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad. ¿Qué pasa con un secuestrado si, tras el arresto de quienes lo custodian, estos se niegan a decir dónde está? Morirá de inanición. Y como para los secuestradores hablar puede ser la prueba definitiva que los condene, se callan. ¿Qué deben hacer las fuerzas policiales en un caso así? ¿Emplear un tiempo precioso en intentar convencerles de que es mejor colaborar, que algún atenuante les caerá? ¿O torturarlos para que hablen cuanto antes? Si uno fuera el padre del secuestrado podría tener la respuesta tan clara como destrozados los nervios, porque los nervios hechos añicos pueden provocar cualquier tropelía. En cambio, quienes no tienen un vínculo de afectividad tan intenso, ¿qué excusa tienen para cometerla? La rabia, la indignación que produce la injusticia. El ansia de salvar al inocente. Pero, ¿es suficiente?

Para el Estado, no. El juez los condenará. 

Pero para esos condenados, el único juez que de verdad lo es, es su propia conciencia.

Y eso nos lleva al concepto de justicia y a si es justa la justicia

¿Por qué cuento todas estas reflexiones? Porque también en esta novela Teresa Cardona demuestra que es posible entretener al lector con una trama al uso y, a la vez, situarlo frente a dilemas morales que le hagan conocerse mejor.

Seguramente todos los que leéis esta reseña sois incapaces de torturar por placer (espero).

Seguramente todos (también espero) seríais incapaces de torturar por venganza aunque debido a lo sufrido no os faltaran ganas.

En cambio, casi todos seríais capaces de torturar si de ello dependiera la vida de vuestro hijo, de vuestra madre, de vuestro padre… Quizá penséis que no, pero seguramente ni siquiera podríais meditarlo. La desesperación y la impotencia os obcecarían.

Pero… ¿Y si la vida en juego fuera la de un desconocido? Haría falta tener una mente fuerte y las ideas muy claras para que cualquier elección (torturar -y pasar a ser un torturador- o no -y que muera un inocente) no te reconcomiera la conciencia el resto de tu vida.

Este es el punto en el que difieren derecho y moral, porque el primero da una norma universal, no le queda otra, pero la segunda es propia de cada persona. A veces, es decir, según la persona, derecho y moral coinciden y entonces todo es sencillo. A veces, no.


lunes, 27 de julio de 2026

Las fuerzas contrarias - Lorenzo Silva

 


Posiblemente sea mejor que no leas esta reseña. ¿Razón? Leí la novela hace más de un año y creía haberla reseñado, pero recientemente he advertido que no fue así. Se me había pasado. Creo que la escribí, pero debí de perderla antes de publicarla. ¿O la borré por error? El caso es que tras tantos meses decidí no volver a escribirla porque los detalles se me iban a escapar ya, pero luego me dio pena porque he leído todas las novelas de la saga y desde la séptima también las he reseñado. Así que aquí estoy, dispuesto a saldar lo mejor que pueda una deuda con mi propio trabajo en este blog y también hacia una saga que me ha deparado muchas horas de grata lectura..

    Lo primero que me ha llamado la atención al volver a esta historia es que no recordaba nada. Nada en absoluto. Cero pelotero. No es buena señal para una novela, y menos cuando he husmeado para refrescar la memoria y he visto que transcurría nada más y nada menos que durante un momento tan inolvidable como los primeros días de la pandemia de 2020. Claro que, dado lo intensos que fueron para mí esos tiempos en lo laboral, tampoco me extrañaría que mi cerebro haya borrado cualquier cosa superflua que tenga que ver con ellos, como es el caso de una historia de ficción. Sí recuerdo, en cambio, haberla leído con interés; a ello sin duda ayudó el reencuentro con escenas que todos vivimos  (y que ninguno queremos repetir), con lo que uno se busca a sí mismo en las páginas, o se reconoce en ellas. Y recuerdo vagamente la confirmación de una impresión que ya tuve en las últimas entregas: la de que Bevilacqua es cada vez más «sentencias», de que no pierde ocasión ni en lo principal ni en lo accesorio (sobre todo en lo accesorio) de pontificar desde una actitud a la vez desengañada y condescendiente, con un tonillo de superioridad moral que casa mal con la manifiesta falta de importancia, entre exhibicionista y masoquista, que se da a sí mismo.

    Recuerdo también algo que no me gustó, pero que no es exportable a otros lectores: se menciona a ciertos cargos relevantes, y ocurre que conozco algo a las personas que los ejercían en aquellos momentos y que soy amigo de buenos amigos suyos. No las reconocí. Ni por cómo son en lo personal ni por el fundamento de ciertas acciones que la novela les atribuye en respuesta a polémicas públicas trasladadas a las páginas. No me gustó porque me molestó, aunque no sé decir si Silva se ha erigido aquí en portavoz de una postura pública que ni por casualidad se dio como como aquí se indica, o si es que ha querido poner en boca de personas reconocibles las conjeturas sobre ellos de terceros que no conocemos y que Silva ha hecho suyas por boca de Bevilacqua. En todo caso, mal está usar personas reconocibles en temas polémicos por más que se maquille personas y temas para que sean solo parecidos. Las versiones de parte rara vez son justas.

    ¿Y de qué va el libro? Como digo, he tenido que husmear para recordar que hay dos tramas paralelas que, como suele suceder, convergen. En una de ellas se investiga en Badajoz el asesinato de una mujer. Arnau es a la vez infiltrado y retenido. Infiltrado en el entorno del sospechoso y retenido por el virus y el confinamiento. No voy a decir que esté el hombre en brazos de su enemigo, pero casi. 

    Mientras, Bevilacqua y Chamorro andan por Toledo, en Illescas, investigando la muerte de una señora que parece haber sido víctima del virus. Parece, ¿eh? Recuerdo, esto sí, la peliaguda sensación de ver a la pareja dispuesta a pisar charcos cuando todo avoca a lo contrario, que para colmo es también la solución más rápida y fácil en un contexto donde muertes así había con frecuencia en todas partes y en el que todos sentíamos que sacar la nariz de casa era peligrosísimo.

    Junto al factor de intriga expuesto, el autor explota el vínculo emocional que en la decimocuarta entrega de la saga puede dar por supuesto entre los personajes y el lector. ¡Pobrecillo Arnau, en menudo lío anda metido! ¡Pobrecillos Rubén y Virginia, que andan por un país desolado complicándose la vida con el riesgo de que un enemigo invisible se los lleve por delante en cualquier momento! ¡Mira que sin tras tantas peripecias en lugar de un tiro los mata un estornudo! Y, por supuesto, Silva juega con el vínculo emocional que todo lector que vivió con intensidad aquellos días tiene consigo mismo. Por último, el paisaje apocalíptico de ciudades y carreteras vacías es un marco de lo más peliculero.

    Me viene ahora a la cabeza una sensación incómoda al leer. La de que, a todo pasado, autor y lector juegan con las cartas marcadas. Es lo que tiene haber vivido el momento con intensidad y saber cómo acabó. También Bevilacqua, el narrador, lo sabe, obviamente. Si lo hubiera narrado en tiempo presente el resultado no sé si hubiera sido mejor, pero la novela hubiera debido ser muy diferente.

    La falta de memoria me impide asegurar a qué se debe el título, «Las fuerzas contrarias», pero la memoria no del libro sino de aquellos días sí me deja claro que hubo dos fuerzas opuestas: la de quienes dieron lo mejor de sí mismos en su trabajo (no solo los aplaudidos desde los balcones, sino todos los que hicieron funcionar algo, desde las cajeras de los supermercados -¡qué poco se las reconoció, con el miedo que pasaron!- hasta quienes fabricaron epis en casa durante horas y horas con bolsas de basura y cinta aislante) y la de quienes, incapaces de soportar que a «los otros» se les pudiera reconocer algún mérito en circunstancias tan graves, sabotearon los aplausos enfrentándolos a caceroladas, sembraron dudas sobre la toma de decisiones, las deslegitimaron o, directamente, mintieron, con lo que, sembrando la duda, hicieron menos efectivas muchas medidas, lo cual sin duda se cobró vidas que no les importaron un pimiento. Es decir, los bomberos, porque lo eran, se dejaron el pellejo intentando salvar a las víctimas del incendio mientras otros, megáfono en mano, se dedicaron a gritar a los atrapados que los bomberos no tenían ni idea y que no les hicieran caso. Dos fuerzas contrarias. Y las víctimas en medio.

    La primera fuerza siempre está ahí y cumple su papel con todos los aciertos y todos los errores. Pero, por desgracia, calladamente para lo bueno, porque no estamos acostumbrados a elogiar y agradecer lo bien hecho sino a proclamar los fallos. La segunda fuerza, para mayor desgracia aún, salió fortalecida: los miles de muertos que provocó no le importan a nadie posiblemente porque no se puede establecer la relación causa efecto con nombre y apellidos (se puede estimar número, pero no poner nombres) y en esta sociedad sin culpables no hay problema, porque lo que interesa es ganar el combate. Desde entonces hemos tenido claros ejemplos de cómo la impunidad de esta postura la ha reforzado. El hartazón de mentiras en la DANA de Valencia acerca de prácticamente todo es especialmente evidente. Y es dramática la cantidad de personas de a pie que se han aprestado a sostener estas vilezas por razones que nada tienen que ver con la gestión de una crisis, sino con intereses emocionales que ni siquiera llegan ya a ideológicos.

    Estas dos fuerzas contrarias no se anulan mutuamente, porque cada una se escucha en un espectro de onda. La que más se desarrolla es la que más se oye. Es decir, la que más grita. Así nos va. Y así nos va a ir.


miércoles, 22 de julio de 2026

Las gratitudes - Delphine de Vigan

 


Vaya obra breve, bonita y rotunda.

Lo primero salta a la vista: pocas páginas, letra grande y capítulos cortos que permiten una lectura sumamente ágil apoyada en un lenguaje claro, directo y eficaz que trata al lector como interlocutor. Bonita, porque gira en torno al agradecimiento, lo que presupone buenas acciones previas, lo cual es un alivio en un mundo tan áspero, violento y enfrentado como el que vivimos. Y rotunda, porque los problemas, dudas y dilemas son resueltos por los personajes con una voluntad sana y admirable.

    Importante es el punto de humor, de reírse de sí misma, de la protagonista y, por contagio, del resto, ya que permite dar a la historia un tono más tranquilo, cuya importancia en la obra es tanta como la del argumento.

Michèle Seld, Michka, es una anciana judía de origen polaco que vive en Francia. La conocemos cuando la afasia comienza a corroer su vida. Pronto no podrá vivir sola. La afasia es una enfermedad dura. No deteriora la inteligencia, pero arrasa la comunicación porque el enfermo pierde poco a poco la capacidad de hablar, de escribir, de leer… Las palabras se confunden y acaban conduciendo al silencio, a la imposibilidad de expresarse y hasta de comprender.

Pese a esto, Michka tiene dos buenos motivos para estar agradecida, que acaban siendo tres y hasta cuatro. El primero, que siendo niña, huyendo durante la Segunda Guerra Mundial, fue acogida temporalmente por un matrimonio de labradores franceses. Aquel gesto, del que apenas recuerda nada porque era muy pequeña, le salvó la vida. No volvió a saber de ellos ni de su propia familia, que fue víctima del Holocausto. De aquel joven matrimonio solo posee datos vagos que hasta ahora han resultado inútiles para dar con ellos. Conseguirlo a estas alturas es imposible, porque sin duda habrán fallecido, pero Michka no quiere morir sin dar las gracias a aquellos dos desconocidos o a quien pueda honrar su memoria.

Segundo, aunque la vida de Michka parece haber sido pobre y solitaria en un país que no es el suyo, sin familia, trabajando como correctora de revistas, se siente agradecida hacia alguien que a su vez también le profesa una profunda gratitud. Marie es una de las narradoras de la historia. Desde el presente y a sus alrededor de treinta años se dirige al lector para explicarle lo que está ocurriendo. A través de sus ojos comenzamos a conocer a Michka. Marie es la persona que vela por la anciana. Gracias a Marie, Michka no está sola en el mundo. No son madre e hija, pero lo parecen. Años antes la anciana, entonces una adulta, veló por la niña desamparada que fue Marie, una pequeña vecinita a la que dio compañía, lecturas y, sobre todo, la seguridad que no encontraba en su triste familia. ¿Cabe mayor gratitud que la que se da entre madre e hija por el mero hecho de existir? Sí, cuando esa relación no nace de la biología sino de la entrega desinteresada.

El otro narrador es Jérôme, un joven logopeda que trabaja en el centro donde Michka acaba siendo internada. El tercer motivo de Michka para sentir gratitud es la humanidad de Jérôme, y aún le dará otro más. Las conversaciones entre ambos permiten hacer luz sobre el pasado de la anciana, y descubren a Jérôme el valor de la gratitud.

«Las gratitudes» ilumina la grandeza de quienes sacrifican su vida (que no su tiempo libre) por los demás, y no es extraño que estas personas, siendo tan conscientes del desamparo de tantos otros, estén más preocupadas por ser agradecidos con quienes a su vez les ayudaron que por recibir agradecimiento alguno. Esto es muy visible en el caso Michka ante la cercanía de la muerte. Al hacer balance de su vida para que «cuando llegue el día del último viaje/y esté al partir la nave que nunca ha de tornar» la encontremos, como dijo Antonio Machado, «a bordo ligera de equipaje/casi desnuda, como los hijos de la mar». Así se quiere ir Michka. El único lastre que siente, lo único que aún la retiene en este mundo, es no haber podido dar las gracias a quienes de niña la cuidaron los días que para tantos desgraciados marcaron la diferencia entre vivir y ser exterminados.

Termino hablando de algo que invita a la reflexión y que hace más admirable aún a Michka, a Marie y al matrimonio francés.

Michka, ya lo he contado, fue una niña desamparada ayudada por unos desconocidos y a su vez ella, ya de adulta, fue la desconocida que ayudó a salir adelante a otra niña desamparada. Parece que la historia había puesto a Michka en situación de dar lo mismo que recibió y ser así agradecida a la vida, ¿verdad? Pero hay más. Los campesinos franceses que socorrieron a la niña Michka hicieron un esfuerzo pequeño y corto en lo material y temporal, pero inmenso en lo personal porque se jugaron la vida. Si los hubieran descubierto protegiendo a una judía, hubieran sido asesinados. Se lo jugaron todo haciendo un poco. En un instante asumieron una gran posibilidad de morir a cambio de que una niña desconocida tuviera alguna posibilidad de vivir. 

Michka, ya de adulta, no se ha enfrentado a circunstancias similares. Nunca ha podido jugarse el todo por el todo por nadie en un segundo. Pero de algún modo sabe, o más bien siente, que dar todos los segundos es otro modo de darlo todo. No lo hace de modo consciente porque lo tiene tan interiorizado que cuanto pueda hacer por los demás es para ella un modo de agradecer la vida, de reconciliarse con su suerte, con el azar que para ella supuso la vida y para su familia y tantos otros la muerte. Y esa actitud se manifiesta al conocer a Marie, su pequeña y desamparada vecinita. Cada tarde juntas, cada lectura, cada apoyo que hipoteca la vida de Michka aúpa la de Marie. 

Y Marie, cuando Michka ya es anciana, le corresponde.

¿Qué quiere decir Delphine de Vigan con esto? Que es la entrega a los demás lo que da sentido a la vida, y que no hace falta heroísmos ni  una guerra mundial para no ser egocéntrico y sí solidario todos los minutos del día. Que hay una diferencia insalvable entre el formalismo de dar las gracias y el ser agradecido, que lo primero es cortesía y lo segundo es plenitud. Que el cortés tiene educación y el agradecido grandeza, porque es capaz de reconocer lo que ha recibido de bueno y devolverlo al mundo multiplicado.

El final reservado a los dos narradores, Marie y Jérôme, cierra la historia de un modo hermoso, que viene a decir que la buena gente, al final, por más que se sacrifiquen nunca están solos porque se reconocen entre sí.

Qué distinto sería el mundo si fuéramos conscientes de todo lo que tenemos que agradecer. Y no digo ya si, además, lo hiciéramos con esfuerzo, como Michka, cada segundo de nuestra existencia. Acabaríamos cansados, pero por completo satisfechos. Ligeros de equipaje.