Si no me engaña mi flaca memoria, Garbi Zuzunaga me conoció antes que yo a él. Leyó mis libros supongo que porque los vio en las redes y luego comenzó a seguirme. Además. me regaló comentarios elogiosos (o sea, peligrosos), que yo agradecí por vanidad, porque confieso que antes de aceptarlos no investigué si estaba como una chota o no. Desde entonces hemos intercambiado tuits sobre diferentes temas literarios. Algún tiempo después vi que había publicado un libro de humor («Soy rico y soy famoso»), y entonces me puse en guardia: ¿sería este hombre uno de esos escritores tan desorientados y desesperados como para acudir a un mindundi como yo en busca de retuits o reseñas? Para no ser nadie, no os imagináis la cantidad de peticiones que he recibido. No me extraña que los famosos se protejan. Todas las he rechazado porque solo leo lo que me apetece y cuando me apetece y, después y por supuesto, porque no voy a hablar bien de lo que me parece mal (dato este último que los peticionarios siempre han olvidado no sé si porque se creen muy buenos escritores o porque, no siéndolo, consideran que pese a no conocerlos de nada debo ser su benefactor y que para mí no tendría consecuencias engañar a los lectores de este blog). Tan tiquismiquis soy con estas cosas que cuando me han ofrecido un libro regalado siempre lo he rechazado. Solo me siento libre de opinar sobre el un libro cuando lo he pagado. Bueno, pues mi temor sobre todas estas cuestiones fue infundado en esta ocasión. Garbi Zuzunaga seguía con su libro y a mí me dejaba en paz: continuábamos intercambiando tuits de vez en cuando sin que me pidiera nada, y seguía pareciendo un tipo sensato excepto por las flores que me había dedicado.
El tiempo ha pasado. Ya no ha publicado un libro, sino tres, y ha seguido sin darme la brasa para que leyera alguno. Así que, lento que soy, mi curiosidad ha ido poco a poco desplazando a aquella cautela inicial. Despejada la duda sobre sus intenciones y teniendo a Garbi Zuzunaga bajo sospecha de sensatez, también nació la curiosidad por dar respuesta a la siguiente pregunta: ¿Qué diablos tiene que ver un título como «Soy rico y soy famoso» con un erizo tumbado a la bartola? ¿De qué pueden tratar tres libros con un erizo en sus portadas? ¿A qué tipo de lector atraen los erizos con gafas de sol? Centrándonos en la novela que ahora reseño nadie negará que la portada, pensando que a veces es la única publicidad que el lector potencial ve, es arriesgada.
En cualquier caso, alta curiosidad no quiere decir altas expectativas. Que el autor se expresara bien en redes, pareciera cabal y me cayera bien no significaba nada. Antes al contrario, algo más de quince años husmeando el mundillo literario me han puesto en contacto con bastantes personas razonables pero sinceramente satisfechas del mierdolo que han escrito, que ya decía Erasmo de Rotterdam en el «Elogio de la locura» que el amor hace llamar ligeramente bizco al hijo tuerto, y no hay autor que no se sienta padre de sus obras. Por eso, cautela sobre cautela, los libros que he leído tras contactos como el que he descrito se cuentan con dos o tres dedos de una mano, siempre tras cierto proceso de selección intuitiva, vamos a llamarlo así, como el que con estas palabras termino por fin de confesar. Acerté con todos. En cambio, los que no he querido ni empezar, y más tras husmear la primera página, son un pilón.
El caso es que, mil años después, ya he leído «Soy rico y soy famoso».
¿Por qué cuento todo esto?
Primero, para que nadie que husmee por las redes piense que esta lectura es fruto de un intercambio de flores. Segundo, para animar a quien esto lea a olvidar toda prudencia a la hora de leer a Garbi Zuzunaga.
Empezar sin expectativas la lectura de «Soy rico y soy famoso» es lo mejor que cualquier lector puede hacer. No esperar nada, no suponer nada. Dejar que lo bueno y lo sorprendente se manifiesten y te lleven donde quieran.
Y es que este libro es a la vez bueno y sorprendente.
Voy a empezar por lo segundo:
«Soy rico y soy famoso» está narrado en primera persona por un escritor que responde al seudónimo de Garbi Zuzunaga y que se dirige al lector desde un estado de ánimo tan alegre y exaltado como aquel al que le ha tocado la lotería y no es capaz de dejar de correr por toda la casa parloteando como un loro enloquecido hasta que se le acaban las fuerzas. Solo que las fuerzas del protagonista no se acaban y el ritmo se mantiene de principio a fin, sin altibajos, lo cual es dificilísimo.
El tono es confianzudo. Tampoco es sencillo lograrlo. El lector no es alguien a quien se le esté contando una historia, sino un amigo con quien se está compartiendo una alegría inmensa, a quien se está confiando un secreto morrocotudo y, de paso, a quien se trata con cariño y con quien se comparte la intimidad familiar, pues el protagonista le da cuenta de sus evaluaciones, ambiciones y temores al hilo del lío en que ha metido a su familia por culpa de la fama y los millones. Bueno.. Igual no he sido exacto: el narrador está tan contento que siente como amigo a todo el que lo escucha o lee, por eso trata al lector como a un amigo íntimo, sí, pero no en la intimidad, porque habla tan exaltado y con tan poco que ocultar que todo lo que le dice al lector también lo está oyendo su señora, ¿verdad, Chiqui? Y lo mismo que lo escucha ella, también todo aquel de quien habla el narrador: hijos, conocidos, famosos… Da por hecho que su fama es tal que todo el mundo va a estar al tanto de cada una de sus palabras.
¿Y qué cuenta la historia? Cómo un tipo desconocido escribe una novela (la que tiene en las manos el lector) que lo convierte en una estrella planetaria cuya fama excede de lo literario. Tan tremebundo es el éxito que, para preservar su intimidad (¡menos mal que usó seudónimo!) se ve obligado, ante la tesitura de conceder una entrevista que le hace ilusión realizar, a utilizar una máscara de erizo, animalito al que tiene singular cariño por tener uno como mascota, y que explica la portada.
¿Suena a disparate? Lo es. Monumental. Como también el arranque del exitazo: ¡la minúscula primera edición se agotó tan pronto como la compró el autor! Y de ahí al estrellato. Como el astronauta que se va a Marte a chorrocientos mil kilómetros por hora tras haber arrancado la aventura en un cohete de vapor que tira menos que una burra vieja. Todo es un disparate, sí, pero con el mayúsculo mérito de hacer verosímil el absurdo
A esto colabora no poco el alegre, amistoso y fresco tono hacia el lector-amigo-confidente y, sobre todo, que el narrador, un tipo normal al que el éxito ha sorprendido, ni deja de ser él mismo ni quiere dejar de serlo: sigue siendo un marido fiel y responsable padre de familia y lo sigue siendo pese a estar dispuesto a permitirse lujos hiperbólicos, regalarse numerosos caprichines y aprovechar todas las ocasiones que su nueva condición le permite para hacer lo que antes hubiera deseado hacer. Todo, insisto, sin cambiar su espíritu de clase media y de hombre volcado en su familia.
Así es como avanza la historia: con el protagonista dando un paso en el suelo y otro en las nubes conocemos primero el origen de su éxito y, solo después, la azarosa aventura que emprende desde Córdoba, su tierra natal, a Madrid, para ser entrevistado, en primicia mundial, por su locutor de radio favorito. Otro amigo. Este viaje iniciático de ida y vuelta a las exigencias de la fama, a conocer a un locutor admirado y a masajear la recién estrenada vanidad de escritor se transforma en la disparatada aventura que justifica el libro.
Ya he mencionado el tono: es tan sorprendente que al principio cuesta un poco cogerle el tranquillo. El personaje es como es, no está sobreactuando, pero lo exaltado de su animo es tan inesperado que durante unas páginas puede parecerlo. También sucede que hasta que se pone el marcha el viaje la historia solo parece dar vueltas en torno a la idea inicial: un tipo repentinamente famoso está tan contento que parece chiflado. Bien. ¿Y qué? Una frase espolvoreada en los inicios para anunciar la historia del complicado primer viaje evitaría dudas al lector acerca de hacia dónde va el libro, si a contar algo, como así es, o a recrearse en una situación. Es un «pero», pero es un «pero» pequeñito. Un perito (al que no se pueden pedir pericias, ¿eh?).
El lenguaje es ágil, rico, eficaz, utilizado con gracia y solvencia, animadísimo, con unos giros personales singulares, definitorios del estilo sobre todo por el modo en que el protagonista se refiere a su esposa, hijos y a todo el que aprecia o admira. El lector siente que más que leyendo está escuchando el divertido ataque de verborrea de un amigo enloquecido por un alegrón. Me parece complicadísimo lograrlo durante tantas páginas seguidas, de principio a fin.
Los recursos cómicos son abundantes, aunque de un par en concreto se abusa un pelín en algún punto concreto, pero no de modo general. El disparate constante, el absurdo, la caricatura, los inteligentes juegos de palabras, los distorsionados nombres de los famosos que desfilan por el texto y que no impiden reconocerlos, la peculiar versión, coloquial, entre amigos, de hechos y noticias que están en la memoria popular, el cotilleo, la chanza, la desatenta memoria sobre los títulos de la obra del Presidente del Gobierno, las situaciones estrafalarias, alguna incluso surrealista, creadas y resueltas con ingenio… En fin, un alarde.
Eso sí, el libro tiene una limitación, que no un defecto: está tan próximo a los recuerdos de la generación que ahora tiene entre 45 y 70 años y hay tantas referencias a políticos, artistas y famosetes conocidos por esa generación pero ya desconocidos para las siguientes (y casi todos serán completamente desconocidos para la mayor parte de la población dentro de pocos años) que más le vale a su autor hacerse famoso de verdad (lo de rico importa menos) porque así los críticos harán ediciones llenas de notas a pie de página explicando quién era cada una de las personas a las que aluden los desquiciados nombres que esta divertida obra les atribuye.
El tratamiento de todos ellos es festivo pero respetuoso incluso cuando el autor toma partido ideológico a través de lo que evita y lo que no.
Si os gusta el disparate educado y la gamberrada civilizada, leed esta novela. Ayudaréis a que quien se oculta tras el seudónimo de Garbi Zuzunaga, que no tengo idea de quién es, se haga rico y famoso, que lo merece y seguro que le hace ilusión, y la lectura no creo que os sorprenda y divierta menos que a mí. Así que no seáis tan cautelosos como he sido yo: ¡tiraos a la piscina, que hay agua y está templada y plagada de patitos de goma!














