En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



martes, 17 de abril de 2018

El peor de los enemigos – Veit Heinichen




     Tenía un poco olvidado a Proteo Laurenti, el comisario de Trieste, porque las sagas de éxito acaban replicándose a sí mismas y oscilando entre el empobrecimiento y el más de lo mismo, aunque esto último no es malo si la literatura es buena. Algo parecido debe de pensar Veit Heinichen, porque no ha querido abusar del personaje, no vaya a resultar que El peor de los enemigos de Laurenti acabe siendo su autor, y por eso el peor de los enemigos de esta novela no lo es del comisario y por eso, también, Laurenti cede el protagonismo a «los malos» e incluso lo tiene muy limitado en la investigación.

     La novela parte de dos hechos aparentemente independientes que implican líneas de investigación distintas encomendadas a órganos diferentes, pero que enseguida se ve que guardan algún tipo de relación, pese a cierto intento de despiste por parte del autor: la explosión de un avión privado en la que muere un potentado beodo y el robo de una enorme cantidad de oro en un espectacular atraco.

      Heinichen se centra en el relato de los hechos y en la huída de los implicados. Como siempre, la abundancia de fronteras es relevante en la trama, como también son abundantes las explicaciones acerca de hechos históricos del siglo XX que explican fronteras y situaciones; en este caso, adquiere cierta relevancia el nacionalismo en el Tirol del sur. Hay otros aspectos también recurrentes: la presencia de gente con mucho dinero y un elevadísimo nivel de vida –por supuesto sobrados de influencia, tejemanejes y pasado no muy limpio- y algún que otro personaje que ronda a su alrededor a la espera de pescar en un río que, si no baja revuelto, siempre puede revolverse.

     Del lado de «los buenos», Laurenti cede una parte considerable del protagonismo a la despampanante y más que temperamental comisaria de una población cercana, ampliando así el universo de personajes que deben dar juego a la saga, pero sin descuidar el toque doméstico y los pequeños papeles de Pina y la fiscal croata, como para que el lector no se olvide de ellas. 

     En resumen: otra buena novela de Heinichen que no sorprenderá a quienes han leído las anteriores, y en la que se agradece el leve cambio de perspectiva necesario para no aborrecer a un personaje por saturación.


miércoles, 11 de abril de 2018

Indicios de hipo – Philip Hensher





     En 1922 Charles Osborne, nacido en 1894 y muerto en 1991, sufrió un ataque de hipo que no terminó hasta 1990. Seguramente hubiera preferido no entrar en el Libro Guiness de los Récords. O, al menos, no así.

     John Carrington joven «indexador» ingles (sí, un tipo que se gana la vida haciendo índices) se encuentra una buena mañana con que su esposa lo ha abandonado y que, a falta de mejor lugar donde irse, se ha largado a dar la vuelta al mundo. Al pobre diablo el soponcio le provoca un ataque de hipo que amenaza con emular al de Charles Orborne.

     La situación le da pie a reflexionar sobre sí mismo: John se considera un tipo de lo más normal y razonable, a esa conclusión llega tras la explicación de sus pintorescas costumbres, aunque, según lo va conociendo, al lector no se lo parece tanto. El abandono de su esposa también le permite a John buscar una nueva vida en la que, amén de acabar con la casa como una cuadra, contacta con algunas personas más o menos estrafalarias, lo cual no solo podría haber dado más de sí, sino que, dada la evolución de la novela, parecen encuentros un tanto forzados y que nada aportan. Durante un buen número de páginas la novela parece navegar con poco ritmo hacia esas aguas, mecida por un humor suave, levemente irónico, procedente de la diferencia entre el modo en que el protagonista se ve a sí mismo y la realidad que poco a poco va mostrando, que incluye manías extravagantes, un pluriempleo singular y una opinión de sí mismo peculiar. La historia mejora sustancialmente pasada la mitad del libro, con algunas reflexiones brillantes al hilo de un asunto familiar que tiene poco que ver con la situación del indexador: el trágico final de una de sus hermanas, asesinada cuando él solo era un niño. En esta segunda mitad también se amplía la perspectiva de la historia, puesto que conocemos la mirada de la esposa; es esta parte, además, los desdibujados secundarios que aparecen al principio se esfuman sin que se les eche de menos, con una sola excepción que parece estar en la historia solo para que pase algo entre el principio y el final.

     Una lectura que, tras ese comienzo titubeante, deja una buena impresión. No es poco, pero tampoco mucho.



  

jueves, 5 de abril de 2018

Incendio – Tess Gerritsen




     Los libros escritos para ser best seller cumplen la idea, básica en publicidad, de que cuanto más numeroso sea el público a alcanzar, más básico debe ser el mensaje. Son historias claras, sin dificultades de comprensión porque no requieren interpretación ni tienen simbolismo alguno; tampoco tienen estructuras complejas, ni lenguaje elaborado y rara vez recurren a ciertas figuras; también dejan poco a la aportación del lector: se lo dan todo masticadito para que se entretenga, y buscan atrapar su interés con una sucesión de interrogantes, o con alguno bien grande. Pero esto no quiere decir que cualquiera pueda escribir un best seller: en su técnica, como en todo, también puede buscarse la excelencia. Por tanto, algo tendrán los autores –si quiera sea un extraordinario dominio de esta técnica- cuando, como Tess Gerritsen, pueden presumir de haber vendido más de treinta millones de ejemplares.

     Eso es lo que pensé cuando por casualidad cayó en mis manos Incendio, una novela que cuenta el misterio de una composición «maldita», que parece enloquecer a quienes la escuchan. Descubierta en una tienda de antigüedades en Roma por una violinista norteamericana, la pieza cambia el comportamiento de su pequeña hija de tres años, hasta el punto de que la protagonista cree enloquecer y decide investigar el origen de la pieza para intentar hacer luz sobre el asunto. No hace falta esperar a que Julia, que así se llama la violinista, lo consiga, porque la autora se preocupa de que vayamos conociendo la historia de Lorenzo, que da comienzo en los años treinta del siglo XX. Ambas historias discurren en paralelo hasta llegar a un final en el que el deseo de desenmarañar todo hace la lectura más rápida y fluida.

     Incendio es una más que entretenida novela de intriga y  en la que, además, muchos lectores acabarán sabiendo algo –qué clara es la nota al final del libro- sobre la suerte de los judíos en la Italia fascista, una historia trágica compartida con los judíos de otros países europeos, pero para muchas personas desconocida porque en Italia el exterminio no alcanzó cotas porcentualmente tan elevadas.

     Así como la historia de Julia limita su aliciente al planteamiento del misterio de la pieza musical, a que es ella la llamada a desentrañarlo y a saber si logrará conservar un mínimo equilibrio mental, la historia de Lorenzo –que en el fondo es una historia de amor- parece especialmente respetuosa con las circunstancias históricas que la rodean, aunque psicológicamente es de una superficialidad tan abrumadora como expeditivo es el final en algunos puntos. Un final bonito y propenso a la lágrima fácil.

     Una novela entretenida, buena para pasar unas pocas horas. Volviendo al principio, «técnica best seller»... correctamente aplicada. 


martes, 27 de marzo de 2018

La mirada del observador – Marc Behm




Publicada en 1980 y reeditada hace poco, La mirada del observador es una fantástica novela negra muy distinta a cuantas he leído y que envuelve de tal manera al lector que hace de él un observador que comparte la historia con el protagonista, un detective privado del que no sabemos ni el nombre, pero sí que está separado y tiene una hija a la que no conoce: una de las quince niñas –a saber cuál de todas- que figuran en una fotografía de grupo que le envió su esposa humillándolo con la observación de que ni sabría reconocer a su hija.

Ha pasado el tiempo, y la niña –¿cuál de esos quince rostros?- ya debe de andar en la veintena. Aunque la realidad es que el Ojo –así es como es llamado le protagonista- ya no ha sabido nada más de ella. Nada. Ni si está viva o muerta. Una investigación rutinaria le lleva a toparse con una mujer que, por su edad, bien podría ser su hija, y basta este dato para que el pobre hombre le preste una atención inusitada. Tanta, que la sigue cuando la dama en cuestión comete un asesinato motivado por su amor por el dinero.

                ¿Qué hace entonces el detective? Se convierte en su sombra. La sigue, la sigue, la sigue siguiendo por mil sitios y durante un tiempo tan prolongado que mejor ni menciono, hasta crear una complicidad con ella –unilateral, obviamente- y el extraño sentimiento de unión que todos sentimos hacia quien hemos observado mucho aunque nunca haya reparado en nosotros. Así va pasando el tiempo y la dama va engrosando su currículo haciendo que cada vez esté más cerca el momento en que la policía dé con ella. Y entonces, ¿qué? ¿Qué será del Ojo, quien, sin darse, cuenta ha hecho de ese seguimiento la razón de su vida?

                El lector, transformado en observador, en ese momento está ya tan obsesionado con la historia como el propio Ojo. El desenlace no lo conocemos hasta la última página. Un final, por cierto, maravilloso, que dota de sentido a cuanto se ha visto hasta entonces.

                Leedla.

martes, 20 de marzo de 2018

La desaparición de Patò - Andrea Camilleri

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Más desaparecida que Patò está La desaparición de Patò, novela imposible de encontrar en ningún sitio, ni en papel ni en ebook, y que incomprensiblemente no se reedita. Su lectura debo agradecerla a tener amigos con una más que notable biblioteca.

Vigàta, como siempre. Esta vez a finales del siglo XIX. El 21 de marzo de 1890 se produce un acontecimiento notable: durante la representación de la Pasión en una abarrotada plaza, Judas –interpretado por Antonio Patò, el honesto, serio y comedido contable y director de la oficina del Banco de Tinacria-, en el momento de morir desaparece lanzándose a un abismo (un agujero en el escenario), licencia artística para evitar la dificultad de escenificar un ahorcamiento sin que el actor se asfixie. Nadie vuelve a verlo jamás.

     La novela es la historia de la investigación, narrada en ese estilo «camilleresco» en el que el narrador es sustituido por una secuencia de informes, documentos y comunicaciones oficiales así como de distintos recortes de periódico, todos los cuales no solo dan cuenta de los hechos (de por sí divertidos) sino, sobre todo, de los intereses –normalmente mezquinos y vinculados al deseo de vivir sin problemas y de aferrarse al sillón- de cada uno de los intervinientes, porque si una constante hay en las novelas de Camilleri es que cada cual va a lo suyo, por pequeño que sea -salvo algún ingenuo y quijotesco personaje, que siempre hay- y no dudan en vaguear o en mirar hacia otro lado cuando nada bueno les puede acarrear lo contrario. Todo lo cual, además, está expresado con el lenguaje rimbombante de quienes intentan darse importancia a toda costa.


     La reconstrucción de los hechos parte de la rivalidad y el odio mutuo de dos cuerpos rivales: policía y carabineros. Ambos tratan de avanzar a su aire, de obstaculizar al otro o, según vengan las tornas, de escaquearse; todos eluden los problemas y buscan las medallas. Los responsables de ambos cuerpos en Vigàta gozan del visto bueno de sus respectivos superiores gracias a esa rivalidad y a las mentiras e «interpretaciones libres» con que rebozan sus informes. Así permanece la situación hasta que un prócer se interesa en el tema, momento en el cual el apego al sillón, más que la suerte de Patò, moviliza la investigación con la coordinación necesaria y en la dirección adecuada.

Claro que, como también suele ocurrir en las novelas de Camilleri, encontrar la dirección adecuada puede no ser la mejor opción para el investigador, no sea que acabe metiendo las narices donde no debe, momento en el que los «poderes fácticos», siempre tan vinculados a la corrupción y a la mafia y, desde luego con lazos allá donde hay poder, sea político o incluso religioso, se dejan notar y obligan a ingenuos y quijotescos a usar el ingenio para avanzar hasta donde razonablemente puedan hacerlo para mantener tranquila su conciencia.

No voy a contar detalles de la investigación, pero sí que de nuevo en esta obra encontramos la enternecedora mezcla de intereses vinculados a la debilidad de la carne con otros relacionados con la ambición política y económica. La suerte de Patò, del que nadie sabe si está vivo, muerto o secuestrado -porque caballero tan caballeroso no puede darse a la fuga-, se hace muy evidente a partir de cierto momento de la novela, lo cual produce la engañosa sensación de que el lector avanza desde ese punto por un camino ya conocido. Pero insisto: es una sensación engañosa, porque Camilleri, al final, da un giro inesperado que conduce la obra al final más típico de este autor: ¿a quién le importa la verdad cuando casi nadie tiene nada que ganar con ella?

Una obra divertidísima, de las primeras de Camilleri, aunque creo que ligeramente inferior a otras como La ópera de Vigàta.

miércoles, 14 de marzo de 2018

El homenaje – Andrea Camilleri




El homenaje es tan breve que sorprende encontrarlo publicado de forma independiente y no como parte de una colección de relatos. Es lo que tiene la fama, que permite rentabilizar así hasta los escritos más pequeños. Hecha esta advertencia, esta brevísima obra puede identificarse como de Camilleri incluso aunque su nombre no figurara en ningún sitio, y eso que no es precisamente su obra más lograda. La acción transcurre con una rapidez inusitada, dando la sensación de que está casi tal cual salió y que con algo más de dedicación podría haber evolucionado a una novela corta con bastante más sustancia.

Italia, 1940. Vigàta. Un buen hombre es liberado tras cinco años de confinamiento por «difamación sistemática del glorioso régimen fascista», difamación que, en realidad, había sido una tontería pagada carísima. De regreso, se presenta en el Círculo Fascismo y Familia del que era socio. Todo el mundo le da preventivamente la espalda –no tanto por rechazo como por miedo a ser considerado afín a él- hasta que el más peligroso de ellos –por lo chivato- considera que hay que echarlo. Nadie osa llevarle la contraria. El «difamador» se muestra dispuesto a aceptar al expulsión, pero en medio de la discusión que otros comienzan un infarto fulmina a uno de los asistentes: un fascista de noventa y siete años.

Con esta excusa Camilleri da rienda suelta a lo que mejor se le da: reflejar cómo una parte del personal trata de medrar a costa de cualquier cosa y cómo el resto colaboran, muy a su pesar, movidos por el miedo a perder su posición, alta, baja o bajísima; a la vez, estas actitudes están motivadas a veces por situaciones particulares que tienen poco que ver con la ambición política y de poder, y mucho con la debilidad de la carne o con el deseo de aparecer ante alguien ungido de una determinada manera. El problema del «tonto el último» que se desata en la carrera por homenajear al abuelete muerto es que conforme pasa el tiempo se van sabiendo más cosas de él, y cuando lo que sale a la luz se empeña en ser contrario a la realidad oficial, los procesos de rectificación son obligatorios y sumamente graciosos, pues si fácil es imaginar a quien medra adulando y ensalzando cualquier memoria, mucho menos –y tanto más divertido- lo es verlo en el proceso de salvar su culo cuando ha metido la patita hasta el fondo.




domingo, 11 de marzo de 2018

Misterioso asesinato en casa de Cervantes – Juan Eslava Galán





El precio al que, en noviembre de 2017, compré el Premio Primavera de Novela 2015 en una librería que tenía unas ofertas buenísimas (este libro, tres euros en tapa dura cuando en blanda está ahora a más de siete), me pareció una oportunidad cuando debería haberlo tomado como una advertencia. No lo hice así, quizá porque hace tiempo leí algún otro libro de Eslava Galán y me gustó.

Menos uno, esta novela reúne todos los motivos por los que no me gusta la novela histórica. Entonces, ¿he sido tonto por leerla? Quizá. Pero he aquí mis razones: a principios de año leí (por circunstancias que no vienen al caso) Africanus, de Santiago Posteguillo, y como me había gustado a pesar de darse en ella bastantes de esos motivos, me animé a leer Misterioso asesinato en casa de Cervantes.

Cuando hablo de «motivos» quiero decir «mis» motivos. A la vista del éxito de este género, es obvio que a otros lectores atrae lo que a mí no.

Entre esos motivos solo voy a citar, porque en esta novela alcanza cotas excesivas, el afán por dejar constancia de datos, costumbres y léxico periclitados. Un afán que lleva a hacerlo de forma tan directa (y, por tanto, tan evidente) que es un atentado a la inteligencia del lector (al que se le trata como a un ignorante y al que se le niega el derecho -aparte de a serlo- a esperar que la información se filtre en la historia de modo que se le suministre sin que se note); una práctica, esta, que literariamente es un atentado, porque viene a ser como intercalar en el desarrollo de una historia, de modo constante, lo que, a falta de capacidad para hacerlo de otro modo, jamás debería pasar de nota a pie de página. ¿El resultado? Completa carencia de ritmo y avance a trompicones.

La trama es sosa y solo al final despierta algo de interés: una muchacha que lo mismo se presenta como tal que disfrazada de hombre es requerida por una dama notable para desbaratar las sospechas que se han hecho caer sobre Cervantes a cuenta del asesinato de cierto caballero en la puerta de su casa. La «investigación» transcurre al principio de modo aburridísimo, con una sucesión de interrogatorios a cuál más inane, y con eso y las disertaciones referidas que más de una vez ni siquiera vienen a cuento (y que parecen una especie de refrito aprovechando lo conocido de algunos de los avatares de la vida de Cervantes) se alcanza un final que pretende ser trepidante pero que semeja una aventura juvenil. Para colmo -y yo diría que por falta de recursos o de molestarse en buscarlos-, la resolución del misterio llega caída del cielo y en plan «jarrón veneciano»... en el que la investigadora es una oyente más de un señor que pasaba por allí. Además, ya que la acción ocurre en Valladolid y por allí pasa el Pisuerga, encontramos unos cuantos diálogos que reclaman la igualdad de la mujer, lo cual tiene poco o nada que ver con la historia y resulta anacrónico, pero ahí quedan, llenando hojas. Unamos a eso que la imitación del lenguaje de la época se da también en voz del narrador, lo cual resulta forzado, sobre todo porque no siempre se acuerda de hacerlo con rigor.

Lo que más me atraía de esta lectura era topar con Cervantes como personaje, fuera tratado de modo directo o indirecto. ¿Qué jugo no se le puede sacar bien tratado? Pero lo que he encontrado ha sido decepcionante: el Cervantes de esta novela es un personaje insípido, que no aporta nada y sobre el que ninguna reflexión se puede hacer.

La inmensa mayoría de las reseñas que hay en este blog son positivas, porque si uno se conoce como lector suele elegir bien sus lecturas. Esta vez no ha sido así. Me equivoqué. Quizá los aficionados a la novela histórica encuentren esta obra estupenda. Yo, no. Más bien me ha parecido una tomadura de pelo.



lunes, 19 de febrero de 2018

Crímenes duplicados - Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt




Ya escribí aquí, al comentar la primera novela de la saga Bergman, que Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt  estaban más por la elaboración de best sellers que por el genio, pero que habían sido capaces de hacerlo muy bien y que el resultado había sido espectacular. De ahí su éxito. Es lo exigible, porque también en la «técnica del best seller» hay que buscar la excelencia, y da la sensación de que la escritura a dúo entre estos dos autores funciona así de bien porque lo que buscan es precisamente la eficacia y no el arte; más parecen un equipo de guionistas conscientes de cómo se capta audiencia que escritores, lo cual no es una crítica. En esta segunda novela tampoco nadie encontrará florituras literarias ni un solo pasaje que llame la atención por su belleza, pero sí una historia bien diseñada para captar y mantener la atención del lector. ¿Cómo? Con un argumento que permite enlazar las situaciones de tensión de la trama principal –los crímenes duplicados a que alude el título- con los follones que hilan la saga: las circunstancias personajes de Sebastian Bergman y su complicado carácter.

                Esto último hace más que aconsejable haber leído la primera novela. O, más que aconsejable, creo que ambas se disfrutarán más leídas en orden. En cuando al argumento en sí, es sencillo pero de desarrollo complejo: un asesino en serie comienza a actuar siguiendo el mismo ritual que hace años siguió otro asesino ahora encarcelado; la exactitud con que los crímenes actuales replican los pretéritos hace temer que el preso tiene algo que ver, pero, ¿cómo, si de verdad está preso?

                Crímenes duplicados recupera los personajes del mundo policial de la primera novela, Secretos imperfectos, incluidos los secundarios, pero se diferencia en que el quién y el cómo están mucho más claros y la tensión se logra mediante otros efectos: hasta dónde va a poder llegar el criminal y, también, en qué van a quedar los secretos de Sebastian Bergman. Es esto último lo realmente brillante porque, respecto al caso policial en sí, se produce un ligero bajón respecto a la primera novela debido a un par de situaciones demasiado forzadas: quien lea la novela sabrá a qué me refiero cuando digo que el realismo mínimo es incompatible con que personas con ciertas responsabilidades lleguen a ser tan tontos, en momentos concretos, como aquí ha sido necesario para sacar adelante el argumento. Paralelamente, el malo malísimo es tan frío y calculador que resulta imposible tener por reales ciertas carambolas.

                Los crímenes cometidos y perseguidos en esta novela son, en realidad, un argumento poco llamativo en el sentido de que hay muchas novelas similares (me vienen a la cabeza algunas de Craig Russell) que juegan con el horror del lector a que se vuelva a perpetrar un asesinato especialmente repugnante, pero el mérito de los autores es que, en realidad, ese argumento es la excusa para una pretensión de fondo que es la que en realidad ha de atraer a su público: seguir desarrollando la complicada existencia de ese egoísta maleducado llamado Sebastian Bergman, en la que los líos afectivo-familiares son de tal magnitud que, a su lado, un asesinatillo más o menos apenas importa, y en torno  esta idea el final es magistral por el modo en que utiliza unos cuantos cabos –dejados intencionadamente sueltos de antemano- para lanzar al lector a por la tercera novela (que, por cierto, ya tengo). 

                Pero todo esto no bastaría para construir un éxito si no existiera una «marca de la casa» para el protagonista que lo distingue de otros y a la que el lector es sensible: la claridad y al mismo tiempo profundidad con las que se juzga, con acierto, la personalidad de la gente a partir de hechos cotidianos y conductas espontáneas.  Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt apelan al conocimiento de uno mismo y de los demás a través de reflexiones sencillas que casi siempre se nos pasan por alto por falta de frialdad o de interés para realizarlas. Esta es buena parte del secreto.




lunes, 12 de febrero de 2018

Vidas minúsculas - Pierre Michon




                Vidas minúsculas es un libro sensacional. Tan bueno como difícil de leer. Literatura, con mayúscula. Nada que ver con las listas de los más vendidos, aunque de vez en cuando algún libro como este se infiltre en ellas. Hace falta ser un lector avezado para adentrarse en sus páginas, y concentración y sosiego para disfrutarlas porque si algo no se puede hacer con Vidas minúsculas es leer rápido.

                Vidas minúsculas consiste en ocho pequeñas biografías de personas con algo en común: el narrador, cuya biografía queda indirectamente construida, pues cada uno de los ocho protagonistas influyó de un modo u otro en la formación de su «yo», desde sus antepasados hasta los compañeros de colegio, algún amor, la madre, el padre que los abandonó y del que no guarda recuerdos, un sacerdote... Ocho personas que también tienen algo más en común: la pequeñez de su existencia; si bien una vida no es minúscula por lo importante o conocida que una persona sea, ni por lo feliz o infeliz que haya sido, ni por lo que ha sufrido, ni por su valentía o cobardía, ni porque haya influido mucho o poco en otras vidas, sino por la inevitable facilidad con que es olvidada. Cuántos leerán esta reseña que, un día después de morir o incluso antes, serán menos que un recuerdo para todo el mundo excepto para dos o tres personas, aunque ahora confíen o estén seguros de lo contrario. Todos acabaremos así. De ahí que Vidas minúsculas sea un grito de protesta, una reivindicación del yo, de todos los yos, y tampoco es casual el papel que la palabra juega en la vida del velado protagonista –escritor incapaz de escribir- y en el modo en que los demás la usan influye en él. A fin de cuentas, ¿no es la palabra, entendida como cualquier medio de expresión, el único mecanismo, si existe alguno, para perdurar?

                Construir una biografía contando otras ocho es un mérito relativo, al alcance de muchos. Lo meritorio en Vidas minúsculas es el cómo. La profunda y aguda introspección, cómo de real (y, por tanto, de cruel) puede ser una pintura con unos pocos trazos dados con maestría; lo meritorio es también el lenguaje poético, pasionalmente recargado y en ocasiones confuso por las figuras que utiliza y por las largas y complejas frases que entrelazan y mezclan ideas con una profusión que con frecuencia obliga a releer.

                Un libro fantástico, de los que enriquecen intensamente como lector. Merece la pena hacer el esfuerzo que su lectura requiere.

                Y al próximo que cuestione la existencia de la «alta literatura» (de algún modo hay que remediar la trivialización del término «cultura»), le dais a leer este libro antes de aguantaros la risa.

                

lunes, 15 de enero de 2018

Carlota Fainberg – Antonio Muñoz Molina




          Un emigrante español en Estados Unidos, profesor universitario aspirante a una plaza fija, nos cuenta en primera persona que se ha quedado retenido en el aeropuerto de Pittsburgh a causa de una nevada, cuando se dirigía a Buenos Aires a hacer méritos en un congreso literario. Le agrada la soledad y la busca, y le incomoda la presencia de otras personas, en especial las que no respetan su soledad; pero también, de algún modo, es una persona insegura, como si esa soledad fuera no solo elección sino también defensa, como si la soledad, además, le hiciera consciente de sus limitaciones con los demás.

          Mientras espera, comienza a darle palique otro español: un tipo que recorre el mundo buscando hoteles para comprar, el cual le cuenta su historia y, singularmente, la aventura sexual vivida en un otrora lujoso hotel porteño devenido en templo de la decadencia. Al principio la conversación forzosa –o más bien el soliloquio del desconocido- le resulta molesta al protagonista, pero pronto se deja atrapar por ella.

          ¿Y qué le cuenta el extraño? Su vida y una aventura de apenas un par de días con una mujer. Una aventura que no ha podido olvidar y que ha marcado su vida para siempre, porque, como leí hace tiempo en la contraportada de una novela famosa, a veces unas horas valen por toda una vida.

          Esto es lo principal, lo que más se disfruta por cómo es contado, por las observaciones del protagonista acerca de su interlocutor, por sus reacciones ante él y ante su historia. No concluye aquí la novela. Hay más: el protagonista llega a Buenos Aires, vive una experiencia singular, extraña, que dota a lo sucedido hasta entonces de un sentido diferente (y que permite coquetear con un género al que la novela hasta ese instante no pertenecía), y concluye con su regreso a casa donde le espera una sorpresita que sabrá quien lea esta breve y buena novela, y que termina de situar al narrador en su justo término: más un pobre diablo que un triunfador.

          Este giro al que me refiero es algo más que una forma de resolver la novela. Es situar la memoria de aquello a lo que una vez amamos intensamente -o nos sedujo intensamente- en un plano de irrealidad que lo dota de algo muy real: la permanencia y el modo en que, a través de ella, condiciona para siempre nuestra vida, pues, más que lo que hacemos, somos lo que recordamos.

          Magníficamente escrita, en el tono introspectivo lógico habida cuenta de que el tímido protagonista está haciendo una suerte de confesión y reflexión, hay intercaladas numerosas expresiones en inglés para significar, por una parte, la peculiar integración del personaje en su mundo de acogida y, por otra, cierta conciencia de diferencia tanto en el mundo en el que vive como respecto al mundo del que procede.

           Una lectura breve y de calidad que reivindica, como hace Muñoz Molina al principio, la excelencia y el prestigio de la novela corta.


lunes, 8 de enero de 2018

El invierno más largo – Cecilia Ekbäck



                
                El título original de esta muy buena novela es Wolf winter, Invierno lobo. Si lo vais a leer, recordadlo y lo agradeceréis.

                El invierno más largo transcurre en un lugar remoto de la Suecia del siglo XVIII, lo cual no hace de ella una novela histórica pero sí, por su argumento y el entorno en que se desarrolla, una historia de intriga que combina elementos negros y sobrenaturales en dosis tan equilibradas que no mengua la sensación de realismo, lo cual dice mucho a favor de la autora.

Cecilia Ekbäck
                Está escrita con solidez, creando desde la nada un mundo completo que envuelve al lector; el mundo de unos pocos colonos de origen sueco y finlandés desperdigados en torno a una montaña en cuyos alrededores se han producido a lo largo de los años varias desapariciones. El carácter maligno que parece acompañar a la montaña, unido al anual paso de los lapones, un pueblo recientemente cristianizado sobre el que existen dudas de que haya renunciado a sus creencias (tan vinculadas a la brujería en el imaginario cristiano), se une al aislamiento que implica la llegada del invierno. Un invierno salvaje, durísimo, de noche perpetua, donde el primer reto, pero no el mayor, es ser capaz de acumular las provisiones necesarias para sobrevivir.

                A ese crudo invierno se enfrenta por primera vez en su vida, y desde la inexperiencia, la protagonista de la historia: una mujer, Maija, que en compañía de sus hijas –una pequeña y otra adolescente- y su marido, se han instalado en la vieja granja que abandonó un pariente. El marido, Paavo, regresa a la costa para intentar ganar algo de dinero y, también, huyendo de sus fobias, con lo que las tres mujeres deben afrontar solas un invierno cuya dureza apenas sospechan.

                Algo más afrontan: la muerte de uno de los colonos, no tanto porque les vaya algo en ello como por el irrefrenable apetito de Maija por averiguar la verdad; es decir, quién lo mató. Los obstáculos, las resistencias, los avances en su limitada investigación están repartidos de forma tan hábil que no solo se mantiene el interés hasta el mismo final sino que, a diferencia de otros muchos libros de intriga, no hay ningún burdo intento de jugar al despiste con el lector para poder luego sorprenderlo.


          Pero cuál sea la trama en sí, es lo de menos. Quedaos con que es muy interesante. Lo en verdad importante es que, como en todo buen libro, lo mejor no es el destino sino el trayecto, y Cecilia Ekbäck tiene oficio: la novela avanza de forma lenta pero inexorable a un ritmo constante; lentitud, por otra parte, exigida por el libro; desciende a los detalles necesarios para recrear con realismo un mundo por completo nuevo para el lector, el número de personajes secundarios de interés es notable, especialmente el sacerdote, y en las relaciones entre ellos se vislumbran a partir de pequeños detalles muchas otras historias, anhelos y sentimientos no detallados pero que el lector experimenta con la misma fuerza, o más, que si se relataran. El paso del tiempo, además, hace evolucionar las relaciones entre personajes, lo cual ocurre de un modo tan natural que el lector cree ser un observador privilegiado; especialmente reseñables son las relaciones con el sacerdote, las de Maija con su hija mayor y las de esta última consigo misma en el proceso de pasar de niña a adulta. Como además todos los personajes tienen un pasado y algunos ambiciones, el aislamiento impuesto por el invierno es solo físico; las relaciones entre personajes y la necesidad de conocerlos es el modo que ha encontrado de autora de hacernos viajar unos años en el tiempo, a otras circunstancias y a otros entornos, y todo en medio de la nieve y de un frío que puede ser mortal.

            


martes, 2 de enero de 2018

Allegro ma non troppo - Carlo M. Cipolla




                El italiano Carlo M. Cipolla (1922-2000) es uno de los grandes historiadores del siglo XX. Su especialidad fue la historia económica. Sus trabajos le llevaron a ser catedrático de la universidad norteamericana de Berkeley, y en 1995 recibió el Premio Balzan (que, entre otros, han recibido la madre Teresa de Calcuta, Borges, Jean Piaget o Norberto Bobbio).

                Sin embargo, la mayoría de las personas lo conocen en España por un pequeño librito humorístico o, más bien, inteligentemente humorístico: Allegro ma non troppo, que contiene dos «ensayos» con dos únicos puntos en común: el humor y cómo la estupidez puede servir para justificar cualquier cosa.

                El primero, El papel de las especias (y de la pimienta en particular) en el desarrollo económico de la Edad Media, es un divertidísimo ejercicio histórico en que el se «demuestra» cómo la pimienta fue tan esencial para la caída del Imperio Romano como para explicar la Edad Media y alumbrar después el Renacimiento. La pimienta o el pimiento, porque la gracia de este pequeño trabajo consiste en demostrar cómo cualquier cosa puede ser explicada desde un punto de vista aparentemente racional. Especialmente divertidas son las numerosas puyas al trabajo poco riguroso de otros historiadores.

                El segundo trabajo es el más conocido: Las leyes fundamentales de la estupidez humana parten de la definición de estúpido como aquella persona cuya acción causa a los demás un perjuicio y a él ningún beneficio o incluso también un perjuicio.

                Sobre la base de que nuestras acciones causan beneficios o perjuicios a los demás y a nosotros mismos, Cipolla hace un análisis económico básico, sumamente divertido, valiéndose de un sencillo gráfico. En él podemos situar a las personas inteligentes, malvadas, ingenuas y estúpidas y, ni que decir tiene, como la economía es cuestión de equilibrios, hasta podemos establecer el ideal de inteligencia, maldad, ingenuidad y estupidez, amén de ver cómo cualquier persona calificada de una de esas maneras tiende a acercarse peligrosamente a alguno de los otros grupos, porque un malvado puede ser inteligente o estúpido, y un inteligente puede ser malvado o ingenuo.

                La conclusión es que la dinámica del mundo está dominada por los estúpidos. La razón es la subestimación de su número y, también, de su potencial destructor. Y es que el estúpido causa daños sin pretenderlo y, lo que es peor, de un modo irracional, por lo que es imposible prever y combatir la estupidez, a diferencia de lo que ocurre con el resto de conductas, que se sabe por qué están animadas. El estúpido es lo peor que le puede pasar a la sociedad, porque siempre resta bienestar al conjunto. Siempre. Algo que no ocurre ni con el malvado (el cual compensa en todo o en parte el daño que causa con el beneficio que obtiene).

               Lo cierto es que tras leer este pequeño divertimento y echar un vistazo a las burradas que hemos vivido en el recién terminado 2017, es imposible no pensar que, en el fondo, Cipolla tiene mucho de razón, y que lo que mueve el mundo, desde la historia de las sociedades hasta la vida de cada uno de nosotros, es más la estupidez que la racionalidad. Pero que la idea nos haga sonreír no significa que sea baladí: ni un solo hecho histórico o personal se explica completamente con los postulados de la teoría económica clásica, ni incluyendo el modelo posterior de las expectativas racionales. El error, la estupidez, condiciona de tal manera la realidad que en modo en que la irracionalidad afecta a la toma de decisiones es ahora un asunto de moda en el análisis económico. Allegro ma non troppo, publicada en 1988, es toda una colleja a la teoría económica de aquella época para advertir «eh, que el camino es este». Aunque para lo que ha de servir si la teoría es cierta... 


viernes, 29 de diciembre de 2017

La muerte es una vieja historia - Hernán Rivera Letelier




                El Tira Gutiérrez es el único detective privado de Antofagasta, profesión a la que accedió tras hacer un curso por correspondencia. Lo suyo es espiar adúlteros, pero la novela se inicia con un encargo singular: descubrir al violador que actúa en el cementerio de la ciudad. Más singular es aún su ayudante, una monja interesada en el asunto porque una amiga suya fue víctima, dice, del violador.

                El detective es, como su ayudante, un mero aficionado. El caso les viene grande y actúan tarde y con ingenuidad, aunque con lógica; la hermana Tegualda es, además, una joven tan consciente de sus votos y creencias como tolerantemente irónica y ácida con las bromas de su jefe, además de voluntariosa y decidida. El Tira Gutiérrez es un hombre ya de cierta edad, comodón, un tanto torpe, sin otra aspiración que llegar a fin de mes y, como tantos, dado a la admiración de las mujeres bellas desde la posición de mero espectador consciente de sus limitaciones como don Juan. A lo sumo, se atreve a hacer alguna que otra observación que la hermana Tegualda contesta con una ironía y contundencia desalentadora, muy divertida.

                El conjunto de timidez, torpeza, buenas intenciones y pocas aspiraciones hace que el lector se encariñe de la pareja, por más que la hermana Tegualda responde tan poco al estereotipo de monja que a veces es demasiado personaje y demasiado poco persona. El tono ligero permite, además, que lo escabroso de ciertos hechos no se adueñe del paisaje. ¿Cómo no va el lector a sonreír cuando el principal sospechoso de violar en un cementerio empieza siendo un «muertito»?

   La novela, breve, divertida, con el humor sutil que rodea siempre el fracaso asumido con desenfado, contiene numerosos localismos que hacen colorido el lenguaje. Está escrita con maestría, con gran equilibrio en los tiempos y en el tono, y con una riqueza de vocabulario y un modo de expresión que demuestran que el chileno Hernán Rivera Letelier es un gran escritor. La muerte es una vieja historia aúna calidad y diversión. 



sábado, 23 de diciembre de 2017

Cuando mi sombra te alcance - Carlos Salem





                La sombra de Carlos Salem me alcanzó cuando leí Camino de ida, y ahí sigo, cobijado ahora a la sombra de Cuando mi sombra te alcance, obra que incluye dos novelas, una larga, Pero sigo siendo el rey, y otra más corta, La loca del pelo verde, que transcurre seis años después y que cierra cuestiones relacionadas con el protagonista de la primera, que no con la trama.

                Pero sigo siendo el rey es una historia magnífica en la que el humor, más vinculado al carácter de los personajes que a las situaciones -y las hay divertidísmas- se mezcla con una especie de melancolía que impregna tanto al protagonista (un detective privado, antiguo policía, un tipo duro ligeramente caricaturesco aún enamorado de una mujer de cuya muerte se culpa) como a los personajes secundarios; entre ellos, el Rey Juan Carlos, que en el momento en el que transcurre la historia aún no es «emérito», el cual aborda la vejez desde el recuerdo de una vida forzosamente extraña y desde la alegre inconsciencia de quien confía en que no hay problema del que no se pueda salir.

                El Rey ha desaparecido. El detective debe encontrarlo. O no, porque ni le apetece ni tiene ganas. Y, cuando lo encuentra, debe protegerlo de los mismos que lo buscan, porque… ¿Por qué lo busca tanta gente? Encontrar respuesta es uno de los motores de una acción, pero el principal es saber si los «buenos» van a caer en las garras de «los malos», y es que durante una buena parte el libro es una especie de «road movie» con elementos que, sin salir del humor, están relacionados con el realismo mágico. Más tarde, con la incorporación de personajes de Camino de ida, la novela inicia sus mejores momentos humorísticos, a la vez que la acción alcanza un sedentarismo en lo más conocido de Madrid que se agradece, porque, al igual que me ocurrió en Camino de ida, hay un momento en el que el temor a que los personajes se pasen la novela de acá para allá se hace presente.

                Fenomenalmente escrito, el autor juega a que sea la inteligencia del lector la que aporte lo necesario para reírse, lo cual enriquece el texto. Quizá no lo enriquece tanto esa división del libro en dos historias, aunque solo sea por lo poco habitual, lo cual se remedia con un prólogo-confesión en el que podemos ponernos en el pellejo de Carlos Salem para entender lo importante que para él es la relación con sus personajes. Para ellos más que un escritor es un padre, y por eso ha querido que su sombra protectora alcance todo lo que debe alcanzar para no dejarlos cojos.

                Digo esto porque la segunda historia, La loca del pelo verde, una sencilla trama al hilo de una denuncia aparentemente tonta, que toma personajes de la primera pero nada del argumento, permite dejar al genial detective, José María Arregui, más o menos en paz consigo mismo. Y, por tanto, con su autor.

                Un gran libro cuya lectura merece la pena, y que me ha hecho pensar, una vez más, en lo poco que se valora la calidad cuando rezuma humor. Y Cuando mi sombra te alcanza rebosa calidad y humor.



miércoles, 13 de diciembre de 2017

Recomendaciones literarias



De nuevo sin abogado ni nada, he aquí diez recomendaciones literarias. Diez libros que he leído a lo largo de 2017 y he comentado en este blog. Los diez que más me alegro de haber leído.

  Entre todos cuestan un poco menos de 150 euros (en concreto, 147,79 en los enlaces que he puesto). Cualquiera de ellos, y no digamos todos juntos, son un regalo sensacional para cualquier buen lector.

Pulsando sobre el título, la reseña.