Qué bien escribe Karina Sainz Borgo y cuánto agradezco encontrar entre las novedades del año obras con ambición literaria. Y más aún, lógicamente, que esa ambición dé lugar a un magnífico resultado. Y es que la mayor crítica que se puede hacer de esta obra es en realidad un elogio: las fuentes literarias de las que bebe la autora son tan evidentes que casi lo parecen demasiado. Hablo de lo mejor de la literatura en español del siglo XX, sobre todo latinoamericana, pero en especial, salta a la vista, del García Lorca de La casa de Bernarda Alba. Habitual en Karina Sainz Borgo es el protagonismo femenino y cómo el autoritarismo, siempre de fondo, aplasta al individuo.
«Nazarena» es una obra para leer con máxima atención, porque muestra sin explicar, de modo que el lector va quedando a expensas de su propia opinión y debe completarla y rectificarla según la información le va llegando.
Nazarena es la séptima de ocho hermanas que viven en una decadente casona familiar en La Araira. Son conocidas como las Vicentas. Si lo que se nos cuenta es realidad, sueño, fantasía, delirio o una mezcla de todo es una de las valoraciones que debe realizar el lector. También debe situarse ante los distintos enfoques temporales, relacionados a veces con la percepción de cada personaje, los cuales, a su vez, están tan plagados de rarezas y simbolismos que no me siento capaz de hacer un resumen. De toda esta confusión surge un riquísimo ambiente cruce de caminos de toda esa gran literatura que he mencionado al principio.
De «Nazarena» no se puede destacar nada en concreto porque lo que brilla es el conjunto: la decadencia de la familia (más bien desmembramiento por putrefacción) y del mundo que la rodea se plasma, y a veces se explica, en las diferentes actitudes y traumas de las protagonistas, cada una de las cuales ha afrontado vivencias particulares aunque todas con una raíz común en torno al origen familiar. Aunque hay más mujeres aparte de las ocho hermanas.
Algunas de las ocho forman un grupo en torno al liderazgo autoritario impuesto por Porcia, la mayor. La dictadora. Apoyándola sin cuestionarla hay varias hermanas cuyas historias ofrecen diferentes justificaciones y explicaciones para el papel de quienes en cualquier orden de la vida apoyan el autoritarismo. Desde la connivencia a la conveniencia pasando por el miedo y la comodidad.
El resto de hermanas forman una especie de oposición dividida, y juegan otros papeles. Hay quien cuestiona abiertamente a Porcia, aunque sus críticas se queden en palabrería; quienes han conseguido huir arribando a tierras no muy prósperas y, también, quienes han conseguido navegar entre dos aguas. Cada cual representa un papel desde ese extrarradio entre voluntariamente ajeno y traidor que no molesta a Porcia porque ninguna de sus hermanas tiene capacidad real para alterar sus planes.
Pero, además, hay otros personajes también femeninos con influencia clara en la historia ((los escasos masculinos son comodines). La primera es Brígida, también narradora, una mujer deforme a causa de un confuso incendio. Su simple existencia proclama la capacidad de resistir ante la adversidad. Pero Brígida tiene visiones que juegan a prolongar el trauma: ocho muerticas colgando de un árbol que, obviamente, cualquiera puede identificar con las hermanas. Víctima de un incendio, se niega a heredar las culpas ajenas. Ella y Mendito ponen un contrapunto algo alegre, pícaro y hasta sensual a una novela sombría, como para recordar que el mundo sigue existiendo más allá de las tragedias individuales que lo eclipsan para quienes las sufren. Brígida, de algún modo opone el mundo exterior (por más complicada que haya sido su vida) al opresivo y fantasmagórico mundo de las hermanas (que, en teoría, deberían haber tenido una vida más sencilla que ella). En cuanto al esclarecimiento del incendio (solo transcurrida buena parte de la novela sabemos dónde fue, y nos sorprende), juega un papel importante en la percepción temporal y, por tanto, en la valoración de todo lo dicho hasta entonces.
Como Nazarena tiene sus problemillas y Brígida sus visiones, pronto el lector comprende que no se tiene más que a sí mismo para navegar entre palabras, realidades, ensoñaciones y disparates y evaluar todo el pastel, del que la guinda es la fantasmal (y matriarcal) presencia de la madre, Inocenta Núñez, una viva-muerta o muerta-viva que Nazarena, que casi se la lleva por delante en el parto, dice haberse zampado. Ahí es nada. Las consecuencias para madre e hija de ese matricidio mal consumado están en el origen de la novela. Que Inocenta se llame así bien podría ser intencionado (y sujeto a interpretaciones varias). En auxilio del lector suele venir Aparecida (también buen nombre, dado su papel), a veces llamada la Negra, sirvienta de la casa y enlace entre el pasado y el pragmatismo preciso para sobrevivir en el presente, esté cuando esté situado ese presente.
Incendios, muertes, abandonos, imposiciones, ocho cadáveres de mujeres colgando de un árbol, patios infinitamente barridos en busca de limpiar una culpa ancestral... Toda esta fabulosa jaula de grillos, que solo algunas referencias permiten situar temporalmente en la Venezuela rural que se va desintegrando a lo largo de las primeras cuatro o seis décadas del siglo XX, puede ser trasunto de mil cosas. De personas, de familias, de regiones, de enjambres de sentimientos, de países enteros. Solo Karina Sainz Borgo sabrá exactamente qué ha querido decir; o quizá no. Quizá necesite, como tantos autores, que el paso del tiempo le aclare por qué ha escrito lo que ha escrito. Mientras tanto el lector puede disfrutar viendo cómo se entrelazan los mimbres de las Vicentas en torno a él para formar una urdimbre que será una u otra según su perspectiva, y será capaz de escapar para verla desde fuera o no, y entonces deberá contemplarla desde dentro. No es sencillo, pero merece la pena intentar ver esta historia desde todos los ángulos.
En fin... No me hagáis mucho caso. Seguro que varias de las entrevistas concedidas por Karina Sainz Borgo para promocionar esta obra harán más luz sobre sus páginas que cualquier reseña. Buscadlas. Esta reseña, además, es deudora de mi mala memoria y de las semanas que han pasado desde la lectura. «Nazarena» es una de esas novelas lo bastante rica y compleja como para disfrutarla mejor con el aperitivo de una buena investigación previa. Y, por supuesto, para leerla más de una vez. Es lo que tiene el arte, que no te cansas de disfrutar de una buena obra porque siempre descubres algo nuevo.














