En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 24 de septiembre de 2018

El rey recibe – Eduardo Mendoza






                Cada vez que Eduardo Mendoza publica una novela muchos preguntan es si es o no de humor. «Sí y no», vienen a decir las respuestas que he leído o escuchado en artículos y acciones de promoción, lo cual, una vez leído El rey recibe, me hace pensar en una ambigüedad calculada para no perder lectores, por más que haga falta ser muy tonto para dejar de leer a Mendoza.

                El rey recibe no es una novela de humor aunque, como en tantas otras –y más en las que tienen cierto tono autobiográfico- hay episodios que hacen sonreír y cierta historia (la del «rey») pintoresca y divertida, aunque en esta ocasión el humor llega desde una exquisita sutileza de la que carecen las novelas más gamberras de Mendoza. Me da la sensación de estar ante una de esas obras, como Mauricio o las elecciones primarias, que va a ocupar un puesto destacado en la estima del autor y no tanto –e injustamente- en la de sus lectores, más habituados a otro tipo de novela.

                El rey recibe es una obra buena pero extraña, fundada en los recuerdos de Mendoza, que se ha hartado de decir que como escribir unas memorias era un aburrimiento, le pareció mejor contar una historia ajena en la que plasmar recuerdos sobre la base de que la vida no es cómo fueron las cosas, sino cómo las percibimos y recordamos. Digo «extraña» porque al final la vida del personaje termina dando lugar, en la novela, exactamente a lo que acabo de decir: el relato de un pedazo de la vida de un joven barcelonés que, a caballo entre los años sesenta y setenta del siglo XX, primero trabaja en un periódico, luego en una revista y más tarde emigra a Nueva York. La consecuencia es que no hay que esperar ni tramas ni desenlaces en el sentido usual, porque no se trata de una historia completa, sino una parte de una historia que probablemente no conducirá a ningún sitio más que a conocer la existencia del protagonista. Eso es lo que explica la inclusión de episodios sueltos que parecen tener poca o ninguna influencia en el resto. Pero esto da igual. Lo importante son las reflexiones de Mendoza tanto sobre la evolución de la sociedad en esos años en paralelo a la evolución personal, laboral y familiar, como sobre un carácter que parece tener mucho en común con el suyo.

Sin embargo, Mendoza se ha cuidado de introducir un elemento que otorga a la novela cierto hilo conductor –bien que un tanto guadianesco- y relativamente humorístico: la presencia de un aspirante a rey de Livonia. Lo retorcido de la historia de Livonia –más un territorio que debe su nombre a una etnia que una nación y no digamos ya un estado- sin duda explica la elección. Se puede aspirar a reinar en lugares extraños, pero como Livonia, pocos. El «rey» vive exiliado en todas partes, dándose unos aires que casan mal con sus medios, y más defendiendo su condición desde las revistas del corazón que desde la política. De ahí que sea en calidad de reportero rosa como el protagonista toma contacto con el «monarca» y con cierta dama a la que ayuda a poner en marcha una moto. Sus nombres, por cierto, son la mayor concesión al Mendoza de las novelas de humor. A partir de ahí, el «rey» aparece y desaparece de modo un tanto caprichoso, sin que lleguemos a saber por qué, y enreda al protagonista en un par de compromisos cuyas consecuencias, si las hay, quedarán para las siguientes novelas de la trilogía.

Y es que El rey recibe es la primera de una trilogía que lleva por nombre «Las tres leyes del movimiento» y que, por lo que se puede deducir de lo dicho durante la campaña de promoción, será lo que es esta novela: una suerte de historia como excusa para rememorar numerosos episodios históricos o no desde la fidelidad no a los hechos, sino a los recuerdos. También, y no es menos importante, se rememoran ideas, prejuicios que una vez imperaron, visiones, tópicos, el modo en que uno, desde su propio yo se enfrentaba a las ideas preconcebidas a medida que se abría al mundo y estas evolucionaban a medida que lo hacían las personas. Probablemente haya que esperar a leer toda la trilogía para hacer un juicio más preciso de esta novela, pero la cosa apunta alta.

De lectura sumamente agradable, interesa sin apasionar. No es una crítica, sino lo contrario: es un gran mérito del autor porque, precisamente, si algo se esfuerza en destacar del protagonista es que, siendo un tipo más o menos formado, culto, inteligente y movido por cierta curiosidad vital, es también un hombre prudente, en cierto modo vulgar, anodino, poco amigos de las locuras y con cierto hálito, ante los demás, de ser un tipo aburrido. Alguien a quien se respeta y admira, pero con quien no se cuenta cuando se buscan emociones fuertes. Lo suyo es ver, no ser visto, lo cual, unido al tono reflexivo de una historia contada desde el recuerdo, traslada al lector un sentimiento entre melancólico y triste que a menudo no se corresponde con los recuerdos del narrador, aunque la realidad es que Mendoza traslada todo magistralmente: cuando Rufo Batalla, el protagonista, nos dice que era feliz en tal o cual situación, no debemos dudarlo a pesar de tener una sensación distinta, sino que más bien debemos recordar que quien nos habla no es Rufo desde aquel pasado, sino desde el presente; el Rufo que, muchos años después, recuerda. La felicidad del pasado puede fundamentar la melancolía del presente. En resumen, que el lector debe hacer el esfuerzo de comprender al narrador, de ponerse no solo en el pellejo del narrador en los sucesos que se cuentan, sino en el del narrador en el momento en que narra.

Una prosa eficaz, limpia, concisa y con una riqueza que llega al lector con sencillez. Da gusto cómo escribe Mendoza, cómo domina desde el estilo «rococó» de sus detective loco hasta la exquisita llaneza de El rey recibe.



lunes, 17 de septiembre de 2018

La sonrisa de Angélica – Andrea Camilleri




La sonrisa de Angélica (Serie Montalbano, 21)


                Orlando se cabreó con Angélica por cierto asuntillo de ésta con Medoro. Del sofocón, Orlando se cargó árboles, ríos, pastores, ganado, casas... ¿Quién no ha tenido un mal día? Hasta don Quijote lo imitó.

                Son pocos los que han leído Orlando furioso. El comisario Montalbano lo hizo en su juventud, nos cuenta Camilleri, pero en forma de cómic, y en sus páginas Angélica era tan sensual y atractiva (para eso era Angélica la Bella) que se adueñó de las fantasías lúbricas del adolescente. Por aquel motivo, cuarenta años más tarde Montalbano se queda pasmado y patitieso al conocer a la víctima de un robo y encontrarla en todo igual a la Angélica del cómic.

                Y cómo sonríe la condenada. Igualita a Angélica.

                Menuda tentación.

                Una tentación, dicho sea de paso, bastante receptiva a los cada día más decrépitos encantos del comisario, cuyo parecido con Orlando no va más allá de cierta propensión al cabreo y de un afán justiciero que en el caso de Montabano más tiene de quijotesco que de caballeroandantesto.

                Angélica ha sido víctima de un robo en su casa, he dicho. De un robo ejecutado mediante una mecánica original y varias veces repetida en poco tiempo en torno a los integrantes de cierta lista de amigos y conocidos de la primera de las víctimas. Esto hace prever que las nuevas víctimas, de haberlas, van a ser también de ese grupo, aunque no está tan claro que el delincuente pertenezca a él. Tampoco está claro qué persigue.

                El asunto se enreda por varios motivos. El primero, ya mencionado, por la interferencia de la tentación, que hace bajar a Montalbano la guardia. Y el segundo, que parece relacionado (en la forma, que no en el fondo) con la novela anterior –La búsqueda del tesoro-, porque nuevamente aparece un tipo que se cree tan listísimo como para retar al comisario, por escrito y desde el anonimato, acerca de la evolución de los robos. Por supuesto, que el delincuente delinca es una cosa, pero que se chotee por anticipado de la autoridad, es otra.

                Otra buena novela de la saga, con todos los recursos tradicionales de Camilleri dosificados con moderación, incluyendo, esta vez de modo preeminente, la presencia de una mujer bella y que, pese a todos los pesares y achaques de la edad, el comisario sigue resultando inexplicablemente atractivo a cuanta fémina se cruza en su vida. Quizá sea este el aspecto más «caballeresco» de Montalbano, más que los cabreos ordanlescos: que es el héroe de la novela y, como buen héroe buenazo, al final todo el mundo se rinde a sus pies.



miércoles, 12 de septiembre de 2018

La búsqueda del tesoro – Andrea Camilleri




La búsqueda del tesoro (Serie Montabano, 20)

                Que cierto porcentaje del personal está como una regadera lo saben bien policías, médicos y cuantos desempeñan profesiones por las que, guste o no, antes o después debe pasar todo el paisanaje. Esta circunstancia viene muy bien para los escritores de novelas negras repletas de agentes de la autoridad, porque por disparatado que parezca algo siempre hay un chiflado dispuesto a demostrar que si los escritores utilizan la imaginación para crear ficción, otros la usan para crear realidades. No es que la realidad supere a la ficción: es que ambas viven de las mismas fuentes: la imaginación y las ocurrencias de cada hijo de vecino. De este modo es más sencillo que hasta tramas tan enrevesadas como esta tengan autenticidad (no confundir con verosimilitud), que es lo que cabe pedir a todo escritor.

                La búsqueda del tesoro comienza cuando dos hermanos, octogenarios, recluidos en su vivienda desde hace tiempo, se lían a tiros desde las ventanas. Tan poco civilizada manera de expresar su opinión sobre el mundo conduce donde debe gracias a la obra, milagros e imprudencia del cada vez más viejo comisario de Vigàta, Salvo Montalbano. Al registrar la casa encuentran un montón de rarezas, como una sala con un bosque de crucifijos y, en otra habitación, una decrépita muñeca hinchable del año en que reinó Carolo, de esas que parecían cuatro globos mustios atados a un palo de escoba.

                Pero con una pareja de ancianos con un tornillo flojo y a los que para reducir basta que se queden dormidos o algo así, la novela no hubiera ido más lejos. Por eso suceden otras cosas, aparentemente inconexas.

                La primera, que una joven y guapa chica (en las novelas de Camilleri siempre hay una mujer particularmente hermosa) desaparece.

                La segunda, que otro pirado se dedica a enviarle pintorescas cartas a Montalbano que él debe descifrar para intentar averiguar no sabe qué, porque el asunto parece un reto a ver quién es más pito de los dos.

                La tercera, que por chiripa aparece en por ahí una muñeca hinchable exactamente igual a la de los abuelos chiflados. Igual en todo. Hasta en los desperfectos.

                La cuarta, que, para incordiar a Montalbano -o para ser utilizado por él, que el comisario es un tipo práctico- el pobre hombre anda haciendo de gallina clueca de un muchacho, estudiante él, recomendado por su despampanante amiga Ingrid. El chaval desea conocer los peculaires procesos mentales por los que el comisario suele desentrañar los casos, vía intuición y en contra de las evidencias.

                Lo típico en Camilleri y en tantos otros: varias historias independientes que el lector comienza a conocer el paralelo y que, a partir de un punto, se mezclan paulatinamente hasta producir resultados sorprendentes. La técnica no es novedosa, lo meritorio es que, una vez más, Camilleri es capaz de liar las historias de un modo tremendo para resolver todo de manera brillante, y eso que en su contra juegan la edad y las docenas de historias previamente publicadas. Como siempre también, que es marca de la casa, detrás de cada crimen suele haber un motivo humano, que no una justificación, porque la maldad para Camilleri no existe si no es vinculada al dinero: fuera de él, el daño solo lo causan los locos y personas tan débiles que son capaces de causar estragos arrastrados por su propia debilidad.

                Una magnífica novela, fácil de leer, como todas las de este autor, entretenida, que capta la atención desde el principio y en la que, sin renunciar a las gracias recurrentes derivadas del carácter, manías y costumbres de los personajes habituales, se reducen al mínimo las explicaciones de cada rareza para informar a los nuevos lectores sin hartar a los antiguos. Grande, Andrea Camilleri.


jueves, 19 de julio de 2018

La pequeña vendedora de prosa – Daniel Pennac



                Hace algún siglo que otro que no leía en tan poco tiempo tres libros de un mismo autor y protagonizados por idéntico personaje. La felicidad de los ogros me animó a leer El hada Carabina, la cual, a su vez, me ha hecho leer La pequeña vendedora de prosa, la cual, sin embargo, me ha animado a tomármelo con más calma antes de de seguir con el cuarto de la saga, porque La pequeña vendedora de prosa es, con diferencia, la peor historia de las tres que llevo leídas.

                A las novelas no hay que pedirles veracidad (que lo que narran sea susceptible de ser verdadero) sino autenticidad (que la acción, aunque loca e imposible, sea vivida por el lector como real). En La pequeña vendedora de prosa he encontrado la autenticidad por ningún sitio.

                El argumento de esta tercera novela de la saga vuelve a ser más o menos disparatado y, como es habitual, sitúa a Benjamín Malaussène en el centro de todos los problemas que él no ha creado pero que siempre atraen a la policía; aunque, en este caso, Malaussène juega un papel diferente y no es el centro de todas las sospechas. Deseando alejarse de un crimen que le toca muy de cerca, Malaussène se presta a un disparate: poner rostro a un escritor tan afamado como desconocido por escribir refugiado en el anonimato de un seudónimo. La idea podría haber dado mucho juego e invitar a muchas reflexiones, pero la acción es tan sobreactuada que este asunto, al final, solo sirve como elemento de la trama, pero nada más.

Para explicar por qué está la acción sobreactuada debería contar alguna cosilla que destriparía una de las sorpresas de la novela (sorpresa que, según pasan las páginas, evoluciona a cierto cabreo porque tiene algo de tomadura de pelo, como si Pennac hubiera renunciado a buscar soluciones más ingeniosas, lo cual es una pena porque la trama en sí -la maraña de conflictos que desembocan en los hechos- está bien trabajada y, de haber estado rodeada de situaciones igualmente trabajadas, hubiera tenido esa autenticidad que he echado en falta).

La novela, la más larga de las tres primeras de la saga, es bastante irregular: durante una parte bastante larga no pasa nada ni en términos de acción ni de reflexión, después llega la primera sobreactuación, luego la sorpresa y, por desgracia, la evolución de la misma aumenta esa sobreactuación y aunque el final sí logra captar el interés y provocar las ganas de leer, es imposible terminar la novela sin tener la sensación de que es una historia fallida. Tampoco ayudan demasiado ni las habituales digresiones sobre el pasado de tal o cual personaje, ni el fallido intento de hacer humor con ciertas situaciones ni el milagrerío que resuelve el punto más problemático de la novela, el cual, por cierto no era preciso llevar hasta ese punto (y quien lea la novela me entenderá).

Así como las dos primeras eran novelas notables, esta me ha gustado mucho menos. Su mayor interés, al menos para mí, es que como todas forman parte de una misma historia, leerla puede venir bien de cara a la cuarta de la saga, que espero leer en la confianza de que se parezca más a las dos primeras que a la tercera. A esta esperanza ayuda que la cuarta viera la luz seis años después de esta tercera, que parece más escrita para aprovechar el éxito que para disfrutar creando.


jueves, 5 de julio de 2018

Reflexiones sobre literatura y humor




«Yo creo que el género negro tiene mucho, tiene mucho humor, hay mucho componente de humor; en sí mismo ya es una cosa humorística, es decir, pasar un rato divertido con cadáveres, descuartizamientos, asesinatos…, eso es una cosa ya en sí muy divertida. Es muy divertida. Los grandes clásicos de la novela negra, de la novela de detectives, de la novela de misterio, son gente con un gran sentido del humor; incluso proponen un mundo verdaderamente feliz en el que un asesinato es un motivo de gran alegría para todos porque así se podrán poner a investigar, ¿no? Es el género más amable que hay.»




martes, 3 de julio de 2018

El hada Carabina – Daniel Pennac




                Si la primera novela protagonizada por Benjamín MalaussèneLa felicidad de los ogros- era una novela de humor vagamente disfrazada de novela negra, El hada carabina es exactamente lo contrario: una novela negra con leves tintes de humor debidos tanto a lo estrambótico de algunas situaciones «serias» como al espíritu con que Malaussène se dirige al lector en los capítulos en los que se expresa en primera persona.

                Hecha la salvedad anterior, El hada carabina es mucho mejor novela que La felicidad de los ogros tanto por estar mejor expuesta y resultar más comprensible como por lo trabajado de una trama complicada y resuelta de modo brillante.

                Malaussène sigue con su empleo de chivo expiatorio, aunque ahora en una editorial dirigida por una dama demasiado histriónica para el escaso papel que juega en la novela. Malaussène sigue al frente de una familia compuesta por hermanos más jóvenes, aunque la madre ha retornado para dar a luz al siguiente, y es así como un bebé llamado Verdún se incorpora a la familia. También sigue con una novia –Julia-, dedicada al periodismo de investigación. La novedad es que la vivienda-conejera de Belleville está a rebosar debido a la «adopción» de cierto número de ancianos devenidos en drogadictos y que están allí para huir de la soledad y, por tanto, de la droga.

                Pero las cosas se complican aún más. Un policía con antecedentes por maltratos es asesinado por una ancianita en medio de la calle, una muchacha presencia desde su ventana cómo unos sicarios lanzan un cuerpo al Sena, alguien se dedica a rebanar el pescuezo a ancianas y además ciertas enfermeras se dedican a proporcionar droga gratuita a ancianos. Son sucesos independientes, pero, por unas cosas u otras, todo se enreda de forma que Malaussène parece ser el responsable de todo.

                La novela se forma a partir de tres historias paralelas, relacionadas y que confluyen al final. La del protagonista, que nos va informado de sus idas, venidas y circunstancias; la de los policías al frente de las diferentes investigaciones, entre los que figura un tal Pastor; y es él quien aporta la tercera y singular historia de la novela: la suya; la un tipo con un pasado doloroso que, pese a su apariencia de mosca muerta, tiene una misteriosa capacidad de persuasión para hacer cantar a cuando delincuente cae en sus manos.

                El revoltijo de informaciones, situaciones y personajes avanza al principio de un modo que parece confuso –solo lo parece-, y el humor en ocasiones surge haciendo consciente al lector de todo lo que Malaussène ignora, de modo que puede observarle como a quien inconsciente y alegremente se encamina a pegarse un bofetón épico. Al final, lógicamente, todo acaba convergiendo y resolviéndose de un modo, como he dicho al principio, brillante, aunque no sin antes haber dado las cosas varios giros inesperados que toman por sorpresa al lector y le hacen leer el último tercio de la novela con mucho más interés del que suscita el principio.


jueves, 28 de junio de 2018

El color de la magia – Terry Pratchett




                Aunque Terry Pratchett (1948-2015) ha sido uno de los novelistas de humor más conocidos en las últimas décadas, no había leído nada suyo, problema que he remediado comenzando por el primer libro de su saga más conocida, la del Mundodisco, expresión que suena a discoteca ochentera pero que alude a un mundo fantástico, con forma circular en vez de esférica, donde no rige ni la física ni el sentido común, sino leyes bastante más sorprendentes y divertidas.

                El color de la magia es una novela que, por su argumento (las cuatro aventuras sucesivas de un turista ingenuo, curioso y atrevido –llamado Dosflores- con un pintoresco equipaje con patas y a quien se ve forzado a acompañar un mago de tres al cuarto llamado Rincewind) bien pudiera ser juvenil; sin embargo, aunque el argumento es el infinitamente repetido de dos personas metidas en problemas que se las ingenian para escapar de ellos ayudadas por casualidades y circunstancias con un punto cómico, hay dos motivos poderosos para que cualquier lector disfrute con esta novela: el prodigioso derroche de fantasía y el sentido del humor. La fantasía de Pratchett es verdadera magia.

                Contrariamente a lo que he leído en algún sitio, El color de la magia no tiene nada que ver con la ciencia ficción, y sí con la fantasía. De hecho, está más cerca de un pasado fantástico que de un futuro prodigioso. La imaginación de Pratchett es tan exuberante que se permite el lujo de lograr grandes efectos cómicos con sartas de disparates que, sin fundamento ni contenido inteligible, son una divertidísima parodia de cuanto asumimos sin entender en el mundo actual. Por otra parte, el papel que atribuye a la magia, como una especie de fuerza motriz del Universo, autónoma y solo sometida a sus propias reglas, tiene un indudable atractivo, al margen de lo gracioso que resultan los vaivenes entre las explicaciones de hechos grandiosos con otros domésticos, aunque a fin de cuentas es lo que sucede en la realidad: las mismas leyes que rigen el cosmos son las que permiten rascarse.

                No sabía dónde me metía cuando comencé a leer esta novela. Ahora sé que conviene afrontarla no tanto con la intención de seguir un argumento (que en sí mismo es bastante común, por no decir pobre, o una simple excusa para divertirse) sino con el espíritu de quien se dispone a ver un magnífico espectáculo de fuegos artificiales en el que, en cualquier momento, puede aparecer en el cielo una broma que le hará reír o una parodia en la que reconocerá una crítica.

                Por cierto, como bien sabe cualquiera con un poco de fantasía, el color de la magia es el octarino.

     

martes, 26 de junio de 2018

Las infamias de un vizconde y otros cuentos de Buen Humor – Enrique Jardiel Poncela



                
                Enrique Jardiel Poncela fue un genio del humor. Una de las razones es que escribió lo que le dio la gana y como le dio la gana, por extravagante o caprichoso que fuera, con lo que leerlo no solo te enfrenta a un ejercicio de humor, sino también de libertad.

                Lo mejor que se puede decir de esta recopilación de relatos es que merece la pena leerla. Hay muchas historias, casi todas muy breves, de tres o cuatro páginas, y unas cuantas solo algo más largas. Casi todas aparecieron en la revista Buen Humor en los años veinte del pasado siglo, cuando Jardiel era todavía un jovenzuelo con una trayectoria ya más que apreciable en el teatro, pero antes de dar a la luz sus principales novelas y sus mejores obras teatrales. El desparpajo, la osadía y el atrevimiento se ven en cada línea.

                Demasiadas historias para hablar de ninguna en concreto, pero sí para apuntar algunos elementos comunes a casi todas. El primero, que pronto se advierte que se trata de colaboraciones rápidas, frecuentemente apremiadas por el tiempo o el bolsillo, lo que hace que algunas de ellas –pocas- parezcan hechas para salir del paso, algo improvisadas. El segundo, en parte consecuencia del anterior, que Jardiel hace sonreír más con cómo nos cuenta las cosas que con el argumento en sí (que no se improvisa tan fácilmente), lo cual es especialmente visible en los finales, que rara vez son un colofón ingenioso, aunque hay uno que me ha hecho soltar carcajadas. Prima la forma, el absurdo aprovechando en gran medida los juegos de palabras, sobre el fondo. Por último, todas comparten cierto tono grandilocuente que refuerza el efecto cómico, en el que el autor nos habla desde la posición de superioridad de quien no solo conoce lo que va a contar sino que además pretende ilustrarnos a su manera y desde su peculiar modo de juzgar del mundo. En definitiva, una obra doblemente interesante: por su contenido y por lo que aporta para ver en perspectiva los primeros pasos de un autor magnífico.

                 

domingo, 24 de junio de 2018

Recomendaciones literarias




Leer novelas de humor es tan sano como regalarlas. ¿O acaso no te gusta sonreír y hacer sonreír? Por eso, de nuevo sin consultar con mi abogado, me atrevo a recomendar diez libros, pero en esta ocasión limito la osadía a novelas de humor. Para pasar el verano sonriendo.

No te pierdas la reseña: los disfrutarás más.



Allegro ma non troppo, de Carlo M. Cipolla

Papel 8,50€



El club de los mentirosos, de Mary Karr

Papel 21,85€


 



Los misterios de Madrid, de Antonio Muñoz Molina

Papel, 7,55€

Ebook, 5,69€

 



Duluth, de Gore Vidal

 


Sin noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza


Papel, 9,45€
Ebook, 6,17€


 


La aventura del tocador de señoras, de Eduardo Mendoza


Papel, 8,50€
Ebook, 6,17€

 

El fantasma de Canterville, de Oscar Wilde


Papel, 6,75€
Ebook, 0,47€



 

Amor se escribe sin hache, de Enrique Jardiel Poncela


Papel, 11,40€


 

El caballo desnudo, de José Luis Sampedro


Papel, 9,45€
Ebook, 6,64€

 


La conjura de los necios, de John Kennedy Toole


Papel, 11,30€
Ebook, 8,40€

                

Reflexiones sobre literatura y humor



"El humor, tanto en la vida como en la literatura, nos ayuda a volver a vivir, a resucitar. Cuando alguien sufre, el humor ayuda a transformar la naturaleza de ese sufrimiento, a convertir el dolor en risa. Y, una vez aparece la risa, podemos ponernos serios"





lunes, 11 de junio de 2018

El asesinato de mi tía – Richard Hull




                He aquí una novelita publicada en 1934 en la tradición del humor inglés de principios del siglo XX, que en parte recuerda a Wodehouse, esa clase de novelas con un tipo de humor y un entorno que décadas más tarde desembocaron en Tom Sharpe.

                ¿A qué me refiero? Al marco espacial –la campiña, en este caso en Gales- con su casa solariega, y a unos protagonistas de clase media-alta venida a menos, gruñones y protestones que están reñidos con el mundo por estar presos de sus manías y de unos valores obsoletos que les hacen creerse muy por encima del vulgo en cuestiones estéticas, de decoro y de buen nombre.

                El protagonista, Edward Powell, es un joven gordinflas con ínfulas cuyo diario forma la mayor parte de la obra. El afectado modo en que se expresa y cómo maquilla y deforma la realidad permiten al lector divertirse al no dejar de adivinar las enormes diferencias entre la realidad y lo que se le cuenta.

                Edward está harto de su tía Mildred, con la que se ve obligado a vivir y de la que depende económicamente. Ambos se aborrecen y mortifican continuamente, pero la tía está en situación dominante porque Edward no solo es un inútil incapaz de ganar un penique, sino que, además, aunque se crea listo es incomparablemente tonto.

                De ahí que el día en que la paciencia de Edward llega al límite la única solución que se le ocurre es eliminar a su tía. Debe hacerlo, claro está, de modo que no dé con sus huesos en la cárcel. En resumen, «que parezca un accidente». A partir de aquí conocemos sus estrambóticas ideas y reflexiones, las ofensas que sufre o cree sufrir, aquellas que inflige creyendo hacer justicia, las ocurrencias, reflexiones, experimentos y cautelas que adopta. Ni que decir tiene que el hombre es un desastre cuya manifiesta petulancia impide que el lector lo vea como él desea, y así antes lo ve disfrazado que elegante.

                Cierto es que, de puro concienzudo e inútil que Edward resulta, llega a crearse cierta complicidad con el lector, a lo que no ayuda poco el seco e inquisitorial carácter de la tía, lo cual no deja de producir una sensación incómoda: ¿cómo sentir alguna simpatía hacia un proyecto de asesino? Además, durante tres cuartas partes de la novela ocurre lo que en muchas de las que he aludido al principio: se trata de una historia «de situación» en la que la gracia no está en cómo avanzan las cosas –no lo hacen hacia ningún sitio- sino en observar la cabalgata de los sinsabores de Edward, lo que hace que resulte repetitiva. Sin embargo, hay que llegar al final pues es en él cuando vemos que la novela sí ha ido avanzando sin que nos diéramos cuenta hasta llegar a ese final y, sobre todo, a un último párrafo genial en el que la broma del autor hacia el lector, a cuenta de la novela en su conjunto, dota de un sentido nuevo a todo. No explico el motivo para no chafar la sorpresa a nadie, pero sí digo que es toda una maravilla del humor que, por sí sola, hace que merezca la pena leer El asesinato de mi tía


jueves, 7 de junio de 2018

Llámala Siboney – Julián Ibáñez




                Hace más de una década que la novela negra está de moda, pero muchos de los títulos más vendidos estos años son morralla comparados con las novelas de Julián Ibáñez (Santander, 1940), un autor cuya obra responde con exquisita pulcritud al origen del género y al que nadie podrá acusar de apuntarse a una moda. Llámala Siboney, por ejemplo, se publicó en 1988. Ibáñez es, con diferencia, uno de los mejores autores de este género. Es una pena que no sea más leído.

                El protagonista, Novoa, que se dirige en primera persona al lector, es un tipo peculiar, solitario, duro, que lleva poco tiempo trabajando en un desvencijado despacho de una localidad de cinco mil habitantes y vive en un hotel. Trabaja como asalariado en una empresa de intermediación en el mercado de cereales; creo que antes, en Mi nombre es Novoa (1986) -que aún no he podido leer- había tenido algún otro empleo en otro lugar. Llámala Siboney comienza cuando un día caluroso, a las cuatro de la tarde, Novoa entra al pequeño edificio donde está la oficina y, de pronto, una mujer rubia le atiza en medio de la jeta un tremendo trastazo con un trozo de tubería y luego sale pitando. No hay indicios de que haya robado algo, ni de de que haya hecho ninguna otra cosa. Solo estaba allí y le ha dado el porrazo.

                Novoa apenas acierta a tener una ligera impresión sobre el aspecto de la mujer. Con este único dato y sin saber exactamente por qué, intenta localizarla por el pueblo. Sus preguntas aquí y allá tienen consecuencias inesperadas, a las que hace frente con una determinación solo fundada en lo duro de su carácter y en lo poco que tiene que perder quien no tiene más que su propia soledad y un amor propio intenso y decidido pero no atolondrado. Gitanos, chavales con buen coche, coches color butano, Mercedes blancos, una muerte, el cuartelillo de la Guardia Civil y la finca de unos tipos adinerados se mezclan en el ir y venir de un Novoa que navega sin un objetivo claro, asumiendo el riesgo de ser tanto víctima como imputado en un crimen en el que nada tiene que ver. En el más fiel estilo de la novela negra, nadie está completamente limpio, todos tienen algo que esconder o un interés que salvar, por lo que todos juegan al despiste aunque luego, poco a poco, a medida que alguien va descubriendo contradicciones, cada uno termina demostrando quién es, qué pinta allí y por qué hace lo que hace o dice lo que dice.

                Pero aunque la trama es interesante y solo al final se acaba desenmarañando la madeja que antes, poco a poco, se ha ido enmarañando ante el lector, lo mejor es el lenguaje, el control de los tiempos, de la expresión, el modo en que la forma aparentemente seca y cortante consigue formar parte del fondo de la novela y construir la personalidad del protagonista. Lo dicho: Julián Ibáñez es un grandísimo escritor.

                Una pequeña joya de la novela negra muy superior a casi todo lo que ahora se vende pero que, por desgracia, está descatalogada.


martes, 5 de junio de 2018

La felicidad de los ogros – Daniel Pennac




                Publicada en 1985 (en España en 1989), La felicidad de los ogros es la primera novela protagonizada por Benjamín Malaussène, un joven al frente de una familia formada por un sinfín de hermanos con madre común (que regresa a casa cada cierto tiempo pero solo para dejar un nuevo vástago) y padres variados y desconocidos. Todos los hermanos viven juntos, con excepción de una de las hermanas, embarazada, que no tiene muy claro dónde va a estar. La familia vive en París, en el no muy pimpante barrio de Belleville. Malaussène trabaja en unos grandes almacenes como «chivo expiatorio»: cuando algún cliente ha sufrido problemas con cualquier producto, se finge que Malaussène es el responsable y, delante del reclamante, le cae una bronca demencial, improperios de todos los colores y la promesa de enviarlo al paro y a galeras si fuera posible; a todo lo cual responde Malaussène suplicando, llorando, implorando piedad... de modo que el reclamante acaba por no presentar la denuncia para evitar que caiga sobre su conciencia la suerte del desgraciado e incompetente Malaussène. A ojos del cliente, Malaussène es un pobre desgraciado; a ojos de la dirección del centro, un fantástico y bien pagado profesional que les ahorra mucho dinero.

                La novela juega a dos cosas. La primera, a darnos a conocer el pintoresco mundo de Benjamín Malaussène y los suyos, incluyendo el entorno laboral, lo cual hace de forma algo confusa al principio, pues de no saber nada sobre estas novelas el lector tardará algo en enterarse de que algunas de las damas que rodean a Benjamín son sus hermanas y no otra cosa.  La segunda, la trama que permite hacer avanzar la novela hacia el conocimiento de esta panda es también singular: una serie de explosiones en el centro comercial, de alcance limitado pero siempre con víctimas, y en las que Malaussène se ve a medias envuelto y a medias en disposición de aclarar.

                Con tan insólitos mimbres y el modo en que el asunto queda resuelto podría pensarse que se trata de una novela disparatada. Pero no. Y en este logro radica gran parte del mérito de Daniel Pennac: La felicidad de los ogros, pese a lo irreal de las situaciones, se lee con sensación de verosimilitud. Unamos que Malaussène tiene un oficio estrafalario pero él no lo es -al contrario, es un hombre con un sentido común más que notable y un humor que, casi siempre de forma entre irónica y socarrona, se dedica a sí mismo para hacer más llevaderos los disgustos- y acabaremos de comprender cómo algo tan extravagante puede leerse como real.

                La felicidad de los ogros es una novela de humor constante pero sutil e inteligente precisamente porque el personaje ve todo tan extraño –incluso su propia vida y su trabajo- como lo ve el lector. Una obra escrita para provocar más sonrisas que carcajadas y que más allá de las situaciones que describe da a conocer a unos personajes tan admirables por cómo salen adelante como por su falta de pretensiones. Es muy difícil no encariñarse con Malaussène y los suyos si tenemos en cuenta todo lo que Benjamín sacrifica por ellos: su vida entera, tanto en lo profesional como en lo afectivo y hasta en lo meramente sexual, está condicionada por la necesidad de sacar adelante a sus hermanos, y él asume el sacrificio con naturalidad y generosidad.

                Sí me atrevo a ponerle un «pero»: el desarrollo de la «investigación» aparece con un retardo lo bastante largo como para que durante una parte del libro se tenga la sensación de estar dando vueltas y vueltas a la espera de algo que lance la historia hacia delante. Pero esto es solo una critiquilla: La felicidad de los ogros me ha gustado lo suficiente como para haber comprado ya el segundo libro de la saga.

                Lo que no acabo de entender es que esta novela se califique de «novela negra», como en algún sitio he visto. Negra, negra, lo que se dice negra...