Comienzo reiterando una confidencia: casi todos los veranos aprovecho las vacaciones para leer con tranquilidad un clásico largo. La novela prevista para 2023 fue «Al este del Edén». Pero por una triste razón que no viene al caso, ni la empecé. Luego, en 2024 y 2025 no me sentí con ganas ni de tocarla. Sin embargo, ahora, en 2026, este libro ha venido a mí como caído directamente del cielo. Y me alegro, porque en los meses inmediatamente anteriores a su lectura he tenido ocasión de ser espectador de comportamientos como alguno a los que luego aludiré.
Y ahora, la reseña.
A Adan y Eva se les regaló el Edén, pero en lugar de aprovechar tamaña donación para vivir pacífica y agradecidamente, la liaron y fueron expulsados de él. O, simplemente, su ambición hizo que el Edén dejara de serlo. Más tarde uno de sus hijos, Caín, mató a su hermano Abel. Dios no se lo tomó precisamente bien y, permitidme la broma, debió decir algo así como «a este que le den», que bien pudo traducirse piadosamente como que lo envió «Al este del Edén», pues Caín fue largado aún más lejos del paraíso de lo que ya estaba, a la tierra de Nod, al este del Edén. Y, si no, el mensaje fue «a este que le den al este del Edén».
Hasta aquí la broma para explicar un título que responde al contenido de la novela con exactitud y dura poesía al menos por dos motivos:
Primero: tan repugnante es traicionar a los hermanos que el nombre de Caín ha sido maldito desde hace siglos. Aún así, de los casi 50 millones de personas censadas en España aún hay 112 que lo llevan. Se concentran en las provincias de Sevilla, Málaga y, vaya por Dios, Zaragoza. Tierras de Caínes, parece ser, aunque seguro que todos conocemos algún Caín con otro nombre en el DNI.
Dicho esto y explicado el título, ya podéis intuir que en «Al este del Edén» pululan varios personajes capaces de traicionar, con acciones esporádicas pero determinantes, todas sus buenas intenciones y todo amor filial y fraterno.
Segundo: en toda la novela el territorio juega también un papel relevante. Cada personaje tiene su Edén, o lo que cree serlo, o lo que quiere que lo sea, pero apenas ninguno es capaz de construirlo o, si lo alcanza, de conservarlo. Casi todos se las apañan para que su vida no sea el remanso que desean, para acabar a disgusto donde podían haber estado a gusto. Para transformar el Edén en Nod por los motivos por los que la gente acaba allí: la traición a los suyos.
Dicho esto, «Al este del Edén» es la historia de varias generaciones de las familias Hamilton y Trask. Escribe en primera persona Steinbeck (1902 - 1968), que nació en Salinas, hijo de John Ernest Steinbeck y Olive Hamilton, la cual es hija de uno de los personajes más importantes de esta historia, Samuel Hamilton. Pero esta novela es, sobre todo, la historia de la familia Trask, y transcurre entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, periodo en el que culmina la colonización, en California, del valle de Salinas, que desemboca en la bahía de Monterrey. Casi todo transcurre en las proximidades de la localidad de King City, si bien la primera parte de la novela, la más vinculada al origen de la familia Trask, transcurre en el otro extremo del país, en Connecticut, donde el patriarca de la familia, un tipo obsesionado con el ejército, pero pésimo y fugaz soldado, lleva una existencia sorprendente, capaz de transformar la obsesión en ocasión, dejando demasiado de lado a sus dos hijos, Adam (¿será casualidad el nombre, o evoca intencionadamente a Adán, dado que más tarde sus dos hijos representarán el mito de Caín y Abel?) y Charles. Ambos tienen distintas madres. También uno es más Caín y el otro es más Abel. Adam es el mayor, por poco, y el Abel de la pareja, y es más pusilánime que Charles. Nótese que las iniciales de los dos hermanos son las mismas que las de Caín y Abel, porque en esta novela, que bucea en la influencia de la herencia espiritual, hay más cainismo que el de los hijos de Adam. Las relaciones entre Adam y Charles son a un tiempo cordiales y tensas; y a medida que pasa el tiempo la ruptura es más lógica e inevitable aunque, paradójicamente, los motivos se reducen y, sobre todo, se aclaran. ¿Cuáles son? Tienen que ver con los sentimientos de cada cual, aunque quien provoca la ruptura, en esta relación, en casi todas las de la novela y en casi todas en la vida es quien se reivindica por lo que cree merecer, lo que implica que siempre está comparándose. Los «yo soy más»¸ «yo merezco más», «yo he hecho más» conducen inevitablemente a la ruptura, porque ninguna vida puede tasarse al peso y compararse con otras: hay demasiadas diferencias entre las personas: de edad, de circunstancias, de carácter, de valores, de vivencias…
Más en concreto, «Al este del Edén» es la historia de Adam Trask, más que de su familia, de por qué Adam fue como fue (ahí está su padre para que averigüemos sus primeros traumas), cómo su vida se moduló (ahí está Samuel Hamilton para ejercer de apoyo y conciencia) y qué consecuencias tuvo más allá de él a través de sus dos hijos, Cal (nombre que tanto recuerda a Caín) y Aaron (que suena a Abel). ¿Otra vez casualidad el juego de las inciales?
Los capítulos son relativamente cortos y divididos en tres, cuatro o cinco apartados. La riqueza expresiva es enorme, como también el vocabulario, y la capacidad de descripción del entorno es fantástica. El dominio del lenguaje es tal que hasta lo más duro y sórdido se lee con conciencia de que lo es, pero sin repugnancia.
La historia es famosa: tras conocer la infancia y juventud de Adam, marcadas por los traumas y una azarosa huida hacia adelante, Adam sienta cabeza, emigra a California con el riñón bien cubierto y casado con cierta dama que, vamos a decirlo así, también tiene sus traumas -o sus carencias- y la cosa, con ocasión del parto de sus dos hijos, mellizos, acaba entre mal y horrible, lo cual abre para Adam una larga etapa desastrosa en la que el apoyo de su criado chino, Lee, es crucial. Este personaje es esencial, pues lo mismo sirve de contrapunto a Adam y sus hijos como de pivote en torno al que convergen las familias Trask y Hamilton. También sirve para dar una visión social más amplia de la que permite el resto de personajes: la del inmigrante de etnia distinta a la dominante, siempre despreciado y relegado. Cal y Aaron, los hijos de Adam, crecen en la ignorancia total sobre su madre. Y más les vale. O no.
O no. Esta intencionada duda da idea del gran valor que a lo largo de la novela se da a la verdad. Lo explico. Ni por asomo Adam concede valor alguno a la mentira, que siempre es considerada despreciable, en especial cuando consiste en omitir datos clave. La cuestión se plantea en relación a la oposición entre verdad y silencio, o entre verdad y mentira piadosa. Dado que hay situaciones límite, las reflexiones son muy interesantes. Los personajes que sirven de referencia ética siempre se pronuncian favor de la verdad, pero al final comprendemos que en realidad no es así, sino que se pronuncian a favor de una verdad éticamente expuesta y con motivos éticos para exponerla, como queda claro en contraposición a la cruel verdad que cuenta Cal, y que nadie puede defender por más que sea verdad. Es decir, la verdad no tiene un valor ético por sí misma; es cómo se usa lo que la transforma en un instrumento de paz, de reequilibrio o de crueldad, incluso de venganza. Lo que legitima a quien usa la verdad no es el hecho de usarla, sino cómo lo hace y, especialmente, sus intenciones al usarla.
Y es que no solo hay verdades molestas. También las hay peligrosas. Ahora mismo soy especialmente consciente porque, por ejemplo, servidor de ustedes entró en conocimiento de una vieja verdad con capacidad para destruir a un pequeño mediocre que está acosando injusta y abusivamente a personas honestas a las que admiro y aprecio. El individuo hizo, hace años, algo que repugnará hasta a sus hijas. Durante años le ha protegido el temeroso y pragmático silencio de su víctima. ¿Pero ahora debe salir la verdad a la luz como acción de defensa? ¿O para restaurar los equilibrios produciendo un daño que evite o castigue los que él está provocando? Cada cuál tendrá una respuesta. No hay ninguna mejor que otra porque, como he dicho, lo importante es el ánimo de justicia con que se usa la verdad.
El descubrimiento de diversas verdades complicadas de digerir para quien las ignora es uno de los motores de la novela debido al interés emocional que suscitan. ¿Cómo reaccionará Fulano cuando se entere de que Mengana…? En estas casi setecientas páginas hay una verdad peligrosa detrás de otra.
El otro motor de la obra opera a más largo plazo: cómo acabará una familia en la que el padre y la madre han tomado rumbos distintos e incompatibles, cómo conciliar ambos en la figura de unos hijos que inevitablemente son el resultado de esas dos fuerzas dispares. Qué ha de salir de la unión de todo eso. ¿Una conciliación o una bomba?
A lo largo de las generaciones Trask se reproduce cierto patrón: quien dentro de una generación cree merecer más acaba amargando la vida al resto, al que intenta provocar un sentimiento de culpa (injusto, pero que acaba existiendo). El gran pecado de cada padre es no saber trasladar a sus hijos la convicción de que son iguales en derechos y afectos aunque no hagan lo mismo (entre otras cosas porque es imposible, ya que cada uno tiene una edad y se enfrenta a unas circunstancias vitales distintas) ni se comporten igual, aunque sean el día y la noche. No luchar por darles esa convicción produce en los hijos una errónea percepción de favoritismo o discriminación, y esto, a la larga, origina reivindicaciones del yo, del, como he apuntado antes, «yo soy más»¸ «merezco más» o «he hecho más». Y de ahí al enfrentamiento en la edad adulta. Los errores de cada generación se perpetúan así en las siguientes, que, salvo la gente brillante, no saben hacer sino aquello que han hecho con ellas.
Aunque luego, cuando se aproxima el final de vida y los caminos son ya por completo individuales, todo el mundo acaba haciendo balance. El que sintió de forma injusta un sentimiento de culpa debe aprender a vencerlo para liberarse y sentirse en paz; y, quien lo causó, a menudo acaba sufriéndolo con el agravante de que este sentimiento, este sí, está justificado. Que se joda, claro. Así es como en las postrimerías de la vida los injustamente tratados a veces se liberan y los que han provocado la opresión a menudo acaban sufriendo las consecuencias de su propia conducta, buscando, a la vejez, excusas para justificarse. Todo lo que en esta obra se muestra, para bien y para mal, también es espectacular, emocionalmente hablando. También todo esto muestra «Al este del Edén», la novela que este año, por algún motivo, me ha caído del cielo.
Por todo esto posiblemente esta sea una de las mejores novelas de la historia sobre el sentimiento de culpa, y de ahí que su final, inesperado y grandioso sin salir de algo tan pequeño como un ser humano concreto, tenga una fuerza enorme: después de todo lo que ha mostrado, John Steinbeck nos recuerda que nadie tiene por qué ser prisionero de nada ni de nadie, ni de su familia ni de su pasado, ni siquiera de su futuro previsible. Todos tenemos libertad de elección. Timshel.













