En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 2 de febrero de 2026

Los 38 asesinatos y medio en el Castillo de Hull y otras Novísimas Aventuras de Sherlock Holmes – Enrique Jardiel Poncela

 


    En 1936 Enrique Jardiel Poncela publicó «Los 38 asesinatos y medio en el Castillo de Hull». Las «Novísimas Aventuras de Sherlock Holmes», siete relatos aún más breves, fueron publicadas en 1939.

    Ni que decir tiene que, para entonces, Sherlock Holmes, el personaje que Arthur Conan Doyle (1859-1930) había alumbrado en 1887, era ya celebérrimo. La parodia suele hacerse sobre lo conocido y, además, en este caso, lectores eran quienes conocían de primera mano a Sherlock Holmes y lectores iban a ser quienes leyeran la parodia, lo cual no dejó de ser una osadía por parte de Jardiel porque, evidentemente, los destinatarios de la obra no podían ser otros que los previamente cautivados por Sherlock Holmes. ¿Cómo se lo tomarían? Cuánto menos arriesgado es parodiar a un personaje histórico, a un actor, a un pintor, a un músico o a un político.

    Aunque la osadía de Jardiel fue relativa, claro, porque cualquier parecido entre los dos Sherlocks es caricaturesco. Si el genuino maravilla a los lectores con su prodigiosa capacidad de deducción, el de Jardiel lo hace con lo «razonablemente absurdo» de sus a veces brillantes deducciones. Este es el gran mérito de esta obra, el modo en que se hila lo en extremo racional con lo irracional provocando la sonrisa. Por supuesto, ayuda el tono grandilocuente, caricaturesco, que impide tomarse nada en serio. Todo está contado por un entusiasta narrador que no es el doctor Watson, pero que hace su papel.

    Buena y breve lectura que satisfará a los asiduos al autor, porque es mejor que algunas birrias que publicó para pasar por caja, aunque este libro está a años luz de sus mejores obras.

    La edición que he leído, de Reino de Cordelia, es fenomenal, y contiene las dos obras señaladas al principio, decisión acertada porque entre ellas hay unidad de personajes, de tono y de recursos. De hecho, la primera tiene un calco en un relato la segunda a modo de broma, aunque también porque una se inspiró en la otra. Los dibujos de la cubierta y la sobrecubierta son de 1912 y 1914, obra de Gus Mager (1878-1956), autor estadounidense de ascendencia alemana. Mager se hizo famoso por las tiras cómicas que publicó en la prensa con, entre otros, el personaje de Sherlocko the Monk, luego Hawkshaw the Detective, inspirado, en Sherlock Holmes. El evidente carácter caricaturesco de esta serie de viñetas y de la obra de Jardiel, los lugares de publicación de ambas y las fechas de unas y otra dan idea de lo rápida y ampliamente que se había extendido la fama de Sherlock Holmes en un mundo donde sus andanzas solo podían circular en papel.



jueves, 29 de enero de 2026

Conquistadores, emires y califas. Los omeyas y la formación de al-Andalus – Eduardo Manzano Moreno


A menudo me hago muchas preguntas, me temo que muy simplonas, que no sé responder debido a mi supina ignorancia. La pregunta de quiénes somos «nosotros» es recurrente. El nacionalismo español, tan contento con su «Reconquista», término del que se choteó Ortega y Gasset, incluye en «los otros» a judíos y musulmanes (metiendo en el mismo saco, por cierto, a árabes y bereberes), como si lo crucial fuera haberse instalado aquí hace 1600 años o más y no 1300. Como si, para colmo, no se hubieran mezclado los pueblos durante mucho más de un milenio.

También me pregunto cómo los omeyas fueron capaces de crear tan rápidamente un imperio tan extenso y qué papel jugó una religión tan en pañales que su fundador había muerto menos de tres décadas antes de que se iniciara la expansión. Además, durante todo ese vertiginoso proceso el Islam aún se parecía mucho a lo que había sustituido.

Y, por último, cómo fue la evolución social y económica y, también, el papel de la evolución política e institucional.

    A las preguntas del primer y tercer párrafo encontré magníficas respuestas en «España diversa», de Eduardo Manzano Moreno, profesor de Investigación en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales (que dirigió seis años) del CSIC, investigador invitado en la universidad de Oxford y profesor invitado en la de Chicago, además de uno de los grandes especialistas en al-Andalus.

    Fue la buena experiencia con ese libro y la condición de especialista en al-Andalus del autor lo que me ha hecho leer este a la búsqueda de respuestas a las preguntas del segundo párrafo. 

    No solo las he encontrado, sino que, debido a la escasez de fuentes, he podido disfrutar del prolijo trabajo de investigación e interpretación del historiador, de sus dudas y de la necesidad de dejar espacios en blanco cuando nada puede rellenarlos sino la elucubración sin elocuente apoyo.

    No voy a resumir el libro porque soy incapaz, pero sí quiero reseñar dos aspectos que me han interesado sobremanera. En primer lugar, la convivencia de dos modos de expansión, la conquista y el acuerdo, con consecuencias muy diferentes para las centralizadas élites de Córdoba Damasco (en distinto sentido para cada una de ellas) y las diseminadas visigodas. Dos modos de expansión que implicaron importantes consecuencias sociales (comenzando de inmediato con la mezcla de élites) y políticas en las cada vez más complicadas relaciones Córdoba-Damasco. También me ha llamado la atención la autolimitación territorial de al-Andalus, conscientes los omeyas de la dificultad para mantener bajo control un territorio demasiado extenso, lo que limitó sus incursiones al norte de los Pirineos y de la península a operaciones de saqueo y aprovisionamiento, pero no de conquista. También, para el profano, resultan llamativas las somerísimas alusiones a las escaramuzas en los territorios fronterizos, más relacionadas con el saqueo y el aseguramiento de posiciones que con procesos de conquista o del inicio de una «reconquista» tan inexistente que ni se menciona a un mito fundacional del nacionalismo español como don Pelayo, que reinó entre 718 y 737. De hecho, tampoco se le menciona siquiera en el documento-fuente más importante de la época: la «Crónica del 754».

    Lo segundo que me ha llamado la atención poderosamente, supongo que por mi formación, es el crucial papel de la organización económica pública. Dos son las patas que cimentaron la rápida expansión de al-Andalus y la consolidación a su frente de los omeyas. La primera, la fiscal: la rapidísima elaboración de un censo y la conversión de las tropas en garantes del cumplimiento fiscal benefició a las élites omeyas y a las visigodas, favoreciendo la expansión, la convivencia y la mezcla. La limitación del número de soldados, devenidos en controladores fiscales, fue importante para explicar la no expansión más al norte. Casi tres siglos después, el creciente abuso del sistema fiscal acabó siendo una de las principales vías de aguas en el barco omeya. La otra pata económica es la «política monetaria», término que uso por entendernos, pero de injustificado uso en esa época: la acuñación de moneda y los tipos de monedas, su composición y uso es de los aspectos mejor documentados y es revelador de tantos e importantes aspectos que una completa colección de monedas, sabiendo lo suficiente de cada una de ellas, sería, para un historiador, una especie de crónica de esos tres siglos.

    Un libro interesantísimo, fantástico, aunque para los profanos como yo, que tenemos un interés real pero limitado, haya algunos pasajes que se hacen un pelín tediosos. ¡Que eso no desanimen a nadie!


lunes, 26 de enero de 2026

La aventura equinoccial de Lope de Aguirre – Ramón J. Sender

 


¡Pobrecico Sender, que publicó esta obra en 1964, cuando no estaba de moda (supongo) la novela histórica! Si no, se hubiera comido a casi todos con patatas. Aunque, quizá, un excesivo éxito de esta novela (que vio la luz en una editorial neoyorquina) hubiera sido contraproducente en España para su autor, porque, pretendiéndolo o no, desmitifica uno de los mitos fundacionales del nacionalismo español: el «Descubrimiento» (épico término no usado en ningún otro proceso de colonización de territorios «ignotos», es decir, hasta ese momento incomunicados con el colonizador), la creación de un «imperio donde no se ponía el sol». Esta «gloria» es el «lógico» corolario de atribuir forzadamente a los Reyes Católicos los valores del nacionalismo español: unidad, pureza étnica y pureza religiosa y cultural.

Con esta filípica queda claro que la historia de Lope de Aguirre, un personaje real a quien no conocía y que inspira la novela, no es precisamente ejemplar.

El título responde al contenido: el protagonista es Lope de Aguirre, inicialmente un piernas nacido en 1510 en Oñate al que el lector conoce años más tarde, ya en Perú, cuando, como dicen las biografías, es «explorador» y «descubridor»; o sea, «aventurero». Y su aventura discurre por el ecuador, por la «línea equinoccial», franja donde las noches duran lo mismo que los días durante todo el año, lo cual, unido al calor y la humedad sofocantes y a algunas otras cosillas como las siempre oscuras noches llenas de insoportables ruidos selváticos, permite justificar, a ojos de los personajes, que todos anden un pelín tarumbas.

Sobre las fuentes de Sender no voy a decir nada porque la introducción es clara, porque carezco de capacidad para juzgarlas y porque lo que a mí me interesa y me ha fascinado es el enfoque de la evolución humana que Sender da al personaje. 

Pero para exponerla he de contextualizar. La «aventura equinoccial» es un viaje, río abajo, desde el río Marañón, en Perú (que, a partir de su confluencia con el Ucayali, aún en Perú, se transforma en el Amazonas) en busca de El Dorado. La expedición, formada por varios centenares de soldados españoles, otros varios cientos de indios llevados como mano de obra y carne de cañón y un notable grupo de esclavos negros con funciones muy específicas, está al mando de un joven oficial, Pedro de Ursúa, que se hace acompañar de su bella amante. En algunos sitios se habla de esta expedición como si realmente buscara El Dorado y en algún otro se dice que fue la excusa para enviar al diablo a lo mejorcico de cada casa, incluido Lope de Aguirre, interpretación que choca con el elevado coste del viaje (¿Quién iba a gastarse tanto en despachar a la morralla? ¿O alguien fue engañado?). El caso es que cuando comienza la aventura Lope de Aguirre es ya un hombre mayor, sobre los cincuenta años, casi un anciano para la época, que viaja acompañado de su hija de doce o trece años y un ama; tiene fama de conflictivo o «loco», y también cierto rango que resulta ofendido por el primer empleo que recibe en la misión. Mala cosa, porque es también y sobre todo un tipo resentido con la vida: pequeñajo y enclenque, se fue de Oñate buscando fortuna y, mientras otros la han hecho, él solo ha sacado quedar lisiado y malviviendo, así que su amor por el poder establecido es más bien escaso, lo cual incluye al Rey de España y al Virrey de Perú. Es por eso por lo que llega un momento en el que acaba haciéndose con el poder de la expedición y cambia su destino por el que el hombre llevaba rumiando desde el principio: ganar el Atlántico para remontar la costa hasta Panamá y, desde allí, pasar a pie a Perú, derrocar al virrey e independizarse del Rey. Sin embargo, lo que ha caracterizado a Lope de Aguirre ante la historia no ha sido esta ambición sino su crueldad (sin perjuicio de que algunos iluminados lo consideren un precursor de los procesos de independencia). Acompañar a esta gente en el viaje a través de Google maps me ha permitido, más que conocer el Amazonas, cosa complicada, «visitar» el actual territorio venezolano, del que tanto se habló desde el día siguiente al que terminé la novela, debido al secuestro, pactado o no, a saber, de Nicolás Maduro por parte de los Estados Unidos de Trump y a la lamentable ruidera que las interesadas prisas diarréicas de algunos sectores montaron.

A grandes rasgos esta es la historia conocida, sobre la que se pueden construir tantas novelas como interpretaciones del personaje y de sus motivos se den. La construcción del Lope de Aguirre de Sender es tan interesante que no me extraña que Werner Herzog y Carlos Saura la adaptaran al cine en 1972 y 1988 respectivamente.

Para el lector la expedición tiene el atractivo del viaje, quizá sin retorno, hacia lo desconocido. El lenguaje de Sender es una maravilla. Escribe diáfano, rico y claro, como sin esfuerzo, cuando lo que narra es complicadillo. Volviendo al viaje, es un viaje de todo o nada movido por el ideal y la codicia, donde la lucha por la supervivencia solo es un acierto si el viaje culmina con el «todo». La movilización de alrededor de un millar de personas en embarcaciones precarias, con caballos, perros, ganado y más bienes de los que cualquiera pudiera imaginar es ya de por sí un espectáculo, una epopeya bajo un clima infernal y un ambiente hostil: un río inmenso y peligroso, con corrientes, cocodrilos y pirañas, una selva impenetrable plagada de fieras y animales venenosos, y tribus nativas que, en el mejor de los casos, los recibían con la alegría, ejem, con que se recibe al saqueador. Más allá de los personajes, la descripción del viaje es fantástica y, para quienes no estamos familiarizados con la época y lugar, permite hacerse una idea cabal de mínimos (espectaculares) y del alcance de nuestra ignorancia.

Desde el apresurado retrato que de él he apuntado, la evolución de Lope de Aguirre tiene dos fases. La primera es la del tipo acomplejado, resentido y tan mediocre que no acierta más que a culpar a otros de su propio fracaso. Esos otros son el Rey y, por extensión, cuantos están por debajo de él y por encima de Lope. El viaje es, lógicamente, tan accidentado que las ocasiones para encontrar problemas y alimentar el resentimiento se suceden. Pero, así como el buen señor no ha tenido la habilidad suficiente para satisfacer sus ambiciones, en cambio sí es un maestro cizañero, y la cizaña crece bien en la selva debido, qué fácil es la broma, a la ley que rige en ella. Llamar a la observancia de las normas a más de un millar de personas en condiciones cada día más complicadas, que no saben si avanzan hacia un destino o hacia la muerte y sometidas al dictado de un líder carente de experiencia y cuya legitimidad proviene de un Rey que ni está ni se le espera en esos andurriales, no es fácil. El señuelo de salvar el pellejo es fabuloso para alimentar cualquier rebelión. Lope de Aguirre lo sabe, y sabe también que las penurias de los expedicionarios contrastan con la dulce molicie de los capitostes establecidos en Perú y, no digamos ya, en la corte del Rey en la España de la que han salido todos, tan confortable en comparación con la locura selvática. Como experto intrigante, usa estas ideas sin dudar, si bien, aunque habilísimo para socavar la autoridad ajena, es un desastre para mantener la fuerza e integridad del grupo. Lope de Aguirre es un gran destructor que no sabe construir nada. Pero es también, aunque loco, un tipo calculador: en ningún momento da la impresión de creer en El Dorado (en realidad, ni él ni muchos otros), pero desde el primer instante es consciente de la oportunidad para la rebelión que para él supone el viaje.

Cual termita, acaba corroyendo todo hasta que llega el momento en que, tras un notable catálogo de intrigas, arbitrariedades y crueldades, queda al frente de la expedición. Ahora el tipo mediocre y resentido ya no tiene a nadie por encima quién echarle la culpa. Ahora su suerte está en sus propias manos. Sus proyectos ya los he anunciado, pero no que en ese destino que cree merecer guarda un lugar especial para su hija, la única persona por la que bebe los vientos hasta el punto de que la confianza de la chica en el miembro de la misión que la atiende transforma a este (que además es un tipo lo bastante inteligente como para leer el carácter de Lope y saber manejarlo) en la persona de la máxima confianza del nuevo líder. La hija, digo, está llamada a representar y alcanzar la posición que Lope de Aguirre, por razones de edad, no podrá disfrutar mucho tiempo. Aunque, bueno… Hay en él algo más fuerte que el amor a su hija: su insensato orgullo.

Así comienza la segunda fase en la evolución del personaje. ¿Cómo le afecta al ejercicio de poder? Pues como una botella de ginebra a una ardilla. Los argumentos de antaño se convierten en dogmas, y, como buen mediocre, para cada problema no encuentra una solución sino un culpable (que ahora, qué remedio, siempre está por debajo de él). Y, lo que es peor, también encuentra culpables para los problemas que solo pasan por su imaginación cuando es presa del miedo a perder su posición. Lope de Aguirre se convierte no en un cruel tirano, sino en un tirano cruel y enloquecido, tan arbitrario y despiadado que labra su propia ruina porque ni el más fiel y leal puede confiar en unas neuronas tan destartaladas como la suyas.

    Como entre enfermedades, accidentes e intrigas la expedición no había cesado de dejar cadáveres a su paso, el elenco de personajes se había ido reduciendo cada vez más, hasta que al final de la novela solo quedan los necesarios para que provocar las situaciones límite, cuando ya no se puede poner a nadie en medio, en las que todos terminan por retratarse definitiva e irrevocablemente. Especial y horriblemente, Aguirre.

«La aventura equinoccial de Lope de Aguirre» es la aventura del mediocre envidioso y acomplejado, incapaz de sobresalir siendo mejor que nadie, por lo que recurre a la «poda». Como es lógico, una vez en la cúspide el mediocre no encuentra la gloria sino, solo, la ocasión de demostrar a todos su infinita mediocridad. Incapaz de asimilarlo busca culpables a diestro y siniestro, generando un desastre mayúsculo del que, lógicamente, acaba siendo víctima.

¿Qué queréis que os diga? A mí, en estos tiempos, esta novela me parece una alegoría de lo que está ocurriendo en muchas partes y, singularmente, en Estados Unidos: el proceso por el que un incapaz accede al poder suele pasar por la manipulación y el engaño; y una vez en él intenta ocultar las pésimas consecuencias de su incapacidad echando la culpa de cualquier problema hasta al arcoíris, y montando un cisco mayúsculo contra los supuestos culpables del que nadie sale bien parado.

Una novela buenísima en la que el marco es tan brillante como el argumento.


lunes, 19 de enero de 2026

Comerás flores – Lucía Solla Sobral

 


En algún momento comencé a ver este libro en muchos sitios y siempre con opiniones favorables, entre ellas las de personas en cuyo criterio confío. En consecuencia, tan pronto como me topé con él en una librería caí alegremente en la tentación.

Comienzo por el final: el balance es positivo, «Comerás flores» es un libro que recordaré por su argumento y el modo en que se desarrolla.

Aludo al modo porque durante una parte de la lectura me ha sumido en cierta confusión, lo cual no es una crítica sino, visto el resultado final, un acierto.

Me explico. «Comerás flores» es la narración, en primera persona, de la relación entre una mujer que comienza teniendo 25 años (y termina con 27, edad desde la que narra la historia) con un hombre de cuarenta y tantos, separado, con una hija de la misma edad que la protagonista y una profesión que parece glamurosa (por cómo la vende) que le proporciona pasta en abundancia y contactos adinerados. Por contraste, cuanto rodea a la chica, su familia, su trabajo, su historia… es de un habitual que la sitúa en la mediocridad. Cenicienta de clase media y alguien de su misma condición pero con bastante más pasta e ínfulas de príncipe.

Para bien o para mal, en los inicios de la lectura me venía a la cabeza «Hay algo que no es como me dicen»¸ la obra en la que Juan José Millás analizó el acoso a la concejal de Ponferrada Nevenka Fernández (26 años) por parte del alcalde, Ismael Álvarez. El punto más brillante de ese libro expone el contraste entre la inocencia y la falta de experiencia de una mujer que apenas había salido del cascarón y el colmillo retorcido de un cacique y «empresario de la noche» (vaya eufemismo) ya cincuentón. Esa diferencia era clave para explicar el desequilibrio que facilitó el acoso. Este libro venía a mi mente para bien o para mal, decía al principio del párrafo, porque al leer «Comerás flores» sin darme cuenta comparaba a la pareja protagonista con la del libro de Millás.

Quizá por eso haya experimentado algo de confusión, porque me ha costado más situarme.

La relación entre Marina y Jaime comienza con una especie de flechazo lo bastante bien contado como para hacer natural su deje peliculero. Por evidentes razones de edad Marina no tiene tanta experiencia vital como Jaime, pero tampoco es una recién llegada al mundo adulto: trabaja, ya no vive con sus padres sino con una amiga, no parece haber estado especialmente sobreprotegida y ha pasado por el trance de la muerte de su padre. Sin embargo, así como desde el comienzo queda claro para el lector que Jaime sabe lo que hace y por qué, sobre Marina planea la duda de hasta qué punto será capaz de suplir la falta de experiencia con sentido común e inteligencia. Además, aún está en pleno duelo por la muerte de su padre, tiene vivo el recuerdo de las relaciones afectivas dejadas atrás (con cambio de vida incluido) y tener que vivir con una amiga da muestra de la precariedad de su situación económica.

Todo esto es importante, porque cuando la sinopsis habla de los «espejismos de las relaciones desiguales» quiere decir que alguien, la víctima del espejismo, sale trasquilado. Y si hay víctimas, hay responsabilidad. Lo desconocido es cómo se reparte ésta en el caso concreto. Unos dirán que la responsabilidad de zamparse a la cordera es del lobo que la agrede y, otros, que es de la cordera por no advertir que un bicho con unos colmillos tan grandes no puede ser solo un amoroso borrego adulto. En «Comerás flores», al principio, la falta de reacción de Marina a detalles elocuentes produce cierta exasperación. «No puede no darse cuenta», piensas, y de ahí pasas a temer que el planteamiento esté siendo forzado. Pero según avanza la lectura y con ella los hechos que forman la historia, la responsabilidad se va inclinando de modo natural hacia el lobo. Esto exculpa a Marina porque, además, aunque a veces los muestren, nadie dijo que los lobos no sepan ocultar sus piños. De hecho, esa es la astucia que permite la manipulación. La secuencia de escenas que van desde el conocimiento a la convivencia van dejando las cosas claras al lector, espectador de algo que ve venir como desde una atalaya y que, precisamente por eso, puede analizar a placer. 

Jaime y su cuenta corriente colman de atenciones a Marina, lo cual es común a los borregos enamorados y a los lobos en cacería. Estos últimos siempre usan de modo consciente el exceso de atenciones para excluir al resto del mundo; esto es, para aislar a la víctima y poder disponer de ella. Solo entonces, o si la víctima intenta escapar al ser consciente de la trampa, el lobo enseña los dientes. El borrego enamorado también colma de atenciones que acaban aislando a su amada, pero lo hace de un modo compulsivo y no premeditado, casi por glotonería emocional; por eso, cuando la víctima intenta escapar, unas veces el borrego se bate en retirada con un mayúsculo soponcio y otras… se convierte en lobo.

«Comerás flores» mantiene en vilo al lector jugando con dos ideas que derivan de lo anterior: la primera, cuánto de lobo y cuánto de borrego enamorado tiene Jaime y, la segunda, cuándo se dará cuenta Marina de que no está formando un «nosotros» sino que está cediendo su propia vida a mayor gloria de la de Jaime porque, si algo queda claro desde el inicio, es que la iniciativa la lleva él y para hacer lo que él quiere. Precisamente por eso hablo de lobos y corderitos mejor que del mutuo cortejo entre animalitos en celo.

También es necesario fijarse en la concepción del amor o de la atracción (diferencia a la que luego aludiré). ¿Jaime se fija en Marina por lo que es o por lo que cree que puede hacer de ella? ¿O porque, como mujer joven y atractiva, es la pieza de caza que un triunfador como él merece y con la que eterniza su propia juventud? ¿Y ella? En muchos de sus comentarios hay un punto de cálculo cuando en la balanza siempre aparece el bienestar material que Jaime puede procurarle. ¿Dónde quería ir cada uno cuando ha puesto al otro en su ruta?

    Yendo más allá, también es relevante pensar en el papel del «fechazo» en este tipo de historias. Es decir, en la diferencia entre atracción y amor. Como el amor está vinculado al conocimiento, está claro que los flechazos se basan en el atractivo. ¿Cuál? El que, puesto que no se conoce a la otra persona, se le presupone: lo que se cree que esa persona es, o lo que se espera de ella, o lo que se desea, o lo que representa o parece. A saber. Luego, quizá mucho tiempo después, cuando se avanza en el conocimiento y, sobre todo, cuando se disipan las tinieblas de las presunciones, es cuando surge el amor, el odio o la indiferencia. Esta filípica viene a cuento de los desequilibrios y las posibilidades de manipulación que se abren cuando, ante un «flechazo», una de las personas cree en él y la otra no. Adivinad cuál lo tiene más fácil para manipular a la otra. Adivinad quién se ha enamorado del amor y quién del cálculo.

    Y termino: Marina no está sola frente al destino. Parafraseando sus recurrentes balances de situación, tiene una familia, amistades, una perra y un padre muerto. Tiene su propio mundo. El papel que cada uno de esos componentes juega en su vida acaba influyendo en el devenir de una historia que lo es, también, sobre arraigos y desarraigos afectivos, sobre hasta qué punto puede uno cambiar sin dejar de ser lo que es, sobre las consecuencias de dejar de serlo y sobre qué parte de nosotros son cada uno de los otros.  

    En fin… Vaya testamento. Si has llegado hasta aquí, ojalá te anime a leer las poco más de 240 páginas de esta novela.


lunes, 12 de enero de 2026

Facha – Jason Stanley

 


Mayúsculo error «traducir» el título original, «How Fascism Works: the Politics of Us and Them», por «Facha». Primero, porque este término solo se utiliza en España, lo cual va en contra del carácter general de esta obra (que, para colmo, ni menciona a España) y tiene unas claras connotaciones peyorativas que no caben en una obra científica, por divulgativa que sea, ¡y que no cabe atribuir al autor! Segundo, porque esa «traducción» es un engendro mercantiloide destinado a buscar un público previamente adepto a la causa (no hace falta más que ver la faja, que da vergüenza ajena), cuando la utilidad de una obra como esta es que la lea todo el mundo, especialmente aquellos que, sin darse cuenta, más cerca están de dejarse seducir por lo que esta obra llama «fascismo». El título y la faja espantan a cualquiera que, buscando rigor, no se moleste en informarse sobre el autor y su obra. Pésimo favor le han hecho Jason Stanley y a su indudable compromiso con sus ideas.

    Jason Stanley es profesor de filosofía en la Universidad de Yale, siempre entre las diez primeras del mundo. Esta obra ha sido traducida a más de veinte idiomas. En 2025 anunció que, debido al ambiente político en Estados Unidos, se trasladaba a Canadá, a la Universidad de Toronto. En una entrevista publicada La Vanguardia el pasado 30 de abril Stanley afirmó: «Tomé la decisión de irme porque no quería vivir con ese miedo constante a ser perseguido, algo que comparto con muchos de mis colegas. ¿Por qué vivir con ese miedo si no es necesario? También me voy porque no quiero que mis hijos crezcan bajo el fascismo. Y para enviar un mensaje: que el combate debe ser internacional. Puede que esté perdido en EE.UU., pero la lucha contra el fascismo y el autoritarismo es global. Es por la democracia, no importa dónde estés. En Berlín, mi familia vivió el terror absoluto. Aquí, no hemos llegado todavía a ese punto, pero no sabemos qué pasará. Creo que estamos en el equivalente a 1933. Actualmente, los no ciudadanos ya no tienen derechos en EE.UU. Para ellos, esto ya es la Alemania de 1939».

Dicho todo esto, añado que, como en algún lugar de las páginas del libro se señala, el significado de las palabras cambia con el tiempo, y en esta obra hay que entender «extrema derecha» cuando dice «fascismo». No usa la expresión con connotaciones despectivas o desdeñosas, sino como el nombre de un peligro que se cierne sobre las democracias liberales actuando a través de los mecanismos que el libro describe. 

La extrema izquierda solo crece en países pobres con diferencias socioeconómicas tan generalizadas y enormes que solo permiten la existencia de una pírrica clase media, porque la desigualdad es el caldo de cultivo del igualitarismo. Por este mismo motivo apenas existe más que testimonialmente en las sociedades occidentales (por más que en el muy polarizado debate político se califique de extrema izquierda a quienes no lo son). En las sociedades desarrolladas, con amplias clases medias, el extremismo que prospera es el de derechas. Es un extremismo de corte nacionalista que explota el miedo de la amplísima clase media, el temor a perder la posición privilegiada, los niveles de bienestar históricamente elevados que han alcanzado estas sociedades. Son clases medias dominadas por el hombre blanco, pues no es ningún secreto que hasta el presente es quien ha detentado las posiciones de poder y se ha tratado a sí mismo mejor que a las mujeres blancas y, no digamos ya, que al resto de colectivos. 

El autor analiza políticas de extrema derecha de forma metódica a través de diez capítulos que abordan el pasado mítico (los mitos fundacionales, los supuestos héroes del pasado que encarnan la pureza de ideal al que hay que regresar y que, por tanto, se enfrenta a todo lo «nuevo»); el papel de la propaganda, que no de la información; el ataque al intelectualismo y al rigor científico, por lo que de clarificador tiene acerca de la historia, la igualdad o los miles de complejos aspectos de la situación sociológica; la creación de irrealidad (necesaria para alumbrar el miedo y usarlo para pastorear el rebaño); el papel de la jerarquía, básica en una mentalidad que persigue, en última instancia, adueñarse del poder a través del culto al líder que, a su vez, encarna a esa clase privilegiada (y convencida de serlo incluso en los casos en que no lo es); la explotación del victimismo (hasta el punto de crear víctimas donde no las hay); la manipulación del concepto de «orden público» (lo que está mal es lo que hacen los otros); el papel de lo que llama «ansiedad sexual» (las razones por las que el feminismo y los colectivos «sexualmente distintos» son a un tiempo despreciados y culpabilizados); la manipulación de las diferencias entre el medio rural (insólito guardián de las esencias patrias) y el urbano propiciadas por los avances en la productividad; y, por último, el esfuerzo por desprestigiar y anular a los sindicatos, principalmente, y a otras asociaciones similares con el fin de eliminar cualquier organización capaz de defender intereses comunes a personas de diferentes nacionalidades, etnias o religiones: no hay que consentir nada que difumine las diferencias entre «ellos» y «nosotros».

Todas esas «políticas» de división, de creación de un «nosotros» y un «ellos», implican diversas manipulaciones que buscan crear sensación de aislamiento, de soledad, de estar «solo ante el peligro» para que el individuo busque la protección del líder salvador. Que estas repugnantes políticas consiguen lo que buscan lo demuestra la historia de Estados Unidos y la europea, principal aunque no únicamente, y, lo que es peor, también su presente.

La obra, divulgativa, aúna complejidad, profundidad, rigor y claridad expositiva. Los datos, las declaraciones de unos y otros, son incontestables y clarificadoras.

Jason Stanley es riguroso. Es decir, fiable, como corresponde a un científico. Lo que no es, porque es imposible, es neutral. Toma partido por las democracias liberales, el único modo de gobierno que, aunque inevitablemente enfrentado a contradicciones, se basa en el respeto de la dignidad y de las libertades individuales y colectivas de todos los seres humanos. Un sistema minoritario en el mundo y tan reciente en la historia que es absurdo pensar que no esté en peligro, que no sea mucho más frágil de lo que pensamos. La historia, a fin de cuentas, es la de la lucha por el poder y el mantenimiento u obtención de privilegios. La democracia es lo contrario: la convivencia entre personas e intereses enfrentados.


jueves, 8 de enero de 2026

La plaza del Diamante – Merçè Rodoreda

 


Bellísima novela escrita de un modo que aúna complejidad, sencillez y delicadeza. Cuánto cuenta sin contar nada más que unos cuantos años de la vulgar vida de Natalia, una joven huérfana de madre que, en las fiestas de Gracia de algún momento cercano a los años treinta del siglo pasado conoce, en la plaza del Diamante, a Quimet, con quien se casa un año más tarde. Luego llega la República, los hijos, la guerra… Y la guerra se lleva por delante cuanto había. Tras ella, ¿es posible reconstruirse?

Merçè Rodoreda (1908-1983) que no tuvo una vida fácil, especialmente como consecuencia de la Guerra Civil y la posterior dictadura, escribió «La plaça del Diamant» en 1962, en catalán. La obra es, pues, deudora tanto de la época en la que está escrita como de la que sirve de marco a la historia. Deudora por lo que cuenta y por lo que reivindica.

No hacen falta muchas líneas para percibir que Natalia no es dueña de sí misma por ser mujer. Solo es dueña de un tonto azar: el de ir o no a la plaza del Diamante a bailar. Allí Quimet la elige y ella termina por aceptar sus pretensiones tras una evaluación con poco margen porque lo pragmático está muy por encima de lo emocional. Pronto sabemos que Quimet es celoso hasta lindar con el peligro y que Natalia se somete sin apenas vacilar. Además, Quimet anula la personalidad de Natalia hasta hacer de ella «Colometa» («Palomita»), y, para colmo, llevado por sus aficiones e ingenuos sueños de prosperidad convierte el hogar familiar en un repugnante palomar. Sin embargo, ninguno de los dos es individualmente culpable, porque son personas de su tiempo que no pueden ser nada distinto a los hombres y las mujeres de esa época entre otras cosas porque tampoco su escasa formación les ha puesto en disposición conocer y perseguir ningún ideal. Son carne de cañón, aunque, lógicamente, la vida es más satisfactoria para Quimet, que al fin y al cabo hace lo que quiere dentro de la corriente que lo lleva, que para Natalia, siempre sometida a su marido.

El entorno del matrimonio son los amigos de Quimet, personas muy similares a ellos, obreros de baja extracción social, trabajadores, siempre dispuestos a echarse una mano entre sí, aunque en esto Quimet es el más disperso, si puede decirse así.

Natalia y Quimet se ganan más o menos la vida gracias al trabajo de Quimet como ebanista y al de Natalia como criada en la pintoresca casa de unos rentistas, pero tienen ambición de mejora. El problema es que si Natalia ha tenido el realismo de buscar la mejora buscando ese trabajo, las ocurrencias de Quimet se van una y otra vez por el sumidero de los cuentos de la lechera.

Hasta que llega primero la época final de la República, cuando el enfrentamiento social es ya abierto y, posteriormente, la Guerra Civil y un sinfín de angustiosas penurias que son lo mejor de la novela por el modo en que Rodoreda muestra cómo el afán de supervivencia se enreda con el sentimiento de dignidad permitiendo que sea la penuria la que muestre la valía de cada persona.

Este drama tan hermosamente contado continúa en los inicios de la postguerra. Todo ha quedado arrasado. No queda más que hambre, vacío y desesperación. Hay tan poco, en lo material y en lo emocional, que ni siquiera las personas tienen con qué reconstruirse.

Y así está Natalia, con un pie en el abismo y otro en la nada.

¿Qué la salva? El modo en que la miseria ha hecho conscientes a muchas personas de la dignidad de todos. Especialmente de la dignidad de los más desesperados.

Llegados este avanzado punto de la novela se abre una nueva normalidad que para el lector resulta esperanzadora y, sin embargo, no lo es para Natalia. ¿Por qué? Porque cuando hablamos de reconstrucción personal… ¿A quién debe reconstruir ella? ¿A Natalia o a Colometa? ¿A la chica que una noche fue a la plaza del Diamante a bailar o la esposa, madre, y antigua sirvienta caída en la soledad y la miseria? 

Que la vida puede desbordarnos con facilidad hasta el punto de destruirnos emocionalmente es algo sabido. Que reconstruirnos es difícil, también. Pero no lo es tanto que muchas veces el problema es no saber qué quiere uno reconstruir, qué quiere uno hacer de sí mismo cuando hasta lo que le limitaba se ha derrumbado. Natalia no era Colometa, pero había llegado un momento en el que Natalia también era Colometa.

La novela se cierra del mismo modo hábil, eficaz, discreto y delicado en que ha transcurrido toda la narración, como si las palabras se retirasen para dejar paso a la primera luz sobre la solución.

Una grandísima novela.


lunes, 5 de enero de 2026

Casas de cristal – Louise Penny

 


Cada otoño/invierno leo una novela de Louise Penny. Diez llevo ya. La llegada del frío me hace sentir mejor las ventiscas que azotan Three Pines, el calor de los fuegos en el bistrot, los que arden en las casas de los personajes, rodeados de butacas, y la reconfortante calidez de los cafés au lait que pimplan. Además, el paisaje otoñal que me ha rodeado en los lugares donde he leído esta novela y la anterior de la saga bien pudieran ser el de esta pequeña e inexistente localidad canadiense.

«Casas de cristal» me ha permitido disfrutar de esta manía porque la mayor parte de ella transcurre en otoño y alcanza las primeras nieves. El resto transcurre en Montreal, en verano, con un calor sofocante y todos los personajes chorreando sudor casi hasta que el libro rezuma.

Con esto ya avanzo algo: en esta novela Louise Penny alterna dos tiempos. Uno en el que suceden las cosas (noviembre) y otro, posterior (julio) en el que se juzgan. Aunque quien lea hasta el final verá que en julio también ocurren más cosas, como resulta lógico porque de otro modo no sería fácil mantener la dualidad.

La acción estival se centra en la declaración, día tras día, de Armand Gamache como testigo de cargo en el juicio por un crimen en Three Pines. Lo es a iniciativa del fiscal, con quien parece mantener disensiones. La jueza, novata, está ojo avizor. Por cierto, hablando de ella, en esta novela y en la que justo había leído antes, «La hora de la fuga», de Graziella Moreno,  aparece una mujer casada con otra, algo inédito en todo lo publicado hasta finales de la primera década de este siglo, lo que demuestra que poco a poco la realidad se va filtrando en la ficción.

La declaración de Gamache se enlaza con sus recuerdos, narrados estos al modo convencional de las novelas de Penny. Así sabemos que un buen día otoñal, en ese apacible y bucólico pueblecito donde nunca pasa nada (solo lo suficiente, ejem, ejem, como para alimentar una larga saga de novelas negras) ha aparecido un encapuchado misterioso al que no se le ve la cara porque también va enmascarado. El tipo se planta en mitad de la calle y allí se queda, quieto como una estatua, sin menearse ni hacer nada durante horas y horas. Tantas que el lector llega a preguntarse si llevará pañal.

Tan, ejem, inocente actividad (¿o inactividad?) pone de los nervios al personal, porque una cosa es ver a alguien disfrazado de mamarracho y otra sentirte a merced de un desconocido adefesio que lo mismo puede estar como una regadera que tener malas intenciones. El caso es que como Gamache y compañía son muy pitos enseguida enlazan el asunto con algo relacionado con España (ahí lo dejo) y con una inexistente isla entre España y Marruecos que Penny se inventa para la ocasión. El ataque de españolidad incluye alguna mención a la Guardia Civil.

No cabe comienzo más pintoresco y, a la vez, por la incertidumbre que genera una inocente pero amenazante inactividad, perturbador.

Con este planteamiento, y brincando de noviembre en Three Pines a julio en Montreal, Louise Penny consigue trenzar una compleja historia con un final tan apoteósico que parece mentira que haya empezado de un modo tan estrafalario: llega a haber un crimen, por supuesto, que para eso esto es una novela negra; y lo enlaza con el pasado local que otras veces ha traído Penny a colación (hasta donde alcanza la memoria de los más viejos del lugar, en especial la de la extravagante poeta Ruth Zardo), a su vez mezclado con un pasado aún más remoto, mítico y ajeno al lugar (en esta ocasión, inventado); añadan ustedes jugoso tomate relacionado con los cárteles del crimen y, por supuesto, las esforzadísimas andanzas del sr. Gamache al frente de la Sûreté du Québec, de la que es jefazo máximo tras haber descubierto, novelas atrás, que tal organización era un estercolero uniformado. El bueno de Gamache está decidido a hacer de esa organización algo modélico, pero debido a ese lamentable pasado los malos están a un pelín de convertirse en los dueños del mundo. Atizarles el épico mamporro que los contenga exige de don Armand las dosis de imaginación, osadía, heroísmo y sacrificio a las que ya tiene acostumbrados a sus seguidores, aunque en esta ocasión la inmolación llega a su cénit: no solo afecta a su pellejo y reputación, sino incluso a sus principios. Penny hace de su personaje en esta novela algo más que un brillante e intuitivo  investigador: la magnitud de la operación en que desemboca la novela y la abnegación de Gamache hacen de él un héroe. Discreto y abnegado, pero héroe. No es frecuente en la novela actual, que yo sepa. Por supuesto, Gamache también pisa charcos políticos (la política es uno de los contratiempos de todo héroe moderno), gracias, sobre todo, a ciertos personajes de visita en Three Pines que, la verdad, no están demasiado bien perfilados. Tampoco lo están otros dos, nuevos residentes. Como colofón, el monumental soponcio que afecta a uno de los personajes, al estilo de otro que ya dio Penny en otras novelas, hace encoger el corazoncito del lector adicto. Y al final, en ese punto, uno se pregunta cómo ha llegado la autora desde un pasmarote enmascarado a esa especie de batalla apocalíptica. Lo sabrá quien lea la novela. Construir una historia así tiene gran mérito, aunque solo sea por la imaginación. 

Pero en sus páginas concurren más méritos. Con lo que llevo dicho queda claro que la novela es muy peliculera. Esto no impide que esté muy bien contada, fenomenalmente estructurada y con la información eficazmente dosificada (aunque no tan bien como para que el truco del voluntario silencio de la autora no cante demasiado). Los personajes que aparecen en Three Pines para lo ocasión son los peor perfilados. Si por prisas por sacar una novela al año o porque ya no han de deambular más por el pueblecito, la autora lo sabrá. Pese a estos detalles negativos, el resultado global es una historia intensa, que atrapa. Una obra que, como las anteriores, hace reflexionar al lector, viendo al personaje, sobre la importancia de los principios. Gamache es de una honestidad tan quijotesca que pocas veces se ve en nuestra sociedad. Una honestidad que normalmente estaría reñida con el pragmatismo de no ser porque Gamache es capaz de, con una habilísima carambola en una partida de billar, hacer jaque mate en otra de ajedrez. 

    Que Gamache pase de eficaz investigador a héroe no sé si afectará a la credibilidad del personaje. Probablemente no, porque igual que gusta soñar con lugares idílicos, como Three Pines, también alivia pensar que los héroes existen. Ahora, que si yo fuera residente en Tree Pines y valorara su supuesta tranquilidad, mandaría al héroe de vuelta a Montreal con un lacito.




jueves, 1 de enero de 2026

El Partenón – Mary Beard

 



Primera obra que leo de Mary Beard, catedrática de Lenguas Clásicas en el Newnham College, de la Universidad de Cambridge, y premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales. No creo que sea la última.

El título no engaña: «El Partenón» cuenta la historia del Partenón, y nada más; uno de los edificios más antiguos, famosos y reconocibles del mundo. Fue construido como templo de la diosa Atenea, pero también acabó siendo catedral, mezquita, polvorín… hasta acabar convertido en un puzle repartido por medio mundo.

Pero no voy a resumir aquí su historia, pues para conocerla está el libro.

Lo importante de esta obra es el modo en que la autora cuenta y resume lo que se sabe, plantea las principales dudas sobre lo que hay información escasa o contradictoria, lamenta y cuenta lo que se ignora y, siempre con un punto de humor, evalúa las principales hipótesis para salvar dudas y lagunas, y las principales posturas (normalmente interesadas) que a lo largo de la historia han defendido unas u otras.

Las fuentes de información son a un tiempo abundantes y escasas. Lo primero, porque casi ningún otro edificio tan antiguo ha recibido tanta atención (¿quizá las pirámides egipcias?); lo segundo, porque las fuentes existentes son insuficientes para pintar un cuatro que sea algo más que aproximado. Mary Beard, guiada por lo que se sabe no se pierde en lo que se ignora, y así conduce de la mano al lector, con suma habilidad y un lenguaje cercano, por un ameno viaje por la historia de un edificio que le permite repasar, también, la historia de occidente.

Esta es la razón de ser del libro y lo que da respuesta a muchas de las polémicas que en la actualidad rodean al Partenón: su imagen y su simbología están tan arraigadas que no hace falta haber nacido en Grecia (si es que de los antiguos griegos queda algo en los actuales) para sentir que algo le debemos al Partenón y a la cultura (excesivamente idealizada) que lo alumbró. Esta idea es la que modula la mirada del lector y, también, la posición de quienquiera que desee posicionarse con rigor ante cualquier de las polémicas referidas.

Por otra parte, el Partenón es también un mito, una especie de mito fundacional, lo cual supone que recaen sobre sus espaldas –más bien sobre las de la cultura en la que se construyó- un sinfín de patrañas que el común de los mortales cree a pie juntillas. La idealización que antes he mencionado.

Una magnífica forma, profusamente documentada, de hacer turismo. Y, desde luego, mucho más enriquecedora y descansada que patear a pie el ahora despellejado monte de la Acrópolis.


lunes, 22 de diciembre de 2025

Papá Puerco – Terry Pratchett

 


¡Anda que no hace falta osadía para hacer de la Navidad una fiesta tan porcina como en esta novela! Ni quienes papeen cochinillo asado cada Nochebuena discutirán el atrevimiento, y eso que la Navidad, con su ingente carga de mitos, tópicos y «costumbres» alumbradas por el mercantilismo es terreno abonado para hacer brillar la prodigiosa capacidad de Pratchett para la sátira y la parodia. 

Es lo que sucede en «Papá Puerco», aunque, la verdad, esperaba otra cosa. Algo bastante distinto, más ceñido a la tradición. O, ejem, a destrozar la tradición, ejem. No es así y, por tanto, también tengo la sensación de que la novela ha dejado pasar una buena oportunidad, aunque esto, por derivar de una simple expectativa errada, lo mismo lo pienso que lo pongo en duda.

Papá Puerco es el trasunto, en el Mundodisco, de Papá Noel, como la Noche de la Vigilia de los Puercos lo es de la noche de Navidad. Papá Puerco pasa esa noche en un trineo tirado por cuatro jabalíes y se cuela por las chimeneas para dejar regalos a los niños, siempre que hayan dejado el calcetín para meterlos y hayan escrito la conveniente carta pidiendo sus juguetes. 

    O al menos así ha sido siempre hasta el comienzo de la novela, porque un eficaz miembro del Gremio de Asesinos parece haberse cargado al buen señor. Fuerte, ¿eh? Así que a los niños no les van a dar ni morcilla. O sí, pero solo figuradamente. El caso es que, para evitar tamaño desaguisado, no recuerdo muy bien por qué quien asume el papel de Papá Puerco en la noche de la Vigilia de los Puercos es nada menos que la Muerte. Probablemente el personaje más celebrado de Pratchett, y con razón, aunque en esta novela, y por exigencias del guion, se permite pensar y actuar de un modo algo distinto a lo que está acostumbrado el lector.

    Dicho así el planteamiento parece sencillo, pero no. La Muerte, que va acompañada de Albert, personaje ya conocido, involucra en la solución del follón a Susan, nieta de la Muerte, que apareció en la saga en Soul Music, si no me equivoco, y que pronto se ve en tratos con el dios (o, mejor dicho, el «oh, dios») de las resacas. Aunque parezca increíble, lo sucedido y la existencia de ese «oh, dios» son asuntos relacionados: la ausencia de Papá Puerco limita la creencia en él y esto genera un excedente de creencia que permite creer en otras cosas que, por ese simple hecho, pasan a existir. De ahí que los magos de la Universidad Invisible, capitaneados por su estrafalario pero inteligente archicanciller, anden a un tiempo pensando en las «navidades» y en averiguar qué diablos está pasando con la aparición de ciertos seres apenas se les nombra, todo ello con la desesperación de Ponder Stibbons, el más intelectual de los magos, que ha desarrollado una especie de ordenador, más bien una inteligencia artificial, que funciona con hormigas y otras cosillas así y que el archicanciller se empeña en usar para cosas digamos… absurdas. Además, Teatime, el asesino sin escrúpulos, se ha rodeado de una pintoresca banda de malhechores (uno de ellos, Dave, tiene el amenazador apodo, ejem, de «el Normal») y no está claro qué pretende. A todo esto, no se sabe qué ha pasado con el Hada de los Dientes, una especie de Ratoncito Pérez, ni qué hace o ha estado haciendo con la monumental cantidad de piños infantiles que debe de acumular. Por supuesto, el espacio tiempo es una cosa bastante flexible. 

    La sensación que a menudo tengo con Pratchett de que se me escapan los detalles que hilan una cosa con otra ha sido aquí más fuerte que otras veces, aunque, como siempre, al final también he tenido la impresión de que todo encaja. A esa primera sensación ayudan los innumerables cabos sueltos que el autor voluntariamente deja para ir atando según pasan las páginas, la abundancia de personajes cuyo papel nunca está claro debido a las, ejem, peculiaridades del Mundodisco, el constante salpicar la trama con escenas graciosísimas pero que no afectan al argumento y la propia complejidad de la historia.

«Papá Puerco» es una novela muy divertida, en la que los saltos entre las andanzas de cada grupo de personajes ofrecen un contraste permanente y fluido en el que participan no poco dos clásicos de la saga ya mencionados: la Muerte y los magos.

Una buena novela con el problema, que he apuntado antes, de que los excesos de la Navidad (la nuestra) son tan evidentes que el lector llega a esta novela con la expectativa de que van a ser felizmente parodiados por hipérbole, cuando luego no es así y la cosa deriva por caminos más truculentos. 

«Papá Puerco» es, más que una sátira de la Navidad, una defensa de la imaginación (Pratchett vuelve a la idea de que existe aquello en lo que se cree y deja de existir aquello en lo que se deja de creer) y de la inocencia infantil (a la que tantos personajes retornan en estas páginas).

No son malas ideas para recordar a los adultos.


jueves, 18 de diciembre de 2025

Amado monstruo - Javier Tomeo

 


«Amado monstruo» es una novela breve, formato en el que Javier Tomeo fue un grande (porque lo pequeño puede ser grande), que bien podría ser una obra de teatro de sencilla escenificación (de hecho se adaptó), porque consiste en un diálogo en un despacho.

Juan, uno de los dos protagonistas, aunque parece el principal, es un hombre de 30 años que ha vivido sometido a su madre sin apenas salir de las cuatro paredes del piso en el que viven: ella ha sido su madre, su profesora, su amiga y su protectora. Menos su amante, todo. Y aún de esto podría dudarse desde el punto de vista espiritual. Para todo lo cual no les ha hecho falta salir de casa, y como ninguno de los dos necesita trabajar porque ella tiene rentas escasas pero suficientes, poco mundo conoce Juan más allá de unos pocos cientos de metros alrededor de su vivienda. Pero el caso es que el «niño» se ha rebelado y, arriesgando su vida, ejem, por calles desconocidas, ha acudido a una entrevista de trabajo con el fin de obtener un empleo como guardia de seguridad en un banco. 

Le entrevista Krugger, un hombre absolutamente leal a su empresa y tan bien integrado, ejem, en la estructura jerárquica que de él para abajo es todo rigor y firmeza y, hacia arriba, mieles y servilismo.

Krugger entrevista a Juan con la finalidad de saber qué tipo de persona es y hasta qué punto el banco puede confiar en él, lo cual permite varias cosas. La primera, da la excusa para que Juan se dé a conocer, para que explique su extraña vida y el lector pueda ver hasta qué punto la extravagancia ha influido y cómo en la formación de su carácter. La segunda, permite originar un brillante juego psicológico entre ambos personajes: cada uno cree saber la razón de las palabras del otro y calcula sus respuestas y réplicas en función de la interpretación probable de cada término. No solo vemos el lenguaje, sino el cálculo del lenguaje. Una delicia. Tercero, los puntos en común entre la vida de uno y otro permiten romper la distancia propiciada por sus roles de modo que la conversación se enriquece y la situación se complica. A este respecto, siempre está presente en la mente de Juan y del lector que el desenlace puede ser el éxito de la entrevista (la contratación) o el fracaso (la no contratación); en la mente de Krugger también esto está presente, aunque para él el éxito es contratar a la persona adecuada y el fracaso contratar a la indebida. Es aquí donde, para acabar de retratar a Krugger aparece indirectamente, sin hacer acto de presencia, un cuarto personaje, su jefazo, Y, último punto, la evolución del diálogo acaba creando una nueva historia: la «independencia» de Juan respecto a su madre, los tiras y aflojas, las infantiles triquiñuelas de su madre, la guerra entre ambos a cuenta de la decisión de acudir a esa entrevista de trabajo, todo un acto de rebeldía. Una proclamación de independencia.

Llegados a ese punto la visión de la entrevista cambia. Lo que al principio ha sido solo una circunstancia (la propia entrevista) que parecía correr hacia un desenlace natural, pasa a ser decisivo por cómo ese desenlace afectará a otra cuestión mucho más relevante. Porque, aunque la presencia de Juan en el despacho de Krugger demuestra que dio el paso a la independencia, conseguirla implica algo más. Hacer la revolución no significa ganarla. Proclamar la independencia, si no la alcanzas, te sitúa en algún punto entre el fracaso heroico y el ridículo. Si la entrevista es la revolución, ¿cómo va a terminar? ¿Con victoria o con derrota? ¿Y el papelón de las victorias pírricas? ¿Y si no se produce la contratación será la revolución un fracaso absoluto o podrá leerse como una victoria moral? ¿Épica o ridículo? ¿Liberación o cadena perpetua?

Cada personaje (Krugger, Juan y su madre) empuja a otro al borde del precipicio. Aunque el mayor monstruo y el más amado es sin duda la madre, todos son monstruos para alguien. Pero también todos se necesitan y se buscan de un modo u otro. También todos son amados.

Ambos hombres se retratan. Y la madre es retratada a través del hijo. Como los tres son, a su modo, personajes límite, también el lector tiene la ocasión de retratarse ante sí mismo a través de sus impresiones.

Así que cuidado con ellas. Es difícil tomar partido claro sin tener un punto de chifladura. No vaya a ser que sea otro amado monstruo quien esté sosteniendo el libro.


lunes, 15 de diciembre de 2025

La pensión Eva - Andrea Camilleri

 


Eva inició a Adán en el pecado, y con él al ser humano. Probablemente por eso dé nombre a la pensión que a su vez da título y marco a esta bella historia de Andrea Camilleri. La pensión Eva, en realidad un prostíbulo, inicia en el pecado (al menos de pensamiento) a los principales protagonistas de la novela: Nené y sus amigos Ciccio y Jacolino. La acción transcurre en Vigàta (Porto Empedocle) desde comienzos de los años treinta hasta el verano de 1943, cuando el ejército aliado tomó Sicilia.

La novela termina no por casualidad el día en que el protagonista, Nené, cumple la mayoría de edad. Así que nació en 1925, como Camilleri, que nació el 6 de septiembre de ese año. Don Andrea era llamado «Nené» por los suyos y la historia se basa en sus recuerdos de infancia. Esto no permite colegir, como el propio Camilleri advierte, que «La pensión Eva» sea autobiográfica, pero sí que corresponde al modo en que él vio el mundo durante su infancia y adolescencia.

Es la segunda vez que leo esta novela. La primera fue anterior a la existencia de este blog y por eso la reseño ahora. Probablemente me ha apetecido volver a leerla porque «La pensión Eva» es una de las más camillerescas novelas de Camilleri. Todos los personajes son pobres diablos, gente del pueblo, intercambiables para la Historia, que les pasa por encima, pero, lógicamente, angustiosamente únicos para sí mismos; personas arrastradas por las circunstancias, que tienen poco y aspiran a no mucho más, pero capaces de encontrar sentido a la vida a través de la pasión (el deseo o el amor) y de encontrar paz y refugio en el cariño.

Las pensiones juegan un papel similar al de hoteles y fondas, pero la pensión Eva llama la atención del niño Nené porque siempre tiene las persianas bajadas y, en los horarios en los que él pasa por delante, nunca ve entrar y salir a nadie. Esto le hace indagar y descubrir, entre los vagos eufemismos de los adultos y la inconsistente información de otros renacuajos, que en ella los hombres no se alojan, sino que pueden «alquilar mujeres» para hacer cosas que no tiene muy claras. Así descubre el sexo.

Como a esas edades el instinto crea el deseo y no hay deseo más fuerte que el insatisfecho, la pensión Eva se convierte en un mito para el niño y luego adolescente Nené. Cuando tenga dieciocho años y sea mayor de edad podrá entrar tranquilamente en ella y disfrutar con cualquiera de las seis chicas que cambian cada quincena. Seis chicas no menos infelices e ingenuas que él, pero para quienes, a diferencia de Nené, no es sencillo mirar el futuro con optimismo, y por eso sobrevaloran cuanto el presente les depara de bueno. Si ellos creen que para alcanzar un razonable porvenir les bastará aprovechar las oportunidades que les surgirán con solo dejarse llevar, ellas saben que no podrán alcanzar nada prometedor sin asumir riesgos tan grandes que resultan desincentivadores. 

Sin embargo, algo va a abrir a los amigos las puertas del burdel antes de lo que esperan. El padre de uno de ellos es el contable del local y esto les permite acudir allí los lunes por la tarde, cuando la pensión Eva está cerrada al público. Podéis pensar tan mal como los jóvenes amigos en su primera visita, aunque hasta que leáis la obra no sabréis lo que sucede. Sí os anticipo que estas visitas acaban siendo, a pesar de las ansias de los adolescentes, de una gran ternura. Las muchachas son, para los chicos, lo más parecido a diosas. No las usan. Las veneran. Las desean con una reverencia y un respeto que se confunde con el cariño. Y ellas, aún con su propia adolescencia tan reciente, encuentran en los chavales los amigos con quienes bromear y ser las muchachas que la vida les ha impedido ser.

Pese al aparente protagonismo de Nené la novela es coral, fórmula que tan bien se le da a Camilleri. Las historias de los amigos, las de las chicas, las de la madame, los recuerdos sobre algunos clientes y las andanzas de otros establecen paréntesis en la línea cronológica y la enriquecen a la vez con el sexo y todo lo que ocurre a su alrededor siempre presente. Así surge una extraordinaria legión de secundarios y figurantes: desde la peculiar madame a clientes respetables, maridos amantísimos, individuos extravagantes, perdidos, solos, caprichosos, vivales, nobles... Unos que buscan hacer, otros que pasan, y otros buscando ser.

Qué delicia la pensión Eva, pero no por el sexo tantas veces ilusionado y tantas hipócrita y culpable que cobija, ni por las penurias y miserias que oculta, sino por todo lo bueno que a menudo lo malo impide ver. Sé que alguna vez volveré a visitarla.

Y el final, coincidiendo con la mayoría de edad de Nené… Buenísimo por lo significativo. La mayoría de edad más que abrirle las puertas de la pensión Eva las cierra a sus espaldas para que se enfrente al mundo sin todo lo digno que ha encontrado entre sus paredes. Porque los problemas y el mal no están en los prostíbulos, último refugio de tantas desgraciadas y de no pocos infelices, sino puertas afuera, en el mundo que los hace existir.


jueves, 11 de diciembre de 2025

La enemiga – Irene Némirovsky

 


Creo haber comprado todo lo que se ha publicado en España de Irène Némirovsky, porque escribe fantásticamente. Sin embargo, aún no he leído ni la mitad. La razón probablemente sea que, salvo «Suite francesa», soberbio novelón, el resto (todas novelas cortas) comparten idéntica amargura sin fisuras. La de personas con existencias mediocres sometidas, a través de métodos y circunstancias variables y también mediocres, a la tiranía de personas aún más mediocres pero en posición de dominio. Una amargura constante e íntima que, a diferencia de lo que ocurre en «Suite francesa», ni siquiera tiene la grandeza de los entornos trascendentes que hacen de los personajes peones de la historia. Ni una sola palabra he leído a Némirovsky que pueda calificarse de humorística, triste récord que algunas personas achacan a su desdichada vida, pero al que ni remotamente se aproximan otros escritores también de aciaga de existencia.

«La enemiga» es una de las primeras obras de Némirovsky. La publicó a los 25 años, en 1928, en la revista «Les Oeuvres Libres». Tiene un fuerte componente autobiográfico, señala la sinopsis, y yo añado que aunque es una historia buena y bien escrita se nota la bisoñez de la autora en cierta falta de fuerza que, probablemente, tenga que ver con la necesidad de pulir algunos momentos para darles más nitidez e intensidad, para encontrar la palabra adecuada, que es lo que da brillantez a la concisión.

La novela cuenta la historia de una niña de once años, Gabri, que cuida a su hermana, Michette, porque su padre está en el quinto pino y la madre, Francine, es una irresponsable que se dedica a vivir su vida como si sus hijas no existieran.

Las perspectivas de Gabri son nefastas. Y aún más tras cierto acontecimiento catastrófico que no desvelo para no chafar nada, aunque, aviso, la sinopsis sí lo hace. Es el primer gran giro de la novela, un hecho que se proyecta en la vida de la protagonista en forma de trauma.

El segundo giro, poco explícito pero fundamental para que la historia pueda avanzar, es el cambio en la suerte de los negocios del padre. Esto modifica también la vida y relaciones de la familia, lo cual es tanto como cambiar el rumbo de la narración para conducirla fuera del callejón sin salida que en ese punto se ha alcanzado.

Y, por último, como Gabri ha ido creciendo y Francine envejeciendo, llega un momento en que dejan de ser niña y mujer para ser dos mujeres. Una joven y bonita y la otra acomplejada por las primeras arrugas. Y entonces… Y entonces sucede lo que sabrá quien llegue al final de esta novela.

El desenlace, que tampoco revelo, admite muchas lecturas acerca de qué lo motiva. ¿Traumas? ¿Valores? ¿Amor? ¿Arrepentimiento? ¿Temor? ¿Pero temor a qué o a quién? ¿Quién es la enemiga? ¿Y de quién? ¿O hay más de una?

Si os respondéis a todas estas preguntas sacaréis el jugo que se puede sacar a esta obra, que es digna pero no la mejor de las que he leído de esta autora.