Posiblemente sea mejor que no leas esta reseña. ¿Razón? Leí la novela hace más de un año y creía haberla reseñado, pero recientemente he advertido que no fue así. Se me había pasado. Creo que la escribí, pero debí de perderla antes de publicarla. ¿O la borré por error? El caso es que tras tantos meses decidí no volver a escribirla porque los detalles se me iban a escapar ya, pero luego me dio pena porque he leído todas las novelas de la saga y desde la séptima también las he reseñado. Así que aquí estoy, dispuesto a saldar lo mejor que pueda una deuda con mi propio trabajo en este blog y también hacia una saga que me ha deparado muchas horas de grata lectura..
Lo primero que me ha llamado la atención al volver a esta historia es que no recordaba nada. Nada en absoluto. Cero pelotero. No es buena señal para una novela, y menos cuando he husmeado para refrescar la memoria y he visto que transcurría nada más y nada menos que durante un momento tan inolvidable como los primeros días de la pandemia de 2020. Claro que, dado lo intensos que fueron para mí esos tiempos en lo laboral, tampoco me extrañaría que mi cerebro haya borrado cualquier cosa superflua que tenga que ver con ellos, como es el caso de una historia de ficción. Sí recuerdo, en cambio, haberla leído con interés; a ello sin duda ayudó el reencuentro con escenas que todos vivimos (y que ninguno queremos repetir), con lo que uno se busca a sí mismo en las páginas, o se reconoce en ellas. Y recuerdo vagamente la confirmación de una impresión que ya tuve en las últimas entregas: la de que Bevilacqua es cada vez más «sentencias», de que no pierde ocasión ni en lo principal ni en lo accesorio (sobre todo en lo accesorio) de pontificar desde una actitud a la vez desengañada y condescendiente, con un tonillo de superioridad moral que casa mal con la manifiesta falta de importancia, entre exhibicionista y masoquista, que se da a sí mismo.
Recuerdo también algo que no me gustó, pero que no es exportable a otros lectores: se menciona a ciertos cargos relevantes, y ocurre que conozco algo a las personas que los ejercían en aquellos momentos y que soy amigo de buenos amigos suyos. No las reconocí. Ni por cómo son en lo personal ni por el fundamento de ciertas acciones que la novela les atribuye en respuesta a polémicas públicas trasladadas a las páginas. No me gustó porque me molestó, aunque no sé decir si Silva se ha erigido aquí en portavoz de una postura pública que ni por casualidad se dio como como aquí se indica, o si es que ha querido poner en boca de personas reconocibles las conjeturas sobre ellos de terceros que no conocemos y que Silva ha hecho suyas por boca de Bevilacqua. En todo caso, mal está usar personas reconocibles en temas polémicos por más que se maquille personas y temas para que sean solo parecidos. Las versiones de parte rara vez son justas.
¿Y de qué va el libro? Como digo, he tenido que husmear para recordar que hay dos tramas paralelas que, como suele suceder, convergen. En una de ellas se investiga en Badajoz el asesinato de una mujer. Arnau es a la vez infiltrado y retenido. Infiltrado en el entorno del sospechoso y retenido por el virus y el confinamiento. No voy a decir que esté el hombre en brazos de su enemigo, pero casi.
Mientras, Bevilacqua y Chamorro andan por Toledo, en Illescas, investigando la muerte de una señora que parece haber sido víctima del virus. Parece, ¿eh? Recuerdo, esto sí, la peliaguda sensación de ver a la pareja dispuesta a pisar charcos cuando todo avoca a lo contrario, que para colmo es también la solución más rápida y fácil en un contexto donde muertes así había con frecuencia en todas partes y en el que todos sentíamos que sacar la nariz de casa era peligrosísimo.
Junto al factor de intriga expuesto, el autor explota el vínculo emocional que en la decimocuarta entrega de la saga puede dar por supuesto entre los personajes y el lector. ¡Pobrecillo Arnau, en menudo lío anda metido! ¡Pobrecillos Rubén y Virginia, que andan por un país desolado complicándose la vida con el riesgo de que un enemigo invisible se los lleve por delante en cualquier momento! ¡Mira que sin tras tantas peripecias en lugar de un tiro los mata un estornudo! Y, por supuesto, Silva juega con el vínculo emocional que todo lector que vivió con intensidad aquellos días tiene consigo mismo. Por último, el paisaje apocalíptico de ciudades y carreteras vacías es un marco de lo más peliculero.
Me viene ahora a la cabeza una sensación incómoda al leer. La de que, a todo pasado, autor y lector juegan con las cartas marcadas. Es lo que tiene haber vivido el momento con intensidad y saber cómo acabó. También Bevilacqua, el narrador, lo sabe, obviamente. Si lo hubiera narrado en tiempo presente el resultado no sé si hubiera sido mejor, pero la novela hubiera debido ser muy diferente.
La falta de memoria me impide asegurar a qué se debe el título, «Las fuerzas contrarias», pero la memoria no del libro sino de aquellos días sí me deja claro que hubo dos fuerzas opuestas: la de quienes dieron lo mejor de sí mismos en su trabajo (no solo los aplaudidos desde los balcones, sino todos los que hicieron funcionar algo, desde las cajeras de los supermercados -¡qué poco se las reconoció, con el miedo que pasaron!- hasta quienes fabricaron epis en casa durante horas y horas con bolsas de basura y cinta aislante) y la de quienes, incapaces de soportar que a «los otros» se les pudiera reconocer algún mérito en circunstancias tan graves, sabotearon los aplausos enfrentándolos a caceroladas, sembraron dudas sobre la toma de decisiones, las deslegitimaron o, directamente, mintieron, con lo que, sembrando la duda, hicieron menos efectivas muchas medidas, lo cual sin duda se cobró vidas que no les importaron un pimiento. Es decir, los bomberos, porque lo eran, se dejaron el pellejo intentando salvar a las víctimas del incendio mientras otros, megáfono en mano, se dedicaron a gritar a los atrapados que los bomberos no tenían ni idea y que no les hicieran caso. Dos fuerzas contrarias. Y las víctimas en medio.
La primera fuerza siempre está ahí y cumple su papel con todos los aciertos y todos los errores. Pero, por desgracia, calladamente para lo bueno, porque no estamos acostumbrados a elogiar y agradecer lo bien hecho sino a proclamar los fallos. La segunda fuerza, para mayor desgracia aún, salió fortalecida: los miles de muertos que provocó no le importan a nadie posiblemente porque no se puede establecer la relación causa efecto con nombre y apellidos (se puede estimar número, pero no poner nombres) y en esta sociedad sin culpables no hay problema, porque lo que interesa es ganar el combate. Desde entonces hemos tenido claros ejemplos de cómo la impunidad de esta postura la ha reforzado. El hartazón de mentiras en la DANA de Valencia acerca de prácticamente todo es especialmente evidente. Y es dramática la cantidad de personas de a pie que se han aprestado a sostener estas vilezas por razones que nada tienen que ver con la gestión de una crisis, sino con intereses emocionales que ni siquiera llegan ya a ideológicos.
Estas dos fuerzas contrarias no se anulan mutuamente, porque cada una se escucha en un espectro de onda. La que más se desarrolla es la que más se oye. Es decir, la que más grita. Así nos va. Y así nos va a ir.









