Rara vez compro novedades de autores que no he leído previamente o que no han recibido buenas críticas de fiar, pero entre navidades y cumpleaños alguna novedad sin credenciales me cae todo los años. Es el caso de «La doble desaparición de Abril del Pino».
Desaparición que pronto será triple, debido a la vorágine del mercado literario.
Si digo que he leído esta novela en dos días, durante un fin de semana, y que me ha entretenido quiero decir que es de lectura sencilla y que averiguar qué diablos fue de Abril de Pino no es un misterión, pero sí despierta la curiosidad suficiente para mantener el interés. Sin embargo, esto no quiere decir que sea una buena novela. Voy a intentar explicarlo.
Abril del Pino es una autora de novelas negras de éxito. A finales de 2024 su agente denuncia su desaparición. No es la primera vez que la dama se esfuma. Ya de niña desapareció en Valencia, en El Palmar, en la zona de la Albufera. La novela juega con saber qué pasó en cada ocasión y si ambas desapariciones, separadas por tres o cuatro décadas, guardan relación.
Si la tienen y el lector no es tonto, enseguida caerá en la cuenta de que alguien más estuvo en el tomate entonces y ahora, de modo que andará alerta a ver quién puede ser. Como tampoco la autora menciona a mucha gente en el entonces, pronto queda claro ese quién, pero no en quién se ha transformado ahora. Ni para qué.
En el presente, la última vez que alguien vio a la insigne autora fue en una reunión sui generis en una librería en el Madrid de los Austrias. Una librería ficticia, situada en una plaza desangelada e inhóspita, la de la Marina Española, con mucho ladrillo, poca vivienda, edificios oficiales y solo dos locales abiertos al público (ambos de hostelería). Una librería que quizá esté inspirada, al menos en parte, en otra que luego mencionaré. Del caso se hace cargo un inspector de policía recién entrado en los 50, con dos niños y una esposa pendientes de las fiestas navideñas. Uno de los tópicos del género es el poli que sacrifica su vida personal por el trabajo; cada vez que algo sucede las ilusiones de lo suyos se ven amenazadas, se ponen de morros y él, cuando se acuerda, se siente culpable. Todo transcurre entre la víspera de Nochevieja y el día de Reyes. Como también suele ser habitual, al poli protagonista le acompaña un contrapunto. En este caso un oficial de policía. Como ninguno de los dos está demasiado bien perfilado, la personalidad del contrapunto da bastantes tumbos y al lector le cuesta calarlo aún más que al investigador.
La novela comienza con una casualidad correteadora (cosas de trotar por el Retiro) que, por manifiestamente innecesaria, es un primer paso en la mala dirección.
Los puntos de partida de la «investigación» (de algún modo hay que llamarla) son el registro del domicilio de la buena señora desaparecida y husmear en su última actividad conocida: la de la librería. A nadie se le ocurre preguntar qué hizo la dama un ratito antes, o esa mañana, o el día anterior, si fue, si vino, con quién se vio, con quién habló, si había cámaras de seguridad en tal o cual sitio, si su coche esto o lo otro, si un taxi, si… Son cosillas, detalles que no van a ningún sitio pero que forman parte del decorado de una investigación y que pueden ventilarse rápido. El asunto se abrevia con un teléfono roto abandonado que tiene más motivos para haber «perdido» la autora que cualquiera de los personajes.
La «investigación» es tan manifiestamente ajena a la razón y a estos pormenores que la caída del realismo arrastra a la verosimilitud: en una novela el investigador puede no dar los pasos que la razón exige, pero tiene que dar la sensación de que sí. De lo contrario el lector no se siente en una historia, sino en un juego de adivinanzas. Es lo que aquí sucede. Las actuaciones siguen un itinerario absurdo y a paso de caracol. Un ejemplo: interrogar a la gente de tres en tres, previa citación, juntos y revueltos, en una librería, en el momento de más afluencia de público del año, rodeados de desocupados que cotillean el interrogatorio de un asunto mediático es tan infantil que produce sonrojo; que se tarde días en saber que el nombre de la doña es un seudónimo y se ignore quién hay tras él no se lo puede creer ni el más tonto del lugar, lo que evidencia la infame triquiñuela para espolvorear misterio (un trágala, cuando basta un recibo o cualquier documento para ventilarlo); por otra parte, no sé si la autora sabe qué es un secretario de Estado o si ha conocido a alguno en su vida, pero dudo que si es así ni el más íntimo se reconozca en la estupidez que da entrada a uno en cierto «club» y mucho menos se reconocerá en la disponibilidad para andar a toque de corneta del primero que pasa. ¿Sabrá la autora que un secretario de Estado es una especie de viceministro? ¿O es que piensa que ministros y secretarios de Estado corretean por el mundo como adolescentes desocupados? Y el repentino uña y carne del poli con una de las implicadas, previa casualidad correteadora ya mencionada, es tan forzado como el injustificado viaje a Valencia que realizan. Que Valencia sea la tierra natal de la autora quizá explique el motivo: personal, no literario.
Marina Sanmartin, si es cierto lo que he cotilleado en internet para hacer esta reseña, es socia de «Cervantes y compañía», librería madrileña (en cuya dirección finaliza la novela) cuyo nombre no hace falta ser un lince para saber inspirado en la célebre «Shakespeare and company» de París. La imagen de esta librería francesa aparecía en el encabezado de «Patrulla de salvación», un blog literario anónimo capitaneado por una tal «sargento Margaret» que, con humor, ironía y mordacidad, hace más de una década vapuleó de lo lindo a unos cuantos bajo la excusa de «salvar el mundo del libro»; entonces se especuló, dados los conocimientos y cotilleos publicados, que parapetados tras ese blog disparaban uno o varios justiciero del mundillo literario, lo que generaba una especie de «¡Al suelo, que vienen los nuestros!». Algunos no se atrevían a replicar por miedo. ¡Mira que si la sargento o sus chicas eran gente influyente!... ¿Y por qué cuento todo esto? Porque el «club de lectura» que aparece en esta historia bien pudiera estar inspirado en ese blog, ya que se presenta como una especie de club anónimo y misterioso al que todo el mundo teme (es de suponer que por su incisiva agudeza) y que ha ganado tal fama que sus opiniones originan éxitos y fracasos. El club, además, ha instaurado un premio (ya es raro, porque los repartidores de leña no suelen rebajarse a agasajar). El caso es que se lo han dado a la señora del Pino. El acto de entrega fue una especie de fiestorro privado que se celebró en la librería después de la hora del cierre, en petit comité. Qué cosa más extraña, ¿verdad? Tanto que la evolución del invento es desastrosa: el club, poco más de cuatro gatos (en concreto, seis), es una jaula de grillos tan absolutamente increíble, rocambolesca y absurda que en lugar de profundizar en el misterio zambulle esta obra en el género juvenil, donde la imaginación del lector suple con generosidad su falta de experiencia para detectar estupideces. Ya solo el modo de ingreso en el club produce sonrojo: aparece un mensaje misterioso diciendo «oiga, usted no me conoce ni va a hacerlo, pero le invito a usar tales y tales cuentas en redes sociales (aquí tiene usted las claves) que a saber para qué se han utilizado antes (si para insultar, difundir pedofilia o hablar del tiempo). Desde ellas debe ejercer usted de exigente crítico literario. ¡Conviértase en el azote de los escritores hasta que yo le diga!». Oye, y la gente dice que sí tan contenta y además son capaces de convertirse en críticos temidos, eficaces y con criterio. Joder, joder, joder… ¿Misterio? Tan esperpéntico que hace reír por no llorar. Hubiera bastado algo más lógico (gente anónima que se conocen en foros y cosas así) para preservar el misterio del «one» (que podía haberlos reclutado allí y pastoreado hasta formar un grupo).
La «investigación» es un poco a lo Agatha Christie (a quien se homenajea citándola): estos son los personajes, haga usted con ellos lo que pueda sin menear demasiado el escenario. Quiero decir que los polis dedica una semana a interrogar (se lo toman con pachorra) a los seis gatos y a los libreros. En enlace del poli con Valencia es una anciana periodista, amiga de la familia, que, otra casualidad innecesaria, cubrió la primera desaparición de la señora del Pino; la anciana sirve de correveidile para un servicio final que de haberse situado en Torrelodones hubiera hecho innecesario el personaje. También es innecesaria la intriga sobre qué separó a la anciana de la familia del poli.
Y así, interrogando a unos y a otros, entre verdades y medias verdades que van quedando en evidencia a veces solo porque sí, se llega a un chuchurrido final en el que queda claro el papel de la desaparecida pero no qué daño o efecto se pretendió hacer con la desaparición, ni hasta qué punto ese daño ha sido efectivo. Se diría que poco o nada. También queda absolutamente oscuro por qué se eligió un camino tan inverosímil, habiendo tantos más lógicos.
Al final del final, si así puede decirse, se da un golpe de efecto injustificado, habida cuenta de lo difuso del daño antes aludido. Un golpe que parece un final abierto o, al menos, un final para hacer pensar al lector sobre quién y qué. Pero…
No sé si la autora ha querido despistar al personal hablando de una llamada hecha desde un teléfono móvil a otro prepago (la autora quiere decir desconocido, aunque eso ya no es posible en España) desde el cual, a su vez, algo se envía al poli. Si el lector se molesta en pensar se da cuenta de que todo ese rodeo despista de lo evidente: para qué hacer misterioso el titular del número si esa persona conoce el teléfono del destinatario del mensaje y solo una en la novela lo tenía. Este dato aclara las cosas al lector porque solo permite una opción, salvo que haya sido una metedura de pata de la autora si lo que pretendía era dejar todo en el limbo. No puedo contar más sin destripar el final, y si lo hago este libro ya no lo leerá ni el gato.
Más lógica hubiera sido una historia en la que Abril del Pino desaparece, el nombre oculto tras el seudónimo es de inmediato sabido y permite conocer su pasado, investigar cosillas absolutamente normales como los movimientos bancarios y sus andanzas previas y, especialmente y por motivos literarios, su previa desaparición de niña. Esto último permitiría revisar archivos policiales y periodísticos. Situando aquellos hechos y a la familia en Alcobendas el ir y venir de la policía hubiera sido más ágil y racional, y el conjunto más creíble. Si el imposible clubito de lectura hubiera sido un blog con una o dos personas anónimas detrás, las cosas también hubieran podido cambiar bastante y a mejor.
Vale que en el cozy crime (literalmente, crimen acogedor, subgénero en el que, digo yo, encaja esta obra) se caracteriza por no hacer exhibición de casquería y violencia, pero eso no justifica la chapuza, por más amable que sea. «La doble desaparición de Abril del Pino» es más una novela juvenil desmañada que una obra para adultos. En Salamandra Black he leído algunos refritos de tópicos, pero nunca nada así.
Por lo demás, el perfil de los personajes y sus emociones están muy toscamente esbozados y, en cambio, hay cierto recreo en las descripciones, pero no siempre, lo que produce sensación de discontinuidad y, en ocasiones, de relleno. Me han llamado la atención las metáforas: alguna, bien traída; otras, demasiado líricas en su contexto (tanto que no se sabe si son pedorras o buscan un efecto humorístico sin venir a cuento) y, unas pocas, llamativas por lo horrorosas. Son abundantes los guiños literarios y los cinematográficos. Especial mención merece la vetusta película «El secreto de la pirámide» (1985). Que la autora hable de ella como si el lector la conociera no ayuda a la lectura, como tampoco las referencias al cine juvenil de hace más de cuarenta años. Es complicado que los lectores de menos de cincuenta y algunos reconozcan nada. Los no cinéfilos, sea cual sea su edad, tampoco. Por lo que a mí respecta, la pirámide sigue guardando su secreto y así la he de dejar
«La doble desaparición de Abril del Pino» habla de libros con personajes que viven en torno a los libros. Los escenarios literarios son un recurso manido en los últimos tiempos. Usarlo tiene cierto atractivo para el lector, que para eso es lector, pero no es un valor literario en sí mismo.
Una lectura que consigue entretener y que satisfará a quienes sepan lo que pueden esperar de ella. Como ya he dicho, yo me he entretenido. Probablemente jugó a favor del libro el cansancio (lo leí en dos días, un fin de semana de madrugones épicos), porque una vez tumbado a la bartola ya todo me parecía bien. Pero un libro, también, que como podía haber sido infinitamente mejor sin cambiar lo sustancial del argumento decepcionará a quienes gustan de trabajos perfeccionistas.











