En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 27 de abril de 2026

El Estado Emprendedor - Mariana Mazzucato


Mariana Mazzucato, italiana de nacimiento, trasladada a los cuatro años a Estados Unidos y vuelta a Europa a los 32, es una de las economistas más reconocidas en el complejo análisis de la innovación y de su relación con el crecimiento a largo plazo. Es profesora en la London Business School y en la Universidad de Sussex.

«El Estado Emprendedor», he resumido grandilocuentemente en redes, es un libro profundo y brillante que deben leer todos los economistas dignos de tal nombre y todos los políticos de alto rango, siempre que ambos quieran seguir siendo lo que son. La razón es que comprender este libro es una forma de comprender el mundo o, al menos, el motor oculto de la economía y del estatus geopolítico. Antes de intentar explicarlo advierto que el libro, aunque escrito con evidente ánimo divulgativo, utiliza una catarata de conceptos técnicos que, con la vehemencia con que habla la autora, pueden pasar desapercibidos para el profano provocando que no entienda ni jota o, lo que es peor, que entienda mal. Es un libro relativamente fácil de leer, pero no de entender si no sabes bastante de economía.

El subtítulo de la obra es algo engañoso: «La oposición público vs. privado y sus mitos» no alude al tradicional y vacuo debate popular acerca de cuál de los dos sectores es más eficaz (la opinión pública considera que es el privado, creencia arraigada desde los orígenes del liberalismo a pesar de las concluyentes evidencias y argumentos en contrario), sino a los mitos en torno a la innovación. Dicho lo cual toca aclarar el título, porque en España es frecuente sustituir el término «empresarios», desprestigiado por frecuentes malas praxis, por «emprendedores». Pero este libro utiliza el término «emprendedor» en sentido muy estricto: emprendedor no es quien realiza una actividad económica (¿qué emprende ese?), ni tampoco quien la inicia, sino quien innova.

La innovación implica «destrucción creativa», término acuñado por el célebre economista Joseph Schumpeter (1883-1950), porque cada nueva tecnología provoca la obsolescencia de otras o de ciertos sectores. Por ese motivo cada nueva tecnología origina un efecto acumulativo: no solo se beneficia de nuevos mercados y/o nuevos clientes sino que se «apropia» de golpe de los mercados que deja obsoletos. El potencial enriquecedor de la innovación es, por tanto, enorme: permite «robar» mercados enteros a otras empresas e incluso a otros países; por ejemplo, si alguien ideara un sistema que sustituyera al automóvil y fuera capaz de comercializarlo con éxito se apropiaría, de golpe, en un breve plazo, de todo el valor del mercado automovilístico, como la telefonía móvil (para el público ciencia ficción desde el origen de los tiempos) se ha apropiado, en el plazo de muy pocos años, de casi todo el valor de la fija (ciencia ficción durante cien años menos) creado durante un siglo. 

Además de acumulativo la innovación tiene también carácter colectivo. No proviene del sabio encerrado en un laboratorio, sino que son muchos grupos sociales los que intervienen: hay redes de investigación básica, de investigación aplicada, de financiación, de difusión y puesta en común del conocimiento, de producción de prototipos, de clientes especializados, de fabricantes, de producción en masa, hay redes de comercialización… Y, por supuesto, están los usuarios.  El modo en que el proceso innovador afecta a cada uno de estos grupos puede crear círculos virtuosos, si los resultados son tan equilibrados en términos de esfuerzo y recompensa que retroalimentan la innovación o, por el contrario, puede crear tendencias al declive porque cuando el esfuerzo y la recompensa no están equilibrados alguien se está apropiando del esfuerzo ajeno y esto tiene un límite. Antes de él surgen las tensiones, fricciones y desigualdades que más tarde acaban estallando y acabando con el sistema. Cómo se articula la innovación compromete la innovación presente y la futura.

    El primer mito que Mazzucato combate es el de la importancia del volumen del gasto en I+D medido en términos de PIB. La evidencia internacional disponible permite asegurar que no hay una relación directa entre ese dato y la innovación. ¿Motivos? A pargo plazo la I es mucho más importante que la D. La investigación pública protagoniza la I, la privada se centra en la D, como luego explicaré. Un mismo dato, por tanto, tiene implicaciones muy distintas según su composición. El otro motivo es que el «café para todos» (recursos para todas las empresas, como las deducciones fiscales por I+D o las subvenciones no discriminatorias con ese fin) es ineficaz comparado con las políticas de «elección del ganador», fundadas en la selección de medios y compromiso, las cuales, a su vez, tienen otras implicaciones, a las que también más tarde me referiré.

    Tampoco sale bien parado el número de patentes como indicador del potencial de la innovación, debido a los mismos factores: hay muchas más patentes debidas a la D que a la I, pero son las últimas las verdaderamente relevantes.

Por razones políticas Estados Unidos siempre ha presumido de liberal, de ser el país de las libertades donde el talento puede hacerse a sí mismo; la política norteamericana presume de que la iniciativa privada ha sido el motor de la innovación tecnológica que ha cimentado su poderío económico y militar desde la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, señala Mazzucato, la realidad ha sido  exactamente la contraria: ha sido el Estado quien ha ideado, impulsado y protagonizado los más importantes avances, quien ha realizado, estimulado y financiado la investigación básica y las primeras investigaciones aplicadas hasta que, veinte o treinta o más años después (en función de la tecnología), con el riesgo drásticamente reducido gracias a esa actuación, aparecen las empresas y el capital riesgo para desarrollar y comercializar (y financiar el desarrollo y la comercialización) los avances previamente costeados con dinero público. En la I+D empresarial casi no hay I. Las empresas se apuntan al éxito sin apenas asumir riesgos. Ha sido el Estado el responsable directo de la creación, entre los ejemplos que cita, de la informática, internet, la tecnología GPS, la biotecnología y la biofarmacia, la nanotecnología o las energías verdes. Todas ellas, en sus infinitas variantes, han sido tecnologías disruptivas

    ¿Cómo ha funcionado el modelo norteamericano? ¿Con qué vicios y virtudes? ¿Hacia dónde va?

    El modelo estadounidense se ha basado en entidades públicas de pequeña dimensión, dirigidas por personas eminentes en sus campos. En el cuadro que incluyo más adelante sobre Apple se mencionan algunas de ellas. Estas entidades han tenido un elevadísimo grado de autonomía para elegir y orientar investigaciones y han dispuesto de enormes presupuestos mantenidos (esto es clave) a largo plazo, en general, con la excusa de la seguridad nacional. Hay otro factor igualmente clave: la gran tolerancia al fracaso, porque cuando se buscan caminos que nadie ha siquiera imaginado el fracaso es frecuente y hay que asumir muchos antes de alcanzar un solo éxito. Estas entidades señalan esos rumbos «imposibles» y embarcan en la singladura a las universidades públicas, los laboratorios nacionales, otras entidades públicas y también a algunas empresas privadas que reciben así financiación pública por su colaboración. Muchas investigaciones fracasan, pero otras logran alcanzar el conocido «valle de la muerte»: el que va desde el conocimiento generado hasta su explotación comercial. Una vez en él también son los recursos públicos los que permiten atravesarlo: primero, porque la propia organización que he descrito tiene en cuenta la importancia de los desarrollos comerciales y de la creación de redes de producción y distribución; es decir, de la creación de un nuevo mercado antes inexistente; y, segundo, porque es el Estado quien se convierte en el primer y gran cliente de toda nueva tecnología, lo cual es otra forma de seguir financiándola.

El Reino Unido intentó replicar ese modelo. Fracasó. En otros países es inviable por su idiosincrasia, pero en todos la dirección y financiación pública de la investigación ha sido la norma de uno u otro modo. En algunos casos, como Japón, Alemania, Finlandia o China el protagonismo del Estado también ha sido evidentísimo y determinante.

Cuando Mazzucato escribió este libro (2015) el modelo norteamericano ya había comenzado a hacer aguas debido a la acumulación de desequilibrios, lo cual está conduciendo al declive de los Estados Unidos. Esta es una de las razones de ser de ser de este libro. La otra, la más importante y profunda, es determinar las dinámicas de crecimiento vinculadas a la innovación.

Cuando el mecanismo descrito es equilibrado se produce una relación simbiótica entre todos los partícipes. Todos ayudan a todos y todos salen ganando. Pero cuando no es así la relación pasa a ser parasitaria y, por tanto, el crecimiento de unos se hace a costa de otros, lo que acaba obstruyendo e incluso destruyendo el sistema.

Es lo que está ocurriendo en Estados Unidos, donde la empresa privada se ha convertido en parasitaria del sistema en perjuicio del resto de participantes, entre los que se incluye la sociedad, como usuaria de la tecnología (y financiadora vía precio) y aportante de mano de obra cualificada y no cualificada, con graves implicaciones en la distribución de la renta. Voy a explicarlo.

Como he dicho, ha sido el sector público y el dinero público quienes han iniciado y sostenido durante décadas la investigación básica y las primeras investigaciones aplicadas en cualesquiera de las tecnologías que podáis imaginar. Solo dinero público, porque las empresas no emprenden programas de inversión de éxito incierto con un horizonte de treinta, cuarenta o cincuenta años. No es que sea un fallo de mercado, señala Mazzucato, es que no hay mercado para las tecnologías aún inexistentes y es el Estado quien debe crearlo creando previamente esas tecnologías. Luego, cuando tras décadas de inversión pública la explotación comercial está próxima y por fin el capital riesgo se involucra, reclama resultados tan inmediatos que se separa de los proyectos en un plazo medio de tres años (cinco, a finales del siglo XX), lo cual no permite sostener financieramente los numerosos proyectos que siguen necesitando financiación hasta ser tecnologías maduras. Para acabar de liar las cosas el capital riesgo ha acuñado el mito de que «lo pequeño es grande» sobre la romántica idea de que Google «se creó en un garaje» y Apple o Microsoft casi también. En realidad, estas tres empresas y todas como ellas se beneficiaron de la investigación pública previa, incluido el algoritmo de búsqueda de Google. La razón por la que ese mito se ha creado y difundido es porque el capital riesgo tiene más oportunidades de negocio con nuevas entidades (startups) que con las grandes corporaciones con músculo suficiente para financiarse sin recurrir al capital riesgo, pero no porque ese modelo sea mejor ni más eficiente. Al contrario: las precipitadas salidas del capital riesgo para materializar beneficios ha supuesto, como ya he apuntado, la condena de numerosas empresas.

Y ocurre, también, que la empresa privada se cuelga la medalla de la innovación tecnológica (apoyada por un relato político interesado en la defensa del liberalismo) y, lo que es peor, y contra esto Mazzucato es enormemente beligerante, se apropia de los beneficios de décadas de investigación pública o financiada con dinero público: es la empresa privada quien gracias a la investigación pública obtiene monstruosos beneficios que no generan ningún retorno al Estado, ni siquiera por la vía fiscal debido a los complejos entramados de elusión y deslocalización.

Mazzucato pone infinidad de ejemplos de todo lo que dice sin que sea fácil encontrar argumentos y ejemplos en contra. El de Apple es clarificador: todas las tecnologías que están detrás del iPod, el iPhone y el iPad han sido desarrolladas con fondos públicos, como señala el cuadro adjunto junto a las entidades públicas que realizaron la investigación. El mérito de Apple ha sido desarrollar un software capaz de integrar todas esas tecnologías en un solo dispositivo de diseño atractivo, y su cuenta de resultados se nutre así del producto de enormes volúmenes de financiación pública mantenida durante décadas. Del valor generado por Apple apenas nada vuelve al Estado por vía fiscal, debido a los montajes que he señalado; para colmo, del valor añadido casi un 40% se va fuera de Estados Unidos para pagar la mano de obra que realiza el montaje en Asia. En Estados Unidos solo queda un valor añadido residual para las personas de la red interna de comercialización y para los programadores e ingenieros diseñadores, y un valor añadido estratosférico en forma de beneficios para poquísimas personas; por ejemplo, los 9 directivos mejor pagados de Apple en Estados Unidos ganan más que otros 17.000 empleados juntos. En la industria farmacéutica, investigaciones financiadas con dinero público se han desarrollado y comercializado por empresas privadas (¡que no han gastado un dólar en esa investigación previa imprescindible!) a un precio que multiplica por veinte su coste de producción. En el caso de cierto fármaco para enfermedades raras, la mayoría de contribuyentes que pagaron las investigaciones no pueden beneficiarse del fármaco porque se comercializa a 350.000 dólares el tratamiento anual.


    El argumento tradicional para justificar los muy elevados beneficios empresariales (es justo que el empresario gane mucho porque es quien ha asumido el riesgo) cae por su propio peso: quien ha asumido el riesgo es el Estado, que no ha visto un céntimo de los beneficios; y quienes se apropian del beneficio y hasta del prestigio de la innovación son empresas privadas que gracias a que ese trabajo previo y no remunerado del Estado han eliminado o reducido drásticamente el riesgo que asumen.

    Se socializan las pérdidas inherentes al riesgo y se privatizan sus beneficios.

    En otras palabras: el contribuyente financia investigaciones que han generado beneficios monstruosos que quedan en manos privadas. En muy pocas manos privadas. El Estado, que de obtener algún retorno de esas cruciales investigaciones exitosas podría financiar los fracasos y/o dedicar recursos a nuevas investigaciones, sigue teniendo que recurrir al contribuyente mientras cuatro gatos adquieren un poder desmesurado. Además, esos monstruosos beneficios privados no se destinan más que marginalmente a nueva investigación privada, y en numerosas ocasiones van a programas de recompra de acciones para aumentar el valor de las acciones de los propietarios y justificar bonus y otras prebendas. Las compras de empresas que permiten estos ingentes beneficios producen una acumulación de poder social sin precedentes en manos privadas, aunque en esto Mazzucato ya no entra. En definitiva, el modelo estadounidense ha devenido en un mecanismo parasitario en el que unos pocos engordan muchísimo a costa del esfuerzo de todos. Esto desarma el sistema antes o después y origina un incremento de la desigualdad insostenible a largo plazo.

    La deriva del modelo causada por estos desequilibrios se está empezando a ver ya. Están empezando a afectar a la última gran tecnología disruptiva en marcha, las tecnologías verdes (eólica y fotovoltáica), a la que Mazzucato dedica una enorme atención.

    Los primeros desarrollos de la energía fotovoltáica datan de los años 50 del siglo XX, aunque el desarrollo con fuerza de la investigación básica y de las primeras aplicadas (tanto en energía fotovoltáica como eólica) comenzó en los años 70 del mismo siglo estimuladas por las dos crisis energéticas de esa década. Desde entonces la investigación y los avances se han ido desarrollando gracias a la enorme y callada inversión pública. Pero Estados Unidos, a diferencia de China, ha comenzado a pinchar debido a los desequilibrios señalados. En particular, la crisis de la deuda privada de finales de la primera década del siglo XXI produjo la socialización de enormes pérdidas privadas y con ella una rémora para todo lo demás, que hubiera sido evitable de haber tenido retornos los grandes éxitos previos de la investigación pública (la informática, internet, la nanotecnología, la biotecnología...). Por cierto, solo una vez sale España mencionada en este libro (publicado en 2015): para criticar el parón impuesto a las energías verdes

    Por cuándo está escrito, el libro no puede entrar en las consecuencias de la administración Trump, pero todo apunta a que se está desmantelando el sistema que ha fundado y sustentado la supremacía tecnológica, y por tanto económica y militar, de Estados Unidos, al tiempo que se apoyan y justifican las peores consecuencias del mismo. 

    Mazzucato termina el libro dando una serie de recomendaciones sobre cómo reequilibrar el sistema para que el Estado, el contribuyente, obtenga un retorno de su ingente gasto en investigación. Algunas propuestas, como las de los bancos de desarrollo que con éxito se han usado en otros lugares y tiempos y con éxito utiliza China, son razonables y ya conocidas. Otras topan con la intolerancia ideológica (o la miopía) de un país que presume, volviendo al principio, de hacer lo contrario de lo que ha hecho: que el Estado, el contribuyente, pueda explotar el resultado de sus propias investigaciones exitosas a través de royalties u otros mecanismos es una forma, a ojos de muchos exaltados, de comunismo, término que en Estados Unidos sirve para zanjar, sin argumentos, demasiadas controversias.


miércoles, 22 de abril de 2026

La dependienta - Sayaka Murata

 


He leído poca literatura japonesa. Un pelín de clásicos como Soseki y Mishima, algunos de Murakami y otros cuantos más desperdigados. El resultado es que estoy lejos de calar la idiosincrasia japonesa, tan lejana de la europea y aún más de la latina. Para colmo, tengo la sospecha de que entre la literatura japonesa comercial que se abre camino en occidente hay mucho personaje construido sobre estereotipos cuya confirmación gusta al lector occidental.  

Lo digo porque los personajes secundarios que rodean a Keiko Furukura, la rotunda protagonista de «La dependienta», son bastante normales a nuestros ojos, a diferencia de ella. Así que, ¿cuáles son los verdaderos japoneses? ¿Ella o sus compañeros? Las rarezas de Keiko son dos. La primera, sobre la que se pivota la novela, es su incapacidad absoluta para la empatía. La segunda es la que dudo de si responde intencionadamente a los estereotipos que he citado: mientras que los compañeros de «reparto» de Keiko tienen reacciones predecibles y equivalentes a las nuestras, ella responde esa idea tan occidental de que los japoneses son personas que cuando están cómodamente te miran fijamente a los ojos; que cuando se sienten agitados parpadean una vez; que cuando son víctimas de una pasión incontrolable que los tiene a punto de estallar parpadean dos veces y que, si parpadean tres, es porque están muriendo de un infarto; gente que no se inmuta por nada, de modo que, vistos desde fuera, son máscaras.

La novela, breve, comienza dando cuenta de dos episodios infantiles de Keiko que hacen pensar en una niña bastante bruta. Error. Lo que la autora quiere decir es que Keiko no tiene capacidad para la empatía. Pero de eso el lector se da cuenta luego, así que el comienzo no es muy brillante que digamos. Que Keiko sea incapaz de ponerse en el pellejo de los demás también debe mucho a que no comparte en nada sus valores. Valores que la autora reduce a dos: trabajo y matrimonio (o relaciones afectivas y sexuales). Cualquier bicho viviente que se precie de serlo, nos cuenta, busca un trabajo digno de tal nombre y funda una familia; o, al menos, le da alguna alegría al cuerpo. Keiko, en cambio, se conforma con un trabajo de dependienta por horas que solo le permite sobrevivir en un agujero con cuatro paredes y sin espacio ni para estornudar; y para ella la afectividad, en cualquiera de sus expresiones, es algo incomprensible.

Sayata Murata no expone ni analiza causas ni consecuencias. Solo expone: a un lado Keiko, la rara, al otro el mundo. El mundo mira a Keiko como lo que es, una mujer extraña, y ella, incapaz de entender por qué el mundo opina así, se esfuerza en simular que es igual al resto. Esto no es una lucha por ser ella misma, ni mucho menos por su dignidad. Es solo una superficial estrategia de supervivencia.

La tienda, abierta 24 horas al día todos los días, está situada en un barrio de oficinas. La rotación de empleados es enorme porque es un mal trabajo. Todos son gente joven, estudiantes. Keiko pronto se convierte en el dinosaurio. Nadie, ni sus compañeros, saben por qué sigue año tras año en un trabajo como ese. Atreverse a preguntar al respecto origina una apariencia de confianza que abre una puerta a la otra pregunta: y de amores, ¿qué? Y ahí se termina todo: todos sufren o se pasman por la falta de ambición laboral y personal de Keiko mientras ella, incapaz de saber por qué piensa así la gente, tampoco se preocupa por reflexionar sobre sí misma. Su máxima preocupación es, como ya he dicho, disimular lo posible para que la dejen en paz. Es esto lo que la conduce, en el tercio final de la novela, a una absurda escapatoria donde se manifiesta lo que he dicho de los parpadeos: transforma su existencia en un berenjenal sin inmutarse. Luego, alcanza un final feliz previsible que puede interpretarse como un «que le den morcilla al mundo». Sería un final moralizante si Keiko fuera consciente de su propia dignidad, pero como lo es más de su comodidad que de sí misma deja un poso extraño: que el éxito del lunático solitario sea seguir siéndolo hace de su éxito, siempre, un pacto amable con la soledad.


jueves, 16 de abril de 2026

Mis momentos - Andrea Camilleri

 


Hace mucho que tenía este libro en casa pendiente de leer. En concreto, siete años. Una barbaridad. Con lo que me gusta Camilleri (1925-2019) es como decir siete siglos. Aunque manifestada con retraso, quizá, solo quizá, esa devoción sea la causa de que «Mis momentos» me haya gustado mucho más de lo que puede gustar a otros lectores. Intentaré explicar por qué lo ha pasado tan bien.

Los «momentos» son los del autor, y configuran una colección de recuerdos, la mayoría de juventud (los años cuarenta y cincuenta del siglo XX), que solo tienen en común la presencia de Camilleri y de su actividad en el mundo de la cultura, pues la mayoría de las vicisitudes que cuenta tienen su origen en el teatro y las lecturas o tuvieron reflejo en su obra. Pese a haber leído tantos libros suyos apenas había catado escritos autobiográficos.

En estos «momentos» encontramos escenas sicilianas que parecen sacadas de sus novelas pero que, al encontrarlas aquí, comprendemos que son el origen de un proceso inverso y que la literatura de Camilleri bebe de fuentes directas; vemos también los primeros y osado pasos de Camilleri en un montón de actividades (vaya peligro tenía el hombre) y el contacto que aquel siciliano desconocido llegó a tener con algunas celebridades de la cultura italiana, relaciones de las que habitualmente salió bien parado; conocemos éxitos, fracasos, modos de acción, muchos datos biográficos y, sobre todo, la peripecia vital de alguien que fue lo que quiso ser para plantarse en los setenta años y convertirse entonces, de sopetón, en un escritor prolífico y de reconocimiento mundial. En «Mis momentos» pueden verse las semillas de escritor que, sin saberlo, fue sembrando Camilleri, pues su obra se nutre de su experiencia con la historia italiana vivida en primera persona y con el ser humano. Sobre lo primero, en su juventud vivió una época convulsa y experimentó modos de vida que no habían cambiado desde hacía siglos, pero además su longevidad le permitió desembocar en el siglo XXI. Muchos mundos en una sola vida. Sobre lo segundo, la colección de personas que conoció en un entorno aislado y humilde con presencia de la mafia y la miriada de personas que conoció luego junto a la caterva de egos que hay en el mundo artístico, incluyendo a unos cuantos genios, le suministró material para escribir durante veinte vidas.

Esto es lo que vemos aquí: retazos de los orígenes del escritor, de la materia prima que utilizó y del camino que lo condujo a serlo.

Un lujo para sus devotos.

Como yo.


lunes, 13 de abril de 2026

Madre, el drama padre



La justicia exige distinguir la obra de la edición.

La edición aparentaba ser buena: «Las 25 mejores obras del teatro español. Prólogo de Miguel Nieto. Edición crítica de Javier Sahuquillo. Colección dirigida por el dramaturgo José Luis Alonso de Santos y editada por la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid…», puede leerse en la cubierta. Pero tras el bombo y platillo proliferan erratas y descuidos incluso ya antes de leer la primera palabra escrita por Jardiel; hasta se puede disfrutar de una metedura de pata de coleccionista: un párrafo de casi una página repetido, uno a continuación del otro. Así que, paciente lector, si de pronto sientes una mareante sensación de déjà vu no la achaques a problemas neuronales o a la ingesta de setas compradas de matute a un recolector desconocido; pásale el recado a la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, cuyo trabajo en esta ocasión ha tenido más de dramático que de arte. Al menos, eso sí, el precio es muy reducido. Probablemente haya alguna relación.

En fin… Enterremos el desaguisado y vamos al pobre Enrique Jardiel Poncela, que un poco más de cuidado merece. Una especialidad por la que no es muy conocido es la de escribir prólogos tan sinceros y agresivos que resultan violentos. Si en otros prólogos se quejaba de tener que escribir basura para asegurarse las lentejas contentando al populacho y así luego poder escribir por fin lo que le gustaba, en este afirma haber hecho esto último y acto seguido embiste contra la crítica (que le había sido negativa) con una virulencia a la que solo se puede objetar un detalle: ha hecho pasar a la posteridad el nombre de uno de sus críticos. 

Las pataletas de los autores con la crítica son un follón tan antiguo como la literatura, y del que a largo plazo solo hay unos vencedores: los autores que llegan a ser clásicos. Todos los demás pierden. O, mejor dicho, se pierden en el olvido. Solo si el futuro clásico menciona el nombre de un crítico le habrá regalado la dudosa gloria de la memoria de su cortedad, como en este prólogo hizo Jardiel. Sin embargo, dado que el egocentrismo es tan estúpido que son legión quienes se enorgullecen de adivinarse reconocidos, aunque sea como tontos, yo jamás mencionaría a un crítico. Soy más duro que JardielNo hay condena mayor ni más efectiva que la indiferencia.

«Madre (el drama padre)», a la que Jardiel atribuyó el carácter de crítica contra el pasteloso teatro romántico, se estrenó en el durísimo periodo inmediatamente posterior a la Guerra Civil. Enrique Jardiel Poncela, que había sido rechazado por la izquierda acusándolo de ser de derechas, fue rechazado por la derecha por inmoral. Ya venía el hombre de tener problemas con el título de alguna de sus anteriores obras: la estratosférica cantidad de víctimas y desaparecidos de la Guerra Civil le había obligado a titular en 1939 «Un marido de ida y vuelta» lo que en realidad se titulaba «Lo que le ocurrió a Pepe después de muerto». Abrirse paso siempre es difícil, y aún más cuando hay personas decididas a cerrártelo.

    «Madre (el drama padre)» juega ya en el título con el lenguaje, dada la importancia que el parentesco tiene en esta comedia. El argumento es sencillo y a la vez complejo: unas cuatrillizas, cada una con la rareza que la caracteriza con efecto cómico, están enamoradísimas de unos cuatrillizos del mismo modo singularizados. Se van a casar no porque en las bodas cuadruplicadas se aplique algún tipo de descuento, sino por amor. ¡Ay, el amor! Es tan irracional que se parece a la fe. El caso es que gracias al ir y venir de secundarios que no lo son tanto no dejan de florecer sospechas sobre el origen de los ocho, lo que haría de las cuatro bodas un festival del incesto. Y así, entre que se lía una cosa y se aclara al tiempo que se lía otra que a su vez se aclara liando otra… Bueno, que tras un monumental enredo se llega al desenlace que sabrá quien vea la obra o la lea. Pero no será sencillo verla en estos tiempos si no es rescatando en internet representaciones televisadas: el elevado volumen de actores precisos para poner en escena «Madre (el drama padre)» no debe de hacer de ella una obra muy rentable. 

    Volviendo al momento de su estreno, lo escandaloso para las mentes puritanas fue la idea del incesto. ¿Cómo alguien se atrevía siquiera a recordar que existe? Jardiel se defendió, como he dicho, aduciendo el carácter satírico de la obra, pero en realidad intentó nadar y guardar la ropa. No lo consiguió porque una vez que algún personaje, hasta las narices de tanto lío, se muestra decido partidario del incesto, no hay manera, a los ojos de los puritanos, de arreglar tamaño desaguisado.

    Además, a diferencia de otros problemas clásicos para casarse (las diferencias sociales o económicas, por ejemplo), el incesto hace pensar en el sexo como momento irreversible, como el instante del gran drama o de la suprema depravación. Seguro que su presencia latente a lo largo de toda la obra también escandalizó a los meapilas.

    Para colmo, huelga decir que si hay confusión sobre la filiación de cada cual es debido a que los padres de las criaturas tuvieron comportamientos demasiado disipados para los más santurrones.

    En resumen: ¡El descoco!

    ¡Oiiiiiiing!

    La obra es divertidísima, ágil e inteligente. A pesar de la abundancia de personajes se sigue muy bien incluso leyéndola, aunque, en este caso, hay que estar atento a los detalles que sugieren orígenes o parentescos, pues algún punto es un pelín confuso y los personajes podían haberse expresado con una claridad que la escena permite añadir.

    «Yo me hice asesino por agradecimiento», dice uno de los personajes. Y yo también, porque le estoy tan agradecido a Jardiel por el buen rato que me ha hecho pasar que os recomiendo esta lectura aunque os mate de risa. 


jueves, 9 de abril de 2026

Un reloj por corazón - Peter Swanson

 



    «Un reloj por corazón» es una gran novela de intriga hasta que deja de serlo. 

    Voy a explicarlo.

    El planteamiento de la acción es, durante buena parte de la novela, sólido, atractivo y bien estructurado. En la vida en Boston del treintañero George Foss irrumpe Liana. Un antiguo amor. «El» amor de George, quien ahora mantiene una relación que va y viene con otra mujer. Pero Liana no ha aparecido por casualidad, sino para pedirle a George un favorcillo porque anda metida en un lío.

    La novela primero transcurre entre el desarrollo de lo que acabo de contar y la relación entre ambos cuando tenían 18 o 19 años, que se rompió porque… ¿Por qué se rompió? Porque algo sucedió, no sabemos qué, que metió a Liana en morrocotudos problemas. De ellos lleva huyendo casi dos décadas. Se supone que esos problemas, y no el desamor, estuvieron detrás del final de aquella historia de amor entre universitarios.

    La acción transcurre así entre el hoy y el ayer. Mientras el lector poco a poco dilucida qué diablos pasó hace tanto tiempo, los acontecimientos presentes, que nada tienen que ver con aquel pasado, se van liando hasta desembocar en otro considerable follón. A fin de cuentas Liana suena a Lianta.

    Por qué George la ayuda está claro. Ella fue, como ya he dicho, «el amor de su vida» (expresión hecha que lleva implícito, como dijo el poeta, que el romance tuvo un final chungo), así que, verla de nuevo ante él le hace pensar/sentir/desear que algo se puede recuperar o, al menos, cerrar. También le queda la duda de si Liana ha acudido a él por amor (recuerda: no sabemos qué ocurrió entre ellos veinte años atrás), si porque sabe que es un tipo en el que se puede confiar o si ha sido por otra cosa. 

    Sí sabemos pronto, ya lo he dicho, que Liana es una lianta. Resucitar para pedir favores es de una desfachatez desarmante. Pero esta extraña situación casa bien con la reacción de George, bastante racional: ni es un calzonazos que se echa a los pies de Liana ni tampoco la manda al diablo porque aún ignora qué sucedió para que todo se fuera al traste. El resultado, como digo, es una novela de intriga de magnífica factura durante una gran parte de sus páginas, que avanzan a ritmo firme, seguro y directo hacia el esclarecimiento del pasado y del presente.

    ¿Cuál es el problema entonces? Pues que a la hora de resolver la novela, Peter Swanson, en lugar de optar por varios de los finales racionales posibles emprende un absurdo rumbo hacia un desenlace de acción que hace pasar del sobrio realismo a una secuencia de piruetas a cuál más inverosímil, para concluir con un piruetazo tan mayúsculo que el desenlace se espachurra ante los ojos del lector, de cuya fe depende. Todo es cuestión de si el lector comparte fe con el para la ocasión estupidizado George. Es complicado. Si no la compartes tienes sensación de burla, de que el autor no se lo ha currado. Y, si lo haces, cosa complicada, todo el buen hacer previo carece de sentido y solo ha consistido en rellenar páginas con habilidad. Todo un fiasco para una novela bien encarrilada. ¡Con la de finales bonitos y brillantes que Swanson le podía haber dado!

    Un texto correcto que con otro desenlace podría haber sido una buena novela. Así queda entre la novela mediocre y la gansada. Pero, ¿qué se le va a hacer? Ya el título era un aviso de que el autor se lo podía haber currado más, porque el original, «The girl with a clock for a heart» destripa bastante al señalar quién tiene poco o nada corazón. O sea, quién es la mala. Y, para colmo, tampoco es un título poético. ¿Un reloj por corazón? ¿Un reloj? ¿Atómico o de cuco? Y con lo que fallan algunos. Anda que no habrá mejores metáforas para expresar un carácter despiadado inmune a los afectos.     

    En resumen, según Peter Swanson Liana tenía un reloj por corazón. Según servidor de ustedes lo que Liana tenía por corazón más semejaba un engañoso camino a un almacén de malas películas.


lunes, 6 de abril de 2026

Cuando el toro se llama Felipe - Rafael Azcona

 


Las corridas de toros me parecen una aberración impropia de los valores que deseo para la sociedad. Como somos muchos quienes así pensamos confío en que su fin llegará antes o después de un modo natural. Por evolución. Solo cuando sus defensores sean ya una ínfima minoría las corridas recibirán el empujoncito de la prohibición. No es un deseo, sino una previsión a largo plazo. No creo realista abogar por la prohibición inmediata urbi et orbi porque la fiesta nacional es cada vez menos representativa del sentir nacional pero aún tiene suficiente apoyo social.

Esto es lo único que he pensado de los toros desde que la memoria me alcanza (porque es un tema que no me interesa ni cuando algún diestro ha abierto el pico para demostrar las limitaciones de su cerebro con argumentos lastimosos) y, por tanto, es lo que me he limitado a decir en las infinitas ocasiones en que el asunto ha salido en las situaciones más variopintas. Por eso jamás me había parado a pensar en la casi nula trascendencia literaria del toreo. Es cierto que hay novelas sobre este mundo, pero solo vienen a mi cabeza una de Blasco Ibáñez y dos o tres de Hemingway. Muy, muy poco. No es que haya huido del tema, es que ni siquiera recuerdo haber tenido ocasión de hacerlo. Que la huella de los toros en la literatura sea tan minúscula y me atrevo a decir que tan decreciente desde hace ya décadas es indicativo del significado intelectual del asuntillo y de que la tendencia que deseo es un hecho. 

Toda esta filípica viene porque «Cuando el toro se llama Felipe» es la primera novela que recuerdo haber leído sobre el mundo de los toros. Y, además, no es precisamente una elegía, sino una parodia en la que nadie sale bien parado. Que el texto vaya dedicado al difunto toro ya es revelador.

    No he podido fechar la obra. La editorial dice que es de los primeros textos largos del autor, lo que lo situará en la segunda mitad de los años 50. Rafael Azcona nació en Logroño en 1926.

«Cuando el toro se llama Felipe» juega con diferentes tópicos y, sobre todo, con la certeza de que la afición a los toros es emocional y no racional, como ocurre con el fútbol y ya también con la política. El resultado favorece la parodia, porque lo emocional se lanza de cabeza a regocijarse con tópicos, ideas preconcebidas y prejuicios, pero la cruda realidad interfiere colocando obstáculos en los que no tropezaría la racionalidad.

España. Años 50. Don René está obsesionado por los toros y quiere que su hijo a punto de nacer sea matador. Pero, ¡ay de él! ¡Cómo va a ser torero alguien nacido en Logroño y no en el corazón de Triana! Un torero de Logroño no tiene ningún pedigree, es como ser esquimal en el Caribe. Con la esperpéntica resolución de este desaguisado comienzan los despropósitos.

La acción es por completo caricaturesca, de todo punto irreal pero con verosimilitud, que es lo que se pide a cualquier novela. La verosimilitud la alcanza porque Azcona no disimula lo hiperbólico. Desde la primera línea el lector espera cualquier ocurrencia, cualquier barbaridad por estrafalaria que sea, y todas le harán sonreír. Desde el modo en que se recluta a la afición hasta los primeros pinitos en un improvisado coso en el comedor de un piso o el alquiler de un chico-toro, todo es una divertida secuencia de disparates.

A medida que el maestro deja el biberón y comienza a crecer queda patente que una cosa son los designios de don René y otra la voluntad del niño, que, para colmo, lleva gafas (¿Cuándo se ha visto un torero con gafas?), lo que introduce en la historia otra derivada: las relaciones paternofiliales cuando los padres consideran a los hijos una prolongación suya. ¿Hay manera más eficaz de hacer desgraciado a un hijo?

El caso es que Rafael (o, mejor dicho Rafaé), que así se llama el, ejem, maestro, tiene unas dotes para el toreo tan malas como buenas son sus intenciones hacia el toro. Además, ¿qué bicho viviente va a dedicar su juventud a pensar en cuadrúpedos cornudos, pulgosos y de mal genio, mulas malolientes, banderillas afiladas, capotes y cuadrillas achaparradas cuando al alcance de la mano está el amor? ¡Ay, el amor!

Con estos ingredientes Azcona teje una historia divertida (sobre todo al final) pero un tanto irregular, porque los orígenes del asunto y la evolución del diestro hasta la juventud son algo que parece encarrilado hacia la resolución de la duda de si Rafael hará algo o no en la tauromaquia, pero en un momento dado el centro de la acción gira y el toreo se convierte en circunstancia determinante de algo que nada tiene que ver con él y que aparece ya tarde en la novela.

Ambas partes tienen además un problemilla: la acción avanza a trompicones, como secuencia de anécdotas cuya única relación entre ellas es que las primeras sirven de base a las siguientes, pero sin relación de causalidad.

La narración corre a cargo de un testigo presencial que en realidad no siempre lo es: un tal Vicente, que se da a conocer dando cuenta de algo muy atípico para la época, a lo que volverá al final. Vicente -nada que ver con el repelente niño Vicente, también de Azcona- se ve envuelto en el desarrollo de la carrera de Rafael, y tanto los une esa circunstancia que acaban siendo dos probos… Bueno, no digo más. El caso es que comparten destino, que es la mejor manera de que surjan desavenencias. El problema, el problemón, es el que permite el desenlace de la novela al hilo de un topicazo de la época del que solo voy a dar un dato: es mujer. El entorno social está ligado a los valores más rancios del momento; tanto han cambiado que verlos ahora exagerados para parodiarlos casi resulta violento. Pensad, también, que la identificación de las corridas de toros «con lo español» propició la defensa y promoción de la tauromaquia por el franquismo, a fin de cuentas un régimen nacionalista. Por eso el libro también puede ser entendido como una burla a «lo españolazo» ya que don René chapotea en el ridículo debido a su convencimiento de que nada hay más importante que los toros.

Humor blanco, por una parte, y crítico por otra. Lo que de inocentón tiene el desenlace queda compensado con la ridiculización del mundo taurino. La caricatura de ciertos valores, como el machismo rampante e inconsciente de don René que su esposa acepta sin dudar, también puede leerse como una crítica. Aunque a saber. Quizá algunos lo festejaron.

«Cuando el toro se llama Felipe» no pasará a la historia de la literatura de humor, porque le falta linealidad para ser un todo distinto a la mera acumulación de escenas mortadelofilemonianas, pero bien merece un hueco en las bibliotecas por cómo parodia una época que a estas alturas parece, por la naturalidad con que se aceptaban ciertos valores, antediluviana.

lunes, 30 de marzo de 2026

Arrabal celebrando la ceremonia de la confusión - Fernando Arrabal

 


Fernando Arrabal (Melilla, 1932) es una lumbrera excéntrica. Como tantos de mi generación yo estaba más o menos al tanto de alguna de las razones que le han dado fama de extravagante, pero apenas de las que sostienen la brillantez que le ha hecho ser, dicen, el dramaturgo español más representado en el mundo. Vamos, que no había leído nada suyo hasta ahora ni recuerdo haber visto ninguna de sus obras teatrales. ¡Qué sino el de una generación que, ante el nombre de un gran artista polifacético, en lugar de pensar en su obra y en las razones de sus numerosos reconocimientos internacionales, o de maravillarse por cómo ha hecho de sí lo que ha querido pese a su infancia traumática, rememora las estrafalarias gafas que utiliza o la agitada cogorza con que hace treinta y siete años compareció en un plató de la televisión única!

Corrobora esa triste impresión el modo en que dos de sus libros, entre los que se encuentra el que ahora reseño, llegaron hace poco hasta mí: desde un mercadillo benéfico donde andaban perdidos y sin tocar entre otros libros que tampoco nadie ha leído nunca y un batiburrillo de ornamentos de clase media con aspiraciones pasados de moda.

Nos merecemos cuanto nos pase. Lloremos, hermanos.

En 1960, a los 28 años, Fernando Arrabal publicó en Francia «Arrabal celebrando la ceremonia de la confusión». Siete años después fue detenido en Murcia y encarcelado por haberle firmado a un lector en Madrid, en uno de los ejemplares del libro, esta dedicatoria: «Para Antonio. Me cago en Dios, en la Patria y en todo lo demás». En su defensa firmaron un manifiesto Milan Kundera, François Mauriac, Arthur Miller, Samuel Beckett y hasta dos escritores cercanos a la dictadura, como Pedro Laín Entralgo y Camilo José Cela. Sin embargo, fue su «Carta al general Franco» (1973) su obra «opositora» más difundida, y la que le permitió, según un artículo que leí hace unos días y que no enlazo aquí porque ahora no lo encuentro, formar parte del club de los cinco españoles más peligrosos para la dictadura. Los otros cuatro eran Santiago Carrillo, Dolores Ibárruri y los militares republicanos Enrique Líster y Valentín González. Que el franquismo mantuviera un escalafón de enemigos quizá sea un cuento, no lo sé, pero protagonizar un cuento también hay que ganárselo.

«Arrabal celebrando la ceremonia de la confusión» es una breve delicia que semeja un conjunto de sueños. No me preguntéis de qué trata. Solo hay que sentarse a leer y a disfrutar, lo que resulta en extremo sencillo dado que los «sueños» (¿o delirios?) solo superan las tres páginas rara vez, y entonces lo hacen para quedarse en las cuatro. Leer este libro es como vagar sin prisa por un museo prodigioso en el que cada sala te cuenta una historia fantástica que se desarrolla ante tus ojos. Desde una especie de plaza en un parque, en la que hay una giganta en un pedestal, el arrabalesco narrador emprende varios viajes a través de las diferentes entradas a un laberinto que parten de la plaza. En cada viaje hay varios «laberintos», y cada uno de ellos es una especie de sueño o fantasía de exquisita factura, inteligente, con un lenguaje rico, abundantísimo, florido y, en general -salvo alguna pequeña excepción- con finales inteligentes e ingeniosos que el lector no anticipa y que parecen un mamporro a lo previsible que tan bien viene a tantos escritores. Es la exuberancia de la imaginación lo que más impresiona, aunque algunas personas hay que la consideran impostada. Pero, de ser así… ¿y qué? ¿Quién ha dicho que este libro deba ser una secuencia de fantasías naturales? ¿Por qué no cabe la provocación construida pieza a pieza? 

Esta es una obra destinada al placer de leer por leer. De leer como quien sueña. De dejarse deslumbrar por una imaginación poderosa. De resultas, el lector acabará confundido con la ceremonia, como avisa el título, pero satisfecho. Casi embobado.


viernes, 27 de marzo de 2026

Los viejos amores – Rosa Ribas

 


     Al finalizar la reseña de «Nuestros muertos» dije que «lo normal, hablando de series de novelas, es que a una primera de éxito sucedan unas cuantas que lo explotan, y que suelen ir a la baja porque el producto se exprime y pronto todo es repetir y sostener el invento con argumentos artificiosos. Bueno, pues aquí ocurre lo contrario: cada una de las novelas de los Hernández me ha gustado más que la anterior». Lo reitero, pero añadiendo que mantener o mejorar en la cuarta novela de una saga aún es más complicado que hacerlo en la tercera. Gran mérito el de Rosa Ribas por su imaginación y habilidad.

    «Los viejos amores» encuentra a Mateo Hernández y su familia más o menos como los dejó «Nuestros muertos». Nada significativo ha sucedido entre una y otra historia. Así que siguen con sus traumas y sus trabajillos y también en el punto de mira de un inspector de los Mossos cuya fijación por ellos es tan inexplicable por el odio que la sostiene como entendible por los sucesos conocidos por los lectores de las anteriores novelas.

    «Los viejos amores» comienzan con el funeral de una vecina del barrio conocida de Lola, la matriarca, que comete la excentricidad (siendo ella) de acudir al funeral, lo cual dispara varias alarmas. Y de ahí que Mateo meta la nariz en el asunto, con la connivencia del hijo y la oposición de la hija de la finada. Pronto descubre que la mujer, ya entrada en años, había comenzado lo que parecía una relación amorosa con un antiguo compañero de colegio.

    Ahora, que si el tipo era un don Juan o un Ebenezer Scrooge lo sabrá quien lea la novela.

    Rosa Ribas cultiva con éxito una rara habilidad: el gran follón iniciático que suele fundamentar casi toda novela negra de principio a fin en su caso se resuelve bastante antes del final para enlazar con otro tan íntimamente relacionado que no se pierde la unidad de acción. Esto produce un fuerte efecto de verosimilitud y da a la obra agilidad, porque pasan muchas cosas, y contundencia porque no necesita marear la perdiz para llegar al número de páginas que piden las editoriales. Es decir, que don Juan/Ebenezer Scrooge es importante en esta historia, pero no solo él. 

    Como los lectores de las anteriores novelas ya saben, los hilos conductores que unen a unas obras con otras son las vicisitudes de la familia Hernández. Su evolución es también parte crucial de cada novela. En esta la situación de los personajes nuevamente evoluciona (o involuciona, según se mire), permaneciendo intocable el dúo Mateo-Lola. Son los demás, Nora, Amalia, Ayala… quienes, siempre mediatizados por la situación dominante del padre, intentan ser ellos mismos, que para eso son todos gente de carácter y cada uno con sus rarezas, razón por la cual… Bueno, leed el libro.

    Nada nuevo que decir en cuanto a la escritura: tan clara, bien ordenada, eficaz y profesional como en las anteriores novelas, fusionada con la historia por cómo transmite el cariño y respeto por los personajes y por el barrio, Sant Andreu, que sigue formando parte del decorado como una especie de animal mitológico, el barrio de toda la vida (de toda la vida de quienes ya llevan mucha andada) que sobrevive en la ciudad más turística de España gracias, en parte, a la transfusión de nuevos vecinos capaces de respirar el mismo tipo de vida aunque sean venidos de quién sabe dónde, como el informático que no siempre es ruso. 



lunes, 23 de marzo de 2026

El repelente niño Vicente – Rafael Azcona

 


 

                Notablemente repelente debió de ser el niño Vicente nacido en las páginas de La Codorniz en los años cincuenta del siglo XX, siendo padre de la criatura Rafael Azcona, el célebre guionista que fue también escritor. En las siguientes viñetas podéis ver y juzgar si entre su modo de hablar y su repulido aspecto Vicente mereció su fama, hasta el punto de que se popularizó como insulto ¿suave? la expresión «eres un repelente niño Vicente».


                «Vida del repelente niño Vicente» fue la primera obra que publicó Rafael Azcona. Fue en 1955. Él, nacido el 24 de octubre de 1926, tenía solo 28 o 29 años. Según la mayoría de los sitios donde he husmeado el orden es el que he dicho, pero en alguno se dice que las viñetas fueron posteriores a la novela. De esta falta de información clara también se deduce que la fama del repelente fue efímera aunque la expresión quedara.

                «El repelente niño Vicente» cuenta la historia de Vicente desde que nace hasta ya no recuerdo cuándo. Su repelencia se cocina con seis ingredientes.

El primero, su exquisita educación. No la pierde ni en los peores momentos. Podrías estar estrangulándolo y él, en lugar de querer gritar «¡socorro!» y atizarte una patada intentaría alzar un dedo y articular «disculpe usted, pero…».

El segundo, su bondad: Vicente carece de mala intención. Siempre piensa en el bien los demás, pero de tal modo y en tales momentos (todos) que su atenta consideración resulta empalagosa.

El tercero, su sentido de la justicia, que le hace tan tiquismiquis como sea preciso para equilibrar la balanza al nanogramo.

El cuarto, su ejemplar conciencia de la igual dignidad de todos los seres humanos, que le hace dispensar un trato igualmente respetuoso al churumbel de tres años que le está mordiendo un dedo que al empleado de banca carpetovetónico que ronca tras la ventanilla o al ratero que acaba de birlarle los cuartos.

El quinto, su lenguaje redicho, barroco, repipi, cursi, que elude toda palabra con reminiscencias vulgares u ordinarias. Para él es forma de expresar respeto, aunque para los demás es una extravagancia con efectos dispares según el contexto: risa, miedo, incredulidad, indignación…

Y, sexto y último, el apego a los valores que definían a la «gente bien» de la época que, solo hace falta recordar los años que he mencionado, tenían todo que ver con el «nacionalcatolicismo», ese engendro que, en cuanto las cosas se torcieron para Hitler y Mussolini, improvisó el franquismo para sortear la comparación internacional con esos regímenes por los que tanta admiración había expresado el dictador. Un engendro que pretendió unir los valores fascistas de la Falange (las relaciones de Franco con la Falange eran de mutua desconfianza) con los católicos (para legitimarse a través de la religión y devolver el favor del apoyo eclesiástico al golpe). La mezcla era útil para Franco porque permitía diluir la influencia de la Falange en el nuevo régimen cuya tercera pata (además de la Iglesia y la Falange) era el ejército. Franco fue muy hábil repartiendo el poder de modo que los intereses de cada grupo anularan los de los demás, lo que impidió alguno de ellos pudiera llegar a cuestionarle (los militares querían reinstaurar la monarquía y los falangistas el fascismo). El nacionalcatolicismo fue una «ideología», por llamarla así, que en teoría unía los ideales sociales propios del fascismo con los valores de la religión católica.

En consecuencia, hay motivos para pensar que parte del éxito de Vicente se debió a la crítica implícita en lo hiperbólico de su carácter. Riéndose del repelente niño Vicente uno lo estaba haciendo de todos aquellos que, arrimados al lado del vencedor, se esforzaban por distinguirse de la chusma a través de costumbres devotas, hábitos de pequeñoburgués con ínfulas, aires de respetabilidad y un respecto absoluto por el orden establecido, que los protegía y al que, en justa correspondencia, protegían con fe ciega. Más de dos décadas después Fernando Vizcaíno Casas retrataba a este tipo de santurrones civiles a través de una señora que, incapaz de pronunciar la palabra «huevo» por sus horripilantes connotaciones masculinas, en la tienda pedía y en su casa cocinaba «posturitas de ave».

Lo que he dicho en el párrafo anterior es muy importante. Si uno lee esta breve novela con los ojos de 1955 seguramente le resultará más divertida e incisiva que si usa la mirada de 2026, en cuyo caso es probable que esta obra le parezca un simple catálogo de anécdotas repipis que se agotan en sí mismas.

Dicho esto, también es verdad que Vicente representa una tipología de personajes de gran predicamento en las historias de humor porque también existen en la sociedad y suelen ser fácilmente identificables y habitualmente risibles. Hablo de personajes apegados con pasión de amante a los valores más tradicionales, gente sin ojos para el resto de valores, que consideran aberraciones, prestos a escandalizarse por cuanto se sale de la más estricta observancia de sus ideas, pero impotentes para defenderlas con nada distinto a su «justa indignación»; gente para la que la existencia del distinto constituye una desgracia que se transforma en ofensa cuando interfiere en su vida. Estos personajes son abundantísimos en la literatura y el cine. Y, por supuesto, en la vida. Reflejan a un tipo de personas que todos conocemos; unos remilgados, otros meapilas, tan poco flexibles que ante el distinto solo practican la intolerancia o la condescendencia. ¡Menuda banda! Ned Flanders y sus hijos en los Simpson, la señorita Rottenmeier de Heidi o todos los payasos «serios» que se oponían a los chapuceros y catastróficos no son personajes originales; todos parten del mismo estereotipo del que nació el repelente niño Vicente.

Pensad en todo esto cuando leáis esta obra que acaba de rescatar Pepitas de Calabaza.

Y con estos postreros vocablos concluyo mi escrita disertación acerca de las propiedades y peculiaridades de esta singular pieza de las letras de nuestra vigésima centuria, con la alegre esperanza de haber sido causa de provecho para todos los leyentes y de regocijo para los de superior gracejo.


jueves, 19 de marzo de 2026

Borrar la historia - Jason Stanley

 


    Jason Stanley era profesor de filosofía en la Universidad de Yale. Su obra «How Fascism Works: the Politics of Us and Them», publicada en España bajo el lamentable título de «Facha», que reseñé hace poco, ha sido traducida a más de veinte idiomas. En 2025 se trasladó a Canadá, a la Universidad de Toronto, debido al ambiente asfixiante que Trump ha creado en la sociedad norteamericana, especialmente en el mundo académico por las razones que luego diré.

En esa obra Stanley da cuenta de las dinámicas de la extrema derecha, a la que denomina «fascismo». En «Borrar la historia» sigue utilizando esa terminología, y explica sus motivos.

«Borrar la historia» desarrolla algunas de las cuestiones apuntadas en la obra anterior. En ambas hay que tener en cuenta que la posición ideológica de Stanley es clara y confesada: su objetivo único es defender las democracias liberales. Y lo hace con contundencia y argumentos.

¿Qué es un gato? La respuesta que dará un ciudadano medio distará bastante de la que dé un perro; y un ratón lo definirá de un modo aún más distinto; también una pulga tendrá una visión diferente; y no digamos una bacteria intestinal gatuna. Entonces, ¿qué es un gato? Un investigador que desee dar la respuesta más rigurosa posible debe integrar todas esas visiones.

Con la historia sucede igual. Pensemos en Estados Unidos, el país al que Jason Stanley dedica más atención, aunque también menciona otros como India, Hungría o Polonia, amén de hacer abundantes referencias al nazismo (su familia, de origen judío, lo sufrió de forma cruenta). Lo que hicieron los europeos en América a partir del siglo XVI, visto desde sus ojos y su época, sin duda fue algo muy distinto a lo que en aquellos momentos vivieron los pueblos nativos (entre 60 y 100 millones de habitantes en toda América, en 1500, y entre 60 y 80 en Europa); por otra parte, qué decir de la visión que de la esclavitud debieron tener muchos pueblos africanos (alrededor de trece millones de personas, según algunas fuentes, fueron enviadas como esclavos a América entre mediados del siglo XVI y mediados del XIX; el continente africano tenía en 1800, en mitad de ese periodo, entre 70 y 90 millones de habitantes; huelga decir que como esclavos se llevaron a los más jóvenes y sanos). 

La historiografía que pretende ser rigurosa debe tener en cuenta todos los puntos de vista que se dieron: el modo en que cada grupo humano lo vivió. Suele decirse que «La historia la escribe el ganador», pero esto solo indica que a lo largo de los tiempos el poder ha impuesto su versión, la cual, obviamente, ha ocultado, disimulado y justificado todos los errores y excesos de quien se impuso y ha silenciado la voz del resto. El poder se ampara en visiones de la historia que lo justifican. Sin embargo, la llegada de las democracias ha permitido avanzar en los métodos científicos de la historiografía. Solo al examinar la historia desde todos los puntos de vista se alcanza la visión más cercana posible a la realidad. A averiguar qué es un gato.

De este modo el libre ejercicio de la ciencia que permiten las democracias se convierte, también, en un límite al poder. Son los límites al poder lo que caracteriza a una democracia. Por eso la importancia del rigor científico trasciende a la ciencia.

En cuanto al tiempo presente, dado que es el resultado de la historia resulta imposible diagnosticar bien nuestros problemas con una visión parcial o incorrecta del pasado.

La extrema derecha defiende, de facto, la supremacía del hombre blanco, que es el grupo dominante en todo occidente. Y lo hace amparada en una visión parcial de la historia. Por eso cuestiona el feminismo y la inmigración, especialmente la de personas de etnias diferentes. También condena todo lo woke, siempre relacionado con la defensa de minorías ajenas al poder. La extrema derecha estimula el miedo de las clases privilegiadas (o que creen serlo) a perder su posición, y culpan de esta amenaza a cualesquiera que cuestione el status quo.

Por eso la historiografía científica propia de las democracias es enemiga de la extrema derecha. Por eso, y porque muchas de las novedosas investigaciones en numerosos ámbitos de la realidad afectan al status quo la extrema derecha ha puesto en el punto de mira a las universidades y, por extensión, a todo el sistema educativo.

Para la extrema derecha la única historia verdadera es la que legitima la posición dominante del hombre blanco, y de esta versión surgen mitos de grandeza, de inocencia, de pureza nacional, héroes… Cualquiera que cuestione esta visión pasa a ser, automáticamente, un enemigo. El enemigo de la nación. En la actualidad un marxista, un comunista, un socialista. La «teoría del gran reemplazo», que ni mucho menos ideó Hitler pero que defendió con vehemencia en «Mein Kampf», ha mutado de elementos instigadores: ya no son los judíos, como afirmó Hitler, sino la izquierda, «el marxismo», como proclama la extrema derecha actual.

Por los mismos motivos, la extrema derecha ha declarado la guerra a las organizaciones socialmente transversales: cuando un sindicato defiende una subida salarial la medida afecta a todos los trabajadores independientemente de su sexo, nacionalidad y raza, por lo que es una organización con capacidad para unir grupos que la extrema derecha desea enfrentar. Lo mismo está sucediendo con organizaciones sociales que abogan por una igual dignidad de todos y, por los mismos motivos, hasta con la Iglesia católica bajo el mandato de los papas Francisco y León XIV. Todos, sindicatos, ONGs y hasta algunas religiones han sido convertidos en enemigos porque todos comparten la transversalidad social de su mensaje.

El ilustrativo repaso que Stanley hace de los excesos cometidos en los últimos años en Estados Unidos por los gobernadores republicanos más extremistas y por la administración Trump retrotrae a momentos de racismo rampante en los que, por ejemplo, se hacía estudiar en los colegios textos que afirmaban que los esclavos estaban satisfechos porque, gracias a serlo, comían y tenían alojamiento. Vamos, que los esclavistas eran sus benefactores. Sobran comentarios. Como también sobran cuando las teorías creacionistas se ponen en pie de igualdad con las evolutivas. Dios creó al hombre. Al hombre blanco. Del simio, para esta gente, descienden otros.

Stanley utiliza un lenguaje muy claro y un tono didáctico en gran medida facilitado porque a la diáfana exposición de conceptos suele seguir la de contundentes ejemplos. Algunos son ya conocidos por el público español, de sonadas que han sido las barbaridades, pero muchos otros sorprenderán y alarmarán por igual.

La manipulación de la historia implica la manipulación del sistema educativo. Al defender el método científico en la historiografía Stanley hace una apasionada defensa de la libertad de educación. La manipulación de la educación y a través de ella de la historia permite justificar la adopción de medidas cada vez menos disimuladas de limpieza étnica o cultural. Dado que la única visión admisible para la extrema derecha es la del grupo dominante, cualesquiera otra se considera un ataque a la nación, a la cultura, a la identidad nacional. Los conceptos de igualdad y libertad propios de las democracias liberales no entran en la cabeza de la extrema derecha: quien no es como el grupo dominante no es de la nación. 

Las dinámicas sociales y económicas, sin embargo, tienen sus propias reglas. El empeño en domeñarlas desde posiciones que prescinden del conocimiento riguroso de la realidad solo puede tener tener resultados dramáticos.

Una obra clarificadora, como la anterior, de muy conveniente lectura en los complicadísimos momentos presentes para evitar los convulsos que acechan.


lunes, 16 de marzo de 2026

Bartleby y compañía - Enrique Vila-Matas

 


Bartleby, el extraño y célebre personaje de Herman Melville, dejó pasar los días de su vida encerrado en una oficina, respondiendo «preferiría no hacerlo» a cualquier petición o sugerencia de que meneara el culo.

Su viaje desde su desesperante no dar un palo al agua a la celebridad inspiró a Enrique Vila-Matas este otro libro que se abre con la siguiente cita de Jean de La Bruyère: «La gloria o el mérito de ciertos hombres consiste en escribir bien; el de otros consiste en no escribir».

Y no, al abrir así Vila-Matas no está pensando en el tiempo (en la vida, que decía José Luis Sampedro) que todos ganaríamos si a los escritores petardos les diera por dedicarse al apasionante mundo de las canicas, sino al silencio de los grandes y a si se puede ser grande desde el silencio.

La colección de ochenta y tantas «notas a un texto inexistente» que contiene este libro es un magnífico repaso a quienes alcanzaron la celebridad literaria sin hacer apenas nada  o a quienes, habiéndolo hecho, en algún momento decidieron callar para siempre. Alguno hay, incluso, que no escribió nada en absoluto y fueron sus relaciones las que lo encumbraron como artista sin obra. Porque, ¿quién duda que los artistas sin obra existen? 

Y así, revoloteando con humor alrededor de los motivos que unos pudieron tener para dejar de escribir y de las rarezas que otros confirmaron, lo que comienza siendo un viaje pintoresco termina llegando a lo que creo que de verdad le interesa  a Vila-Matas: lo que lleva a renunciar a la escritura está muy relacionado con la reflexión sobre lo que estimula a escribir y sobre la propia capacidad para hacerlo. Y, en concreto, con la conciencia que antes o después todo escritor alcanza de que sus objetivos son de imposible cumplimiento.

Hablo del escritor con espíritu artístico o inquietudes intelectuales o espirituales, claro, no del industrial, al que ni siquiera se menciona y al que estas cosas no le importan ni un rábano.

Si Enrique Vila-Matas llega a alguna conclusión no lo dice abiertamente, pero entre líneas se adivina que todo el que se siente llamado a escribir cree tener algo importante que decir, pero nadie, ni él, sabe qué. Todos sienten, creo yo, la llamada a explicar la vida, la existencia, o alguna otra cosa tan profunda que ni atisban a verla aunque sepan que está ahí, pero a ver quién es el guapo que lo consigue con las pocas neuronas que tenemos. Unos, los más inteligentes y sensatos, pronto se dan cuenta de lo baldío del empeño y ni lo emprenden. Son artistas conscientes de la inutilidad de serlo. Otros lo intentan hasta que, a fuerza de fracasos, incluso de brillantes fracasos, asumen su incapacidad. Y quedan los inasequibles al desaliento, entre los cuales unos porfían porque de algo hay que comer y el resto se dividen entre quienes encuentran consuelo en la lisonja y los que siguen escribiendo porque asumir que has estado toda la vida correteando como un memo tras una quimera tiene que ser un papelón. Estos últimos también son Bartleby, pero a la inversa; si Bartleby no hacía nada como si todo careciera de sentido (o porque todo carece de sentido), estos prefieren hacer todo antes de enfrentarse a la nada.

Todo esto nos lo cuenta Vila-Matas escribiendo sin escribir (por si acaso), porque ¿qué son unas notas a pie de página sin página? Este juego (trilero) inicial para hacer cómplice al lector crea una corriente de humor inteligente basado en la común conciencia de estar haciendo un ejercicio intelectual divertido, lúcido, pero que se agota en sí mismo porque… Lo ya dicho: igual que los trapecistas son admirables pero por más que lo intenten no pueden volar, las neuronas con más donaire tampoco alcanzan a escapar de sí mismas. 

Y como en ese viaje intelectual el autor se codea, junto al lector, con una caterva de celebridades y un grupillo que mereció serlo, todos los cuales actúan como guías más o menos desorientados de un mundo mental que, al menos en teoría, conocen como nadie, ¿quién dirá que el viaje no fue interesante?

    Una gran obra por el fondo y también por la maestría con que está escrita.