En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

miércoles, 17 de junio de 2026

Soy rico y soy famoso - Garbi Zuzunaga

 


Si no me engaña mi flaca memoria, Garbi Zuzunaga me conoció antes que yo a él. Leyó mis libros supongo que porque los vio en las redes y luego comenzó a seguirme. Además. me regaló comentarios elogiosos (o sea, peligrosos), que yo agradecí por vanidad, porque confieso que antes de aceptarlos no investigué si estaba como una chota o no. Desde entonces hemos intercambiado tuits sobre diferentes temas literarios. Algún tiempo después vi que había publicado un libro de humor («Soy rico y soy famoso»), y entonces me puse en guardia: ¿sería este hombre uno de esos escritores tan desorientados y desesperados como para acudir a un mindundi como yo en busca de retuits o reseñas? Para no ser nadie, no os imagináis la cantidad de peticiones que he recibido. No me extraña que los famosos se protejan. Todas las he rechazado porque solo leo lo que me apetece y cuando me apetece y, después y por supuesto, porque no voy a hablar bien de lo que me parece mal (dato este último que los peticionarios siempre han olvidado no sé si porque se creen muy buenos escritores o porque, no siéndolo, consideran que pese a no conocerlos de nada debo ser su benefactor y que para mí no tendría consecuencias engañar a los lectores de este blog). Tan tiquismiquis soy con estas cosas que cuando me han ofrecido un libro regalado siempre lo he rechazado. Solo me siento libre de opinar sobre el un libro cuando lo he pagado. Bueno, pues mi temor sobre todas estas cuestiones fue infundado en esta ocasión. Garbi Zuzunaga seguía con su libro y a mí me dejaba en paz: continuábamos intercambiando tuits de vez en cuando sin que me pidiera nada, y seguía pareciendo un tipo sensato excepto por las flores que me había dedicado.

El tiempo ha pasado. Ya no ha publicado un libro, sino tres, y ha seguido sin darme la brasa para que leyera alguno. Así que, lento que soy, mi curiosidad ha ido poco a poco desplazando a aquella cautela inicial. Despejada la duda sobre sus intenciones y teniendo a Garbi Zuzunaga bajo sospecha de sensatez, también nació la curiosidad por dar respuesta a la siguiente pregunta: ¿Qué diablos tiene que ver un título como «Soy rico y soy famoso» con un erizo tumbado a la bartola? ¿De qué pueden tratar tres libros con un erizo en sus portadas? ¿A qué tipo de lector atraen los erizos con gafas de sol? Centrándonos en la novela que ahora reseño nadie negará que la portada, pensando que a veces es la única publicidad que el lector potencial ve, es arriesgada.

    En cualquier caso, alta curiosidad no quiere decir altas expectativas. Que el autor se expresara bien en redes, pareciera cabal y me cayera bien no significaba nada. Antes al contrario, algo más de quince años husmeando el mundillo literario me han puesto en contacto con bastantes personas razonables pero sinceramente satisfechas del mierdolo que han escrito, que ya decía Erasmo de Rotterdam en el «Elogio de la locura» que el amor hace llamar ligeramente bizco al hijo tuerto, y no hay autor que no se sienta padre de sus obras. Por eso, cautela sobre cautela, los libros que he leído tras contactos como el que he descrito se cuentan con dos o tres dedos de una mano, siempre tras cierto proceso de selección intuitiva, vamos a llamarlo así, como el que con estas palabras termino por fin de confesar. Acerté con todos. En cambio, los que no he querido ni empezar, y más tras husmear la primera página, son un pilón.

    El caso es que, mil años después, ya he leído «Soy rico y soy famoso».

    ¿Por qué cuento todo esto?

    Primero, para que nadie que husmee por las redes piense que esta lectura es fruto de un intercambio de flores. Segundo, para animar a quien esto lea a olvidar toda prudencia a la hora de leer a Garbi Zuzunaga.

    Empezar sin expectativas la lectura de «Soy rico y soy famoso» es lo mejor que cualquier lector puede hacer. No esperar nada, no suponer nada. Dejar que lo bueno y lo sorprendente se manifiesten y te lleven donde quieran. 

    Y es que este libro es a la vez bueno y sorprendente.

    Voy a empezar por lo segundo:

    «Soy rico y soy famoso» está narrado en primera persona por un escritor que responde al seudónimo de Garbi Zuzunaga y que se dirige al lector desde un estado de ánimo tan alegre y exaltado como aquel al que le ha tocado la lotería y no es capaz de dejar de correr por toda la casa parloteando como un loro enloquecido hasta que se le acaban las fuerzas. Solo que las fuerzas del protagonista no se acaban y el ritmo se mantiene de principio a fin, sin altibajos, lo cual es dificilísimo.

    El tono es confianzudo. Tampoco es sencillo lograrlo. El lector no es alguien a quien se le esté contando una historia, sino un amigo con quien se está compartiendo una alegría inmensa, a quien se está confiando un secreto morrocotudo y, de paso, a quien se trata con cariño y con quien se comparte la intimidad familiar, pues el protagonista le da cuenta de sus evaluaciones, ambiciones y temores al hilo del lío en que ha metido a su familia por culpa de la fama y los millones. Bueno.. Igual no he sido exacto: el narrador está tan contento que siente como amigo a todo el que lo escucha o lee, por eso trata al lector como a un amigo íntimo, sí, pero no en la intimidad, porque habla tan exaltado y con tan poco que ocultar que todo lo que le dice al lector también lo está oyendo su señora, ¿verdad, Chiqui? Y lo mismo que lo escucha ella, también todo aquel de quien habla el narrador: hijos, conocidos, famosos… Da por hecho que su fama es tal que todo el mundo va a estar al tanto de cada una de sus palabras. 

    ¿Y qué cuenta la historia? Cómo un tipo desconocido escribe una novela (la que tiene en las manos el lector) que lo convierte en una estrella planetaria cuya fama excede de lo literario. Tan tremebundo es el éxito que, para preservar su intimidad (¡menos mal que usó seudónimo!) se ve obligado, ante la tesitura de conceder una entrevista que le hace ilusión realizar, a utilizar una máscara de erizo, animalito al que tiene singular cariño por tener uno como mascota, y que explica la portada.

    ¿Suena a disparate? Lo es. Monumental. Como también el arranque del exitazo: ¡la minúscula primera edición se agotó tan pronto como la compró el autor! Y de ahí al estrellato. Como el astronauta que se va a Marte a chorrocientos mil kilómetros por hora tras haber arrancado la aventura en un cohete de vapor que tira menos que una burra vieja. Todo es un disparate, sí, pero con el mayúsculo mérito de hacer verosímil el absurdo

    A esto colabora no poco el alegre, amistoso y fresco tono hacia el lector-amigo-confidente y, sobre todo, que el narrador, un tipo normal al que el éxito ha sorprendido, ni deja de ser él mismo ni quiere dejar de serlo: sigue siendo un marido fiel y responsable padre de familia y lo sigue siendo pese a estar dispuesto a permitirse lujos hiperbólicos, regalarse numerosos caprichines y aprovechar todas las ocasiones que su nueva condición le permite para hacer lo que antes hubiera deseado hacer. Todo, insisto, sin cambiar su espíritu de clase media y de hombre volcado en su familia. 

    Así es como avanza la historia: con el protagonista dando un paso en el suelo y otro en las nubes conocemos primero el origen de su éxito y, solo después, la azarosa aventura que emprende desde Córdoba, su tierra natal, a Madrid, para ser entrevistado, en primicia mundial, por su locutor de radio favorito. Otro amigo. Este viaje iniciático de ida y vuelta a las exigencias de la fama, a conocer a un locutor admirado y a masajear la recién estrenada vanidad de escritor se transforma en la disparatada aventura que justifica el libro.

    Ya he mencionado el tono: es tan sorprendente que al principio cuesta un poco cogerle el tranquillo. El personaje es como es, no está sobreactuando, pero lo exaltado de su animo es tan inesperado que durante unas páginas puede parecerlo. También sucede que hasta que se pone el marcha el viaje la historia solo parece dar vueltas en torno a la idea inicial: un tipo repentinamente famoso está tan contento que parece chiflado. Bien. ¿Y qué? Una frase espolvoreada en los inicios para anunciar la historia del complicado primer viaje evitaría dudas al lector acerca de hacia dónde va el libro, si a contar algo, como así es, o a recrearse en una situación. Es un «pero», pero es un «pero» pequeñito. Un perito (al que no se pueden pedir pericias, ¿eh?).

    El lenguaje es ágil, rico, eficaz, utilizado con gracia y solvencia, animadísimo, con unos giros personales singulares, definitorios del estilo sobre todo por el modo en que el protagonista se refiere a su esposa, hijos y a todo el que aprecia o admira. El lector siente que más que leyendo está escuchando el divertido ataque de verborrea de un amigo enloquecido por un alegrón. Me parece complicadísimo lograrlo durante tantas páginas seguidas, de principio a fin.

    Los recursos cómicos son abundantes, aunque de un par en concreto se abusa un pelín en algún punto concreto, pero no de modo general. El disparate constante, el absurdo, la caricatura, los inteligentes juegos de palabras, los distorsionados nombres de los famosos que desfilan por el texto y que no impiden reconocerlos, la peculiar versión, coloquial, entre amigos, de hechos y noticias que están en la memoria popular, el cotilleo, la chanza, la desatenta memoria sobre los títulos de la obra del Presidente del Gobierno, las situaciones estrafalarias, alguna incluso surrealista, creadas y resueltas con ingenio… En fin, un alarde.

    Eso sí, el libro tiene una limitación, que no un defecto: está tan próximo a los recuerdos de la generación que ahora tiene entre 45 y 70 años y hay tantas referencias a políticos, artistas y famosetes conocidos por esa generación pero ya desconocidos para las siguientes (y casi todos serán completamente desconocidos para la mayor parte de la población dentro de pocos años) que más le vale a su autor hacerse famoso de verdad (lo de rico importa menos) porque así los críticos harán ediciones llenas de notas a pie de página explicando quién era cada una de las personas a las que aluden los desquiciados nombres que esta divertida obra les atribuye. 

    El tratamiento de todos ellos es festivo pero respetuoso incluso cuando el autor toma partido ideológico a través de lo que evita y lo que no.

    Si os gusta el disparate educado y la gamberrada civilizada, leed esta novela. Ayudaréis a que quien se oculta tras el seudónimo de Garbi Zuzunaga, que no tengo idea de quién es, se haga rico y famoso, que lo merece y seguro que le hace ilusión, y la lectura no creo que os sorprenda y divierta menos que a mí. Así que no seáis tan cautelosos como he sido yo: ¡tiraos a la piscina, que hay agua y está templada y plagada de patitos de goma!


lunes, 15 de junio de 2026

Golondrinas - Bernardo Atxaga

 


Un ángel caído situado en lo más bajo del escalafón (y, por tanto, con una clarividencia un tanto perjudicada) da cuenta al lector de su trabajo en el cementerio de Arroa Goia y sus alrededores, en el corazón de Guipúzcoa. Lo hace en tres momentos diferentes.

El primero, en 1992, cuando está acompañado de su jefe y otros dos demonios algo más espabilados o, al menos, con más mala leche. Están asistiendo al entierro de Juan Manuel Ibar Aspiazu, Urtain (1943-1992), quien comenzó siendo un fenómeno de los deportes tradicionales vascos y terminó siendo campeón de Europa de boxeo en la categoría de pesos pesados, la máxima. Corría el año 1970 cuando alcanzó esa cumbre, así que no hace falta mover una neurona para comprender que el régimen franquista se apropió de su éxito, como de todos los éxitos deportivos, y que eso no favoreció en nada el aprecio de la sociedad euskaldún hacia el campeón. Como además Urtain había entrenado más los músculos que la psicología necesaria para asimilar el éxito, los problemas estaban cantado. Tras retirarse, pronto pasó a ser lo que luego se denominó un juguete roto, hasta que a los 49 años, endeudado e incapaz de vislumbrar un futuro digno, se suicidó en Madrid tirándose desde un décimo piso en una calle que, por cierto, frecuenté solo dos años después sin tener ni idea del suceso.

El entierro que la novela describe tiene, vamos a decirlo así, sus peculiaridades. Sobre todo por la fauna que asiste.

El segundo momento transcurre veinticinco años después, en 2017, con ocasión de otro funeral. El de uno de los asistentes al sepelio de Urtain. El nuevo finado había sido un tipo peculiar, vamos a decirlo así, cuya figura no solo ocupa el relato central sino que da unidad al libro y a las tres historias que lo forman. Aquí el ángel caído que nos chismorrea todo ya está solo. Es un pobre diablo en todos los sentidos.

Y, tercer momento, otros veinticinco años después, en el funeral, en 2042, de uno de los asistentes al segundo entierro, un tipo mucho más normal, pero que se ha visto envuelto en circunstancias que le han permitido saber mucho sobre el segundo finado y, de rebote, sobre Urtain. La relación entre los tres funerales es sutil. Algo, poca cosa, que sucedió hace tropecientos años condiciona vidas durante décadas y décadas sin que nadie llegue a sospechar el modo en que la olvidada anécdota de alguien a quien no conoció determina su actividad diaria. Los nervios que provocan estos movimientos en el cuerpo histórico son el amor y, sobre todo, el odio. El diablo ya es paupérrimo.

La acción no transcurre de forma lenta, sino lentísima, pero esto no es una crítica sino mi modo de decir que Bernardo Atxaga cuida los detalles: si los personajes se van a cenar a un buen restaurante, cena tú también por todo lo alto mientras lees, porque la lectura durará lo que la cena. Otra cosa es que en ella se cuenten cosas de modo que la historia de casi un siglo se conozca en unas pocas escenas en las que, eso sí, los participantes hacen alardes de memoria.

Dividir la historia en intervalos temporales de un cuarto de siglo golpea con fuerza al lector: quien hoy es adulto mañana es un anciano moribundo. Y quien hoy es joven mañana es un adulto con toda la vida hecha, y el anterior anciano moribundo es ya alguien olvidado cuyos últimos rastros desaparecen ante los ojos del lector. Produce cierto vértigo, sobre todo, supongo, en los lectores que ya tenemos más años por detrás que por delante. La sensación de que nuestra propia vida es efímera y, a la vez, menos importante de lo que nos parece, es intensa. Digo yo que a sus 74 años es un tema al que Bernardo Atxaga ya ha dado vueltas para intentar aceptarlo. Este libro podría ser una de ellas.

La escritura es de una gran calidad, y el humor está presente en segundo plano con una constancia y uniformidad tal que llega pasar inadvertido, pues el lector se acostumbra a la principal forma en que se manifiesta: la descalabrada clarividencia del narrador, a cuyas entendederas lo mismo no llega información crucial que la entorpecen datos absurdos e inútiles. Pero hay más: los personajes no tienen ángeles de la guarda, sino ángeles (caídos) que parecen comerciales de su jefe, Luzbel: ni se plantean hacer caer a la gente en la tentación porque todos los personajes humanos va tan a lo suyo que son clientes fijos, por eso la función de los angelitos demoniacos es, más bien, apresurar los días de la ya condenada clientela. Hasta en ese negocio la rotación es importante. Otro rasgo de humor es el modo en que los demonios hablan de sus opuestos. Como todo el mundo se tiene en buena estima a sí mismo, hasta los diablos, todos, también ellos, tienen mala opinión del contrario: por eso se refieren a Dios como «el Tirano», entre otras alusiones del mismo tenor.

Bernardo Atxaga logra, con pericia y sin que se note, crear y resolver atractivas dudas al lector. Primero, despierta la curiosidad por Urtain, una vieja celebridad a quien ya casi nadie recuerda; segundo, por saber la razón de la actitud de algunos personajes hacia el boxeador fallecido; tercero, por averiguar qué se traía entre manos uno de esos personajes y si su muerte un cuarto de siglo después fue o no lo que parecía; y, cuarto, por enmarañar y desenmarañar ciertas relaciones sexuales y emocionales.

Un gran libro que combina con sabiduría, desde un escenario local, misterio, humor, un punto de sexo sugerido y reflexiones sobre lo fugaz de la vida y la dificultad de racionalizar su sentido.



jueves, 11 de junio de 2026

Construir al enemigo - Umberto Eco

 


Esta excelente recopilación de conferencias y opúsculos de Umberto Eco me la regaló un amigo cuya espolvoreadas ausencias, unidas las de otros amigos que suelen acompañarme, han permitido que este libro me haya acompañado en los desayunos solitarios de un par de meses.

Cuando husmeé sus páginas creí que se trataba de una recopilación de artículos como las otras dos que he reseñado aquí,  «Cómo viajar con un salmón» y «De la estupidez a la locura», que se adaptaban maravillosamente a esas circunstancias de lectura, pero no. «Construir al enemigo» es un libro parecido, pero más rico y complejo, una obra que en ocasiones presenta cierta dificultad debido a que sobre la pasmosa erudición de Eco se desarrolla una inteligencia tan ágil y aguda que a menudo uno debe esforzarse para comprender la ingeniosa pirueta que ha llevado a Eco de un hecho estrambótico o cotidiano pero siempre interesante o desconocido a una conclusión insólita e inteligente. Alguna crítica ha calificado este libro de «sublime». No es un elogio exagerado.

    Sin embargo, mi forma de leerlo, que ya he contado, no ha sido la más adecuada. La mayoría de los textos no se leen en el tiempo de un café, ni en el de dos o en el de tres. Esto impide leer con la continuidad que algunos de esos textos requieren. Y son tan variados en su temática y complejidad que (sobre todo cuando aparece esta última) hacen que tomar un café sea un ejercicio extraño, no voy a decir que menos placentero, pero sí exigente en lugar de relajado. Si algún consejo útil puedo dar derivado de esta experiencia es que reservéis a cada capítulo el momento adecuado para disponer del tiempo necesario para leerlo.

    El título lo toma el libro de la conferencia que lo abre: la que explica el papel del enemigo en la vida humana individual y colectica, cómo construimos su imagen y en qué medida el enemigo muchas veces lo es solo porque le damos ese estatus. Pero el título casa con el resto, porque este libro hace tanta luz sobre el saber, hay tantas reflexiones lúcidas sobre tantos temas (Victor Hugo, Dickens, Joyce, Wikileaks, política, cultura, historia, religión, literatura, autobiografía histórica…) y tantas y tantas paradojas que desnudan al ser humano, que bien podemos decir que todas ellas construyen, en el sentido de que mejoran, al lector. Por lo que, dado el título, se deduce, claro, que nuestro principal enemigo somos nosotros mismos.  

No tiene sentido que intente resumir la caterva de temas tratados, y sería una ingenuidad aspirar a trasladar la lector de esta reseña la milésima parte de la sabiduría, pasión, ingenio, fuerza y humor que trenzan los colosales conocimientos de Eco para, como quien hace magia, transformarlos en algo profundo y sensato pero a la vez inesperado, sorprendente y siempre enriquecedor. El humor de Eco es un instrumento formidable para que el lector no se tome demasiado en serio al ser humano ni mucho menos a sí mismo. Hasta cuando usa el humor para hacer crítica Eco lo hace de tal modo que resulta imposible considerarlo ofensivo. Por cierto, el artículo sobre las reliquias podría formar parte lo mismo de una antología religiosa que histórica o humorística. No os imagináis la risa que me entraba en algunos de sus pasajes gracias a la habilidad de Eco para acumular datos reales de modo significativo y divertido. Más de una carcajada tuve que reprimir.

    Termino resumiéndolo de otro modo: Eco demuestra en estas páginas que cuanto preocupa al ser humano puede encontrarse en cualquiera de sus actividades, y que en todas ellas delata la inevitable contradicción entre sus aspiraciones (o cómo se ve a sí mismo) y las limitaciones que le hacen ser lo que es. Los más tontos, la mayoría, se enzarzan de por vida en batallas contra sí mismos que proyectan en los demás, a quienes hacen culpables. En cambio los inteligentes, como Eco, aprovechan para gozar del arte de ejercitar la inteligencia y de disfrutar, gracias al humor, de las contradicciones y limitaciones propias y de sus semejantes.


lunes, 8 de junio de 2026

El último caso de Unamuno - Luis García Jambrina

 


    Luis García Jambrina y Manuel Menchón firmaron una especie de ensayo que cuestionaba la versión oficial sobre la muerte de Miguel de Unamuno: «La doble muerte de Unamuno». Lo reseñé en 2021. Aunque la obra se limitaba a expresar dudas sobre la versión oficial, la novela que ahora reseño, «El último caso de Unamuno», da por buena la hipótesis del asesinato frente a la de muerte natural. 

    Ni que decir tiene si esta novela transcurre cuando Unamuno muere es lógico que el caso que investiga sea el último. También es el segundo tras «El primer caso de Unamuno», novela que no he leído y en la que Luis García Jambrina transformó al escritor y pensador en detective sui generis.

  «El último caso de Unamuno» es también «el caso Unamuno», porque son dos las investigaciones que se dan, apenas separadas por unos meses. Ambas se van alternando para, como siempre ocurre con estos planteamientos, converger.

Estamos en la Salamanca del otoño de 1936. Un profesor universitario se ha suicidado, pero su viuda no cree esa versión y le pide a Unamuno que haga lo posible por aclarar lo ocurrido. Unos pocos meses después, la tarde del 31 de diciembre de 1936, muere el propio Unamuno en las circunstancias que podéis leer en la reseña de «La doble muerte de Unamuno», parte de las cuales se reflejan en esta obra. Luis García Jambrina hace que el escritor investigue el caso del profesor suicidado y da a la muerte de Unamuno una explicación novelesca a través de la investigación realizada por un abogado amigo de la familia.

Unamuno fue partidario del golpe de estado de julio de 1936 en la confianza de que pretendía restaurar la monarquía para acabar con los excesos de los últimos años de la República, de la que años atrás había sido partidario, y santas pascuas. Al instante los sublevados aprovecharon su prestigio nacional e internacional en defensa de su causa. Pero cuando Unamuno se dio cuenta, enseguida, de que los sublevados no estaban llevando a cabo un golpe de estado tradicional, limitado a cambiar las élites del poder, sino que habían emprendido una guerra de exterminio, de aniquilación sistemática y organizada del discrepante, aborreció el golpe y se enfrentó a los golpistas a riesgo de su propia vida y de la de sus familiares. La estrategia de los sublevados respecto a él fue doble: no quisieron cargarse a un hombre de tanto prestigio para evitar repetir el enorme coste internacional que había supuesto el asesinato de Federico García Lorca; pero una cosa era no matarlo y otra dejarle libertad: lo marginaron, controlaron y excluyeron de toda posibilidad de dar a conocer su opinión, le cerraron el pico para que su actitud crítica no trascendiera y poder así mantener la milonga de su apoyo. Así ocurrió que en el territorio no sublevado Unamuno era considerado un traidor, y en el sublevado también. Por todo esto es lógico pensar, y es lo que refleja la novela, que Unamuno vivió la segunda mitad de 1936 con el permanente temor a ser ejecutado. Seguramente solo pudo mentener una chispa de esperanza; que a los sublevados, que evidentemente lo aborrecían comenzando por el patético Millán Astray, cuya barbarie Unamuno había dejado en evidencia en un acto en octubre, no les interesara hacerlo.

La novela relata la acelerada muerte civil de Unamuno en el contexto de la Salamanca dominada por los sublevados, lo cual para la ficción tiene tres elementos muy atractivos: primero, la propia figura de Unamuno: una persona de suma inteligencia, aunque también soberbio, que al final de su vida se ve aplastado por una fuerza bruta impermeable al razonamiento; segundo, que el Unamuno versionado como investigador cada vez tiene menos medios para investigar y, tercero, mal le ha de ir al investigador cuando los sospechosos son los sublevados que controlan el poder y deciden impunemente sobre la vida y la muerte de cualquiera: descubrir culpables es mortalmente peligroso cuando lo son todos los que dominan el poder, y además es inútil porque no van responder por sus actos. Idénticos problemillas afronta el abogado que investiga la muerte del escritor. Investigar sin que se note. Casi investigar sin investigar. Investigar para conocer la verdad en privado, no en público porque eso puede llevarte a la tumba.

Una novela original, entretenida, que refleja bien, o al menos transmite con verosimilitud e intensidad, el ambiente opresivo en que se desenvuelven los personajes. Pero una de esas novelas, también, que al mezclar realidad y ficción produce cierta inevitable desconfianza: quien ignora la historia puede tomar por referencia la ficción, y a quien conoce la historia le puede costar ver a Unamuno convertido en detective y con un modo de enfrentar la vida cuyo parentesco con sus sentimientos reales nunca podrá pasar de lo hipotético.


jueves, 4 de junio de 2026

Carlota - Miguel Mihura

 


«Carlota», obra de teatro de Miguel Mihura estrenada en 1957, se lee bastante bien, porque cuesta poco imaginar la escenificación y porque el argumento, destinado a entretener y nada más, se sigue perfectamente.

La acción comienza con tres hombres en una calle. Un policía, un detective y el marido de la mujer que esta tocando el piano que se escucha a través de una ventana abierta. Poco después, sin que ninguno de los tres hombres se haya movido de allí y nadie haya entrado o salido, la mujer es asesinada. No había nadie más en la casa.

El espectador ya tiene un misterio que resolver. El misterio. En otro anzuelo pica también: el amoroso-afectivo-sexual: las aventuras de cada cual, solo que este estímulo se dosifica a lo largo de la escenificación. Amores decentes y clandestinos y misterios bastan para satisfacer al público. No creo que Mihura buscara más.

La acción avanza de forma ágil entre el presente y el pasado, distinguiendo el momento temporal por la iluminación del escenario y porque, evidentemente, en el ayer la esposa estaba viva. En el hoy se da cuenta de quién es quien y de la investigación. En el pasado, de las cosas que explican otras y, también, de los equívocos y erróneas suposiciones a menudo provocadas con un fin distinto del que producen.

De resultas, el público va de sorpresa en sorpresa, siguiendo rumbos que, a punto de llegar al destino, dan giros radicales en busca de otra ruta. Y cada destino es más inesperado. Mihura juega con la ignorancia del espectador y con personajes que unas veces por malos entendidos y otras por jugar el equívoco provocan una intencionada confusión y acaban pareciendo algo distinto a lo que son.

Una obra sin pretensiones, entretenida, poco original, que se lee de una sentada.


lunes, 1 de junio de 2026

De acuerdo, Jeeves - P. G. Wodehouse

 


Leo a Wodehouse de vez en cuando, pero no principalmente por su fama de maestro del humor, sino porque sus novelas son todas tan similares y a la vez tan livianas e intrascendentes que van de rechupete cuando las entendederas no andan muy lúcidas. Son ideales para relajar la mente. Las dos anteriores las leí durante un viaje en bici de un poco más de 700 kilómetros, con alforjas y todos los sacramentos. Tras toda la mañana pedaleando y parte de la tarde de turismo, a ver quién se refugiaba luego en algo sesudo. Y la novela que ahora reseño la he leído tras un mes y pico de una intensidad tan grande en torno a casi todo que apenas he podido dormir dos o tres noches seguidas en la misma cama. Así que, cuando por fin el ritmo ha bajado, leer a Wodehouse ha tenido algo de dolce far niente, de descanso, de recuperación.

Y es que, si en la literatura uno busca otros mundos, pocos más idílicos que el de los jóvenes rentistas, fauna escasa y pintoresca. Los poquísimos que he conocido no dan un palo al agua, pero siempre afirman rotundamente lo contrario. «Estar todo el día pringado» es para ellos, cuando tienen algo que hacer, levantarse no antes de las 9 o 9:30 y haber terminado sus gestiones antes de las 13.00. Y tan solo acometen tan frenética actividad de vez en cuando. Para el lector vulgaris la vida del rentista supone trasladarse a un mundo plácido. La idea más común del paraíso que prometen todas las religiones incluye, a fin de cuentas, una existencia regalada y cómoda, pero no trabajar. Ni siquiera un ratito. El paraíso es ser rentista.

Wodehouse (1881-1975) comenzó a publicar en 1902 y no paró hasta su muerte. Más de 70 años publicando. Los años 20 y 30 fueron su mejor momento. «De acuerdo, Jeeves» vio la luz en 1922. Los protagonistas son siempre los mismos, igual que su entorno y los planteamientos y argumentos de las novelas. Incluso las soluciones. Wodehouse hace buena la idea de que cada autor siempre escribe la misma novela, pero se hace agradable no por lo repetitivo sino por la flema con que el narrador se toma todos los sinsabores, hasta los mayores desprecios, por el hieratismo del mayordomo Jeeves y por el genio patatero de algunas de las personas que los rodean.

Así que esta novela es más de lo mismo, pero es lo que buscaba y por eso no me voy a quejar.

El narrador en primera persona, Bertie Wooster, que tiene a su servicio al eficaz y hierático mayordomo Jeeves, es un joven rentista inglés que vive sin sospechar qué pueda ser el trabajo, sin otra preocupación que ir al «Club de los Zánganos» y, de vez en cuando, pirarse de vacaciones a algún sitio lujoso un mes o dos o hacer una visita de semanas a la mansión campestre de algún rico familiar. ¡Ah, las mansiones inglesas, cuánto juego han dado en las novelas de humor con sus lords gruñones, sus esposas de vuelta de todo y sus invitados de todos los pelajes, entre los que siempre hay alguno en celo y otro dado a las mayores extravagancias! ¿Y cuál es el papel de Jeeves, cuyo nombre sale en tantos títulos de Wodehouse? Es un tipo que tiene buenas ideas y que sabe sacar partido a esa habilidad. Mayordomo de uno y consejero de todos. Y sus ideas se acaban imponiendo a las de su amo, porque Bertie Wooster también tiene muchas, pero ninguna sale según lo previsto.

En esta ocasión Bertie es llamado urgentemente a la mansioncilla en Worcestershire de su tía Agatha. La razón es que Ángela, la hija de la tía y prima de Bertie ha roto su compromiso con un amigo de Bertie que, por cierto, sigue instalado en la mansión. Además confluyen un tipo timorato que solo sabe hablar de salamandras y una damisela bastante sosa que no hace mucho estuvo en Cannes de vacaciones con media familia. A Bertie, más bien a Jeeves pero es que su amo interfiere, se le encomienda reparar la relación de su prima, pero también, motu proprio, asume la tarea de anudar la segunda entre el tipo de los reptiles y la sosaina. Bertie Wooster es Cupido. Y escupido Bertie Wooster del buen fin de ambos proyectos estos se alcanzan por la intervención de Jeeves, como el lector avisado puede prever sin necesidad de abrir el libro. Lo divertido es ver la elegante forma en que Bertie hace frente al fracaso, la humillación y los problemas y las geniales comparaciones con que se describen aspectos y estados de ánimo. Solo por esto último ya merece la pena leer este libro.

Leer. Leer sin pensar. Leer para sonreír. Dolce far niente.


jueves, 28 de mayo de 2026

El gran terremoto - Kathryn Schulz

 


Este minúsculo libro de unas 70 pequeñas páginas contiene el artículo publicado en The New Yorker por Kathryn Schulz que da título al volumen y fue premiado con el Pulitzer y el Nacional Magazine Award creo que en 2015, e incluye también el artículo-secuela que publicó meses después, con consejos para hacer frente a la calamidad.

«El gran terremoto» del que siempre se habla es el que se prevé que cause la falla de San Andrés, muy estudiada por su posición, pero Kathryn Schulz se refiere a otro, que será provocado por la falla de la zona de subducción de Cascadia y que tendrá efectos más devastadores por su mayor intensidad y porque irá acompañado de un tsunami colosal, fenómenos mucho más destructivos que los terremotos.

Cuando ocurra, no hay que dar un céntimo por todo lo que esté al oeste de la interestatal 5: desde el cabo Mendocino a Vancouver habrá una destrucción enorme, especialmente de infraestructuras clave que impedirá las comunicaciones y desplazamientos durante meses; pocos minutos después el tsunami arrasará la zona costera y, aunque las víctimas serán solo unos millares, serán precisos muchos meses y hasta años para recuperar el agua potable y el fluido eléctrico, lo que acabará con la economía de la zona.

El artículo cuenta de forma rápida, eficaz, comprensible y amena lo que se sabe sobre este asunto desde el punto de vista científico, incluyendo la elevada probabilidad de que el gran terremoto ocurra en los próximos años, y hace un pormenorizado recuento de la escabechina humana y mucho más material que supondrá. Nadie parece querer darse cuenta del riesgo porque los tiempos geológicos son unos y los humanos otros, y en la minucia de intervalo entre un soponcio geológico y otro que pueden ser trescientos o cuatrocientos años da tiempo a que en un lugar desaparezca una civilización y aparezca otra, como ha sucedido en el territorio que ahora ocupa Estados Unidos.

La alarma que causó este artículo no solo tuvo que ver con la previsión de terribles efectos y de su proximidad temporal, sino, valga la redundancia, con la falta de previsión de las autoridades y, sobre todo, de la sociedad.

Y esto induce reflexiones para las que ahora, en España, tras la llamada DANA de Valencia en 2024, deberíamos estar especialmente sensibilizados, porque hay fenómenos dramáticos que no sabemos cuándo van a ocurrir, pero sí sabemos que antes o después ocurrirán. 

Ante la DANA, la irresponsable y repugnante reacción de notorios políticos, medios de comunicación (convertidos en terminales de los partidos, publicidad institucional mediante) y cientos de miles de imbéciles sin personalidad ni cerebro que en redes y conversaciones con amigos han secundado toda majadería y han transformado el asunto en una cuestión de debate político para distinguir entre buenos y malos, ha impedido la difusión de información sosegada y vital para orientar el diseño territorial a medio y largo plazo. La voz de catedráticos de geología, ingeniería hidráulica o meteorólogos ha sido acallada por el griterío de toda esa turba de gilipollas. Pero si quienes todo lo ignoramos sobre fenómenos naturales nos esforzamos un poquitín en leer cuatro cosas de las dichas por quienes llevan toda su vida estudiando estos asuntos (sin que nadie les haga caso porque el tema, en condiciones normales, no vende) pronto tendremos una idea clara y básica a la que luego me referiré. Por supuesto, enseguida encontraremos peligros similares a los que plantea  Kathryn Schulz en su artículo, porque aunque las causas difieran (terremotos, inundaciones, huracanes, corrimientos de tierras, incendios de enésima generación...) muchos efectos son comunes. En realidad, la forma de evitar los riesgos asociados a los fenómenos naturales es bastante simple en lo conceptual: si no quieres que te suceda una tragedia, no vivas donde sabes que antes o después va a ocurrir. El disparate urbanístico es común en numerosas zonas de todo el planeta expuestas a evidentes riesgos naturales. Tal es la dejadez que, como avisa Kathryn Schulz en lo que ella analiza, el gran terremoto se llevará por delante la mayoría de los parques de bomberos, hospitales y comisarías que deben dar respuesta a las emergencias en la zona. En el caso de Valencia y tantos otros sitios crecidos en las márgenes de ramblas, barrancos y zonas inundables, pensar que las obras de regulación, por bien y diligentemente que se ejecuten, van a ser capaces de disciplinar cualquier grado de precipitación en cualquier sitio posiblemente sea una ingenuidad. Mejor poder digerir 600 litros de lluvia por metro cuadrado en la cabecera de un barranco que no poder hacerlo, pero como alguna vez caerán 1200 la mejor protección es no tener miles de personas viviendo en la zona de deyección cuando eso suceda. Urbanismo y ordenación del territorio se llama eso.

Y así sigue el mundo, irresponsablemente instalado en mil sitios y sin apenas hacer esfuerzos por corregir nada ni en países como Estados Unidos, donde la ciencia es capaz de concretar cada vez mejor los riesgos y donde, se supone, disponen de más medios que nadie; todos confiando en que la diferencia entre los tiempos humanos y geológicos nos permita vivir y morir sin conocer el desastre, grande o pequeño, que cuando ocurre en unos sitios se lleva un puñado de vidas y en otros un puñado de miles. Se pueden dejar herencias bastante mejores.


martes, 26 de mayo de 2026

1111

 


Con esta ya he publicado 1111 entradas en este blog. Qué rápido han pasado estos quince añitos. La primera la leyeron cuatro gatos. Ahora, en cambio, esto parece Gatolandia.

    Tres lustros hablando de las obras de otros no está nada mal, ¿verdad? El pilar fundamental ha sido mi afición a la lectura, claro, pero también me he apoyado en la esperanza de que quienes se interesaban por esos libros ajenos de vez en cuando se fijaran en los míos.

    Por eso rindo homenajillo a mis novelas a través de esta 1111ª entrada. Sin sus ánimos y sin los lectores que han tenido y la esperanza de los que llegarán, probablemente no estaría hoy aquí.

    Más.


lunes, 25 de mayo de 2026

Gordo de feria - Esther García Llovet

 


He leído «Gordo de feria» con tranquilidad y cierto agrado, pero al ir a escribir estas líneas dos o tres semanas después me he dado cuenta de que su lectura no ha dejado en mí el poso suficiente para hacer una reseña mejor y más detallada que lo que a continuación ofrezco. Sobre el libro o sobre mí, algo significará.

El gordo que da título a esta breve novela de unas 160 páginas es un humorista sin humor llamado, o apodado, Castor. Vive lo bastante bien para no dar ni golpe. O vive bien precisamente por eso. O sus actividades están muy bien remuneradas, cosa que no parece, o es que una vez, eso afirma, le tocó en lotería un premio. Un premio, por cierto, demasiado alto para el sorteo que cita.

El buen hombre, que además de zángano es un irresponsable, conoce de chiripa a un camarero que se le parece mucho, mucho, mucho. El doble está un poco más flaco que el original, pero nada que no pueda remediar una dieta que persiga un perfecto metabolismo. Es decir, una dieta que tenga por meta ser una bola (pero que conste que el juego de palabras no es de la novela).

La idea de que el protagonista utilice un clon para librarse de los engorros de la vida diaria y dedicarse al dolce far niente no es especialmente original (no recuerdo títulos, pero sí  haber visto varias películas -malas- fundadas en la misma idea) y la ejecución de la historia, aunque correcta, eficaz y profesional, no es lo vibrante que anuncia la contraportada. Vamos, que «Gordo de feria» parece una novela sin otra pretensión que ir tirando dignamente en el oficio.

Para Castor, en la categoría de engorro de la vida diaria entra cuanto suponga dar un palo al agua. De ahí que conciba la idea de enviar a su doble lo mismo a saraos que a grabaciones o colaboraciones de diverso tipo. ¿Por qué no, si tiene y derrocha dinero y como el otro anda con una mano delante y otra detrás todo le viene bien? Aunque, claro, una cosa es que el camarero no tenga un céntimo y otra que carezca de pasado.

La duda, ante este planteamiento, es por dónde irá la autora, si por los equívocos que provoca la sustitución en el presente o por los efectos de ese pasado desconocido si la confusión viaja en el tiempo. También da algo de juego, sin pasarse, la adaptación al cambio del doble: ¿será un horror o le cogerá el gustillo hasta el punto de sentirse mejor siendo quien no es? ¿Y cómo llevará el original que haya un otro yo zascandileando por ahí? Preguntas evidentes ante el planteamiento de la historia. Averiguará las respuestas quien lea el libro, y así sabrá también qué diablos hace una pérfida china espiando a Castor a todas horas, amén de algunas otras cosillas.

El tono de la autora lo recuerdo neutro, descriptivo, como si hubiera renunciado a trasladar las emociones al lenguaje. La consecuencia es que los personajes tardan tanto en mostrarse tal y como son que, con lo corta que es la historia, apenas da tiempo a identificar y asimilar su perfil. Así que más le vale al lector asumir cierto protagonismo en las vivencias de los personajes para salpimentar a su propio gusto la parte emocional.



lunes, 18 de mayo de 2026

Un bien relativo - Teresa Cardona

 


Qué gran novela es «Un bien relativo», y eso que, contrariamente a lo que me exige mi religión, siendo la segunda de una saga la he leído sin haber leído la primera. Eso sí, el elogio requiere un matiz que luego haré.

Protagonizan el invento una pareja de guardias civiles: la teniente Karen Blecker, más o menos recién llegada de Alemania, donde parece haber dejado atrás un pasado emocional conflictivo, y el brigada Cano. Ella vive en Madrid, en un gran, céntrico y antiguo piso familiar, y él en San Lorenzo del Escorial, donde ambos están destinados. Esos son los escenarios de la novela. Uno, la capital, un inmenso almacén de vidas, trabajos e incomodidades camufladas con la idea de que, aunque todo sea igual y se haga en todas partes lo mismo, «hay mucho donde elegir». El otro, San Lorenzo del Escorial, presentado como un lugar donde llevar una existencia tranquila, donde uno puede encontrarse y reconocerse a sí mismo, disfrutar de los placeres que en la ciudad, que tanto tiempo exige para todo, solo se pueden consumir, y todo a la sombra del evocador, imponente y silencioso monasterio desde el que se dirigió el «imperio donde no se ponía el sol». Esta imagen idílica de San Lorenzo del Escorial ha exigido a Teresa Cardona omitir lo que cualquiera que vaya allí puede ver: la plaga de segundas residencias y urbanizaciones que ha transformado el ideal en una especie de centro de consumo de descanso.

¿Argumento?

Estamos en 2015. En un camino que conduce a paseantes y conductores a un restaurante situado en un alto aparece muerta una monja ya mayor. La mujer ha caído, su cocorota ha dado contra una piedra y se ha descalabrado. Pobrecilla. Además, da más rabia cuando muere alguien inofensivo, como suelen parecer las monjas, que cuando casca un mal bicho.

Todo apunta a un accidente, ¿verdad? Ningún asesino recurriría a un método que exige fuerza para empujar y, sobre todo, una puntería que ni Robin Hood; a ver quién es el guapo que practica el lanzamiento de monja de modo que la sor dé el calaverazo en la esquinita exacta de un aislado pedrusco en la cuneta. Complicado, ¿verdad? Sin embargo, Karen Blecker y Cano son beneméritamente perspicaces y, como tampoco es del todo normal que las monjas se descrismen de buenas a primeras en andurriales donde nada pintan, comienzan a husmear.

Durante la investigación, que como historia es más bien regularcilla, la pareja no pone los pies en el cuartelillo ni aunque se lo recete el médico, y entre ir y venir se les pasa el tiempo de forma pasmosa. Avanzan a paso de tortuga. La autora pone a procesionar a ambos con varias finalidades: la primera, obvia, hacer progresar la investigación; la segunda, dar a conocer a los personajes (es curioso que, pese a ser la segunda novela de la saga, ninguno parece saber nada del otro; tendré que leer la primera); la tercera, retratar San Lorenzo del Escorial como un oasis que incluye numerosos atractivos gastronómicos, que Madrid está hecho para los consumidores y la masa, no para los sibaritas y la gente selecta. He llamado regularcillo a todo esto. Este es el matiz al que antes me he referido. Pero es que «Un bien relativo» toma su título de una historia que transcurre de modo alterno, allá por 1980, que es «la historia» de esta obra. Y esa historia es buenísima.

A los años ochenta el lector viaja para conocer la vida de quienes nada tienen, ni la más mínima cultura, excepto sus manos para trabajar. Son dos las protagonistas: la primera es una mujer joven, cargada de hijos, que malvive de lo que saca trabajando como sirvienta por horas en casa de personas más que acomodadas; tiene un marido alcohólico y brutal del que solo puede esperar arbitrariedad y violencia. La segunda es su hija mayor, una niña de unos catorce años, trabajadora, brillante en los estudios, pero condenada a no poder demostrar su valía por el trabajo que debe asumir para sacar la familia adelante. Como además una de la cosas que más tristeza me produce en la vida es intentar ponerme en  el pellejo de aquellos que, sabiéndose tan inteligentes y capaces como el mejor, deben resignarse a la incultura y a la falta de oportunidades por carecer de medios económicos, el asunto me ha tocado el corazoncito de un modo que no os podéis imaginar.

Y aún me lo ha tocado más por el dramático tema que aborda: el robo de bebés que proliferó durante toda la dictadura y se mantuvo hasta los primeros años de la democracia. Robos que se amparaban en el  «bien relativo» para la moral dominante que suponía sacar a un niño de las garras de las miserias causadas por la dinámica del sistema para regalarlo a parejas bien asentadas en ese mismo sistema. En ocasiones los robos se hacían sin conocimiento de las madres, haciéndoles creer que sus hijos habían nacido muertos; en otras, se forzaba la entrega del niño con todo tipo de argumentos en favor del recién nacido que en realidad amparaban la ambición de los nuevos padres; a ninguno de quienes intervenían en ese repugnante proceso se le pasaba por la antesala del cerebro la posibilidad de ayudar a las verdaderas madres a hacer frente a la vida en compañía de sus hijos. 

    También uno se pregunta por la anestesia moral que produce estar en paz con el sistema porque en él tienes la vida resuelta, la anestesia moral de clase: ¿cómo esa gente bien, de modales educados, amables y atentos entre sí y con el servicio, que desempeñaban sus profesiones con normalidad, podían promover y beneficiarse del semejantes animaladas? ¿Cómo vivir toda la vida sabiendo que tu hijo lo es porque su verdadera madre era una mujer desamparada y tuviste generosidad para amparar al bebé pero no a la madre, a la que dejaste pudrir porque ni te planteaste ayudar? ¿Puede llamarse a eso generosidad

    Y, por último, uno se pasma ante otro tipo de anestesia moral: la de los intermediarios. Algunos se forraron comerciando con bebés, y ya sabemos que el hambre de dinero ha justificado las mayores salvajadas; pero otros, especialmente en el ámbito religioso (¡qué razón tenía el papa Francisco en estar contra el clericalismo, es decir, contra la posición de superioridad moral del clero!), ¿a través de qué clase de perversión argumental y moral podían justificar ponerse al servicio de las clases acomodadas robando niños a las clases bajas para hacer aún más desgraciados a quienes ya lo eran? Creían hacer un bien, sí, pero era «un bien relativo», el que da título a la obra, porque no tenían en cuenta a todos los implicados. Omitían los intereses y sentimientos de los implicados a los que más atención deberían haber dedicado: los pobres de solemnidad, aquellos a los que atendió Jesús de Nazareth.

La historia de los años 80 es magnífica. De las que se recuerdan. El trabajo estajanovista, la precariedad eterna, la total ausencia de expectativas y esperanzas, la angustia por lo que cualquier mínimo contratiempo puede suponer, la explotación por unos señores bien muy amables con las empleadas por las que no cotizaban un céntimo a la Seguridad Social, las mismas que quedaban en la miseria como se les ocurriera romperse un hueso o debían asumir días de penuria y renuncias si pillaban una gripe; qué supone eso para una niña que se ve obligada a renunciar a esperanzas de prosperidad fundadas en su talento y valía para sostener la miseria en los umbrales de la supervivencia. Toda esta historia está contada de un modo exquisito, realista, testimonial, sin sentimentalismos ni soflamas. La historia de personas que asumen un destino en el que no hay día sin decepción, y en el que un día sin un nuevo problema es un triunfo que solo provoca la alegría del alivio. Quien tiene dinero suficiente no es consciente de la inmensa angustia que se puede llegar a sufrir ante, por ejemplo, la necesidad de poner gafas a un hijo. Gafas que siempre serán las más baratas y también las más malas y las más feas porque, te queden como te queden, no podrás elegir. Eres feo porque eres pobre. Eres guapo porque eres rico. Imposible no sacar la conclusión de que no hay guapos y feos, sino ricos y pobres.

Ni que decir tiene que ambas historias, la de la benemérita investigación de 2015 y la que viene de 1980 acaban convergiendo y explicando lo sucedido.

O, bueno… Explicándolo, explicándolo… Teresa Cardona da al lector la posibilidad de elegir qué sucedió, si bien, tal y como ha retratado a sus personajes, creo que la mayoría de lectores coincidiremos en la interpretación del final. Un modo de conclusión brillante. Aunque admito que si tuviera ocasión de hablar con Teresa Cardona le preguntaría qué imaginó ella. Por si las moscas. A fin de cuentas, ¿cómo vas a exigir, a quien la vida le pasa por encima, que controle sus emociones todos y cada uno de los segundos de su existencia? Y basta un segundo para tantas cosas… 


miércoles, 13 de mayo de 2026

El loco de Dios en el fin del mundo - Javier Cercas

 


    Por casualidad o por influencia del título y el contenido, he leído las casi quinientas páginas de este libro sin dejar de viajar, en cuatro ciudades diferentes, para terminarlo prácticamente en el fin del mundo, o al menos en un sitio muy parecido al paisaje mongol descrito como tal en algunos pasajes, como puede verse en la foto. Vaya libro extraño e interesante. Lo primero porque mezcla la autobiografía, la biografía, la entrevista, la indagación más que el ensayo, cierta «intriga» a cuenta de la respuesta del Papa Francisco a una espectacular pregunta y extraño también porque el libro narra la historia del propio libro: es una obra que parece hacerse a sí misma ante los ojos del lector, aunque ese efecto es todo menos casual: conseguirlo exige una gran habilidad. Cercas la ha tenido, pero no ha bastado para ocultar el enorme trabajo de organización y pulido que ha tenido que realizar para sintetizar sus lecturas, entrevistas y experiencias. Por qué es interesante lo explico en el resto de la reseña.

        En algún momento de 2023 Javier Cercas, ateo confeso, recibió inesperadamente una propuesta de la editorial del Vaticano: escribir un libro en torno al Papa Francisco de temática, estructura y orientación completamente libre, con motivo del viaje del pontífice a Mongolia entre el 31 de agosto y el 4 de septiembre de 2023, al que el escritor fue invitado.

        No queda clara la pretensión de los promotores de la idea, si no fue dar al mundo una visión independiente, «no contaminada», de cómo Francisco entendía la Iglesia y la religión. Una forma, por tanto, de llegar ese público, entre el que me cuento, que no hace caso de las versiones de parte, traten de lo que traten.

        Tras contar cómo resolvió sus dudas sobre la propuesta, Cercas explica al lector que aceptó con una condición cuyo cumplimiento nadie podía garantizarle: hablar cinco minutos a solas con Francisco. ¿Para qué? La madre del escritor, estricta creyente, muy devota pero ya mayor y con incipiente demencia, siempre creyó que tras su muerte se encontraría de nuevo con su marido, fallecido mucho tiempo atrás. Por eso Cercas quería preguntarle al Papa por la resurrección de la carne y la vida eterna, expresión de fe que culmina el «Credo», una mayúscula promesa que, por su dimensión y significado, el autor califica una y otra vez de «escandalosa»; tanto lo es que esa creencia ha sostenido el cristianismo durante dos milenios. Cercas quería hacer esa pregunta para llevarle a su madre la respuesta de Francisco.

        Si uno lo piensa, la respuesta a esa pregunta supone pronunciarse sobre razón de ser del cristianismo y de casi todas las religiones, pues todas prometen la trascendencia. Casi nada. Sin embargo, como pronto comenzó a observar Cercas, nadie le pregunta al Papa por esas cosas, ni por casi nada que tenga que ver con la religión o la espiritualidad; los medios de comunicación solo se preocupan por las lecturas políticas de las palabras de los pontífices.

        Cercas narra con detalle los contactos que estableció gracias a las facilidades que recibió de los promotores de la idea, los días que pasó en el Vaticano antes y después del viaje, entrevistando a unos y a otros, el viaje en sí mismo y las personas a las que conoció y entrevistó en Mongolia, todo de modo cronológico, excepto en el punto capital, que deja para el final para dar al libro ese toque de intriga al que me he referido al principio: la respuesta del Papa a la pregunta de si la madre de Cercas volvería a encontrarse con su marido después de muerta.

        Cercas asume el papel de ateo que ve a la Iglesia desde fuera y un poco como a un bicho raro al que no entiende, y nos muestra, además del interesantísimo y detallado relato del viaje, un notable catálogo de personajes que trabajan en el Vaticano, en general responsables de una u otra vía de comunicación, aunque hay un poco de todo. Siempre distingue si son o no laicos y de todos ofrece, de modo no forzado, una breve biografía que permite contextualizar al personaje. A todos los somete a una serie de preguntas que, a grandes rasgos, abordan el trabajo de cada cual, la vida de Francisco y el examen de su papado y las relaciones entre espiritualidad y razón. De ahí salen algunas ideas recurrentes: la oposición del papa al clericalismo (esto es, a la posición de superioridad del religioso respecto al resto), su cercanía a la periferia (entendida como los abandonados por el sistema) y, en definitiva, un modo de entender la religión como una vivencia que ha de hacer del católico algo lo más cercano posible a un misionero: alguien sin apetitos materiales y hambriento de darse a los demás; la religión, para Francisco, no es una creencia, sino un modo de actuar. Se trata de la visión más ajustada a la figura de Jesús de Nazaret, que entra en conflicto con el «catolicismo formal» de las clases medias occidentales, que disfrutan de una vida fácil que no se cuestionan ni aunque el mundo a su alrededor se caiga a pedazos; y qué decir de los más ricos. De ahí que el Papa Francisco haya tenido tantos enemigos en la derecha, pese a que su mensaje nunca ha sido político, subrayan todos. El problema para quien vive bien es que Francisco apela a su conciencia para hacer de la religión un motivo de solidaridad, de darse, y no una excusa para el encastillamiento. El modo de actuar que predicó es el generalizado entre los misioneros actuales (uno de los grandes grupos entrevistados por Cercas) que antes de ayudar deben «inculturizarse», es decir, conocer la lengua, historia y costumbres del lugar (en los arrabales de su propio país o en otros países) donde van a trabajar, pues su objetivo no es cambiar la cultura, como tampoco lo es evangelizar: a Dios ni lo mencionan en sus relaciones con los necesitados. Su vivencia de la religión jamás la explican de palabra, sino con el ejemplo, lo cual hace que sus vidas requieran una constancia y una entrega heroicas, pues a ver quién es el guapo que no está sujeto a dudas y contradicciones y más cuando el camino es complicado. Ni que decir tiene que la visión que de la religión tiene el misionero poco o nada tiene que ver con la de la burocracia eclesial, que es la que llega al feligrés de clase media occidental.

        Todo esto tiene que ver con el papel central que el papa reserva a la misericordia por encima de cualquier otra virtud. Cercas señala que el término une «miseria» y «corazón», e implica acercar el corazón a la miseria. Esto es, comprender las debilidades, las situaciones de vulnerabilidad, primar la humildad sobre la soberbia, desarrollar la capacidad de comprender y perdonar.

        El último rasgo del papado de Francisco es la sinodalidad. O, dicho de otra manera, que las decisiones que el pontífice debe adoptar porque es su competencia y es una especie de «rey absoluto» no pueden provenir de su exclusiva y aislada voluntad, sino de su capacidad y voluntad de discernimiento tras haber escuchado hasta al gato. La palabra de todos pasa así a tener un peso enorme. No es democracia, subrayan los vaticanistas, pero se le parece y en algunos puntos la aventaja, subraya Cercas. Y al hilo de esto el libro sirve, también, para entender el lentísimo proceso de cambio de la Iglesia: ¿por qué tardan décadas y décadas en cambiar? No solo porque hay muchas voces, sino porque son muy dispares: hay enormes diferencias entre países, entre culturas, e incluso dentro de un mismo país y cultura por motivos de edad o tradición. Los cambios no pueden ser traumáticos sin riesgo de ruptura. Esto hace todo exasperantemente lento para unos y vertiginosamente rápido para otros.

        En medio de todo esto Cercas intercala en la mayoría de entrevistas preguntas críticas hacia la Iglesia, hechas siempre con espíritu constructivo y movidas por la curiosidad, como las relativas a las dificultades de comunicación de la Iglesia por su empeño en mantener un lenguaje periclitado al que nadie hace caso porque nadie entiende. No se trata de preguntas agresivas, sino de observaciones que nos hacemos todos los que vemos la Iglesia desde fuera.

    Los marcos de la acción son dos, ambos muy atrayentes: el mundo del Vaticano, irrepetible por su singularidad, donde, por ejemplo, en las redacciones conviven redactores de docenas de nacionalidades porque una misma noticia se da en cuatro docenas de lenguas distintas y en cada caso con una orientación ajustada al país de destino. El otro marco es Mongolia, un país de historia compleja pero que a nadie importa ahora aunque su territorio esté en disputa entre China y Rusia, un país enorme de eternas praderas y cielos azules, pero también desértico, vacío, un país bellísimo con la mitad de la población concentrada en una capital feísima, Ulán Bator, que tiene un gran protagonismo en este libro.

        Poco a poco, gracias a sus lecturas y a los inteligentes y profundos diálogos con los numerosos entrevistados, Cercas construye una biografía personal y espiritual de Francisco, siendo la segunda la más importante, porque es la que define su personalidad, su papado y su legado. De esta lo más relevante es, sin duda, que el Francisco espiritual es el resultado de un proceso existencial complejo en el que destacan numerosos errores vitales y, sobre todo, la capacidad de autocrítica, de enmendarse a sí mismo la plana, de dejar de ser uno quien es para intentar ser quien quiere ser. ¿Es Bergoglio el Papa? ¿Es el Papa Bergoglio? ¿Es el Papa el Bergoglio que Bergoglio desearía ser? ¿Es el Papa un personaje interpretado por Bergoglio? Todas estas preguntas son legítimas y razonables. Todas pueden hacerse respecto a cualquiera que detente un cargo que obliga a defender en público el «deber ser» desde la contradictoria y limitada realidad del «ser». Y como todas las respuestas a estas preguntas generan problemas, cuando éstas se formulan sobre un papa, por su proyección y aspiración al liderazgo moral de mil cuatrocientos millones de personas las respuestas adquieren una importancia capital.        

        La narración es ordenada, clara, diáfana, con un permanente punto de humor basado en la posición del propio autor, que se ríe de sí mismo porque se ve como lo que es: un ateo sin especiales preocupaciones espirituales infiltrado en el Vaticano, un ignorante en temas sobre los que jamás ha pensado navegando entre personas con una sólida formación intelectual y espiritual, alguien que emprende con osadía la aventura que narra en este libro con el objetivo de dar a su madre la respuesta más autorizada sobre la tierra a lo que ella siempre ha creído, un autor-protagonista-testigo sobre quien siembre sobrevuela la advertencia de su esposa: a ver si te van a convertir. Así es como Cercas, desde el tesón y el rigor desenfadados, consigue alcanzar ideas profundas.

        La religión, que tantas veces ha considerado al humor un enemigo, no lo tiene en el humor de Cercas. Y tampoco en el del Papa Francisco, un hombre admirable por cómo supo luchar contra sí mismo para ser quien quería ser, para lo cual tuvo que darse cuenta, en algún momento, de que no lo era o de que se había equivocado en lo que quería ser. Pocas personas hay capaces de censurarse y corregirse a sí mismas. Por eso, probablemente, cuando tras la última votación del cónclave que lo eligió el cardenal decano le preguntó, según la tradición, Acceptasne elecionem de te canonica factam in Summum Pontificem?, Francisco respondió: «Aunque soy un gran pecador, acepto». Por eso, también, siempre terminó sus intervenciones pidiendo a los demás que rezaran por él.

        No hay mejor líder, dice varias veces el autor, que quien no quiere serlo. El secreto de Francisco, concluye Cercas, es que no tenía secreto: solo fue un hombre normal que a partir de cierto momento en su vida luchó contra sí mismo para ser cada día día un poco mejor, un poco más parecido a Jesús de Nazaret.




lunes, 11 de mayo de 2026

Barba Azul - Amélie Nothomb

 


No hace mucho publiqué un artículo cuyo título, «Te mato. La próxima vez que te vea con oxígeno, comerás flores», mezclaba los de tres de las novelas más leídas de los últimos tiempos porque las tres reflejaban, sin pretenderlo, un problema actual, el de la vivienda. A él podría sumar esta novela, la primera que leo de Amélie Nothomb, aunque la autora sea de la generación anterior a la de quienes firmaron las tres que inspiraron el artículo.

    Saturnine, la protagonista de «Barba Azul» también tiene problemas para encontrar vivienda. Por eso acude al proceso de selección de inquilina de cierto misterioso caballero que vive en un casoplón, un castillo, y que alquila, regalada, una habitación. El lector irá viendo que además el alquiler va acompañado de frecuentes invitaciones a cenar (el tipo es todo un selecto cocinitas), de la puesta a disposición de la inquilina de coche con chófer y algunas otras cosillas. Un arrendador con deferencias. Además da permiso a la dama para que vague por todo el castillo por donde le dé la gana, con una única excepción: no puede meter la nariz en cierta habitación que tiene la llave puesta y de la que no le da más información. Salvo esa rareza, el alquiler es un chollo. El único problemilla es que las ocho inquilinas anteriores han desaparecido. Ocho. Solo ocho, ejem. No parece casualidad, ¿verdad? Pero Saturnine es muy animosa y confía en sí misma: probablemente sus antecesoras husmearon en el cuartito prohibido y... Pero ella vencerá la tentación porque le importa un pito lo que haya en él.

    El arrendador, vamos a llamarlo así, es un aristócrata de ascendencia española, misántropo, con rarezas y obsesiones que él mismo explica maravillosamente.

Evidentemente inspirado en el «Barba Azul» de Perrault la razón de ser de la novela son los inteligentes diálogos entre Saturnine y el caballero, en los que se ponen mutuamente a prueba, en los que ella desafía las extravagancias de él y él  la determinación de ella. Y a todo esto, ¿llegará el amor, esa emoción que todo lo descompone y pone todo patas arriba? Él dice que sí. A eso juega en el fondo. Ella, que no.

Diálogo, mucho diálogo con rápidas apostillas. Eso le basta a Amélie Nothomb para tejer un mundo completo y complejo y dar rienda suelta a las ideas que operan a modo de juego intelectual basado en el equilibrio entre racionalidad y emotividad.

Un libro breve, intenso, lúcido, singular, fruto de alguien inteligente que tiene muy claro qué pretende cuando se pone a escribir, lo bastante bueno como para que merezca la pena leerlo, pero no tanto como para que sea memorable.






jueves, 7 de mayo de 2026

Un puñado de vida - Marlene Haushofer

 


          En la buena literatura lo importante es el viaje, no el destino. Por eso conviene leer la sinopsis de «Un puñado de vida» aunque desvele algo que la novela solo confirma al final, porque esta obra no puede leerse a la búsqueda de un desenlace, sino con toda la información necesaria para disfrutar de cada página.

    No sé qué es mejor, si lo que cuenta o el modo en que está escrita. Sobre lo segundo me ha llamado la atención lo bien estructurado de la historia, la claridad expositiva, la sobria eficacia de un lenguaje que no carece de ningún recurso pero que tampoco los exhibe… Se ve a cada página que Marlen Haushofer sabía lo que quería escribir y lo hacía con determinación, sin rodeos. Da gusto leer a gente así. Pueden hacer una obra de arte contando en tres líneas que alguien se comió un huevo duro.

Y el tema también es interesantísimo: Betty, una mujer ya madura, recuerda, al hilo de unas cuantas fotos, la Elizabeth que fue. Niña, adolescente, joven… Al hacerlo muestra a una persona con dificultades para encajar en el mundo. La desubicación está muy relacionada con la falta de libertad asociada al rol femenino en la época (Austria a mediados del siglo XX). ¿Qué hacer cuando se está encorsetado? Hay quien se adapta y hay quien se deforma. 

    «Un puñado de vida» cuenta las razones y proceso de esto último. La estructura que adopta facilita las cosas al lector al tiempo que crea interrogantes que, no siendo el objeto de la novela, tiran de la lectura: cuando Betty aparece para comprar la que fue la casa en la que vivió con su difunto marido nadie la reconoce, ni su hijo ni la que fue una de sus mejores amigas y terminó siendo la segunda esposa del muerto. La razón es que hace veinte años que todos la dan por muerta. ¿Por qué ha vuelto? ¿Por qué se hizo pasar por muerta? ¿Cómo lo consiguió? ¿La reconocerán? ¿Se dará a conocer? Muchas preguntas surgen en torno al escueto planteamiento inicial, de modo que muchas son las dudas del lector y esto le ayuda a leer. Los recuerdos de Betty explican todo, pero no a través de hechos concretos y determinantes de la decisión de desaparecer, sino de algo bastante más complejo: la formación de una personalidad que necesita huir del mundo pese a que no tiene dónde escapar de él.  

    Esto lo consigue con brillantez contando diversas situaciones expuestas en orden cronológico que, a modo de peldaños, permiten que la niña que comienza a subirlos acabe, al final de la escalera, siendo la mujer dispuesta a tirarse desde lo alto. Cada peldaño subido explica la predisposición a subir el siguiente y la dificultad para volver atrás.

    Una muy buena novela, breve, que a su fin obliga al lector a preguntarse cuánto de lo que encorsetó a Betty sucedió en su interior y cuánto en el entorno social. De todo hay, y a veces las cosas se retroalimentan.