En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 27 de julio de 2026

Las fuerzas contrarias - Lorenzo Silva

 


Posiblemente sea mejor que no leas esta reseña. ¿Razón? Leí la novela hace más de un año y creía haberla reseñado, pero recientemente he advertido que no fue así. Se me había pasado. Creo que la escribí, pero debí de perderla antes de publicarla. ¿O la borré por error? El caso es que tras tantos meses decidí no volver a escribirla porque los detalles se me iban a escapar ya, pero luego me dio pena porque he leído todas las novelas de la saga y desde la séptima también las he reseñado. Así que aquí estoy, dispuesto a saldar lo mejor que pueda una deuda con mi propio trabajo en este blog y también hacia una saga que me ha deparado muchas horas de grata lectura..

    Lo primero que me ha llamado la atención al volver a esta historia es que no recordaba nada. Nada en absoluto. Cero pelotero. No es buena señal para una novela, y menos cuando he husmeado para refrescar la memoria y he visto que transcurría nada más y nada menos que durante un momento tan inolvidable como los primeros días de la pandemia de 2020. Claro que, dado lo intensos que fueron para mí esos tiempos en lo laboral, tampoco me extrañaría que mi cerebro haya borrado cualquier cosa superflua que tenga que ver con ellos, como es el caso de una historia de ficción. Sí recuerdo, en cambio, haberla leído con interés; a ello sin duda ayudó el reencuentro con escenas que todos vivimos  (y que ninguno queremos repetir), con lo que uno se busca a sí mismo en las páginas, o se reconoce en ellas. Y recuerdo vagamente la confirmación de una impresión que ya tuve en las últimas entregas: la de que Bevilacqua es cada vez más «sentencias», de que no pierde ocasión ni en lo principal ni en lo accesorio (sobre todo en lo accesorio) de pontificar desde una actitud a la vez desengañada y condescendiente, con un tonillo de superioridad moral que casa mal con la manifiesta falta de importancia, entre exhibicionista y masoquista, que se da a sí mismo.

    Recuerdo también algo que no me gustó, pero que no es exportable a otros lectores: se menciona a ciertos cargos relevantes, y ocurre que conozco algo a las personas que los ejercían en aquellos momentos y que soy amigo de buenos amigos suyos. No las reconocí. Ni por cómo son en lo personal ni por el fundamento de ciertas acciones que la novela les atribuye en respuesta a polémicas públicas trasladadas a las páginas. No me gustó porque me molestó, aunque no sé decir si Silva se ha erigido aquí en portavoz de una postura pública que ni por casualidad se dio como como aquí se indica, o si es que ha querido poner en boca de personas reconocibles las conjeturas sobre ellos de terceros que no conocemos y que Silva ha hecho suyas por boca de Bevilacqua. En todo caso, mal está usar personas reconocibles en temas polémicos por más que se maquille personas y temas para que sean solo parecidos. Las versiones de parte rara vez son justas.

    ¿Y de qué va el libro? Como digo, he tenido que husmear para recordar que hay dos tramas paralelas que, como suele suceder, convergen. En una de ellas se investiga en Badajoz el asesinato de una mujer. Arnau es a la vez infiltrado y retenido. Infiltrado en el entorno del sospechoso y retenido por el virus y el confinamiento. No voy a decir que esté el hombre en brazos de su enemigo, pero casi. 

    Mientras, Bevilacqua y Chamorro andan por Toledo, en Illescas, investigando la muerte de una señora que parece haber sido víctima del virus. Parece, ¿eh? Recuerdo, esto sí, la peliaguda sensación de ver a la pareja dispuesta a pisar charcos cuando todo avoca a lo contrario, que para colmo es también la solución más rápida y fácil en un contexto donde muertes así había con frecuencia en todas partes y en el que todos sentíamos que sacar la nariz de casa era peligrosísimo.

    Junto al factor de intriga expuesto, el autor explota el vínculo emocional que en la decimocuarta entrega de la saga puede dar por supuesto entre los personajes y el lector. ¡Pobrecillo Arnau, en menudo lío anda metido! ¡Pobrecillos Rubén y Virginia, que andan por un país desolado complicándose la vida con el riesgo de que un enemigo invisible se los lleve por delante en cualquier momento! ¡Mira que sin tras tantas peripecias en lugar de un tiro los mata un estornudo! Y, por supuesto, Silva juega con el vínculo emocional que todo lector que vivió con intensidad aquellos días tiene consigo mismo. Por último, el paisaje apocalíptico de ciudades y carreteras vacías es un marco de lo más peliculero.

    Me viene ahora a la cabeza una sensación incómoda al leer. La de que, a todo pasado, autor y lector juegan con las cartas marcadas. Es lo que tiene haber vivido el momento con intensidad y saber cómo acabó. También Bevilacqua, el narrador, lo sabe, obviamente. Si lo hubiera narrado en tiempo presente el resultado no sé si hubiera sido mejor, pero la novela hubiera debido ser muy diferente.

    La falta de memoria me impide asegurar a qué se debe el título, «Las fuerzas contrarias», pero la memoria no del libro sino de aquellos días sí me deja claro que hubo dos fuerzas opuestas: la de quienes dieron lo mejor de sí mismos en su trabajo (no solo los aplaudidos desde los balcones, sino todos los que hicieron funcionar algo, desde las cajeras de los supermercados -¡qué poco se las reconoció, con el miedo que pasaron!- hasta quienes fabricaron epis en casa durante horas y horas con bolsas de basura y cinta aislante) y la de quienes, incapaces de soportar que a «los otros» se les pudiera reconocer algún mérito en circunstancias tan graves, sabotearon los aplausos enfrentándolos a caceroladas, sembraron dudas sobre la toma de decisiones, las deslegitimaron o, directamente, mintieron, con lo que, sembrando la duda, hicieron menos efectivas muchas medidas, lo cual sin duda se cobró vidas que no les importaron un pimiento. Es decir, los bomberos, porque lo eran, se dejaron el pellejo intentando salvar a las víctimas del incendio mientras otros, megáfono en mano, se dedicaron a gritar a los atrapados que los bomberos no tenían ni idea y que no les hicieran caso. Dos fuerzas contrarias. Y las víctimas en medio.

    La primera fuerza siempre está ahí y cumple su papel con todos los aciertos y todos los errores. Pero, por desgracia, calladamente para lo bueno, porque no estamos acostumbrados a elogiar y agradecer lo bien hecho sino a proclamar los fallos. La segunda fuerza, para mayor desgracia aún, salió fortalecida: los miles de muertos que provocó no le importan a nadie posiblemente porque no se puede establecer la relación causa efecto con nombre y apellidos (se puede estimar número, pero no poner nombres) y en esta sociedad sin culpables no hay problema, porque lo que interesa es ganar el combate. Desde entonces hemos tenido claros ejemplos de cómo la impunidad de esta postura la ha reforzado. El hartazón de mentiras en la DANA de Valencia acerca de prácticamente todo es especialmente evidente. Y es dramática la cantidad de personas de a pie que se han aprestado a sostener estas vilezas por razones que nada tienen que ver con la gestión de una crisis, sino con intereses emocionales que ni siquiera llegan ya a ideológicos.

    Estas dos fuerzas contrarias no se anulan mutuamente, porque cada una se escucha en un espectro de onda. La que más se desarrolla es la que más se oye. Es decir, la que más grita. Así nos va. Y así nos va a ir.


miércoles, 22 de julio de 2026

Las gratitudes - Delphine de Vigan

 


Vaya obra breve, bonita y rotunda.

Lo primero salta a la vista: pocas páginas, letra grande y capítulos cortos que permiten una lectura sumamente ágil apoyada en un lenguaje claro, directo y eficaz que trata al lector como interlocutor. Bonita, porque gira en torno al agradecimiento, lo que presupone buenas acciones previas, lo cual es un alivio en un mundo tan áspero, violento y enfrentado como el que vivimos. Y rotunda, porque los problemas, dudas y dilemas son resueltos por los personajes con una voluntad sana y admirable.

    Importante es el punto de humor, de reírse de sí misma, de la protagonista y, por contagio, del resto, ya que permite dar a la historia un tono más tranquilo, cuya importancia en la obra es tanta como la del argumento.

Michèle Seld, Michka, es una anciana judía de origen polaco que vive en Francia. La conocemos cuando la afasia comienza a corroer su vida. Pronto no podrá vivir sola. La afasia es una enfermedad dura. No deteriora la inteligencia, pero arrasa la comunicación porque el enfermo pierde poco a poco la capacidad de hablar, de escribir, de leer… Las palabras se confunden y acaban conduciendo al silencio, a la imposibilidad de expresarse y hasta de comprender.

Pese a esto, Michka tiene dos buenos motivos para estar agradecida, que acaban siendo tres y hasta cuatro. El primero, que siendo niña, huyendo durante la Segunda Guerra Mundial, fue acogida temporalmente por un matrimonio de labradores franceses. Aquel gesto, del que apenas recuerda nada porque era muy pequeña, le salvó la vida. No volvió a saber de ellos ni de su propia familia, que fue víctima del Holocausto. De aquel joven matrimonio solo posee datos vagos que hasta ahora han resultado inútiles para dar con ellos. Conseguirlo a estas alturas es imposible, porque sin duda habrán fallecido, pero Michka no quiere morir sin dar las gracias a aquellos dos desconocidos o a quien pueda honrar su memoria.

Segundo, aunque la vida de Michka parece haber sido pobre y solitaria en un país que no es el suyo, sin familia, trabajando como correctora de revistas, se siente agradecida hacia alguien que a su vez también le profesa una profunda gratitud. Marie es una de las narradoras de la historia. Desde el presente y a sus alrededor de treinta años se dirige al lector para explicarle lo que está ocurriendo. A través de sus ojos comenzamos a conocer a Michka. Marie es la persona que vela por la anciana. Gracias a Marie, Michka no está sola en el mundo. No son madre e hija, pero lo parecen. Años antes la anciana, entonces una adulta, veló por la niña desamparada que fue Marie, una pequeña vecinita a la que dio compañía, lecturas y, sobre todo, la seguridad que no encontraba en su triste familia. ¿Cabe mayor gratitud que la que se da entre madre e hija por el mero hecho de existir? Sí, cuando esa relación no nace de la biología sino de la entrega desinteresada.

El otro narrador es Jérôme, un joven logopeda que trabaja en el centro donde Michka acaba siendo internada. El tercer motivo de Michka para sentir gratitud es la humanidad de Jérôme, y aún le dará otro más. Las conversaciones entre ambos permiten hacer luz sobre el pasado de la anciana, y descubren a Jérôme el valor de la gratitud.

«Las gratitudes» ilumina la grandeza de quienes sacrifican su vida (que no su tiempo libre) por los demás, y no es extraño que estas personas, siendo tan conscientes del desamparo de tantos otros, estén más preocupadas por ser agradecidos con quienes a su vez les ayudaron que por recibir agradecimiento alguno. Esto es muy visible en el caso Michka ante la cercanía de la muerte. Al hacer balance de su vida para que «cuando llegue el día del último viaje/y esté al partir la nave que nunca ha de tornar» la encontremos, como dijo Antonio Machado, «a bordo ligera de equipaje/casi desnuda, como los hijos de la mar». Así se quiere ir Michka. El único lastre que siente, lo único que aún la retiene en este mundo, es no haber podido dar las gracias a quienes de niña la cuidaron los días que para tantos desgraciados marcaron la diferencia entre vivir y ser exterminados.

Termino hablando de algo que invita a la reflexión y que hace más admirable aún a Michka, a Marie y al matrimonio francés.

Michka, ya lo he contado, fue una niña desamparada ayudada por unos desconocidos y a su vez ella, ya de adulta, fue la desconocida que ayudó a salir adelante a otra niña desamparada. Parece que la historia había puesto a Michka en situación de dar lo mismo que recibió y ser así agradecida a la vida, ¿verdad? Pero hay más. Los campesinos franceses que socorrieron a la niña Michka hicieron un esfuerzo pequeño y corto en lo material y temporal, pero inmenso en lo personal porque se jugaron la vida. Si los hubieran descubierto protegiendo a una judía, hubieran sido asesinados. Se lo jugaron todo haciendo un poco. En un instante asumieron una gran posibilidad de morir a cambio de que una niña desconocida tuviera alguna posibilidad de vivir. 

Michka, ya de adulta, no se ha enfrentado a circunstancias similares. Nunca ha podido jugarse el todo por el todo por nadie en un segundo. Pero de algún modo sabe, o más bien siente, que dar todos los segundos es otro modo de darlo todo. No lo hace de modo consciente porque lo tiene tan interiorizado que cuanto pueda hacer por los demás es para ella un modo de agradecer la vida, de reconciliarse con su suerte, con el azar que para ella supuso la vida y para su familia y tantos otros la muerte. Y esa actitud se manifiesta al conocer a Marie, su pequeña y desamparada vecinita. Cada tarde juntas, cada lectura, cada apoyo que hipoteca la vida de Michka aúpa la de Marie. 

Y Marie, cuando Michka ya es anciana, le corresponde.

¿Qué quiere decir Delphine de Vigan con esto? Que es la entrega a los demás lo que da sentido a la vida, y que no hace falta heroísmos ni  una guerra mundial para no ser egocéntrico y sí solidario todos los minutos del día. Que hay una diferencia insalvable entre el formalismo de dar las gracias y el ser agradecido, que lo primero es cortesía y lo segundo es plenitud. Que el cortés tiene educación y el agradecido grandeza, porque es capaz de reconocer lo que ha recibido de bueno y devolverlo al mundo multiplicado.

El final reservado a los dos narradores, Marie y Jérôme, cierra la historia de un modo hermoso, que viene a decir que la buena gente, al final, por más que se sacrifiquen nunca están solos porque se reconocen entre sí.

Qué distinto sería el mundo si fuéramos conscientes de todo lo que tenemos que agradecer. Y no digo ya si, además, lo hiciéramos con esfuerzo, como Michka, cada segundo de nuestra existencia. Acabaríamos cansados, pero por completo satisfechos. Ligeros de equipaje.


lunes, 20 de julio de 2026

El cielo robado - Andrea Camilleri

 


Michele Riotta, notario de Agrigento, escribió en su juventud un librito intrascendente sobre la huella del pintor Pierre Auguste Renoir en esa localidad, pues, al parecer, en algún momento de su vida pasó por allí y algún rastro pictórico dejó. Sin embargo, más tarde se ve que la cosa no está clara a juzgar por la biografía de Jean Renoir, el famoso cineasta, segundo hijo del pintor.

Con Michele, ya jubilado, se ha puesto en contacto por carta (una extravagancia en el siglo XXI)  una mujer mucho más joven (¿treinta y tantos, cuarenta y pocos?) culta y se diría que atractiva y elegante. La mujer, Alma Corradi, está interesada en Renoir y ha dado con el libro, hace siglos descatalogado, de Michele.

La primera mitad del libro está compuesta por las cartas de Michele a Alma, que comienzan en un tono amable y cortés entre desconocidos y terminan dando cuenta de una pasión tremebunda. 

Esto es así hasta que el notario -¡zas!- desaparece. A partir de ese momento el libro está compuesto, muy al estilo de Camilleri, de diversa documentación oficial y extraoficial que explica lo ocurrido.

Las cartas son un poco plomizas, porque el notario es tan fiel a su propio estilo que, auxiliado por la inevitable estructura común de casi todas las cartas, resulta repetitivo. Además, como siempre sucede con estas novelas epistolares en las que solo se da cuenta de la correspondencia de una de las partes, las misivas se ven obligadas (por exigencias del guion) a aclarar a qué contestan, lo que les hace perder espontaneidad. Sin embargo, nada fuera del orden literario-epistolar; al contrario, es un gran ejemplo.

    Los documentos posteriores dotan a la novela de mayor agilidad y aceleran la hasta entonces perezosa lectura. Lo consiguen no solo por dar una mayor variedad de tonos y estilos, según quién interviene y si lo hace oficialmente o no, sino, sobre todo, porque lo que hasta ese momento había sido la historia romanticona más o menos patética de un jubilado obnubilado por la mujer hermosa que se digna en reparar en él se transforma en una novela negra con un interés evidente y, al mejor estilo de Camilleri, con un desenlace sorprendente. Y, como siempre, con las debilidades humanas como telón de fondo.

    Una novela breve representativa de su autor, que compré en junio de 2019 y que, no sé por qué, no había leído hasta ahora.




jueves, 16 de julio de 2026

Cuéntame el olvido - Mavi Doñate

 


El verano, cuando tantas personas vuelven a los pueblos de los que procede su familia, es un excelente momento para leer «Cuéntame el olvido» y, al calor de sus páginas, preguntar a quienes aún puedan responder.

Mavi Doñate ha escrito este libro a la búsqueda de respuestas a los silencios familiares, tras leer -lamenta que demasiado tarde- lo que su abuelo escribió en los años 80 para contar su calvario en la Guerra Civil y la posguerra, del que nadie hablaba hasta el punto de que muchos en la familia ni siquiera estaban al tanto. 

    Suerte ha tenido Mavi Doñate de contar con ese lúcido testimonio. En la mayoría de las familias los silencios no han sido rotos más que a través de miradas elocuentes que respondían sin palabras a preguntas comprometidas o que acompañan recomendaciones de prudencia. Miradas fijas e intensas que aún recuerdo y que entonces no comprendía. 

    A los represaliados los calló el miedo. La mayoría de quienes sufrieron persecución y represión simplemente por haber expresado una ideología, y no digamos los familiares de los que fueron exterminados por el mismo motivo, jamás volvieron a confiar en la fortaleza de la libertad. Hoy te crees libre y hablas o participas en una manifestación, y mañana… Bien entrada la democracia aún eran muchos, ya ancianos, los que no se atrevían a hablar ni mucho menos a señalar a los causantes de sus desdichas. 

    Por supuesto, estos últimos aún hablaban menos, porque desde el primer momento también enmudecieron los delatores y todos sus familiares. Los que con su acción o testimonio facilitaron ejecuciones, encarcelamientos, torturas, confiscaciones… Y no hablemos ya del estrepitoso silencio del que se rodearon quienes asesinaron o torturaron y quienes desde el poder judicial y político legitimaron la salvajada.

    Al final, quien no calló por miedo lo hizo por vergüenza (y quizá por temor a la justicia justiciera), provocando una falta de comunicación entre generaciones que ha propiciado, para unos, una enorme ignorancia sobre lo que sufrieron las personas más cercanas (padres o abuelos) y, para otros, sobre las barbaridades que esos seres más queridos cometieron.

    Cuando el lector conoce, de boca del abuelo de la autora, lo que este hombre vivió, comprende que su ruptura del silencio fue para él una exigencia ética, algo que respondía a la necesidad de advertir sobre lo venidero cuando se tiene la certeza de que todo es inexplicablemente frágil y que hay que ser consciente de la facilidad con la que germina la barbarie. De su testimonio sorprende y emociona la objetividad y ecuanimidad: no juzga a nadie, no pretende ajustar cuentas, no lo mueve el rencor, se limita a contar hechos como quien todavía está tan abrumado por lo que le sucedió que lo cuenta con toda la objetividad posible para ver si alguien es capaz de encontrar la explicación que él aún no ha encontrado. Posiblemente por eso su relato es aún más estremecedor.

    Tras cada capítulo de la peripecia narrada por su abuelo, Mavi Doñate introduce inteligentes reflexiones personales que ayudan al lector a contextualizar, comprender y digerir los hechos. La mezcla de testimonios, el de quien calló  y el de quien dos generaciones más tarde no preguntó, da agilidad y enriquece el conjunto. En estas reflexiones se infiltra su propia biografía, la de una mujer nacida en los postrimerías del franquismo, criada en Zaragoza y que, para cuando tuvo uso de razón, la democracia había eclosionado envolviéndola en una dinámica social tan lanzada hacia el futuro (donde de por sí está lanzada toda persona joven) que no mira hacia el pasado… ni aunque lo tenga palpitando en las personas más cercanas, que pese a todos los cambios hacia la libertad seguían callando. Así vemos cómo el silencio de una generación se propagó a las siguientes sin que lo advirtiéramos. Todos, de un modo u otro, tenemos una responsabilidad, porque el breve escrito del abuelo de la autora nos recuerda que silencio no equivale a olvido. Para evitar el olvido y por tanto la injusticia y la ignorancia antes o después es necesario hablar. Y escuchar. Es lo que hace este magnífico libro.

    Me unen muchas cosas a Mavi Doñate: compartimos generación y, por tanto, vivencias; mi familia procede de un pueblo de Teruel cercano y en todo similar al de Guadalajara que ella describe sin dar el nombre; a esos pueblos volvíamos ambos de visita siendo niños, inconscientes de lo que pudiera latir en sus calles desde cuarenta años atrás; y los dos vivimos la vida universitaria en Zaragoza (y ella también la escolar). Seguro que en algún momento coincidiríamos de parranda en los bares del casco viejo o en alguna de las otras zonas habituales en aquellos años. También los dos estábamos rodeados de silencios y no lo advertíamos. También ambos, tan pendientes del propio futuro, no intentamos conocer más del pasado del que proveníamos todos. Aunque no nos conozcamos, tenemos muchos recuerdos compartidos.

    Quiero destacar su evidente y meritorio esfuerzo por no tomar partido pese al enorme peso emocional de la historia, y el respetuoso trato que da a todos, al tiempo que se pregunta cómo tiene que ser bucear en los silencios no causados por el miedo, sino por la vergüenza, para saber qué se siente ante la conciencia de que tu padre o tu abuelo fueron los responsables de la muerte o la desdicha de otros seres humanos, muchos de los cuáles no habían hecho nada a nadie.

    La magnitud de la Guerra Civil fue tal que, en medio de todas las ignorancias causadas por los silencios que llevan al olvido, quien no se siente heredero de un represaliado teme serlo de un verdugo. Por eso es tan importante indagar en el pasado con una mirada limpia. Para comprender. Para que todos podamos ponernos en el pellejo del otro y mirarnos a los ojos.

    Lo que cuenta Mavi Doñate va más allá de la historia de unas familias, y termina reflejando la vida del pequeño pueblo de Guadalajara, cercano a la provincia de Teruel, que como todos tras la Guerra Civil pasó a vivir una paz formal en la que agresores y agredidos tenían que convivir forzosamente. Aunque, como es lógico y pese a las apariencias, no lo hacían en pie de igualdad. Había convivencia, sí, pero los señalados no debían significarse, y sí vivir sin molestar, como si pidieran perdón, en una suerte de prolongación de la humillación. Los otros, en cambio, sintiéndose en una posición de superioridad se aprovechaban de ella, pero con precaución porque conscientes de los abusos tampoco podrían eludir el miedo a la venganza ni a lo por venir cuando cayera el régimen. Un acuerdo tácito, puesto por quienes tenían la sartén por el mango, de yo no te complico la vida si tú no pides justicia, y date por contento. Todo esto pasaba inadvertido para las nuevas generaciones, que como en ocasiones hasta veían compadrear a agresores y agredidos poco sospechaban, hasta que, a medida que maduraban, comprendían el significado de comentarios, hechos y situaciones.

    Los «hechos probados» que condenaron a 30 años de cárcel (que pudo haber sido pena de muerte) al abuelo de la autora se basan en los testimonios de unas pocas personas del pueblo, que se concertaron para decir lo mismo ante el alcalde: que no se le conocían actuaciones en contra del régimen, que había tenido un buen comportamiento pero que, vaya por Dios, era de izquierdas. Los 30 años se quedaron en cuatro porque la cantidad de presos era tal que el estado no podía mantenerlos. Las espantosas condiciones de vida fueron más bien condiciones de muerte. No exagero si digo que aquella reclusión tuvo también mucho de tortura.

    Tras la cárcel, el regreso al hogar de quienes salían de presidio hacía de ellos acusaciones andantes contra quienes los habían denunciado injustamente. Víctimas que temían volver a serlo y verdugos que temían rendir cuentas de su pasado empezaron a convivir en cada calle de cada pueblo. Cuesta imaginar la tensión de aquellos años. Se soportó, supongo, gracias a ese silencio al que ahora, una vez esas personas han quedado en el camino de los tiempos, hay que dar voz para comprender lo que sucedió y para entender lo que somos. Sin comprensión ni entendimiento no es posible la justicia ni la reconciliación precisa para la convivencia armoniosa y en paz.

    ¿Qué voy a añadir? Tardé años solo en saber que había algo que comprender sobre mi propia familia, y solo por casualidad terminé averiguando hechos que me dejaron pasmado y me hicieron comprender, como en una revelación, la razón del eterno perfil bajo y de la infinita discreción de algunos familiares. Luego, en los archivos históricos accesibles por internet (¡qué tristeza, qué desolación encontrar el sufrimiento ignorado!) he localizado datos sobre mi abuelo y algunos tíos, datos que ni mis padres, tan niños entonces, conocían. Nadie se lo contó. Nadie nos lo contó. El silencio y el olvido.

    Un libro necesario, inteligente, útil y sano porque busca comprender, que es la única manera de mirar alrededor y a uno mismo para que lo emocional no excluya lo racional.


martes, 14 de julio de 2026

Los Estados Unidos del Linchamiento - Mark Twain

 


Mark Twain escribió esta brevísima obra (se lee en veinte minutos) con rabia e indignación. No pretendió hacer un análisis, sino un alegato contra el racismo apelando al más mínimo rastro de inteligencia en quien quiera que pudiera pudiera leerle.

Twain (nacido el 30 de noviembre de 1835 y muerto el 21 de abril de 1910) sabía de lo que hablaba: había presenciado horrores. Posiblemente por eso no se atrevió a publicar en vida estas líneas, escritas en 1901. Temía represalias hacia él o hacia los suyos.

Paradójicamente, al no publicarlo cayó en el gran pecado que denuncia: en la falta de valentía. En la cobardía.

Me explico.

Twain comienza dando cuenta de la arbitrariedad de los linchamientos, de lo injustificado de todos ellos incluso en los casos en los que, siendo la víctima un verdadero delincuente, hubiera sido condenado a muerte en caso de ser juzgado de acuerdo a la ley. Habla de cómo la naturaleza humana puede acabar incentivando, con sus reacciones salvajes, aquello con lo que en teoría pretende acabar. Y habla, sobre todo, de que una enorme cantidad de personas que sostienen los linchamientos acudiendo a verlos, en realidad no serían capaces de cometerlos por su mano y hasta los repudian, pero están ahí, apoyándolos con su presencia, porque se ven arrastrados por la opinión de los demás. Nadie quiere significarse en una situación de extrema violencia. Los linchamientos, como muchas revueltas, nacen de la voluntad de cuatro salvajes de crueldad desquiciada que arrastra a multitudes miedosas que acaban así convertidas en colaboradoras, en el apoyo efectivo, en la justificación social de la barbarie.  Aunque en realidad lo que sucede, dice Twain, es que el crimen repugna a casi todos pero nadie se atreve a desmarcarse de los incitadores. Bastaría un solo hombre valiente que les plantara cara, dice Twain, para anular a esos pocos bárbaros, porque el común de los mortales está deseando tener una excusa para no secundarles, para irse a su casa sin sentirse responsable de ningún horror.

El problema, concluye, es que esos valientes apenas existen. Cita un par de casos de personas que se enfrentaron con éxito a los linchadores y ya no encuentra más. Por eso, en lo que parece un recurso grotesco pero que precisamente por desesperado llama la atención, clama por la vuelta de los misioneros norteamericanos en China. Quien allí se ha ido ha demostrado ser valiente, y la valentía tiene más recorrido entre toda la turba que se deja arrastrar por miedo a ser señalada por los bárbaros que evangelizando a un número tan ridículo de chinos que en nada va a cambiar la religión dominante.

Lo de China, por supuesto, es anecdótico. Lo importante de esta obra es que Twain nos recuerda que la barbarie nace en la actitud permisiva de cada uno de nosotros. De mí y de ti.

No es una idea antigua. Desgraciadamente hoy sigue sucediendo. No hay más que ver lo que ocurre en Gaza. Al principio el genocidio, bajo la excusa de la represalia por un monstruoso atentado, avanzó sin que nadie lo impidiera. Nadie se atrevió a hacerlo por miedo a ser señalado como partidario de los terroristas. Pero luego, en cuanto salieron unos pocos valientes en la escena internacional plantando cara al gobierno de Israel, la posición de los genocidas comenzó a empeorar hasta que, al final, claudicaron a regañadientes, decretando un parón en la salvajada que… que se ha quedado en nada en cuanto los valientes se han tenido que ocupar de otras cosas. Cada ser humano que calla acerca de lo que está sucediendo en Gaza, en El Líbano o en cualquiera otro lugar desde donde le lleguen noticias similares, está haciendo posible todos y cada uno de esos genocidios, todas y cada una de esas muertes de inocentes, porque está haciendo lo mismo que quienes con sombrero, corbata y rociados de colonia asistían a los linchamientos de los que habla Twain y que ilustran el libro. Solo callar ante la barbarie permite cometerla.

Hacen falta valientes, como decía Twain.

El libro es tan breve que ha sido completado con un prólogo de Javier Fernández Rubio, editor y traductor, así como por una escalofriante colección de fotografías que hacen este libro no apto para cobardes que se nieguen a ver el drama para no tener que actuar.

    Espero que esta reseña sirva para alzar la voz una vez más.


lunes, 13 de julio de 2026

Solos en el mundo - Arancha González Laya

 


Dos advertencias:

Primera. Me temo que, como tanta gente, siento desconfianza hacia los libros firmados por quienes han estado en política. De hecho, no suelo leer ninguno. Bueno, pues en este caso olvida todo prejuicio. La autora no ha escrito estas páginas ni para defender a un partido ni para reivindicar su gestión como ministra de Asuntos Exteriores. Se trata de un análisis sensato, exhaustivo y profundo sobre una realidad que conoce bien, que poco tiene que ver con ideologías y con la vista puesta en el futuro, el lugar donde estaremos todos.

Segunda. Si la política internacional y la geopolítica te interesan, lee este apasionante libro cuanto antes. Está actualizado hasta la primavera de este año, 2026, pero la situación mundial evoluciona a tal ritmo que más que vale que los cambios te encuentren bien informado.

¿Y que cuenta «Solos en el mundo»?

Pues que Europa está sola en el mundo. Que la evolución de las distintas partes del planeta la ha ido dejando en tierra de nadie y que Estados Unidos ha pasado de aliado a una posición que puede transformarlo incluso en enemigo. Y si no que se lo pregunten a los habitantes de Groenlandia y a los daneses. Por otro lado, Rusia ambiciona expandirse y ampliar su zona de influencia disponiendo para ello de más capacidad militar que económica, aunque en lo económico tiene armas de guerra. Y qué decir de China, su espectacular evolución y el modo en que su peculiar régimen le permite, mientras sus líderes tengan las ideas claras, un margen de maniobra y una adaptabilidad sin igual. Y todo en un contexto en el que el hemisferio sur ya no es un convidado de piedra a explotar sino un conjunto de potencias medias emergentes con bastantes intereses comunes, entre los que destaca la necesidad de dotar a las instituciones internacionales de una representatividad acorde a la realidad..

El libro comienza de un modo muy atractivo para el profano, con el atrevimiento de imaginar un futuro probable dentro de un par de décadas, el cual, por contraste con las inmediatamente pasadas, conmociona al lector. 

    Ahí acaba la ficción (que no previsión, aunque nunca se sabe). Los capítulos siguientes analizan con claridad meridiana, rigor, datos elocuentes y las confesiones de quien ha estudiado en profundidad y hasta vivido en primera persona mucho de lo que detalla, aspectos que van desde las razones que explican la «retirada» de Estados Unidos, la evolución de los intereses y de la sociedades china y rusa, la influencia de la evolución tecnológica y, en particular, del desarrollo de algoritmos de gran alcance debido al uso masivo de la IA, o la carrera por recursos naturales estratégicos sobre los que el común de los mortales apenas sabemos nada. La combinación de todos esos factores, muchos novedosos para el profano, con tantos actores en nuevas situaciones han cambiado los conceptos clave de la política internacional. Términos como globalización o multilateralidad ceden ante la interdependencia y los vinculados a la defensa, una defensa que poco o nada tiene que ver con la concepción tradicional de la misma, ya que los aspectos tecnológicos y económicos tienen ya un peso decisivo. También han aparecido actores particulares de peso gigantesco, como Elon Musk o el dueño de Palantair, con capacidad decisoria en el concierto mundial, incluso, como ejemplifica la autora, en las operaciones militares en la guerra entre Ucrania (es decir, entre Europa) y Rusia. Particulares que obedecen a sus propios intereses, con personalidades ególatras, caprichosas, intrigantes, y en cuyas manos solo un chiflado podría dejar la seguridad de su país. La conclusión de todo esto es que una vez uno ha respondido a las preguntas de «¿Quién soy y adónde voy?» debe prepararse para la independencia defensiva y también económica (en los recursos estratégicos) que le permitan vivir sin renunciar a sus valores, lo cual, en el caso de Europa, que hasta ahora ha tenido unos valores claros, los que fundan las democracias liberales, solo es posible a través de la unión y la consiguiente cesión de una soberanía que, si no se cede, no servirá para nada.

    De fondo, el rompecabezas que siempre ha sido Europa: cuarenta y cuatro países, veintisiete de ellos en la Unión Europea; un montón de estados y naciones apretujados en un territorio pequeñajo, con culturas, idiomas y religiones estrechamente emparentadas pero diferentes, con múltiples intereses económicos comunes, pero también, entre zonas, con algunos contrapuestos; unas sociedades que en tres generaciones han pasado de liderar económica y políticamente el mundo a no pintar nada en él y que han quedado a expensas de nuevos actores mucho más poderosos, algunos de ellos que no responden ante nadie, por ser particulares y escapar a toda jurisdicción de los países sobre los que influyen. A no ser que…

    A no ser que la jaula de grillos que somos nos apresuremos a cantar armónicamente al menos en los temas cruciales.

    De hacerlo, quizá podamos defendernos, ser alguien, proteger nuestros intereses. De lo contrario podemos ser pasto de todo tipo de ambiciones y problemas regidos por la ley del más fuerte.

    En resumen, una lúcida visión de Europa, de Rusia, de China, de Estados Unidos, del sur global (y de aquello en lo que se está transformando), de las diferentes estrategias de cada uno, de las razones que las mueven, de cómo influyen los personalismos de los líderes, de los recursos naturales precisos para el futuro, de la revolución tecnológica derivada de la IA, del poder mudable propiciado por los cambios financieros, por los medios de pago aceptados y los sistemas de pago utilizados, de…

    Apasionante.

    Vaya vértigo.

    No he leído este libro por casualidad. Aunque las elecciones en los próximos años se van a decidir, como siempre, por el ruido doméstico cortoplacista en el que perpetuamente se enfangan los partidos y los medios de comunicación, estoy convencido de que el futuro de las actuales generaciones y las dos o tres siguientes, depende de cómo sepamos capaces de estar en este mundo al que se refiere la autora, en el que nos hemos quedado solos, y, también, pero esto no se detalla en estas páginas, de si somos capaces o no de desarrollar y aprovechar las ventajas comparativas que las nuevas fuentes de energía han puesto a nuestro alcance por primera vez. Nunca, en todo el periodo que se inició con la Revolución Industrial, habíamos vivido una tesitura similar. 

    ¿Y a qué viene el comentario sobre las elecciones? A que me da la sensación de que, atontolinados por las mierdecillas de siempre, otros están transformado nuestras vidas a marchas forzadas, utilizándolas y exprimiéndolas en su provecho, y llegarán a extremos que no somos capaces de concebir. Libros como este sirven para evitarlo, para identificar lo trascendente, aquello en lo que nos jugamos seguir siendo lo que somos y poder decidir qué queremos ser. 

    Arancha González Laya tiene experiencia y trayectoria suficientes para saber millones de veces más que cualquier mortal y, aunque preocupadísima por el tema (de ahí este libro), conserva cierta esperanza. Yo, en cambio, que no sé nada, recuerdo a menudo que los principales países europeos, cuando consiguieron ser los más ricos y avanzados del mundo, cuando consiguieron tener unos niveles de bienestar jamás antes vistos en la historia de la humanidad, se dedicaron a matarse entre ellos con tal saña que el bárbaro récord aún permanece intacto. Sobre esto habla menos la autora: sobre qué será de Europa si Europa no llega a ser Europa. A no ser, claro, que tomemos la original introducción no como una ficción dedicada a situar al lector, sino como una profecía.

    Un libro interesantísimo que te abre los ojos a un sinfín de aspectos cruciales que los medios de comunicación apenas mencionan si no es tras haber leído el periodista obras como esta.



jueves, 9 de julio de 2026

Magnifica humanitas - León XIV



Durante décadas quién iba a decirnos a tantos no creyentes que acabaríamos leyendo con enorme interés una encíclica. Así que esta es la primera reflexión: ¿por qué? ¿A qué se ha debido el apasionado interés que «Magnifica humanitas» ha despertado en todo el planeta.

La respuesta es, creo, doble. 

    Por una parte los vertiginosos cambios que está experimentando el mundo han dejado obsoletas las referencias morales sin que se hayan desarrollado otras nuevas por dos motivos. Uno, porque asimilar una nueva norma ética es cuestión de al menos una generación, o probablemente  más, y el cambio va mucho más rápido, dejándonos a todos atrás. Dos, como apunta León XIV y todos los ensayos sobre la actualidad que he leído, al estar estos cambios de colosal intensidad impulsados por manos privadas su guía es el interés del megamillorario tecnológico de turno. Mientras, toda la sociedad está in albis, perdida, desorientada, sin saber qué hacer con el futuro o, por miedo al cambio, involucionando hacia pasados de corte nacionalista, excluyentes del migrante y del distinto, un extremismo incompatible con la dinámica impuesta por la misma evolución económica que lo explica, por lo que de su auge solo pueden esperarse desastres. Por eso tanta gente que sabe que esto último es un peligroso paso atrás pero que no sabe cómo seguir hacia delante ansia una guía, una referencia moral ante este mundo en el que, por primera vez en la historia, unos pocos particulares son ya más poderosos e influyentes que la mayoría de los estados.

Por otra parte, el papa Francisco se atrevió a enfrentarse abiertamente con las consecuencias más feroces del capitalismo, apoyado en la doctrina social de la Iglesia, y León XIV no le va a la zaga. Han abierto una esperanza. La de tener una guía ética.

De ahí la expectación generada por «Magnifica humanitas»: en este complicado contexto por fin alguien con ascendiente sobre cientos de millones de personas se atreve a plantear un posicionamiento ético frente a quienes controlan ya, de facto y en su propio interés, aspectos que van desde la defensa hasta la comunicación de masas y la disección psicológica y social individualizada de centenares de millones de seres humanos.

Por último, es notable la empanada en la sociedad española. El papel que la Iglesia jugó en la instauración y consolidación del franquismo y la duración de éste han hecho que todavía haya millones de personas, de derechas e izquierdas, que identifican derecha e Iglesia. Y ahora, claro, les explota la cabeza, porque la Iglesia defiende cosas, sobre todo en lo económico y social, que casan a la perfección con la izquierda y otras, en cambio, con el liberalismo. El resto, no demasiadas pero significativas, con el conservadurismo.

Desde la «Rerum novarum» («De las cosas nuevas») de León XIII en 1891, la doctrina social de la Iglesia se apoya en los siguientes principios (que, tengo la sensación, han dormido o estado amodorradillos más de un siglo):

-La defensa a ultranza de la dignidad de todas las personas independientemente de cualquier circunstancia personal. Es decir, un principio básico de igualdad material y jurídica. Sobre este principio giran todos los demás.

-El bien común: la actividad humana, especialmente la económica, debe estar orientada al bien común, no al interés particular capaz de generar desigualdades que atenten contra la dignidad de las personas.

-Destino universal de los bienes: los bienes de la tierra son el resultado de la Creación, por eso, teniendo todos los seres humanos igual dignidad, esos bienes y cuanto se obtiene de ellos están destinados a todos por igual. El sistema de propiedad privada es racional para organizar la vida social, pero debe ser limitado cuando como resultado de su aplicación hay personas excluidas de lo necesario para preservar su dignidad.

-Subsidiaridad: las instancias políticas deben dar libertad de actuación; solo deben intervenir cuando se producen desigualdades que menoscaban la dignidad humana.

-Solidaridad: toda persona debe apoyar a sus semejantes promoviendo y utilizando todos los mecanismos precisos al objeto de garantizar la igual dignidad, que a su vez implica la igualdad material y jurídica antes mencionada. Dónde quedan el amor al prójimo, el amor fraterno, si el que tiene más no ayuda al que tiene menos, y no digamos ya cuando intenta aprovecharse del otro quedándose con lo que no es suyo.

    -Participación: todas las personas deben participar en la vida económica, social, política y cultural en igualdad de condiciones. 

    Nada ha cambiado en esta doctrina desde 1891, pero sí en el énfasis que los diferentes pontífices han puesto en ella, un abanico que va desde los que se colocaron de perfil hasta los dos papas que han dado a esta cuestión la máxima importancia: Francisco y León XIV. Lo que sí ha cambiado en este tiempo es el marco socioeconómico. Desde la revolución industrial que justificó la «Rerum novarum» alumbrando a la burguesía industrial y al proletariado a la situación actual la evolución ha sido monstruosa: casi nada fue previsible y casi nada es ya reconocible. Fruto de las desigualdades acumuladas se están produciendo flujos migratorios enormes que ponen a prueba la inteligencia y la ética de la población de los países receptores de migrantes. La acumulación de poder que propicia el capitalismo (a través de la herencia y, sobre todo, por encima de todo, a través de la obsolescencia provocada por cada nueva tecnología) hace que haya unos pocos individuos, particulares que buscan su interés privado, cuyo poder supera con mucho el de la mayoría de los estados. Por ejemplo, a la vez que leía esta encíclica leía otro libro que señalaba que la realización o no ciertas acciones militares en la guerra entre Ucrania (en realidad Europa) y Rusia no ha venido determinada por la decisión de los actores políticos, sino por Elon Musk, que decidió dejar usar o no en un momento concreto su red de microsatélites Starlink. Un particular dando el placet o no a estados soberanos, un particular decidiendo la marcha de una guerra y, por tanto, quizá su desenlace. ¿Qué peajes habrá exigido? Hasta hace nada una situación así hubiera resultado increíble. Y el desarrollo de la inteligencia artificial augura concentraciones de poder inimaginables que harán más frecuentes y graves estos desequilibrios.

    Esto es lo que justifica esta encíclica. El propio subtítulo lo indica. Sus páginas hacen evidente que León XIV tiene conciencia de estar ante un cambio en las relaciones humanas y, en especial, en las relaciones de poder, capaz de aniquilar las sociedades que hemos conocido las generaciones vivas. Las mayúsculas concentraciones de poder auguran un crecimiento desmedido de las desigualdades y también amenazan a las democracias. ¿Por qué van a querer compartir el poder con nadie unos pocos centenares de oligarcas repartidos por el planeta? ¿Por qué van aceptar que otros les pongan limitaciones si pueden evitarlo? La IA está íntimamente unida a la captación y análisis de datos en un mundo en el que cualquiera que tenga un teléfono o un ordenador está enviando cada día a operadores concretos millares de datos sin siquiera advertirlo. En todo lo que hacemos nos retratamos a la perfección: dónde estamos, dónde vamos, con quién hablamos, a qué horas, qué miramos o compartimos, qué nos parece bien o mal… Somos lo que hacemos y hacemos lo que somos. Hasta nuestros pensamientos, aspiraciones e inquietudes se muestran en lo que consultamos. Y todo estos datos, de todas y cada una de las personas, son recopilados por unos pocos poderosos, las Big Tech, con capacidad para procesarlos y explotarlos. Así es como las posibilidades de manipulación de las personas han alcanzado cotas terroríficas que ya se están utilizando para propiciar cambios políticos que, cuando tienen éxito, rinden pleitesía al facilitador. Hay líderes políticos que se han convertido en testaferros. Es la forma en que los dueños de las Big Tech se están apropiando del poder político para ponerlo a su propio servicio a expensas de la población, que es quien paga.

    En resumen, dos son los peligros de los más recientes avances tecnológicos en torno a los que gira esta encíclica: el crecimiento de la desigualdad y el abuso de poder derivado de la manipulación, ambas cosas a escalas colosales. Ambas, también, tienen derivadas como el cambio climático antropogénico, que importa poco a ese reducido número de megamillonarios, dispuestos a promoverlo si les beneficia (influyendo en políticos y en la opinión pública) porque siempre van a poder protegerse de él, pero que para el resto trae consigo muerte y penuria a raudales. También de esto habla el Papa.

    El remedio a todos estos peligros consumados que propone León XIV consiste en abrazar los principios de la doctrina social de la Iglesia. Parece ingenuo si uno compara los consejos de esta encíclica con los descarnados hechos que cuentan los ensayos de referencia sobre la situación mundial, pero es que se trata de cosas distintas: esta encíclica es una guía ética. Y la guía está orientada por, como he dicho, la doctrina social de la Iglesia, de la que León XIV no se separa un ápice. Es un llamamiento a ser conscientes de la que se nos viene encima y a reaccionar, aunque cuando uno disfruta una vida normal en la clase media occidental esta encíclica parece solo un llamamiento a la solidaridad, pero en realidad es algo más. Es un llamamiento a defendernos, a defender un valor superior, el de la dignidad humana. A defendernos ya.

    Por supuesto, existen referencias religiosas, faltaría más. Dios es el inspirador de toda esa doctrina social y de cualesquiera otras pautas que da León XIV. Pues muy bien. Estupendo. Para el creyente verdadero, no el meramente formal, la fuente de inspiración es la máxima fuente de autoridad, y por eso hará suyas las pautas de León XIV, porque las dicta el dios en el que cree, y para este creyente verdadero nada nuevo va a suponer esta encíclica aparte del aviso sobre los peligros que nos afectan ya a todos. En cuanto al no creyente, no va a juzgar estas pautas según su fuente de inspiración, que le da igual, sino según su adecuación a sus propios valores éticos, provengan de donde provengan y sea cual sea su inspiración filosófica, política o ética. Esto es lo que explica que en todo el mundo haya tantas personas no creyentes que se sienten representadas por muchas de las palabras de este pontífice y de su antecesor. Esto es lo que explica, también, cierta división entre los creyentes: los verdaderos, los fieles a los postulados básicos del cristianismo, que proclaman la solidaridad con quienes menos tienen para seguir el ejemplo de un dios todopoderosos que se rebaja a ser un desarrapado que atiende a otros aún más desarrapados que él, hacen suyo el mensaje; en cambio los creyentes meramente formales recelan, porque León XIV hace un llamamiento a la solidaridad y a pensar en el bien común y en el destino universal de los bienes, además de exigir un principio de subsidiariedad que impide delegar la solidaridad en el Estado o, en general, en otros, todo lo cual es incompatible con el dolce far niente de la vida confortable de las clases medias occidentales (nacidas al calor de la sociedad de consumo), que, además, son las primeras destinatarias de los mensajes de la extrema derecha que intenta medrar metiendo miedo a perder ese confort y señalando culpables tan débiles que no puedan defenderse: el migrante, el de otra raza, el que tiene otra religión, otra cultura.... Minorías. Y, por supuesto, antes o después, sobre todo en el momento en que queda en minoría, el que opina distinto. Llegados a este último punto, la democracia se evapora y la catástrofe social es inevitable. Por supuesto, la oligarquía tecnológica y económica está dispuesta a apoyar la política que no le exige rendir cuentas (es decir, la no democrática); por supuesto, hay políticos dispuestos a hacer esa concesión a cambio de que un aliado tan poderoso les allane al camino al poder; por supuesto, todas las potencias no democráticas tienen interés en que le vaya mal a las democráticas, para no ver sus sistema en cuestión. Ya empieza a haber ejemplos de todo esto en el mundo, empezando por Estados Unidos. Aunque León XIV no cita ninguno, muchos se intuyen.

    Creo que de esta encíclica León XIV va a sacar dos enemigos: los grandes poderosos alumbrados por la acumulación capitalista propiciada por los efectos de las nuevas tecnologías y la extrema derecha. A ambos se enfrenta el papa con decisión. Y ambos intentarán convencer al personal de que este papa no es de fiar. Se esforzarán en contárnoslo y los primeros tienen toda capacidad para llegar a cada uno de nosotros cuando y como quieren, pero recordemos que las patadas que le den a León XIV las estará recibiendo nuestro culo.

    Por lo demás, se trata de una lectura para hacer en pequeñas dosis. Todo es grano. No hay paja. Los alrededor de trescientos mensajes son muy claros, muy directos y con frecuencia contundentes, aunque el lenguaje está diplomáticamente edulcorado para intentar evitar los ejemplos reconocibles. Además, lo monocorde del tono y el vocabulario utilizado producen la sensación de estar en una larguísima homilía hecha con más tesón que pasión, más cerca del que recita pendiente de no olvidar nada que del que arenga pensando solo en convencer, todo lo cual hace buena la crítica de Javier Cercas en «El loco de Dios en el fin del mundo»: el lenguaje de la Iglesia sigue estando bastante lejos del lenguaje del pueblo. Sin embargo yo diría, aunque no tengo elementos para afirmarlo, que León XIV ha hecho esfuerzos en este sentido que aparecen como fogonazos mediante afirmaciones claras, rotundas, diáfanas y que sorprenden al señalar sin dudar, caiga quien caiga. Y a riesgo de caer él.


lunes, 6 de julio de 2026

Orilla del mar - Véronique Olmi

 


Si los libros pudieran clasificarse según si necesitan darte una somanta de palos para dejarte molido o si son capaces de mandarte al otro barrio de un solo puñetazo, «Orilla del mar» destacaría entre estos últimos. Un libro tan bueno y breve como emotivo y duro.

No te repones de su lectura. Cada vez que lo recuerdas, te cambia la cara.

La historia es breve, simple, sencilla, y tan intensa y verosímil que, tras leerla, averiguar que se basaba en un caso real no me añadió ninguna certeza. Mientras la lees sabes que no estás ante nada que no haya sucedido en cualquier lugar del mundo y que vuelve a ocurrir constantemente cuando no en un sitio, en otro. Y eso te estremece tanto como la conciencia de tu falta de atención hacia estas situaciones.

La novela comienza con una mujer y sus dos hijos en un autobús de línea. Stan tiene nueve años y el lector pronto comprende las razones de su evidente madurez y de su permanente alerta teñida de tristeza. Kevin, que solo tiene cinco, aún sigue siendo un niño. Bueno, niños son los dos, pero nos entendemos.

La diferencia entre ambos es que Stan ya ha vivido lo suficiente como para ver más allá de lo inmediato. Y ve muy bien. Tanto que esa visión determina su carácter y, también, explica su postura en el abrupto final de esta historia. De hecho su postura ante ese final es de una tristeza abrumadora.

La madre es una persona impotente, desorientada, que ha perdido el norte hace tiempo por no saber cómo hacer frente a la penuria. Cada camino que toma es equivocado porque la razón para tomarlo es solo que todo lo distinto parece una escapatoria. Pero no son caminos. Son agujeros. No la ayuda mucho los problemas psiquiátricos que se adivinan: lo bastante severos para provocar su impotencia, pero no tanto como para que no sea consciente de ellos. Sufrimiento al cuadrado.

    El amor siempre es algo presente que solo se concibe relacionado con el futuro, incluso cuando el objeto del amor es algo pasado. Y esto es aún más cierto en el caso del amor hacia los hijos, cuya vida ha de exceder la nuestra y llevarse nuestro amor como compañía. Por eso, cuando una madre no es capaz de dar un futuro a sus hijos el sufrimiento es atroz. Es como no poder entregarles su amor, o como si su amor fuera impotente. Cómo no culparse, si además se sabe trastornada. Cómo no intentar expresar su amor de cualquier manera.

    Está anocheciendo, hace frío y diluvia. Es invierno. Pero la familia va de vacaciones, decía. ¿Vacaciones? Enseguida el lector se da cuenta de que algo no cuadra: los niños han tenido que dejar las clases porque su madre, que es quien narra la historia, se ha empeñado en regalarles unas vacaciones para que por primera vez vean el mar. Tiene algo de simbólico, ¿verdad? Ver la inmensidad frente a la estrechez del día a día. La inmensidad como esperanza de que hay futuros más allá de lo inmediato. La inmensidad como reflejo de ese amor que se desea dar. Pero, a la vez, demuestra la pobreza: hoy, que tan sencillo es moverse de un lado a otro, ir y venir en un tren o en un autobús, ya quedan pocas personas que no hayan visto el mar. Por eso la vida de Stan y Kevin parece atravesar los siglos y provenir de una pobreza antigua, que ha existido siempre; dos eslabones más en la infinita cadena de seres humanos desgraciados que jamás han tenido una oportunidad. Pero la orilla del mar simboliza algo más. Algo que se comprende al terminar la novela y que tiene que ver con el infinito. Con huir a él. Con refugiarse en él. Pronto se comprende que esas insólitas vacaciones son también una huida hacia delante, la única birria con que la madre ha sido capaz de intentar paliar su sentimiento de culpabilidad por no haber podido darles nunca nada, más que la más triste precariedad. La madre quiere que sus hijos sean como todos y al intentarlo evidencia la imposibilidad de que así sea, porque no tienen un céntimo. Hasta comer resulta humillante por cómo deben contar el dinero y por lo poco que se pueden permitir. En algún momento, incluso, parece que más que unas vacaciones son una huida disfrazada, un engaño para dejar todo atrás sin que los niños protesten. Y algo de eso hay. La escasez se hace patente a través de muchas otras maneras. Kevin y Stan tienen por sueños imposibles lo que para la mayoría de los niños son menudencias superfluas. El trío se aloja en un hotel infecto en una localidad triste, gris, sin atractivo para nadie, en un sexto piso sin ascensor, en una habitación sin cuarto de baño y tan minúscula que no caben. Ahí están los tres en la magnífica y terrible portada de Elisa Arguilé. Los tres en una misma cama. Casi sin sitio para caerse. Un modo de simbolizar su soledad hasta en lo material. Solo se tienen a ellos. No hay espacio para más. Apenas tienen lo puesto.

    La experiencia no depara la felicidad que la madre buscaba, sino que cada intención pone de manifiesto su penosa situación, a lo que ayuda no poco su falta de cabeza y, por supuesto, su nula experiencia en permitirse un capricho. Podríamos decir que todo es impotencia porque todo sale mal. Y no dramáticamente mal, sino mal por cuestiones banales que para ellos se transforman en montañas. Sin embargo alguna cosilla sale bien. Algún motivo tienen los niños para sonreír gracias al desordenado tesón de su madre. El único alivio que experimenta el lector es ver a Stan y a Kevin disfrutar de algún «gran» lujo.

    Bueno, piensas entonces, quizá las cosas no estén tan, tan, tan mal después de todo. Quizá la penuria deje un resquicio a la esperanza, y la esperanza a la dignidad. Quizá.

Es entonces, cuando ya nada queda por mostrar del desolador panorama de la familia, cuando llega el final y el puño que ha estado toda la novela balanceándose delante del lector le propina tal puñetazo que no ha de recuperarse jamás de la lectura de esta obra. ¿Qué es lo que has vivido? ¿Una reacción improvisada? No, mucho peor. Las vacaciones tenían un sentido. Salir por la puerta grande, aunque sea la de una una ratonera.

No te recuperas de este libro, digo, porque es tan fuerte la conciencia de que vivimos rodeados de tantas personas impotentes y desesperadas con muchos Kevin y Stan a su cargo que, si no nos interesamos por su particular «Orilla del mar» estaremos precipitando quién sabe cuántos desenlaces funestos. Todo lo que podamos hacer por mitigar la desigualdad es vida ganada.


miércoles, 1 de julio de 2026

Quince años - Ramiro Pinilla

 


Vaya obra breve y contundente. Magnífica, en la que los silencios son más elocuentes que las palabras, en la que el lector se pone, quiera o no, en el pellejo del protagonista y es obligado a sentir su amargura y a sufrir sus dilemas. El lenguaje es sobrio, pero capaz de crear de una sola pincelada un mundo completo y el ambiente de la Guerra Civil, aterrador para quien se sabe en el bando perdedor.

Estamos en Algorta y Getxo. En 1938.

A diferencia de sus compañeros detenidos, don Manuel, maestro cuarentón, no ha sido fusilado. De hecho, ha sido inesperadamente puesto en libertad. Debe el privilegio a la decisión del alcalde impuesto por el franquismo, un antiguo amigo, irreconocible, que ha decidido que la escuela debe tener un maestro y sus hijos también. Pero el privilegio es en realidad un tormento para don Manuel, cuyo crimen había sido estar tres días en una célula subversiva que no había tenido tiempo de hacer nada. Los demás miembros han sido asesinados y él no. Se siente culpable ante sí mismo, ante la sociedad, y no digamos ante las familias de los muertos.

Además, uno de ellos era hermano (creo que hermano) de Asier Altube, un muchacho de quince años, con graves limitaciones físicas causadas por un accidente, al que el maestro había tomado bajo su protección.

Desde el primer momento a don Manuel le resulta imposible retomar su vida. Le atormenta haber sobrevivido teniendo la misma culpa o inocencia que el resto. ¿Con qué cara enfrentarse a los familiares de los difuntos? ¿Con cuál enfrentarse a sí mismo? Y no serán pocos los que lo tomarán como un traidor. Como además es un hombre de principios no siente ninguna alegría por la decisión del alcalde ni mucho menos la tentación de aprovecharla para arrimarse al régimen y salvar el pellejo. Quiere seguir siendo quien siempre ha sido, aunque apenas sabe cómo conseguirlo más que no prestándose a ningún juego. Y esa actitud lo pone en constante y manifiesto peligro. Su anciana madre, en cambio, está encantada de tenerlo de nuevo con ella a pesar de la extrema penuria en la que viven.

Y falta la maestra. Mercedes. Treinta y tantos años. Ha sido mil veces novia de don Manuel. Otras tantas lo han dejado. Su perpetuo romance que va y viene es ahora un peligro inmenso, porque no están casados y todo lo que huele a franquismo lo ve con malos ojos. O malísimos. La prueba irrefutable de que son escoria roja. Y esa escoria es la maestra de sus hijos. ¿Es eso tolerable? Lo complica aún más que la maestra es también una mujer de principios, hasta el punto de cometer a diario un acto subversivo: despedirse en euskera de sus alumnos para que los niños no pierdan sus raíces.

Entre los principios de ambos maestros está su compromiso con la educación, lo cual provoca que no sigan las directrices del régimen, lo que a su vez, dado que la libertad de cátedra también ha sido asesinada, es causa de nuevos problemas, si es que puede llamarse así al riesgo de cárcel o ejecución. Y todo este dilema sobre ser fieles a sus ideas o sus intereses más inmediatos (seguir vivos) los viven sumidos en la miseria y bajo el peligro inminente y constante para sus vidas. Para el señalado todo es arriesgado. Hablar unas pocas palabras en euskera, rezar o no rezar, cantar o no el «Cara al sol» o hacerlo sin el debido entusiasmo, ir a clase o quedarte en casa, tener o no el retrato de Franco... Incluso pasear según por dónde o hablar o no hablar con quien te cruzas. O cómo lo miras.

«Quince años» es una historia de dignidad, no de supervivencia, porque los protagonistas arriesgan la vida por ella. En medio se entrecruza la figura de Asier, el lector verá cómo, que también piensa en términos de dignidad, aunque en otra realidad. Esa lucha por la dignidad que enfrenta a don Manuel con los representantes del régimen acaba colocando a todos frente a un espejo, lo cual no quiere decir nada acerca de cómo reaccionan. Para don Manuel defender su dignidad implica tomar partido por su propia muerte. A él no le importa, pero le pesa. A muchos otros les importa y les pesa, pero ninguno de ellos puede darle los argumentos que necesita para ver una luz que la barbarie ha fulminado. Al final, la presión de unos, de otros y la presión a la que él mismo se somete abocan a un desenlace enormemente triste pero a la vez feliz.

Y sin embargo…

Y sin embargo la última palabra de la novela demuestra que don Manuel, consciente de qué lo ha llevado hasta allí, decide seguir siendo él mismo y no hacer nada que no hubiera hecho de no mediar la guerra. ¿O ha pensado en Asier? Son varias las cosas que han podido pasar por su cabeza para provocar su decisión. No queda claro cuál es la determinante. El título hace pensar en algo distinto a lo que se deduce de la historia. Con esto, el final triste pero a la vez feliz se transforma en un final feliz pero a la vez triste.

A las víctimas de las guerras a veces hay que sumar las víctimas de las víctimas, e incluso los dudosos «ganadores» sobre algunas de estas segundas víctimas.

Una obra magistral.


lunes, 29 de junio de 2026

El día de mañana - Ignacio Martínez de Pisón

 


Fenomenal novela construida sobre los testimonios en primera persona de un amplio elenco de personajes en cuya vida en algún momento se cruzó la del protagonista, cuya versión de la historia nunca llegamos a conocer: Justo Gil Tello. Se trata de un hombre joven y pobre que comienza teniendo puntos admirables, pero que evoluciona hasta ser un indeseable. Con el correr de su vida se rehabilita solo en la medida en que el lector llega a ser consciente de hasta qué punto Justo ha sido lo que ha sido impelido por circunstancias que escapaban por completo a su control. Una novela, por tanto, sobre hasta qué punto cada uno es dueño de su destino y que permite llegar a una conclusión que todos sabemos: a más penuria, menos dueño es uno de su vida y más está a merced de los acontecimientos. Cuántas personas buenas y hasta grandes no se habrán quedado en trapaceros y delincuentes porque la vida no les ha dado más opción; o porque no les ha dado la opción de educar la cabecica.

Justo es un joven emigrante que llega a la Barcelona de los años sesenta o finales de los cincuenta con una mano delante, otras detrás y una madre en estado vegetativo a la que debe llevar a cuestas porque no tiene ni para una silla de ruedas. Estamos en mitad del franquismo, una época en la que, con dos décadas de retraso respecto a Europa, existe un crecimiento económico que da salida parcial a la emigración rural, pero no total, como lo evidencia que hasta el 10% de la población activa hubiera emigrado al extranjero. Es decir, hay trabajo, pero sin pasarse.

Justo llega a Barcelona con ganas de trabajar y de prosperar. Como las segundas son aún más grandes que las primeras no desea convertirse en asalariado, sino en empresario. El problema, el lector lo irá viendo, es que el trabajo y la voluntad no suplen la falta experiencia ni de guías y consejeros desinteresados, y el mundo empresarial hay muchos pícaros por cada incauto.

Justo es la primera víctima de ese mundo, pero a su vez él va dejando otras que no se transforman en sus enemigos jurados, pero sí en personas afrentadas y escarmentadas. 

    La vida emocional de Justo tampoco es mucho mejor, porque también se ve afectada por esa voluntad que le lleva, buscando lo mejor, de cabeza a los problemas. En lo emocional Justo tiene sus sentimientos, pero vemos que con frecuencia se debate entre ellos y sus ambiciones.

    La necesidad no desaparece porque cada fracaso agrava la dimensión de sus problemas. Aunque ninguno de los testigos afirma que esta sea la razón, la acumulación de desastres le hace usar uno de esos atajos con que a menudo el menesteroso es tentado por quien puede aprovecharse de él. Así es como se convierte en confidente de la policía política del régimen. 

La novela avanza desde el panorama social de la clase emigrante, maravillosamente reflejado por Martínez de Pisón, al panorama político y la forma en que éste condicionó el día a día de millones de españoles de las formas más arbitrarias, violentas y absurdas. Vemos también, al final, como quien detenta una ínfima fracción de poder intenta cubrirse las espaldas cuando el cambio es previsible, e intenta hacer, y lo consigue, que cambien cosas para que nada cambie, siguiendo la máxima de Tancredi en «El Gatopardo»; solo que, como en esa novela, todo cambia para quienes nada pueden cambiar, como es el caso de Justo.

Su figura es apasionante. Justo es víctima de sí mismo porque no sabe hacerlo de otra manera, aunque lo intenta. Sus sueños son siempre de imposible materialización porque es un ignorante y un chapucero. En este sentido, mueve a la pena y a la solidaridad. Ahora bien, como sus chapuzas también se llevan por delante el sosiego y el dinero de mucha gente también es alguien que provoca rechazo, y aún más cuando se convierte en confidente de una policía represora y traidor hacia quienes, siendo lo bastante generosos como para arriesgarse por las libertades, lo creen de confianza, lo cual hace de él un personaje nauseabundo. Pero, a la vez, no es traidor por convicción sino por conveniencia, y esta deriva de su incapacidad para hacer más y para colmo es manipulada y explotada por los policías, con lo cual el traidor también es víctima. Y en cuanto a lo afectivo… Bueno, unas veces parece un caradura, pero también demuestra ser capaz de amar, de proteger, de avergonzarse, incluso de perdonar porque es comprensivo con quien ama y es capaz de sacrificar todo lo que tiene en aras a un amor tan imposible que ni se atreve a plantearlo. En resumen, una vida tan complicada y pobre que según dónde le da la luz vemos una cosa o la contraria. 

Ni que decir tiene que una existencia tan desorientada solo puede encontrar un rumbo correcto por casualidad, y que lo normal es que la maraña de idas y venidas acaben enredando los caminos hasta estrangular el paso en algún momento. Es lo que sucede.

Los numerosos testigos de la vida de Justo, que tienen edades diversas y han coincido con él en momentos y posiciones muy dispares, permiten dar una visión completísima del personaje.

Es una maravilla cómo Ignacio Martínez de Pisón construye sus historias, lo profundas que son y lo bien escritas que están con una sencillez sobria que es a la vez rica en matices y ambiciosa en lo expresivo.

«El día de mañana», publicado en 2011 en Seix Barral, fue Premio de la Crítica.