En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

jueves, 8 de abril de 2021

La red de protección – Andrea Camilleri

 


 

                Dice la faja del libro (ese degenerado subgénero literario) que Vigàta está invadida por los suecos para rodar una serie, o algo así, como si el asunto fuera determinante en esta novela, cuando no es más que, a lo sumo, un decorado irrelevante, un artificio para que la reiteración de personas y lugares no se le haga pesada al lector que, como yo, ha llegado a leer las ya más de treinta novelas del comisario Montalbano. Y qué cerca está esta ya de la última, por cierto.

                En el marco antedicho, pese a las idas y venidas de los suecos y al modo en que disfrazan el pueblo, reina calma chicha en la comisaría de Vigáta, hasta el punto de que Salvo Montalbano está dispuesto a salir de su elemento, Sicilia, y volar a Génova para pasar unos días con su eterna novia, Livia. Tan plácida está la cosa que el comisario tiene tiempo para el reto que un lugareño le plantea: ayudarlo a averiguar por qué su difunto padre grabó varias películas, una al año, hace décadas, todas en la misma fecha, en las que siempre se ve un mismo trozo de pared. Apasionante documental, ¿eh?

                Las cosas, sin embargo, no pueden ser tan cómodas ni inofensivas, y apenas el comisario llega  a Génova debe volver de inmediato –cómo no- porque en un colegio se ha producido un tiroteo en el que se ha visto implicado su subcomisario, Mimí Augello.

                Como tantas otras veces, son dos los casos que evolucionan a la par, el de las películas y el del tiroteo, y como tantas otras veces ambos acaban convergiendo, si bien, en este caso, lo que tienen en común no son hechos ni personas sino motivaciones. Motivaciones, por cierto, que justifican el título de esta obra y que están relacionadas con la forma en que la obcecación y el miedo puede corromper los sentimientos elevados hasta convertirlos en lo opuesto a lo que se supone que son.

                Una vez señalado el argumento, poco más hay que decir, porque en La red de protección el lector encontrará todos los elementos típicos de la saga: la agilidad debida a los rápidos diálogos, el humor, los personajes con sus manías y, cada día un poco más, el sentimiento de vejez de Montalbano, que ya comienza a pensar en la jubilación, y sus lectores, snif, en despedirnos de él.



lunes, 29 de marzo de 2021

Panza de burro - Andrea Abreu

 


 

                Una «panza de burro» es lo que parecen las nubes que se acumulan detenidas por las montañas. Bajo esa panza tinerfeña transcurre el verano de la protagonista de esta magnífica obra de Andrea Abreu, una niña que vive en un empinado barrio donde la prosperidad disminuye a medida que crece la altitud y la pendiente.


                Panza de burro tiene puntos en común con El Jarama. Por ejemplo, el grueso sus páginas están dedicadas a inocentes andanzas iniciáticas, el tono es calmo, sin prisa, consciente de que el objetivo no es la meta sino el camino. Ha pretendido mostrar la vida más que contar una historia. Baste decir esto para comprender que Andrea Abreu ha sido ambiciosa: ha pretendido hacer literatura, y lo ha conseguido. Panza de burro está escrito con maestría y amor al lenguaje, porque a fin de cuentas cómo hablamos nos define. Los dejes y localismos se integran de tal manera en la acción a través de los personajes que la obra no sería la misma sin ellos, y tampoco sin los diminutivos con los que la innominada protagonista se sitúa discreta pero decididamente frente al mundo (o más bien, busca su huequecito en él). El lector ve a través de sus ojos, y lo que ve es, sobre todo, a su amiga Isora, la aparente líder del dúo, aunque de la lectura resulta obvio que para aprender más vale observar que dirigir. Isora se adentra en el mundo a través de la osadía y de un infantil «estar de vuelta de todo» sobre el que cimienta su atrevimiento; y tras ella, la protagonista y narradora, viendo, valorando, participando, acercándose o alejándose según juzga conveniente. Una es la líder, decía antes, pero en realidad las dos se necesitan. Su sueño compartido, pero tan difícil que poco hablan de él, es pasar algún día en la playa, lo cual produce una sensación cercana a la pena: ¿Cómo ellas dos, cuya existencia transcurre tan cerca del mar, viven en medio de tantas estrecheces que no pueden permitirse un remojón en la playa? ¿Tan injusta es la vida que dos niñas no pueden disfrutar de lo que tienen a poquísimos kilómetros mientras sí lo disfrutan, inconscientes de su suerte, miríadas de personas ociosas venidas de todas partes del mundo?

                Pese a lo que he dicho antes, la comparación con El Jarama solo surgió en mi cabeza a raíz de lo más polémico de él (aquello por lo que Rafael Sánchez Ferlosio renegó de su fantástica obra): lo inesperado y abrupto del final en las dos novelas. Y en las dos cabe preguntarse hasta qué punto era necesario hacerlo así, pues la reflexión, las emociones y las sensaciones que hasta ese momento ha producido Panza de burro cambian tan radicalmente que te obliga a pensar: ¿Era la novela era un camino para llegar a ese final o el final ha llegado más o menos caído del panzaburresco cielo para terminar de algún modo? La respuesta –cada lector tendrá la suya- condiciona de modo sustancial la sensación final y la interpretación que cada cual realice.

                A mi juicio, lo interesante de Panza de burro es el camino. Las idas y venidas de las dos niñas permiten retratar el barrio: sus familias, las relaciones entre los familiares, las carencias de unos, los recursos de otros, los huertos, las compras, las comidas, los horarios, las presencias, las ausencias, el modo en que nos adaptamos a lo que tenemos, a lo que nos falta, a la compañía o a la soledad, la forma en que recurrimos a las pequeñas cosas para elevarnos un poquito. El gran mérito de Andrea Abreu es saber identificar y mostrar, con naturalidad, todas las pequeñas acciones, los pequeños detalles, que a diario utilizamos para sentirnos un poco mejor. Para buscar «un fisquito de sol» entre la panza de burro.

                Porque a fin de cuentas de eso se trata: de ir tirando, de ir buscando los apoyos donde apuntalar la moral, que el camino es como el barrio donde vive la protagonista: siempre cuesta arriba.

                Leedlo. Disfrutaréis. Pero aviso: se os contagiará lo del «fisquito».



jueves, 18 de marzo de 2021

Claudio el dios y su esposa Mesalina - Robert Graves

 


 

                Claudio no quería ser emperador, pero no le quedó otro remedio. No quiso ser deificado como sus antecesores, pero en vida lo fue por error –así, como suena- y posteriormente su deseo no fue cumplido. Lo que cuenta esta novela es el camino recorrido entre esas dos condiciones, la de emperador y la de dios.

                La historia comienza donde terminó Yo, Claudio. Esta novela es más detalla, porque si Yo, Claudio abarca, aproximadamente, los primeros cincuenta años de la existencia de Claudio, esta aborda, exclusivamente, los trece o catorce siguientes, hasta su muerte, y además es una novela más larga.

                Me alegro de haber leído Claudio el dios y su esposa Mesalina justo después de haber leído Yo, Claudio. Me he ahorrado un buen esfuerzo de memoria y he disfrutado de una historia que, sumada a la primera, forman un conjunto que va más allá de lo que alcanzan cada una por separado.

                ¿Qué se narra? El «reinado» del emperador Claudio, que principió con un difícil asiento en el poder dedicando años a recomponer los destrozos heredados para, al fin, como gobernante «ilustrado», afianzar su labor en favor de la prosperidad del imperio, y de Roma en particular, acometiendo reformas legales e importantes obras. Lógicamente, si en la primera novela Claudio era un mero testigo y eran otros los protagonistas, aquí él es el protagonista absoluto y, por tanto, no solo cambia la perspectiva de la obra –de testimonio a confesión- sino que Claudio, que es el narrador, es en consecuencia un narrador no imparcial. Sin embargo, esto no significa que la novela y el personaje -de por sí con carácter «científico»- carezcan de objetividad, lo cual refuerzan los añadidos finales, obras de autores de la época incluidos por Robert Graves para explicar la muerte de Claudio. Los tres textos refuerzan la verosimilitud de la novela, porque el tono de Claudio se adapta a personalidad que de él se dibuja en ella y en los escritos provocando una gran sensación de realismo, y es que el Claudio-narrador se preocupa de dos cosas: de dar su versión de los hechos y sus razones para actuar y, también, de explicar cómo cree él que lo ven los demás.

                Otra gran diferencia con la primera novela es que, al asumir Claudio el protagonismo, su personalidad es la mejor dibujada. Como personaje, es apabullante. La personalidad del resto queda, en cambio, más difusa que en Yo,Claudio, donde los retratos eran abundantes y magníficos. Lo cual no obsta para que en esta segunda novela haya algunos memorables, como el de Herodes Agripa.

                La estructura de la historia es también diferente, porque el cúmulo de intrigas en catorce años no son las que puede haber en cincuenta, de modo que en Claudio el dios y su esposa Mesalina hay cierto deambular por cuestiones más vinculadas al compromiso de una persona consigo misma (como la invasión de lo que luego fue Inglaterra) que a la lucha por el poder. Claudio cuenta sus acciones para controlar y dirigir a aduladores y a potenciales enemigos, aprovechando la situación y debilidades de cada uno. Otro tanto ocurre con el pormenorizado relato de lo que sucede en oriente, de la mano de las tribulaciones de un personaje como Herodes Agripa, a la vez alocado, sensato, inteligente y amigo de sus amigos hasta donde puede serlo alguien que se cree señalado por el destino para misiones trascendentales. En cualquier caso, la historia es magnífica, y si en Yo, Claudio las relaciones de poder dominaban la acción, aquí lo que domina el interés del lector es el descubrimiento del verdadero Claudio, del hombre inteligente, decidido, profundo conocedor de la historia y del alma humana, al que todos creían tonto, y la vivencia de sus dudas, miedos, vacilaciones y modo de afrontar una vida a la vez siempre plena de poder y pendiente del hilo de la traición.

                El título menciona a Mesalina, la muchacha de quince años casada con un tipo de cincuenta, tullido y con fama de idiota que sin pretenderlo acaba siendo el hombre más poderoso del mundo. Claudio está enamorado de ella, y su confianza en Mesalina es ciega. Pero Mesalina tiene tres caras: la que ofrece a Claudio como esposa abnegada y colaboradora en los asuntos de estado; la de una persona intrigante que aspira a ejercer el poder según sus propios intereses y a controlarlo para evitar su propia perdición a la muerte de Claudio; y, por último, la de una mujer joven obsesionada por el sexo, al que se entrega con pasión, imaginación y una osadía que se adentra profundamente en la temeridad.

                Si su nombre figura en el título no es porque la figura de Mesalina ocupe muchas páginas. Conocemos su historia porque las referencias a ella son abundantes y porque protagoniza algunos capítulos. Pero la razón por la que Mesalina acompaña a Claudio en el título de la novela es porque hay dos Claudios. Uno, el primero, el que confía en su esposa, el hombre que, pese al poder, sigue comprometido con sus propias ideas y es honesto consigo mismo; y otro, el segundo, cuando ya en edad avanzada, una vez pasado lo más complicado de su mandato y ya dejados atrás los mejores años de éste, descubre la traición de Mesalina, se sabe el hombre más engañado de toda Roma, comprende que hasta el gato se ha estado riendo de él mientras él transformaba el imperio a base de trabajo honesto, responsabilidad e ingenio y, en ese momento, se transforma en lo contrario emprendiendo el declive definitivo: un pasota capaz de regalar el ejercicio efectivo del poder a condición de que lo dejen en paz, un tipo que se ve a sí mismo tan ridículo que no duda en tomarse el poder a chirigota, hasta el punto, incluso, de facilitar su propio fatal destino, como si tras la traición y muerte de Mesalina la vida hubiera dejado de tener sentido para él. Pobre Claudio, tenido por un idiota hasta tras haber demostrado que no lo era.

                La novela, al estar contada en primera persona por Claudio, obviamente termina antes de su asesinato, pero Robert Graves fue capaz de incluir ese episodio, el de la muerte, en un final brillante con tres textos de la época, alguno de ellos traducido por él mismo. Los dos primeros trasladan al lector sendas versiones, con no muchas diferencias, sobre cómo fue la muerte de Claudio. Que el lector elija la que más le guste. El tercer y último texto es un panfleto de Séneca –que durante ocho años había estado desterrado por orden de Claudio, aunque luego le hizo preceptor de su hijo adoptivo, el futuro emperador Nerón- ridiculizando a Claudio; todo un «hacer leña del árbol caído» -esta conducta de Séneca no merece más que una frase hecha- que viene a demostrar que Claudio, a fin de cuentas, era tan terrenal como él siempre se creyó y como siempre defendió negándose repetidamente a que lo deificaran. Ridiculizando al dios, Séneca, sin darse cuenta, rescató a la persona.

Robert Graves la recreó y el resultado es maravilloso.

No creo que nadie se arrepienta de leer por orden estas dos novelas: Yo, Claudio y Claudio el dios y su esposa Mesalina.



lunes, 15 de marzo de 2021

Yo, Claudio – Robert Graves

 


             

              No soy nada aficionado a la novela histórica. La mayoría de las pocas que he leído no me han animado a repetir. Sin embargo, desde hace tiempo quería leer una de la que siempre había oído hablar maravillas, Yo, Claudio. He tardado un número de años indecente en encontrar el momento, pero cuando este año ha llegado, cómo lo he disfrutado, hasta el punto de haber devorado a continuación Claudio el dios y su esposa Mesalina.

              Robert Graves es deudor de su éxito, como lo demuestran, por una parte, los encendidos elogios que siempre ha provocado esta obra y, por otra, la crítica de autores e historiadores preocupados por las inexactitudes. En resumen, esas cosillas que, creo, son inherentes a las estériles disputas sobre novela histórica. Estériles porque si una novela renuncia al compromiso con la ficción, deja de serlo.

              Sea como fuere, y sean las fuentes de Graves solo unas pocas –como le acusaron respecto a esta obra- o tantas como el autor afirma en la segunda, novelar no exige hallar la verdad sino la verosimilitud, por lo que no dejan de servir para el propósito de un novelista: acercar al lector a una época, hace justo dos milenos, en la que transcurre una historia inspirada en una realidad histórica espectacular y también de un interés humano apabullante. Como el lector sabe, además, que no hay éxito sin bandada de pejigueros, hará bien en despreocuparse de si tal o si cual cosa fue exactamente así o un poco más asá, si Fulano dijo tal cosa o tal otra y Mengano tal dijo tal en vez de cual; lo mejor que puede hacer el lector es disfrutar de lo mollar, que no son los detalles sino la historia, y que, en este caso, es una historia mucho más humana que institucional o política, aunque la grandeza del marco histórico compite con lo meramente humano.

              Y es que Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico es un miembro de la familia imperial considerado por todos tonto y medio idiota –o idiota entero- por ser cojo, con piernas muy débiles, tartamudo y con tics nerviosos, problemas, algunos, que se le acentúan con los nervios. El célebre dicho de que en esta vida, para triunfar, conviene parecer tonto pero no serlo, se cumple en su caso, aunque su triunfo se limita a que al considerarlo inofensivo lo dejan en paz; es decir, nadie se preocupa de asesinarlo y puede entregar su vida a lo que pronto averigua que le gusta: estudiar e escribir historia. La existencia de Claudio discurre entre el «reinado» de Augusto -y su influyente, eficaz e intrigante esposa Livia-, después el de su tío Tiberio y, finalmente, el de un loco de remate como Calígula. Entre medio, además, por unos motivos u otros van quedando en el camino (envenenados, acuchillados o «estimulados» a suicidarse) otros aspirantes y supuestos aspirantes a emperador, algunos tan honestos y queridos por Claudio como su hermano Germánico. En el recuerdo, el fin de la República a manos de un Julio Cesar que acabó imponiendo una forma de gobierno que todos se resisten a llamar «monarquía» por sus connotaciones contra libertad (el término se asimila al de «dictador» actual, que es distinto de la figura institucional del «dictador» romano). Esto, que es historia, no es lo importante en la novela, sino solo el espectacular marco donde se desenvuelven las intrigas en torno al poder de quienes quieren mantenerlo y gestionarlo, solo mantenerlo o, simplemente, aspiran a él. Intrigas, y esto es lo mejor, que dependen de las ambiciones, miedos y posición de partida de cada cual. De resultas, Yo, Claudio es una novela sobre las pasiones humanas y las relaciones de poder; ni unas ni otras han cambiado con el paso de los milenios, como tampoco ha evolucionado, a pesar de los cambios tecnológicos, el modo en que el ser humano vive y se relaciona.

              Escrito en primera persona, la acción va y viene en el tiempo anticipándonos muchas cosas porque el Claudio que escribe (ya emperador) conoce lo que desconocía el Claudio más joven sobre el que escribe. Así que no solo cuenta lo que pasó, sino por qué pasó y quién fue el responsable de que sucediera, y también cómo más tarde se enteró y ahora puede explicarlo, lo que refuerza la sensación de credibilidad. El relato, complejo por la cantidad de personajes y sus intrincadas relaciones familiares, se sigue con facilidad (aunque a menudo uno se pierda en qué parentesco tiene quién con quién, tener este dato siempre presente tiene una importancia relativa, pues el ansia de poder tiene mucho más peso que el afecto, y los personajes son más rivales o aliados que parientes, aunque es cierto que el parentesco -y las afrentas- sirve a cada cual para sospechar la posición del resto en torno al poder). Claudio, además, nos ofrece una visión crítica, un tanto distante, cuando no despectiva, de quienes no saben hacer otra cosa que pelear por el poder; una visión con un punto de cinismo e ironía que se parece mucho al humor.

         Los personajes, ya no le dicho, son numerosos. Una de las grandes virtudes de la novela es la contundencia y verosimilitud con que cada uno es caracterizado. Todos tienen su personalidad, su modo de ser, no son, como en tantos autores, variaciones sobre unos pocos perfiles, sino personajes cuya realidad se percibe de modo inevitable

              Pero quizá lo más relevante, mucho más que los avatares históricos y lo que del ser humano conocemos en sus luchas por el poder, es cómo el lector va descubriendo poco a poco, en boca del Claudio el narrador, la indudable inteligencia de un protagonista –más testigo que partícipe en la acción- al que todos desprecian, alguien tan inteligente que desde el principio es capaz de pasar casi toda su vida viendo, analizando y callando, de modo que acaba sorteando con éxito todos los peligros; un hombre lo bastante inteligente como para desear sinceramente que se olviden de él para dedicarse a lo que en verdad le gusta: la lectura y la historia. Por cierto, qué atractivo resulta para lector que se dirija directamente a él y le haga tan pormenorizadas confidencias un emperador romano partícipe y protagonista del siglo más famoso de la historia de Roma.   

              Como la historia es tan conocida, puede decirse cómo termina esta novela que comienza con el nacimiento de Claudio: con su proclamación, muy su pesar, como emperador tras el asesinato de su sobrino Calígula. Genial, verdaderamente genial, lo que Robert Graves hace pasar por la cabeza de Claudio en el momento en que, contra su voluntad, se ve, de improviso, aclamado como César por los soldados. Un gran y humano final que remata la credibilidad del conjunto.

              El lector se ha encariñado con un personaje al que sabe de una inteligencia aguda. Sabe también que, a pesar de que todos lo consideraban irremediablemente idiota, ha llegado a emperador. Un imperio gigantesco está en sus manos. Y ahora, ¿qué? El banquetazo de literatura ha sido épico, espectacular, pero a su fin el lector siente haberse quedado con la miel en los labios. No puede prescindir de Claudio. ¡Qué difícil es lograr algo así!

Ahí puede quedarse la lectura  de esta impresionante novela, con la sensación apabullante de haber ido corriendo hasta el borde mismo del precipicio y haberse detenido de golpe en él. Pero para saber qué ocurrió después, cómo se desenvolvió como emperador ese imbécil que el lector sabe inteligente, es preciso leer Claudio el dios y su esposa Mesalina. Es lo que he hecho. No recuerdo una sola novela histórica que me haya hecho leer otra del mismo autor.

              Yo, Claudio, es una novela mayúscula, inolvidable.


jueves, 11 de marzo de 2021

La vida contada por un sapiens a un neandertal – Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga

 


 

              Un libro ameno, instructivo y divertido.

              El escritor Juan José Millás cuenta cómo un repentino interés por la paleontología le llevó a comprender, tras mucho husmear, que no sabría escribir nada interesante al respecto, hasta que conoció a Juan Luis Arsuaga, catedrático de Peleontología, reconocido experto, divulgador y responsable de numerosos e importantes estudios, que supo encandilarlo con lo que contaba y por cómo lo hacía. Entonces Millás se dijo que, de su mano, sería capaz de contar algo intersante, y le propuso colaborar.

              El resultado fue este libro, en el que Millás, con el particular humor un tanto cenizo con el que se ríe de sí mismo y de la extraña lógica de las cosas, nos cuenta diversos encuentros con Arsuaga en lugares variopintos –desde el monte a un supermercado- en los que en la conversación van surgiendo temas, en general vinculados al lugar donde se encuentran, que nos permiten comprender, en boca de Arsuaga, no solo las razones y formas de la evolución humana sino, lo que es más interesante, nos enseña a reconocer los motivos de infinidad de cosas que cada día nos salen al paso; incluso las razones de por qué somos así o asá o nos comportamos de un modo u otro. Desde el tamaño de los pechos femeninos o de los testículos, hasta el por qué los asiáticos tienen unos rasgos y los caucásicos otros, multitud de procesos son explicados y comprendidos en esta breve obra, hasta reconducir todas las explicaciones sobre la evolución a dos: o bien los seres cambian para adaptarse al medio, o cambian arrastrados por sus gustos sexuales, ya que las características que para cada especie o subespecie resultan atrayentes provocan una selección natural, ya que quienes las poseen tienen mayores posibilidades de encontrar pareja y, por tanto, de reproducción. Vamos, que los humanos, como todas las especies, hemos llegado a ser lo más guapos y atractivos posible... para los gustos de los humanos. En resumen, lo que no explica la adaptación al medio, lo explica el sexo.

              Un paseo de millones de años con dos magníficos guías: uno, experto en aquello que explica, y otro, experto en explicarse y en construir historias de forma amena y con un punto de humor que hace muy agradable el viaje.

              El sapiens es Juan Luis Arsuaga. El neandertal, Juan José Millás y, por extensión, quienes hemos leído el libro y aprendido con él. Merece la pena dedicarse a ser un buen neandertal las pocas horas que cuesta leerlo.


lunes, 8 de marzo de 2021

Desayuno en Tyfanny´s – Truman Capote

 


 

              Leyendo Desayuno en Tyffany´s el lector tiene una sensación extraña, por cómo una novela publicada en 1958 parece haber sido imaginada tal cual fue luego fue luego la película que inspiró, protagonizada por Audrey Hepburn y dirigida por Blake Edwards, aunque es obvio que el mérito solo puede ser exactamente el opuesto: cómo una película y sus intérpretes se adaptaron tan bien a una novela. O si queréis lo digo de otro modo: el éxito de la película es deudor de la fidelidad en la adaptación a unos cuantos puntos básicos (principalmente, al personaje de Holly Golightly), pero la contundencia de ese éxito (¿quién no conoce la película?) permite al lector vivir la historia con una concreción en la definición de la protagonista que provoca esa sensación extraña. Normal. Casi nunca comenzamos novela conociendo de antemano a la protagonista.

              La historia, agilísima, es conocida: un aspirante a escritor es convocado por el viejo barman de un bar de mala muerte porque un tercero, antiguo vecino del escritor, cree haber tenido noticias de Holly Golightly: por algún lugar de África ha pasado, porque en un poblado recóndito ha encontrado una talla que, sin duda, reproduce su rostro.

              Tremendo comienzo. ¿Quién será esa mujer tan misteriosa y atrayente como para que su paso haya sido recordado en un poblado africano y ese simple y breve paso, esa remota huella, sea capaz de convocar a tres hombres en Nueva York como si desde allí fueran a poder seguirle el rastro? Vaya modo brillante de hacer de un personaje un mito antes siquiera de que sepamos nada de él.

              Lo siguiente es un vistazo al pasado que explica ese encuentro en el bar; un vistazo a la breve historia de vecindad entre Holly y el aspirante a escritor, que viven en apartamentos del mismo edificio de Nueva York. Holly es una mujer joven, de unos diecinueve años, que atrae a todos los hombres; con todos ellos juega y todos, en la esperanza de llegar a ser algo más, se muestran encantados de ser su juguete. Puede tener sin esfuerzo casi cuanto desea, porque todos se empeñan en entregárselo, pero ella se ríe a su modo renunciando a cuanto le ofrecen –hasta a la posibilidad del estrellato en Hollywood- y utilizándolos para sus propios fines; o para su único fin, que es vivir sin más, tan desahogada, cómoda, desordenada y caóticamente como en cada instante le apetece. De hecho, solo tiene una costumbre: su visita semanal a la cárcel de Sing Sing a ver a un caballero, un mafioso, que le cuenta muchas cosas sobre cómo está el tiempo. Obviamente ella sabe lo que eso implica, aunque desconozca el significado de los mensajes en clave que ayuda a transmitir, pero, ¿qué más le da? ¿Cómo no va a adorar a un señor tan generoso cuando además ella puede refugiarse en una deliciosa ignorancia? Holly es una persona auténtica, con un enorme compromiso consigo misma y con el presente, puesto que vive como si el futuro no existiera, y por eso exprime cada momento. En realidad, ni siquiera el pasado existe para ella. No, al menos, en lo que respecta a la Holly que nunca quiso ser. Y si no tienes pasado, no tienes familia ni amigos, aunque, lógicamente, el recuerdo, aunque no lo comparta, yace sepultado en su interior. Al mismo tiempo es una muchacha alocada, frívola e inconsciente. Una mujer tan apasionada por la vida que, sin darse cuenta, rechaza el concepto del tiempo: ni el pasado existe ni se atreve a preocuparse por el futuro. Todo esto crea una atmósfera de alegría, jovialidad y humor tan intensa como frágil; y, tras la fragilidad, acecha la tristeza y la melancolía. Una mujer irresistible para todos, que trae alegría cuando llega y deja melancolía cuando se va.

              Y eso es lo que cuenta esta novela: qué hizo –o más bien cómo fue- Holly Golightly para, en tan breve tiempo, dejar en todos los que la conocieron una huella imperecedera.

              También en ti la dejará. 


jueves, 4 de marzo de 2021

El espejo de nuestras penas – Pierre Lemaitre

 



Gran final para una trilogía memorable, Los hijos del desastre, que engloba Nos vemos allá arriba, Los colores del incendio y El espejo de nuestras penas. Si la primera comienza con el fin de la Primera Guerra Mundial y la segunda transcurre en el periodo entre guerras, la última transcurre en los primeros días de la Segunda Guerra Mundial. Como en las dos primeras novelas, en esta el entorno histórico sirve de marco a la vida de unas cuantas personas afectándole de modo tan intenso que, de algún modo, vemos cómo se construye la historia ante nuestros ojos como quien ve la construcción de un muro no con la mirada del arquitecto o del constructor, sino desde la perspectiva de varios de los ladrillos.

Louise Belmont era una niña cuando los dos extraños excombatientes de la Gran Guerra se alojaron en una de las habitaciones de su casa (los dos excombatientes protagonistas de Nos vemos allá arriba). Ahora es una mujer de treinta años, profesora, que ayuda desinteresadamente en el restaurante de un buen hombre ya mayor donde todos los sábados acude a leer el periódico y a tomarse un postre, desde hace años, y siempre en la misma mesa, otro hombre mayor y silencioso que un buen día le hace una proposición indecente y sorprendente.

El resultado de la proposición es horroroso y traumático, pero buceando en sí misma para saber por qué ha hecho lo que ha hecho, Louise acaba indagando, qué remedio, en los motivos del extraño hombre, y de ahí Louise acaba, sin haberlo esperado, buceando en su pasado y en el de su propia familia. ¿Por qué? Porque la causalidad suele ser más importante que la casualidad, y casi nada de lo que pasa animado por la voluntad de alguien es fortuito.

Mientras tanto, los franceses esperan al enemigo (que se hace el remolón) en la Línea Maginot, donde cierto suboficial –un pobre diablo profesor de matemáticas con ninguna dote de mando y con muy pocas ganas tiene de estar allí- se deja dominar, cuando no someter, por un subordinado, un vivales capaz de hacer negocios en cualquier sitio: trilero, ladrón, estafador… Aunque, eso, sí, cuando quiere, y quiere a menudo, es un encanto; el suyo es perfil acabado de embaucador. La línea Maginot acaba como acaba, y estos dos personajes se ven convertidos, sin serlo ni pretenderlo, en desertores unidos por algo parecido a la solidaridad entre hombres que, sin dejar de ser cada uno lo que es, se sienten responsables de al menos de una misión y son capaces de reconocer y admirar a quien la acomete con honestidad.

Al tiempo que esto sucede, otro personaje que se hace querer por todo el mundo acaba también embaucando hasta al más pintado, pues con una osadía mucho más que notable es capaz de hacerse pasar –con éxito- por un avezado profesional en cualquier área, por insólita que sea. Este personaje, una especie de usurpador vocacional que jamás vive bajo su verdadera personalidad, es uno de los más ingeniosos y graciosos de la novela y, también, todo un símbolo por cómo de sencillo es engañar a todo el mundo en los momentos más difíciles: hasta a los embaucadores. Lo mejor de él es, sin duda, que no trata de perjudicar a nadie, más bien al contrario, lo que transforma sus metamorfosis en una especie de pequeños y deliciosos cuentos.

Con estos mimbres y alguno más, Lemaitre nos muestra cómo cuando todo está en juego la picaresca campa a sus anchas en todo el cuerpo social; desde lo más bajo a lo más alto la verdad cotiza poco y la mentira es el asidero donde todo el mundo trata de salvarse del naufragio. La única que persigue la verdad, Louise, es precisamente la más arrastrada por las aguas.

El monumental éxodo entre la población francesa que provoca el avance de las tropas nazis es el marco en el que transcurre buena parte de la novela. Tantas veces hemos visto imágenes de refugiados que no somos conscientes de lo que supone dejar todo atrás ni de las penalidades que un éxodo masivo comporta y provoca. Cuando todo el mundo huye en la misma dirección mientras todo se viene abajo, hasta el agua es un bien escaso. Y no hablemos de comida o combustible. Unos huyen, sin más, tratando de encontrar un destino; otros, como Louise y el dueño del restaurante, no han huido, sino que iban en búsqueda de alguien, pero la búsqueda de quien huye se transforma, a su pesar, en una huida. Otros, presidiarios, intentan una huida dentro de la huida. Del resto, casi todos andan perdidos y solo unos pocos, muy pocos, encuentran su sitio en todo este berenjenal ejerciendo de lo que no son… O siendo lo que no son. 

E el éxodo nos topamos con un pequeño campamento en la zona del Loira. Lugar de encuentro y reencuentro de unos personajes con otros y de muchos consigo mismos. Un oasis que demuestra, en plena desbandada, que cuando peor están las cosas la colaboración tiene más recorrido que el mucho más practicado sálvese quien pueda.

Hecho este pequeño resumen, solo me queda señalar que esta novela comparte con las anteriores el estilo cariñoso, rápido y divertido, dentro de lo trágico, que tanto me recuerda al mejor Camilleri, aunque Lemaitre no lo cite en sus influencias. Por otra parte, creo que Lemaitre escribe mejor que el italiano, a costa de sacrificar algo de agilidad (no mucha). Capítulos no demasiado largos, diálogos siempre significativos, detalles esclarecedores… Y, por supuesto, mantiene su capacidad para hacer sencilla la exposición de situaciones complejas. Su modo de expresarse y el lenguaje sencillo, que no pobre, usado con maestría. Por eso es capaz de decir mucho con pocas y claras palabras. Una delicia para cualquier buen lector.



lunes, 1 de marzo de 2021

El nadador en el mar secreto – William Kotzwinkle

 


 

                El nadador en el mar secreto es una novela de profundas emociones, pero también de emociones contenidas, porque del joven padre que la protagoniza conocemos lo que le sucede y lo que hace, pero lo que siente lo deduce el lector. Una breve historia de hechos, sin calificaciones, con el halo poético que producen esos personajes que pasan por el mundo como levitando porque no bajan al barro de mostrar sus sentimientos. Lo cual, como digo, no significa que el lector no los conozca, sino que los encuentra en su propio cerebro.

                De esta manera, El nadador en el mar secreto es una obra que provoca una intensa relación entre la historia y lector, una conversación silenciosa del lector consigo mismo que versa sobre la felicidad y la desgracia, y el modo en que cada uno las aborda. La felicidad del nacimiento de un hijo, y la desgracia de su pérdida. La serenidad de los personajes hace que la violencia de los sentimientos –que, insisto, quedan a la interpretación del lector- sea mayor, porque carecen de otra vía de escape que el enfrentamiento silencioso a la realidad hasta, si es posible, su asimilación.

                Una obra breve, que se lee en un par de horas que merecen la pena. Una obra que, por su naturaleza, además, puede convenir releer en más de una ocasión en la vida.



jueves, 25 de febrero de 2021

Mort – Terry Pratchett

 



Serie Mundodisco, 4


Mort, abreviatura de Mortimer, en un muchacho entre torpe e inútil que, en el último momento, consigue trabajo como ayudante de la Muerte en el pintoresco mundo creado por Terry Pratchett en el que conviven en paz y armonía la lógica, la magia y los anacronismos. Pero la Muerte, aunque a todos nos inquieta, es buena persona (o buena lo que sea) y, sobre todo, muy profesional: hace su trabajo sin dejarse llevar por emociones o intereses, sin sentimiento de justicia o injusticia.

Ocurre, sin embargo, que Mort es algo más torpe que ella, y en el momento en que debe liquidar a cierta princesa que le ha parecido guapísima, acaba cargándose al tipo que la iba a asesinar. Con semejante desaguisado, y dado que futuro es como es y todo está predeterminado en los relojes de arena que marcan la existencia de cada cual, el lío está asegurado. En concreto, con su torpeza Mort ha creado dos realidades paralelas. El problema es, sin embargo, temporal: la realidad, la buena, con su inercia y amplitud, acabará imponiéndose a la creada por la torpeza de Mort, lo cual implicará, cómo no, la muerte de la princesa. Claro que Mort ha hecho tilín a alguien, la joven adolescente de cincuenta y tantos años –pero con apariencia de dieciséis- que es hija adoptiva de la muerte, y en medio se meterá también un joven hechicero no muy brillante y hasta nada menos que el fundador de la Universidad Invisible, a quien todos daban por muerto dos milenios atrás.

Con todo este disparate y jugando con el concepto del tiempo en relación a la muerte (¿existe el tiempo para la muerte?) Terry Pratchett consigue el milagro de construir una historia completamente lógica, racional y plena de humor inteligentísimo, donde el eufemismo, el disimulo y los juegos de palabras tienen un papel esencial. Mort es una novela muy entretenida, divertida y con el gran mérito de saber entrelazar todos esos elementos tan locos para hacer algo coherente. Una especie de milagro. Ni Saramago, aunque en otro registro, consiguió algo así en Las intermitencias de la muerte, que comenzó bien y se le acabó yendo de las manos, que comenzó siendo una novela de reflexión y terminó siendo una parodia de sí misma. Mort, en cambio, es lo que es de principio a fin: una fantástica novela de humor llena de inteligencia e imaginación donde, si algo tiene la muerte, es que por ella el tiempo no pasa.



lunes, 22 de febrero de 2021

El crimen del padre Amaro – José María Eça de Queiroz

 


 

              La novela, un clásico de la literatura portuguesa del siglo XIX publicada en 1875, transcurre en un entorno (la vida del clero en una pequeña ciudad portuguesa en la época) que poco tiene que ver con la película mexicana que inspiró (que transcurre en el México actual con toda la corrupción el narcotráfico como telón de fondo).

              Amaro es un niño muerto de hambre, con una infancia repleta de soledad y sinsabores, al que la caridad de una familia noble conduce, sin pedirle opinión, al sacerdocio. Una vez ordenado y tras un primer destino angustiosamente solitario y apartado, los contactos de sus protectores lo convierten en el joven párroco de Leiría. Allí se encuentra con dos cosas: un clero aposentado en sus privilegios y solo preocupado por mantener el mínimo disimulo para ocultar la ruptura total de casi todos sus votos (en especial, el del celibato) y la joven hija de su casera: Amélia, que le hace tilín, tolón, ding-dong y ringgggggggggg.

              Aunque la obra está dividida en largos capítulos, se pueden agrupar en cuatro partes:

              La primera, breve, nos cuenta la vida de Amaro y cómo llega a ser párroco de Leiría.

              La segunda despierta la simpatía del lector por el amor imposible. Narra el proceso de enamoramiento, de acercamiento entre Amaro y Amélia, con las dudas de ambos, sus miedos y vacilaciones. Y además los separa un tercero, el joven que, con el beneplácito general, echa los tejos a Amélia, de quien se supone que pronto será esposo; un joven que pronto irrita al lector, porque parece el obstáculo que impide una bella historia de amor y porque -siendo este personaje el menos ciego de todos- acaba por ser víctima de los celos, lo que le hace adoptar alguna medida más que cuestionable.

              En la tercera parte ha triunfado un amor que solo puede vivirse en precario. Pero es precisamente esa precariedad la que acaba demostrando qué lleva de verdad cada uno dentro, porque es en las dificultades cuando se ve quién escapa como una miserable comadreja y quién asume los costes. Lo cual quiere decir que de la precariedad pasamos a los problemas que conducen a la novela a su desenlace.

              Y en la cuarta y última parte, brevísima, el autor ofrece al lector en muy pocas escenas una evidente conclusión acerca de cada uno de los personajes, de modo que no es hasta ese momento cuando acabamos a saber quién es cada uno y queda un poso de amargura e injusticia.

              El crimen del padre Amaro es una novela psicológicamente compleja. Amaro es primero un niño desamparado, que jamás llega a conocer el cariño, y luego es un hombre sometido a un destino que no ha elegido; pero como es también un adulto egoísta y manipulador que abusa de su posición de superioridad moral, cabe preguntarse hasta qué punto es así por simple egoísmo, o porque no le queda otro remedio al no haber conocido jamás el cariño ni la generosidad que lo acompaña, o por rebeldía ante el ineludible destino que le ha sido impuesto. La solución al dilema, a elección del lector.

              Hay otra segunda complicación psicológica: el amor. O lo que los personajes y el lector creen amor. ¿Es amor lo que siente Amaro por Amélia? ¿Lo es siempre o solo al principio? ¿O es solo mera atracción? Sea lo que sea, ¿no evoluciona a obsesión? ¿Y por qué termina como termina? Lo que comienza pareciendo un enamorado termina siendo, simplemente, un cazador necesitado de cobrarse constantemente su pieza para satisfacer su ego y escapar de la soledad. Amaro, que parece comenzar amando a Amélia, termina teniendo como objetivo, simplemente, su rendición.

              Amélia, el otro gran personaje de la novela, ofrece un perfil más puro y nítido. Es víctima de un amor fundado en la atracción y la admiración y, a diferencia de Amaro, tiene mucho que perder si se decide a vivirlo. Amaro puede temer el escándalo, pero las consecuencias serían mucho peores para Amélia. Él no piensa más que en sus miedos; ella, en cambio, elude pensar en los riesgos. Si algo puede criticarse a Amélia es su inconsciencia e imprudencia más que su generosidad, porque evitar pensar en lo que se está jugando. Sin embargo, y pese a que las peripecias de Amélia ocupan buena parte de la novela, esta versa sobre Amaro, al que desea reflejar. O desenmascarar.

              La acción transcurre entre la catedral, la casa de la madre de Amélia y un par de lugares más, entre reuniones de clérigos y señoras piadosas que conversan sobre los chismes del lugar y los enjuician moralmente con mayor rigidez ellas que ellos. En torno pululan algunos personajes ajenos a ese mundo, críticos con él pero, en el fondo, más opuestos que enfrentados.

              La novela siempre se ha tachado de anticlerical, porque, aunque muestra algún cura casi lindante con la santidad, es la excepción en un mundillo donde todos se comportan de modo distinto al que predican: están muy preocupados por su peculio, por comer y beber bien, por eludir problemas y responsabilidades y, quien más y quien menos, «conoce mujer». Un clero más epicúreo que sacrificado, más apegado al este mundo que al otro, que parece tener una confianza limitada en el más allá o que, cuando menos, considera que ese más allá va a ser tan indulgente con las debilidades humanas que resistirse a ellas solo puede conducir al sufrimiento inútil y a la ansiedad enloquecedora. Dicho todo esto, es normal que la novela recibiera el calificativo de «anticlerical», pero este término debe ser entendido en sentido estricto: se crítica a las personas, no a lo que representan.

              Sin embargo, El crimen del padre Amaro es, sobre todo, una novela sobre el egoísmo, sobre el modo en que unas personas manipulan a otras, sobre la inconsciencia e injusticia de perseguir pequeñas victorias personales a costa de imponer a otros gigantescos costes. Es una invitación a reflexionar sobre el modo en que satisfacer nuestros caprichos puede sembrar la desgracia a nuestro alrededor.

              Por último, El crimen del padre Amaro es también una novela adelantada a su tiempo por lo que tiene de reivindicación del papel de la mujer. Y eso que Amélia no es ninguna heroína, sino una mujer con los valores de su época que se deja arrastran a una pasión estimulada por quien puede manipularla y lo hace hasta el abuso. Visto desde el simplismo de creer que una novela es lo que escenifica, podría decirse que es una novela machista, lo cual no sería extraño en la época en la que se escribió. Pero no lo es porque, precisamente, el autor utiliza a una mujer, Amélia, para dejar claro quién es el padre Amaro. Dicho de otro modo, la censura al padre Amaro, lo que justifica el «crimen» que da título al libro, es la dignidad de Amélia. Si el autor hubiera considerado a la mujer un ser de segunda, ¿qué sentido tendría hablar de «crimen»? El crimen del padre Amaro es, en realidad, doble: sus actos lo envilecen por oponerse a lo que representa; pero si hubiera compartido con Amélia los costes de su aventura lo hubieran reconducido a su condición humana. Es el abuso, el trasladarle a ella los costes que él contribuye decisivamente a provocar, lo que constituye el verdadero crimen.



lunes, 15 de febrero de 2021

El juego de la luz – Louise Penny

 




              Volvemos a «Tripines», como ya en broma llamamos a Three Pines, el pueblecito canadiense en medio del bosque, tan renacuajo y apartado que no sale en los mapas. Sin embargo, curiosamente, está situado razonablemente cerca de grandes urbes y tiene su coche de bomberos, su buena librería, un «hotelito con encanto», su bistrot, y su «bed and breakfast». Nadie sabe a qué se dedican sus escasos vecinos, pues no hay mención a actividad económica alguna excepto la de los personajes recurrentes: el matrimonio Morrow, dedicado a la pintura artística, la poetisa famosa, anciana, gruñona y maleducada Ruth Zardo, la dueña de la librería, el matrimonio al frente del hotelito y la pareja homosexual que regenta el bistrot y el «bed and breakfast». En resumen, un idílico mundo de bolsillo inexplicablemente desconocido en el que sus habitantes dedican su tiempo a las bellas artes, al paseo por hermosos bosques y jardines y a tomar cafés con leche y papear en el coqueto bistrot, que ofrece una pitanza de lo más selecta y elaborada. Demasiado bueno para ser cierto, lo cual, dicho sea de paso, es lo que más afecta a la credibilidad de algunas cosas, en especial el empeño en considerarlo una especie de «lugar oculto» que haga inexplicable la presencia de cualquier persona ajena a los que allí viven.



              En tan bucólico paraje, a juzgar por las novelas de la saga, no hay más que ardillas y asesinados. Entre los últimos, la mujer llamativamente vestida de rojo que aparece en el jardín de los Morrow justo cuando estos estaban celebrando, por fin, el ascenso al olimpo artístico de Clara; ascenso que, por otra parte, deja en complicada posición a su esposo, que durante años había ejercido como «el artista» de la familia y que ahora ha quedado reducido a su verdadera dimensión al quedar enfrentada su realidad a sus ambiciones. A lo que deben añadirse las complicaciones del amor hacia quien con su sola presencia hace patente tu fracaso.

              Pero hay un fiambre, he dicho, y allá se va el inspector jefe de la Sûrete du Québec, el eficaz, calmoso y culto Armad Gamache, con su joven segundo, Jean Guy Beauvoir (recién divorciado y dudando de si la hija del jefe le hace tilín o tolón), ambos traumatizados por los soponcios vividos en la anterior novela de la saga (Enterrad a los muertos), donde fueron tiroteados; los dos van acompañados de todo su equipo y, en particular, de una inspectora que parece ir a ganar protagonismo en próximas novelas. Todos ellos, digo, se presentan en Three Pines dispuestos a investigar con sus métodos habituales: indagar, ver, y no hacer nada hasta que las cosas se hayan cocido más que bien en su propio jugo. Todo, además, con la peculiaridad típica de estas novelas de la endogámica relación entre sospechosos e investigadores, todos los cuales, por culpa de lo renacuajo del lugar, conviven casi veinticuatro horas al día, comen y cenan juntos y hasta acaban haciéndose amigos que nunca acaban de poder distinguir entre conversaciones e interrogatorios.

              Pese a que estoy usando un tono un tanto frívolo, la novela es muy interesante. Y ello por varios motivos: primero, porque Louise Penny tiene la habilidad de utilizar sus novelas para hablarnos de asuntos de lo más atractivos. Si en Enterrad a los muertos era la independencia de Canadá y las relaciones entre francófonos y angloparlantes, aquí nos ofrece un montón de lúcidas reflexiones sobre el mundo del arte y el ego de los artistas, con todas sus inseguridades a cuestas, que lo mismo son aplicables a pintores que a escritores o escultores, y que permiten ver más allá de lo que brilla en estos mundos. También ofrece una visión interesante del mundo del alcoholismo y, sobre todo, de quienes intentan rehabilitarse. En segundo lugar, porque la trama en sí es sorprendente (aunque sea un «caso de laboratorio») y, por tanto, despierta la curiosidad: la muerta es una antigua amiga de Clara, a la que hace siglos que no veía porque se habían enemistado, a la que nadie había visto en una fiesta a la que no había sido invitada y en la que ha aparecido muerta. En tercer lugar, consigue hacer evolucionar bien algo que en entre la primera y la segunda novela apenas existía: las vivencias de los protagonistas y de su entorno. Cierto es que pueden objetarse puntos débiles que afectan al realismo y a la verosimilitud de algún detalle relevante, y que al final, a lo Ágatha Christie, no se sustenta en prueba alguna sino en conjeturas que desembocan en una confesión regalo a los lectores y al sr. Gamache, pero a pesar de todo esto la solidez de El juego de la luz es grande y por encima de lo habitual. Es cierto, también, que es una novela de «jarrones venecianos», que diría Julián Ibáñez, alejadísima del «hard noir», pero eso no es un crimen: todo tiene derecho a existir.

              Una novela para disfrutar con una lectura sosegada y sin prisa, porque lo importante no es el destino sino el camino. Una buena novela con consigue algo muy difícil: que una saga de novela negra vaya a más; lo normal es lo contrario.

              Lo confieso: estoy ya irremediablemente atrapado por todo lo que sucede en «Tripines».








jueves, 11 de febrero de 2021

Mandíbula – Mónica Ojeda

 


 

              Las relaciones entre madre e hijas han dado mucho juego en literatura. En Mandíbula dan mucho y bueno.

              La historia, emparentada con las novelas de terror, transcurre en Ecuador, con saltos en el tiempo y en los escenarios. El protagonismo está repartido entre Clara -una profesora un tanto lunática, víctima de un ataque de dos alumnas, que imita en todo a su difunta madre- y un grupo de muchachas adolescentes, entre las que destacan las dos que lideran el grupo: Fernanda, que sufre ¿o no? un trauma por algo que no recuerda si hizo de pequeña y que ha oscurecido la relación con su madre, y Annalisse, la más osada e imaginativa, otra cuya relación con la madre es, cuando menos, distante.

              El grupillo es tan aficionado a las historias de terror por Internet que se reúnen para pasar miedo escuchando sobre todo las de Annelise. E incluso van más allá: asumen riesgos absurdos que, inevitablemente, las enfrentan a otro tipo de miedo, pero miedo al fin y al cabo.    

              La novela comienza con una historia de terror, literalmente: el secuestro e inmovilización de una de las muchachas a manos de quien sabrá quien lea la novela. A partir de aquí se construye, desde el pasado, la sucesión de hechos que han llevado a ese comienzo, y en ese desarrollo es cuando el lector conoce a esas inquietantes adolescentes –sus diálogos, sus prácticas, las confesiones de Fernanda al psicólogo…- y a la extraña profesora, y acaba viendo como al fondo de las cosas se llega mezclando lo que cada una es con los ardides de las más astutas.

              No sabía lo que iba a encontrar en este libro, y la verdad es que me ha gustado. A pesar de lo truculento y violento de alguna escena y de la situación con la que comienza el libro, la irresponsabilidad y desenfado de las adolescentes pone un punto de liviandad que no llegan a borrar las perturbadoras manías de la profesora –mucho más inquietante que sus alumnas-. La mezcla de violencia e ingenuidad lleva de un extremo a otro las sensaciones del lector. El entorno de un colegio de élite regentado por el Opus ofrece un contraste notable con la historia, pues nadie en él conoce ni tiene ganas de reconocer lo que en verdad se cuece entre sus paredes o, mejor dicho, en los cerebros de la profesora de Lengua y Literatura y en la de algunas de sus alumnas. La historia oscila entre pasajes tenebrosos y plácidos, casi como el miedo, que precisa de un lugar seguro desde el que atisbar lo temido. La novela, sobre todo en boca de Fernanda y Annelisse, ofrece unas maduras e interesantes reflexiones sobre el miedo. Y, por encima del miedo, de aquello que más paraliza a la gente: el miedo al miedo.

              Mónica Ojeda domina el lenguaje, la estructura y la obra. Se nota que ella ha dirigido la novela más que la novela a ella. Se nota que tiene talento. Una buena lectura.


lunes, 8 de febrero de 2021

Cómo robar un banco suizo – Andrea Fazioli

 


 

              El título, que parece el de un manual de instrucciones, es lo mejor de esta novela, porque tiene el atractivo de invitar al lector a compartir con los personajes la aventura de un robo en un entorno casi mítico. Es lo más emocionante. Sin embargo, la novela es fast food literario y, lo que es peor, bastante mal cocinado; mira que hace siglos que apenas veo películas, pero, como en tantas otras novelas escritas para vender y solo para eso, no me cuesta identificar, una vez más, un montón de lugares comunes de todas esas peliculejas clónicas que durante años poblaron las televisiones.

              Argumento:

Un señor que en su día fue un as del birle está apaciblemente retirado de la delincuencia y entregado a la jardinería, con sus margaritas, sus petunias, sus bichitos y sus cosas, pero, ¿os suena?, hete aquí que debe retornar a los escenarios presionado por un tipo malísimo con el que la hija del «jardinero», una cabeza de chorlito, se ha metido en líos. ¿Y qué debe hacer la figura del birle? Usar su sapiencia, habilidad y experiencia para robar un banco suizo sin que nadie se manche las manos y, luego, entregar la guita al malvado.

Lo de las manos es importante por aquello del crimen perfecto, que a nadie le apetece que lo trinquen, y porque, claro, el as del birle es un caballero o, dicho de otro modo, fue un chorizo sofisticado, que ni usaba pistolas, ni apiolaba al personal, ni amenazaba ni nada. No un bruto tosco y rudo, sino un elegante orfebre del choriceo. Aunque, eso sí, el pobrecico se había llevado el disgusto de pasar por la trena, así que ojo, lector, porque como nos enseñó Con faldas y a lo loco, nadie es perfecto.

              El as del birle no está por la labor de reeditar viejos éxitos, porque podar setos es muy relajante y porque, siendo el protagonista, le añade un toque buenecillo para caer bien (si es que ser víctima de un chantaje no le ha bastado al lector para solidarizarse) pero, por desgracia para el buen señor, a pesar de intentarlo no consigue solucionar el desaguisado de su hija de otra manera que cediendo al chantaje del malvado (no descubro nada porque, si no, obviamente, se hubiera terminado el libro enseguida).

              ¿Qué decir de los secundarios? Todos, desde la hija hasta el alocado, osado e ingenuo tipejo que contacta con ella para comenzar el estropicio y los voluntarios inexpertos que el pitísimo tío recluta se incorporan a la aventura como quien se apunta a dar una caminata con los amigos por el Monasterio de Piedra, creando al lector una apabullante sensación de historia sosa y ñoña. «¿Te apetecen unas croquetas?» «¡Claro!» «¿Y luego atracamos un banco?» «¡Pues cojonudo!» Sin duda el autor es consciente de la avería, porque durante el resto de la novela no deja de repetir que esa buena gente se había apuntado a la fiesta como quien se apunta a una fiesta, y luego, claro, lo de las orejas y el lobo. En fin…

              Entre los reclutados figura un insulso detective privado que, al parecer, protagoniza la saga de novelas de la que ésta forma parte. Aquí, protagonizar no protagoniza nada, solo hace unas cuantas cosillas, echa un cable relevante (¿será eso el protagonismo?) y además se dedica a estar muy disgustado por verse envuelto en semejante fregado.

              A todo esto, el lector puede asistir al secuestro más pintoresco que recuerdo: los secuestrados salen a pasear por la calle y todo, lo cual refuerza esa sensación de poco currelo, porque narrar de verdad las sensaciones de un secuestrado, lo mismo que las de la gente normal que se embarca en la comisión de delitos premeditados exige un trabajo que a Andrea Fazioli ni se le ha pasado por la cabeza intentar. ¿No os suenan también los personajes ingenuos que, llegado el momento de la verdad, se pasman unos y sacan la vena heroica otros? Pues eso.

              A lo que no va a asistir el lector es a la planificación del golpe, que se supone que es la gracia de la novela, porque el protagonista, como es tan pito y tan profesional, lo lleva todo en la cabeza y con tal sigilo que, si no se lo cuenta ni al Tato, mucho menos al lector. Al lector hay que sorprenderlo tanto como al banco (al fin y al cabo también se ha jugado su dinero en esta historia). De resultas, los personajes vagabundean por la novela hasta que, cuando no queda más remedio, nos enteramos de que, ¡oh, sorpresa!, alguno va a vigilar desde una esquina o  a realizar alguna otra proeza similar.

              Pero como semejante banda no es capaz de llegar a todo, por supuesto el protagonista tiene amigos expertos en la resolución de cada problema por difícil e intrincado que sea, todos ellos tipos a medio camino entre el genio y el trilero. Todos tipos que, si llamas a su puerta diciendo «¿No tendrás algo para interceptar misiles intercontinentales disparados desde un portaaviones en el Pacífico?» te responden, tras pensarlo un segundo y medio, «¡Creo que tengo justo lo que necesitas!», y se meten en la trastienda a buscarlo. ¿A que también os suena?

              ¿Qué queda para que la novela resulte atractiva al lector mínimamente exigente? Tampoco nada muy original: queda que, quien supere la primera mitad, comenzará a sentir ganas de saber, ya que ha llegado hasta ahí, en qué queda el asunto, si acabarán robando el maldito banco o no, si el malo se saldrá o no con la suya y si el protagonista podrá volver a ocuparse de sus geranios y plantar unas cebollas. El desenlace es para pegarse un tiro: el plan del malo malísimo deja patitieso al lector, incrustándole en la mente aquello de «para este viaje no hacían falta alforjas», y demuestra que tras urdir la trama las neuronas del autor seguían muy descansadas; luego incluye un golpecillo poco creíble pero que da un giro esperadamente inesperado –y peliculero- al desenlace de la acción y, también, un final del final que enlaza directamente con la ñoñería que he mencionado antes.

              Todos leemos con cierta frecuencia fast food literario, pero solo se puede disfrutar si está bien cocinado. No es el caso. Por cierto, la crítica que la faja atribuye a Andrea Camilleri deja al pobre Camilleri a la altura del esbirro. 


viernes, 29 de enero de 2021

El Maestro y Margarita – Mijaíl Bulgàkov

 


               

                Una de las mejores novelas que he leído jamás. El mejor resumen de lo que es y supone El Maestro y Margarita podéis leerlo en la magnífica y emocionante breve nota que, tras el fin de la novela, ha incluido Marta Rebón, la traductora de esta excelente edición de Navona.

                A quien haya llegado a esa nota le sobra esta reseña, pero para quien no haya leído la novela y esté dudando si disfrutar de la maravillosa aventura literaria, histórica y personal que es El Maestro y Margarita, allá van unas cuantas ideas.

El lector que quiera apreciar y disfrutar al máximo esta obra hará bien en informarse previamente de la biografía del autor, de todas las humillaciones, sinsabores y problemas que sufrió y, especialmente, de la larguísima gestación de El Maestro y Margarita (escrita entre 1929 y 1940), novela que sabía que era su gran obra y con la que también sabía que sacrificaba cualquier posibilidad de bienestar material para preservar su honestidad intelectual; una novela tan importante para Bulgákov que fue a ella a la que dedicó los que sabía que eran los últimos momentos de su vida. El resultado, imposible de publicar en la Unión Soviética de su época, lo disfrutamos todos hoy, aunque Bulgákov tuviera que escribir desde la amargura de saber que él nada bueno iba a sacar de ella en vida, salvo la tranquilidad de conciencia, lo cual da idea de su compromiso intelectual y de su honestidad.

                Aunque las anotaciones de editores y traductores tienen un número de forofos limitado, me cuento entre ellos; ayudan a saborear las cosas, y en el caso de El Maestro y Margarita especialmente, pues la carga crítica de muchos detalles sería inapreciable para la mayoría de los lectores. Además, así como los pormenores de las andanzas de otros regímenes totalitarios son más conocidos, los del régimen soviético, en especial durante el periodo estalinista, no forman parte de la «cultura general», por lo que toda información es poca.

                El Maestro y Margarita es muchas cosas a la vez. Ante todo, una sátira demoledora del régimen soviético y su violenta locura por uniformizar, que sobrepasó el ansia de poder típica de cualquier dictadura y el ansia de uniformización económica propia de la ideología que la sustentaba para intentar reducir la mente de cada ciudadano al reflejo de una mente colectiva dictada desde el poder. Bulgàkov, como otros grandes escritores, recurre al humor como instrumento de crítica. La secuencia de sucesos absurdos, de situaciones cómicas, es tal, que El Maestro y Margarita es también una novela de humor, aunque a veces al lector se le olvida abrumado por lo ambicioso y arriesgado del proyecto. Pero la novela es también una maravillosa novela de amor y de reflexión sobre el bien y el mal y, ante todo, una obra tan ambiciosa que se transforma en colosal cuando, página a página, esa gigantesca ambición intelectual de Bulgàkov va tomando forma ante los ojos del lector.

                La historia entremezcla la presencia del diablo en Moscú (bajo el nombre de Woland, en el que hasta la morfología de la W es significativa, por lo que sabrá quien lea la novela) acompañado de un séquito tan pintoresco que más parecen una compañía de cómicos que un hatajo de demonios. Su capacidad para predecir el futuro y para alterar el funcionamiento natural de las cosas produce una catarata de acciones y reacciones insólitas con las que casi todos se retratan. Todas esas idas y venidas tienen un fin, que afecta a las otras dos historias que a su vez se entremezclan: la de aquellos a quienes todo les da igual -hasta la compañía del diablo- porque tienen objetivos sublimes que están por encima de ellos mismos (el amor) y la historia de Poncio Pilatos. He dicho antes que además de una crítica del régimen estalinista El Maestro y Margarita es también una obra sobre la naturaleza del bien y del mal. Bien, pues por esto último, lo es también sobre la naturaleza el perdón.

                Merece la pena leer con sosiego para disfrutar del alarde de imaginación y, también, de conocimientos: las alusiones y el simbolismo contribuyen a elevar esta novela hasta las mejores que cualquier lector pueda leer en su vida, como también la elevan sus peligrosos silencios, que lo mismo denuncian los modos de operar de las autoridades soviéticas que muestran las arriesgadas decisiones y determinaciones de algunos personajes. Bulgákov trabajó con todo: con palabras, silencios, humor, crítica, amor, historia, valores…

                Leí esta novela durante el lluvioso puente de la Constitución, aprovechando la disponibilidad de tiempo. Fue un acierto. No es especialmente larga (incluyendo las notas, unas 550 páginas), pero sí merece la pena leerla despacio, con sosiego, y también con continuidad. Buscadle el momento adecuado. La novela os devolverá el esfuerzo centuplicado.