En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 4 de mayo de 2026

La intriga del funeral inconveniente - Eduardo Mendoza

 


    Eduardo Mendoza tenía 35 años cuando publicó «El misterio de la cripta embrujada», una pequeña genialidad humorística a bordo de la cual huyó de las expectativas generadas por «La verdad sobre el caso Savolta», que había publicado con 32 y de inmediato había sido tratado como un clásico. El protagonista de «la cripta», conocido como «el detective loco» porque comenzó su vida literaria saliendo de un manicomio, o como «el detective anónimo» porque nunca se cita su nombre (salvo una vez en cinco novelas, en la que se le llama Ceferino), sigue la tradición del Quijote: es un personaje lamentable, estrafalario, un perdedor que resulta ridículo porque habla con una pompa y solemnidad impropia de su triste condición, y porque no la advierte o quiere disimularla. La tercera novela de la saga, «La aventura del tocador de señoras», fue la mejor. Las otras tres publicadas hasta ahora, psé. «La intriga del funeral inconveniente» es la sexta entrega; Mendoza la ha publicado con 83 años, once años después de la quinta. 48 después de la primera. 

    Mantener medio siglo el mismo registro no sé si hubiera sido un mérito fabuloso o todo lo contrario, pero lo cierto es que «La intriga del funeral inconveniente» rompe la unidad estilística de la saga. Mendoza cambia por completo el modo de expresión, pero lo mantiene reconocible. Olé. Las cinco novelas precedentes están escritas en primera persona. En ellas el protagonista habla al lector usando un lenguaje grandilocuente que no da para ocultar sus miserias, y el vocabulario se convierte en un recurso humorístico relevante. En cambio, «La intriga del funeral inconveniente» es contada al lector por un narrador impersonal que, sin más, se dirige al lector contando una historia que principia con un chuchurrido funeral. ¿El de quién? Pronto el lector es informado, y quizá así se explique la razón de la escritura en tercera persona, aunque la esperanza del error se mantiene gracias a un extravagante asistente con gabardina, gafas de sol y sombrero que aparece ya en la portada. Aún así, durante una parte de la lectura me reconcomió la duda de si Eduardo Mendoza, a sus 83 años, había querido dar a su personaje el mismo fin, y por el mismo motivo, que Cervantes a don Quijote.

        El cambio de enfoque, aunque profundo porque tiene implicaciones en el uso del vocabulario al que me he referido, no afecta al fondo: el lector reconoce lo esencial del mundo del personaje y el nivel literario y humorístico es elevado porque se mantienen los contrastes chocantes y los personajes que cortocircuitan la razón al unir tópico y extravagancia. Encontramos enterradores, prelados, políticos, gente de posibles y pobres diablos de imposibles (como, permítaseme el atrevimiento, en «La sota de bastos jugando al béisbol», en la que sale una recua tan parecida por sus profesiones que me ha llamado la atención). La novela me ha gustado mucho… durante tres cuartas partes. Durante ese lapso casi me ha entusiasmado, como si Mendoza, a pesar del cambio de enfoque y de los años, hubiera vuelto a lo mejor de la saga, que ya quedaba lejano en el tiempo. Durante todas esas páginas hubiera colocado esta novela en el tercer lugar del podio de la saga. Pero, por desgracia, la última parte es un pequeño desastre. Sin motivo aparente la novela vuelve a los registros de las cinco precedentes cuando, de pronto, es el protagonista quien pasa a dirigirse al lector en primera persona; hasta aquí, nada que objetar. Al revés: el reencuentro debería ser una alegría para el lector, y así lo sientes. Pero enseguida se disipa esa sensación porque cuesta reconocer al personaje. Tan pronto como Ceferino aparece es como si a Mendoza le hubiera entrado prisa por terminar la novela: resuelve los interrogantes de un modo tan expeditivo que reduce drásticamente el recreo del lector en el modo de hablar y en las penurias del protagonista, del que, además, apenas da ya información, ¡con el cariño que le tenemos y tras más de una década sin saber de él! Dice que es mayor, pero no sabemos cuánto, dice que se ha retirado de la delincuencia, pero ignoramos de qué vive y cómo, y más que viviendo una aventura parece que esté cumpliendo de mala gana y a toda prisa un engorroso trámite. Solo entonces se da cuenta el lector de que al resto de personajes Mendoza tampoco les ha sacado el partido humorístico de otras ocasiones. Como si se hubiera contenido. Como si hubiera escrito más por pasatiempo que por ambición creativa. Mendoza no ha querido ir más allá de sí mismo y se ha quedado más acá. 

Esas prisas por terminar justo cuando el heroico antihéroe vuelve provocan que el personaje parezca cansado de su propia historia y de la de la novela, aburrido de esta; solo quiere quitársela de encima, con lo que el lector, para su desdicha, pronto se siente de sobra. Casi se siente una molestia para el personaje. No es una sensación agradable. Las prisas menguan el ingenio de Mendoza porque reducen el atolondramiento de Ceferino, que se desenvuelve con precisión quirúrgica y eficacia, sin recrearse en nada, sin hacer apenas observaciones agudas, con su peculiar vocabulario capitidisminuido, por usar un término que él hubiera utilizado en otras aventuras. Cuando no se dan ocasiones para la sorpresa, no suele haberla.

¿Cuál es el argumento?

La novela comienza con el funeral que he señalado antes. Entre el reducisimo grupo de asistentes hay un jovenzuelo que debuta como periodista. Ramoncito Valenzuela. Solo el diminutivo unido al casi diminutivo del apellido ya retratan al personaje, porque ni su cerebro ni su experiencia vital apuntan al aumentativo. La maestría de Mendoza para retratar con un nombre es tremenda. Pero me estoy yendo: lo que publica Ramoncito remueve ciertas aguas y la novela, dividida en varias partes, aborda las diversas reacciones y los antecedentes de los personajes que van apareciendo. Como antes he dicho, son personajes variados, que alternan clases altas, medias, bajas y diferentes estamentos sujetos a tópicos con los que es fácil crear contrastes chocantes, como el sacerdote dado a las rancheras. Estas partes son una delicia porque Mendoza demuestra seguir siendo capaz de hacer lo mismo que en las mejores novelas de la saga, pero de otro modo y manteniendo su espíritu. Además, la trama es lo bastante intrincada y bien planteada como para aplaudirla. La última parte, la llamada a casar todo, a cerrar círculos y a despejar dudas es la que nos llega, por fin, por boca del protagonista de la saga, pero como he dicho, la prisa por completar el rompecabezas hace tal daño que la sensación final para el lector es de cierta frustración.

Qué pena esa última parte. Pero disfrutad de las anteriores: merecen la pena y lo pasaréis en grande.