En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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lunes, 15 de junio de 2026

Golondrinas - Bernardo Atxaga

 


Un ángel caído situado en lo más bajo del escalafón (y, por tanto, con una clarividencia un tanto perjudicada) da cuenta al lector de su trabajo en el cementerio de Arroa Goia y sus alrededores, en el corazón de Guipúzcoa. Lo hace en tres momentos diferentes.

El primero, en 1992, cuando está acompañado de su jefe y otros dos demonios algo más espabilados o, al menos, con más mala leche. Están asistiendo al entierro de Juan Manuel Ibar Aspiazu, Urtain (1943-1992), quien comenzó siendo un fenómeno de los deportes tradicionales vascos y terminó siendo campeón de Europa de boxeo en la categoría de pesos pesados, la máxima. Corría el año 1970 cuando alcanzó esa cumbre, así que no hace falta mover una neurona para comprender que el régimen franquista se apropió de su éxito, como de todos los éxitos deportivos, y que eso no favoreció en nada el aprecio de la sociedad euskaldún hacia el campeón. Como además Urtain había entrenado más los músculos que la psicología necesaria para asimilar el éxito, los problemas estaban cantado. Tras retirarse, pronto pasó a ser lo que luego se denominó un juguete roto, hasta que a los 49 años, endeudado e incapaz de vislumbrar un futuro digno, se suicidó en Madrid tirándose desde un décimo piso en una calle que, por cierto, frecuenté solo dos años después sin tener ni idea del suceso.

El entierro que la novela describe tiene, vamos a decirlo así, sus peculiaridades. Sobre todo por la fauna que asiste.

El segundo momento transcurre veinticinco años después, en 2017, con ocasión de otro funeral. El de uno de los asistentes al sepelio de Urtain. El nuevo finado había sido un tipo peculiar, vamos a decirlo así, cuya figura no solo ocupa el relato central sino que da unidad al libro y a las tres historias que lo forman. Aquí el ángel caído que nos chismorrea todo ya está solo. Es un pobre diablo en todos los sentidos.

Y, tercer momento, otros veinticinco años después, en el funeral, en 2042, de uno de los asistentes al segundo entierro, un tipo mucho más normal, pero que se ha visto envuelto en circunstancias que le han permitido saber mucho sobre el segundo finado y, de rebote, sobre Urtain. La relación entre los tres funerales es sutil. Algo, poca cosa, que sucedió hace tropecientos años condiciona vidas durante décadas y décadas sin que nadie llegue a sospechar el modo en que la olvidada anécdota de alguien a quien no conoció determina su actividad diaria. Los nervios que provocan estos movimientos en el cuerpo histórico son el amor y, sobre todo, el odio. El diablo ya es paupérrimo.

La acción no transcurre de forma lenta, sino lentísima, pero esto no es una crítica sino mi modo de decir que Bernardo Atxaga cuida los detalles: si los personajes se van a cenar a un buen restaurante, cena tú también por todo lo alto mientras lees, porque la lectura durará lo que la cena. Otra cosa es que en ella se cuenten cosas de modo que la historia de casi un siglo se conozca en unas pocas escenas en las que, eso sí, los participantes hacen alardes de memoria.

Dividir la historia en intervalos temporales de un cuarto de siglo golpea con fuerza al lector: quien hoy es adulto mañana es un anciano moribundo. Y quien hoy es joven mañana es un adulto con toda la vida hecha, y el anterior anciano moribundo es ya alguien olvidado cuyos últimos rastros desaparecen ante los ojos del lector. Produce cierto vértigo, sobre todo, supongo, en los lectores que ya tenemos más años por detrás que por delante. La sensación de que nuestra propia vida es efímera y, a la vez, menos importante de lo que nos parece, es intensa. Digo yo que a sus 74 años es un tema al que Bernardo Atxaga ya ha dado vueltas para intentar aceptarlo. Este libro podría ser una de ellas.

La escritura es de una gran calidad, y el humor está presente en segundo plano con una constancia y uniformidad tal que llega pasar inadvertido, pues el lector se acostumbra a la principal forma en que se manifiesta: la descalabrada clarividencia del narrador, a cuyas entendederas lo mismo no llega información crucial que la entorpecen datos absurdos e inútiles. Pero hay más: los personajes no tienen ángeles de la guarda, sino ángeles (caídos) que parecen comerciales de su jefe, Luzbel: ni se plantean hacer caer a la gente en la tentación porque todos los personajes humanos va tan a lo suyo que son clientes fijos, por eso la función de los angelitos demoniacos es, más bien, apresurar los días de la ya condenada clientela. Hasta en ese negocio la rotación es importante. Otro rasgo de humor es el modo en que los demonios hablan de sus opuestos. Como todo el mundo se tiene en buena estima a sí mismo, hasta los diablos, todos, también ellos, tienen mala opinión del contrario: por eso se refieren a Dios como «el Tirano», entre otras alusiones del mismo tenor.

Bernardo Atxaga logra, con pericia y sin que se note, crear y resolver atractivas dudas al lector. Primero, despierta la curiosidad por Urtain, una vieja celebridad a quien ya casi nadie recuerda; segundo, por saber la razón de la actitud de algunos personajes hacia el boxeador fallecido; tercero, por averiguar qué se traía entre manos uno de esos personajes y si su muerte un cuarto de siglo después fue o no lo que parecía; y, cuarto, por enmarañar y desenmarañar ciertas relaciones sexuales y emocionales.

Un gran libro que combina con sabiduría, desde un escenario local, misterio, humor, un punto de sexo sugerido y reflexiones sobre lo fugaz de la vida y la dificultad de racionalizar su sentido.



jueves, 10 de julio de 2025

El papel de víctima – Carlos Pérez Merinero

 



Vas a comer a un restaurante, quedas prendado de la desconocida beldad que papea junto a un hombre a quien cómo no va a detestar si estás tú allí, a pocos metros, y, encima, agraciándola con tu repentino amor. Un colosal flechazo sin duda correspondido. Que la mujer no haya reparado en tu presencia en este mundo es solo un pequeño detalle sin importancia. Lógicamente, ejem, en los días sucesivos emprendes el seguimiento obsesivo de la dama en busca de la ocasión para abordarla. Entonces, cuando ese mágico momento llegue, caerá rendida ante la exuberancia de tus encantos y, colorín, colorado, ese día habrás chingado.

Entre medio dejarás desatendido y chapuceado tu trabajo de guionista, pero qué se le va a hacer.

Ocurre, sin embargo, que hacer méritos ante una desconocida es bastante complicado, por no decir que es algo en las caprichosas manos de la diosa chiripa. La deidad, supongo que intrigada por las extrañas conexiones neuronales del protagonista, lo bendice con la posibilidad de hacerse pasar por asesino, y es así como el buen hombre logra estrechar su relación con alguien a quien no parecen molestar los asesinos. Según a quién asesinen, claro.

El problema viene después. Si alguien te hace caso porque eres panadero, es que quiere pan. Y si no sabes distinguir la harina del cemento vas a tener un problema, y probablemente lo sufran también los comensales.

Es lo que sucede en «El papel de víctima», quinta novela de Carlos Pérez Merinero (1950-2012), publicada en 1988. La cuarta que he leído.

No sé decir si esta es mejor o peor que las tres anteriores (en este enlace están todas las reseñas), pero sí que empecé a leerla con la esperanza de que fuera en todo similar. Sin embargo, la expectativa no se cumplió. ¿Cuál es la diferencia entre esta obra y las demás? El protagonista de «El papel de víctima» está tan chiflado como los del resto de novelas de Pérez Merinero, pero, a diferencia de ellos, no es tan bestiajo al hablar, con lo cual se pierde una notable fuente de humor, porque insultar y maldecir, cuando se hace de ello un arte, es un arte muy divertido. 

Eso sí, se lee fenomenal y el argumento es muy original, ingenioso, y con giros inesperados brillantes. 

        Sin ser lo mejor que he leído del autor le da mil vueltas, por su osadía, originalidad y dominio del lenguaje, a la mayoría de lo que se publica.


jueves, 16 de noviembre de 2023

Llamando a las puertas del infierno – Carlos Pérez Merinero

 



Solo quienes hayan disfrutado en su adolescencia, y quizá un poco más allá, del placer de decir, a solas con los amigos, las mayores burradas que pasaban por sus entendederas -en la confianza de que ese acto de libertad y autoafirmación comenzaba y terminaba en la brutalidad de las palabras- podrán disfrutar de esta obra de Carlos Pérez Merinero, solo que, en ella, para el protagonista, que está como una regadera, las palabras no son el límite de su libertad, sino que las transforma en hechos.

Así que el caballero se pone contentísimo cuando «el cabrón de su padre casca», por así decirlo, porque así podrá heredar y darse el gustillo de comprarse una finca donde criar bichos (que sean unos u otros qué más da) y solazarse con su novia. Que haya o no algo que heredar, u otros herederos o que la novia sepa que lo es, es lo de menos.

Estos dos elementos (un protagonista con el cerebro como unas maracas) y un modo de expresarse en primera persona con una contundente mezcla de inocencia y brutalidad, bastaron a Carlos López Merinero para escribir una novela tragicómica en la que lo escandaloso y desagradable se mezcla con lo divertido provocando al lector sensaciones convulsas.

El protagonista narrador no solo está chiflado. Su tipo de locura es peligrosísima: no solo carece de los conceptos del bien y el mal (o, mejor dicho, el bien es aquello que le apetece y el mal cuanto le impide satisfacer sus apetencias), sino que su visión del mundo le hace confundir sus deseos con la realidad. El resultado de soltar un tipo así en las páginas de un libro solo puede ser uno: acabar a las puertas del infierno.

Una lectura breve, ágil, inteligente, divertida y, como ya he dicho, convulsa.







domingo, 22 de octubre de 2023

¡Ay, madre! - La detención de los Reyes Magos

 



¡Ay, madre! Nueve años después de la publicación de mi última novela vuelvo a las librerías. Esta vez con La detención de los Reyes Magos. De nuevo de la mano de Mira Editores.

Ignoraba si me había retirado o no. Y sigo igual, porque no me atrevo a decir si volveré a escribir y a publicar. Nada me ata a hacerlo.

Pero no es momento de hablar de mí, sino de lo que podéis encontrar en esta novela en todo diferente a las anteriores, con las que sí comparte la importancia del humor.

En La detención de los Reyes Magos podréis contemplar –cuales dioses desde el Olimpo- cómo se teje el azar humano. Quizá incluso lleguéis a preguntaros sin existe algo distinto a él; o si llamamos «destino» a la imposibilidad de controlar nada.

Cuando sobre una maraña de acciones, causas y efectos se hace luz por escrito, hablamos de novelas corales, porque la voz de la historia no es la de uno o dos protagonistas, sino la del coro de personajes que se condicionan entre sí sin saberlo ni pretenderlo e incluso sin conocerse; y la letra del cantar no cuenta una historia individual, sino colectiva. Cuando además se producen situaciones chocantes que encajan entre sí avanzando hacia lo insólito, hablamos de enredo. Si además la mayoría de los actos causantes de dichas y desdichas tienen su origen en las debilidades humanas y el autor es comprensivo con ellas, el lector tiende a contagiarse: siente hacia los personajes el mismo cariño; es indulgente con los torpes, solidario con sus damnificados, se emociona con las alegrías, se entristece con las penas, se desazona con la amargura, se alivia con los desenlaces, festeja la suerte de los buenos y más cerca está de propinar una colleja a los ruines que de desearles mal alguno.

Bueno… ¿Qué quiero decir? Cuando publicas un libro son legión los que valoran su éxito o fracaso en función de las ventas. No sorprende en una sociedad mercantilizada. Y cuando publicas deseas, por supuesto, vender todo lo posible; por el reconocimiento que implica para tu novela, y para corresponder al editor que ha puesto en ella trabajo, dinero y esperanza; y hasta por vanidad. De hecho, escribo estas líneas para dar a conocer esta novela y que llegue a cuantos más lectores, mejor. Pero la definición de éxito es mucho más sencilla cuando uno escribe sin otro motivo que el deseo de hacerlo: sientes el éxito cuando, parafraseando a Woody Allen, lo que has conseguido hacer es casi igual a lo que querías hacer.

Con esta definición, que es también la mía porque es la del sentido común, llevo teniendo éxito con La detención de los Reyes Magos desde que la di por concluida hace ya años. Y el lector tendrá éxito si en sus páginas encuentra lo que espera o incluso algo mejor. 

         De modo que, potencial lector que lees estas palabras, la historia de La detención de los Reyes Magos responde a lo que he dicho hace tres párrafos. De ti depende ir a buscarla.

Si así lo haces, gracias por la confianza. Ojalá esta novela escrita por el placer de escribirla satisfaga tus expectativas y estos Reyes Magos te traigan primero una grata lectura y tras ella un buen recuerdo.


jueves, 21 de abril de 2022

Que se mueran los feos - Boris Vian

 



Si el hiperactivo Boris Vian no hubiera muerto en 1959 a los 39 años (de un infarto mientras asistía de incógnito al estreno de la adaptación cinematográfica de «Escupiré sobre vuestra tumba», de la que se había visto expulsado tras enfrentarse a guionista, productor y director) a saber dónde hubiera llegado. Y quizá hubiera alcanzado a vivir el reconocimiento literario que así le llegó post mortem. Que se mueran los feos, publicada cuando Boris Vian tenía 28 años, vio la luz bajo el seudónimo de Vernon Sullivan (inspirado en dos músicos de jazz), uno de la casi treintena de seudónimos que utilizó en su vida.

Que se mueran los feos está protagonizada y narrada en primera persona por el californiano Rock Bailey, un guaperas rubio, alto, musculoso, de diecinueve años y medio por el que se pirran todas y cada una de las chicas que se cruzan con él, las cuales intentan, sin ningún disimulo, pero en vano, llevárselo a la cama. Pero es que Rock se ha prometido llegar virgen a los 20. 

La primera prueba a que debe someter su determinación le llega pronto: al salir a oxigenarse del garito donde anda divirtiéndose, evitando las acometidas de sus amigas y, en especial, de una muchacha con el discreto nombre de Sunday Love, es secuestrado y aparece desnudo en una habitación en la que pronto entra, con igual vestimenta y no poco cariñosa, la mujer más hermosa que vieron los siglos. Qué sucede, lo sabrá quien lea el libro, pero a partir de ese momento se desencadena una historia vibrante, enloquecida, absurda y plena de humor en la que se mezclan componentes negros y distópicos para zambullir al lector en el mundo de la belleza sensual arrebatadora y el deseo desenfrenado. Si Millás y Arsuaga decían en su primer libro conjunto que la evolución se explica o por la adaptación al medio o por el sexo, en Que se mueran los feos encontramos esta última idea llevada al extremo: la selección natural devenida en artificial con criterios puramente estéticos. ¿Se imaginan ustedes una humanidad formada por seres de una belleza escalofriante?

Bueno, pues imagínenselo. Quizá ahora, tan atrás ya 1948, cuando la novela se publicó, no andamos ya tan lejos de esa situación por culpa de la proliferación de cirugías estéticas para escapar de la vejez que transforman a los operados en clones; quizá entonces lleguen a misma conclusión que la novela: que acabamos atraídos por lo distinto. En el mundo de los guapos el feo es rey.

Junto al argumento, original, bien organizado y que juega con personajes caricaturescos inspirados en tópicos de la ficción (sobre todo cinematográfica), como los profesores chiflados, las conspiraciones para hacerse con el poder absoluto o los personajes con manías, lo que destaca es el inteligentísimo humor de Vian, que se apoya en la falta de miedo de los personajes -que no en su falta de prudencia- en las ingenuas, utilitaristas y directas consideraciones que hacen, en la relativización de los principios para justificar la caída en la tentación, en el natural modo en que la realidad digiere lo absurdo, en el pragmatismo y en la hipérbole.

Un clásico de la literatura de humor.