Un ángel caído situado en lo más bajo del escalafón (y, por tanto, con una clarividencia un tanto perjudicada) da cuenta al lector de su trabajo en el cementerio de Arroa Goia y sus alrededores, en el corazón de Guipúzcoa. Lo hace en tres momentos diferentes.
El primero, en 1992, cuando está acompañado de su jefe y otros dos demonios algo más espabilados o, al menos, con más mala leche. Están asistiendo al entierro de Juan Manuel Ibar Aspiazu, Urtain (1943-1992), quien comenzó siendo un fenómeno de los deportes tradicionales vascos y terminó siendo campeón de Europa de boxeo en la categoría de pesos pesados, la máxima. Corría el año 1970 cuando alcanzó esa cumbre, así que no hace falta mover una neurona para comprender que el régimen franquista se apropió de su éxito, como de todos los éxitos deportivos, y que eso no favoreció en nada el aprecio de la sociedad euskaldún hacia el campeón. Como además Urtain había entrenado más los músculos que la psicología necesaria para asimilar el éxito, los problemas estaban cantado. Tras retirarse, pronto pasó a ser lo que luego se denominó un juguete roto, hasta que a los 49 años, endeudado e incapaz de vislumbrar un futuro digno, se suicidó en Madrid tirándose desde un décimo piso en una calle que, por cierto, frecuenté solo dos años después sin tener ni idea del suceso.
El entierro que la novela describe tiene, vamos a decirlo así, sus peculiaridades. Sobre todo por la fauna que asiste.
El segundo momento transcurre veinticinco años después, en 2017, con ocasión de otro funeral. El de uno de los asistentes al sepelio de Urtain. El nuevo finado había sido un tipo peculiar, vamos a decirlo así, cuya figura no solo ocupa el relato central sino que da unidad al libro y a las tres historias que lo forman. Aquí el ángel caído que nos chismorrea todo ya está solo. Es un pobre diablo en todos los sentidos.
Y, tercer momento, otros veinticinco años después, en el funeral, en 2042, de uno de los asistentes al segundo entierro, un tipo mucho más normal, pero que se ha visto envuelto en circunstancias que le han permitido saber mucho sobre el segundo finado y, de rebote, sobre Urtain. La relación entre los tres funerales es sutil. Algo, poca cosa, que sucedió hace tropecientos años condiciona vidas durante décadas y décadas sin que nadie llegue a sospechar el modo en que la olvidada anécdota de alguien a quien no conoció determina su actividad diaria. Los nervios que provocan estos movimientos en el cuerpo histórico son el amor y, sobre todo, el odio. El diablo ya es paupérrimo.
La acción no transcurre de forma lenta, sino lentísima, pero esto no es una crítica sino mi modo de decir que Bernardo Atxaga cuida los detalles: si los personajes se van a cenar a un buen restaurante, cena tú también por todo lo alto mientras lees, porque la lectura durará lo que la cena. Otra cosa es que en ella se cuenten cosas de modo que la historia de casi un siglo se conozca en unas pocas escenas en las que, eso sí, los participantes hacen alardes de memoria.
Dividir la historia en intervalos temporales de un cuarto de siglo golpea con fuerza al lector: quien hoy es adulto mañana es un anciano moribundo. Y quien hoy es joven mañana es un adulto con toda la vida hecha, y el anterior anciano moribundo es ya alguien olvidado cuyos últimos rastros desaparecen ante los ojos del lector. Produce cierto vértigo, sobre todo, supongo, en los lectores que ya tenemos más años por detrás que por delante. La sensación de que nuestra propia vida es efímera y, a la vez, menos importante de lo que nos parece, es intensa. Digo yo que a sus 74 años es un tema al que Bernardo Atxaga ya ha dado vueltas para intentar aceptarlo. Este libro podría ser una de ellas.
La escritura es de una gran calidad, y el humor está presente en segundo plano con una constancia y uniformidad tal que llega pasar inadvertido, pues el lector se acostumbra a la principal forma en que se manifiesta: la descalabrada clarividencia del narrador, a cuyas entendederas lo mismo no llega información crucial que la entorpecen datos absurdos e inútiles. Pero hay más: los personajes no tienen ángeles de la guarda, sino ángeles (caídos) que parecen comerciales de su jefe, Luzbel: ni se plantean hacer caer a la gente en la tentación porque todos los personajes humanos va tan a lo suyo que son clientes fijos, por eso la función de los angelitos demoniacos es, más bien, apresurar los días de la ya condenada clientela. Hasta en ese negocio la rotación es importante. Otro rasgo de humor es el modo en que los demonios hablan de sus opuestos. Como todo el mundo se tiene en buena estima a sí mismo, hasta los diablos, todos, también ellos, tienen mala opinión del contrario: por eso se refieren a Dios como «el Tirano», entre otras alusiones del mismo tenor.
Bernardo Atxaga logra, con pericia y sin que se note, crear y resolver atractivas dudas al lector. Primero, despierta la curiosidad por Urtain, una vieja celebridad a quien ya casi nadie recuerda; segundo, por saber la razón de la actitud de algunos personajes hacia el boxeador fallecido; tercero, por averiguar qué se traía entre manos uno de esos personajes y si su muerte un cuarto de siglo después fue o no lo que parecía; y, cuarto, por enmarañar y desenmarañar ciertas relaciones sexuales y emocionales.
Un gran libro que combina con sabiduría, desde un escenario local, misterio, humor, un punto de sexo sugerido y reflexiones sobre lo fugaz de la vida y la dificultad de racionalizar su sentido.

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