En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

jueves, 14 de julio de 2016

Sobre el derecho moral del autor



En los medios de comunicación la expresión «derechos de propiedad intelectual» se utiliza como equivalente a «derecho de cobro». Que el beneficio derivado del trabajo llegue a quien lo realizó es básico para el progreso cultural y científico, además de justo.

Pero la propiedad intelectual es un conjunto de derechos entre los que, además de los económicos, figuran otros como el derecho moral que corresponde a quien ha creado o participado en alguna creación; es la suma del derecho a la «paternidad» y a la «integridad». O, dicho de otra manera, la esencia del derecho moral del autor es el respeto al vínculo emocional que une al autor con el resultado de su trabajo. Vínculo atacado cuando no es reconocido o cuando otra persona modifica la obra, sea poniendo patas arriba una novela de dos mil páginas, un verso, un pequeño detalle en un cuadro, un título, una imagen... El derecho moral recae sobre aquello que -fruto de esa amalgama de inteligencia, experiencia y sensibilidad que llamamos intelecto- alguien ha alumbrado da igual si a cambio de un precio o no. Por ser un vínculo afectivo, en todas las legislaciones es un derecho irrenunciable e inalienable. La magnitud del daño que se hace al vulnerarlo depende de la intensidad del vínculo emocional del autor con su obra.

Por eso unas veces un plagio es un drama y otras solo un «hurto» indemnizable. Por eso, también, asuntos más sutiles pueden producir un daño irreparable. Una coma, cuatro palabras o un trazo pueden transformar lo sublime en ridículo o lo emotivo en comedia a ojos de quien lo ideó y, más frecuentemente, de todo el mundo. El daño suele ser intenso y casi siempre imposible de olvidar. Conozco casos. A veces hay voluntad de transgredir, como en el plagio; otras, prepotencia o simple desprecio al trabajo y a los sentimientos ajenos.

El titular del derecho moral acepta el riesgo de sufrir cambios en su obra cuando, por ejemplo, permite una adaptación, una traducción o actúa como colaborador entregando lo que, de ser aceptado, pasa a integrarse en una obra ajena; pero quien utiliza su trabajo se deslegitima si todo lo maneja como salido de sus entendederas sin dar explicaciones a quien ya no tiene otro remedio que esperar en silencio a ver si su creación vive según deseó o se desvirtúa. La misma deslegitimación se produce cuando se niega al autor el reconocimiento que merece, poco o mucho, o la posibilidad de conocer la suerte de lo que hizo. Pero en casi todas estas ocasiones el derecho moral sirve de poco: no hay manera de hacerlo valer; simplemente, la otra persona no ha estado a la altura.

He pensado en esto tras releer una entrevista a Marsé publicada hace unos meses. Los autores son las víctimas más débiles del constante asalto a los derechos propiedad intelectual de contenido económico, el célebre «pirateo», pero son los únicos que pisotean los derechos morales de otros autores, porque solo alguien que se presenta como autor puede modificar lo hecho por otro o hasta apropiárselo.

Mi objetivo al escribir está lejos de vender (aunque procuro hacerlo, lógicamente) u obtener notoriedad; por eso he llegado a sacrificar mi «tiempo escritor» en trabajos que en nada me beneficiaban en tales aspectos; por eso, también, puedo escribir una novela sabiendo de antemano que no se la voy a dar a leer a nadie; y por cosas como estas el derecho moral, el vínculo emocional con lo que hago, es para mí el más importante de cuantos conforman la propiedad intelectual. Pero creo que soy un rara avis.




lunes, 11 de julio de 2016

El procurador de Judea - Anatole France



       Tras pasar casi toda la vida desterrado como consecuencia de un comportamiento indecoroso, Ælio Lamia, ya en la senectud, se encuentra en la costa de Campania atraído por sus bondades terapéuticas. Mientras da un paseo coincide con alguien todavía más viejo: Poncio Pilatos, a quien conoció en Judea cuanto éste era procurador.

        Recuerdan viejos tiempos, que nunca fueron mejores porque Pilatos mira al pasado con decepción, incluso con amargura, tras dejar atrás una vida cuya huella no es la que él hubiera deseado ni cree merecer: las zancadillas de su superior ante Roma, la incomprensión e intereses ocultos de los judíos paralizando actuaciones suyas, como la construcción de un acueducto... Los problemas de un procurador que, afirma, intentó actuar con honradez y justicia. Precisamente ese propósito hacen de este relato un canto al escepticismo: podemos creer y creernos lo que queramos y aspirar a cualquier cosa, que ya se encargará la vida de pasarnos por encima; nunca llegamos a conocer ni a entender la verdadera realidad; solo, con los años, comprendemos que lo que siempre tomamos por realidad irrebatible era solo una percepción, la nuestra, diferente e incluso opuesta a la de los demás, a su vez tan engañados como nosotros mismos.

        Por eso la versión de Pilatos no coincide, se deja caer, con la de otros. Es entonces cuando Ælio, en un intento por alegrar la conversación, recuerda a una mujer hermosa que bailaba con voluptuosidad. Al preguntarse qué habrá sido de ella, recuerda que la mujer se enroló entre los seguidores de un tal Jesús en Nazareo. Cuando le pregunta a Pilatos si recuerda algo del tema, éste, que hasta ese momento había estado absorto en recapitular la lista de agravios que consideraba haber sufrido, se muestra sorprendido: no recuerda nada del asunto, no sabe de qué le está hablando su amigo.

          Prólogo de Ignacio Martínez de Pisón para un texto rescatado años atrás nada menos que por Leonardo Sciascia, autor del posfacio. Un brevísimo y magnífico relato que se lee en poco tiempo pero que invita a una profunda y larga reflexión. Cómo el egocentrismo unas veces y otras la rutina de lo que creemos ser nos hacen vivir engañándonos, hasta que la vida pasa y todas las aspiraciones y hechos se han diluido en la nada, momento en el cual comprendemos que no hemos sabido nada de ella, que nunca lo sabremos, y que moriremos con la tristeza o la angustia de no haber entendido nada.  


         Segunda vez que he leído este relato (la primera fue a comienzos del 2011) cuya primera edición, en 1891, fue de 430 ejemplares.

Anatole France (1844-1924)


lunes, 4 de julio de 2016

El secreto de la modelo extraviada - Eduardo Mendoza



1978, 1982, 2001, 2012 y 2015 son los años de publicación de las novelas del «detective loco». Una distribución que indica que Eduardo Mendoza escribe lo que le apetece cuando le apetece, aunque creo que con el segundo (El laberinto de las aceitunas) trató de aprovechar el éxito del primero (El misterio de la cripta embrujada), el cual es el mejor de la saga tras La aventura del tocador de señoras; y creo también que El enredo de la bolsa y la vida es un libro no sé si de trámite, pero sí algo triste por cómo el paso del tiempo para Barcelona y los personajes ha acabado con el mundo que tantos lectores disfrutamos en las otras tres novelas, y quizá de ahí que El secreto de la modelo extraviada cambie de enfoque y tenga una personalidad diferente a las otras cuatro.

Cambia sin renunciar que el tiempo haya pasado para todos, porque basta el mordisco de un perro para que el protagonista rememore, durante más de la mitad del libro, una «aventura» de treinta años atrás, lo que lo devuelve a la frescura de la juventud y a la Barcelona preolímpica. Cambia también porque cuando se vuelve al tiempo actual se abandona el aire de fracaso y decrepitud que hacía del Enredo de la bolsa y la vida una novela algo triste; en cambio en El secreto de la modelo extraviada la secuencia pasado-presente logra un contraste temporal mucho más ágil y divertido que en El enredo de la bolsa y la vida, la cual se publicó once años después de su antecesora y la evolución daba más para compadecerse de los personajes que para sorprenderse. Cambia el humor respecto a las mejores novelas de la saga, porque es menos delirante, más centrado en el gag, con numerosas concesiones al absurdo que no pretenden caracterizar personajes concretos, sino que son un fin en sí mismas, aunque Mendoza no abandona algunos recursos habituales como la reiteración de coletillas (el «cocina riojana» o «yo no soy gay») y ciertas notas que lindan con la escatología porque el protagonista lo requiere (como todas las que aluden al papeo que debe repartir y no acaba nunca de entregar). Cambia porque así como en La aventura del tocador de señoras la mezcla de intriga y humor es magistral, en El secreto de la modelo extraviada la intriga gana peso (que no complejidad) y el humor más bien la rodea. Una novela superior a su inmediata antecesora, pero se diría que Mendoza no ha intentado sorprender con nada nuevo, sino ofrecer lo que sus lectores esperan, con talento y buen hacer, pero sin intentar superarse. Da la impresión de que ha trabajado más la trama, la organización de las cosas para que todo discurra sin prisa pero sin pausa (es ejemplar el modo en que las cosas se suceden), que los detalles humorísticos. El resultado es una novela que se lee rápido y bien, en la que se desea avanzar sin llegar a percibir los burdos trucos de «modo de trabajo best seller».

Se lee fácil, digo, pese a lo redicho no solo del protagonista, sino de casi todos los personajes. El lenguaje elaborado y algo arcaico, que forma parte del humor tanto como la historia, pasa de ser un elemento caracterizador del protagonista-narrador a filtrarse de tal modo en todos los intervinientes que la novela gana en originalidad, pero el protagonista resalta menos al perder contraste con el resto del «reparto». La intriga atrapa, aunque lo que más lo hace es el cariño que se siente hacia el protagonista. Mendoza escribe de maravilla, pero aunque lo hiciera mal uno lee para estar con el personaje más que para saber qué le ocurre. Qué merito haber logrado algo así.

Leed todas las novelas de la serie. Comparadas con algunas cosas que dicen que son humor, estamos hablando de libros maravillosos. 






jueves, 23 de junio de 2016

La Vía Láctea - Louise Dupré



Conocí esta novela gracias a su traductora, Marina Lomar, y como además de saberla entusiasmada con su trabajo sabía que no iba a dedicar su tiempo a una mala obra, la compré y leí sin dudar.

La Vía Láctea es «pensamiento» porque en sus páginas, como si nos metiéramos en cerebro ajeno, leemos las reflexiones de la protagonista, una arquitecta canadiense de mediana edad. Pero aunque todo pensamiento tiene algo caótico y a veces contradictorio por cómo la mezcla de deseos y temores zarandea las ideas y dificulta la racionalidad, está escrito con maestría y el aparente desorden no impide al lector seguir sin dificultad la historia, simple en su planteamiento y compleja en su resultado, a lo cual ayuda lo reducido de los capítulos, de dos o tres páginas cada uno, como fogonazos de ideas y sensaciones y, también, el modo en que ese pensamiento se apoya en imágenes dibujadas con un vocabulario rico y conciso. Literatura de calidad.

Anne Martin, la protagonista, ha conocido un hombre italiano en Túnez, Alessandro, durante un evento profesional. Entre ellos hay diferencias de edad y pasado, pero algo,  quizá  ver una pequeña arruga en la comisura en los labios al sonreír, como se dice al final, los atrae; y es a distancia como comienzan una relación que los llevará a reunirse en Montreal durante unas navidades, a separarse de nuevo cuando él debe regresar a Italia, y a planificar un reencuentro, ya duradero, en Roma. ¿Casualidad que el final feliz o no se vincule a la «ciudad eterna», como si se quisiera decir que todo, lo bueno y lo malo que llevamos dentro, está destinado a perdurar, a ser tan «eterno» como nosotros? ¿Casualidad que la acción transcurra en un Canadá frío y gris que ayuda a percibir la soledad a que enseguida me referiré, y el «sueño» se encuentre en un territorio cálido y luminoso, que unas veces es la Roma donde vive Alessandro y otras Cartago, donde hace excavaciones?

Louise Dupré
La historia, contada en tono intimista porque el pensamiento es íntimo, parece de amor, pero lo es de soledad. De ahí el tono como de constante pérdida, de tristeza por lo que se fue o no ha llegado o, peor aún, no se ha llegado a entender, o por no saber lo que se desea o cómo alcanzarlo. Tono de pérdida, digo, porque está contado en ese momento en que la vida parece haber perdido el sentido que la juventud da por descontado, esa edad tan propicia para las huídas hacia delante que suelen acabar, diez o veinte años después, en el sitio de partida, con casi toda la vida ya por detrás y eludiendo la sensación de derrota.

Historia de soledad y no de amor, porque soledad es que una mujer se tope con un hombre que vive en otro continente y se moleste en conocerlo a distancia, en buscarlo al otro lado de un ordenador y, sobre todo, en su propio pensamiento. Historia de soledad porque la esperanza de estar con él se parece demasiado al consuelo por una existencia en la que Anne no encaja. Porque su día a día  está cuajado de soledad para ella inexplicable y, por tanto, inatacable: la sonrisa de la mujer que vio suicidarse lanzándose al vacío (¿estaba loca o era la más cuerda de todos?), la sobrina de esta mujer, a la vez independiente para buscar consuelo en su creatividad y dependiente de Anne, en quien busca compañía; soledad en el recuerdo de la separación de sus padres debido a que la doble vida de él borró el suelo firme de la familia y el amor, la forma en que Anne no lo ha perdonado ni acaba de entender que su madre no se rebele, y más cuando se ha hecho cargo de la cuñada aquejada de una demencia sobrevenida, inexplicable  y aterradora, cuyo recuerdo sitúa a Anne ante la pregunta sin respuesta del sentido de la vida; soledad, también, en las relaciones laborales cordiales pero que no pueden pasar de ahí y en lo emocional son solo una sucesión de parches... Soledad en todas partes, porque está en los ojos de Anne.

                Por eso Anne no se ha  enamorado de Alessandro, creo yo, ni tampoco del amor. Se ha enamorado de la seguridad, de la certeza del no estar sola en un mundo que le da miedo, que le produce la impresión de que la va a superar si no tiene a nadie en quien apoyarse; se ha enamorado no de un hombre, sino de sentirse acompañada para no tener que mirar de frente a una vida cuyo sentido no entiende. Se ha enamorado de dejar que alguien la abrace ya que no la abraza la vida. Y, sin embargo, a quien admira es a su madre, que ha sabido asumir la soledad y encontrarse a sí misma en ella. La admira, digo, aunque a veces se siente exasperada por no entender cómo su madre no siente las mismas necesidades e impulsos. Anne actúa así quizá porque no sabe lo que quiere, o quizá porque nada la ilusiona lo suficiente, o porque vivir sola la enfrenta al vacío de los domicilios de solteros y separados cuando se alcanza cierta edad. Se ha «enamorado» para no estar sola. Y si las cosas con Alessandro van bien es porque ambos se limitan a satisfacer la necesidad de compañía del otro, aunque sea a distancia la mayor parte del tiempo, y no ambicionan más. Un amor perruno, genuinamente perruno, en el que ninguno de los dos hace nada por el otro excepto estar ahí; no hay ninguna ilusión por hacer mejor la vida del otro, por ayudarle en nada, y sí mucho temor al abandono, al no encajar, a no encontrar sitio si no se vencen los recuerdos de una vida en la que no se estuvo, porque aunque siempre se dice que el futuro está en nuestras manos, la única certeza es el pasado y ni podemos cambiarlo ni prescindir de su impronta. Amor perruno, digo, que se vislumbra a cada instante a través de la estática figura de Alessandro: Anne siente una confortable seguridad cuando lo ve fumando su pipa sentado en el sillón, menea la cola cuando él la acaricia abrazándola o haciéndole el amor, y gime asustada cuando teme, al pensar en el pasado, que el «amo» a quien se ha entregado la abandone. Pero ni ella ni Alessandro hacen nada más que estar. No construyen nada juntos, ninguno hace propios los sueños del otro ni tienen un objetivo común más allá del estar. Su historia de amor es la historia de dos soledades juntas que se miran la una a la otra para evitar mirar hacia sí mismos.

La Vía Láctea sería solo la historia de dos personas maduras que, huyendo de sí mismas, se buscan y se encuentran no por lo que han hecho, ansían, valen o merecen, sino por miedo a la soledad; sería solo esto si su autora no diera una vuelta de tuerca en la última parte de la novela. En ella Anne proyecta irse a vivir durante un año a Roma. Si lo hace o no, parece condicionar el final feliz o desgraciado de la novela, y aunque no voy a desentrañar qué ocurre, sí digo que ese planteamiento es el modo en que la autora muestra cómo la solución del miedo a la soledad no está en lo que hacemos ni en si alguien nos acompaña o no, sino en lo que soñamos. Que lo importante no es hacer, sino soñar. Así es como escapamos de nosotros mismos. Por eso Anne ha encontrado el sentido de su vida en un hombre al que apenas ve y que la mayor parte del tiempo no es más que un anhelo. Por eso la historia se detiene con ella en Canadá y Alessandro en Italia ¿Vivirán juntos en Roma? ¿No lo harán? Léelo y lo sabrás. Léelo y sabrás que quizá sea mejor ignorarlo. Si alguna duda queda sobre esta interpretación, la frase que cierra el libro la aclara.

         La Vía Láctea. Una invitación a perder el miedo a todo, porque la única solución es soñar.


                 

lunes, 20 de junio de 2016

Contra Juan José Millás



     En contra, solo en apariencia. Si lo he interpretado bien, a favor.

     Juan José Millás, a quien leo y admiro, publicó el viernes una columna cuyo contenido me permito resumir así: quien se hace famoso sea por cocinero, delincuente, astronauta o bruto, acaba publicando un libro. Los escritores, en cambio, no pueden hacer el camino inverso. Visto el número de firmas en las ferias del libro de unos y otros, al escritor le dan ganas de dedicarse a otros menesteres; pero es escritor, y seguirá siéndolo incluso perdido en medio de ese circo.

     Aunque para circo, el de los escritores, pseudoescritores y aspirantes a serlo que han compartido el artículo en las redes, alborozados porque uno de los grandes haya puesto voz y altavoz a tamaño intrusismo, a esa suerte de competencia desleal, a esa conjunción planetaria, una más, que les impide ser «best sellers» y recibir su merecida gloria en la prensa nacional. Conocí el artículo gracias al impaciente que en lugar de compartirlo mediante su enlace, lo fotografió en el periódico para difundirlo de inmediato.

     Se le podría replicar a Millás que, contrariamente a lo que afirma, son legión los escritores que practican todo intrusismo al calor de su mucha o poca fama literaria. Sin red, saltan de la novela (buena o mala) a pontificar sobre política internacional, económica o educativa sin saber nada sobre estos temas, y se quedan tan panchos; o se meten a tertulianos -incluso sin cobrar si no tienen nombre suficiente-, solo para adquirir otra fama, «extraliteraria», que poner al servicio de sus libros en el mejor de los casos o, en el peor, porque su verdadero objetivo es solo ser famoso, que en estos tiempos es una profesión; y son infinitos los que consideran que su cenit «literario» es ser llevado al cine o a la televisión. A ninguno se le ocurre que desplazan a guionistas, economistas, analistas, periodistas… Y, también contrariamente a lo que dice Millás, hay muchos escritores que acceden a la política en puestos notables; me vienen a la cabeza alguna escritora devenida primero articulista, luego tertuliana televisiva y, finalmente, diputada, y algunos exministros y directores generales nacionales y autonómicos. Se le podría replicar eso. Pero cada cual tiene derecho a intentar hacer con su vida lo que buenamente pueda, y además no es esta la cuestión.

     Tampoco lo es recordar la evidencia de que el libro, como la televisión, es solo un formato que da soporte a un batiburrillo de expresiones: poesía, soflamas, desarrollos matemáticos, historia, ficción, recetas de pollo al chilindrón, guías de restaurantes, consejos para ser feliz, trucos de cartas... Todo se vende en librerías y en ferias que suelen ser del libro, y no de literatura.

     Sí va en la línea de la literalidad de su artículo algo que, por afectarme, en ocasiones he dicho: junto a la literatura (de humor, especificaba yo) se incluyen libros completamente ajenos a ella. Un problema en muchos géneros, pero no achacable a la celebridad televisiva que recopila sus gracias o al médico que acumula anécdotas hospitalarias, sino a quienes venden libros, pues ser prolijo al clasificar aturde al lector. Resultado: a saber qué puede acabar en la misma lista que un recetario de las monjas benedictinas.

     También podría recordar a Millás que las grandes editoriales, para serlo y ofrecer sus ventajas a autores consagrados como él, necesitan grandes números, y un millar de libros de un gran escritor suponen menos ingresos que diez mil del último botarate autodegradado en un plató..

     Se podrían contestar muchas cosas a Millás, pero el problema no es el que apuntan sus letras, sino el que asoma entre sus líneas: Que se vende menos literatura.

     En las palabras de Millás no percibo la envidia que dice temer que le achaquen, sino frustración. Y no porque el pequeño Nicolás de turno se encarame a lo alto de una lista de ventas, sino porque cada vez se vende menos literatura. Y menos literatura buena. Tiradas más pequeñas y autores, grandes autores, arrinconados. No creo que Millás se queje de que vende menos que Belén Esteban. Creo que se queja de que vende menos que antes. Y como él, casi todos los buenos escritores. Si a su lado un indocumentado se hincha de firmar libros y acaba desplazándolo de los expositores de las librerías, a ver quién en su pellejo no acaba o enojado o deprimido.

     La lectura, que para casi todos los lectores es una forma de ocupar el ocio, se enfrenta desde hace años a una competencia creciente y con un poderío económico espeluznante. Se da el caso, incluso, de que los grandes grupos de comunicación se hacen la competencia a sí mismos en un intento de ocupar la mayor parte posible del mercado, y las áreas que priman, las más rentables, acaban hundiendo al resto.

     La cultura, la historia lo demuestra, puede avanzar y retroceder. Muchos de los antiguos lectores de Millás, Marsé, Vargas Llosa y tantos otros hoy «no tienen tiempo» para volver a ellos porque están en el sofá viendo Salvados o Master Chef, o porque no sé dónde han abierto un restaurante yemení, o porque les dan las tantas colgando consejos en las redes sociales. Y no olvidemos que, además, cada semana hay dos partidos del año.

     Para la literatura, que durante siglos fue uno de las principales maneras de ocupar el ocio, además de una de las más enriquecedoras, es difícil, quizá imposible, competir en grandes números con opciones que colocan ante tu nariz satisfacciones inmediatas y primarias. Y más para la literatura de calidad, que requiere lectores capaces de disfrutarla. Pero los escritores, los verdaderos, los que, como dice Millás, tras escribir un libro comienzan a pensar en el siguiente, los que no tienen por objetivo la fama y consideran las ventas un medio y no un fin, solo tienen una alternativa: seguir escribiendo lo mejor que saben.

     Porque en este océano de banalidad la literatura de calidad llega cada vez a menos personas y, precisamente por eso, su importancia es todavía mayor. La literatura, nada menos, a la que tengo por el arte capaz de expresar las ideas más complejas y profundas.

     A ver si mañana me compro el último libro de Juan José Millás, cuyo título, «Desde la sombra», bien podría aludir al modo en que los buenos escritores lo siguen siendo.




jueves, 9 de junio de 2016

Sobre la escritura



SOBRE LA ESCRITURA

Desde que a los siete u ocho años cogí la máquina de escribir de mi padre para redactar historias en hojitas de papel cuadriculado y soñar con que los demás soñaran con ellas, sé que muchos escritores miden su éxito o su fracaso en términos comerciales. Pero a pesar de aquellos sueños de niño, me cuesta ponerme en su lugar, como entenderá quien sepa que mi mejor libro (o al menos el que yo tengo por tal) lo escribí solo para mí y no ha de ver la luz.

            Pero sea el objetivo comercial, o personal y literario, el aprendizaje es largo y exigente. Y en su suerte juegan un papel relevante, a veces decisivo, quienes te rodean.

            Hay un tipo de adulación inevitable y que solo busca la comodidad en el día a día. La de los amigos y la familia. Te leen, opinan por afecto e, invariablemente, para tenerte contento o hacerse querer concluyen que lo haces muy bien. Ánimo, sigue así. Eres un tío grande. Pero esta noche no te pondrás a escribir, ¿verdad?, o no podremos salir a cenar.

            Ánimos que estimulan pero que no señalan ni allanan caminos. Es la reflexión crítica la que te hace mejorar. La crítica que piensa, la que percibe fallos porque es capaz de encontrar soluciones. La que intenta anticiparse a tus errores porque te conoce. Es como más rápido y con mayor calidad se avanza en lo literario, en lo comercial y en todo: que alguien con capacidad se moleste en conocerte y en analizar lo que haces y te critique, advierta o sugiera, es un privilegio que pocos tienen y menos saben valorar.

            Yo he tenido escasos aduladores espontáneos porque o no me han encontrado o soy poco rentable para ellos. Y he tenido suerte con la familia y los amigos: no los mareo dándoles a leer nada, pero cuando me han pedido un escrito nadie ha querido verme por debajo del nivel que creen que puedo alcanzar: cuando algo no les ha gustado, me lo han dicho de forma descarnada; e incluso han torcido el gesto si, gustándoles, pensaban que lo podía hacer mejor; pero el mundillo literario no les interesa más que como lectores. Sus opiniones empiezan y acaban en lo que leen y, como a cualquiera cuando otro le habla de aficiones desconocidas, difícilmente pueden adoptar una visión en perspectiva. Ahora ya no, pero hace tiempo solía conversar sobre mis inquietudes con personas con similares aficiones, lo cual siempre enriquece, pero, salvo que mi mala memoria me haga ser injusto, recuerdo más opiniones improvisadas al hilo de conversaciones que críticas trabajadas en profundidad, y tampoco era frecuente que alguien soliera anticiparse para hacerme sugerencias y evitarme errores o rumbos equivocados. Hace falta mucho interés para acometer ese trabajo, y además no soy fácil: no busco y encuentro argumentos para disfrazar impulsos, como tanta gente, sino que sigo el orden lógico; mis decisiones suelen ser fruto de la reflexión y por eso suelo exponer mis razones con una vehemencia que a menudo parece resistencia, porque si algo debe acabar con ellas, debe ser capaz de vencerlas en el debate. En lo literario, a diferencia de en lo profesional, no he encontrado a nadie que haga conmigo algo tan duro e ingrato como ejercer de abogado del diablo, aunque yo sí lo he sido de otros, y también así he aprendido.

            Por todo lo que he dicho, casi todo lo que sé lo debo a lo que he observado en muchos, a lo que he ayudado a unos pocos y, sobre todo, a mis numerosos errores.

Algo he aprendido. Ahora, donde al principio miraba con curiosidad y voluntad de aprendizaje, pronto distingo la estrategia del vencedor y la del perdedor, y raras veces me equivoco; lo sé porque aunque se precisan años para confirmar las impresiones, ya han pasado unos cuantos. Mejoran y prosperan quienes hacen ciertas cosas, y fracasan quienes hacen otras. Pero si la fórmula mágica no existe es porque saber lo que hay que hacer no implica saber hacerlo.

Saber qué es solo el primer paso para aprender cómo. Cuando crees saber algo hay que seguir observando, reflexionando, escribiendo, equivocándote y aprendiendo. Y hacerlo bajo el riesgo de haberte confundido con el qué, y sabiendo que puedes no encontrar el cómo. Sé poco, pero sé que sabiendo el qué, no hay dos cómos iguales, y cada cual debe encontrar el suyo, si es capaz.

Encontrarlo requiere tesón, paciencia y asumir riesgos no para alcanzar el objetivo final, sino los intermedios. Esos que ninguna gloria dan.

Para saber cómo funcionan algunas cosas y compararme conmigo mismo, me han venido muy bien novelitas y  relatos que considero solo «entrenamientos» o intentos fallidos, y a los que he podido sacrificar en ebook, bajo pseudónimo, en procesos de prueba y error. Dicho así suena fácil o al menos cómodo, ¿verdad? Pero también estas obras han requerido una cantidad ingente de trabajo y esfuerzo. Todas surgieron por o para algo. Y tras cada una hay alegrías y decepciones. Sacrificarlas y al hacerlo enterrar tanto trabajo no es otra cosa que la dureza del camino.

Intento escribir al revés de quienes lo hacen en los momentos felices de publicación, adulación, presentaciones y entrevistas y en cambio en los de plomo cierran el ordenador y se van de parranda, porque el día a día de un escritor suele ser de plomo y el oro es escaso y efímero. Prefiero  escribir desde la serenidad de sentirme nada que desde la euforia de creerme todo, tan cercana a la ceguera. Cuando no lo he hecho así, qué vergüenza he pasado tiempo después al releer.

            Mis errores, mis maestros, me pasan facturas que a veces me dejan exhausto: novelas enteras mal orientadas, escritas como si al talento y a la inspiración pudiera sustituirlos el entusiasmo en lugar del esfuerzo. Docenas de historias comenzadas e inconclusas. Cada una, un camino cortado. Marcha atrás con la experiencia y el cansancio del trayecto recorrido, y vuelta a empezar en otra historia, en otro mundo. Miles de horas de trabajo del que no puedes recordar nada de lo que sentirte orgulloso, miles de horas de mirar una pantalla en la que puede haber cualquier cosa mientras buscas en tu cabeza no sabes qué, pero tras las cuales un día alumbras algo que sabes bueno. Y si en esas escasas ocasiones lo sacrificas todo y dedicas tu tiempo a trabajar, escribes unas páginas hermosas que si eres capaz de limpiar y pulir darán sentido a años de esfuerzo. Muchos se miran sin pudor en el espejo de escritores célebres para justificar lo mismo la autoedición como por qué su talento no debe medirse por las ventas, pero nadie dice que a menudo la celebridad procede de solo un puñado de páginas fruto de una vida de renuncias y trabajo entregado y, de no ser por ellas, estéril. Solo trabajando y estando alerta para ver dentro y fuera de nosotros mismos podremos comprender, aprender y alcanzar nuestro límite.

            No es sencillo. Y aún lográndolo, si no nos contentamos con escribir para nosotros, más nos vale trabajar también la humildad, saber que nuestro límite estará más cercano a la cumbre de una colina desconocida que a la del Everest; también será el momento de recordar que para escribir bien hace falta ser buen escritor, y para vender mucho, un buen vendedor. Y como todo en la vida es circular, termino donde he empezado: hay vendedores que se meten a escritores. Pero este texto no va dirigido a ellos.
           
           
           

            

martes, 7 de junio de 2016

Primer balance



  
Un año después de su publicación en Mira Editores, La sota de bastos jugando al béisbol apareció en ebook.  Pocos días antes La terrible historia de los vibradores asesinos comenzó su despegue en Amazon en ese mismo formato, tras cuatro años y medio en papel. Despegue al que sigo sin encontrar otra explicación que el boca a boca.

El objetivo realista que me había planteado para los primeros doce meses de los vibradores se había cumplido sin alharacas, pero el objetivo ambicioso quedó lejos. El mismo objetivo realista volví a fijar para los doce meses siguientes, pero ya para las dos novelas.

En este segundo año en ebook, que comenzó en noviembre, La terrible historia de los vibradores asesinos, lo vengo repitiendo, superó con creces su objetivo anual en apenas unas semanas, y va camino de superar el ambicioso, que me parecía una locura. Pero escribo esto porque su buena marcha no debe ocultar que La sota de bastos jugando al béisbol también está teniendo un comportamiento excelente en ebook. Su objetivo para los doce primeros meses lo ha alcanzado en solo siete. Fue el jueves. Un día antes de reencontrarme con ella en papel en la Feria del Libro de Zaragoza. Siete meses instalada en el top 100 de humor y entrando y saliendo del top 100  de novela negra, junto a pequeños logros en los top 100 de humor en español quizá no muy llamativos, pero negados para casi todos los libros: nº 2 en el Reino Unido y en Italia, donde fue nº 1 en intriga; y, aunque con unas ventas renacuajas, nº 1 en Canadá.


¿Qué queréis que os diga? El primer libro es especial. Pero este segundo tuvo un embarazo largo y complicado y un parto doloroso. Pero ahí está Ajonio con la exmulata, su amigo el Pulgas, el cura prófugo, los exmonaguillos, el cadáver, el sacristán secreto, el diputado, el concejal, los millones de euros, los archivos secretos, los viajes a Madrid, al Pirineo… No hacen falta vibradores asesinos para que los lectores sigan divirtiéndose con sus correrías.


Gracias a todos.


jueves, 2 de junio de 2016

Antes de seguir...



Antes de seguir con la normalidad en el blog, tras algo que os contaré este fin de semana, un poquito de información para los lectores de Zaragoza.

viernes, 27 de mayo de 2016

Un lustroso lustro



  
            Dice Ajonio que disculpéis. Que ha intentado preparar las velitas como le había pedido, pero que solo ha podido robar cuatro y que la quinta la ha tenido que fabricar él mismo con los materiales que tenía a mano en su «sex hop» (así, sin ese).

                  En fin... No sé qué vais a pensar de nosotros.

            ¿Por qué velitas? Porque ayer hizo cinco años que Ajonio Trepileto llegó a las librerías. Aunque el primer lugar donde lo vi expuesto no fue en una de ellas, sino en una caseta de la Feria del Libro de Huesca. Hacía sol, y tras toda la vida leyendo y viviendo las historias narradas por otros, no acertaba a creerme que por una vez los papeles se habían invertido. Era una sensación extraña y hermosa.

            Han sucedido muchas cosas desde entonces, buenas y malas, y La terrible historia de losvibradores asesinos ha tenido muchos lectores. Algunos eminentes, que me da pudor citar. Pero aunque su renombre me halague el ego y ponga las cosas fáciles a mi chuchurrida memoria, a quienes recuerdo constantemente es a los lectores, cada vez más y casi todos anónimos, que cinco años después están permitiendo que Ajonio Trepileto, pese a lo lamentable de su modo de vida, siga correteando por estos mundos. Gracias a ellos, a muchos de vosotros, cada día Ajonio renace y vuelve a apañarse, a su manera, con la ciclópea y cariñosa Claudita, se vuelve loco  por Zoé o por Danuta, persigue su libertad localizando vibradores defectuosos en su primera historia o se las ve con amantes del dinero y curas prófugos en la segunda, y también cada día la suerte de su asendereado pellejo vuelve a depender de su peculiar  inteligencia y de su nulo sentido del ridículo. Y todo para lograr algo tan difícil como vivir en paz cuando nadie te respeta.

          Hoy la edición en ebook de La terrible historia de los vibradores asesinos ha amanecido en el puesto sexto en España, en Amazon, en humor, por delante de un éxito del género publicado hace un mes y medio por el grupo editorial más potente, y cerrando el primer tercio del disputadísimo top de novela negra, junto a la nueva obra de uno de los autores «negros» consagrados. Hace cinco años que está en papel, y año y medio en ebook. En este formato, tras un primer año de darse poco a poco a conocer a los lectores que lo usan, en los últimos siete meses ha sido nº 1 de humor en español en cuatro países, nº 2 en otro más, y ha estado entre los cinco primeros en otros dos. De forma recurrente. Sin promoción. Boca a boca. No sé qué decir, salvo gracias a todos.

La semana que viene, casi como hace cinco años al día siguiente de la de Huesca, estaré en la Feria del Libro de Zaragoza firmando ejemplares de La terrible historia de los vibradores asesinos y de La sota debastos jugando al béisbol, que también ha alcanzado algún puesto destacado y que en sus primeros seis meses de vida en ebook (y ya año y medio en papel) se está comportando aún mejor que su antecesora en ese periodo. Será el viernes por la tarde. Una bonita forma de celebrar este cumpleaños.

        A pesar del desaguisado de las velitas, a menudo pienso  que a Ajonio Trepileto le debo muchas más cosas de las que él me debe a mí.




miércoles, 25 de mayo de 2016

Regalar novelas de humor



         Anoche leí una frase sobre regalar libros, y recordé algunas cosas.

Hablando de novelas de humor, esas novelas tan raras en las que cualquier historia y argumento son válidos para sustentar lo importante, el espíritu, cuando alguien te pide que le dediques a otra persona un ejemplar, detrás del obsequio que le va a hacer suele haber más que cariño. Hay una conducta, algo superior al mero gesto que supone un regalo o una dedicatoria.

Diferencio conductas frente a gestos porque sé que las personas que han regalado mis libros a quienes estaban afrontando enfermedades, accidentes, problemas familiares o laborales, lo han hecho no como el gesto de afecto implícito en tantos regalos, que a menudo se agota en sí mismo, sino como un paso dentro de algo más elevado: una conducta, una preocupación activa que comenzó hace tiempo y seguirá después. Ese regalo, sin lectura, no es nada, porque su objetivo no es decir algo con el «gesto».

Lo mismo opino de las personas que regalan novelas de humor a quienes, simplemente, saben disfrutarlas. El cariño sin generosidad a veces está peligrosamente cerca del egoísmo: la mayoría de los libros, como los paraguas, las corbatas, los perfumes o los ramos de flores, se regalan para decir o pedir algo: me acuerdo de ti, te tengo presente, recuérdame. En cambio un libro de humor, ese género tan atípico, es uno de esos presentes en los que apenas se repara hasta que no se comienza su lectura; pero entonces quien en realidad hace el regalo es el lector con su sonrisa y buen humor. Eso es lo que deseó quien no quiso regalar un libro ni un rato de entretenimiento, sino unas horas de alegría.

Casi nada.

  


lunes, 16 de mayo de 2016

Vicios ancestrales - Tom Sharpe



                No hace mucho leía a un escritor defender los chistes sobre personas aquejadas de enfermedades graves. Hubiera pasado por un bárbaro de no haber advertido, simultáneamente, que su primer hijo había muerto de cáncer siendo niño y que él, junto a otros en su misma situación, bromeaban sobre el asunto aunque solo fuera para encontrar una vía para abordarlo.

                Digo esto porque en Vicios ancestrales, publicada por primera vez hace alrededor de treinta años, buena parte de la acción gira en torno a la figura de Willy Coppett, a quien Sharpe siempre se refiere como «enano» o, en los ridículos eufemismos del protagonista, «persona de crecimiento restringido». Sharpe anticipaba ya la situación actual, en la que el humor se ha convertido en una actividad de alto riesgo cuando involucra a quien se siente víctima de algo, como si el humor no fuera, en numerosas ocasiones, un mecanismo de defensa o una forma de comunicación que amortigua diferencias, dudas y miedos. 

         Dicho esto, Vicios ancestrales contiene la esencia de Tom Sharpe: equívocos mayúsculos que desembocan en monumentales enredos y personajes que van desde el pringado al ricacho opulento, despótico y pseudoaristrócatra que aborrece a los más cercanos, el listo y el tonto, el educado y el grosero, el idealista y el utilitarista, el modernillo y el ultraconservador. Y, cómo no, frecuentes alusiones a lo que el sexo puede tener de escandaloso para una mente puritana. En cierta manera repetitivo, pero, a diferencia de otras de sus obras, con una calidad superior. Digamos que las «repetidas» son unas cuantas de sus obras posteriores.

                Lord Petrefact, un anciano cascarrabias y tullido, es la cabeza de una amplia familia que, desde la oscuridad social más absoluta, ha hecho fortuna empresarial allí donde ha ido. Ricos y poderosos, pero discretos. Una suerte de aristócratas sin otro título que el que ostenta Lord Petrefact. Pleno de deprecio hacia los suyos, decide darles un escarmiento encargando una corrosiva biografía familiar a un profesor universitario, Walden Yapp, un hombre criado de modo peculiar que ha devenido en idealista defensor de los derechos de los trabajadores y en víctima y defensor de todo prejucio anticapitalista y a favor de las clases menos pudientes. Animado por la posibilidad de ajustar las cuentas a tamaños exploradores como los Petrefact, Yapp se traslada a la pequeña localidad donde surgió el imperio industrial. Allí se aloja en la vivienda del matrimonio Coppett, formado por una mujer a la que Sharpe califica de «subnormal» (también otro término hoy peligroso) que está casada con un «enano» que en serlo encuentra grandes ventajas y numerosas humillaciones que a sus propios ojos no son tales. El interés del profesor por investigar, el del resto de la familia Petrefact por impedirlo, la ingenuidad de la casera y las circunstancias de su esposo conducen a un hecho que no voy a contar para no despanzurrar uno de los momentos culminantes de la historia, que a partir de ese momento cambia de rumbo al adoptar un objetivo distinto: el interés del libro deja de ser la suerte de la investigación del protagonista y pasa a ser, como en tantas ocasiones, saber si un inocente acabará siendo declarado culpable. Maravillosa la manera en que Sharpe consigue que todas las pruebas apunten al inocente. Al final, como ocurre en otras novelas de Sharpe, los protagonistas se ven tan atrapados en la madeja de problemas que han creado que el protagonismo se desplaza a personajes hasta entonces secundarios, pues no hay otros capaces de hacer algo con el embrollo.

                Como he dicho, una novela que refleja como pocas la escritura de Tom Sharpe. Pero también, y volviendo al principio, que se permite lujos humorísticos que hoy muchos no toleran.


sábado, 7 de mayo de 2016

Un cumpleaños y una ausencia




         Hoy este blog cumple cinco años.

     Nació para compartir las impresiones de mis lecturas, para ordenarlas a través de la clasificación por autores, para contar anécdotas e impresiones al hilo de mis vivencias literarias y, como hacer una web sobre mí me parecía demasiado pretencioso, también para narrar las vicisitudes de mis novelas en un apartadillo, el cual, por cierto, hace tiempo que no he actualizado.

     He dudado de si celebrar este aniversario haciendo una selección de las lecturas del blog, pero a ver quién es el guapo que se atreve a elaborar una lista, y más si apenas lee novedades. En gran medida saldría una «lista macho», y prefiero evitar a quienes utilizan para todo la misma vara de medir independientemente de hechos y circunstancias.

     También podía haber contado las peripecias del blog, los miles de visitantes mensuales que sigue teniendo incluso tras un largo periodo sin apenas entradas, lo cual da idea del valor del fondo acumulado, o podría hablar de sus momentos más intensos, lo especiales que para mí fueron algunos libros y algunas reseñas, o por qué en el último año y pico he podido escribir tan pocas.

     Podría detallar por qué alguna de ellas ha sido la carta de presentación utilizada por quien firmó el libro para enviarlo aquí y allá a la búsqueda de un buen lugar en el mundo literario, porque, me dijo, no sabía explicar mejor que yo su propia obra; podría hablar del aprecio y del desprecio, de las ínfulas de algunos, de la humildad de otros, de la falsa modestia de muchos, del egoísmo y la generosidad, del afán de notoriedad, de cómo el exhibicionismo oculta carencias, de monumentos erigidos a mayor gloria de quien lo erige, de aprendices de escritores que aspiran a ser vendedores, de magníficos vendedores que no saben escribir, de escritores fabulosos que no saben vender, podría contar miserias bochornosas de personas que se creen nobles, o contar que, por respeto a sus autores, no han tenido sitio en este blog un puñado de libros malos; podría contar lo que he disfrutado con muchas novelas, o la increíble historia que hay detrás de alguna de ellas, de obras que pueden cambiar una vida, o de Montalbanos que a pesar de repetirse se ganan tu cariño y tu respeto. Podría hablar de buenos escritores sin confianza que piden consejo a cretinos que escriben redacciones de colegio y se comparan con los clásicos; podría hablar de las amistades interesadas, de que basta una coma para pisotear derechos morales, de reductos y comederos, de quien ayuda y quien vampiriza. De personas buenas y malas. De que el malo se aprovecha del bueno. De que los buenos no son tontos. De que sea el autor santo o canalla, listo o tonto, solo la calidad perdura. De que la calidad es difícil de encontrar. De que adopta muchas formas. O podría haber contado por qué no acepto peticiones para hablar sobre libros concretos, o por qué tampoco me he ofrecido a ninguna editorial para intercambiar adulación por lecturas gratuitas, como tanta gente hace. Podría repetir aquí la frase del encabezado o dar las gracias a quienes dedican su tiempo a leer este blog o mis novelas. También podría haber señalado mis errores y mis muchas omisiones en este mundillo.

     Podría haber hecho muchas cosas, pero he preferido dedicar este pequeño «autohomenaje» a un libro que echo de menos aquí. Lo leí, como otros fabulosos, años antes de comenzar esta andadura, y como esas otras novelas no está aquí porque no tengo memoria suficiente para hacer una reseña que me satisfaga. Hablo de Olvidado Rey Gudú. Y tan olvidado, pese a ser una de las cumbres de nuestro idioma. Como el Quijote, lo leí para festejar uno de los momentos más importantes de mi vida. Pero, a diferencia de él, su huella en mí no es tan nítida porque solo lo he leído una vez. Ojalá me quede por delante tiempo suficiente para volver a hacerlo.

     Me gustaría tener aquí a Olvidado Rey Gudú por la forma en que es superior a la realidad, por cómo demuestra que se puede escapar de la vida «real» a un mundo más duro, más hermoso y todavía más real, por cómo nos dice que no somos lo que hacemos ni lo que perseguimos con nuestros actos, casi siempre mezquinos por interesados, sino lo que imaginamos y soñamos, por cómo leerlo produce la sensación de que la mayoría seres humanos siguen siendo animales que, siempre que pueden, se dedican a entretenerse con la tripa llena, mientras que solo unos pocos son conscientes de su cabeza y en ella encuentran todas las experiencias, felices y dramáticas, y las viven con intensidad. Por cómo Ana María Matute supo escapar de este mundo a otro.

     Esa es la esencia de la literatura y de todo arte. Dar testimonio, denunciar o criticar solo son digestivos para asimilar las dificultades. Pero la esencia del pensamiento es la creación. Carecer de límites. Imaginar. Volar. Construir. Construir todo desde la nada que somos.

     Feliz cumpleaños, bloguito.





jueves, 14 de abril de 2016

La banda de los Sacco - Andrea Camilleri




Camilleri tiene algo que contar, dice la crítica de Babelia citada en la contraportada. Y la idea se repite a cada página mientras se lee La banda de los Sacco. Se repite por mérito del autor, pero también por contraste con la inundación de libros que consideran que entretener es un mérito y no un mínimo.

La banda de los Sacco tiene más de testimonio que de novela. Es la relación ordenada de una serie de hechos, sin descripciones ni valoraciones, de los que al final se dice que se basan en una historia real. La familia Sacco, de origen humilde, prospera en la primera mitad del siglo XX, y, cuando la mafia pretende extorsionarla, no cede al chantaje. Se desencadena la represalia, que logran eludir, y acabar con los Sacco pronto acaba siendo para la mafia algo más que una represalia: una necesidad a fin de mantener el miedo sobre todos los demás y con él su fuerza y su negocio. Y como la fuerza de la mafia es tal que el Estado, que debería haber protegido a los Sacco, desaparece, la suerte de estos la determina la ley de la selva, la del más fuerte. Ahí siempre pierden los honestos, los inocentes, porque la desigualdad es manifiesta entre quienes tienen escrúpulos y por tanto límites y quienes carecen de ellos. Lo mismo ocurre cuando el Estado se fortalece de forma dictatorial. Siempre paga el más débil. Un relato, en definitiva, de cómo pueden hundirse unas vidas cuando tratan de mantener su dignidad y “la cosa pública” ha cedido al miedo y la corrupción. Un mensaje, también, para quienes desprecian o minusvaloran la cosa pública.

Por todo eso es también una historia de orgullos: el de la familia Sacco, que está dispuesta a perder todo antes que su propia dignidad; y orgullo el mafioso, que no puede dejar una deuda pendiente así pasen los años. Una novela que invita también a una profunda reflexión sobre la dignidad. Los Sacco decidieron mantenerla, porque de otra manera no se podrían mirar a los ojos a sí mismos. En cambio, son legión los que la ceden a quien abusa de ellos, con la esperanza de disfrutar de un simulacro de tranquilidad que no es más que violencia sorda.

Por su mensaje, de lo mejor de Camilleri.