En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 12 de octubre de 2026

Majareta - Juan Manuel Gil

 


Sin darme cuenta, por inercia, este año me he organizado tan bien el tiempo que estoy leyendo más libros de los que podía imaginar, pero no me lo he organizado tanto como para poder escribir las reseñas sin que a veces pase demasiado tiempo desde que leí el libro. Es lo que me ha sucedido con «Majareta». Así que excusad que no entre en detalles, siempre deudores de la memoria, y me quede en impresiones generales sobre la novela.

«Majareta» es una sucesión de testimonios (encabezados por, vamos a decirlo así, identificaciones poco solemnes) que se complementan, se contestan y se interpelan. Son infinidad los testigos que los dan. ¿Pero testigos de qué? Más bien de quién: de la vida, obra y milagros de Leo Almada, conserje de un colegio hasta que, inesperadamente prejubilado contra su voluntad, comete una escandalosa tropelía con los alumnos como víctimas.

    En qué consistió el desaguisado y por qué le dio por perpetrarlo es el motor del libro.

    Para comprender lo segundo, las razones, hace falta entender al personaje, de ahí que una parte considerable de los testimonios (siempre cortos y ágiles) sirvan para reproducir su vida entera y, de paso, la de sus padres, pues a ver quién no está influenciado por los suyos. 

    Al principio la lectura se me hizo agradable y fluida (capítulos cortos, dinámicos, contados en primera persona por pelagatos con más o menos ínfulas que, creyendo hablar de un pobre hombre, en realidad se retrataban a sí mismos, lo que de paso sirve al autor para crear el entorno social de la acción), pero a partir de cierto punto comenzó a parecerme un tostón: demasiados testimonios, demasiado parecidos en el tono y forma de hablar, demasiadas vueltas... Al final, por suerte, recuperé las sensaciones iniciales, pero no soy capaz de decir si por mérito del libro o animado por las ganas de terminar. 

    El caso es que lo que hizo el conserje se acaba averiguando antes de saber por qué lo hizo. Y, la verdad, ambas cosas decepcionan, y es un problema porque la novela se construye en torno a ellas. Uno espera algo muy gordo o algo que, no siéndolo, lo parezca (la cosa apunta a esto último). Solo así puede justificarse la expectación y los comentarios. Pero lo que se acaba contando exige mucha imaginación para pensar que pueda provocar un equívoco y más de semejante magnitud, lo que afecta a la verosimilitud (realismo nadie lo exige).

    Y en cuanto al resto, a las razones, aunque la resolución del asunto tiene su punto de originalidad, lo sembrado antes difícilmente permite sospecharlo (o yo he andado espeso, que también puede ser) con lo que el final me ha producido cierta sensación de incoherencia.

    Pero cómo acaba una novela solo afecta al sabor de boca que sigue al cierre. Lo nutritivo está en su desarrollo.

    A Leo lo conocemos siempre a través de ojos ajenos. No es mala manera de conocer al personal cuando, como es el caso, hay tanta abundancia de testimonios. Y como la experiencia de esos terceros con el «estudiado» necesariamente es limitada, completan el resto con elucubraciones y suposiciones que delatan sus vivencias y prejuicios. Además, como siempre sucede, no hay testigo que pierda la ocasión de quedar bien, y como cada uno lo hace según su valoración de lo que eso implica, vuelven a retratarse. Para colmo, Leo era un tío rarico, por lo que todos, por contraste, se sienten legitimados para hablar desde la superioridad que otorga la normalidad, el canon. De modo que ninguno de los testigos renuncia a ser también, a su modo, juez. Ah, por cierto, no solo es Leo el objeto de análisis: también sus padres (su difunta madre y su padre, farmacéutico), ambos personajes sin voz pero con una historia relevante que tiene que ver con el destino de su hijo y que muestra un ambiente familiar lo bastante peculiar como para resultar, de algún modo, opresivo.

    Todo esto posibilita recursos cómicos abundantes, aunque el resultado depende de cómo se administran. En el pellejo de Juan Manuel Gil yo los hubiera distribuido de otro modo, por ejemplo para que no todos los hablantes se parecieran tanto entre sí; de este modo hubiera evitado la sensación de reiteración y aumentado la de diversidad en la fauna del libro y en los tonos de humor vinculados a las diferencias de caracteres y de condición social. También hubiera esmerado el enredo para crear un delito más equívoco y divertido y, por último, en cuanto a las razones, lo hubiera articulado de otra manera para ofrecer al lector varios caminos posibles y que ninguno le pareciera raro. Gil ha optado por jugar al despiste, por dar a entender que Leo es rarico por parte de padres y que eso explicará su reacción ante el problema laboral, salvo explicación alternativa que no se avizora. Todo parece tan encaminado a esa conclusión o a ese equívoco que, cuando al final difiere del abanico de expectativas, produce más confusión que sorpresa. Pero como cada uno es de su padre y de su madre, seguro que Juan Manuel Gil opina distinto. 

    Una lectura que disfrutarán más quienes sepan dónde se meten.


No hay comentarios:

Publicar un comentario